sábado, 22 de agosto de 2015

MI POBRE Y QUERIDO LEÓN, QUE HA SABIDO QUE YO EXISTO.. PARA DECLARARME VAGO... PARA DECLARARME LOCO


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DR. MARIANO BARRETO
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RUBÉN DARÍO: NI LOCO, NI VAGO.

Liminar, de Eduardo Pérez-Valle h.
Editor y Redactor del Blogspot.

   Gracias al imparable e inagotable ejercicio académico y a la privilegiada  región lóbulo-hipocampal del historiador Jorge Eduardo Arellano, leímos otro artículo donde el reconocido escritor nos reencuentra con tristes y azarosos episodios de los muchos que padeció nuestro imperecedero Rubén Darío.

   La situación rebrotada no es menos penosa que otras tantas puestas ingratamente sobre las espaldas del vate; cita Arellano las palabras con las cuales reconvenía Darío a los nicaragüenses de la época: “No habría querido escribir estas líneas si no me llenara de placer el encontrar una juventud noble y estudiosa —cuya existencia no sospechaba— en mi querido León, que ha sabido que yo existo tan solo dos veces en mi vida. La primera para declararme vago, en mi adolescencia; la segunda para declararme loco, cuando he logrado para mi patria original, algo que está a la vista del mundo castellano”.

     Los hechos están circunscritos al año 1899, y el tajo contra Darío –objeto de la contestación pública enviada por el Poeta al doctor Francisco Paniagua Prado—  tuvo razón de aparecer frente al obstinado criterio lingüístico-lexicógrafo, morfosintáctico, versificador y métrico, de ese enjundioso académico de la lengua culta, el conspicuo literato leonés, doctor Mariano Barreto; hombre de sólida estatura intelectual en la lengua de Castilla, quien solía deleitarse en punzar e incomodar a expertos y advenedizos. En esas lides, al doctor Barreto lo encontramos en revistas literarias de finales y principio del S. XIX., en donde --al inicio-- desempeñó afanoso trabajo como adversario de Darío y del Modernismo.

    Asimismo, lo acaecido entre Darío y Barreto, no dejó de implicar “en tercería” al doctor Paniagua Prado, quien escribió dos artículos destinados a enfrentar los contrarios elaborados por Barreto.

    Con esta finalidad, la de proporcionar otros elementos de juicio en el contexto de aquella época; es indispensable y justo, por no menos decir, recordar que el doctor Mariano Barreto reconoció en Darío al genio que irradiaba con luz propia, y como hombre culto, actualizado, cambio la obcecada posición antimodernista.

  Avivados por la publicación del artículo de Jorge Eduardo Arellano, intitulado  Darío: declarado loco y procesado como vago en León (El  Nuevo Diario. 22/8/2015), hemos estimado pertinente publicar dos artículos del implicado Mariano Barreto en respuestas al doctor Francisco Paniagua Prado. Ambos polemistas esgrimieron criterios, uno a favor y,  el otro en contra, de Rubén. Al final de la poco conocida y divulgada contestación de Barreto en uno de estos “enfrentamientos”, Barreto le dice a Paniagua:

   “Don Rubén Darío en achaques de idioma, no está con U. sino conmigo”…

    Hacia el año 1899, Rubén cifraba 32 años, y Barreto rondaba los 43; sin embargo, viene al caso recordar que al poco tiempo de enterrado, profundo y para siempre, el adjetivo atrevido utilizado por Barreto en contra de Darío, el  detractor le concedió los sitiales más altos de la lengua. En 1919 el sexagenario Barreto (63), le rindió otro tributo póstumo a su amigo de juventud, titulado: “RUBÉN DARÍO”[1]. Artículo elaborado con recuerdos atesorados en 1881, cuando contaba con 25 años de edad y que fue el año cuando contrajo matrimonio por primera vez, decía Barreto:

    Salvo el mirar hondo y sereno, el Rubén de entonces, difiere mucho del Rubén de hoy. Era delgado y ágil, de color trigueño y limpia, las manos sedosas, nacidas para quemar incienso en los altares de los dioses. Se le veía  por las  calle, con una andar lento y reflexivo; el libro en las manos o bajo el brazo. Recitaba pausadamente, como si quisiese hacer más duradera la grata y sonora música de sus versos. Improvisaba con sorprendente facilidad, era inagotable mina de oro, esparcida en anchos y riquísimos filones. Silvas, décimas, quintillas, sonetos… todo lo dominaba, todo lo vencía ¿Dispondría hoy de la misma vena torrencial con que en los años pretéritos deleitaba y asombraba? 
¡Quién sabe!

Casi niño en aquellos tiempos, recogía los fugaces aplausos del momento, y con ellos se embriagaba.
Joven después, estudia, piensa y escribe para la inmortalidad y la gloria.
Aquello era espuma, lo de hoy ambrosía.
Lo de ayer se pagaba con sonrisas, con hurras, con aplausos, lo de hoy  reclama el mármol y el bronce

   Faltaría a este complemento, o esbozo de hechos y hechores, aunque sea una de las disertaciones del doctor Barreto en contestación al doctor Francisco Paniagua Prado, y en este cometido, al final compartimos el texto completo del artículo: EL IDIOMA ¿ARIDECE LA IMAGINACIÓN?

     Ya casi casi por concluir y aceptar estos párrafos como los introductorios, decidimos localizar en nuestro Archivo Histórico, la carta enviada por nuestro excelso Rubén  al Dr. Francisco Paniagua Prado, y donde se refiere al Dr. Mariano Barreto. Juzgamos, por indispensable, que Ud., pueda leer el contenido íntegro de lo expresado por Darío. 

Notas: 



[1] RUBÉN DARÍO. Por: Mariano Barreto. En: La Patria. Publicación Quincenal de Literatura, Ciencias y Artes. León, 1º de febrero de 1919. Núm. 17. Año XXV. Tomo VIII. Director: Félix Quiñónez.  
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DE RUBÉN DARÍO A FRANCISCO PANIAGUA PRADO

Madrid 27 de Septiembre de 1899
Querido amigo Paniagua:
                                      Estas líneas son para ti y los jóvenes intelectuales y personalmente generosos que han salido en mi defensa con motivo de la agresión completamente chorotega del pobre hombre Barreto. No tenía la más vaga sospecha de que llegare a escribir su nombre a propósito de cualquiera asunto de arte o letras. No porque en tales cosas sea él mediocre, o malo siquiera, sino porque en absoluto no es. No existe. Y esto no me lo dice la neroniana vanidad  que como es sabido me roe las entrañas, sino la oposición absoluta, no, la negación absoluta que hay entre el licenciado y la más simple sospecha artística o literaria.

                                      La opinión que este buen señor tenga de mí, por contraria que sea, no me sume por completo en la más profunda desolación. Me consuelo un tanto que Heredia, Gourmont, Rachilde, Félix Fenenon, en Francia, De Bruja, en Bélgica, Lutolanski en Polonia, William Arcker en Inglaterra y otros escritores de otras naciones no piensen precisamente lo propio que ese curioso compatriota nuestro.

                                      Porque aun somos compatriotas, a pesar de la afirmación de ese personaje.

                                      No habría escrito estas líneas si no me llenase de placer el encontrar una juventud noble y estudiosa, cuya existencia no sospechaba, en mi pobre y querido León, que ha sabido que yo existo tan sólo dos veces en mi vida: la primera para declararme vago, en mi adolescencia; la segunda para declararme loco, cuando he logrado para mi patria original algo que está a la vista del mundo castellano.

El Dr. Nicolás Buitrago Matus, haciendo entrega al Museo-Archivo “Rubén Darío” de la ciudad de León, de los documentos originales de un proceso que se siguió contra Rubén Darío, en esa ciudad, en el año de 1884 por el delito de “vagancia”. Recibe las diligencias de ese histórico proceso, el Dr. Gustavo Sequeira  Madriz, Alcalde Municipal de León, en presencia del Dr. Edgardo Buitrago, Director del Museo-Archivo “Rubén Darío” y del Dr. Carlos Tünnermann Bernheim, Rector de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua.  (Foto por G. Suazo): En: Novedades. Domingo, 15 de Enero de 1967. Fotografía en Archivo Histórico "Dr. Eduardo Pérez-Valle.
                                      Todavía no soy ciudadano argentino. ¿Y cuándo lo fuera, no hará perfectamente bien? Habría dejado de ser nicaragüense desde que el Gobierno de Colombia me envió como Cónsul General a Bs. Aires? ¿Qué ha hecho por mí Nicaragua? Apenas el Doctor Sacasa me llamó a un servicio ocasional en que la representación de Nicaragua tuvo un éxito que todo el mundo sabe. Después, a puros puños he llegado a ser lo que soy. Ningún General omnipotente ha parado mientes en que si Costa Rica, por ejemplo, tiene un Peralta, es porque se lo ha hecho.

                                      La juventud nicaragüense, que hoy aparece con bríos nuevos, en la generación actual, debe ver el ejemplo. Y hechas por hacer patria verdadera, culta, civilizada… Pero no se consigue sin el estudio, la voluntad, el entusiasmo. La nueva generación debe barrer con todo lo perjudicial e inútil y fofo que daña a la patria. Los Barretos en Literatura corresponden a los otros en Política.

                                      Dios les ayude en las futuras empresas y en la iniciación de ahora. Y sepan que estoy con esa juventud que hoy me ha dado tan grata sorpresa.- después de recibir el ponzoñoso pastel.- digo tamal pisque, con que me obsequia en nombre de la imbecilidad humana, mi famoso demoledor desde mi ciudad natal. Tu afmo.- Firmado.- Rubén Darío.

                                      P. D.- Siento no tener el Gaulois de 4 de Enero de 97, para hacer rabiar al licenciado.- Richepin publicó un poema sobre una frase mía. Pueden pedir a París el No.--- o la copia. Van esas cartas a La Nación para que las reproduzcas.- 

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RUBÉN DARÍO. Por: Mariano Barreto. En: La Patria. Publicación Quincenal de Literatura, Ciencias y Artes. León, 1º de febrero de 1919. Núm. 17. Año XXV. Tomo VIII. Director: Félix Quiñónez.  
El 5 de Noviembre de 1881, celebraba yo mis primeras bodas.
Me sentía  rebosando de ilusiones frescas y olorosas como flores primaverales.
La esperanza había tendido a mis ojos finísima red de ensueños, sobre cuyas mallas dormían apacibles y tranquilos mis delirios sonrosados.
La felicidad con su velado rostro de diosa, había tocado a las puertas de mi hogar.
La fiesta de aquel día fue –como era natural—una deliciosa fiesta de amor.
Todo hubo en aquellos momentos, que corrían veloces, como leves aristas en las alas impalpables de los vientos: efusivos apretones de mano; augurios de eterna y suprema felicidad; palabras entrecortadas, promesas, requiebros, sonrisas.
A la hora del café, una charla animada y festiva. Después… versos en que dulcemente se desgranaban notas de inefable ternura, como si retozasen allí bandadas de parleras alondras.
Pero de aquellos seres amigos, que alegres y risueños, escanciaban conmigo la copa del placer ¿qué ha sido?
¡Ah! Los unos, mochila al hombro, se han marchado ya, camino de lo obscuro, de lo desconocido de lo ignoto, camino sin quiebras, sin barrancos, sin despeñaderos, pero del que, una emprendida la marcha, no se retornará jamás; y de los otros, se han ido también algunos, impulsados por la mano del destino o atraídos por los seductores espejismos de la gloria.
Liberato Moncada, olvidado ya, fue inteligencia y  corazón. Con la toga sobre los hombros se vuelve a su patria, a calentar el nido donde dormían sus primeros recuerdos; a orear su frente con las refrescantes brisas de los gentiles pinares hondureños; cuando poco tiempo después, desconsolado y triste, cae para no erguirse más, atravesado el corazón por un flechazo del traidor Cupido.
Carmen Cantarero, ilustrado profesor de ciencias, se vuelve también a los suyos, y forma un hogar, que el talento engrandece y la virtud sacrifica; pero muere lejos de nosotros, sin que le cerrásemos los ojos, los que en este pedazo de tierra le conocimos y le quisimos.
Cesáreo Salinas, poeta y escritos festivo, saleroso y alegre, se fue repentinamente de nuestro lado, llevando en su pecho la amargura de ver todavía dormidos en la cuna a los dos primeros ángeles de su amor…
Pero volvamos a aquella fiesta, lejana ya y sobre, la cual han ido cayendo lentamente las borrosas nubes de los años.
Después de Felipe Ibarra y de Cesáreo Salinas, que habían cristalizado en sus versos la hiblea miel de la poesía, llegó Rubén, ya tarde, a tomar parte en la geniosa e íntima fiesta.
Salvo el mirar hondo y sereno, el Rubén de entonces, difiere mucho del Rubén de hoy. Era delgado y ágil, de color trigueño y limpia, las manos sedosas, nacidas para quemar incienso en los altares de los dioses. Se le veía  por las  calle, con una andar lento y reflexivo; el libro en las manos o bajo el brazo. Recitaba pausadamente, como si quisiese hacer más duradera la grata y sonora música de sus versos. Improvisaba con sorprendente facilidad, era inagotable mina de oro, esparcida en anchos y riquísimos filones. Silvas, décimas, quintillas, sonetos… todo lo dominaba, todo lo vencía ¿Dispondría hoy de la misma vena torrencial con que en los años pretéritos deleitaba y asombraba? ¡Quién sabe!
Casi niño en aquellos tiempos, recogía los fugaces aplausos del momento, y con ellos se embriagaba.
Joven después, estudia, piensa y escribe para la inmortalidad y la gloria.
Aquello era espuma, lo de hoy ambrosía.
Lo de ayer se pagaba con sonrisas, con hurras, con aplausos, lo de hoy  reclama el mármol y el bronce.
El Rubén de entonces era el Poeta-niño, el Rubén de hoy, el Poeta-Rey.
Que brinde Rubén, dijeron los concurrentes; y él después de algunas excusas, se puso de pie, y dijo:

                                      “¿Qué brinde? Brindaré, pues:
                                      y esta flor mustia, marchita,
                                      hoy de la bella Chepita
                                      colocaré yo a sus pies.
                                      Le diré que aquesta es
                                      ofrenda sencilla y pura
                                       de una arpa ignorada, obscura.
                                       que sea siempre querida,
                                       y nunca bañen su vida
                                       las olas de la amargura.”          

Calló el poeta, la concurrencia aplaudió, y poco después, de aquella simpática fiesta de amor, no quedaba sino un recuerdo, como queda en los campos el perfume de las marchitas flores…
Tres años después, Rubén, meditabundo y triste, les decía adiós, quizá para siempre, a las playas queridas de su patria.
¿Para dónde iba? ¿Qué perseguía? ¿En pos de qué sueños caminaba?
Con la pluma en la mano y la lira al hombro, recorrió los pueblos, ciudades, repúblicas, imperios; y por do quiera que pasaba los sonoros clarines de la fama pregonaban su nombre de cantor glorioso y de escritor excelso.
Unos le decían rey de la rima, pontífice del arte; otros le aclamaban maestro, le ascendían a las alturas del genio, y le llamaban el primer poeta de los modernos tiempos.
Aplausos, honores, triunfos, ovaciones ruidosas, todo recogía a su paso de príncipe soberano, dominador del arte.
Abrió nuevos caminos; surcó mares desconocidos; echó su barca sobre las olas encrespadas, y experto timonel, guiado por la luz de su inspiración y de su fe, supo siempre abordar el ansiado puerto de sus esperanzas y de sus sueños.
Pero el tiempo volaba; los años se deslizaban rápidamente, y él con su  tesoro de glorias, y su cargamento de dolores, iba inclinando ya al suelo su frente rugosa de pensador eximio.
Cuando comprendió que la muerte no estaba ya lejana para él, escribió estas dolorosísimas palabras: “Decidle a mi patria que dentro de pocos días llegaré, y que si no pudo poseerme vivo, que al menos me posea muerto.”
Y llegó a nosotros pálido, enfermo, triste, silencioso, con el temor pertinaz de su próximo fin, pero con un rayo todavía de esperanza. Esa esperanza se esfumó luego, y el 6 de Febrero de 1916, fecha para nosotros y perdurable recordación, nos dijo su último, inolvidable adiós.
                   ¡Contrastes del destino!
Él, alegre y risueño, cantó en mis bodas, y  yo, pensativo y triste, llegue a su lecho de dolor a recoger los últimos alientos de su vida, las últimas palpitaciones de su gran corazón.
Después le llevé, sollozando, sobre mis hombros, eché sobre su fosa un puñado de tierra, y pensé en lo amarga y fugaces que son las glorias de los hombres.
¡Descanse en paz!
A él que me cantó vivo, yo lo lloro muerto. El estrecho mis manos ardientes de amor, y yo estreché las suyas, rígidas y frías, santificadas ya por el ósculo glacial de la muerte.
Hoy descansan a la sombra de nuestra augusta basílica dos dioses inmortales: en el santuario, el Dios de las conciencias, y  al pie de la gran columna del Apóstol de las gentes, Rubén, el dios excelso de la poesía y el arte. 
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EL IDIOMA ¿ARIDECE LA IMAGINACIÓN?

Señor doctor don
                                                                  Francisco Paniagua Prado.
Muy señor mío y amigo.
Dígnese usted recibir mi segunda y última carta.

                                                           Como le indiqué en mi anterior, me propongo demostrarle en esta, que el estudio, aún profundo, del idioma, y la sujeción racional a las reglas del buen decir, lejos de agotar las fuentes de la inspiración, las avivan, refrescan  y embellecen.

                                                           Creo haberle oído en otra ocasión, que don Juan Montalvo pertenece a los de U; porque fue, en asuntos de lengua, gran innovador. Ha olvidado U. sin duda, que el Príncipe de las letras ecuatorianas, con sus innovaciones, no hirió los preceptos fundamentales del habla de Castilla, cultivada por él con tanto empeño como buen suceso.
                                                           Montalvo, blandiendo en su nervudo brazo la tizona del Cid, combatió sin tregua a los impíos desgarradores de aquel hermoso idioma, que fue miel de abejas en los labios de Garcilaso, ramillete de flores místicas en las manos de Santa Teresa, vaso de inocencia y celestiales perfumes en San Juan de la Cruz, lluvia de encendidas flechas en Quevedo hace de luz arrobadora en Fray Luis de León y dulcísimo coro de angélicas armonías en Fray Luis de Granada.
                                                           Montalvo dentro de los límites concedidos a los maestros del idioma, inventó, modificó, y con vara mágica despertó de su sepulcro innumerables voces y giros, sobre los cuales pesaba ya el sueño de los siglos. Como hábil orífice que engasta en oro macizo brillante pedrería, Montalvo toma en sus manos las palabras, las pesa, las pule, las hermosea, y las hace entrar limpias y puras en el caudal corriente del idioma. Montalvo no pertenece no puede pertenecer al modernismo, y mucho menos al modernismo lengüicida. Aquél purificaba el habla castellana, éste la descoyunta; aquél endiosaba a los grandes maestros del siglo de oro, éste los mira con ridículo e insultante desdén.

                                                           Sin la cabeza descubierta, y las manos ungidas con óleo santo, no toquéis ni la orla del vestido de aquellos gloriosos difuntos, que se llamaron Rivadeneira, Hurtado de Mendoza, Quevedo, Argensolas, Jovellanos, porque vais a provocarle a cólera, y a hacerle levantar el látigo con que fustigó a los necios y desolló a los tiranos. ¡Con qué religioso respeto trataba Montalvo a los apóstoles venerandos de aquel siglo inmortal! Oigámosle:

                                                           “Espíritu de la santa doctora, desciende sobre mí, alúmbrame. Alma del padre sabio, ¡oh! tú, Granada invisible, si en tus peregrinaciones al mundo; si cuando sales a recoger tus paso aciertas a distinguir a este devoto de tu nombre, bendícele. Y tú, Cervantes, a quien he tomado por guía como Dante a Virgilio, para mi viaje por las oscuras regiones de la gran lengua de Castilla echa sobre mí los ojos desde la eternidad, y anímame; llégate a mí, y apóyame, dirígeme la palabra, y enséñame. Cuando yo te pregunte: Maestro ¿quién es esa sombra augusta que a paso lento está siguiendo la orilla de ese río? Tú has de responder: Inclínate, hijo mío, ese es don Diego Hurtado de Mendoza. Maestro, ¿quién es el espectro que allá va alto y sereno, los ojos vueltos arriba? –Ese es Fernando Rojas; autor de La Celestina, salúdale.

Maestro, ¿quién es esa alma rodeada de un resplandor divino, que está echándole la mano al cuello a ese arco iris? –Ese se llama don Gaspar de Jovellanos, hijo.

Es el pontífice de los escritores: llégate a él y dobla la rodilla.”

Si esto no es escribir en pura y hermosísima prosa castellana; si esto no es embelesar a los lectores con la riqueza de un estilo peregrino, bebido en las fuentes de una literatura altísima, don Juan Montalvo no es un escritor clásico…

En los albores de una lengua la invención de las voces es una necesidad, como en los comienzos de una literatura, la invención de los preceptos; pero completo un idioma, y sentadas las reglas fundamentales de las obras literarias, no deben introducirse reformas sino con prudente oportunidad.

Es inútil advertir que los grandes innovadores pueden cambiar al golpe de su genio la faz de una literatura, como los Césares rompen con la punta de su espada los linderos de las naciones. A los genios no se les imponen reglas, se les siguen sus pasos. Los diestros marinos que surcan de continuo el océano, abren con su brújula nuevos derroteros. ¿Y los demás? Siguen humildemente la ancha estela que parece grabarse eternamente en la superficie inmensa de los mares.

¿Y recuerda U., señor Paniagua, lo que en asuntos del idioma valía el Divino Platón?

Escribió su Cratilo, y en esa obra no se contentó con dar a conocer simplemente la lengua griega, sino que, con bien sazonada erudición, la estudió desde en sus principios, rastreó discretamente las palabras, distinguiéndolas bien, y dándoles a cada una su verdadero valor. Así este pintor, músico, filósofo, poeta, orador y escritor, fue al mismo tiempo profundo conocedor de su lengua.

No le hablo a Ud. de Tirteo, Pindaro, Esquilo, Sócrates, Eurípides, y mil poetas y escritores más, que justamente admirados por el pueblo griego, celebrados por la fama, señorearon cual más, cual menos, la lengua en que daban forma a sus portentosas concepciones.

En el pueblo romano descuellan tres figuras iluminadas con los perdurables resplandores de la inmortalidad: Virgilio, Horacio y Cicerón. Los dos primeros son los príncipes de la poesía latina, y el último, el rey de la oratoria, y escritor fecundo, pomposo, correcto y sabio.

¿Pudiera U. decirme ahora, señor Paniagua, si el conocimiento del idioma y de las reglas del buen decir, secaría la inspiración de estos tres ingenios, ante los cuales se descubre reverente la Humanidad?

Pues lo que pasó en Grecia y Roma pasa en todas las naciones del mundo.

Henrique Heine, a quien U. conoce muy bien, abrió una escuela de filosofía en Gotinga a la cual asistieron entre otros, Carlos Guillermo, barón de Humboldt, que fue más tarde el padre de la filosofía comparada, gran escritor, y uno de los tres más famosos estadistas de Europa.

Henrique Heine, Juan Luis Uhlan, Carlos Agusto Forge Maximiliano, Federico Ruekert, Hoffman de Fallecoleben, Goethe, Guillermo de Humboldt, fueron grandes poetas o grandes escritores al par que grandes conocedores de sus respectivos idiomas, Goethe conoció 18,000 voces y  Shakespeare más de 15, 000.

Para concluir, permítame Ud. señor Paniagua, hacer una distinción necesaria y valerme de una cita de don Rubén Darío.

Cuando digo que el conocimiento del idioma y de las reglas del buen decir no aridecen la imaginación, no quiero afirmar que si no se estudian profundamente ese idioma y esas reglas, no se puede ser buen escritor.

He dicho en otra ocasión que don Benito Pérez Galdós y el P. Luis Coloma son en general escritores poco escrupulosos (quizá por descuido) y  sin embargo los tengo por muy buenos estilistas; pero que escribir con elegancia y señorear la lengua en que se escribe es un noble mérito que debe buscarse con interés. Cuando las obras de pura fantasía pasan de moda, mueren por completo, sin que haya un Nazareno que las levante de su sepulcro, mientras que las obras correctas, las obras que forman el depósito sagrado de la lengua, no mueren nunca; con frecuencia  se las desempolva, se las mima, se les tributan homenajes de admiración y respeto, y o faltan en ese templo santo, sacerdotes augustos que oficien.

 Don Rubén Darío en achaques de idioma, no está con U. sino conmigo, citamos la siguiente estrofa:
                                        
La cruz que nos legaste padece mengua
        Y tras encanalladas revoluciones,
        La canalla escritora mancha la lengua
Que escribieron Cervantes y Calderones.”

Aquí pone punto final a esta carta, ya demasiado larga, su leal servidor y amigo muy afecto.
                                          
MARIANO BARRETO

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domingo, 2 de agosto de 2015

LAS FIESTAS DE AGOSTO DE ANTAÑO, LEYENDAS SOBRE LA APARICIÓN DE SANTO DOMINGO. Por Juan García Castillo


PAGANISMO Y RELIGIOSIDAD EN LAS FIESTAS DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN

Por: Juan García Castillo*

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      Hay dos versiones sobre el aparecimiento de la imagen de Santo Domingo de Guzmán que se venera en La Sierrita y que el martes pasado, como todos los años, fue traída para permanecer diez días en el templo en esta capital.

    La primera es que en el lugar donde se edificó más tarde la Ermita, unos operarios estaban cavando un pozo, cuando en uno de los barretazos saltó la efigie de “bulto” del santo.

      La otra es que unos españoles, que iban de Costa Rica hacia el norte pasaron por el lugar de La Sierrita. Llevaban hambre y sed y penetraron en una humilde choza, para calmar su apetito. Los dueños del rancho atendieron magníficamente a los viajeros. Estos preguntaron agradecidos, cuánto debían. –Nada, señor, dijeron los campesinos nicaragüenses.

    Sorpresa de los viajeros, insistencia en pagar y negativa de recibirla. Los españoles extrajeron entonces del saco que llevaban una imagen del Santo Inquisidor, diciéndoles:

     --Les hacemos este obsequio, pero con el compromiso de que deben celebrar pomposamente a Santo Domingo en su fecha.

    Siguieron su camino los viajeros y las gentes del campo que habían recibido el obsequio divulgaron la noticia.

   Desde esa fecha inmemorial, aunque el patrón oficial de Managua, señalado por el fallecido Arzobispo Lezcano y Ortega, es San Toribio de Mogrovejo y la ciudad se llama Santiago de Managua, por la cual debería celebrarse el día del Apóstol guerrero, el santo de la ciudad es Santo Domingo de Guzmán. La festividad desde sus inicios fue alegrísima  y la devoción de los capitalinos ha sido entonces para el Inquisidor.

    Diez días durante las festividades y según cuenta el escritor Gratus Halftermeyer en su “Historia de Managua”, el Presidente Martínez, fue quien dio mayor empuje a la celebración, pues anualmente iba con su familia a la traída y dejada del Santo.

     Otros Presidentes han participado en la fiesta dominguera, entre otros, el general Zelaya, el general Chamorro, don Diego Manuel Chamorro, y el extinto general Somoza García, tanto cuando era Jefe de la Guardia Nacional, como en su época de Presidente.

     Fiesta pagana y religiosa a la vez, es ésa de Santo Domingo de Guzmán. La tarde de la vestida del Santo y por la noche, durante la vela, en la plazoleta se instalan los chinamos con sus ventas de refresco de licores y de comida, sin faltar las orgías alcohólicas y amorosas.

    Parejas aquí y allá, que en la semioscuridad, en los potreros aledaños, se entregan a sus delirios, sin importarles la presencia cercana de otras parejas, otros ven más allá de ellos mismos. A la media noche, el Coloquio pone la nota pintoresca en la celebración. Aumentan a esa hora los gritos y aumentan igualmente los borrachos y  las borrachas.

    No falta el baile de los diablitos, con sus coplas pintorescas, muchas veces con intención política o aduladoras, para los que mandan. Esas coplas tenían sabor, que les daba el autor de la letra, Chico Vallejos, el “pueta” del barrio del Nisperal. Hay una que cantaba los diablitos en tiempo del general Zelaya, una fisga certera para aquél gobernante, que tantos años tuvo en sus manos los destinos de Nicaragua.

Decía la copla:

A mí no me cuenten cuentos, 
  ni Papas, ni Presidentes
ni hombres de mucha altura,
a mí no me hablen de leyes;
que todos van a la sepultura.

O esta otra:

Las muchachas de este tiempo,
no se tienen compasión,
apenas les dicen mi alma,
ya piden para el calzón.

     Los diablitos de abajo se ensayaban en la casa solariega de la familia del doctor Inocente Leiva. Había entusiasmo entre la muchachada por salir de diablito. Pudiera citar nombres de muchos jóvenes de ayer, hoy personas respetables, que vistieron el típico traje de los diablitos y en los días de la fiesta de agosto, recorrían las calles bailando y cantando las coplas intencionadas.

    Segundo Doña, alias “Perro Mojado”, músico, jamás faltaba en las festividades agostinas, con su clarinete, ejecutando con otros músicos el tradicional son de los diablitos durante todo el día y todos los días.

   La civilización va terminando con eso aspectos típicos de la celebración y así vemos que cada año, decrece el entusiasmo, menos diablitos, menos inditas, menos “damas” recorren las calles, acompañadas de marimbas.

    Quizás no esté lejano el día en que el Santo no pueda venir en procesión ni el primero, ni que se celebre la “dejada” el diez, aunque la leyenda dice que el Santo voluntarioso, inquisidor en fin el día que no lo “traigan” viene solo y cuando no vayan a “dejarlo”, emprende el retorno a su templo de la sierra, también sólo. No permanece más de diez días en su Iglesia de la capital.


  Fuertes cantidades de dinero recoge el Santo durante su permanencia en Managua, que antes era administrado por los mayordomos seglares. Hoy la iglesia ha decidido manejar esos fondos y trata de moralizar un poco la fiesta. Por eso, por ese empeño de terminar con el aspecto pagano, el entusiasmo y la animación van decayendo cada año y dentro de poco Santo Domingo tendrá que venir e ir solo a su templo de la Sierrita, como dice la leyenda. Cada día menos gente lo acompaña en su recorrido.

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* LAS FIESTAS DE AGOSTO DE ANTAÑO LEYENDAS SOBRE LA APARICIÓN DE SANTO DOMINGO fue publicado en el periódico El Centroamericano. León, 11 de agosto de 1967.
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jueves, 30 de julio de 2015

RECUERDOS DE CARLOS FONSECA. Por: Juan Aburto. 3 de Noviembre de 1986.


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COMANDANTE CARLOS FONSECA AMADOR
Cuando convalecía de los balazos recibidos en combate, en "El Chaparral".
FOTO INÉDITA, CONSERVADA POR LA ESCRITORA MARÍA TERESA SÁCHEZ
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Del Director del Blogspot: 

     En nuestro archivo histórico conservamos una copia mecanografiada de este relato, proporcionada por Juan Aburto a Eduardo Pérez-Valle. También, puede encontrarse en el suplemento cultural "Ventana", edición No. 267., del sábado, 8 de noviembre de 1986. Pág. 3. En esta interesantísima rememoración testimonial --quizás única, para la época y, la historia biográfica de Fonseca Amador--, podemos encontrar la "continuidad" o el "enlace" de ese derrotero de ideas que bullían en el espíritu inquieto de quien fuera el fundador del FSLN., y que dejó en esbozos durante el interrogatorio al cual fue sometido cuatro años más tarde, en 1958, después de participar en el Festival Mundial de la Juventud. Documento que hemos transcrito en este Blogspot, de forma íntegra, con el título: "El primer interrogatorio efectuado a Carlos Fonseca Amador en la Oficina de Seguridad Nacional".

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 RECUERDOS DE CARLOS FONSECA.

Por: Juan Aburto. 

    Conocí a Carlos Fonseca Amador por el año 1954, en casa de Manolo Cuadra. Residía éste frente al costado norte del Parque de Candelaria, y a esa vivienda, atraídos por el genio, la simpatía y popularidad de Manolo, asiduamente acudía multitud de gente de la más variada formación y procedencia: poetas, periodistas, escritores, bohemios, boxeadores, comunistas, pintores, obreros, intelectuales, vagabundos, profesionales, extranjeros, trashumantes, individuos desconocidos, curiosos o pintorescos, en fin, toda la gama humana que pudiera imaginarse. De manera que el local manteníase siempre lleno de aquella concurrencia rara, de la que constantemente salían unos y entraban otros, alguien portando oportuno alguna botella y comidas, o libros, manuscritos, cuadros, dibujos, y se producía el jolgorio. Siempre se encontraban allí no menos de 5 a 10 personas presente, que desde por la mañana iniciaban la charla constante, el cordial intercambio de comunicaciones, las presentaciones mutuas, siempre entre chistes, relatos de aventuras, comentarios alegres y festivos, todo lo cual hacía de la perenne reunión una jubilosa permanencia de los circunstantes.

     Un día comenzó a llegar un jovencito delgado, reservado y tímido, de ojos azules y mirada melancólicas o severa. Supe que se llamaba Carlos Fonseca, pero nunca se comunicaba con nadie, fuera de un saludo general y escueto. Únicamente le hablaba a Manolo Cuadra y se situaba al margen de la tertulia. Generalmente ni tomaba asiento; colocábase en un ángulo de la sala, apoyado a la pared y desde allí observaba a cada uno de los contertulios y al grupo entero, que reía a gritos y charlaba interminablemente.

     Era evidente que a Carlos Fonseca vivamente le impacientaba tal espectáculo, y nos miraba a todos casi hosco, como con desaprobación y reproche. Creo que él lamentaba para sí y condenaba en mente el hecho de que tantas inteligencias diversas y singulares dilapidaran su saber, sus experiencias, su ponderación y juicio en banales manifestaciones de buen humor perenne o acaso en consideraciones pasajeras sobre una mera poesía, la que se daba entonces en nuestro medio y en el ámbito extranjero.
    
     Naturalmente que no todo el tiempo se producían  aquellos cónclaves superficiales  alegres de los “poetas”, como nos llamaban a los que asistíamos diariamente al lugar, pues en otras ocasiones, sobre todo cuando los asistentes no eran muchos, se generaban serias conversaciones, polémicas, intercambio de opiniones sobre asuntos históricos –por ejemplo— artísticos, sociológicos o de política internacional, discusiones en que sobresalían con sus talentos, principalmente el propio Manolo Cuadra, Guillermo E. Arce, Chepe Chico Borgen y Emilio Quintana.

     Es el caso que Carlos Fonseca desaparecía de repente, sin despedirse,  y a los días volvía a llegar en igual forma, asumía su extraña actitud pasiva, aparte de los otros,  y desde su mismo rincón disponíase de nuevo a observarnos. De improviso Carlos, aprovechando quizá un resquicio en la habladera, un silencio momentáneo, se desprendía de su rincón rápidamente y acercándose a Manolo Cuadra, que llevaba siempre la voz cantante, le interrumpió diciendo cosas como estas:

     — ¿Manolo, creés vos que en este país domina enteramente la burguesía? Formulaba la pregunta y se retiraba enseguida a su puesto, a esperar la contestación de Manolo. Este, interrumpido y desconcertado por lo inusitado de la pregunta, recapacitaba un momento, le daba breve respuesta y luego se volvía hacia el grupo que también lo espectaba.

     Al rato, Carlos Fonseca, aprovechando otro instante propicio repetía lo mismo y preguntaba:

     — ¿Manolo, se podría lograr una economía dirigida?

     O si no:

      — ¿Manolo se podría lograr una alianza entre campesino, obreros e intelectuales?

       A veces Carlos me recordaba a Mariátegui, cuando preguntaba:

      — ¿Manoló, has pensado si se produce ya un aliento común de liberación entre los pueblos americanos?

      O bien:

      — ¿Manoló, existen y a los atisbos de una literatura de izquierda en Nicaragua?

     Manolo, como que no se hallaba bien dispuesto de momento para afrontar aquellas interpelaciones que ameritaban con frecuencia toda una disertación, o no podía atender la baraúnda que formábamos todos nosotros y a la vez los serios interrogatorios que le formulaba Carlos, entonces le contestaba con una medio humorada y lo contenía un tanto.

     Pero de todos modos no podía dejar de sorprenderle –igual que al resto de los visitantes, y así lo comentábamos ulteriormente— la originalidad, la profundidad y las trascendencias de cada proposición, máxime que los exponía un jovenzuelo de quien no esperábamos jamás que asumiera tan singular actitud pensante. Esa actitud me revelaba a mí particularmente, que el joven Fonseca, a esa temprana edad, se encontraba ya imbuido de profundas conturbaciones político-económicas, y que a su mente y su espíritu eran un constante hervidero de ideas extraordinarias, de detenidas meditaciones, de análisis constante de la realidad social de nuestro país y del resto de América, y la contemplación avizora de un futuro de transformación o cambio en las estructuras ideológicas del continente o del mundo.

     A veces Manolo invitábalo a comer –generalmente mondongo— en el restaurante “Petit Cafe”, frente al otro costado del mismo Parque de Candelaria. Íbamos todos juntos y Carlos se sentaba solo al extremo de una larga mesa siempre tristón y meditativo, sin hablar con nadie. De repente levantábase rápido y acerándose a Manolo Cuadra le hablaba al oído. Quizá alguna nueva proposición sobre los mismos temas, que se le había ocurrido repentinamente. Regresaba a su sitio y al poco rato volvía a hacer lo mismo varias veces; lo que demostraba que no les daba nunca un punto de reposo a su pensamiento revolucionario.

     Años después comprendí que todas aquellas profundas inquietudes de Carlos Fonseca Amador no habían sido otra cosa que la gestación de los basamentos, los lineamientos, las proyecciones y, en última instancia, los logros insignes de su obra gigantesca: el FSLN que realmente vino a deparar la liberación del pueblo agotado por una dictadura sanguinaria, como a preparar la transformación del futuro de Nicaragua en el concierto universal de las naciones que se encaminan hacia un mundo mejor.

     Volví a encontrar a Carlos Fonseca en 1956, en San José de Costa Rica, en casa del dibujante Toño López. Esta vez lo vi a Carlos ya no sombrío como antes, sino más bien jubiloso, más seguro de sí, constantemente alegre y coreando o completando los finísimos chistes y agudezas de Toño, si bien sabía yo que  por la noches Carlos seriamente dirigía largas sesiones de trabajo de formación ideológica y estudios políticos a grupos de exiliados nicaragüenses residentes allá.

     Recuerdo que una mañana fuimos con él a dejar una ropa a la lavandería. En esos días el poeta Rigoberto López Pérez había ejecutado ejemplarmente al tirano Somoza García. Al informar Toño López su nombre al empleado, éste le contestó:

     —   ¿López qué?

     —  ¡Pérez!, exclamó rápido Carlos Fonseca.

     — Y así fue como, por el ingenio instantáneo de Carlos, Toño López Bermúdez quedó inscrito allí como Toño López Pérez, en homenaje íntimo a Rigoberto.

     Pero ya no volví a ver más a Carlos Fonseca Amador. Hasta que nos grabó a todos los nicaragüenses su efigie en el corazón, cuando penetró a la inmortalidad.

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miércoles, 22 de julio de 2015

NUESTRAS FRUTAS Por: Dr. Juan de Dios Vanegas. 1916

Dr. Juan de Dios Vanegas. ("El Eco Nacional, 1916.")

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De Eduardo Pérez-Valle h., Director-Editor del Blogspot: 

    Leonés, de arraigo y mucho orgullo, el doctor en Derecho, Juan de Dios Vanegas fue hijo de don  Francisco Vanegas y doña Margarita Zapata; nació el 8 de marzo de 1873, tuvo 12 hermanos, de los cuales dos fueron hermanos paternos: Cristóbal Abraham y Emilio.  En 1904, un año después de graduarse en la Facultad de Derecho, contrajo matrimonio con doña Angélica Aguirre, de cuya relación nacieron: Alí Vanegas, reconocido hombre de prosa y verso; Lilliam, Eduardo, Ernesto, Enma, Hortensia y Ofelia. 

    Intelectual de amplia y variada trayectoria; catedrático, profundo pensador, poeta, escritor y, artista plástico. Perteneció a la distinguida generación del Ingeniero y General Alfonso Valle Candia; del consagrado músico y compositor José de la Cruz Mena; compañero generacional del doctor, escritor y poeta, José Antonio Medrano, con el cual tiempo más tarde, fue Fundador de la Academia de Bellas Artes de la ciudad de León. 

    En el Instituto Nacional de Occidente fue compañero de estudios de otro reconocido intelectual leonés, el doctor y Catedrático Salvador Carrillo y  Salazar. Fue Rector de la Universidad de León y también Decano de la Facultad de Derecho. 

    Autóctono del barrio San Sebastián, en esos lares transcurrió la infancia dentro de hogar modesto; creció entre los olores de la madera y el aserrín, frente a sierras, formones y garlopas  utilizadas por don Francisco Vanegas, su progenitor. 

    A esa generación del año 1873 perteneció el doctor Juan de Dios Vanegas y también Santiago Argüello, Dolores García Robleto, Antonio Medrano, Luis Ángel Villa. El poeta y escritor Eudoro Solís lo evocaba como "un clásico de la prosa nicaragüense"; porque cualquiera que lo estudie y juzgue, concluirá que durante toda su existencia, de él surgieron delicadas e incomparables composiciones.

    Al recordado intelectual, Profesor y Matemático don Rafael Carrillo Díaz, débese el ánimo emprendedor de un grupo de jóvenes --cinco estudiantes, dos varones y tres mujeres--, que en el año 1972, con el propósito de optar al título de bachilleres del Instituto Central "Ramírez Goyena"; bajo la tutoría del también recordado maestro de Literatura, Edgardo Fuentes Montoya, realizaron interesante compilación y recopilación sobre la fecunda obra del doctor Juan de Dios Vanegas. En esa laudatoria labor contaron con la ayuda del Profesor Carrillo Díaz quien autorizó la consulta de la valiosa documentación perteneciente a la biblioteca-archivo de su propiedad. Podría decirse, sin temor de equivocarnos, que ese trabajo reunió muchas de las creaciones del Dr. JDV., dispersas en revistas y periódicos de principio del siglo XX. 

    En el Instituto Nacional de Occidente fue Profesor de Literatura por más de 40 años. Recibió la Orden "Rubén Darío"; Medalla "Miguel Larreynaga"; Medalla y Premio de los Juegos Florales de 1906. En esta exposición introductoria, por razón del tamaño que deseamos entregar al lector, no vamos a extendernos en la mención de la obra, de ella puede leerse en otros sitios de la Internet; sólo reproducimos la presentación que de él hicieran en 1916, cuando le publicaron "Las Frutas": "Es abogado y vive de su profesión. En los entre actos de su vida activa, cultiva la literatura en prosa y verso, desde que se sentaba en las bancas del Instituto Nacional de Occidente, de donde fue alumno en los días hermosos de este plantel.-- Aspira, en poesía, a despertar la emoción, sencillamente. En prosa, su norma es la claridad transparente y emotiva.-- En ambas pone empeño en que la música se ajusta a la idea como el vestido al cuerpo, con la suprema elegancia de las cosas bellas.-- Vanegas escribe como conversa ha dicho alguien; y es verdad. Nada más que cuando habla emplea aquella ironía de Jerónimo Roignar a veces suave, sutil, a veces grotesca. Su libro sobre motivos regionales pone fuera de duda de que, es un verdadero hombre de letras".

    El doctor Juan de Dios Vanegas falleció a los 91 años, un martes 31 de Marzo de 1964.

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"El Eco Nacional", 1916. Archivo hemerográfico Dr. Eduardo Pérez-Valle

NUESTRAS FRUTAS*

Por: Juan de Dios Vanegas*

     Venga en buena o mala hora el barco gigante cargado de manzanas de la ubérrima California. Esas esferas de oro de baja ley no me animan ni entusiasman. Pálida su carne tostada, insípida, no embriaga el paladar ni causa placer a la vista. Su olor no adormece ni desespera.

     Olor, sabor, color en las frutas; para eso, las nuestras. Olor penetrante, enloquecedor, que no sólo se apodera del olfato sino que despierta y humedece el paladar, pone erectas todas las fibras del tacto y entusiasma y enciende la fantasía. Ese olor hierve en nuestro amarrillo melón. Ese atrayente globo del oro más subido, es de tan ingenua bondad ingénita, que ya señala a la anhelante vista la línea que ha de seguir el cuchillo para descubrir la miel endurecida y fresca que nos acaricia la lengua como una cosa viva, animada y juguetona. Olor, color, sabor, allí están en el terso guineo patriota, que parece hecho de seda crema comprimida en la más aromada y blanca de las mieles; en el guineo de rosa, formad con la pulpa de los más olorosos pétalos de la reina de las flores.

     Mirad la rechinante canasta sobre la cabeza de esa indita morena y ondeante; parece que lleva in iris convertido en fragmentos deslumbrantes. Viene de la chacra con su carga de mangos y marañones. El mango es la fruta del Paraíso que más agradaba a Adán. Cuando le quitáis la acarminada cáscara y lo chupáis, parece que tenéis entre los labios la cabecita de un niño rubio a quien se la hubieran untado de miel las abejas. El marañón gualda o rojo que se mece al viento en el extremo de la rama, os pone la tentación de transformaros en pícaro ladronzuelo. Os aproximáis al ajeno cercado, buscáis una vara con gancho invertido y bajáis la rama. Os levantáis sobre la punta de los pies, oprimís la fruta en vuestra mano temblorosa y le dais vueltas para desprenderla. Ya es vuestra; y la mordéis golosos. ¡Cómo suena en vuestra boca al daros su jugo al influjo del mordisco! Parece que estáis rasgando con los dientes un pedazo de la más firme tela de seda. Y no arrojáis la semilla; los guardáis avaro en vuestro bolsillo para tostarla al fuego y comeros la almendra, que es comida de ángeles. ¿Y por qué preferís aquel encendido marañón picado por los pájaros? Ya lo sé; es aún más dulce que los otros, porque bajo los rayos del sol se ha precipitado y acumulado mayor cantidad de miel.

     La naranja ¡que entusiasmo! Y si es de Chinandega ¡qué
locura! Cuando Dios quiere chupar una o diez, a esa ciudad manda por ellas. Van cayendo áureos trocitos de su delgada corteza al filo del cortaplumas y os queda una blanca esfera, a la que de un tajo le quitáis un polo. Por allí sorbedle el jugo y con ambas manos oprimídla hasta el fin. Parecéis un niño glotón que sorbe desesperado el más grato seno de su madre. ¡Ah! decís; ¡sí estuviera n el mar  o a la orilla de un río, tomando un fresco baño y chupando naranjas!

     ¿Y la sandía como llama? ¿Y el zapote rubicundo y dulce? ¿Y la guava, que entre la esmeralda de su vaina esconde esas monedas incitantes que parecen de terciopelo blanco? Y os hago merced de olvidarme del dorado nancite, que pone su amarillo manto bajo el árbol; y del sanguíneo jocote que estalla entre la boca vertiendo la linfa más encantadora. La olorosa anona, la enorme guanábana, el rudo mamey, el voluble caimito, cuyas hojas son símbolo de los políticos falsos y de los amigos hipócritas.

     Pero no me he de olvidar de ti, oh piña, imperial piña, fresca y tentadora piña, de zumo enloquecedor, que te dejas hacer picadillo en tu misma concha, con la humildad de un mártir cristiano, para hacernos el honor de saborear la piñada, más deliciosa que la champaña.

     Frutas adornadas de mí adorada tierra: por vosotras creo firmemente en la encantadora verdad de la leyenda del Paraíso. Por vosotras quisiera vivir cien años, con el paladar virgen de un niño, con la inocente picardía del escolar que a media clase os come en silencio, mostrándoos risueño bajo el pupitre a los desesperados compañeros que ansían el toque de salida para ir volando a buscaros. 

"PANCHO MADRIGAL, ALFORJA AL HOMBRO"
 Dibujo del Dr. Eduardo Pérez-Valle, publicado en La Prensa, 14 Dic. 1960. Pág. 4B.
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*Título original del Prosema que fue publicado por primera vez en la Revista AZUL.  Año I.  No. 3. Agosto de 1916. Revista Literaria Mensual que dirigió J. Ramón Pineda, y tuvo como Redactores a Hernán Zelaya R. Henry y Roberto Debayle. Octavio Quintana González. Agente Mayor: Manuel Roldán. Dirección y Administración, Manuel Roldán.  Con oficina en la Calle Central No. 114.  Impresa en la Tip. G. Alaniz & Cía. Fue publicado en "El Eco Nacional" y en "Azsul", con diferentes títulos: "Las Frutas, y, "Nuestras Frutas"; sobre este asunto del título del prosema, el doctor Jorge Eduardo Arellano publicó en El Nuevo Diario, edición del 2 de abril de 2013, el artículo: "Juan de Dios Vanegas: leonés representativo", en el referido trabajo afirma que el prosema también fue publicado con el título "Frutas de mi tierra". A fin de respaldar lo aseverado, hemos agregado la ilustración de la revista "Azul", en donde fue publicado con el título: "Las Frutas".