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jueves, 3 de julio de 2014

LOS HERMANOS DE SAN JUAN DE DIOS

Por: Eduardo Pérez-Valle 

HOSPITAL SAN JUAN DE DIOS, GRANADA, NICARAGUA.

En día de visita,  y por los corredores se ven grupos de personas que vienen en busca de sus deudos y  amigos enfermos. Viendo pasar la gente, adormecido por las medicinas  y lo pesado del calor, se viene el recuerdo de San Juan de Dios, cuya imagen de bulto miré en la portería, y sus abnegados Hermanos de la Misericordia. Y pensando, pensando, me voy lejos en el tiempo, por los viejos caminos de Nicaragua, así los de agua, como los de polvo y los de fango...

Cuando Pedro Zamuria fue embarcado en Granada en una de las dos piraguas del rey, surtas frente a las Piedras Cagadas, era un mocetón rebosante de salud y energías. Iba de miliciano, al relevo de la guarnición del Castillo, operación que por un complejo de negligencias se había venido retrasando por lapso de casi un año.

A más de las infaltables fiebres palúdicas que torturaban con su dolor de huesos y delirios, e iban aniquilando lentamente, traía un pie infectado, hinchado como un sapo y cruzado de vetas moradas que denunciaban punto de gangrena; aquello era el producto de la mordedura o el piquetazo de quién  sabe qué sabandija oculta en la maleza donde para su desgracia acertó a poner la planta protegida apenas por el caite, sandalia del indio.

Yacía boca arriba, sobre unos sacos vacíos y rollos de mecates amontonados en la cala de la embarcación; permanecía inmóvil, los ojos entreabiertos, casi volteados, la respiración difícil y pequeña; sólo de vez en cuando movía el brazo izquierdo para espantar con el sombrero de palma las grandes moscas tornasoladas que se posaban sobre su pie, y que venían haciéndole compañía desde el propio Castillo.

La piragua del rey, la grande, encallada en la costa en un zanjón excavado para ese fin, y que servía de embarcadero, fue arrojando poco a poco su contenido: marineros, cargadores, soldados, comerciantes (mujeres y hombres), mestizos, mulatos, negros, indios y zambos, con las vestimentas más extravagantes e inesperadas. Casi todos los soldados venían pegados de paludismo, alguno de disentería (que casi todo el viaje lo pasó sentado en la borda del barco, glúteos al aire, amarrado a uno de los dos grandes espigones de popa, pues desfallecía por la enfermedad y podía caer al agua); y alguno con terrible dolencia secreta, de las llamadas venéreas, el cuál se distinguía  por su genio entre amargado y socarrón, y el extremo cuidado que exhibía al sentarse y ponerse en pie; así como porque a veces caminaba a saltitos, evitando lastimar una causa oculta y dolorosa.

Como Pedro Zamuria no podía valerse, no salió del barco hasta que vinieron por él dos reclutas de la guarnición de Granada y lo pusieron en una carreta, rumbo al hospital San Juan de Dios.

Pero el Zamuria tenía muy mala estrella: cuando llegó al hospital, frente a la esquina suroeste de la plaza mayor, había movimiento en el atrio, curiosos en la calle y a las puertas, mujeres viejas y jóvenes, algunas chineando al hijo en el cuadril, otras con él cogido de la mano, inquiriendo por la suerte de hijos y maridos, pobres diablos que quedaban allende del Lago, “sirviendo al rey” en el Río, en la fortaleza. (Más bien esperando la muerte frente al Raudal del Diablo. ¡Qué bien puesto estaba el nombre primitivo!

Cuando arribó la carreta con Zamuria, el hermano Benito, lego de San Juan de Dios, colorado y panzón a más de medio cojo, corrió dando brincos de zanate,  comiéndose un jocote y con un puño de sal en la mano, para avisar que ya en el hospital había sitio para más enfermos.

Estos hermanos de la Misericordia de San Juan de Dios (Fatebenefratelli, se les llama en Roma) eran la Caridad misma, personificada. Habían llegado a Nicaragua en 1650, caminando más de seiscientas leguas, desde México. Los primeros eran seis hermanos que venían a tomar cargo del hospital de Santa Catarina Mártir, de León, fundado en 1624 por el obispo fray Benito Rodríguez de Baltodano, con veinte camas. Es de pensarse que de León extendieron su actividad a Granada, donde probablemente pasaban menos angustias económicas, pues esta ciudad disfrutaba de una mayor riqueza y auge comercial. Pero el caso es que la capacidad estaba colmada, y materialmente faltaba el espacio donde acomodar al desgraciado Zamuria.

Uno de los reclutas de la escolta hubo de dirigirse hacia el antiguo cuartel o fortaleza (levantada inicialmente por el propio fundador de la ciudad, el capitán Hernández de Córdoba), situada al otro lado de la plaza, para recibir órdenes.

En un momento se aparejó el viaje hacia León. Vino a la carreta un enfermero de la fortaleza, que puso sobre el pie veteado y enormemente inflamado unas hojas soasadas, al parecer de higuera, y dio de beber al enfermo una pócima febrífuga. El indio carretero y su guía (que parecía ser su propio hijo), el enfermo y sus dos acompañantes fueron provistos de buenas raciones de tortilla y queso chontaleño reseco, cecina y pescado salados, pinol, dulce de panela y agua en calabazos; y se dio la orden de emprender inmediatamente el viaje.

Sostenida en cuatro palos enclavados en los ángulos de la carreta, se tendió a manera de toldo una chamarra, que protegía al enfermo del sol abrasador.

La carreta partió dando tumbos entre nubes de polvo, en busca del 
camino de Masaya. En este pueblo debían pasar la noche, para continuar con el fresco de la madrugada.

Por Managua, Mateare y el pueblo nuevo de San Nicolás, llegaron a León en término de tres días. Sin pérdida de tiempo, la carreta-ambulancia se encaminó al hospital San Juan de Dios.

Este era por aquellos días, promediando el siglo XVIII, el verdadero reino de la pobreza. Su existencia precaria. La ciudad lo socorría apenas con un real de carne algunos días de la semana. Los religiosos a su cargo tenían que hacer verdaderos milagros para subsistir. La falta de rentas era suplida por el trabajo de los buenos religiosos, que eran llamados de fuera, a efectuar curaciones y administrar medicinas a domicilio, a enfermos esparcidos por toda la ciudad. Con el producto se mantenían a sí mismos y también a cuatro enfermos del hospital, de comida, bebida, ropa y medicinas;  y asimismo a algunos pobres forasteros que llegaban a guarecerse  bajo el bendito techo, a veces por estar de paso y no disponer de otro sitio para descansar, o por carecer definitivamente de albergue, a los que se mantenía “por Dios, como a pobres”.

Las únicas rentas eran de capellanías, que con el pago del capellán por las misas que decía, y la compra de pan, vino y cera para ellas, no dejaban nada al hospital, sino el cuidado de las mismas. Y a veces el pago era en frutos de la tierra que había que convertirse en dinero.

En la iglesita aneja, de adobe y teja, tenían sede las cofradías de Dolores y de Nuestra Señora del Buen Suceso, de extremada pobreza, que de puras limosnas tenían su misa al mes y sacaban el rosario por las calles.

Había en el convento un lugar o celda en que cabían seis camas, el cual servía de enfermería, con su altar, y en él una efigie de madera de San Juan de Dios, de vara y tres cuartas de altura. Las otras habitaciones eran una celda prioral y otras dos para los religiosos compañeros, todo de adobe y tejas, campanario con tres campanitas, cocina y dos patios.

En la enfermería había sólo cuatro camas. Pero cuando era menester se improvisaban camastros y tapescos y se hacía caber a cuantos enfermos se presentasen. Así ocurría cuando pasaba la leva de los soldados para el Castillo, y cuando estallaban epidemias en la ciudad. Había pacientes ambulatorios, que andando llegaban todos los días a curarse las llagas, a quiénes como a pobres no se les podía negar la medicina; pero no había botica, y el prior, recién llegado de Guatemala, tenía que suplirla fabricando él mismo los fármacos que fuesen necesarios, con materias primas que él mismo había aportado y que custodiaba como a un verdadero tesoro.

A este maravilloso centro de salud llegó la carreta de Pedro Zamuria cargada de cansancio. Cansancio de la propia carreta, cuyos ejes gastados hacía dos días no probaban el unto de res que los lubricaba, cansancio de la yunta, que en la marcha forzada no había tenido el descanso ni el pasto necesario; cansancio de los hombres, por el mal dormir, el mal comer y el mal viajar.

Zamuria llegó in extremis. A la puerta del convento salió a recibirlo, bondadoso y solícito, un religioso seco y larguirucho, de mirada profunda y potente nariz encorvada. Más que un fraile físico (médico y cirujano) de gran saber y experiencia, parecía un ave de rapiña maltratada por el destino.

Entre todos llevaron adentro a Pedro Zamuria y lo acomodaron en tapesco nuevo, entre un anciano apopléjico y un indio cuyo brazo izquierdo había sido recientemente cercenado. El primero, con un ojo cerrado y otro abierto, dejaba salir espumarajos por la boca desfigurada; el otro, atado con fuertes coyundas de cuero crudo al marco del tapesco, se retorcía como un condenado, se mordía los labios y profería maldiciones por lo bajo y desgarradores ayes a grito partido. Al fondo de aquel cuarto enfermería, con flores y candeleros, un San Juan de Dios guachapeado en madera miraba con ojos tiesos, inexpresivos, las cañas del techo, y posaba una amenaza desproporcionada sobre la cabeza de un presunto enfermo achumicado a sus pies.

Pedro Zamuria no se movía. Los ojos en blanco, la boca entreabierta, los dientes secos, perlados de sudores el bozo y la frente, era la imagen de la desesperación, que a través de un rictus y un espasmo final podía transformarse en un segundo en la yerta efigie de la muerte.

El hermano Benedicto, prior del convento, que tal era quien lo había recibido, se quedó buen rato mirándolo: envuelto de pies a cabeza en su pobre hábito blanco que le daba un aspecto fantasmal, extrahumano. Los ojos negrísimos despedían rápidas llamaradas de inteligencia mientras permanecían fijos, y él en profunda meditación. Casi se adivinaban las serias interpelaciones que aquel cerebro se hacía a sí mismo; y las graves respuestas que brotaban del saber y la experiencia acumulada por años.

El hermano Benedicto tanteó las pulsaciones,  pero ya no en las muñecas, de donde hacía buen rato se había fugado, sino en el cuello, en las mismas carótidas. Secó la frente con un lienzo y posó en ella la mano para evaluar la calentura. Levantó un párpado para examinar la vascularización del globo del ojo, cuyo cristal había perdido en gran parte su brillo y su motilidad vital; la pupila estaba fija y extremadamente abierta, y una sombra ictérica manchaba el blanco esclerótico, disponiéndose en anillos en torno al iris. El hermano levantó por el bigote el labio superior para mirar a través de los dientes resecos y fríos una lengua de lora encogida y saburral. El examen siguió por el pecho, que mostraba aquella asfixiante respiración diminuta y estertórea. Por fin vino a detenerse en el horrible pie tremendamente inflamado, por cuyos tegumentos de coloración cenicienta y tornasolada ya comenzaban a filtrarse las gotas de un humor viscoso y extraño.

Los ojos de aquel Hermano de la Misericordia cambiaron varias veces de posición en sus órbitas, como examinando las diversas alternativas de un complicado diagnóstico. A cada cambio de dirección en la mirada seguía una larga pausa en la que casi podía auscultarse la intensa labor cerebral en el increíble silencio.

Tras un último vistazo de cerca al pie fenomenal, Benedicto se incorporó, respiró profundamente y con alivio, cual si acabase de hallar la clave anhelada; y musitando: --Poción magnífica reforzada y emplasto milagroso--, se introdujo en dos pasos en su celda.

Por largo rato permaneció el prior preparando sus medicamentos. El ataque sería por ambos frentes, el interno y el externo: aplicaría un emplaste y administraría una poción.

Para preparar la “poción magnífica” tomó cogollos de aguacate, generadores de sudor copioso y conveniente y que hacen expeler por el caño de la orina gran parte de la sangre corrompida. Reforzó estas benéficas propiedades agregando al cocimiento buena copia de carne de jícaro, que también provoca el sudor y expulsa la sangre corrupta trayéndola toda por la orina. Y para coronar dignamente aquella obra , tomó unos cuantos ramitos de aquella hierba prodigiosa, enredadera de los cacaotales, que en Costa Rica llaman “raíz de la estrella” y “alcotán” en las partes de Nueva España y Guatemala, “y se extiende su natural y conocida virtud a sanar a los tocados de aire, de fríos y calenturas, pasmos y otras enfermedades”.

Con tales componentes, de tan poderosos efectos, bien justificado estaba el nombre de “poción magnífica”. Mientras ésta se cocía y tomaba punto, Benedicto procedió a preparar su “emplasto milagroso”. Para ello fue mezclando los ingredientes en una base de unto de res serenado y mantenido durante el día en una tinaja semienterrada a la sombra de un gran árbol de guanábano. Cogió de un frasco unas pulgadas de raspadura de “alcotán”, por aquella su virtud contra la mordedura de la víbora o de otro animal nocivamente ponzoñoso. Después tomó buena cantidad de semilla de aguacate molida, por su naturaleza activa de cáustico, que mundifica las úlceras encanceradas. Tomó un poco de leche de cativo, llamada también “aceite de María”, por aquella su cualidad de deshacer tumores. Extrajo después de una arqueta un envoltorio con polvos muy finos de la hierba de las quebradas frías conocida por todos como “cañutillo”; tomó de ellos en la punta de un cuchillo y lo sumó al vehículo untuoso, por la cualidad de abrir boca en caso de inflamación aguda, por donde evacúen los humores pútridos. Sumó también pinolillo del grano tostado de la cebadilla, por su virtud de destruir larvas en su propio y natural habitáculo; y para poner broche de oro a aquella obra  maestra, tomó Benedicto de una ampolla de cristal de color azul, dos cucharadas de una pasta obtenida con los cogollos más tiernos del espino real, de virtud antiflogística, y la raíz de la misma planta, buena “contra todo veneno y mordedura de bestia ponzoñosa”.

Terminado su trabajo, el hermano esbozó una sonrisa, se sacudió las manos; y mirando hacia arriba, con la misma mirada sin retina que siempre acostumbraba, pareció murmurar que su ciencia ya no podía más y que todo quedaba en las manos de Dios.

Con aire triunfante apareció en la enfermería, ya entrada la noche, en una mano un cuenco con la “poción magnífica”, aun humeante, y en la otra un mortero de cobre conteniendo el “emplasto milagroso”.

Su descarnada figura a la luz bailoteante del candil parecía algo sobrenatural; y su larga sombra desquiciada gesticulando silente desde la pared, insuflaba en el ambiente una ráfaga de inquietud.

De dos trancos llegó al tapesco de Pedro Zamuria. Con su brazo derecho incorporó al enfermo, y susurrando en su oído palabras de esperanza, de incalculable poder, le hizo beber sorbo a sorbo a sorbo la “poción magnífica”.

Después se inclinó sobre el monstruoso pie y fue aplicando sobre la inflamación con una espátula de hueso el “emplasto milagroso”.

Terminado este trabajo, hizo sobre su gran esqueleto la señal de la cruz, de otros dos troncos ganó su celda y cerró la puerta.

Tres semanas más tarde Pedro Zamuria estaba en Granada, aspirando a todo pulmón la fresca brisa del Lago.

De aquella escapada hacia la muerte, sólo recordaba que del profundo lo había rescatado la mano huesuda de Benedicto, Hermano de la Misericordia de San Juan de Dios, que dormía en el suelo como su Santo Fundador sobre una vasija de piedra; y compartía los frijoles y el plátano de su cena con los enfermos más necesitados de alimento.

sábado, 28 de junio de 2014

EL DOCTOR SOCARRÓN

Por: Eduardo Pérez-Valle

La mejor paciente del doctor Socarrón era sin duda doña Nina, ancianita de setenta y nueve abriles (si es que así pueden llamarse los que se juntan después de los veinte). 

Y para ella, así como para mucha gente, el doctor Socarrón era el mejor médico de la ciudad, de la nación y del mundo; y tenían sus buenas razones para creerlo. 

Para doña Nina, hasta hacía milagros. No propiamente porque fuera santo, sino porque los santos se valían de sus manos hábiles y de su clara inteligencia para realizarlos. 

Doña Nina era la mejor paciente del doctor Socarrón por razones muy válidas: primero, porque no estaba propiamente enferma, sino vieja; por consiguiente, la infinidad cambiante de males que ella decía sufrir y se solazaba en enumerar y detallar, no eran verdaderas enfermedades, sino achaques de vieja, expresión de una fisiología dominada por el tiempo, la sequedad y el endurecimiento, y eventualmente el aflojamiento final de todas las tensiones que mantienen la vida. 

En segundo lugar, no era una anciana trágica, sino todo lo contrario, alegre y hasta cómica. Le buscaba el lado bueno a la vida. Gustaba de repasar chistes mentalmente, y a veces parloteando consigo misma, dejaba escapar risitas intermitentes y aun estallaba en carcajadas increíbles, que un buen día por poco la llevan a la tumba, pues se le fue saliva por la tráquea, y el subsiguiente ataque de tos casi la asfixia. 

Ella decía: --Y Zelaya preguntaba: “¿Qué estás chupando, Blanquita?” Y doña Blanca contestaba: “Caramelos, Santos”. –Allí fue el estallido de risa. 

Pero doña Nina era la mejor paciente del doctor Socarrón porque ella misma se recetaba. Y no es que el doctor gustara de disfrutar il dolce far niente, sino que amaba el estar en todo de acuerdo con sus enfermos. Por eso adoptaba en ciertos casos una actitud liberal de dejar hacer, dejar pasar, ante las ocurrencias de sus pacientes. De esto se aprovechaba doña Nina, quien decía: 

--¡Ay, doctorcito! Fíjese que he amanecido con un cólico pegado al lado del bazo, que ya no me deja ni respirar. 

--No se preocupe, doña Nina, que ya va a respirar tranquila. 

--Y lo peor es que además del mismo cólico, también me duelen las cuerdas del pescuezo. 

--No sabía que usted fuera gallina, con pescuezo y todo; ni que su cuerpo fuera como un violón, con cuerdas y clavijas. 

Aquí la viejecita dejaba escapar una risita nerviosa, y protestaba moviendo negativamente la cabeza: 

--Usted me comprende, doctorcito. 

--Bueno, pues vamos a ver cómo aflojamos esas cuerdas y aliviamos ese cólico. 

--Pues verá, no es que quiera dármelas de sabia, pero yo bien recuerdo que mi tía Carmita, que siempre padeció los mismos malestares, se curaba como con la mano frotándose el pes... digo, el cuello con aceite eléctrico, y la barriga con manteca de azahar serenada, entibiaba un ratito en el sol, para que vaporizara el hielo de la noche. ¡Ya le digo! ¡Era como con la mano! 

El doctor Socarrón contenía una sonrisa, y escuchando pacientemente aquellas magníficas recetas, contestaba pausadamente, con gran seriedad y convicción: 

--Pues de esos mismos medios nos valdremos ahora, sólo que convenientemente reforzados, como lo aconseja el adelanto de la ciencia. Usted verá: el aceite eléctrico le agregaremos unos granitos de alcanfor sublimado, ¿sabe usted?, para penetración, y adiós cuerdas reventadas... ¡perdón!, encogidas o adoloridas; y para el cólico, pues la misma mantequita de azahar serenada, sólo que mezclada con unas gotitas de yodo oficinal, del inglés, el del cabrito, por cualquier cosa, y una raspadita de nuez moscada española, que es la mejor, porque la nuez moscada encauza los aires por su buen camino, que es lo que necesitamos, y por eso se la ponen a los pudines, para contrarrestar los efectos del huevo y del polvo Royal, que son tan coliquientos. 

La viejecita había escuchado absorta aquella sesuda exposición científica; y tragando gordo y con los ojos aguados, exclamó: 

--¡Milagro! Milagro de mi doctor Socarrón y mi San Ramón! ¡Ya no tengo dolores! Son tan buenas esas unciones, que con sólo nombrarlas, los dolores se espantan, pero que me las preparen, por si las moscas. ¡María! ¡Buscame el trisagio de San Ramón para rezárselo a mi doctorcito antes que se vaya!

viernes, 27 de junio de 2014

PANTALEÓN TINGUIADO

Por: Eduardo Pérez-Valle 

   Por la puerta de emergencia ingresó al hospital, procedente de Caña de Castilla, Diógenes Putoy, con veintiún machetazos. Lo agarraron como a palo de hule. Y el causante fue un indio de Chácaraseca, de nombre Pantaleón Tinguiado. ¡Qué saña de individuo! Él también recibió sus heridas; pero con todo y eso logró huir y esconderse en los breñales del Abejonal.

   Como quince días después del suceso vino al hospital con dos heridas infectadas y una pierna de arrastrada, azul y hedionda, con un gran mosquero detrás, Benito García. Venía, dijo, del lado de Malacatoya, donde había salido herido jugando a los planazos con un su compadre.

   En pocos minutos la pierna putrefacta fue tirada a los desperdicios humanos que todas las tardes, poco antes de ponerse el sol, un enterrador lleva en una carretilla a sepultar allá, en el límite del solar contiguo a la Sala Teresita, ante la presencia grave y recogida de cuatro o cinco zopilotes que no atinan a explicarse el por qué de aquel desperdicio de alimento. Fue cortado desde arriba muslo y pierna, y casi también la nalga. Las heridas del tal Benito  García fueron atendidas conforme a las reglas del arte, y el indio metido en una cama de cirugía de varones, a ver si sobrevivía.

   En otro extremo de la sala  convalecía lentamente Diógenes Putoy, la víctima de Pantaleón Tinguiado. Las heridas de brazos y piernas fueron las primeras en mostrar mejoría. La más renuente en sanar eran: una que le partía la cara en dos hemisferios, llevándole dientes, nariz y ojo izquierdo; y otra que le atravesaba el abdomen de parte aparte, dividiéndolo prácticamente en Putoy de arriba y Putoy de abajo.

 Pasó el tiempo, y los hospitalizados en aparente mejoría. Hasta que un día el tal Benito García pudo comprobar que en uno de los puntos de la tremenda herida de la amputación tenía excremento, que le venía de adentro. ¡Casi sufre un colapso! El corazón se le paró de pronto, y siguió después batiendo con fuerza y a espacios largos, como si marcase el paso de un ajusticiado. La respiración se le cortó y después quedó rápida y superficial. Pero el vuelco mayor fue el del cerebro: primero quedó sin sangre; después ésta afluyó como una marea, cual si fuera a brotarle por los ojos, las orejas, los pelos; y el Benito García apretaba los dientes y se mordía los labios hasta sangrar, y  crispaba los puños como queriendo asir algo imposible. Desde aquel día cambió su conducta. Del hombre fosco, amargado y silencioso que era, se tornó amable y servicial, de una amabilidad extraña, como desarraigada y mentirosa, que llegó al colmo cuando un día renunció a comer de su plato; y bajándose de la cama, dando saltos con su único pie, y asido de las demás, iba dando cucharadas de gallo pinto a los demás enfermos de la sala.

  Desde hacía algún tiempo había renunciado a cortarse el pelo y rasurarse; y esto, unido a aquella extraña actitud mental y ciertos relampagueos furtivos en su mirada, le daban el aspecto de un orate.

    Repartiendo su gallo pinto y hablando incoherencias llegó hasta las últimas camas, donde yacía Diógenes Putoy. Se quedó viéndolo, la respiración anhelante, apoyado a un pilar, con el plato vacío en la mano.

  --¡Se acabó el gallo pinto, pero vos también vas a tener tu bocadito! –dijo frenético--. ¡Yo soy Pantaleón Tinguiado!

   Y se le dejó caer encima, con la cuchara en la mano, asida del cuenco, usando el mango, fuerte y agudo, a guisa de puñal.

    El dictamen del forense dijo que Putoy había muerto de herida contusa con objeto semi-punzante, que le había roto los tegumentos y el tejido muscular; y que pasando a través del sexto espacio intercostal izquierdo, había interesado las pleuras, el pericardio y el propio músculo cardíaco, a la altura de la aurícula derecha.                                                     

lunes, 26 de mayo de 2014

Relatos de Hospital  (Cuento) 

LA COMPETENCIA, I

Por: Eduardo Pérez-Valle

El doctor Rebolledo, egresado de nuestra Universidad Nacional y con serios estudios de postgrado en México e Italia, era sin duda un buen hombre y un excelente médico. De baja estatura, regordete y barrigón, los brazos le venían demasiado cortos; su cabeza, de calvicie deslumbrante, daba la impresión de no estar muy cómoda sobre los hombros, como si el cuello no contara con todas las vértebras que debía tener, o a éstas les faltase la movilidad propia de un humano. Como resultado, el doctor Rebolledo parecía andar siempre viendo para arriba, la barbilla proyectada hacia adelante, en un gesto falsamente desafiante y antipático.

Para mayor abundamiento, sobre este feo conjunto irremediable descansaba un par de gruesos lentes, con grandes rebordes, que parecían quitados de alguna antigua escafandra de buzo, o construidos con los enormes cristales de algún faro desmantelado. Con ellos la figura del eminente doctor Rebolledo adquiría el aspecto de una cucaracha enferma. Y aunque decían que aquellos aparatos eran de aumento, la verdad es que los ojos del Dr. Rebolledo, naturalmente saltones y hasta desorbitados, quedaban reducidos a un diminuto ojal transverso tras la espesura de aquellos vidrios increíbles.

Para colmo, el sabio galeno se gastaba un timbre de voz entre cascado y ronquillo, como si fuese a sacarla de triple, pero que una telaraña inexplicable se enredara en las cuerdas vocales y tupiera los ventiladores naturales, resultando aquel sonido anacrónico, emparentado con la voz del primitivo gramófono de cilindros de cera que inventara Thomas Alva Edison.

Sobre todo esto, el doctor Rebolledo tenía otro inconveniente: que siempre andaba apurado. Quizás por el gran cúmulo de sus ocupaciones, quizás por el deseo vehemente de volver rápidamente a descansar, el hecho es que siempre llegaba al hospital sudoroso e impaciente. Tiraba por ahí el maletín y se encaminaba a la sala para hacer la visita. Cuando lo veían llegar, enfermeras y monjas se ponían nerviosas, como en guardia para hacer frente a cualquier emergencia que pudiera crear la presencia del doctor Rebolledo. La enfermera de turno cogía rápidamente un rollo de expedientes y se encaminaba a pasitos rápidos hacia la sala, para acompañar en la visita al inquieto e inquietante galeno.

Éste tomaba el pulso a los enfermos, espetaba con aquella vocecita unas cuantas preguntas apresuradas, casi ininteligibles y de todo punto injustificadas, y por último recetaba inyecciones, píldoras y cápsulas, que ya la enfermera y hasta los pacientes se sabían de memoria. Parece que este hombre cerraba sus puertas a los visitadores médicos, de ahí lo escaso y trillado de su repertorio terapéutico, que más parecía aprendido en los almanaques y las revistas de barbería que en un tratado a fondo o en las aulas de la Universidad.

De modo que bien merecida se tenía el doctor Rebolledo la competición que le hacía el Cabito.

¿Quién era este Cabito? Había llegado al hospital hacía tres años, procedente del Mombacho, atacado de “mal de piedra”, con un cólico pegado en el riñón izquierdo, que lo hacía rabiar y revolcarse. Le dijeron que lo iban a operar de inmediato, pero él se opuso enérgicamente en medio de su tortura, y allí no más comenzó a recetarse él mismo. Las monjas y las enfermeras, ante su terquedad, y atontadas por la alarma general que producían sus terribles dolores y bramidos, terminaron por obedecerle.

Pidió primero que le preparasen una tisana diurética a base de bicarbonato y “pelo ´e mai”. Después ordenó que le administraran una lavativa aromática,  compuesta de agua de rosa acentuada con eucaliptol y extracto de bergamota. Por último se tomó un pocillo de agua cloral, que le trajo un sueño pesado, con ronquidos y lo demás.

Al despertarse, después de seis horas, ya el Cabito estaba curado. Aquel éxito dramático lo consagró a la vista de toda la sala, enfermos y enfermeras, como un verdadero sabio, un genio de la medicina, de esos que nacen así, en cualquier parte, una vez al siglo, quien sabe por qué.

Cuando el Cabito se sintió sano, al término de un mes, él mismo, así como se había curado, se dio de alta. Sólo faltó que firmara su expediente. Pero quedó picado de una nostalgia del hospital, de la admiración, el cariño que le dispensaban y la fe ciega que ponían en él, en su saber, los enfermos y el  personal.

Pronto estuvo de vuelta, con cualquier pretexto; y así una y otra vez, hasta que al fin se quedó definitivamente, de enfermero, de ayudante de limpieza, de velador, de cualquier cosa.

Por eso cuando el doctor Rebolledo hacía la visita, el Cabito siempre andaba por ahí cerca, haciendo como que hacía algo por las camas vecinas, para escuchar de aquella vocecita de grillo acatarrado las insípidas preguntas y las conocidas recetas.

Y cuando el doctor Rebolledo, muy serio y convencido de su excelencia, abandonaba presuroso la sala por la puerta lateral, rumbo a su consultorio, a esperar un paciente que nunca llegaba, el Cabito comenzaba la verdadera “visita” a la sala de medicina de varones.

--¡Vos, Juan, no te aflijás, que el que se aflije se afloja! Lo que tienes es sólo punto de angina de pecho. Aquí lo que hay que hacer es calmar los nervios del corazón. Te voy a conseguir un vinito de quina ferruginado, y agua de azahar para cuando te sintás nervioso. Además, para quitar todo el peligro, te voy a poner una lavativa de linaza, con una yema de huevo y una cucharada de asafétida, para mantener limpio el intestino y evitar los cólicos, que pueden subirse.

El enfermo se quedaba mirando fijo al Cabito, y un halo de esperanza iluminaba su rostro. El Cabito pasaba a la siguiente cama:--Vos, Catalinó, lo que tienes es un catarro al pecho, que te lleva puta. Si no, ahí tenés esa tos incansable que siempre te aumenta en la madrugada; y esa opresión que casi no te deja respirar, y la calentura. ¿Qué más querés? ¡Si está claro! El dolor en las costillas es de la misma tos. Aquí lo que hay que hacer es calmarla, y procurar que el catarro madure pronto.

Lo primero es un buen purgante, de lo que a vos más te guste: sal o píldoras rosadas, que son buenas catárticas. Vas a tomar también un cocimiento de malva, que es para el pecho y hace sudar. No hablés mucho, ni te estés moviendo, que te cansás. Y te voy a preparar un sinapismo líquido de pimienta para que metás los pies. Eso es bueno para devolverle a la sangre el calor que le quitó el resfrío. Si querés tomar las cápsulas que te recetó el doctor, tomalas, que no perjudican; pero no sirven y hay que ayudarles con lo que te digo.

Y pasaba a la otra cama:

--¡Hombré Toñó, esa tu inflamación del intestino es lo más fácil de curar, hom...!  ¡No te aflijás! Si lo malo es que si uno se descuida el intestino se brota y se sale; y da pena estar enseñando lo que es su secreto de uno.

¡En primer lugar, cuidado de comer! ¡Ni un bocado! Para que estés mantenido mientras baja la inflamación, que te preparen una tortilla de huevo para aplicarla al estómago, tibiecita, tibiecita. ¡Cuidado te la comés! Y para que no te dé tentación, la vamos a empapar en láudano, para que te rebaje los dolores. Lo único que podés tomar es tu agüita de arroz, tu cebadita perlada, cocida, y tu agua de linaza. También un cocimiento de salvia, con cuatro o cinco gotas de láudano, para desterrar los dolores y parar la currutaca.

Toño había quedado inmóvil mirando al Cabito durante todo el tiempo que había durado aquella inspirada receta, y al final sólo dijo, con gran convencimiento:

--Tenés razón. Voy a decirle a la Chayo que me traiga todas esas aguas y esa tort´ e huevo que decís.

El Cabito ya se había acercado a la cama de don Chepe, un viejito que había llegado con un ataque de anemia que lo hacía cruzar las canillas para andar, y que lo mantenía noqueado en la cama durante largas horas. El doctor Rebolledo le mandaba reposo y vitaminas en cápsulas e inyecciones, pero todo era como echarlo en un pozo. No producían el menor efecto.

Don Chepe miró al Cabito con una gran interrogación en los ojos mortecinos.

--Vea don Chepe—dijo el taumaturgo, rascándose con el dedo mayor de la mano derecha el remolino de la coronilla, --pa´ que le vo´ a decir, esas vitaminas que le receta el doctor son buenas, sí, son buenas; pero yo creo que el caso suyo más que de inyecciones y cápsulas es de buena alimentación. Esa anemia profunda es cosa de alimentación especial. Dígale a doña Adelaida que le prepare buenos caldos, buenas substancias, lo suficientemente fuertes; como de hígado o de frijoles, con sus buenos huevos. ¡No tenga miedo! ¡Y si le dan ganas, pues se come también la buñiga!  Eso sí, como despacio, masticando muy bien, y no se dé cólera ni preocupaciones. Y por la tarde, todos los días se me toma su tazón de sopa de mondongo, temprano, como a las cinco; y después su café negro, cargadito. ¡Vamos a ver si no se levanta en una semana! Pero para mientras, se me va a tomar por agua del tiempo su “agüita de hierro”: que le consigan unos cinco clavos nuevos, medianos, y que los pongan a calentar en las brasas, luego los echan en una poronguita con agua limpia, de beber. Allí los dejan para que se oxiden. Y cada vez que vaya a beber, mueva bien la poronga, para que los clavos suelten. ¡Ya verá qué remedio! Dentro de un mes usted estará sano y coloradote. ¡Y adiós anemia!

Todavía el Cabito pasó a ver a Belisario Robleto, con su reumatismo crónico, al que le prometió traerle una medicina a base de salicilato, y una pomada también con salicilato, alcanfor, tintura de yodo, etc.

--¡Y ya verás que es tu santo remedio!  --le dijo al despedirse para pasar a ver a Tomás Sánchez, a quien le había caído una fuerte erisipela en una pierna. Le recetó infusión de borraja a cantaradas, y paños tibios con agua de flor de sauco. Esto, mientras no fuera necesario untar glicerina y ungüento de soldado y espolvorear con subnitrato de bismuto.

Cuando el Cabito dio por terminada su “visita” y se fue por ahí a buscar algo de lo que había recetado, quedó flotando en la sala un aire de alivio y  confianza, muy diferente de aquella atmósfera de frialdad y escepticismo que el eminente doctor Rebolledo, con su premura galopante, su voz desastrada y su aspecto de coleóptero engreído, creaba siempre en torno suyo.

Después de la “visita” del Cabito todos respiraban optimistas, querían sanar y generalmente lo lograban, a espaldas del doctor Rebolledo, de sus postgrados, diplomas y recetas cajoneras.

Por aquel natural “ojo clínico” y aquella pintoresca habilidad diagnóstica y terapéutica, el Cabito, hacía más de cuarenta años, había logrado aquel rango militar sin disparar un tiro, en forma, diríamos, honoraria, durante una de nuestras inveteradas rebatiñas entre las tradicionales partidas dizque políticas. El Cabito era eso porque no podía ser más; pero tampoco pudo quedar en soldado raso. Era “cabo-enfermero”, y con esa investidura hizo maravillas entre la soldadesca y fuera de ella en las haciendas, pueblos y ciudades donde azotaba el flagelo de la montonera. Ejercitándose en aquella “medicina natural”, como él la llamaba, inquiriendo de viejos y comadronas, y sobre todo experimentando por sí mismo, había llegado a ser un gran curandero, el más grande y completo de cuántos se tuviera memoria. Porque aparte del conocimiento de las virtudes curativas de las plantas y diversas substancias medicamentosas, el Cabito, tal vez sin darse cuenta, movía con su estilo de curar los hilos sutiles de la tramoya sicológica. De modo que ponía en juego los ingentes recursos de lo que después se ha llamado “medicina psicosomática”, que aprovecha para generar salud en el cuerpo la fuerza reprimida en profundos resortes espirituales. El Cabito creaba confianza en el enfermo, que tal vez se debatía en equilibrio imposible al borde de la tumba; le infundía el deseo de sanar y vivir, y ponía parte del éxito en sus manos: con ello liberaba y centuplicaba las fuerzas últimas que anidan en el humano mientras le queda un hálito de vida. En cambio en el doctor Rebolledo, por sobre los postgrados y diplomas, venía a cumplirse a cabalidad el sabio contenido del refrán segoviano: el que nació pa´zompopo no pasa del corredor.

martes, 13 de mayo de 2014

ZULEMA

 Por: Eduardo Pérez-Valle (Cuentos de Hospital.  Por: Hospitalario).- 

La mayor preocupación de Zulema, cuando me llevó el camisón para que me lo pusiera, fue indicarme que la abertura angelical (pues así, rajados de arriba abajo, son los camisones de los ángeles) debía quedar atrás.

--¡Lo abierto para atrás! ¡Lo abierto para atrás!--  repetía.

Sólo faltó que me dijera:

--¡Cuidado se equívoca!


Sospecho que alguna vez tuvo un paciente que se equivocó.

sábado, 25 de enero de 2014

CUANDO EN CAMINO LARGO, EL CAITE NO PESA. Por: Eduardo Pérez-Valle Morales ("Mashiro")

CUANDO EN CAMINO  LARGO, EL CAITE NO PESA

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Historia "deportiva" de un vendedor de helados

A mi tía Vilma, porque disfruta los eskimos y, sobre todo, compra muchos por solidaridad deportiva.

Por: Eduardo Pérez-Valle Morales ("Mashiro")


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̶̶ ¿De qué sabor lo quiere?— interrogó con voz corrosiva el vendedor ambulante de sorbetes. Tengo el de la promoción semanal, y por cierto, viene con precio que enfría el bolsillo –mire usted el rótulo— ese vale la mitad de los otros, insistió.  

Tocado por el impulso, rebusqué en los dos bolsillos para completar la cantidad necesaria. Recibió las monedas. Metió el brazo dentro del cajón refrigerado y puso el producto en mi mano extendida, le miré el rostro adornado con disimulada sonrisa de buen mercante.














Cuando estaba con la espalda a medio giro para emprender camino en sentido contrario, el heladero empezó otro diálogo con el cual me dejó anclado. Aplicaba un acompasado vaivén a la ristra de campanas dando nuevo aviso de su presencia. Lo miré atento sin dejar de apurar el primer mordisco porque la leche empezaba a derretirse ante el intenso calor característico de Managua, nuestra planicie extensa de ciudad-aldea, la envejecida y sucia, la que le fue infiel al bello Xolotlán, para convertirse en muladar y correspondida amante del  Xolocaca.

—Discúlpeme— prosiguió con modulada entonación de palabra,  usted no sólo está ante el proveedor de ricos sabores congelados, yo trabajo durante 365 días al año, sin descansos, empujo por calles y avenidas este pequeño mueble frigorífico ambulante; le aseguro, y por favor no lo dude, escribo poemas, canto a capela, y lo mejor, soy atleta de alto rendimiento en la justa por el diario comer y el diario vivir. 

-- Cómo es asunto de atleta de alto rendimiento? 

Ah!! Ya le explico. A este flaco enjuto, "Morfeo eterno" no ha podido soldarme los párpados en mis setenta largo veranos con sus inviernos. Con mi "motor de tripas", activado por frijoles parados más polvito de queso, muevo entre cien y ciento cincuenta libras, eso es diario durante ocho horas consecutivas, en terreno llano o cuesta arriba y de bajada. 

---Desde chigüín fui brincacharcos y salta cercas, ágil e incansable errabundo; jamás en mí se cumplió aquel dicho: "...en camino largo hasta el caite pesa". ---Y moviendo el labio superior, seguía con la presentación--- ---- Mire estos dientes y estos músculos, --indicaba con el dedo índice puesto en el antebrazo---- fueron engendrados en hamaca, torneados en polvo fino de esos mismos que flotan en el aire que al final reposa en todas las cosas. 
  
Testigos mudos son mis recuerdos. Sin ojos de amor, mi madre solía decirme, —Ruperto, eres apuesto—yo era buen mozo, joven, hecho y derecho, y por favor créame, si no fuera porque en busca de la fama deportiva un día de tantos abordé el tren rumbo a la capital, allá por los años cuarenta, las comarcas estarían más pobladas.

De pronto interrumpió la historia, y exclamó --¡Oiga! Pero ya que estamos en medio de esta amenidad, y un helado no es ninguno, déme la mitad de lo que vale otro, cómaselo sin reparo, déjelo así, que yo invito el otro cincuenta por ciento—. No había duda, en aquel personaje, los setenta años incluían la sobrevivencia de un excepcional órgano muscular para gustar, deglutir y para articular los sonidos de la mejor persuasión. Tomó el dinero y sin dejar de hablar prosiguió con la parte deportiva.

Fíjese, desde que bajé del autocarril en aquel deambule tempranero por estas calles de la gran ciudad, tuve el peor de los desencantos. Aunque muchos decían ver en mí algo prometedor destinado al deporte nacional, en lo que fuera, jamás el destello me llevó a conquistar el trono. Feo resultado, aquel. Así que, este que le habla, antes de venir al Pueblón Principal, en mi caserío obtuve el primer lugar en corridas de caballo en pelo, con piernas arqueadas “soldadas” al yute; nadie me destronó como ordeñador de vacas con una sola mano y sin taburete, a pura cuclillas; fui campeón absoluto de bolero de tarro sin soltar el chilcagre de la boca; bateador jonrronero de bolas de cabuya con piedra al centro y agarradas a mano pelada, y ya no se diga más, porque nadie pudo conmigo a la hora de “empinar el codo” sentado sobre butaco pata de gallina, todo eso cuando apenas puyoneábamos pelos en el pecho; en esos tiempos nadie igualó la cantidad de tres enormes güacales cumbos, vaciados en una sola sentada, al punto que gané otro título: “el vertical”, porque no hubo “calavera de gato”, “morir soñando” o “cususa” que me pusiera la “mirada de chancho o me hiciera sembrar pico”.

Pues bien, como usted no quiere más helado, y cada uno tiene que tomar por su lado, le diré dónde está el meollo de la historia. Trata sobre el reconocimiento arrebatado por la miopía, mire a esos del Instituto de Deportes, de las federaciones de atletismo, ahí hay gente empeñada en no querer ver la verdad, no miran en estos robles, --dándose palmeadas en el pecho— digo, nosotros, los  atletas de alto rendimiento, en este oficio que yo nombro el  “deporte del envión helado”; porque junto a mi carrito, si de lejos parezco, cuando estoy cerca no dejo dudas, y lo atestiguan treinta kilómetros de recorrido, bien jalados.

--Cuál es su nombre?--

-- Eduardo, le dije-- 

-- Si usted tiene la amabilidad de multiplicar esta historia, este servidor estaría dispuesto a tomar desafíos con el atajo de ingratos que nos miran por encima del hombro, esos mismos del pasito corto en los ejercicios amanesqueros, que, a toda vista, como dicen los "doitos", lo hace por mero efecto placebo. Usted ya sabe... algo parecido a lo que hacen en las salas de emergencia de los hospitales, con los medio enfermos o histéricos, aparecen con la jeringa, agua destilada, viene el jincón, y al ratito la enfermera llega para preguntarle con cara de buena samaritana: ---Cómo te sientes... mejor? Igualitoooo sucede con los caminantes en círculos dentro de las rotondas. Dicen que ejercitan los yoltamales, las atragantadas de elotes, las "atripujadas" de chancho con yuca, nacatamales pindongo con mucha masa, las "retipujadas" de arroz con leche y atoles... Esa gente me da tremenda risa, trabajan más con las posaderas, evacuando, y mucho más ejercitan la lengua parlanchina que el resto del cuerpo Si usted quiere, lo autorizo a escribir esta historia real sobre mi gremio, somos los que a través de grandes distancias empujamos a este "esquimal de tres ruedas", ---señalándome el carrito de los helados---, la suma de todos esos recorridos sobraría para llegar al Círculo Polar Ártico. Bueno amigo, ha sido un gran gusto haberlo tenido como oyente y cliente. No me olvide, y no lo olvide, sólo dos tipos de atletas de alto rendimiento entrenan en este país, nosotros los "eskimeros" y los atletas olímpicos del "Plantel de Batahola" de Managua. Todos los días ganamos los maratones del etíope Abebe Bikila, si no me cree, compruébelo con una corrida durante treinta minutos detrás de los camiones recolectores de basura de la Alcaldía de Managua.  

--¡Oígame joven!

En mi memoria guardo otras historias nítidas y se las voy a contar, porque estoy seguro que usted no perdió el hilo de ésta. Pero, será otro día con un buen sorbete. Por este mismo lugar paso los lunes y viernes, a la misma hora. Sonó las campanas del carrito mientras empezaba a empujarlo con una mano, con la otra me entregó un cordial saludo a mano alzada. Con rapidez cruzó los cien metros de esquina a esquina. Hasta que sólo fue un punto, a lo lejos.  Allá, lejos iba el maratonista, sin trofeo. 


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