domingo, 23 de agosto de 2026

LAS “TOPONIMIAS INDÍGENAS DE NICARAGUA”. Por Eduardo Pérez-Valle. Nuevo Amanecer Cultural, sábado 4 de Julio de 1987.

 

        Lo primero que imaginé cuando vi el titular en El Nuevo Amanecer Cultural del 13 de junio, en la sección sobre “los apasionantes temas del lenguaje” fue que el profesor Fidel Coloma iba a tirar de la oreja a Jaime Incer por el mal uso de la palabra toponimia, que se repite si medida en su diccionario publicado en Costa Rica en 85. Pero nada. Coloma se traga la píldora sin eructar. Y después el también mal emplea la palabrita cuando habla del plural de los apellidos.

         El caso no es de muerte; pero hay que señalarlo para su corrección y para que el vicio no se perennice. El nombre correcto del citado diccionario podrá ser Toponimia indígena de Nicaragua, léase bien, la toponimia, como estudio del origen y significación de los nombres del lugar, es una sola, como lo reconoce la Academia Española desde 1936.

         Ahora bien, si no queremos referirnos a la toponimia por lo que verdaderamente es y estamos citando a las palabras que analiza, digamos topónimos, topónimos indígenas de Nicaragua.

         La cosa parece haber comenzado con Carlos Mántica, El habla nicaragüense (EDUCA, 1973), para quien los nombres geográficos, “las toponimias” – cree él –, nos informan de las características de nuestra geografía. Y luego emplea la palabra millares de veces con ese significado erróneo de nombre geográfico, hasta incluye en su libro un bloque de casi cien páginas de “toponimias náhuatl de Nicaragua”.

         Lo mismo hace Incer, y la palabrita se repite por millares. Se ve que ambos autores no tenían nada claro el significado real el término tan usado, y meten bajo su cobertura ya no sólo nombres de lugar, como exige su propia etimología (gr., topos, lugar, onoma, nombre), sino que también nombres de ríos, lagos, montañas, cerros, volcanes y charcos; todo lo que se encuentra en el ámbito geográfico. Coloma, sin arrugar la cara, se traga como “toponimias” toda esta mezcolanza.

         Pero más negativo aún es dar aliento y rendir aplauso a incursiones placenteras, despreocupadas, por campos de mayor respeto y atención. Es muy pernicioso tirarse por ahí mal hilvanando datos, inventando cosas o pregonando asertos que siquiera fueran infantiles nos regalarían con su natural belleza. Pero no; éstos se espetan como desde un púlpito, con voz grave, , respaldados por nombre de autoridades, de sabios, de gene que habla inglés. Coloma considera interesante el capítulo de “la ruta del oro de Moctezuma”, pues “resume investigaciones y propone hipótesis” sobre dicha ruta, que por territorio chontaleño y a través del San Juan, pasando por la colonia de los Desaguaderos, llegaba hasta Veraguas. Total, dice Coloma, este libro “ilumina profundamente la historia nacional”. Aquí está lo peligroso. Pareciera que queremos resucitar la cultura que se llamaba “de barbería”, fundamentada en la “literatura de revistas viejas que se ponían para entretenimiento de la clientela. Allí se hablaba de cualquier cosa, de lo más complicado y de lo más absurdo, con un tono doctoral y científico, propio del cura más embebido en sus infundios teologales. En este libro de las múltiples “toponimias” el compañero Incer, ahuecando la voz y citando autoridades infalibles o ineludibles, se mete en el camino de los pochtecas, los comerciantes viajeros de los aztecas; a los que acompaña en sus andanzas; sólo que los llevan por caminos inusitados, por lugares inexistentes y en circunstancias extraordinarias.

         Para Incer la ruta hacia Nicaragua, que él llama “la ruta del oro”, tenía naturaleza mixta, en parte terrestre, en parte marítima, contorneando Yucatán, tal como aparece en el pequeño mapa de la página 375. Olvida que, entre la meseta central, la costa Sur del Golfo y la región maya hasta la frontera de Honduras, unos 1,200 kilómetros en línea recta, el tráfico mercantil era intenso; y que esta antigua vía comercial entre selvas de México y Guatemala fue sin duda seguida por Cortés en su expedición a Honduras (1524-25), bien marcada como estaba en un mapa pictográfico sobre lienzo de maguey, con detalles de las costas y los ríos, que Cortés había recibido del propio Moctezuma. De modo que ese obligado viaje marítimo en torno a Yucatán en que Incer embarca a sus amigos pochtecas, resulta inverosímil.

         Pero la idea de que las migraciones hacia Nicaragua, cuarenta o cincuenta años antes del descubrimiento fuesen más que migraciones, expediciones de los pochtecas, llega a través de Mántica, quien supone que estando ya el país dominado por tribus de lengua náhuatl, esto habría traído su apertura al comercio azteca. Aquí resulta conveniente considerar el prestigio de que gozaban entre los aztecas los mercaderes, habitantes desde muy antiguo del pequeño pueblo insular de Tlatelolco, que se dedicaron al tráfico con países lejanos como única posibilidad de subsistencia. Fueron llamados pochtecas y oztomecas por los calpulis de Pochtlan y Oztoman a que pertenecían. Con el tiempo, su profesión, altamente respetada, les proporcionó privilegio de casta que monopolizaba el comercio exterior. Estos mercaderos reales eran también banqueros, íntimamente ligados a los tres gremios de artesanos que existían, de modo que dominaban la vida mercantil. Tal actividad tarde o temprano terminaba en los lugares de expendio. De acuerdo al cómputo de Sahagún una cuarta parte del total de comerciantes existentes ofrecía productos manufacturados: telas de maguey y de algodón, talabartería, jícaras y huacales, objetos de madera, alfarería, cestería, petates, cuchillos de piedra, placas de obsidiana, joyas, instrumentos de cobre y escobas.


         Pero volvamos a Incer, perdido con los pochtecas en la escabrosa “ruta del oro”. Una de las autoridades de base a quienes rinden el charro, por tradición, los sabios nicaragüenses, es Mr. Lothrop. “Una colonia náhuatl – dice Incer –, que Lothrop denominó como Desaguaderos, existía en la desembocadura del Río San Juan”. Lo malo es que el faro luminoso de Lothrop cada vez, y cuando se desenfoca y alumbra hacia los aguacates. En mi librito sobre el descubrimiento del San Juan (El Desaguadero de la Mar Dulce, 1976) dejé establecido que los tales “Desaguaderos” del amigo Lothrop no estaban en el río San Juan, sino en las cabeceras del Punta Gorda, “cerca del Desaguadero”, como lo cita Torquemada, que aunque nunca estuvo en Nicaragua toma la noticia de los escritos de Motolinia: “También se dice que de esta generación de /indios de nicaraguas/ fueron algunos de ellos atravesando y aportaron a la Mar del Norte; y cerca del Desaguadero está un pueblo de ellos, y hablan en lengua mexicana no tan corrupta como esta otra de los pipiles. Y, asimismo dicen que fueron por la costa del Mar del Norte al Nombre de Dios, que no es muy lejos del Desaguadero; y de allí tornaron a atravesar la tierra en busca de la Mar Dulce”. (Monarquía Indiana, lib. 3º, cap. XL). A los que moraban “cerca del Desaguadero” el compañero Lothrop, ayudado por Incer, se los lleva a la propia desembocadura, expuestos al sol, el viento y la lluvia y casi sin qué comer. Cabe recordar aquí otro de estos desfases, mejor dijéramos errores garrafales de míster Lothrop, cual es la ubicación que hace de Tezoatega, la actual ciudad de El Viejo, sede del gran Agateyte, en las inmediaciones de Rivas. Nuestros sabios se quedaron tranquilos frente a esta extravagancia, no se mosquearon, hasta que un aficionado, el suscrito, la sacó a relucir allá por los años cincuenta. Para no cansarnos, dejemos pasar por ahora el singular rebautismo que Mr. Squier, otro yanqui con muchos devotos entre nosotros, hizo de la cordillera de los “Maribios”, típica forma gringa de pronunciar Maribios, que es el nombre corrector. Por más de un siglo se quedó repitiendo en mapas y escuelas “Maribios” y “Marrabios”, esto último para mejorar la plana del portentoso norteamericano. Y para no desperdiciar la ocasión señalemos que en las comentadas “Toponimias de Mr. Incer se menciona hasta la saciedad a los “ulvas” (los “ulwas” de Conzemius), grafía antigua, en documentos del siglo XVII, de la palabra ulúas, que ahora se escribe de acuerdo a su pronunciación de siempre.

    De todo lo que hemos visto y revisado sobre los pochtecas, fácilmente se desprende que la índole misma de estos traficantes los apartaba de la tendencia migratoria y fundacional que así Mántica como Incer pretenden atribuirles. De las verdaderas autoridades sobre el tema es fácil concluir que los pochtecas, como casta privilegiada monopolista del comercio, no andaban tan lejos buscando dónde establecerse, sino dónde comprar y dónde vender, como lo señalaba su destino. Y como ya lo sugiere Mántica, no hay que confundir sus excursiones con migraciones.

         Los pochtecas eran comerciantes integrales, muy activos, eficientes y prestigiosos, no simplemente “los traficantes aztecas encargados de colectar el oro a lo largo del istmo”, como asegura Incer. El oro venía a ser un objeto más de comercio y de tributo, importante, sin duda, como otros tantos objetos de comercio que hemos mencionado. Por ello resulta entretenido, regocijante, si se quiere, pero infantil, andar buscando el oro bajo la huella de los pochtecas, en ríos y montañas, en llanuras y picachos. “Donde no había oro no había pochtecas”, diría Incer. Pero aún se mete el compañero en problemas mayores. “Su deidad protectora –dice— era Yiacatecuhtli, el guía de los comerciantes, Señor del Oro”.

         Yacatecuhtli es el “Señor que Guía”, pero nunca el Señor del Oro, que, en aquellas circunstancias, entre aquellas gentes, hubiese sido una designación limitante, deprimente. No había razón para que el Dios de los mercaderes lo fuese del oro; ni para que a la ruta de los pochtecas, si es que existió, se la quiera nominar de modo semejante. Aunque ya lo hemos esbozado anteriormente, he aquí extraído de Sahagún, lo que eran los pochtecas y su comercio: “Estos mercaderes discurren por toda la tierra tratando, comprando en una parte y vendiendo en otra lo que habían comprado; estos mercaderes discurren por toda la tierra tratando, comprando en una parte y vendiendo en otra lo que habían comprado; estos mercaderes discurren por todas las poblaciones que están ribera de la mar, de la tierra adentro; no dejan cosa que no escudriñan y pasean, en unas partes comprando y en otras vendiendo. No dejan lugar donde no buscan lo que allí se puede comprar, o vender, ni porque la tierra sea muy caliente ni porque sea muy fría, ni porque sea muy áspera no dejan de pasarla, ni de trastornarla, buscando lo que en ella hay precioso o provechoso para comprar o vender. Estos descubren donde hay las plumas preciosas, y las piedras preciosas y el oro y las compran y las llevan a vender donde saben que han de valer mucho; también estos descubren donde hay pellejos de animales exquisitos y preciosos, y los venden a donde valen mucho. Tratan también en vasos preciosos, hechos de diversas maneras y pintados con diversas figuras, según que en diversas tierras se usan, unos con tapaderos hechos de conchas de tortugas y cucharas de lo mismo para revolver el cacao; otros con tapaderos muy pintados de diversos colores, y figuras hechas a manera de una hoja de un árbol, y otros palos preciosos para revolver el cacao. Y para hacer demostración de lo que traían, y dar relación de las tierras por donde habían andado y de las cosas que habían visto, convidaban a todos los mercaderes, en especial a los principales de ellos y a los señores del pueblo, y les hacían gran convite. Estos mercaderes después que venían prósperos de las tierras donde habían andado, como tenían caudal compraban esclavos y esclavas para ofrecerlos a su Dios, en su fiesta, el cual principalmente era Yiacatecutli” … (Historia General, lib. 1º, cap. XIX). Se ve que no había de por medio mucho oro, ni era tan importante como lo fue para los españoles.

         Y, precisamente, fueron los españoles, ambiciosos desocupados, los que crearon la leyenda de Moctezuma y prohijaron sus consecuencias, entre las cuales están los enredos del compañero Incer. En agosto de 1535, siendo Castañeda gobernador interino de la provincia, el escribano de número y concejo de la ciudad de Granada, Francisco Sánchez, se dirige a la , impulsando, según dice, por el mucho deseo y voluntad que tenía de servirle; y entre las cosas que le informa está lo siguiente: “Junto a esta ciudad de Granada, (de que bebemos) está una laguna de agua dulce que boja 130 leguas; sale de ella un Desaguadero que va a la Mar del Norte (que digo muy gran noticia) de mucha gente y muy rica de oro, que de ella se llevó lo Moctezuma y Yucatán; tierra muy poblada y, según los indios dicen, de aquí no muy lejos. Crea V.M., que ha sido uno de los grandes deservicios que se le han podido hacer, no se haber descubierto y poblado un puerto y pueblo en la mar para puerto y camino de esta gobernación y de todo el Perú y Mar del Sur y porque creemos ha de ser la contratación de la Especiería y de todo lo por descubrir”.

         La carta del escribano creó en lo íntimo de la corte una leyenda en torno al Desaguadero  y las riquezas que prometía, pues en septiembre de 36 la reina le contesta agradeciéndole sus informes, y el mismo día se dirige al gobernador de Nicaragua, diciéndole: “Yo soy  informada que junto a la ciudad de Granada, que es en esa tierra, hay una laguna de agua dulce que boja 130 leguas; y  sale de ella u n Desaguadero que va a la Mar del Norte, que es un río muy grande, como el Guadalquivir que pasa por Sevilla; y que desde el dio Desaguadero a la Mar del Norte hay noticia de mucha gente y muy rica de oro, y que desde allí se llevó a Yucatán el oro que tenía Moctezuma. Y porque a nuestro servicio conviene saber el secreto del dicho río, yo vos mando que luego hagáis aderezar los bergantines que os pareciere de gente y bastimentos y otras cosas necesarias, y enviéis con ellos una  persona de recaudo y confianza que descubra la dicha tierra y sepa los secretos de ella”.

        Pero cuando la reina firmaba su cédula, hacía ya seis meses que dos hidalgos vecinos de Granada vagaban por las selvas chontaleñas y atlántica tras el enigma del “Guadalquivir” nicaragüense. ¿Qué fue lo que encontraron? Cuatro indios desperdigados en incipientes comunidades a lo largo del río, subsistiendo al borde del hambre y la desesperación, cual si con el oro de Moctezuma los pochtecas también se hubiesen llevado su felicidad, por la “ruta del oro” de Mr. Incer.

Managua, junio 1987.

         




sábado, 15 de agosto de 2026

VIDA Y PASIÓN DEL RÍO SAN JUAN DURANTE LA COLONIA. Por Eduardo Pérez-Valle. 1959


         Como es bien sabido, el río San Juan, el antiguo Desaguadero de la Laguna Grande de Nicaragua, se inicia en el extremo sudeste del Lago de Nicaragua, y después de un tortuoso camino de cerca de 200 kilómetros alcanza la ribera del Mar Caribe. Por sus aguas maravillosas, era apacibles y acogedoras, ora violentas y traicioneras, ha transitado una gran parte de la historia de nuestro país; el mismo río, su presencia, ha incidido en la vida de estas regiones y ha modelado en tal forma la fisonomía de los acontecimientos que aquí se han sucedido, que con toda razón podemos llamarle el río de nuestra historia.

         Según una vieja y pintoresca teoría esbozada por HAYES, la historia remota del San Juan puede resumirse así:

         Al final de la Era Terciaria los territorios que ahora conforman los departamentos de Chinandega, León, Managua y Granada no existían o permanecían cubiertos por un extenso golfo o brazo del Pacífico, que se adentraba profundamente en el continente. El río San Juan era su tributario, y sus aguas corrían entonces de este a oeste: desembocaba en el Pacífico. Pero en la Era Cuaternaria se elevaron los volcanes, y con ellos el viejo brazo de mar. Las aguas se acumularon en las áreas más bajas para formar los lagos. Al subir el nivel, un día la corriente se invirtió en el antiguo San Juan, lanzándose las aguas a través de una depresión de la primitiva divisoria continental, rumbo al Atlántico.

         Por la naturaleza de sus fondos el San Juan tiene dos secciones: arriba de la confluencia del San Carlos, con escasos sólidos de arrastre; y debajo de esa confluencia, donde tales materiales son abundantes.

         Pero las condiciones topográficas demarcan cuatro secciones: 1ª) Desde el Lago hasta el primer raudal (del Toro), 45 kilómetros con desnivel mínimo, fondo bajo y extensos pantanos adyacentes. 2ª) Desde la cabecera del raudal del Toro hasta el pie del de Machuca, comprendidos los demás raudales, desnivel de 4 metros en 37 kilómetros, es la garganta del San Juan. 3ª) El “Agua Muerta”, entre Machuca y Boca San Carlos, sección de 24 kilómetros de aguas profundas, libres de las arenas volcánicas que aporta el San Carlos. 4ª) Sección abundante de esas arenas, que se extiende de Boca San Carlos al Mar; las arenas se depositan en el fondo, las orillas son de arcilla resistente.

         El ancho del San Juan varía entre los 100 y los 300 metros. Pero en la parte baja pueden hallarse anchuras de 500 metros y más.

         Al llegar al borde de la llanura costera el caudal del río es distribuido entre el San Juanillo, el Colorado, el Caño Bravo y el Bajo San Juan y sus ramales Taura y Parada.

         Tal es el San Juan y tal ha sido siempre, con muy ligeras variaciones, derivadas generalmente del régimen de las lluvias en su cuenca. Resultado de esa manera de ser, de esa estructuración invariable, sus condiciones de navegabilidad siempre han sido prácticamente las mismas.

         En 1524 Hernández de Córdoba dispone la exploración del Mar Dulce, para lo cual hace transportar a lomos de indios un bergantín en piezas, desde el Pacífico hasta el Lago. En él navegó el capitán Ruy Díaz hasta el raudal del Castillo, que los indios llamaban “la casa del Diablo”.

         Fue después Sebastián Benalcázar, analfabeto de renombre, vecino de León Viejo, futuro conquistador de Quito, fundador de Popayán y Cali, que llegó en sus canoas hasta cerca de Machuca.

         El último en hacer el intento bajo Hernández de Córdoba fue Hernando de Soto, más tarde Adelantado de la Florida y descubridor del Mississippi, de quien Gámez afirma antojadizamente que no pasó siquiera el raudal del Toro.

         A principios de mayo de 1539 iniciaron los capitanes Alonso Calero y Diego Machuca de Suazo el descubrimiento del Desaguadero hasta el mar.

         Detenida la expedición en el río de los Sábalos, fue Machuca en canoas a reconocer los raudales.

         A principios de julio salió Calero al mar, a través de la barra “algo trabajosa”, y se halló en una gran bahía protegida de las olas y los vientos dominantes por una punta baja y arenosa situada hacia el este.

         He aquí las conclusiones que expone la Relación del descubrimiento del Desaguadero acerca de la manera de navegarlo:

         “El río tendrá desde la laguna hasta la mar 30 leguas poco más o menos. Había en él tres raudales: el primero y el postrero se pueden pasar botando con palancas y remando, el de en medio, que llaman la Casa del Diablo, es una peña todo, y corto, el cual tendrá obra de 500 pasos, hace de subir con una guindaleta a la sirga”. (Esto quiere decir, tirando desde tierra por medio de un cabo resistente). “Pueden subir o bajar todo el río barcos que tengan de carga 400 arrobas. Sale la boca del río obra de 90 leguas de Nombre de Dios, la vía del agua; y marca ahí, cabe el río, un puerto mucho bueno, donde pueden entrar y salir navíos y estar muy seguros”.

         Abierta la vía a la navegación, se torna muy traficada, y objeto primordial de la ambición de políticos y comerciantes. Lo navegan Contreras y Machuca; también Calero, de vuelta del descubrimiento, esta vez prisionero de Contreras; se fuga, y sale nuevamente por él, rumbo a Nombre de Dios. Por ahí expulsa Contreras a Hernán Sánchez de Bajadoz, encadenado, hacia España, pasando por Cuba. Su encarnizado enemigo, el deán Pedro de Mondavía, a quien tiene preso en León, teme sufrir la misma suerte.

         Contreras mueve sus intrigas en la Corte, tratando de sacar partido a la nueva situación. Pide se revise la capitulación con Diego Gutiérrez. Y quiere atraerse a Nicaragua la navegación para el Perú y la Especiería, la cual puede hacerse por aquí “muy mejor y más corta que por otra ninguna parte”.

         Surgen diversos empresarios de transporte y comerciantes que operan en la vía recién abierta. Francisco Sánchez tiene dos bergantines que hacen el tráfico entre la Boca del Desaguadero y Nombre de Dios. El bergantín “Buena Ventura”, de Alonso Gómez de Herrera, hace el viaje desde Granada. Asimismo, el “Santa María de los Reyes, del capitán Luis de Guevara (teniente de Contreras) y de Juan Fernández, y dos fragatas de Pedro de los Ríos.

         En estos barcos solían viajar, además de cuatro o cinco marineros de oficio, otros tantos indios e indias auxiliares. Algunos llevaban hasta doce indios más para ayudar a pasar los raudales. Generalmente iban algunos comerciantes como pasajeros, los que a su vez llevaban sus mozos y sus indios e indias, bajo pena de cien pesos por cada uno de los que no volviesen al cabo de ocho meses. Hay quienes ejercen de agentes en diferentes centros comerciales, como Fernando Carmona, Arias Acevedo y los hermanos Lope, Diego y Luis Sánchez Dalbo en Panamá, y Andrés de Segovia en Granada.

         Son dos las rutas usuales: Granada – San Juan de la Cruz – Cuba o Santo Domingo; y Granada- San Juan de la Cruz – Nombre de Dios – Cartagena. El viaje en el Río lo hacen sólo barcos pequeños, fragatas y bergantines, en el mar se suman algunos navíos.

         De resultas del tráfico se abaratan en Nicaragua los productos de España, y hay más gente en la Provincia hacia 1545.

         El viaje entre Granada y Nombre de Dios se hacía en un promedio de 22 días. La jornada de más trabajos y peligro era de la isla de Bastimentos a Nombre de Dios, en cuya travesía se dependía más de los remos que de la vela.

         Pero el mayor obstáculo estaba en el propio Río, en su “garganta”, aquella sección de 37 kilómetros en la que el agua, corriendo o saltando sobre peñascos (parte del esqueleto rocoso de la Sierra Madre) tiene que descender cuatro metros. En ese espacio se cuentan generalmente tres raudales; pero esos son sólo los mayores, los más aparentes. Poco antes de Machuca hay otros cinco rápidos menores, que son otros tantos obstáculos a la cómoda navegación: el de la Mica, el de las Balas, el Patricia, el Purgatorio y el Diamante. Y debajo de Machuca aun se menciona el pequeño raudal del Brazuelo, de arena y piedra menuda.

         Por eso hacia 1544 justicia y regimiento de Granada se dirigen al rey solicitando el envío de 50 negros esclavos para limpiar los raudales, solicitud que respalda el obispo Valdivieso. No se sabe a ciencia cierta si alguna vez fueron enviados los 50 negros y si se “limpiaron los raudales”. (Expliquemos que tal limpieza debía consistir en remover las piedras en determinados lugares, de modo que se formase un canal de navegación):

         En 1620 había de 10 a 12 fragatas para el comercio entre Granada y Portobelo o Cartagena. Llevaban maíz, brea, gallinas, añil, sebo, cebadilla, capones, azúcar, cacao, jarcia, harina, trigo y bizcocho; traían vino, lencería y otras cosas de España. El comercio con Cartagena estaba prohíbido; pero el contrabando se introducía cambiando los papeles en Portobelo.

         Por esta época se pensaba en la canalización de la Quebrada Honda o río Sapoá. Se dice tiene 150 brazas de ancho y más de 40 de profundidad, que desemboca en el Lago y que en invierno se llena en buena parte, entre el fin de la barranca y el Pacífico sólo media una legua de piedra “que es lo que había que canalizar por entero”. Se tiene la idea peregrina de que, siendo la Mar del Sur más alta que la del Norte, el río San Juan, con el canal, experimentaría un incremento de caudal.

         Pero los terremotos de 1648 y 51 elevan los raudales y dificultan aún más la navegación. El de 1663 deja las peñas al descubierto, y un barco habanero que había ingresado al Lago en el año anterior, no pudo bajar el Río ni con el invierno de 1664, muy copioso; hubo de ser vendido en subasta pública.

         En 1781 don Matías de Gálvez demuestra la imposibilidad de construir por Nicaragua un canal interoceánico. Y el año siguiente declara no ser navegable el San Juan, pues en pleno invierno hay una goleta y una balandra encallada en Machuca y Bartola.

         Hubo dictámenes contrarios al proyectado canal de parte de las autoridades como el comandante de ingenieros Maestre y los capitanes ingenieros Joaquín Isassi y José María Alexandra. En 1781 el ingeniero Galisteo determinó con precisión la elevación del Lago sobre el nivel del mar: 134 pies, 7 pulgadas y una línea, en tanto que la profundidad máxima era de 88 pies y 6 pulgadas. La conclusión era terminante: si se abría el canal se vaciaba el Lago y se secaba el Río.

         Mas quedaba pendiente la canalización de la vía fluvial. En 1790 don Juan de Ayssa, valiente defensor del Castillo en 1779, menciona la facilidad de hacer un canal junto a la fortaleza, por ser la orilla y el lecho de piedra movediza “que en tiempo seco se descubre”. En cambio, el raudal de Machuca ofrece otras dificultades, por ser “piedra suelta”, sin canal fija”. Éste, como el del Toro, es de piedra menuda y arena.

         A principios del siglo XIX se autoriza el cobro de un impuesto de avería medio pro ciento “para limpiar el San Juan”, impuesto que se lleva indebidamente a Guatemala y que después se hace ascender al once por ciento; entretanto las corrientes siguen acarreando arena al puerto, que está a punto de cegarse; la flotación de madera hace más difícil y peligrosa la navegación; las aguas se esparcen y disminuye el fondo; y los barcos varados o a punto de vararse no pueden alijarse, porque inundadas las orillas, no hay dónde poner la carga.

         Esto quiere decir que durante el periodo colonial la navegación por el San Juan se fue dificultando con el correr del tiempo, primero por obra de la naturaleza, con los terremotos que elevaron el lecho a mediados del siglo XVII, y el constante arrastre y depósito de arenas volcánicas que bajan de las montañas de Costa Rica en las corrientes del San Carlos; después por obra del hombre, que con la extracción de madera en los bosques ribereños y su flotación en el Río, alteró el curso natural de las aguas, y secundariamente pudo haber causado el depósito anormal de aluviones en la desembocadura.

         Ligada a la vida o a la actividad comercial del Río estuvo la del puerto de San Juan de Nicaragua y la del poblado nacido en sur regazo, al principio Villa de San Juan de la Cruz, desaparecido después durante largos siglos, renacido más tarde bajo el nombre de Nuevo Establecimiento de San Juan del Norte; próspero algunas veces, lánguido en otras, desfalleciente; unidos siempre al sino mercantilista de Granada como por un cordón umbilical, que es el Río. Porque el puerto, la población y el Río son completamente geográficos del destino marítimo de Granada, la que tenía “una mano con que tocaba la mar”.

 

        

 


 

viernes, 14 de agosto de 2026

EN LOS DÍEZ AÑOS DE AUTONOMÍA – 1958 - 1968. RECUERDOS DE UN PASADO... Por Eduardo Pérez Valle. La Prensa, 31 de marzo de 1968.

 



Antigua foto de la Capilla de San Ramón, construida en 1753, bajo el Obispo Morel de Santa Cruz, por el Maestre de Campo don Francisco Benítez de Salafranca, según planos trazados por el maestro Diego de Porras, arquitecto de la Catedral. Ocupaba el ángulo noroeste del Seminario, mirando al poniente

Leyendo la Contribución a la Historia de Centroamérica nos encontramos con este extraño y despistado párrafo de don Sofonías:

         “El obispo Morel no conoció los documentos de la fundación del Seminario; si no habría sabido que el Señor las Navas y Quevedo comprendió desde el mismo momento en que fundó el Seminario que las rentas asignadas no bastaban para su mantenimiento y desarrollo. La carta para el Rey con que acompañó las constituciones del Colegio, nos lo dirá mejor. Hay que estar claro de que los reyes de España no protegieron sino demasiado a medias y muy a regañadientes la educación de los americanos”. (T. II p. 227).

         Adelante (p.230), pone Salvatierra las aserciones de Morel causa de su disgusto: “que el obispo fundador no había ordenado las contribuciones conforme lo dispuesto por el Concilio de Trento; lo que únicamente dispuso fue que los curas de la Diócesis contribuyeran con diez y doce pesos anuales”.

         Se impone la consulta de Morel. En su socorrida Visita Apostólica encontramos el informe de la situación del Seminario en 1751: “Rector sin renta. Maestro de Gramática y Catedrático de Moral, con doscientos pesos cada uno sacados de la real caja; ocho colegiales con sólo comida y cena, escasas.

         La escasez “proviene de que aquel Obispo fundador no arreglo la contribución a lo dispuesto por el Santo Concilio de Trento, lo que únicamente dispuso fue que los curas de la Diócesis pagaran cada año, unos diez pesos y otros doce”.

         “Hizosele merced de doscientos pesos en los tributos de Nindirí.

         Total, de entradas provenientes de los curas y del tributo de Nindirí: 580 pesos, 4 reales.

         No basta para mantener a los que allí existen, menos para reparar el edificio, que para mantenerlo en pie se ha hechos necesario apuntalar.

         “La cuarta episcopal y /la/, con los restantes beneficios y capellanías quedaron sin dar pensión alguna y de esta manera han permanecido”.

         “En suma, -- concluye Morel, -- el Colegio solamente lo ha sido en el nombre y por este motivo ha rendido poca utilidad a la Catedral, a la República y a la Juventud: la prueba más convincente de todo lo referido es que los que quieren aprovecharse en las letras se en precisados a abandonar sus casas y hacer costos excesivos para ir a Guatemala, que dista doscientas leguas en solicitud de estudios formales”.

         “Como la renta del Obispo y Cabildo eran tan tenues en lo pasado nunca habían contribuido el tres por ciento debido al Seminario; traté pues de que en esa parte se cumpliese con lo dispuesto por el Santo Concilio de Trento”.

         “En lo antiguo se fundó una cátedra de lengua, con doscientos pesos de renta, pagados de la real caja: después se suprimió, subrogándose con la de moral. Como esta vacaba por renuncia de su posesor, hice poner edictos para su provisión, no hubo opositor, ni tampoco encontrarían discípulos instruidos para aprender con perfección esta ciencia. Consulté al vicepatrón sobre lo referido, proponiéndole la mayor utilidad que resultaría que por esta vez se aplicase la mencionada renta para la lectura de filosofía. Esta facultad tan necesaria para las demás ciencias, podría enseñarse por un familiar mío bastante… Hasta ahora no ha venido la respuesta de mi propuesta y el ministro se mantiene sin más estipendio que mis cortas asistencias, en una tarea tan trabajosa como la expresada. Viendo, en fin, el lastimoso estado en que se hallaba el Seminario, y que por todas razones sería más conveniente se trasladase a sitio más ventajoso, pasé también mis oficios al vicepatrón, y hasta ahora no me ha participado su resolución”.

         Ahora bien, ¿cuáles eran las disposiciones del Concilio de Trento acerca de la erección de los seminarios?

         En la reforma de los seminarios realizada en la sesión 23, capítulo VIII, del Concilio, se estableció que, en cada diócesis, o por lo menos provincia eclesiástica, debía establecerse en la catedral un seminario (seminario conciliar) bajo la inmediata dependencia del obispo, conforme a reglas específicas. Se establecía un mínimum de becados, los cuales debían ser muchachos de 12 años o poco más, de preferencia hijos de padres pobres, los que quedaban sujetos a la tonsura y el uso del traje clerical.

         Los medios económicos para la erección y sostenimiento del seminario debían obtenerse de una porción (3%), que se llamó “seminarísticum, por su destino, de las rentas de las instituciones eclesiásticas de las diócesis eclesiásticas: silla episcopal, mesa capitular, beneficios, prebendas, hospitales, iglesias, monasterios, confradías; también contribuían los clérigos, y en América los religiosos doctrinarios; por ley especial quedaban exentos de concurrir los hospitales de indios (Ley 4, tit. 4 lib. 1. Recopilación de 1680).

         Se ve que Morel tenía bastante razón cuando hacía notar el contraste entre lo que se colectaba (276 pesos de los 24 curas que tenía la diócesis) y lo que debía colectarse según lo dispuesto por el Concilio Tridentino.

         Vimos que su Visita Apostólica, Morel declara que fue él qui en puso las cosas en el orden señalado por el Concilio.


Ayón, que pudo consultar en nuestro perdido Archivo Nacional el Testimonio de los autos sobre traslación del Colegio Seminario, tiene interesantes datos sobre el obispo Morel y su obra. Entre ellos, pormenores de la construcción del nuevo edificio, diseñado por el Maestro Mayor de Arquitectura de Guatemala, Diego de Porras, también autor de las trazas e iniciador de las obras de la gran catedral leonesa.

         Comenzada la construcción en Octubre de 1752 bajo la dirección del Maestro de Campo don Francisco Benítez de Salafranca (el maestro Porras frisaba en los 74 años), el edificio, que incluía un oratorio o capilla de 21 varas de largo, estaba concluido a los 8 meses. La capilla, que era pública, estaba dedicada a San Ramón, y ocupaba el ángulo noreste del edificio, con portada al poniente. En ella recibieron el doctorado muchos esclarecidos centroamericanos.

         Para concluir estos recuerdos del modesto existir del que fue germen de nuestra Universidad Nacional Autónoma, el Seminario Conciliar San Ramón, transcribimos dos documentos relativos a la vida de esta primitiva y humilde Casa de Estudios, extraídos de la obra de Konetzke, casi desconocida en Nicaragua, Colección de Documentos para la Historia de la Formación Social de Hispanoamérica, 1493 – 1610 (Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1958). Son los documentos 514 y 518, que se explican por sí.

DOCUMENTOS CONSULTA DEL CONSEJO DE LAS INDIAS SOBRE LA FORMACIÓN DE UN COLEGIO SEMINARIO EN NICARAGUA, PARA HIJOS DE INDIOS CACIQUES

Madrid, 13 de abril de 1685

Por cédula de 15 de julio de año de 1683 fue V.M. servido aprobar la erección y constituciones que Don Fr. Andrés de Navas, siendo Obispo de Nicaragua hizo para el bu en gobierno del Colegio Seminario, que en conformidad de los dispuesto por el Concilio de Trento fundó en aquella iglesia para la enseñanza  y educación de la juventud y uno de los capítulos es, fuesen ocho los colegiales  y que sus becas recayesen en españoles de legítimo matrimonio; y por otra cédula del mismo día mandó V.M. al Presidente de la Audiencia de Guatemala, situase a este Colegio doscientos pesos de renta en indios vacos, y que informase, de qué medios, que no salgan de la Real Hacienda, se le podría aumentar la congrua.

Ahora con las cartas, que han venido en el aviso que llegó a 19 de marzo pasado, se ha recibido una del Presidente Don Enrique Enríquez de 6 de Agosto de 1684, en que satisfaciendo a la cédula referida, dice que la situación la hará en la primera vacante, y el informe luego que se le diesen el que había pedido al Obispo y oficiales Reales de Nicaragua.

Habiéndose visto en el Consejo esta carta, pareció volver a encargar a Don Enrique la situación y decirle se espera el informe. Y al mismo tiempo pasó el Consejo a discurrir en la formación de un nuevo Colegio  para indios, como materia que por lo católico y lo político es de su obligación atenderla, por la que V.M. tiene de cuidar de la doctrina y enseñanza de aquellos míseros naturales, respecto de que el erigido por el Obispo es para hijos de españoles, o si sería bien dividir éste entre las dos naciones, en que halló el reparo de sus pocas becas, pues no teniendo más de ocho, no cabe hacerse división de la cortedad de este número y el inconveniente que ocasionarías si españoles e indios estuviesen juntos. Y siendo este medio el que menos costa causaría, es de parecer el Consejo que V. M. se sirva encargar al Obispo de aquella, que si pudiere acomodar en el Colegio fundado otros ocho colegiales indios, hijos de caciques, poniéndolos con separación de los españoles, lo ejecute; y que en caso de no ser posible disponga con el Gobernador de aquella provincia (a quien se dé la orden necesaria) se forme el Colegio Seminario aparte  para ellos, contiguo al fundado con las mismas reglas y constituciones, poniéndole a cargo de quien cuidare del de los españoles, pues estando inmediato podrá hacerse, y en ello se tendrá ahorro; y que para uno u otro se ordene al Presidente de Guatemala  sitúe en indios vacos otros doscientos pesos de renta, y que también informe , en qu é medios que no salgan de la Real Hacienda se le podrá consignar  el resto de su congrua, y  lo que ésta importará al año y será necesaria para la fábrica, en caso de no haber comodidad, para que estén en solo un colegio.

V.M. mandará lo que más fuere su Real voluntad.

Resolución del Rey: Como parece.

A.G.I. Audiencia de Guatemala 4


R.C. AL GOBERNADOR DE NICARAGUA SOBRE LA FORMACIÓN EN AQUELLA PROVINCIA DE UN COLEGIO SEMINARIO PARA INDIOS HIJOS DE CACIQUES

Madrid, 15 de junio de 1685

El Rey. Mi Gobernador de la provincia de Nicaragua. Don Enrique Enríquez de Guzmán, mi Presidente de la Audiencia de Guatemala, en carta que me escribió en 6 de agosto del año de 1684, avisa el recibo de una cédula de 15 de junio del 1683, en que le mandé situase en indios vacos doscientos pesos de renta al colegio seminario de esa provincia fundado con ocho becas para hijos de españoles, y que me informase de qué medios que no salta de mi Real Hacienda se le podrá aumentar la congrua, y dijo que la situación la haría en primera vacante, y el informe luego de que se le diesen el que había pedido al obispo  y oficiales Reales de esa provincia. Y visto en mi Consejo de las Indias he tenido por bien volverle a mandar en despacho de la fecha de éste ejecute la situación de los dichos doscientos pesos de renta, diciéndole quedo esperando el informe tocante a lo demás. Y habiéndoseme consultado por los del dicho mi Consejo sobre la formación de otro colegio en esa provincia para indios, respecto de que el referido es de españoles, he resuelto encargar este día al obispo de esa provincia  que si pudiese acomodar en el colegio fundado otros ochos colegiales indios, hijos de caciques, poniéndolos con separación de los españoles, lo ejecute y que en caso de no ser posible, despongáis vos y él se forme colegio seminario aparte para ellos contiguo al fundado con sus mismas reglas y constituciones poniéndole a cargo de quien cuidare del de los españoles, pues estando inmediato podrá hacerse y en esto se tendrá ahorro, y así os mando que confiriendo esta materia con el obispo asistáis a ella (si fuere necesario) dando todo el fomento que conviniere aplicar para su más breve y mejor logro de esta fundación, para uno u ostro tendréis entendido ordeno en el despacho citado al dicho  mi Presidente de Guatemala sitúe en indios vacos otros doscientos pesos de renta y que también me informe en qué medios que no salgan de mi Real Hacienda se le podrá consignar  el resto de su congrua, y lo que ésta importará al año  y será necesario para la fábrica en caso de no haber comodidad para que estén españoles e indios en solo un colegio; y del recibo de este despacho y de lo que en su virtud ejecutáredes, me daréis cuenta.

         A.G.I. Audiencia de Guatemala 389. Libro 10, fol. 19. v. 







miércoles, 12 de agosto de 2026

LOS RAMAS: UNA RAZA PURA QUE SE EXTINGUE… Por Anuar Hassan. Fotos de Jorge Jenkins. En: La Prensa, 20 de noviembre de 1971.

         Los ramas, raza étnicamente pura que quedaba en Nicaragua, se están extinguiendo. Tal es la conclusión a que ha llegado una expedición encabezada por Jorge Jenkins, licenciado en biología, que visitó recientemente la isla de Rama Kay, asiento de los indios ramas.

         La isla está ubicada en la bahía de Bluefields, a unas dos y media horas de este puerto en lancha de remos. Originalmente, la población vivía en dos islitas separadas por unos cincuentas metros, pero sus habitantes las unieron por una especie de puente hecho con los caparazones de ostras, ostiones y otros moluscos similares. Esto fue hecho en el siglo pasado, dice Jenkins

La población está compuesta por unas 300 personas, agrupadas en 90 familias que viven en 34 casas. Antes que los ciclones Irene y Edith azotaran el Atlántico, había 49 viviendas. La diferencia entre el número de casas y de familias que las habitan se explica porque varias de aquellas son ocupadas hasta por cinco familias, todas ligadas entre sí por lazos de consanguinidad.

         Aunque no existe la promiscuidad sexual, ésta llega a producirse dado el carácter endogámico de los ramas, lo que eventualmente podías llevarlos a la extinción total. Es sabido que en las razas endogámicas (que no mezclan su sangre con otras) se produce una especie de desgaste genético, una degeneración o aberración cromosomática que las lleva gradualmente a la desaparición.

CICLONES LOS PERJUDICARON

         El Lic. Jenkins está de acuerdo en que a lo largo de la historia de este pueblo se ha venido produciendo una reducción en el número de sus habitantes. A esta reducción podrían haber contribuido las enfermedades o, como en los actuales momentos lo están haciendo, las condiciones físicas adversas en que vive el pueblo.

         Como efecto de los ciclones, parece haberse producido una alteración en la fauna marítima (según averiguó Jenkins, a los habitantes de la isla se les hace difícil la pesca, principal medio de vida) y las extensiones que habían sembrado en las tierras continentales, fueron arrasadas.

         Bluefields, que constituía su mercado para los productos marinos (chacalines, ostiones, camarones), se ha quedado esperando los cargamentos de los ramas.

         El inglés es la lengua empleada preferentemente por los ramas y el único hombre que conoce la lengua de sus antepasados, es un anciano cardíaco que cuando la expedición de Jenkins llegó, tenía 30 días de no probar alimento.

         (Jenkins cuenta que algún tiempo antes que ellos llegaran, una pareja de filólogos norteamericanos obtuvo del anciano rama una relación de más de dos mil palabras en su dialecto).

UNA ANÉCDOTA

         Jenkins dice que después de un día en que se le suministraron medicamentos, el anciano rama podía sentarse. Jenkins cuenta la siguiente anécdota sobre el caso del anciano, que, según él, es un ejemplo de la terrible apatía en que está sumida esa pobre gente:

         “Después de entregarles todas las medicinas que llevábamos, prescribimos a la familia del anciano un medicamento para su enfermedad. Nos dijeron que no tenían dinero para ello. Entonces ofrecí comprarles una atarraya de las que ellos hacen, pero se negaron a vendérmela”.

         Los ramas, dice Jenkins, llevan una vida primitiva. Cazan con arco y flechas y pescan con canastas de bejucos y con redes. No existe ninguna distracción espiritual y la única persona que posee un radiorreceptor, la maestra de la escuela, no vive en la isla.

         Para Jenkins, el estudio antropológico de los ramas es sumamente importante. Él explica por qué:

         “Está absolutamente comprobado, dice, que los ramas son un grupo étnicamente diferente de los misquitos y los sumos, que son los otros pueblos de la Costa Atlántica.

         En el resto de Centroamérica, sólo una lengua tiene cierta similitud con la rama. Esta es, la que hablan los indios changüinas, que viven en los alrededores del Lago Chiriquí, en Panamá. Esto fue comprobado en 1891 por un filólogo llamado Brinton.

         Aun cuando ahora se los puede encontrar además de Rama Kay, en Wirinki y en la cabecera del Río Cuckra, por lo menos hasta en el siglo XVIII ocupaban toda la parte sur del Río Escondido.

         Se cree que a Rama Kay fueron confinados, pero no se sabe cuándo ni por quién. El etnólogo Charles Belle, que vivió en la Mosquitia entre 1816 y 1862 ya los encontró allí.

         Los ramas son de origen meridional y forma parte de la gran familia Chibcha que bajó desde el Sur de América.

         Uno de los grandes enigmas que etnólogos y antropólogos tratan de descifrar, el poblamiento de América, podría tener una de sus claves en el estudio de los ramas.

         Descartada de una vez la teoría autoctonista del origen del hombre americano sostenida por el sabio argentino Florentino Ameghino, la atención de los investigadores se ha concentrado en Centroamérica.

         Casi todos los grupos indígenas de América, tanto del norte como del sur, tienen tipo mongol. Para explicarse esto, se ha elaborado una hipótesis por la que se hace aparecer una inmigración de pueblos orientales que entraron en América por el Estrecho de Behring. Pasaron al sur el “puente” centroamericano y luego iniciaron una emigración regresiva.

         Pero los ramas al parecer no la completaron, pues no se encuentran señales de esta raza más al norte. La anterior es solamente una de las varias hipótesis que se han formulado sobre el tema.

         En esta segunda expedición (la primera fue dirigida por el Dr. Gian di Stefano, catedrático del Departamento de Biología de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, actualmente en Italia) se tomaron medidas craneales, de la piel, muestras de sangre, etc.

         Este estudio, en el que participaron, además de Jenkins el Dr. Mario Almendárez y el Br. William Kupper, será presentado en Roma durante el 40 Congreso Internacional de Americanistas, a celebrarse en septiembre de 1972.

         El estudio fue auspiciado por la UNAN, el Servicio Universitario Mundial (SUM), el CUUN y la Asociación de Ciencias y Letras de León.  


domingo, 9 de agosto de 2026

LOS HOMBRES BRAVOS QUE HABLAN EN "RAMA". Por Jorge Jenkins. En: Semana, 19 de diciembre de 1971.


* Sólo se casan entre sí mismos.

* Condiciones ambientales adversas

* Antes un reino, ahora estrechez completa

* De la raza ya sólo quedan unas 500 personas.

* Viven muchos en Rama Cay

* Vestigios cultuales olvidados

En Nicaragua toda la parte que está al sur del río Escondido, por lo menos hasta el San Juan, fue en un tiempo ocupada por una tribu numerosa que vino desde el sur. Sus descendientes ocupan en la actualidad sitios como Wirinki, el islote de Rama Cay, las márgenes altas del río Kukra (localidades de San José, Buenos Aires y Cantagallo) y el río Torsuani.

Representan una estirpe muy particular dentro de los otros grupos de la Costa Atlántica por sus notables diferencias técnicas, lingüísticas y culturales, y porque a pesar de estar más o menos integrados a la civilización actual, mantienen todavía fuertes trazas de su homogeneidad racial.

Los Ramas son, además, una tribu en franca vía de extinción como producto de las duras situaciones ambientales, de la cada vez mayor estrechez de sus territorios, y de su misma endogamia; el intercruce racial a largo plazo es desfavorable al grupo que lo practica, ya que, no existiendo un aporte genético externo, la población tendrá, en esencia, el mismo e invariable potencial hereditario para enfrentarlo al medio, casi siempre hostil.

Sabemos al menos de otra tribu Rama que ha sido reportada viviendo en el río Zapote de Costa Rica. Al igual que los Ramas de nuestro país, los del río Zapota muestran relaciones idiomáticas con otras tribus meridionales, por lo que se acepta en la actualidad que ambas vinieron del sur, llegando una parte de ellos hasta Nicaragua.

Por lo menos desde 1891 se estableció que la lengua Rama tenía estrecha relación con otras lenguas pertenecientes a la familia Chibcha, como los indios Changuinas de las cercanías del lago Chiriquí y con el grupo Dorasquean.

En consecuencia, se pudo ubicar el parentesco de los Ramas con la gran civilización y que se extendió por Panamá, Costa Rica y Nicaragua.

A su paso por los diversos territorios dejaron vestigios culturales que descollan por su belleza y maestría, en especial los trabajo en oro que demuestran su bien conocida habilidad de orfebres.

En la parte sur-oriental de Nicaragua, parte asignada como el antiguo territorio Rama, han sido encontrados escasos pero significativos restos arqueológicos.

Entre estos hay interesantes figurillas de oro y alguna cerámica en trípode que desafortunadamente se encuentran en instituciones extranjera como el Museo Peabody de la Universidad de Harvard, el Museo Americano de Historia Natural y el Museo Británico, esperando que algún arqueólogo se decida a estudiarlos formalmente en relación con los grupos técnicos que poblaron esa región.

Entre esos restos hay alguna cerámica de diseños muy elaborados y figuras de piedra que provienen de interesante concheríos (acumulaciones de conchas de un molusco muy pequeño, y no de conchas de ostras como muchos creen) que alcanzan hasta más de 20 pies de altura, y que parecen haber sido construidos durante muchos años en las áreas circundantes del actual Bluefields.

Debido a la particular situación de estos restos arqueológicos, no sería remoto pensar en la posibilidad de que las estructuras originales hayan sido construidas por una tribu de gran herencia cultural como los Ramas.

Por otra parte, algunos arqueólogos han señalado la similitud de la estatuaria megalítica de la cultura de San Agustín en Colombia, con algunos especímenes encontrados en la región oriental del Gran Lago de Nicaragua.

Los ídolos de la cultura de San Agustín se caracterizan por sus expresiones feroces y por sus rasgos evocan – según opinión de P. Rivet – la presencia del elemento melanesio en América.

Pero quizá lo más interesante son las figurillas de oro en esta parte del territorio fueran hechas por una tribu cuyos antepasados sentaron el precedente de ser en América, estupendos orfebres.

TERRITORIO ACTUAL Y RELACIONES

 Uno de los principales asientos que en la actualidad ocupan los Ramas es el islote de Rama Cay (en realidad dos pequeñas islas unidas por el hombre) situado en la extremidad su r de la bahía de Bluefields, bastante cerca de las tierras continentales y de la desembocadura del río Kukra.

Esta situación geográfica favorece un poco a la población que puede dedicarse indistintamente a la pesca y a la explotación de los bancos de ostras cercanos a ciertos cultivos en las tierras aledaña.

No sabemos exactamente cómo y cuándo llegaron a esta localidad.

Existen al respecto dos versiones históricas que es interesante conocer: La primera establece que estos naturales fueron confinados ahí entre el período de 1816 – 1862.

La segunda versión – quizás más confiable – se encuentra en una parte del estudio antropológico de Adolph Schultz sobre esto indígenas, y que por contener datos interesantes de esa época (1924), reproducimos después de haber hecho la respectiva traducción:


“Estos indios vienen originalmente del interior del este de Nicaragua, de donde emigraron hace cerca de 75 años a Punta Gorda (cerca de Monkey Point) en la costa. Después de una batalla tribal, parte de ellos (unos 200, según Mr. Grossmann) vinieron a Rama Kay donde han vivido prácticamente en completo aislamiento desde entonces. Su principal ocupación es la pesca, pero ocasionalmente cercana a las llanuras. Una epidemia de influenza ha diezmado su número en gran parte, de manera que el cruzamiento entre ellos es más pronunciado ahora que antes.

Es claro que desde hace muchos años los indígenas Ramas han venido percibiendo las influencias de otros grupos étnicos, en especial los de habla inglesa.

El precio que han pagado para su parcial integración a la civilización moderna ha sido la pérdida casi total de sus tradiciones y costumbres.

Prueba de ellos es el desuso en que ha caído su propio idioma, a tal punto que solamente algunos de los más ancianos lo conocen en la actualidad, sin utilizarlo cotidianamente; aunque sea paradójico, el inglés es la lengua que hablan preferentemente todos los habitantes. En Rama Cay sólo un anciano muy enfermo conoce bien el Rama).

Han sido las misiones evangelizadoras y las relaciones de diversa índole con Bluefields, las que de una u otra forma han desvirtuado el contenido autóctono de sus manifestaciones culturales; incluso el temperamento y carácter actual del indio Rama está conformado, en buena parte, de mestizaje cultural, dado en sus periódicos contados con los comerciantes de Bluefields que normalmente discriminan a los naturales Ramas, ofreciéndoles pro sus productos los precios más antojadizos que quieren.

Esto les ha imprimido un sentimiento de explotados que se traduce en manifestaciones de justificada desconfianza. Los Ramas tienen plenas conciencia de su condición de marginados, y su idiosincrasia actual no es más que la respuesta lógica ante esa concepción despectiva que del “indio” se tiene, no sólo en Nicaragua, sino que en toda América.

El que no conoce a los Ramas y los trata por primera vez, frecuentemente sufre el fiasco de no encontrar en ellos al “indio noble” tan susceptible al engaño y a la explotación.

En Rama Cay (también llamado Ramaki) viven aproximadamente unas 300 personas.

Constituyen cerca de 90 familias repartidas a su vez en 34 casas, de manera que en cada una suelen vivir varias familias comúnmente emparentadas.

Es posible que este tipo de estructuración obedezca, en primer lugar, a la escasa extensión territorial de los dos islotes, y en segundo, al sentimiento de unión interfamiliar necesarísimo para enfrentar la dureza de los elementos ambientales. El viejo y no menos cierto aforismo de que “la unión hace la fuerza” encuentra aquí su más estricta aplicación.

Hay que destacar que los indios Ramas poseen una extraordinaria habilidad para fabricar un sin número de objetos de uso diario como redes, y atarrayas que pacientemente tejen, haciendo a su vez ellos mismos, de madera, las agujas. Canastas de bejucos tropicales de exquisito gusto y utensilios de cocina. Arcos, flecha y arpones para la caza y pesca, también de excelente calidad y perfectamente adaptados para tal función.

A pesar de que ya comienza a darse la paulatina incorporación étnica de Miskitos, negros, zambos y ladinos, la población de Rama Cay muestra aún su preponderante tradición de endogamia que ha caracterizado a la tribu Rama desde sus albores; tradición que indudablemente se ha vuelto contra ellos en el tiempo, pero que ha sellado para siempre su estirpe en la historia de la antropología.