domingo, 20 de septiembre de 2015

RIGOBERTO LÓPEZ PÉREZ: DOPAMINA Y HEROÍSMO EN LA VERDAD HISTÓRICA. (CINCO VOCES EN EL DEBATE).


RIGOBERTO LÓPEZ PÉREZ

INTRODUCCIÓN: 


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Liminar de Eduardo Pérez-Valle h.
Director-editor del Blogspot.- 

  Durante los meses de septiembre y octubre de 2013, la prensa nacional rememoró otro aniversario de la acción emprendida por el patriota y héroe nacional que logró acabar con el iniciador de la dinastía somocista. 

   Asimismo, en la página de opinión de un reconocido periódico de circulación nacional, apareció el primer artículo titulado "Smith & Wesson No. 74605". A continuación de  las controvertidas opiniones emitidas por este ciudadano, surgió la acogida y resonancia de un renombrado escritor e historiador nacional, empecinado en dar por cierto el enrevesado análisis del vituperador y, llevó el asunto a otra infortunada aseveración sobre la "Identidad sexual de Rigoberto", tal como intituló los párrafos del caso. 

  A estos dos articulistas prosiguió la aquiescencia de un viejo periodista que utilizó el mismo título empleado por el reconocido historiador autor de la "Identidad...". Los tres contradictores de la vida íntima de López Pérez, coincidían que "detrás" del comportamiento del personaje que cambió el curso de la historia de Nicaragua era indispensable resaltar la "verdadera opción sexual", que insinuaban haber expuesto por primera vez ante la opinión pública.   

  Siete artículos de opinión propiciaron el inusual y álgido debate publico alrededor del Héroe. La polémica iniciada por Ulises Huete Maltés, con los ecos de Jorge Eduardo Arellano y Joaquín Absalón Pastora, tuvo en la parte contraria, o en la acera de enfrente, al historiador Rafael Casanova Fuertes y al actual director de este Blogspot. 

   Por el tamaño de los artículos que en la actualidad aceptan los periódicos en las páginas de opinión, y además, sin obviar el repelo ocasionado por el contenido y ligereza de los retuerces históricos encontrados, mi respuesta particular a uno de ellos fue centrada en la "mentalidad" a través de la historia; precisamente, el dato histórico acarreado al debate desde la fuente primaria. Por el número de palabras exigidas por el periódico,  no hubo manera de abundar en otros detalles de enorme importancia. 

   Ahora, que en 2015 arribamos al quincuagésimo sexto aniversario de la determinante acción de López Pérez, compartimos con los lectores todos los artículos en mención, incluido el nuestro al que titulamos: "Dopamina y Heroísmo". Y, aportamos una referencia histórica escasamente conocida, un poema cargado de Dopamina y Opción Sexual, elaborado por "Antonio Sol" nombre empleado en la clandestinidad justa y determinadamente por el héroe llamado Rigoberto López Pérez. Este prosema de Rigoberto fue publicado en "El Centroamericano". León, Octubre de 1950:

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POEMA INCONCLUSO

Por: Rigoberto López

   Oh estrella divina, princesa rubia del imperio zodiacal, cómo quisiera volar hasta ti, ver de cerca tus lumínicos labios; extasiarme en tu célica luz, y luego contarte mi triste historia de amor, porque sé que tú me comprenderás. Pero, ya que me es imposible llegar a ti, baja tú hasta mi fría alcoba, por la plateada escala de la Luna.

   Oh magnífica estrella, celeste princesita del encantado Reino Azul, ya que a mí no quiere bajar, escucha desde tu diamantino alcázar, mi triste historia de amor: Ha veinte años, cuando en mi ser triunfa solamente Primavera, y la savia de la vida corría impetuosa por mis venas; cuando dulcemente pulsaba mi lira, y en mi jardín de ensueño revoloteaban alegres mis verdes esperanzas y mis azules madrigales, conocí en León de Nicaragua, mi Patria, a una bella joven, casi una niña; catorce años tenía, y de todo el primor de las rosas y el encanto de la aurora, estaba saturado su rostro; Eros, malicioso, asomó su risueña cara por el ajimez de mi alma. Le hablé de mis sentimientos, de mi profundo amor hacia ella; nos comprendimos un poco, y a su lado pasé los momentos más felices de mi vida. Cómo los recuerdo, y al hacerlo, qué sutil melancolía invade mi espíritu.

   Pero una tarde cuando en la lejanías se ocultaba el sol, y  con sus rayos postreros  saludaba a la diosa Enlutada que asomaba su rostro entre las infinitas cortinas de zafir, y el viento cantaba en su rudo clarín, nos separamos por circunstancias que aún no he logrado comprender; o es que fuimos ¿“novios de pantomima”? qué corta fue aquella dicha; cuánto la quise, y cuánto la quiero todavía; pues ni el tiempo ni la distancia han sido capaces de borrar de mi corazón y de mi mente, su singular belleza. Cómo la añoro,  y qué acerba nostalgia muerde el pecho mío.

   Pero, mañana quizás, cuando cansado de peregrinar tienda mis alas hacia los límpidos cielos de mi patria, la buscaré; me indagaré que ha sido de su suerte; ¿estará acaso casada y será feliz con marido? ¿Me recordará? Oh, cómo quisiera verla.

   Más estoy aquí, bajo el cielo de París, sintiendo nevar en mis cabellos y en mi propio corazón, con los rosales marchitos del jardín de mis ensueños, caídos en mi alma.

   Oh estrella divina, princesa encantada del soberbio Reino Azul; tú eres la primera que conoces mi triste historia de amor; y ya que no quisiste bajar a mi alcoba, ve a mi patria, y besa con tus lumínicos labios la frente blanca y pura de la que me tiene sumido en la más incurable melancolía.

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I

SMITH  & WESSON N° 74605. Por: Ulises Huete Maltés. En La Prensa. 21 de septiembre de 2013.

   El 21 de septiembre de 1956, la nación entera se estremeció, el presidente Anastasio Somoza García, de 60 años, había sido abatido en la Casa del Obrero, de León; el asesino utilizó una pistola calibre 38, Smith & Wesson calibre corto, gatillo escondido, de cinco cartuchos, número 74605. Se trataba de un joven obsesivo compulsivo, que lo persiguió por meses para matarlo, atizado por un supuesto complot de la oposición de la época, y de la colonia de exiliados nicaragüenses en El Salvador; su tutor en entrenamiento a disparar era en El Salvador el excapitán Adolfo Alfaro, y el contacto, en León era supuestamente Edwin Castro Rodríguez, entre tantos complotistas.

   Todos los dirigentes opositores fueron encarcelados: del PLI, conservadores y marxistas, como Tomás Borge Martínez; así como Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y su primo Pablo Antonio Cuadra, este último estuvo preso cuarenta días.

  El asesino material era un sicópata, con trastornos de identidad sexual, que lo tornaron en un hombre-bomba, no menos diferente de un islamista fundamentalista. Conocidos fueron sus vínculos con Rafael Corrales Rojas, un protegido de la familia Debayle Sacasa, suegros del dictador. Corrales, un soltero amanerado, tenía un periódico, La Tribuna, donde le permitía a Rigoberto López Pérez escribir algunos poemitas, que se hicieron polvo, con el mismo Corrales, quien justamente le permitió la entrada a la Casa del Obrero, cayendo Rafaelito en desgracia.

    El 10 de agosto, Iván de Jesús Pereira publicó en este Diario un artículo titulado “Restauran en León casa del magnicidio”. Me pregunto: ¿para qué? ¿Para hacer del edificio un culto a la muerte? ¿Y otra estatua a Rigoberto López Pérez? Pues, seguro estoy de que no se hablará de la prosperidad de la época, de las pláticas con Mariano Fiallos Gil sobre la autonomía universitaria, y del nombramiento del mismo, como embajador en Washington, en 1947, por el presidente Somoza, ni del espaldarazo al sindicalismo, con la venida del líder sindical mexicano Vicente Lombardo Toledano y de Blas Roca del partido socialista cubano, en 1946, ni de la creación del INSS y del voto femenino.

    Analicemos seis años antes: en 1950, se firma el 3 de abril, en el Palacio Nacional, el acta, que pasaría a legislatura, refrendada por el doctor Carlos Cuadra Pasos. Se trata del pacto de los generales: el expresidente conservador, general Emiliano Chamorro y el general Anastasio Somoza, con curules, y cuotas ministeriales, para los conservadores, así como un escaño para el hijo mayor de Somoza, el ingeniero Luis Somoza Debayle. Ya se vislumbraba la sucesión presidencial, y así sucedió, con el asesinato del padre, Luis Somoza es electo presidente interino.

  Hay otros acontecimientos, no menos importantes, como es el intento de asesinato y toma del poder por un grupo que esperaría el paso de la caravana presidencial, un 4 de abril de 1954. El intento fue abortado y varios de los complotistas fueron ejecutados en los cafetales de Diriamba, sin previo juicio.

  En 1956 los principales dirigentes del PLI fueron apresados e interrogados, tales como el doctor Enrique Lacayo Farfán, el doctor Enoc Aguado, el doctor Humberto Alvarado, así como el héroe nacional y civilista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, etc.

   El consejo de guerra terminó su veredicto en enero de 1957. Estos acontecimientos se dieron en un contexto de dictadura, reelección, y falta de apego a la constitucionalidad.

El autor es médico.

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II

LA IDENTIDAD SEXUAL DE RIGOBERTO. Por: Jorge Eduardo Arellano. El Nuevo Diario. 12 de octubre de 2013.

    El cristiano no glorifica el magnicidio. Por eso, a 57 años de haber ejecutado su acción, Rigoberto López Pérez continúa siendo una figura controversial. Para unos realizó, por necesidad histórica, un ajusticiamiento; para otros, perpetró un asesinato. Entre los últimos se hallaba el sector aglutinado en el Frente de Defensa de la República (llamado anteriormente Unión de Acción Popular, al que pertenecían Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Emilio Álvarez Montalván, Rafael Córdoba Rivas y Reinaldo Antonio Téfel). Pues bien, ellos se negaron a colaborar en el atentado, condenando la violencia y pronunciándose por la vía cívica para enfrentar el somocismo.


     La acción de Rigoberto se ha visto como obra exclusiva suya. No fue así. Fundamentalmente, actuó como instrumento de un complot de militares exGN antisomocistas exiliados en El Salvador. Sus nombres los recoge Chuno Blandón en su obra Entre Sandino y Fonseca: Adolfo Alfaro Carnevalini (excapitán), Guillermo Marenco Lacayo (exteniente), Julio Alonso Leclair, Guillermo Duarte, Noel Bermúdez, Raúl Jiménez Argüello y Noel Salvatierra, entre otros. Alfaro Carnevalini había decidido y declarado vengar a su hermano Agustín, otro oficial GN, muerto en la rebelión de abril del 54. Por eso también había entrenado a Rigoberto en su papel de ejecutor. Alfaro Carnevalini, pues, fue el autor intelectual del atentado, a pesar de que era yerno de una hermana de Somoza García, Amalia, madre de su esposa Laura Rodríguez Somoza.

   Otro autor clave fue Edwin Castro Rodríguez, quien recibió a Rigoberto en su casa de León, recolectó dinero para sus gastos, le presentó a su amigo Ausberto Narváez y a una docena de miembros del PLI, quienes ayudaron económicamente y en otras formas para que Rigoberto llevase a cabo su cometido —señala Chuno Blandón. Este agrega que Castro Rodríguez aspiraba reivindicar a su padre: el general Carlos Castro Wassmer, uno de los fundadores del PLI, perseguido y humillado por Somoza García. En cuanto a Rigoberto, tenía la profunda convicción de que, con su inmolación, “lograría la redención de su patria”.

    Muy lejos de ese ideal significó su acción: apenas “poner punto final a la prepotencia impune de Tacho” de acuerdo con el doctor Arturo J. Cruz Porras y, sobre todo, contribuir a la prolongación de la dictadura somocista veintitrés años más, transformándola en hereditaria o dinástica. Esta fue la realidad. Otro aspecto de la misma es el que ha desarrollado recientemente el médico Ulises Huete Maltés al especificar que Rigoberto utilizó un revólver calibre 38, Smith & Wesson, cañón corto, gatillo escondido, de cinco cartuchos, número 74605. “Se trataba —anota— de un joven obsesivo compulsivo, que persiguió a Somoza García por meses para matarlo, atizado por un supuesto complot de la oposición de la época… El asesino material era un psicópata, con trastornos de identidad sexual, que lo tornaron en un hombre-bomba, no menos diferente de un islamista fundamentalista”.

  Sin compartir estas apreciaciones y calificativos, sigo transcribiendo al doctor Huete Maltés: “Conocidos fueron sus vínculos (los de Rigoberto) con Rafael Corrales Rojas, un protegido de la familia Debayle Sacasa, suegros del dictador. Corrales Rojas, un soltero amanerado, tenía un periódico, El Cronista, donde le permitía a Rigoberto López Pérez escribir algunos poemitas…” Por su amistad con él, Rigoberto ingresó al Club de Obreros sin ser registrado —aclara el médico Huete Maltés—, “cayendo Rafaelito en desgracia”. Consecuentemente, este fue torturado y fallecería muy pronto.

    La relación Corrales Rojas-López Pérez, es obvio, era de índole homosexual y así se ha sabido tradicionalmente. Incluso hay historiadores que identifican a otros “amigos”, aún vivos, de Rigoberto. Además, tal identidad fue confirmada en el extenso memorándum del Embajador de Nicaragua en El Salvador, doctor Leonte Herdocia, concluido el 26 de octubre de 1956, sobre las investigaciones realizadas en ese país a raíz del atentado.

     Sin embargo, la preferencia sexual de Rigoberto no anula su fibra patriótica ni reduce su “gigantesca labor”, por citar de nuevo a Chuno Blandón. En todo caso, plantea una pregunta: con su acción, ¿no habría querido también Rigoberto expiar el baldón que se le atribuía al sodomita en el León de los años cincuenta? Al mismo tiempo, implica una derrota para el machismo homofóbico de Nicaragua y una victoria para la comunidad gay que tendría a un héroe nacional entre sus congéneres.

     Por lo demás, el atentado mortal contra Somoza García ya estaba en el ambiente político de Nicaragua desde 1954. Y el del 21 de septiembre de 1956 le fue advertido varias veces y por distintos conductos. Así lo recordó en Madrid, 1973, el diplomático y coronel GN Gastón Cajina, quien de joven se desempeñaba como miembro de la seguridad personal del jefe de Estado. “El nicaragüense no es asesino” —me dijo Cajina que le respondió el mandatario. Más aún: opositores leoneses a Somoza García habían coreado antes de que este llegara a la metrópoli para proclamar, una vez más, su candidatura presidencial: “Si viene a León, regresa en cajón”.

* Escritor e historiador.

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III

LA IDENTIDAD SEXUAL DE RIGOBERTO. Por: Joaquín Absalón Pastora. En La Prensa. 22 de octubre de 2013.

   
  Jorge Eduardo Arellano aborda el tema con mesura y respeto. Con mesura porque pulsa las membranas del íntimo albedrío, más cuando las predilecciones evaden los límites de la naturalidad sexual alrededor de personas directamente aludidas y con más razón cuando el referido está muerto. Y con respeto porque hay celebridades que habitan las páginas de la historia con toga puesta en la perennidad, aunque evadan las normas de la moral.

    La reseña del historiador es específica, no se mete en los recodos de la dualidad: ubica la identidad sexual de Rigoberto López Pérez cuyo peso en coraje —dio su vida por Nicaragua— todavía se siente. Por lo tanto toda mención a la hidalga actitud de haber extirpado el cáncer de la tiranía debe ser tratada con pinzas vacunadas contra la actitud de las partes susceptibles. Contra toda posibilidad de darle alas a la suspicacia.

    Para la ambivalencia, supeditada a los remolinos de la fantasía, el tema de la elección sexual podría tener mayor importancia que la razón patriótica por la cual se le recuerda: haber hecho justicia con sus manos aunque algunos digan que lo suyo fue un asesinato.

    Jorge Eduardo menciona a Rafael Corrales Rojas. Como el tema viajó de la oquedad a la luz pública, permítaseme decir cómo personalmente conocí a este. Siendo yo menor de edad (10 años) acompañaba a mi padre Joaquín Evaristo Pastora a las oficinas de “El Cronista” (años 47-48), quien entregaba sus artículos al subdirector —el susodicho— siendo titular el doctor Roberto Debayle, al que se le conocía en León como “el cara manchada” debido a que doña Casimira, embarazada —decían— se le puso de frente a la Luna en eclipse.

     Años después (1954) volví a León como estudiante del Instituto Nacional de Occidente. Fue en esa ocasión que conocí a través de las versiones de los compañeros de estudio las inclinaciones sexuales de Corrales, un sodomita que se ponía a pescar muchachos en la puerta de su casa cercana al instituto y a la universidad invitándolos a sesionar. Las golosinas económicas —comentaban ellos mismos— los sacaban de la “palmazón”. Esta singularidad no era una novedad.

    Róger Deshon —condiscípulo y guerrillero fenecido— y otro viviente que se incorporó a esos movimientos, cuyo nombre omito a petición suya en madurez, me contaba: “Mi abuelo don Octavio Quintana González (tío abuelo de Julio César Quintana), profesor e intelectual somocista, ejercía el cargo de director de “El Cronista” hasta el momento en que cayó Somoza (1956). Antes de ser nombrado como tal, había sido el director del Colegio Simón Bolívar. Ahí fue maestro de Rigoberto López Pérez. El héroe le pidió conocer a Corrales, el dueño del diario, relación que necesitaba para que se le pusiera como periodista activo en el medio. Don Octavio se lo presentó y fue ahí donde nació la amistad. “Lo que sorprendía al abuelo es que la concordancia se hacía cada vez más estrecha hasta el extremo de verlo entrar y salir del despacho del homosexual con sospechosa frecuencia”.

     Haber sido somocista toda su vida no fue credencial para que se le eximiera de la cárcel. Don Octavio cargó con el mismo destino. A Corrales —vía tortura— le ultrajaron el orificio anal, concebido por la naturaleza para expeler y nunca para ser motivo de introducción sexual. Su desventura fue irreversible.

El autor es periodista.
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IV

RIGOBERTO MÁS ALLÁ DE LA HOMOFILIA Y LA HOMOFOBIA. Por: Rafael Casanova Fuertes. 22 de octubre de 2013.

   En la página de Opinión de El Nuevo Diario (12-10-13), en un artículo titulado “La identidad sexual de Rigoberto López Pérez”, con la autoría del Dr. Jorge Eduardo Arellano, se expresan algunos criterios en torno a la acción del 21 de septiembre de 1956 y su principal protagonista, Rigoberto López Pérez. Entre los aspectos que aborda están la supuesta preferencia homofílica del Héroe, para lo cual se basa en una reciente publicación del Sr. Ulises Huete (LP 21-09-13) y en un informe de octubre de 1956, del Embajador somocista de Nicaragua en El Salvador, Leonte Herdocia.

   Entre abril y septiembre de 1986, nos correspondió realizar un proceso indagatorio sobre la acción, que implicó la revisión de todo lo escrito sobre el tema y entrevistas a testigos y participantes en los mencionados hechos. Esto nos permitió, un conocimiento más o menos amplio sobre los sucesos, que nos sirven de base para expresar algunos comentarios, en la forma respetuosa que nos caracteriza.

   Coincidimos con otros estudiosos del tema, en que si bien, fue una acción individual, fue producto de un proceso conspirativo que involucró a exmilitares exilados y a un equipo de jóvenes antisomocistas, el grupo de apoyo que tuvo como misión: tratar de preservar la vida de Rigoberto, tras la ejecución del tirano. Pero en ninguna de las consultas y datos consistentes, aparece como parte del círculo de conspiradores, Rafael Corrales Rojas, un servil del somocismo y muy ligado a la familia del dictador. Ni tampoco localizamos alguna versión que sindique a Rigoberto como amigo íntimo de Corrales, o de preferencias homofílicas.

    Tal versión no tiene ni sentido ni lógica; Corrales fue una de las tantas víctimas de los adláteres del somocismo, quienes, al mejor estilo de los perseguidores de “las brujas de Salem” no tuvieron escrúpulos en involucrar de cualquier manera a todo lo vinculado con Rigoberto, y la oposición antisomocista. El primer crimen de Corrales fue su preferencia sexual, inaceptable en los cánones machistas de la época, y su actitud zalamera con el dictador y su familia no eran bien vistas en León.

   Es erróneo asumir como referencia exacta el material del Consejo de Guerra, como fuente de información, porque está totalmente demostrado que fue una farsa, basada en testimonios obtenidos a base de torturas y declaraciones de serviles a la familia gobernante. Estos últimos también se encontraban en las embajadas y crearon informes en concordancia con los objetivos de los herederos del tirano. El afán de éstos fue involucrar de cualquier modo a opositores y hasta a algunos leales que ya no les eran útiles, como fue el caso de los coroneles Lizandro Delgadillo y Francisco Gaitán.
Si bien Corrales reconoció de forma espontánea el cadáver de Rigoberto, esto pudo haberlo hecho cualquier otra persona a solicitud de las autoridades, pero esto fue suficiente para que crearan la especie de que él había distraído intencionalmente a Somoza para que Rigoberto le disparara. Tampoco es cierto que Corrales lo haya introducido al local de la Casa del Obrero, había libre acceso, la entrada no estaba restringida y Somoza García, en un exceso de confianza, dio la orden de que no se registrara a los asistentes.

    De esto se desprende una concatenación maligna: el vincular a Rigoberto con Corrales, una intención velada de disminuir la virilidad del héroe, del mismo valiente que tuvo la osadía de ejecutar al dictador. Además, con los sobrevivientes del equipo hubo una increíble saña y sadismo, sometidos a atroces torturas, que incluyeron hechos como la castración; como si se tratara también de arrancarles la hombría a aquellos valientes que habían tenido la osadía de desafiarlos.

    ¿Cuántas cosas pudieron obligar a que aceptara Corrales como cierto que sus verdugos querían que se creyese en la generalidad? Torturas tan crueles y humillantes como la violación sucesiva por parte de carceleros y reos comunes sodomitas, y otras vejaciones, que finalmente, provocaron su muerte. En mi opinión, personas como el señor Huete, deberían tener aunque sea lástima por individuos como Corrales Rojas, víctimas inocentes de ese oprobioso sistema; el mismo del cual él está en todo su derecho de admirar y defender.

    En tanto, la mayoría de los nicaragüenses aceptan a Rigoberto como Héroe Nacional, por encima de la Homofilia y la homofobia, dimensiones totalmente ajenas a su actuación heroica en beneficio de la liberación de Nicaragua.

 * Escritor e historiador. Unidad de Servicios Básicos y Proyección Social del BCN

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V

DOPAMINA Y HEROÍSMO. Por: Eduardo Pérez-Valle hijo. En: El Nuevo Diario, miércoles 30 de octubre de 2013.

    Me encontré, como todos los sábados, ante otro artículo del doctor Jorge Eduardo Arellano: “La identidad sexual de Rigoberto”. Al inicio insinúa y después afirma que Rigoberto López Pérez tuvo identidad de género y otro tipo de orientación sexual, distinta a las ya conocidas. En el denso artículo hay un conjunto de criterios; el tema principal hace zigzag y lo demás está atrapado entre inconsistencias de datos empíricos.

  Dicho artículo no está dedicado a controversias sobre determinismo-biológico o la elección voluntaria de la preferencia sexual, pero contrapone testimonios públicos sobre la vida del héroe. Llegados a este punto, admito que no serían argumentos plausibles si desde nuestra posición negáramos que a los episodios de la Historia pueden llegar nuevos hechos, incorporados siempre que estos, como debe ser, sean sometidos a un detenido examen.

      Pero antes quiero referirme a la actitud, sensible o impasible, de cualquier cristiano o religioso frente a la crueldad humana. ¿Qué podríamos decir sobre los alemanes asesinados por haber intentado matar a Hitler en aquel fallido bombazo del 20 de julio de 1944? ¿Bien o mal? Entre 45 y 50 millones de vidas apagó el líder y los liderados del nazismo. De igual forma podemos inquirir sobre la dictadura somocista en sus diferentes épocas.

  En contra de la “identidad” cuestionada, también existen abundantes testimonios de personajes de aquella época y del entorno social de León, entre ellos algunos periodistas reconocidos, en cuyas líneas encontramos la fibra artística y poética de Rigoberto, dispuesta a conquistar a más de una bella joven que le cautivaba. Así ocurre en el conocido relato del recordado periodista Ignacio Briones Torres: “En San Salvador, Rigoberto López se enamoró, con el más apasionado amor platónico que he visto, de una joven salvadoreña llamada Maribel Arrieta... Rigoberto me enseñó un álbum manuscrito con poemas dedicados a Maribel, y creo que ella nunca llegó a conocerlo”.

     Con veintiséis años le borboteaba la música, la poesía y mucha dopamina hacia el sexo opuesto, sin embargo, María Isabel Arrieta Gálvez, la salvadoreña que por su belleza, en 1955, conquistó el segundo lugar en el certamen de Miss Universo, no pasaba de ser un bello e inalcanzable punto luminoso en el firmamento. Algunos leoneses nonagenarios confirman la amistad que mantuvo con el periodista Armando Zelaya Castro, de cuya hermana, Amparo, estuvo perdidamente enamorado. En la frontera entrante de la adolescencia, le dedicó un poema a la bibliotecaria del colegio donde estudiaba.

   Róger Morales, reconocido músico leonés, compañero de Rigoberto en el conjunto “Buenos Aires”, narraba los detalles sobre el empeño de Rigoberto por conquistar a la señorita Caridad Pérez: “lo acompañé en varias serenatas, le dedicó esfuerzos amorosos sin aparentes resultados exitosos.”

   Por lo tanto, es una marcada presuposición afirmar que el somocista abyecto Rafael Corrales Rojas, soltero y de expresiones afeminadas, concedía espacios a la poesía o cualquier colaboración literaria dentro del periódico El Cronista, a cambio de servicios sexuales. Existen muchos heterosexuales que mantienen amistad con homosexuales, sin que por ello trasgredan el respeto de cada cual o entre ellos no existan las fronteras de los deseos y apetencias. Lamentablemente, nuestra sociedad está acostumbrada a estereotipos progresivos, no se diga de aquellos que vivieron hacia la mitad del siglo XX.

    A veces la historia queda expuesta a conjeturas punzantes, espero que este último recuerdo no las multiplique; oigamos a Juan Toruño relatar lo que relató un tercero: “Se llevaron a tanta gente, que no perdonaron ni a las putas. Alguien contó que un día antes del atentado, a Rigoberto lo vieron en el barrio San Felipe, en una zona de tolerancia donde habían varios burdeles, y hasta allá llegaron los agentes a llevarse a las mujeres porque pensaban que una de las muchachas fue quien metió la pistola a la Casa del Obrero”.

     No sería remoto que después aparezcan otros articulistas y quizás alguno a partir del párrafo anterior, enrumbe hacia otras ficciones; quizás lo reclamen las mujeres “de amores tarifarios”, y luego, otros (as) con solapados impulsos genéticos, digan que poseen igual o mejor derecho.

     Rigoberto coadyuvó de forma decisiva a expiar la afrenta de la Patria mancillada; en su calidad humana no hubo menos o más dopamina que la dosis de amor exacta que siempre mantuvo al momento de ofrendar la vida. Un acto tardío, pero de elemental justicia hizo la Asamblea Legislativa al declararlo Héroe Nacional, y no menos importante es que todos sus admiradores, el pueblo, erigieran el monumento emblemático en donde está evocada la historia, algunos versos y la carta-testamento de despedida, dirigida a su amadísima madre, doña Soledad Isolina López Calero.

   ¡Qué pena! Nuestro ilustrado intelectual partió de un invectivo y trivial artículo desde el cual no fluye la historia y no fluye el historiador.

 *Arqueólogo social

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VI

LA HOMOFILIA DE RIGOBERTO LÓPEZ PÉREZ. Por: Jorge Eduardo Arellano. 2 de noviembre de 2013. 

   
En su artículo de END (22-X-13), Rafael Casanova Fuertes acepta que Rigoberto López Pérez era homofílico, es decir: proclive a su mismo sexo. Pero esa identidad –alega– no tuvo mucho que ver con su decisión de ajusticiar al tirano. Así lo creímos hasta que el médico Ulises Huete Maltés reveló su identidad sexual: realidad que continúa siendo patrimonio oral de muchos testigos vivos de la época, pero que no se atreven a divulgarla por escrito. Eso sí: se dio la excepción de Joaquín Absalón Pastora en su artículo de LP del pasado 22 de octubre.

   Según Joaquín Absalón, Róger Deshón Argüello –finado guerrillero– y un nieto del profesor Octavio Quintana González, cuyo nombre omite a petición del testimoniante, le refirieron que Rigoberto pidió a Quintana que le presentara a Rafael Corrales Rojas, el sodomita más notorio de León. Así lo hizo don Octavio, quien se sorprendió de “la concordancia más estrecha entre Corrales y Rigoberto, hasta el extremo de verlo entrar y salir del despacho del homosexual con sospechosa frecuencia”.

    En un punto, sin embargo, no estoy de acuerdo con Pastora: Rigoberto no extirpó “el cáncer de la tiranía” –como asegura– sino que lo trasmitió y propagó en los hijos de su víctima: Luis y Anastasio. Sin desearlo él ni nadie de los conspiradores, propició la transformación del sistema dictatorial en hereditario. A Rigoberto, pues, le salió el tiro por la culata.

    Otro testimonio suscitado por artículo de END (12-X-13) correspondió a la afirmación que hizo –años después de la ejecución de Somoza– el exteniente GN Guillermo Marenco Lacayo, nada menos que uno de los dos entrenadores de Rigoberto en el uso del revólver. Efectivamente, en el restaurante El Trébol de San Francisco, California, reveló a un grupo de nicas la identidad sexual de Rigoberto. Uno de esos nicas, Rafael Herrera Romero, la evocó el 12 de octubre especificando que el conocimiento de esa identidad “no era nada nuevo”. Más aún: relacionó a Rigoberto con Lee Harvey Oswald y John Wilkes Booth, “ambos de tendencias homosexuales”.

      La homofilia de Rigoberto fue señalada asimismo por el informe del Embajador de Nicaragua en El Salvador durante 1956, doctor Leonte Herdocia, calificado como “somocista” por Casanova Fuertes. Pero al historiador imparcial debe estimarlo una fuente válida, además de reconocer la honestidad del doctor Herdocia, poco después luchador democrático y, a partir de 1979, diplomático del gobierno revolucionario de Nicaragua. Pues bien, Herdocia recoge el testimonio de la señora salvadoreña Eva Orellana de Osorio, quien conoció muy bien a Rigoberto, en el sentido que este era “una persona que no gustaba de las mujeres”.

     Como afirmé en mi artículo del 12 de octubre, la identidad sexual de Rigoberto no anula su fibra heroica, ni disminuye su acción patriótica. Pero contribuye a explicar la complejidad de su psiquis y a plantear esta interrogante: con su acción, ¿no habría querido también Rigoberto expiar el oprobio que significaba ser homosexual en el León esos años? Yo me inclino por una respuesta positiva.

   De hecho, recién acontecido el magnicidio, la gente que frecuentaba el “Popular René” o “Cucaracha”, con el fin de ingerir las famosas sopas de frijoles de esas comiderías leonesas, manifestaba su admiración por la valentía al llamar “rigobertos” a los huevos de gallina, identificados con los testículos:

    –¿Cuántos rigobertos te pongo en la sopa? –le preguntaban al cliente.

       –Dos. ¿Acaso el hombre era chiclán?

     En resumen, no se ha pretendido ofender la memoria de López Pérez. Solo aportar una nueva lectura de su actuación histórica.

* Escritor e historiador

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VII

RIGOBERTO MÁS ALLÁ DE LAS PREFERENCIAS Por: Rafael Casanova Fuertes. 7 de noviembre de 2013.

     El día sábado 2 de noviembre del corriente hubo una publicación del Dr. Jorge Eduardo Arellano titulada: “La homofilia de Rigoberto”. En la misma asegura que mi persona dio por aceptada determinada preferencia sexual del mencionado Héroe Nacional, la cual cito textualmente: “Rafael Casanova Fuertes, acepta que Rigoberto López Pérez, era homofílico, es decir proclive a su mismo sexo”. Además hace alusión a mi falta de objetividad con respecto al informe realizado en 1956 por el Embajador de Nicaragua Dr. Leonte Herdocia.

   Con los respetos que nos merecen estas opiniones, hemos considerado necesario hacer las siguientes aclaraciones, tanto al Dr. Arellano como a los lectores de EL NUEVO DIARIO:

    La orientación de nuestro artículo del día 22 -10-13 en END estuvo más enfilada a colocar el papel del individuo en la historia, por encima de cualquier tipo de preferencias, al margen de que nuevas corrientes de la historia y demás ciencias sociales han tornado su atención al género y las diversidades.

      Me centré en desestimar como cierta la versión del Dr. Huete y a reafirmar la puesta en duda de la funcionalidad del Tribunal Militar implementado para investigar los hechos. La labor de este organismo no solo fue la de aclarar los sucesos, sino también la de implicar en base a torturas a opositores y hasta a quienes tuvieron el infortunio de estar en el lugar al momento de los hechos; para justificar asesinatos que se dieron tras el acto de ajusticiamiento.

   Pero además, el aparato del somocismo en general jugó a desnaturalizar la imagen de los participantes directos, a poner en duda su hombría en una sociedad tan conservadora como la leonesa y la nicaragüense en general. Esa era la principal razón de vincular de cualquier manera a Rigoberto con Corrales, un servil del sistema y afeminado: vincular a este con la conspiración.

     Me disculpan mi franqueza, pero en ninguna parte de mi artículo estoy aceptando determinada preferencia de Rigoberto. Lo cual sería aceptar en esencia lo planteado por el señor Huete y el Dr. Arellano. Por el contrario, al final del párrafo 3, aseguro: “no localizamos alguna versión que sindique a Rigoberto como amigo íntimo de Corrales, o de preferencias homofílicas”.

   Por razones de espacio omitimos en esa oportunidad algunas versiones que proyectan la preferencia heterosexual de Rigoberto, trasmitidas por sus amigos y contemporáneos. Coincidiendo con Pérez-Valle (END 30-10-13), agregaríamos a Tomás Olivas, José de Jesús Vílchez y sobrevivientes de la acción: Ramón Rosa Martínez y Noel Jirón Balladares. Algunas de estas transcripciones pueden ser consultadas en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (Inhca-UCA).

   Cabe destacar también que hacia la década de los cincuenta, quien “le cumplía favores de macho” a un homosexual era considerado como “vago”, “travieso” u otros términos, y esa reputación –insisto– no la localizamos en Rigoberto. No es sino hasta tiempos muy recientes, que tanto la ciencia como la generalidad, han aceptado definir como homosexual activo a quien, dentro de la pareja, actúa como macho. Por tanto, los jóvenes “traviesos” o “vagos” de la época, no cargaban necesariamente el baldón de sodomitas, ni les afectaba en lo más mínimo su relación con parejas femeninas.

    Con respecto al Dr. Herdocia, es válido recordar que desde el siglo XIX hasta nuestros días han sido muy frecuentes los cambios de partido. Algunos lo hicieron (y lo hacen) por oportunidad; otros por honestidad, según su perspectiva. Si el Dr. Herdocia se desvinculó del sistema por la última razón, eso no forma parte de la discusión. Lo más adecuado en esta dirección sería valorar el contenido del informe citado, realizado cuando formaba parte del engranaje del sistema.

    La crítica rigurosa de las fuentes, un requisito indispensable en toda investigación, nos obliga a ser cuidadosos. Razón por la cual habría que tener la debida cautela con un informe coincidente con las versiones oficiales, que tenían la finalidad de desnaturalizar la acción y a su principal, al ejecutor: Rigoberto.

    Con esto quiero dejar finalizada esta polémica, en la que hay que denotar el lado positivo, en tanto nos permite la oportunidad de aclarar los hechos respetando la propia perspectiva de aquellos con quienes discrepamos.

* Escritor e historiador. Unidad de Servicios Bibliotecarios y Proyección Social, BCN.

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