martes, 29 de agosto de 2017

MATAGALPA TUVO UN TREN Por Alberto Vogl. En: La Prensa, 1963.


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Del Editor del Blogspot:

     A don Albertto Vogl Baldizón lo recuerdo de la época en que habitó en las Sierritas de Santo Domingo, en una casa localizada en la vecindad de la Iglesia. Transcurrían los primeros años posteriores al derrocamiento de la dictadura somocista, entre 1983-84. En aquel domicilio ubicado detrás de la iglesia, rodeado de enormes árboles de chilamate, don Alberto  vivió en compañía de la familia Santos-Vogl. Fue suegro de Samuel Santos López, quien desempeñaba el cargo de Alcalde de Managua.  En tres o cuatro ocasiones tuve el agrado de conversar con "Papa Beto", a quien siempre llevé el saludo cordial de mi padre. Recuerdo la animada conversación sobre el ferrocarril de Matagalpa. 

     Una hija de don Alberto ha publicado en Internet diversos artículos de su padre; la reseña biográfica dice que fue hijo de inmigrantes alemanes, nació en Matagalpa el 12 de noviembre de 1899; su padre, Albert Vogl Schaedel­bauer, se casó con la nicaragüense Rosenda Baldizón, originando una numerosa familia. Papa Beto, nombre cariñoso que le fue puesto nadie sabe cuándo ni por quién, estudió en Alemania desde 1912 hasta 1921, después de pasar su infancia en la Comunidad Indígena de Yúcul, en Matagalpa, en las alturas del monte Coscuelo, en donde su padre se afincara sembrando café."

     En esas páginas está incluido un somero párrafo sobre el Ferrocarril de Matagalpa, a saber: "Cuando los comerciantes y finqueros de Matagalpa concibieron la idea del tren sin rieles entre León y Matagalpa, Mayr y Boesche fueron de los principales promotores. Mandaron a Otto Kühl a armar el armatoste a León y llevarlo en triunfo a Matagalpa. Papa Otto, como se le conoció cariñosamente en los últimos años, tuvo el honor de timonear el primer artefacto motorizado a Matagalpa. Eso hace un poquito más de setenta años, en 1907."

     Esos interesantes episodios de la historia ferrocarrilera matagalpina, han sido relatados con muchos detalles por el ingeniero Eddy Kühl, sin embargo, en la Internet no pude localizar el artículo de don Alberto Vogl Baldizón, por tal motivo hemos decidido publicarlo en este Blogspot; agregamos del mismo autor: “Un viaje imborrable”, “El primer cine (Matagalpa)”; “Alemanes Marciales”; “El primer muerto” y, “La higiene de ayer”.


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MATAGALPA TUVO UN TREN

Por Alberto Vogl. En: La Prensa, 1963.

¿Cómo era, papá? ¿Cómo fue? Ahora nos toca a nosotros contestar a las preguntas de nuestros hijos y nietos, como nosotros preguntábamos hace más de medio siglo a nuestros mayores. Pues, también ya nosotros en aquel tiempo disfrutábamos de enormes comodidades y no concebíamos cómo la gente pudo haber vivido sin ellas. Y a cada rato compartíamos el asombro y la admiración de nuestros padres ante los increíbles impactos de la civilización.

         Entre los primeros recuerdos imborrables de mi niñez en Matagalpa, figura el famoso tren que llegó a Matagalpa en los primeros años del siglo. Fue un día de fiesta para toda Matagalpa. Nuestros padres dispusieron el traslado desde nuestra finca La Bavaria para el magno acontecimiento. Mi mamá con días de anticipación, revisó nuestras galas –en aquellos tiempos ninguna madre hubiera exhibido a un hijo suyo, por muy mocoso que fuera, sin los atuendos de su clase. Medias negras de bordoncillo corto, saco de traslape, camisa de mangas largas y cuello con corbata, además de un gorro de visera  o un sombrerito de fieltro o de paja duro. Mi mamá tenía gran cuidado de encargar al venerable maestro Tomás Medrano, que hiciera mis vestidos con bastante traslape para compensar con el crecimiento; pero cuando cada medida en el marco de la puerta que servía de registro de nuestro desarrollo enseñaba unos dedos más de altura, mi mamá no podía evitar que a la sonrisa de satisfacción se uniera un suspiro de resignación: ya no voy a poder aumentar el saquito café o el pantaloncito gris.

UN VIAJE IMBORRABLE

         En aquella memorable fecha, muy temprano aún, se ensillaron las bestias que habían sido agarradas desde la tarde anterior. Las alforjas ya habían sido aliñadas desde la noche. El equipo de montar siempre estaba listo. Nosotros chicos finqueros aprendimos a montar antes de poder caminar. Después de tomar café, montamos todos: mi mamá con su inmensa falda de montar en su caballo tordo sobre una montura de dos picos. Mi hermana Meta en igual atuendo con el sombrero amarrado con una tira de tul o de seda. A mi pobre caballito El Payaso, le pusieron alforja más grande, llevando las otras alforjas, en sus respectivas monturas, mi hermana, mi papá y el criado. Cada cual llevaba el capote amarrado al pico de la montura.

         Poco a poco avanzaba la caravana a través de los fangales en la montaña. Mi papá adelante, seguido de mi hermana, después mi mamá, el criado y yo a la zaga. Allí me sentía importante, guardando la retaguardia. Cuando mi hermana Elsa aumentó nuestro número, montaba una burrita que dócilmente  seguía a la mula negra de mi papá. Así resbalaban, tropezaban las bestias en los “huacales” llenos aún de lodo espeso. Mi papá buscaba los deshechos que casi siempre estaban  lo mismo de malos que el camino. Antes de llegar a San Ramón, la vista del caserío de la Mina Leonesa y el trepidar de sus molinos, señalaban  ya el mundo extraño de la civilización. En San Ramón se hacía un corto descanso, se revisaban las monturas y pronto urgía mi papá a seguir. Faltaban aún las peores partes del camino. El Mal Paso, La Garita, los Cerros Partidos, los Congos. Desde los Congos se divisaban las torres de la Catedral. Y si era de noche, se miraban las luces del pueblo. Matagalpa entonces iluminaba sus calles con unos quinqués metidos en unos faroles sobre unos postes colocados en las esquinas. Al oscurecer pasaba el encargado, con una escalerita, encendiendo las luces, y nosotros chicos, hacíamos nuestras tertulias al pie de los faros.

         Voluntariamente las bestias aligeraban el paso para entrar en tropel a la ciudad. Se saludaba a los amigos al pasar, y pronto estábamos en el patio de nuestra casa. Se apearon todos, mi mamá se aseguraba ante todo que la tubular y el quinqué estuvieran listos; se metían las alforjas, las bestias se desensillaban teniendo cuidado de dejarles los peleros sobre los lomos sudados. Yo tenía que ir donde mi tío Chicho a traer zacate, mientras el criado iba con el cántaro a la quebrada a traer agua para lavarnos y preparar la cena. A poco llegaban a saludar, la abuelita, mamaíta Meta, la tía Meta Kühl, la tía Tona, la mama Pancha, la tía Lala y los primos y los amigos de mi papá. Se hablaba del tren; ya estaba en el Chagüitillo, se decía.

         Al día siguiente, todo Matagalpa se había reunido  en la Estación frente a Los Mangos de mi tío Chicho, donde ahora está la planta de Mr. Willey. Todos lucían los trajes domingueros, las señoras con la elegante sombrilla, grandísimos sombreros, faldas larguísimas, talle estrecho; los señores enarbolando el bastón, con el cuello alto y duro oprimiéndoles la quijada, saco y chaleco, y las manchetas de la camisa correctamente salidas una dos pulgadas de las mangas. En medio de una enorme agrupación de montados, avanzaba el tren, volando penachos de humo y el vapor salía a golpes a través de la humareda. El pito sonaba estridente y  alegre. La gente gritaba y gesticulaba ¡qué día más grande! La chiquillada era atajada por las mamás: cuidado “No se acerquen! Yo me pude colar, pegado a mi papá, quien estaba en el círculo de los empresarios, dueños del tren. Cada cual con una botella de cerveza en la mano y en cuanto se detuvo el monstruo de acero, cuyas ruedas doblaban mi altura de chico, se le pasó una botella al conductor. Mi sorpresa y admiración no tuvo límites cuando reconocí a través del hollín y aceite sucio que le cubría la cara, a tío Otto, con sus grandes mostachos y sus ojos azules que brillaban contentos y orgullosos, saludando con la botella.

         Las desdichas de esta formidable empresa pasaron al olvido. Sucumbió ante la desigualdad de la lucha. La falta de agua y la falta de camino. Una rueca e mulas procuraba mantener la caldera de vapor abastecida de agua, trotando tras el tren, llevando cántaros de agua, cogidos en el Río Viejo, en el Río de El Jícaro, en pozos, en charcos.

         Los troncos en el abra habían sido cortados a tajo de tierra, pero quedaron expuestos con el paso del pesado equipo que sufría incontables quebraduras. Al fin, todo quedó abandonado en la estación de Matagalpa, y hasta el nombre se olvidó.

EL PRIMER CINE

         Otro revuelo causó en Matagalpa, la llegada del primer cine. Figuraba entre las atracciones de un circo. Con bombos y chimbos fue anunciado el espectáculo. Toda la sociedad de Matagalpa se apresuró a comprar entradas y mandar los asientos al mercado de Bustamante, donde iba a tener lugar la función. Grandes mecedoras vienesas, poltronas –que fueron devueltas—, pues sólo se admitían sillas, taburetes  y patas de gallina. La única película que se exhibió fue la Pasión de Cristo. Todos los asistentes se persignaban cuando a través de las muchas rayas y  manchas en la pantalla lograban descubrir los pasajes sagrados. Para nosotros los chicos, los payasos y  los maromeros eran más interesantes. Nosotros, mis hermanas y  yo llegábamos muy poco a Matagalpa, vivíamos en nuestra finca La Bavaria. Por eso, cada vez que veníamos al pueblo absorbíamos sedientos, todo lo nuevo que había sucedido. Cuando don Chico Somarriba construyó su lujosa casa con ladrillos de cemento mosaico en la sala, nosotros chicos nos disputábamos los pedacitos de ladrillos desechados por los albañiles traídos por exprofeso de León, con los ladrillos. En otra ocasión, alguien trajo una bicicleta que no podía manejar. Don Federico Ubersezig causó sensación al montarse airosamente sobre ella  y rodar seguro entre las piedras de la calle principal.

ALEMANES MARCIALES

         Cuando llegó el General Zelaya con la Banda de los Supremos Poderes, no podíamos saciarnos de oír la música marcial que fue derrochada con profusión en retretas, bailes, serenatas y una misa. Una noche, la Colonia Alemana, ofreció una tenida en el Club Alemán, que quedaba junto a nuestra casa. Se oían los cantos y los hurras, y de pronto unos gritos estridentes de mando, en el patio. Nos asomamos curiosos, a través del cerco y qué espectáculo: Todos los alemanes, armados de bastones, palos, escobas, estaban formados en el patio, el capitán Carlos Ubersezig, haciendo de Comandante y mi papá también, antiguo oficial del ejército alemán fungiendo de caporal. “¡Rifle al hombro!” ¡Presenten… armas! Carro de fuego a la derecha…” Con matemática exactitud eran ejecutadas las órdenes. Poco después el Capitán Ubersezig fundaba la Escuela de Cadetes en Managua  y estos cadetes contribuyeron principalmente a ganar la Batalla de Namasigüe.

EL PRIMER MUERTO

         Cuando murió mi tía Ángela Tenorio, fue el primer muerto que vi en mi vida. La casa de mi tía tenía tres niveles: la sala a la calle, un corredor al que se subía por unas gradas y más arriba sobre el cerro, la cocina. El cuerpo se velaba en el corredor. Unas señoras embozadas en negros mantos estaban sentadas, alrededor, llorando: Aay , qué buena era… Aay, que todos los días rezaba el rosario…. Aay, qué roscas más sabrosas que hacía… Aay, que todos los domingos iba a misa… Aay…tan chiquitos que quedan los niños… Aay… Hasta que alguien las llamó a tomar café a la sala. Saborearon el cafecito con rosquetes, platicaron sonrientes. Rato después una de ellas propuso: vamos a llorar otro ratito y  se instalaron alrededor de la muerta en el otro corredor,  se acomodaron y empezaron otra vez la letanía: Aay… Aay… Aay… que…  Años después pregunté a mi mamá si eran lloronas y ella aseguro que no, que eran simples amigas que querían tributar su último homenaje a mi tía Ángela.

         Muchas cosas me contaba mi mamá Tona. De los apuros que pasó don Ignacio Granados. Este era un indio ricachón que se codeaba con todos los señorotes del pueblo: don Benito Morales, Luis Sierra, Luis Vega, Secundino Matus, Matías Baldizón. Vestía una camisa que llevaba fuera del pantalón, además chaleco y saco. Hablaba entusiasta de su hijo Benitillo y despectivamente de su mujer, de quien se refería como ese “tamal invuelto” porque aún usaba la manta india enrollada. A todos los amigos ofrecía la mano de su Benitillo para sus hijas, y mi abuelo, papá Matías bromeaba con sus hijas diciéndoles que tal vez le convenía el yerno.

         Al fin, mis tías respiraron tranquilas cuando papá Matías les contó riéndose: Dice Ignacio Granados que Benitillo se casó con una española pura. Al preguntar a don Ignacio como lo sabía, contestó muy  orgulloso pues si se ve, pues si hasta caga en basinica…

LA HIGIÉNE DE AYER

         Este cuento nos revela las condiciones que regían en Matagalpa hace un siglo. Por fortuna Matagalpa contaba con los chuisles que eran un drenaje natural. Un matorral o unas matas de piñuela en la orilla del chuisle servían de suficiente para peto. Los señores usaban los útiles trastecitos que para don Ignacio significaban la diferencia entre español e indio. Cuando mi papá radicó en Matagalpa, aplicó la costumbre de los aldeanos de Hungría, donde él había pasado su juventud, mientras mi abuelo construía el ferrocarril de Budapest a Belgrado. Mandó a hacer una casetilla con el consabido asiento adentro y la colocó sobre cuatro ruedas, para poder halarla y colocarla sobre un hoyo y asunto resuelto. Al cabo de un tiempo se empujaba el artefacto sobre otro hoy o y se tapaba el primero. La útil casita ostentaba en la puerta en vez de ventanilla, dos huecos en forma de corazón, costumbre traída también de la Algovia.

         El baño sabatino estaba arreglado por costumbres inviolables. Las señoras iban a bañarse al río, en pozas situadas frente a la Iglesia y más río arriba los hombres en las pozas río abajo. Aún recuerdo las procesiones familiares que volvían del río, las señoras modocitas, con el pelo suelto tendido sobre una toalla en la espalda, llevando la panita con el jabón del país para el paleo, el jabón de olor, el pastecito, el peine fino, tan importante, el peine grande y el camisón mojado que sirvió de vestido de baño, exprimido en un rollo. En el invierno, el problema del baño se simplificaba, pues se usaba el chorro que caía de la lima del techo. Las cocineras se contrataban con el agua, es decir, que ellas tenían que jalar también el agua desde el rio o la quebrada para el gasto casero. Más tarde se generalizaron los burritos haladores de agua.

         En el recuerdo de todos los matagalpinos mayorcitos viven aún aquellos tipos originales que vinieron con la inmigración de los años 80. Gente que traslada a un ambiente extraño, nunca se pudo incorporar a la usanza nuestra y más bien influyeron fuertemente en nuestras costumbres. Algunos de ellos sobresalían por su originalidad. Don Nicolas Delaney con su cuartito museo de cosas al parecer inútiles; don Juan Kiene que hablaba tantos idiomas y se perdía en el nimbo de su fantasía; don Alberto Kraudi, con su barbita de cabro y sus múltiples proyectos descalabrados; Rudi Ubetrsezig, el eterno buscador de oro; Enrique Nicol, quien montó a caballo; don Charles Potter, el auténtico gentleman inglés, quien aún en viajes a caballo, se ponían su smoking para cenar, bajo los árboles de Chagüitillo; don Charles Haslam, con su larga barba flotando al aire y que escondía su bondad tras gruñidos que no engañaban a nadie; el místico Conde de Choisel Praslin, cuya vida dio origen a la mejor película del siglo; don Jorge Schmidt, el uraño amigo de los animales… Fueron cientos los extranjeros que vinieron a imprimir el sello inconfundible del pueblo de Matagalpa, donde abundan los nombres germánicos.

         A la raza vasca de los Zeledón, a la andaluza o gallega de los Somarriba, de los Baldizón, de los Molina, se unieron americanos, alemanes...

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lunes, 28 de agosto de 2017

DESASTRES NATURALES EN LA CIUDAD DE MANAGUA Y UN PLAN ACTUAL DE DESARROLLO URBANO


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Ruinas de la ciudad de Managua
 Terremoto / 31 de Marzo de 1931


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Del Editor-Redactor del Blogspot

Llegó el momento de juntar otro tema de actualidad con el cordón umbilical de la historia. El asunto del cual nos ocupamos es propio  del modo de vida citadino marcado con profundidad por el imparable desorden urbanístico que ha sido advertido e inadvertido en los diversos Gobiernos Municipales. Bajo el consentimiento de los pobladores de Managua, la ciudad siempre ha permanecido en perpetua e inveterada contradicción con el progreso; los estamentos sociales están atrapados en el desorden acumulado durante siglos.

Nunca han resplandecido las mínimas sugerencias de la transformación urbanística; siempre ha sido un soliloquio político en el sopor complaciente de la trillada “proyección hacia el futuro”. En el presente, transformar Managua no es un problema parcial, es total, incluye los conductos de aguas servidas, pluviales, cauces, calles adyacentes y pistas principales, áreas peatonales, etcétera;  no obstante, ahora existe un Plan, y según informaron, Managua será  transformada con la ayuda del  Plan Maestro de Desarrollo Urbano elaborado con la asistencia generosa de la Cooperación Japonesa.

De siempre hemos sabido que a un incompetente la ignorancia suele servirle de disculpa; pero la historia del desorden pertenece a una sociedad acostumbrada a mantener perpetuas contradicciones, olvidándose que las ejecutorias deben basarse en políticas públicas con estafetas de relevo. Managua tiene un ejemplo clásico: el Mercado Oriental y sus gentes, lo demás es y ha sido asunto de émulos, en donde la víctima expiatoria ha sido Managua, al punto de lograr un máximo peldaño: convertir a la capital en la “novia del Xolocaca”, y la tapa de ese pomo es la “Planta de Tratamiento de Aguas” sin capacidad para procesar las excretas del aumento exponencial de músculos anulares capitalinos.

Quizás todo esto no hubiese ocurrido si en remotas fechas la ciudad capital hubiese sido trasladada o refundada en otro lugar, o tal vez, sí en circunstancias de aquel Mercado Común Centroamericano y de la Alianza Para el Progreso, la “Carretera Norte” no hubiera alojado abundante industria cuyos desechos, residuos y desperdicios fueron vertidos en el Lago Xolotlán.

A propósito de este Plan Maestro de 2017, no podemos olvidar otra oportuna cooperación de la Agencia de Cooperación Internacional de Japón, JICA, en donde está indicado a través de serio estudio geológico, el peligro eminente de un Deslizamiento desde la Cuenca Sur de la capital. Sobre esa asechanza hay constantes advertencias, y algunos traen a la memoria la noticia del Aluvión de Managua acontecido el 4 de octubre de 1876.

El nombrado Plan Maestro de Desarrollo Urbano tiene raíces en la desparramada infraestructura de Managua ocasionada por tres factores, dos grandes desastres naturales: los terremotos de 1931 y  1972, y una guerra de donde provino el imparable crecimiento de asentamientos. Junto a esas calamidades, marca paso la eterna pobreza del pueblo; y por demás, cada circunstancia lleva aparejados los cargos públicos conferidos que prostituyen e infaman.

        Para seguir horadando en el asunto, anexamos un testimonio fotográfico que eslabona el pasado con el presente. Con ese auxilio,  muchos conciudadanos de Managua que, por el paso del tiempo ya perdieron bastante o toda la la melanina del cabello, podrán refrendar  los recuerdos del caso. Un "cuento" de la cacareada planificación urbanística, es decir, asociar los motivos y circunstancias del remedo de ciudad carente de planificación y frontera urbana. Poco después de 1977 o quizás luego del 19 de Julio del 79, la ciudadanía de Managua esperaba disponer de la primera vía  de automóviles de tres carriles en dos rumbos, que fue bautizada "Pista Larreynaga". Pero, dónde quedó esa historia? Sí hubo "pista" de dos carriles, y no de tres en dos rumbos. Seguro que el cargo público prostituyó la obra de ingeniería horizontal. Entonces, ubiquemos el sitio actual en donde la "planificación urbana" de 1977 proyectó tres carriles, es decir, seis, con longitud de dos kilómetros y medio, consiste en la pista adoquinada que en la actualidad permite llegar al inexistente Mercado Mayorista de Managua.  Esta es la fotografía de aquel "trascendental" momento de las quimeras nicaragüenses. (1).-  


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PISTA LARREYNAGA.— El Ministro del Distrito Nacional, doctor Luis Valle Olivares suscribió con el Consorcio Berger-González Oporta, el contrato de diseño de la pista Larreynaga, que tendrá una longitud de dos kilómetros y medio, desde la pista Buenos Aires hasta los predios en donde se construirá el Mercado Mayorista de Managua. La pista Larreynaga tendrá seis bandas para la circulación de vehículos, tres en cada dirección ─ así como un boulevard, sistema de iluminación, intersecciones para futuros desarrollos viales, etc.  En el acto de la firma del contrato estuvo presente el Director de AID en Nicaragua, señor Arthur Mudge, quien le manifestó al Ministro Valle Olivares que para la Agencia Internacional que él representa, es muy grato colaborar con el Distrito Nacional y que espera continuar haciéndolo. En la fotografía vemos firmando el contrato al doctor Valle Olivares y al Ingeniero Humberto González, en presencia del señor Mudge; el señor James Habron, Sub-Jefe del Departamento de Ingeniería de AID; el Ingeniero Roberto Duarte, Director de Obras Públicas del D.N. y  el Ingeniero Róger Araica. 


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Prosigamos, dos hechos históricos hemos decidido concatenar: el Aluvión de 1876 y el Terremoto del 31 de Marzo de 1931. A la suerte desfavorable, la contaminación y el desastre penden sobre Managua. En 1931, después del terremoto el Gobierno dispuso crear el primer “asentamiento progresivo”, al que decidieron darle el nombre de “Barrio Bolívar”, a tal efecto, en Mayo de 1931 el Gobierno promulgó el Decreto de expropiación en contra de ocho dueños de los terrenos, estos fueron: don Manuel J. Riguero, el doctor Fernando Saballos, don Aníbal Gómez, don Mauricio Marragou, don Encarnación Peters, señoras Rosario, Inocente Mendoza, Rasaura v. de Fonseca y Angélica Pineda de Chirips.

El Senado y la Cámara de Diputados autorizaron al Gobierno, pero no hubo Barrio Bolívar, en el Decreto promulgado en La Gaceta, Diario Oficial, número 149, del sábado 18 de julio de 1931, el sitio fue denominado “Thomas G. Bruce”, en homenaje de José María Moncada al militar norteamericano destacado en Nicaragua que murió al enfrentarse con el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua jefeado por el General Augusto C. Sandino. El área expropiada el 6 de Julio del 31 fue conocida como “Campo Bruce”, con extensión de 32 manzanas. A cada beneficiario le otorgaron un lote de 30 metros.

Resulta interesante e ilustrativo un artículo, elaborado por un contradictor del proyectado barrio Bolívar, el cual reproducimos íntegro. El otro artículo asociado al tema del presente, lo escribió el esclarecido periodista de antaño, don Anselmo H. Rivas; agrega datos sobre El Aluvión de 1867 y fue traído a la memoria en La Prensa, del 13 de mayo de 1931, semanas después del trágico terremoto.

Con solo recorrer Managua, cualquiera puede concluir que el remedo de ciudad es la reunión de muchos y antiguos contrapesos al progreso; la cosa será distinta cuando por fin estrechemos la inteligencia y desaparezcan tantas personas ufanas de poseer grandes seseras, cuando en ellos todo es inicuo y prima la inobservancia de las reglas básicas. Aquí les dejamos, primero, una reseña sobre el intento de “trasladar la capital”, luego, el primer barrio “progresivo” surgido en 1931, y a continuación, el artículo poco divulgado de don Anselmo H. Rivas sobre el Aluvión de 1867.

1 . - Nota: Fotografía publicada en el diario Novedades, Segunda Época. Lunes 19 de Diciembre de 1977; No. 1754. Pág. 1. 

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RECORDANDO LA CATÁSTROFE QUE DESTRUYÓ GRAN PARTE DE MANAGUA EN 1876

Por Anselmo H. Rivas. En: La Prensa, 13 de Mayo de 1931

No es la primera vez que Managua sufre una calamidad pública

         Sólo los viejos recordarán que el 4 de octubre de 1876 Managua sufrió una gran calamidad que, aunque menor en todo sentido a la que ahora le abate, si se tiene en cuenta el tiempo, el progreso de la época, y la diferencia de riqueza y prosperidad que marcan cincuenta y cuatros años de diferencia, es de suponer que nuestros abuelos no fueron menos afectados en aquel año fatal que lo hemos sido nosotros en el presente.

         Familias numerosas perdieron a sus deudos, quedaron sin moradas, y se vieron sumidas en un solo día en la más desconsoladora de las miserias. Aunque aquel flagelo fue una inundación de las aguas corrientes que se desbordaron  de las Sierras sobre la capital, y el actual desastre fue debido al tremendo terremoto y al incendio, es necesario leer las crónicas de la época para apreciar la gran semejanza que tiene ambas catástrofes, y cómo el espíritu estoico de los managuas no se ha perdido a través de medio siglo.

         Por creerlo de interés y actualidad, reproduciremos la crónica que se publicó entonces en La Gaceta correspondiente al sábado 14 de octubre de 1876, diez días después de acontecida la catástrofe. Esta crónica es obra de la selecta pluma de don Anselmo H. Rivas.

Managua quedó desolada como ahora

         Una de aquellas tremendas catástrofes –dice la crónica— con que de tiempo en tiempo se enlutan las páginas de la historia de los pueblos, acaba de verificarse en esta capital.

         Nuestra mente se confunde en un abismo de profundo dolor al recordar el para siempre aciago 4 de octubre de 1876.

         En ese día perecieron miserablemente varios de nuestros conciudadanos, y una gran parte de Managua ha quedado reducida a un páramo en donde la vista contristada, sólo contempla escombros y desolación,  y ha desaparecido entre el fango y las ruinas el fruto de muchos años de trabajo de esta laboriosa población en que toda la República fundaba esperanzas de un halagüeño porvenir.

         Los anuncios de la tempestad

         Hacía ya unos días que el viento del Sudoeste venía cubriendo la atmósfera de nubes cenicientas, anunciando la proximación, de lo que aquí se llama temporal o vendaval.

         El 3, sin embargo, el cielo amaneció sereno y nada hacía prever el movimiento terrible que se estaba preparando en el seno de los elementos.

         El horizonte fue oscureciéndose poco a poco, y a eso de las 4 de la tarde comenzó a soplar un viento impetuoso del lado del sur, contrastando al mismo tiempo por el del Este y del Norte, pareciendo que todos los vientos se habían desencadenado al mismo tiempo.

         Empieza el diluvio

         El huracán rugía más y más a cada instante, cayendo verdaderos torrentes de agua, especialmente, según se nos ha referido, por el lado de las sierras.

         Las calles de la ciudad parecían  ya ríos caudalosos; pero como en Managua esto sucede siempre que hay mucha abundancia de lluvia, por causa de las corrientes que bajan de las montañas que la rodean al sur, nadie paraba su atención en ello ni pensaba en la catástrofe que nos amenazaba.

         La inundación entra por sorpresa

         Entre las 9 y las 10 de la mañana del 4 y  mientras la generalidad de habitantes almorzaba tranquilamente, se oyen gritos de alarma y de terror en varios puntos de la ciudad.

         Una corriente furibunda, negra y fangosa se había esparcido en varias de las calles principales hasta la elevación de dos, tres y cuatro varas, haciendo un ruido terrible y arrastrando en sus vórtices espantosos, inmensos troncos de árboles y piedras de gran tamaño.

         En la misma plaza de la Parroquia y de San Miguel, el agua subió hasta una vara de altura.  Inmediatamente las casas adyacentes fueron inundadas sin que sus habitantes pudiesen poner a salvo sus muebles y demás enseres y ni aun siquiera el numerario, quedándoles apenas el tiempo suficiente para librar sus vidas, muchos teniendo el agua más arriba del pecho.

         La situación era terrible. Mujeres con sus chiquillos en los brazos y con líos en la cabeza iban corriendo despavoridos en busca de un asilo. Pequeñuelos llamaban a gritos a sus madres. Estas buscaban a sus hijos; ayes, quejidos, súplicas elevadas al cielo, ancianos que pedían socorro, hombres arrojados que, dando gritos, se precipitaban en la corriente para salvar algún infeliz, arrancándolo a las garras de la muerte, y por encima de esos mil ruidos confusos y apagando todos lo demás, se oía el de las furibundas avenidas que como negras serpientes bajaban de las montañas, rebotaban y se retorcían ahullando (sic) y destruyendo cuanto encontraban a su paso.

         La tempestad duró siete horas y dañó un extenso radio

         Siete horas duró la tempestad, que fue menguándose lentamente hasta apaciguarse por completo, a eso de las 8 de la noche.

         Su mayor fuerza fue a las dos de la tarde cuando las oleadas de la corriente pasaban por encima de los tejados de algunas de las casas más bajas de la Calle Honda.

         Las calles invadidas fueron nueve: la del Coyol, la de las Carrión, la Calle Honda, la de San Antonio, la de la Moreira, la del Palacio, la de la Parroquia, la del Mesón, la de Candelaria, además de las tres plazas de San Sebastián, de San Miguel y de la Parroquia, penetrando las aguas y el fango hasta unas tres cuadras de la calle Nacional, pero sin causar en ella mucho daño.

         Las pérdidas de vidas fueron pocas

         En cuanto a las pérdidas de vidas tenemos la pena de anunciar que el número de ahogados en la ciudad y en las Sierras que en El Boletín hacíamos ascender a 15 se ha casi duplicado, y se esperan datos seguros que ha mandado recoger el señor ministro de la guerra licenciado don Isidro López.

         También en aquella ocasión se desató el pillaje

         Después de enumerar la crónica de los nombres de los ciudadanos que prestaron valiente  y desinteresados servicios en el salvamento de sus conciudadanos agrega:

         Desgraciadamente, tiene también (el pueblo de Managua) algunos que, aprovechándose del pavor de los habitantes y de que los intereses se hallaban abandonados, se entregaron al robo, al pillaje y a la embriaguez.

         Varios que han sido cogidos infraganti recibieron ya el condigno castigo.

         No faltaron críticas al gobierno pero este cumplió con su deber

         Se ha dicho por algunos que las autoridades anduvieron remisas en el cumplimiento de su deber en los momentos del terrible azote.

         Esos tales, entre los cuales hay algunos que han perdido todo cuanto tenían, ceden probablemente a esa necesidad que siente el hombre en las desgracias de atribuir a alguien la culpa de ellas; y en tal concepto nada más natural que hace blanco de sus acusaciones a las autoridades.

         Pero quien haya recorrido las calles en los momentos más peligrosos de la inundación, podrá haber visto a los Agentes de la Policía con la escasa fuerza del resguardo, prestar cuantos servicios estaban a su alcance, lo mismo que los oficiales de la Guardia de Honor con su tropa, que pasaron todo el resto del día sin comer, ocupándose en salvar personas e intereses.

         Los Ministros dictan las primeras providencias

         Por la noche los señores Ministros de la Guerra Ldo. don Isidoro López y de Hacienda don Emilio Benard, los únicos presentes en la ciudad, dictaron las providencias que les fue posible tomar y que en aquellos momentos no podían ser otros que facilitar asilo a algunos que habían quedado sin hogar y poner piquetes de tropas en los puntos que se consideraban más expuestos a l codicia de los ladrones.

         El Palacio Nacional lugar de asilo

         El Palacio Nacional se llenó de vecinos que se asilaron en él, prestándoles la esposa del señor Presidente Chamorro y demás familia, con la mayor voluntad, cuantos auxilios estaban a su alcance.

         El Gobierno toma nuevas providencias

         Al día siguiente los señores Ministros reunieron a varios vecinos respetables, resultando el nombramiento de una Junta de Socorros ara los menesterosos poniendo desde luego a su disposición tres mil pesos fuertes y todas las mudadas de munición que estaban almacenadas. Otra Junta fue encargada de los trabajos de desagüe en las afueras de la ciudad, para ver si era posible prevenirse contra una repetición de la inundación que todos temían.

         Se aumentó la Policía, nombrando para la misma un Inspector General, que lo fue el general don Miguel Vélez y un Agente que lo fue el Ldo. don Francisco Bermúdez, y otros Agentes secundarios como consta de la Orden General que se inserta en este mismo número.
         Se decretaron penas para los ladrones y detentadores de objetos pertenecientes a las víctimas de la inundación.

         Estas Juntas y esos funcionarios comenzaron a obrar inmediatamente con mucha energía, habiéndose iniciado desde luego varios trabajos con buen resultado y habiéndose socorrido ya a centenares indigentes.

         Tampoco el señor Prefecto y el señor Gobernador Militar del Departamento quedaron de menos, y el día 5 se les veía en varios puntos procurando la salvación de propiedades  y facilitando los trabajos de desagüe.

         En las Sierras el desastre fue muy grande

         En las Sierras también hubo grandes desgracias y ruinas, pero no tanto en el día como en la noche anterior.

         Desaparecieron casas enteras arrastradas por la corriente mientras sus habitantes estaban dormidos, como sucedió con el apreciable señor don Ramón Murillo, ahogado con otros cuatro entre hombre, mujeres  y niños.

         Haciendas enteras de café fueron arrasadas, los mismos que campos de maíz y vastos potreros, quedando cubiertos de arenas y guijarros y arrancando los cafetos o quedando sepultados bajo el desplomamiento de grandes elevaciones de terreno precipitadas por las corrientes.

         El Ministro de la Guerra ha nombrado una comisión para que se traslade a los puntos de donde se asegura que partieron las avenidas, y que, si es posible, averigüe las causas naturales de tan espantoso fenómeno sobre las cuales hay hasta ahora gran diferencia de opiniones.

         En aquella fecha se consideraba la inundación como la más terrible desgracia que había afligido a Managua

         Terminamos el cuadro, lúgubre de esta que ha sido la más terrible desgracia que ha afligido a Managua desde su fundación (pues aunque la tradición refiere que hubo otra catástrofe semejante a principios del siglo pasado, es cierto que esta ha sobrepujado con mucho a la anterior), asegurando que ha sido un golpe fatal del cual sólo la proverbial laboriosidad y energía de sus hijos podrá levantarla, y excitando la caridad delos demás pueblos de la República, para que acudan en auxilio de tantos centenares de desvalidos a quienes falta lo más necesario a la vida, no siendo suficiente a tanta urgencia el Tesoro Nacional sobrecargado en el día con tanto gasto extraordinario.

         Los pueblos que primero acudieron con socorros

         Es un deber muy grato para nosotros el consignar aquí que las autoridades y vecinos de Masaya, al tener noticias de la espantosa catástrofe, enviaron auxilio de gente, víveres, ropa, calzado, etc., y que igual cosa ha hecho el vecindario de Granada, donde además se ha organizado una Junta de Socorro. De los pueblos circunvecinos, Nagarote, San Marcos, Diriá, San Juan, Catarina, Niquinohomo y Masatepe vienen constantemente con auxilio de víveres.

         El Presidente de la República estaba en Chinandega

         Habiéndose interrumpido la línea telegráfica a causa de la tempestad y de las avenidas, la noticia de la desgracia de Managua no llegó a conocimiento del Gobierno que se hallaba en León sino hasta el seis en la tarde. Inmediatamente el telégrafo llevó la funesta nueva el General en Jefe que estaba en Chinandega y a las autoridades y vecinos de Corinto. En el acto el Gobierno y el Mando en Jefe dispuso su traslación hacia Managua para dar más actividad y energía a las providencias encaminadas a la salvación del vecindario, y el miércoles (11 de octubre) a las dos de la tarde hicieron su ingreso en este campo de desolación, donde lo afligidos habitantes los aguardaban con la mayor ansiedad.

         Explicación histórica necesaria

         La crónica nos habla del Gobierno en León y del General en Jefe en Chinandega Para explicar esto recordemos lo que estaba pasando en la misma época que el tremendo flajelo (sic) caía sobre la Capital.

         Era Presidente de la República don Pedro Joaquín Chamorro; pero como por el lado de Costa Rica el Presidente Guardia de aquella República amenazaba con invadir a Nicaragua; y por el lado de Honduras el General Máximo Jerez con un ejército  que tenía por nombre La Falange Nicaragüense, amenazaba también desatar la guerra por aquella frontera, el Gobierno había puesto al país en pie de guerra, levantando dos ejércitos. Como era costumbre de los hombres de la época, el propio Presidente se puso a la cabeza de los ejércitos, habiendo antes depositado el poder que ejercía en don Pedro Balladares que, para estar más ceca de los acontecimientos del teatro de la guerra, fijó la residencia de su Gobierno en León. El ejército que se acantonó en Rivas tenía por Jefe al General Joaquín Zavala.

         Por tales razones el Gobierno no estaba en Managua, y por esto la crónica no habla de la actitud del Presidente en medio de la inundación; estaba al frente del ejército conjurando un peligro inminente cuando sucedió lo que nadie esperaba.

         Hasta en eso se parece aquella desgracia a la que ahora nos aflige; no le falta, como tampoco a la presente, el espectro de la guerra civil sin más frutos que el odio entre los hermanos.

         La ciudad de León se porta a la altura de las circunstancias

         El vecindario de León –continúa la crónica— se ha levantado en esta crítica circunstancia a la altura de un pueblo verdaderamente culto. La Municipalidad y varios vecinos enviaron inmediatamente auxilios de víveres que han llegado en la mejor oportunidad; y se ha colectado una suscripción considerable que será un consuelo para los menesterosos.

         Igual cosa se hace en el departamento de Chinandega y en Corinto, donde la ruina de esta capital ha producido honda impresión.

         Conclusión de la crónica

         Concluimos el presente artículo excitando a este vecindario a que se levante a la altura de su desgracia, desplegando mayor energía para reparar las pérdidas que le ha ocasionado la catástrofe, asegurándoles que Dios y las buenas gentes de los otros pueblos no dejarán de proteger sus loables esfuerzos.

         Desde luego, el terremoto del 31 de marzo y el incendio que luego se desarrolló, no admiten punto de comparación con la inundación cuya crónica acabamos de reproducir y que se conoce con el nombre de El Aluvión. Pero sí es mayor la que ahora sufrimos, también es cierto que hay ahora mayores recursos para reparar las pérdidas y reedificar la ciudad.

         Por tanto también nosotros terminaremos con las palabras de la crónica, excitando a los habitantes de Managua a ser dignos del espíritu de resignación y conformidad de que ha dado muestras no solo ahora, como hemos visto, sino en otras épocas, y por lo que ha merecido ya calurosos elogios de los extrangeros (sic) que hablan de nuestro espíritu de acero”.

         Repitamos las palabras de la crónica del Aluvión que nosotros vimos cumplidas: “Con la ayuda de Dios y las buenas gentes de los otros pueblos, volveremos a ver a Managua surgir de sus cenizas”.

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CONTRA EL BARRIO DE BOLÍVAR.  En La Prensa,  miércoles 12 de Mayo de 1931. Pág. 4. Año VI. No. 1414.

Por: Frutos Ruiz y Ruiz

         Managua, antes del terremoto, padecía del defecto de urbanización por causa d᾽extrarradiarse; sin estar edificado el casco de la población, los barrios se multiplicaban sin orden alguno y hasta la playa fue invadida de la manera más inurbana.

         Ahora, después del terremoto, Managua, el casco de Managua está por hacerse nuevo: ¿será cuerdo aumentar el radio de la población, extrarradiarse, crear un nuevo barrio, a cuatrocientos metros del casco urbanizado antes?

         Crear un nuevo barrio, urbanizar  un nuevo barrio no es obra pasajera, ni de momento; demanda cuantiosos gastos: lo de menos es la edificación; debe comenzarse, antes de trazar el plano de sus casas, por establecer el plano de abastecimiento de agua, luz y servicio de toda suerte de cloacas y esto debe realizarse antes de edificar casas.

         ¿Cuánto cuesto esto?  ¿Se ha pensado en ello? Cuarenta hectáreas de urbanización es cosa más seria  y más dilatada que lo que aparece a primera vista. Considero risible la suma de cien mil dólares aun para los rudimentos de urbanización de calles, qué menos para la construcción de un barrio, que equivaldría a crear un pueblo en las afueras de Managua.

         Si trasladar, si pensar en la traslación de la capital fue ofensa alevoz (sic) al corazón de Managua, casi es lo mismo crear un barrio fuera de la población, abandonando a su suerte adversa y desafortunada a los que sufrieron el sismo telúrico, y alzan hoy sus tiendas sobre escombros, ruinas y  cenizas; cenizas, sí, ruinas, escombros, pero sagrados; ruinas que claman por levantarse, tierra sagrada que maldice a los que la abandonan, escombros que esperan el hálito de los verdaderos patriotas.

         Edificar un nuevo barrio equivale a robar a Managua la poca sangre que le quedó, es acabar de matar a un muerto, si es que Managua pudiera morir, que no morirá.

         No hay dinero para edificar el nuevo barrio. Un barrio de tablas es una ofensa a Managua. Un barrio de casas minúsculas es para los pueblos minúsculos.

         Todo lo dicho está demás porque ningún Managua aceptará, licitará un solar de Bolívar.

         Ese barrio estaba bien en los días del terremoto si se hubiera podido hacer en cuatro días, como medida de emergencia; hoy no.

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ASECHANZAS CONTRA MANAGUA. Editorial del diario La Prensa, Managua 14 de Mayo de 1931. Pág. 2.

         A raíz del terremoto se habló mucho de trasladar la capital provisionalmente a otra ciudad de la República. Hasta se ideó la absurda idea de extender el Distrito Nacional a Masatepe para que no se dijera, mediante una burda ficción, que la capital había salido de Managua.  La opinión pública se impuso, y el Ejecutivo hubo de ceder a regañadientes.

         Parece, sin embargo, que esperaba las lluvias de mayo para insistir en el propósito de abandonar la capital con pretexto de que Managua es invivible. Se habla ya de un proyecto de ley que será presentado a las Cámaras, por el cual se autoriza al Ejecutivo a trasladarse a otra parte “provisionalmente”.

         Los nicaragüenses bien intencionados tenemos que estar y estamos  contra ese proyecto. Hemos pasado casi en silencio, por falta de periódico, el abandono en que las autoridades dejaron la ciudad capital durante los días tremendos del sismo y el incendio; no hemos insistido en que se repartan los subsidios que de diversas partes del mundo se han enviado a los damnificados, ni en que el Gobierno dé cuenta de esos fondos o manifieste que piensa hacer con ellos; pero lo que es permanecer indiferentes y silenciosos ante la amenaza de dar el golpe de gracia a Managua, eso no es posible. Defenderemos nuestra capital porque ello significa la riqueza, el orgullo y el bienestar de toda Nicaragua. Managua es el centro de su comercio, es, aun después del terremoto, la mejor ciudad de Nicaragua, y constituye sobre todo, el centro indispensable donde descansa el equilibrio político de la nación.

         Apenas se dijo que era necesario trasladar la capital a otra ciudad, los diarios de Occidente emprendieron una campaña de rivalidades  mezquinas contra lo que suponían interesados en llevársela a Oriente; y mientras Managua gemía en  el dolor, los otros pueblos se repartían la herencia de la capital, aun antes de que ésta hubiese desaparecido del todo.

         Y, digámoslo con franqueza porque apenas seremos un eco de la opinión popular, el Gobierno que nada hizo durante el conflicto, el Gobierno que no ha tenido después del terremoto un gesto salvador ni ha decretado una disposición que lleve siquiera la esperanza a los corazones entristecidos, es el que encabeza las medidas que tienden  a arrebatar a Managua su hegemonía y principado político. De allí vienen los proyectos de construir un nuevo barrio; de allí sale ahora otra vez la idea de llevarse la capital, de allí no ha salido nada, en cambio, que salve a Managua.

         No somos oriundos de Managua, como es notorio; no hemos perdido el natural amor a la tierra en que nacimos, como es natural; pero si defendemos a Managua con tanto calor, es porque creemos defender los altos intereses de la República en general, que debe estar sobre los particulares de individuos y poblaciones. Managua representa el corazón de la República y constituye su centro de gravedad política; destruyéndola aunque sea con el pretexto de volver a ella, es echar leña al fuego extinguido del funesto localismo de antaño. Solo la idea de la traslación provisional, ha dado motivo a que las viejas rivalidades asomen su cabeza de hidra.

         El gobierno debe permanecer en Managua. Solo los que creen que gobernar es ganga y no sacrificio, pueden estar pensando en buscarse lugares cómodos para huir de las consecuencias de desastre como huyeron en las horas tremendas de la catástrofe.


         Los presidentes de Guatemala, de El Salvador no huyeron a otras ciudades cuando allá sucedió igual cosa que en Managua. Permanecieron con su pueblo y pronto renacieron aquellas hermosas y prósperas capitales. Eso cumple a un Presidente de Nicaragua; permanecer en Managua es sacrificio pero es también patriotismo. 

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