miércoles, 31 de mayo de 2023

CÓMO VIVÍAN NUESTROS ABUELOS. Textos de viajeros del siglo XIX. Traducciones de Luciano Cuadra. En: La Prensa, 24 de Abril de 1960.

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“EL CIGARRITO”

    I) Allá todo el mundo fuma: viejos y jóvenes, hombres y mujeres. Y si al principio nos extrañamos de que en un “tete a tete” con una señorita ella en un momento enrolle un cigarrito de papel, lo encienda y lo chupe un par de veces para luego ofrecérnoslo, basta para que allí no más olvidemos todo resabio contra el tabaco.

    (De “Nicaragua”, por Peter F. Stout. Esq. Estuvo aquí cuando Walker. Traducción de Luciano Cuadra)

    II) Quiero agregar también la manufactura de cigarritos de papel que se diferencian de los puros en que éstos son de puro tabaco. Se fuman donde quiera y a toda hora. Apenas entra usted en una casa y corre el dueño a ofrecerle la hamaca y un cigarro. Los padres lo llevan entre los labios tan sólo un momento antes de entrar en su iglesia: es el símbolo de la amistad que se ofrece a todo nuevo amigo, las damas, para quedar bien con el forastero, le ofrecen un cigarro; visita usted al Presidente, y, aun antes de los saludos de cumplido, él escoge el cigarro de su tabaquera y os lo obsequia cortésmente; en el camino el criado enrolla cuidadosamente uno, y, haciendo fuego con su eslabón, con la mayor naturalidad del mundo os lo presente con estoico silencio; en fin, en todas partes, este pequeño emblema social está siempre de cuerpo presente, y yo en verdad creo –por la fuerza de la costumbre—que toda negociación abierta bajo tales auspicios es cosa casi llevada a término feliz.

    (De “Explorations and Adventure in Honduras”, por William V. Wells. 1854. Traducción de Luciano Cuadra).


LOS MUERTOS DE AYER

    Los fallecimientos no son registrados por las autoridades civiles, y, cosa mucho más grave, no hay ley que obligue a hacerlos comprobar por un médico. Este descuido, poco creíble en una materia tan grave, hace que, cuando se ha cometido un crimen, sobre todo un envenenamiento, no llegue al conocimiento de la justicia, sino por el rumor público.

    Las familias, bastante ricas para hacer sepultar a sus muertos en las iglesias, no los llevan a los panteones que en general están en muy mal estado. Los amigos del difunto son convidados al entierro por medio de una papeleta concebida más o menos en los términos siguientes:

    “Los restos mortales de nuestra querida… serán sepultados en la Iglesia de… hoy a las 4 de la tarde. Si Ud. Se digna asistir a este acto comprometerá la gratitud de sus atentos servidores. (siguen las firmas)”

    La ceremonia del entierro es en general muy simple, y saca todo su lustre del mayor o menor número de personas que lo acompañan. Tiene casi siempre lugar en la tarde y se reduce a un acompañamiento procesional desde la casa mortuoria hasta la iglesia, y después hasta el lugar de la sepultura. El canto de los sacerdotes alterna siempre con música religiosa.

    Los entierros de niños, especialmente en el pueblo y las clases pobres, son objeto de fiesta, basada sobre la consideración de que, no habiendo podido cometer todavía pecado mortal, la criatura debe ir directamente al cielo, y, por consiguiente, hay razón para regocijarse en vez de afligirse. Así es que el cadáver se lleva al cementerio con música alegre y cohetes; después la fiesta sigue toda la noche con baile, cantos y aguardiente en la casa de la desgraciada madre que, las más veces destrozada por el dolor, pero sacrificándose a esta bárbara costumbre, contempla con ojos llorosos toda esa alegría brutal, tan poco proporcionada con la punzante delicadeza de su pesar. Y es tal la fuerza de la costumbre que suele haber madres que se asocian de corazón a esa incomprensible y repugnante alegría.

    (Párrafos tomados de la obra “Nicaragua”, por Pablo Levy, que estuvo en nuestro país en 1872).


MÚSICA DE AYER

    Aunque hay algunos pianos en Nicaragua, la guitarra, que suena allá más suave y dulce que aquí en el Norte, es el instrumento musical preferido, y sus notas –acompañando la voz de alguna mujer— llenaron muchas veces de encanto mis noches de Rivas, Granada y San Juan del Sur.

    (De “With Walker in Nicaragua” por James Carson Jamison, Capitán de Infantería de las fuerzas filibusteras de William Walker. Traducción de Luciano Cuadra).

EL HOMBRE QUE LEÍA A EUGENIO SUE

    Una casa de dos pisos, más nueva y mejor construida que la ya descrita, se levanta a un lado de los cañaverales, a la vera de un río y cerca de los trapiches. Se llega a ella por una ancha alameda escrupulosamente limpia, y sus paredes blancas y techo rojo se destacan contra un denso trasfondo de frondosos árboles cargados de frutas. La planta baja la ocupan el mayordomo y su familia, y el piso superior un hermano soltero de nuestro anfitrión, a quien encontramos en mangas de camisa hamaqueándose en el corredor en que no daba el sol, leyendo “Los Misterios de París”, de Eugenio Sué. Se incorporó presurosamente, articuló una excusa ininteligible y nos condujo al cuerpo principal de la casa, en donde de pronto nos vimos rodeados de una juguetona tropla de perros de raza que nuestro amigo –con mucho de Nemrod— había importdo de Inglaterra y los Estados Unidos. En una esquina del cuarto veíase un armero con un rifle, un de pistolas, una espada y gran variedad de frenos y espuelas, en otra una guitarra y una silla de monta, y sobre la mesa – en el desorden típico de una habitación de soltero— una flauta, papel de música, libros y muchos cigarros. Una litografía de la artista Lola Montez era la única decoración en las paredes, a menos que pueda llamársela también así a una enorme piel de tigre tendida en el piso.

    Nuestro amigo solterón vegetaba allí sin deseos insatisfechos, viviendo el presente a su antojo y sin cuidarse del futuro. A veces, dijo, que sus agarrotadas energías se desentumían por momentos, pero, no habiendo en que emplearlas entraba en sopor de nuevo y la vida volvía a deslizarse suavemente. Una vuelta con sus perros por la mañana, un recorrido de inspección a los trapiches, la taza de chocolate, un libro, la hamaca y… la siesta: esto, y de tarde en tarde un viaje a caballo al pueblo –o en raras ocasiones una rápida visita de un día a León— eran la suma y compendio de su vida entera.

(De “Nicaragua”, por E.G. Squier)


ZAPATOS SIN DOMAR

    Una indita, sencilla y sonriente, costurerita de nuestra amiga, tejía un primor de encaje para un vestido de fiesta de su patrona. Al entrar nosotros levantó para mirarnos sus bonitos ojos negros, pero pronto volvió a su labor, y al hacerle yo una pregunta sólo miró a la señora y soltó la risa. A diferencia de la mayoría de las mujeres de la clase baja que había visto, ésta llevaba medias y zapatos, artículos de lujo a los que videntemente no estaba acostumbrada por la torpe manera de caminar que le vi cuando se levantó para ir a traerme un racimo de bananos.

(De “Explorations and Adventures in Honduras”, por William V. Wells. Traducción de Luciano Cuadra).


COMERCIO DOMÉSTICO

    Visitamos a varias familias francesas e italianas radicadas en Granada y descubrimos que un largo período de aclimatación las ha asimilado por completo a los naturales del país con quienes se han casado. Pero lo que más nos sorprendió fue el hecho –corriente allá— de que en las mejores casas tuviesen una tienda en la pieza de la esquina o en alguna otra de los costados del jardín, en la que pocas señoras tienen a mengua de su dignidad o de los cánones sociales y del decoro, dirigir las operaciones comerciales en caso de necesidad. En realizad, estas tiendas están generalmente supervigiladas por la esposa del propietario a quien se ve sentada en una mecedora tras el mostrador, costura en mano. Y hasta cuando hay visitas en la sala es cosa corriente que la dueña de casa, tenga, a través de una puerta estratégica, puesto el ojo en lo que pasa en la tienda. En los grandes establecimientos, empero, tienen, al igual que en nuestro país, el personal adecuado de oficinistas y dependientes.

(De “Nicaragua”, por E. G. Squier, que estuvo aquí en 1849 – 50. Traducido por Luciano Cuadra).

LA CAMA DE CUERO


    
Pasé un día interesante en Tipitapa. Era la víspera de la fiesta de Nuestro Señor de Esquipulas que tiene un santuario en ese lugar, al que llegaban gentes de todas partes. Por la noche la plaza era como una feria de alegre y populosa.

    Los numerosos huéspedes que acudían a la celebración me privaron de las comodidades de que había disfrutado la primera noche. Tuve que ceder mi cama, aquella cama que no era sino una armazón de madera con un cuero atesado –a la usanza del país— y me eché al suelo sobre otro cuero encarrujado en el piso del aposento en que, en una vistosa cama con mosquitero, dormía el dueño de casa con su joven y bonita esposa.

GENTE HISPANA

    A mediodía, según lo convenido, fuimos agasajados por los dignatario0s de la ciudad y el jefe de la guarnición, además de muchos prominentes granadinos. Todos, hasta la gente más humilde de condición, mostrárennos la misma cordialidad, y con tal grado de refinamiento y cortesía que cualquier otra sociedad –hasta de las más ostentosas capitales del mundo—se habría ufanado de ello. Nos llamó la atención cierto tinte de extremada obsequiosidad en los cumplimientos, ya fuese para con nosotros mismos o con respecto a nuestro país, lo que parece ser característica de la gente española en donde quiera que se encuentren, sea en el Viejo o el Nuevo Mundo.

(Párrafo de “Nicaragua por E. G. Squier, quien estuvo aquí en 1849-50. Traducción de Luciano Cuadra)


LOS TÍPICOS ARRIEROS DE UN SIGLO

    Por fin llegamos a San Benito, solitaria hacienda que, a falta de posada pública por esos rumbos, sirve de albergue a los viajeros de a pie o caballo que loes coge la noche en el camino. Allí se entra y, sin más ni más, se toma posesión de un lugar cualquiera.

    En esta hacienda encontramos a una mujer de edad madura, dueña de una propiedad en las Segovias, que venía de Granada de vender una gran cantidad de cueros; iba de vuelta a su casa cargada de reales y con veintiuna mulas libres ya de su pesada carga. Con ellas viajaba su hijita, muy enferma, y un gran número de arrieros que armados de filosos machetes, vigilaban atentos a los animales que en la noche deambulaban en busca de pasto.

(De “Travels in the Free States of Central America”, por el doctor Carl Scherzer. Pasó por Nicaragua en 1854).

AMOR DE POBRE EN TIPITAPA

    Al despertar por la mañana vi que el matrimonio ya estaba en pie. La mujer cantaba los “Versos de la Viuda” –canción muy en boga entonces— mientras chorreaba un pichel de agua sobre la cabeza del marido, a quien luego con cariños secó la espalda con una toalla. Enseguida la feliz pareja se vistió de fiesta.

    Durante la mañana me pasé media hora en el cuarto dando los últimos toques a un dibujo de las fuentes termales. Algunas mujeres miraban. Una, sin saber que yo entendía español, observó en alta voz: “¡Mira, sólo está escribiendo, y suda como si estuviera haciendo un gran trabajo!”. “Es que es un caballero muy delicado”, anotó otra.

(De “Seven Years in Central America”, por Julius Froebel, que estuvo en Nicaragua en 1853. Traducción de Luciano Cuadra).


COMANDANCIA DE SAN CARLOS

    La casa del comandante de San Carlos, como casi todas las demás del puerto, tenía sólida armazón de madera, sus paredes eran de cañas, el techo de paja, y el piso de pura tierra, exceptuando el de un cuarto que tenía ladrillos de barro. Unas palomas se arrullaban bajo un hueco del alero, una gallina ponedora empollaba sus huevos bajo una mesita esquinera de la sala, y por la abertura de un biombo de tela que dividía el cuarto entrevimos una cama acicalada, con blanquísimo pabellón, y un brillante petate en el suelo sobre el cual una mujer joven pimpante y voluptuosa, alzaba juguetonamente a un niño desnudo que reía con gozo en tanto que un desmañado perrito saltaba en torno ladrando asmáticamente, feliz con el retozo. La fresca brisa susurraba entre las palmas del te4cho, al paso que la luz del sol se colaba en lancillas de oro por entre el entretejido de las cañas. La escena, de tan sencilla y nueva para mí me impresionó más que cualquiera otra de las cosas que hasta entonces había visto. Por un momento olvidé que estaba haciendo esperar a mi anfitrión y que un criado tenía abierta para que yo me sentara, la hamaca que nunca falta en ninguna residencia. Pedí disculpas mientras la pequeña guarnición, echándose al hombro el arma con un seco y metálico sonido, desfilaba frente a la puerta; el oficial nos saludó con bizarra gallardía.

    El comandante insistió en que nos quedáramos a comer con él, y claro que no íbamos a desdeñarle siendo como éramos testigos oculares –tanto por los tasajos de carne asada, los tentadores bananos y otros comestibles que veíamos colgar de las soleras como por su propia panza que pugnaba por romper el dique de los botones de su uniforme –de que su despensa estaba bien abastecida y satisfechas las necesidades gastronómicas de aquel hombre.


VESTIDO BLANCO, BANDA ROJA

    Dos horas nos bastaron para visitar lo que valía la pena de ver en San Carlos, inclusive el arsenal que se componía de un rancho de cañas con algunos barrilitos de pólvora apilados en el centro y cubiertos con cueros crudos, más dos piezas de artillería y cien arcabuces, todo lo cual vigilaba un solo centinela, y la bodega que no era sino un gran cobertizo con sus correspondientes hamacas para los indolentes soldados. Todito lo vimos antes que las dos, para cuya hora estaba servido el almuerzo en casa del comandante. El mantel era de nítida blancura y el servicio en general impecable y abundante. Nuestro anfitrión había echado la casa por la ventana; las palomas parecían estar bajo la impresión de que algo extraordinario ocurría en casa, y hasta la oronda gallina del rincón se agitaba nerviosamente ante semejante ostentación. Toda la muchachería del puerto, tal vez más desvestida todavía que la de San Juan del Norte, -- si es que tal cosa podía ser posible—se aglomeraba en las puertas (nos habían seguido a cierta distancia en nuestro peregrinaje), y miraban todo aquello con evidente admiración. Algunos de los habitantes de mayor edad y destacada posición se presentaron ataviados para la ocasión, en camisa y pantalones blanquísimos, zapatos de ante, blancos también, y una bandera roja ceñida a la cintura.

LA COMILONA

    Nos sentamos a la mesa dispuesta en forma que yo ocupara el sitio de honor sentado en la hamaca, en tanto que el comandante y su lugarteniente tomaran la cabecera y la cola, respectivamente. Ellos rehusaron comer, dedicándose a atendernos. Esto, supimos después, es parte de la etiqueta nicaragüense cuando se concede distinción al huésped. Allí, por primera vez, supimos lo que eran la tortilla y los omnipresentes frijoles, y ni qué decir de la infinita variedad de dulces de que tanta fama goza Hispano América. Comenzamos con carne de res, pasamos después al pollo, y terminamos con naranjas, bananos, café y cigarros. Al terminar llegamos a la conclusión de que la buena cocina no es incompatible con las chozas de paja, las gallinas cluecas y las palomas amorosas bajo los aleros. Nos picaba la curiosidad por conocer a la joven que habíamos mirado furtivamente en su aposento, y cuya voz baja y reidora oímos varias veces tras el biombo; pero esto era un punto delicado que debíamos abordar con cautela, pues M…. había averiguado que el comandante era soltero. ¡Ajá, mi comandante! Tal vez me equivoqué, pero juraría haber sorprendido atisbos risueños de un ojo negro y muy grande a través de un agujero de aquel biombito.

    Después del almuerzo nos invitaron a echar la siesta, y colgaron hamacas para todos nosotros. Eso era indispensable, dijo nuestro anfitrión, en semejante clima, y no podía comprender cómo no hacían lo mismo en el Norte. La vida –en su opinión—sin una siesta después del almuerzo, debía ser tediosa, y acto seguido recitó los convincentes y oportunos versos de un poeta nacional. Así pues, cedimos ante su razonamiento y nos tendimos en la hamaca; la gente salió, cerraron las puertas y todo quedó en calma. Hasta las palomas entraron en sosiego.

(De la obra “Nicaragua”, de E. G. Squier, quien estuvo en Nicaragua en 1849-50. Traducción de Luciano Cuadra).


HIDALGOS DEL NORTE

    De Cabo Gracias a Dios salí de excursión en canoa hasta Clúpqui, en la frontera con Honduras. El señor Francisco Colomer es dueño allí de una gan hacienda de ganado; posee además un cocal a la orilla del mar. Yo no llevé nada de comer porque iba como huésped del señor Colomer, de quien estoy muy agradecido por su generosa y sincera hospitalidad.

    Cuatro amplios corredores rodean la casa, lo que permite tomar allí el fresco a toda hora y por donde quiera que sople la brisa. Mi primera merienda fue típica de las muchas que comí en Nicaragua: arroz, frijoles y café. Con una caja de música se amenizó la hora de comida que fue un rato muy agradable pasado en compañía del anfitrión, pesa a que éste sabía poco inglés y yo, por entonces, nada de español. Pero su señora, que era medio jamaicana, hablaba bien inglés, así como español y miskito.

    Nos sentamos a la mesa junto con viejos trabajadores de la hacienda, buhoneros y el “médico” del lugar; los buenos modales innatos de todos ellos me sorprendieron grandemente. Se sirvió primero a los huéspedes, ninguno de los de casa se sentó hasta que todos los visitantes estuvieron cómodamente sentados. Al levantarse decían cortésmente, “con permiso, señor”, y se retiraban haciendo una venia. Sin embargo, estos mismos hombres al levantarse tomaban un buche de agua, se enjuagaban ruidosamente, usaban el índice a guisa de cepillo de dientes y luego calmosamente arrojaban la buchada al piso. Así hacen todos, raro es el que la vuela al patio.

HACENDADO MEJOR QUE POLÍTICO

    Montaba don José León Sandoval una espléndida mula, y volvía de inspeccionar el trabajo de sus mozos. Vestía con sencillez y su porte y facciones le daban gran parecido con el General Taylor. Al decírselo yo se inclinó agradecido y dijo que el General era un soldado, agricultor y presidente civilista; sólo deseaba, agregó, que el parecido físico –cosa de poco valor— se extendiera a las virtudes ciudadanas, de mucha más estimación.

    Don José León fue en un tiempo Director de Estado, cargo que renunció porque prefería –según sus propias palabras— ser un buen agricultor a un mal estadista. Le seguimos por diversos lugares de su hacienda pasando por las cubas de añil y las secadoras. Luego visitamos sus plantíos de cacao y de maíz; todo estaba en perfecto orden y denotaba, inteligencia, actividad, explotación y cuido.

Tomado de “Nicaragua” por E. G. Squier, quien estuvo aquí en 1849 – 50. Traducción de Luciano Cuadra.

LA FE EN LA MONTAÑA

    Me emocioné una noche oyendo rezar sus oraciones a los niños de mis generosos huéspedes, Clementina, Berta y Fernando. Eran católicos y con los brazos cruzados se pararon en fila frente a su padre. El mayor de ellos enseñaba la oración y los menores la repetían palabra por palabra. Rezaron tres oraciones, pero yo solamente capté estas palabras. Santa María, Madre de Dios… En su ruego a Él para que bendijera la casa de sus padres los niños incluían mi nombre. Típico de la nobleza del señor Colomer. Después, juntando sus manos tomaban la diestra de su padre y le besaban; igual hicieron con su madre y también conmigo. Era enternecedora la sencilla fe de esas criaturas.

(Tomado de “Through Unknown Nicaragua”, por Mervyn G. Palmer que estuvo aquí en… 1904).


LA ENTRADA A GRANADA

    Pasadas estas chozas comienza la ciudad propiamente dicha. Las casas son de adobe, sobre cimientos de piedra, y sus techos de teja. Las ventanas, por fuera, tienen todas un balcón, con rejas decorativas de hierro forjado, y por dentro tienen persianas pintadas. Son, con raras excepciones, de un solo piso. El zaguán, o entrada principal, es arqueado y con frecuencia ostenta molduras laboriosamente labradas, su puerta es enorme y en una de sus hojas tiene otra más pequeña, o sea el postigo. Estos zaguanes llevan siempre al patio. En algunas casas se entra también directamente por la sala. Loas aleros de todas las casas tienen un vuelo de varios pies, lo que sirve para proteger de las aguas llovedizas a las paredes, y a los transeúntes del sol y de la lluvia. Las aceras están todas a uno o dos pies sobre el nivel de la calle y son adoquinadas, pero apenas lo suficientemente anchas para dejar paso a las personas con quienes uno se encuentra. Algunas de las calles del centro de la ciudad son empedradas, tal como las de nuestras propias ciudades, pero se diferencian por ser cóncavas en vez de convexas, de suerte que la cuneta está en el centro de la calle.

    En nuestro camino encontramos a mucha gente bien vestida, de ambos sexos que, al observar que éramos extranjeros, inclinaban re3spetuosamente la cabeza a nuestro paso. Comenzamos a ver señales de confort, esto por decir de elegancia, y por entre alguna que otra puerta abierta entrevimos sofás, mecedoras y camas que bien podría envidiar un sibarita. Ocasionalmente veíanse nichos en las paredes de las casas, en los que había cruces cubiertas de flores marchitas: en algunos casos las cruces estaban simplemente clavadas a la pared o enterradas en las esquinas de las calles.

    Al acercarnos al centro de la ciudad pudimos ver más animadas las calles y mejor construidas las casas, las mujeres iban y venían con bateas, legumbres, botellas y un sinnúmero de otras compras en la cabeza y niños en el cuadril de sus madres, y vimos también hombres con sobrero gacho y pantalones remangados hasta la rodilla, descalzos o con caites, llevando en sus manos un machete, arreando escuálidos caballos cargados, o que con un chuzo puyaban bueyes pequeños y rectos, uncidos a pesadas carretas de sólidas ruedas de caoba. Y en ese barullo aparecía de vez en cuando un sacerdote en su sotana negra, de extravagante sombrero acampanado de castor y paraguas chillón. Veíanse asimismo sosegadas señoritas caminando lentamente con gracia y señorío tales que jamás o muy rara vez se ve en nuestras ciudades; garbosos jinetes en briosos corceles corriendo velozmente por las calles. Todo aquello era nuevo para nosotros, y apenas habíamos percibido sus más destacadas características, cuando Pedro paró frene a un ventrudo zaguán arqueado diciéndonos: “Esta es la casa de Don Federico”. Desató enseguida las argollas del postigo y, entrando, nos encontramos en un amplio corredor que circundaba un jardín en el que crecían naranjos, marañones y otros árboles frutales, fragantes, arbustos y racimos de flores. A un lado estaba la tienda, llena de fardos, y frente a ella había enormes básculas para pesar los productos llegados de la hacienda; la sala, comedor y los aposentos ocupaban los otros dos lados del jardín.

(De “Nicaragua”, por E. G. Squier, que estuvo aquí en 1849.-50. Traducido por Luciano Cuadra).

LAS CASAS

    Antes eran pocas las casas que tenían más de dos o tres puntos de acceso o vista a las calles, pero en los últimos tiempos las ventanas se han multiplicado. Estas son anchas y altas, con salientes de dos o tres pies y resguardadas por rejas de hierro. Tras los balcones hay asientos que por las tardes y las noches ocupan señoritas que allí reciben su s visitas y devuelven los saludos de sus amistades que pasan por la acera. El galán pasa enfrente y rinde pleitesía sin entrar, costumbre que en las primeras horas de la noche da a las calles un aire de esparcimiento y alegría. Suele a veces aquél llevar su guitarra y, cuando la conversación decae, entona una canción. A menudo el galante caballero arrienda su caballo hasta el pie del balcón para soltar un piropo a las bellas ocupantes espoleándolo disimuladamente para hacerlo caracolear y despertar admiración. En Nicaragua, tanto como en otros países, son muy aficionados a estas artimañas. Por dentro las casas de la clase más alta dan una idea de gran confort, en un país en donde la amplitud y la ventilación son condiciones esenciales para la existencia. Los cuartos principales, con raras excepciones, dan al corredor y se conectan entre sí por puertas interiores. En el cuerpo principal del edificio está el salón o sala, que sólo usan para recepciones o para sentarse en ella las señoras. A ambos lados está las recámaras de la familia, mientras que las alas sirven de aposentos a los sirvientes, y para depósitos y otros usos. Son pocas las que tienen cielo raso, pero en cambio el aire pasa libremente por entre las tejas. El piso es de grandes ladrillos cuadrados de cemento o barro, a veces de mármol, y lo mantienen fresco y bien lampaceado. Y puesto que las ventanas no tienen vidrios, la brisa entra a bocanadas, haciendo la ventilación perfecta. Se come en el corredor, al lado más protegido del sol, y en ese mismo corredor cuelgan las hamacas para quienes quieran ocuparlas. Las paredes de los corredores y de los cuartos interiores suelen pintarlas imitando el mármol, colgaduras o tapices, más debido a la chapucería de los artistas nacionales su efecto no es siempre bueno.

(De “Nicaragua”, por E. G. Squier, quien estuvo aquí en 1849-50. Traducción de Luciano Cuadra).


LA SOCIEDAD LEONESA

    Pocos días bastáronme en León para darme cuenta de que, por el tono de su sociedad y los modales de sus miembros, tiene fisonomía más metropolitana que Granada. Y si bien la posición social de los que pretenden tenerla es exigua y carece de la rigidez y de los convencionalismos que imponen las grandes ciudades de México y la América del Sur –y de nuestro propio país también— encontré que, en lo referente a hospitalidad, bondad y cortesía, la sociedad leonesa no le cede el primer puesto a ninguna otra. Las mujeres están lejos de tener en educación una formación completa, pero son sencillas y afables; poseen facilidad de comprensión y agudeza de ingenio, lo que hasta cierto punto compensa su falta de cultura general.

    La situación del país ha sido tal por muchos años que son pocas las oportunidades de que han podido disfrutar allá para cultivar las prendas indispensables en una sociedad refinada, así es que no tenemos derecho a someter a la gente de León, ni de ninguna otra ciudad de la América Central, a una prueba tasada conforme a nuestras normas. No puedo concebir nada más doloroso, ni más oportuno para despertar el interés de un extranjero, que el espectáculo de un pueblo con aspiraciones y de gran inteligencia, sojuzgado por la fuerza de las circunstancias y consciente de su situación, pero casi desesperanzado de poder mejorarla.

    Las leonesas visten lo mismo que las granadinas, pero debido a que en León hay menos extranjero que corrompan el gusto popular, los estilos europeos son allí menos corrientes. Como aquéllas, tienen igual afición al cigarrillo, y en la calle se afanan por mostrar con idéntico orgullo su diminuto pie en zapatilla de satín. Como en todas partes del mundo, son muy devotas, pero fuera de su diaria visita a la Iglesia, rara vez salen de sus casas, como no sea por las tardes a visitar amistades. Si la casualidad quiere que se junten muchas suele entonces improvisarse una tertulia danzante. Los bailes de gala son raros, y por lo general sólo se efectúan en fechas memorables, pero eso sí, con gran solemnidad y pompa.

BAILE IMPROVISADO

    Yo estuve en una tertulia en nuestra propia casa, al segundo día de mi llegada. Por casualidad se reunieron unas doce señoras, y los galanes que andaban de balcón en balcón propusieron organizar un baile, lo que en el acto fue aceptado. Dispersáronse entonces los jóvenes en busca de más elementos y de los músicos. En una hora se llenó el salón. Las muchachas a medida que iban llegando, se sentaban contra una pared del salón, y los hombres enfrente. Esto parecía darle un ambiente bastante “estirado”, por lo que comencé a temer que la tertulia no diera resultado. Enseguida, sin embargo, una pareja se lanzó al ruedo; la música comenzó, y mientras la pareja giraba de un lado para otro, la dama tocaba con su abanico a un caballero y luego a una señorita, determinando así las parejas a su arbitrio, que unas tras otras se fueron agregando, de buena o mala gana, a la primera; esa era la manera corriente de iniciar una tertulia. Entrados ya en confianza la alegría subió de punto y los caballeros tomaron entonces la iniciativa escogiendo a las compañeras de su gusto. La idea me pareció muy buena, pues en esa forma se evita uno los torpes rodeos diplomáticos del principio, y todo el mundo se siente bien desde el comienzo. La tertulia se hacía más numerosa a medida que avanzaba a la noche, y para antes de las diez teníamos allí a toda la élite de León. La alegría era contagiosa, y cuando la campana de la Catedral se hizo oír once veces la animación era tal que no recuerdo haber visto cosa semejante. Polkas y valses, así como boleros y otras danzas españolas fueron bailadas con donaire y entusiasmo. Y después, tras muchos ruegos, se bailó un baile indígena, bastante curioso, por cierto; era lento y complicado, y dejó en mi mente la clara impresión de que tenía origen religioso. Después del baile hubo canciones, pero fuera del Himno Nacional, que lo cantaron con fervor y entusiasmo, no puedo decir mucho de las demás.

    Durante toda la noche las ventanas estuvieron festoneadas de muchachería callejera, y las puertas bloqueadas por los espectadores que, cuando veían un acto que era muy de su agrado, aplaudían frenéticamente como si todo aquello hubiera sido montado para su exclusiva diversión. La policía los hubiera echado de allí, pero conquisté popularidad duradera intercediendo en su favor, de modo que se les permitió quedarse. En ocasiones posteriores en que se dieron bailes más serios los soldados apostados en todas las puertas mantuvieron alejada a la muchedumbre.

    Las clases inferiores bailan el fandango y otras danzas típicas de manera promiscua y escandalosa. Por razones obvias yo nunca las vi bailar en la ciudad, aunque en mis excursiones por el país tuve oportunidad de verlas en los pueblos.

(De “Nicaragua”, por E. G. Squier, que estuvo aquí en 1849 – 50. Traducción de Luciano Cuadra).

EL ERROR DE LOS PECHOS DESNUDOS

    Como en todas partes hay en Nicaragua una gran diferencia entre las costumbres de los ricos y las de los pobres, entr4e los usos de las ciudades y los del campo; así es que es difícil dar una idea de las relaciones sociales generales, tanto más que el mal estado de las vías de comunicación establece diferencias excesivamente notables entre el modo de vivir en los departamentos de interior y los de la costa occidental.

    Pero no es esta la más seria dificultad, lo que hace que muchos viajeros se hayan equivocado en sus apreciaciones, a pesar de su indisputable y reconocido talento, es que, con demasiada y lamentable frecuencia, han sacado sus conclusiones de lo particular a lo general, atribuyendo a la población entera usos que sólo podían presentarse como excepciones en los hábitos y costumbres generales. Mencionaré uno sólo de los numerosos ejemplos que me vienen a la memoria: en Nicaragua las mujeres pobres, ya sea cuando se bañan, ya sea cuando están trabajando, dejan ver su pecho con la mayor indiferencia, o sí se lo cubren es con una camisita que no disimula casi nada bajo sus pliegues de un género transparente y flotante. Sería sin embargo ofender injustamente a la parte más distinguida de la sociedad proclamar simplemente que, en Nicaragua, las mujeres no tienen escrúpulos algunos en dejarse ver medio desnudas, porque esto no es verdad, y, sin embargo, ha sido publicado e impreso en muchas ocasiones.

    Un error, todavía más grave, en que caen casi todos los extranjeros que ven por primera vez un país hispanoamericano, es el querer compararlo todo con lo que existe en las grandes capitales de Europa y de los Estados Unidos; y, por consecuencia, estando el país poco desarrollado aún, encontrarlo absurdo, malo o feo. Es una suprema injustica contra la que es tiempo de operar una reacción. Deseamos pues, que el lector recuerde, no solamente al leer este libro sino también más tarde al recorrer el país, que América fue descubierta a fines del Siglo XV, y que, hace 350 años, Nicaragua estaba todavía habitada por indios en estado primitivo. Si se observaran las proporciones del tiempo, América española no debería estar ahora más adelantada que lo estaba la Europa Occidental 350 años después de la caída del Imperio Romano. Sin embargo, está más adelantada; de modo que ha progresado más de lo que legítimamente se tiene derechos a exigir de ella.

(Párrafo de la obra “Nicaragua”, por Pablo Levy, quien estuvo aquí en 1872).

LOS HOGARES GRANADINOS

    Una visita por la noche a la niña Teresa, puso fin a nuestro primer día en Granada. Esta señorita había estudiado en los Estados Unidos; hablaba inglés muy bien y en música era una consumada artista, cualidades que hasta entonces supimos apreciar en su verdadero valor. Valía la pena escuchar trozos bien ejecutados de óperas conocidas, entre palmeras y naranjos y el estentóreo ¡alerta! de los centinelas eran las únicas interrupciones del casi sepulcral silencio. Al volver fuimos sorprendidos por el ¿quién vive? de un centinela, gritando en tono verdaderamente fiero, y puesto que estos sujetos muy rara vez entran en plática con nadie, respondimos a toda prisa ¡la Patria!, a lo que inmediatamente repreguntó: ¿qué gente?, ¡americanos del Norte!, contestamos. Eso fue suficiente; estas palabras, pudimos comprobar allí, eran el sésamo para abrir los corazones y las puertas de todos los nicaragüenses.

    Al día siguiente, de acuerdo con la costumbre del país, pagamos las visitas del día anterior, y comenzamos a ver más de la vida social y hogareña de los granadinos. Sus residencias son todas cómodas y muchas elegantes, gobernadas por las dueñas de casa, señoras sencillas, pero sinceras y afables. Su conversación es franca, y con la mayor candidez me preguntaron si era casado, y si pensaba casarme, y si yo creía que las señoras del Norte llegarían algún día a Granada, cuando los “vapores grandes” arribaran a San Juan del Norte, y los vaporcitos” surcaran el río y el lago. Decían haber oído hablar de cierto Mr. Estevens (su pronunciación más aproximada a Stephens), autor de un libro referente a su “pobre país”, mostrándose ansiosas de saber lo que había dicho de ellas, y si nuestra gente los consideraba realmente “esclavos y brutos sinvergüenzas”, según los calificaban los “malditos ingleses”. También mostraron interés en saber si el grupo de californianos que había pasado por allí era gente común o caballeros. Este punto lo soslayamos diplomáticamente, pues no quisimos dar en nuestra respuesta todo el alcance que entrañaba la pregunta. Cierta dama había oído decir que yo era un gran anticuario, y en previsión de mi visita había acumulado la más descabellada colección de curiosidades, desde “vasos antiguos”, fragmentos de cerámica y hachas de piedra, hasta un extraordinario par de espejuelos de cuerno de vaca y una monstruosa y deforme pezuña de cerdo disecada, todo lo cual se empeñaba en enviar a mi residencia (y al fin lo hizo) junto con algunas aves raras, ¡más un platón de dulces! En todas las casas encontramos siempre una mesa puesta con vinos y dulces, así como un braserito de plata con carbones encendidos para prender más fácilmente los puros y cigarritos. Causó extrañeza mi afirmación de que yo no fumaba, que nunca lo había hecho, pero las damas insistieron en que me fumase un cigarrito tan siquiera, garantizándome que eso no afectaría ni a un recién nacido, y me hicieron el honor de encenderlo en sus propios frescos labios rojos, tras lo cual hubiera sido delito de lesa urbanidad y habría arruinado mi reputación de hombre galante el haberlo rehusado. Quise al principio evitar el tener que fumar echándomelo al bolsillo, pero me encontré con que siempre, apenas lo hacía desaparecer, se me ofrecía otro, de suerte que al cabo me vi obligado a hacerle frente al compromiso. En toda sala hay una hamaca grande suspendidas de las paredes por medio de ganchos o argollas, la que infaliblemente se ofrece al visitante, y eso que hay también mecedoras y sofás. Pero aquél es el siento de honor.

(De “Nicaragua”, por E. G. Squier, que estuvo aquí en 1849 – 50. Traducido por Luciano Cuadra).

sábado, 27 de mayo de 2023

Gobiernos Divinos contra PUEBLOS HUMANOS. Por Manolo Cuadra. En: Alma Mater, Órgano Oficial del Centro Universitario de Managua. Diciembre de 1947. Año I. No. 1. Pp. 15 – 17.


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MANOLO CUADRA VEGA

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    Tenemos, en el exterior, fama de belicosos. Cada nicaragüense, se cree, ha nacido, como los romanos bajo el signo de Marte, a la sombra del machete, en parto violento de pólvora y sangre. En el extranjero: Costa Rica, Honduras, Guatemala o Colombia, los partidos de oposición recurren a núcleos nicaragüenses para respaldar sus movimientos armados contra el Gobierno; y en Panamá, en El Salvador, en Costa Rica, en época de peligro, estos gobiernos llaman a nuestros paisanos, para fortalecerse en la resistencia contra los sediciosos. En cualquiera de los dos casos, una cosa queda demostrada: Que somos hombres de armas tomar que tenemos detrás, empujándonos, una ardiente tradición de guerra y, aparte de que podemos vendernos al mejor postor, se nos aprecia como agentes de concurso, en una epopeya indiscriminada, pueden irse al suelo blandos presidentes, democráticos y repulsivos déspotas totalitarios.

    Por esto mismo, la gente del extranjero que conoce nuestra pasión por la revuelta, se pregunta con frecuencia, por qué no ponemos en práctica esta “virtud nacional” para derribar al General Somoza entre el disparo del fusil y el zumbido de los machetes. A esta gente superficial la parece incoherente que, listos para desenredar ovillos en el extra-muro, no hayamos podido cortar, de un limpio machetazo, el nudo gordiano que nos ciñe al cuello de un lívido azul de asfixia. Pero esta gente olvida los nuevos rumbos de la historia y el curso de la más reciente “inteligencia política”. Ignora que los nuevos gobiernos de los viejos Estados se entienden de tal manera, que han dado en formar lo que podríamos llamar una casta burocrática internacional; que entre ellos las diferencias y disgustos son sólo motivos que animan la monotonía de los despachos de Relaciones Exteriores y que la única que cuenta es la seguridad del Estado vecino, por un pacto recíproco establecido tácitamente, de Gobierno a Gobierno. Un pacto contra los pueblos.

    No importa que los Estados estén regidos por gobiernos de repelentes ideologías. No importa que, mientras un Gobierno tira resueltamente al socialismo, el recule airosamente hacia la barbarie. No importa que mientras el Norte nutre su geografía de escuelas, el otro pueble sus cárceles de ciudadanos, ni que, mientras los Estados Unidos hacen morir en tierras extranjeras a millares de sus soldados, en Nicaragua un régimen y una camarilla aprovechen las armas en arriendo para abatir la protesta de los Universitarios. No importa, porque, conforme la “nueva inteligencia”, la seguridad de los gobiernos tiene prioridad sobre la soberanía de los pueblos, y el divino presidente de una república, tiene todos los derechos sobre el humano ciudadano de un país. Estamos llegando, retrocediendo, a esa fase increíble de antes de la Revolución: Los Gobiernos Divinos contra los pueblos humanos.

    En el caso de la Dictadura nicaragüense, tenemos que referirnos por lógica concatenación, al caso de la insospechable democracia de Costa Rica. Este es el país democrático por excelencia. El nuestro, el país tiranizado por antonomasia. Ambos pueblos se comprenden, casan en sus aspiraciones de libertad, se abrazan en una interdependencia de discutida simpatía. Los trabajadores que perseguidos o voluntarios han salido para aquella república; saben cómo se nos recibe en aquella tierra, donde las leyes cordiales del hospedaje alivian un tanto las heridas que aquí mismo otras leyes represivas nos infirieron. El mismo Gobierno, quizás a regañadientes, acepta la intromisión ilegal de nuestros compatriotas con relativas restricciones, y en todo caso, el nicaragüense puede moverse con entera libertad, de un pueblo a otro, de un trabajo a otro. Puede montar negocios, escribir en los diarios, meterse en política, si así le place.

    Sólo una cosa le está vedada en la superficie de esa libertad. Atacar al “Gobierno amigo” de Nicaragua, deliberar sobre la forma de darse al traste con la dictadura de Somoza, exigir con las armas en la mano al mínimo de libertad a que tiene derecho. Y es de Costa Rica, la Casa de la Libertad, como se le llama, de donde procede ese envión agresivo de donde dimana esa fuerza que robustece a “esta fuerza”.

    ¡Nueva canción que ya se hace patético estribillo: ¡Los Gobiernos Divinos contra los pueblos humanos!

    A lo largo de todo el mundo, el caso se repite con sistemática incoherencia. Estados Unidos, país en donde la “libertad levanta su antorcha”, envía sus representantes diplomáticos a España, donde el recuerdo de Felipe Segundo desde el Monasterio de Yuste, enarbola su inmenso tizón de ceniza. Inglaterra, madre del derecho liberal, sostiene a Franco, el Dictador reaccionario y el más sucio gendarme de la tiranía tiene derechos de penetrar en la casa de cualquier noble obrero castellano, mientras que el Rey de Inglaterra, se ha dicho, no tiene ninguna prerrogativa para penetrar en la choza de ningún “slum” londinense, porque un ciudadano inglés tiene tanto derecho dentro de su cabaña, como su Majestad dentro del Palacio de los Buckigham orgullosos. Sin embargo, Inglaterra sostiene al gobierno Español dentro del Consejo de las Naciones, lesionando con ello al pueblo españo y a los demás pueblos de la tierra. Y así continúa la teoría de los Gobiernos divinos en su lucha conta los pueblos humanos. ¿Qué sucedía con esos gobiernos suramericanos que acaban de caer por los suelos confesos de despotismo? Pues que un día antes de ser derribados, eran los “Gobiernos amigo” de Estados Unidos, de México, de Uruguay, de Costa Rica, de Guatemala, etc.

    Pero el caso más típico es el de Argentina. El Dictador Perón ha entrado en la órbita amistosa de la arisca Rusia, y ahí están sus misiones especiales, enviado extraordinario, sus pactos comerciales, enlazando a los dos gobiernos. También aquí se muestra patente la realidad de que los Gobiernos divinos se remangan la camisa contra los pueblos humanos.

    Para finalizar: Ningún gobierno es amigo del pueblo de Nicaragua. Sea aquel democrático revolucionario como el guatemalteco, sea recién llegado como el de Castañeda Castro, o vitalicio como el de Carías, semi-socialista como el de Picado, fascista como el de Perón, o comunista como el de Stalin. Ningún Gobierno, por el sólo hecho de serlo, está con nosotros. Porque la monstruosa consigna internacional es esta: los Gobiernos son infinitos seres divinos: los pueblos, mortales animales humanos.

    Y queda planteada la segunda parte de esta moderna historia. Trabajar por una inmediata alianza de los pueblos humanos contra los gobiernos divinos.

    Por lo anterior queda explicado cuáles son las razones que nos han impedido botar (¿quién tiene miedo a repetir esa palabra?) a Somoza. Por todas partes, nos lo han impedido los gobiernos, mezcla de buenos vecinos, de malos compañeros y corrompidos cómplices. Nos lo han impedido los gobiernos divinos contra los pueblos humanos.

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viernes, 26 de mayo de 2023

“Alma Mater”, Órgano Oficial del Centro Universitario de Managua.

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    El doctor Carlos Molina Argüello indicaba: “En 1942 surgió, al parecer floreciente, tras un acto solemne de inauguración, lo que se dio en llamar la Universidad Central, con asiento en la capital y con un número completo de Facultades, entre ellas la de Ingeniería Civil, tras sufrir un violento aunque temporal cierre de sus aulas a raíz de los acontecimientos políticos que conmovieron al país entero en 1944, vio luego nuevamente clausuradas sus actividades cuando se produjo el decreto de 28 de julio de 1946, que por subvertir el orden, abandonando sus tareas universitarias, cerraba sus aulas y Facultades.”

    Aquellos episodios contra la inteligencia cometidos por la dictadura somocista en el acto de cerrar la primera universidad en donde el libre pensamiento y la transformación académica eran evidentes, no detuvieron la tenaz lucha de los universitarios. De esas circunstancias nació la Universidad Libre en donde otra vez convergieron estudiantes y prestigiosos maestros, ideas políticas e ideológicas. En el abanico represivo, Somoza García ordenaba el cierre de las imprentas en donde elaboraban los dos periódicos estudiantiles, El Universitario y Avanzada.

    En diciembre de 1947, apareció el primer número de la revista “Alma Mater”, Órgano Oficial del Centro Universitario de Managua, cuyos créditos de autoría consignaban: Director Fundador Arsenio Álvarez C., Director Editor: Eduardo Pérez-Valle. Sub-Director: Agustín González. Gerente: Serafín Borjas. Publicación quincenal – C$1.00 ejemplar. Editorial “La Nueva Prensa”, Managua, Nicaragua, C.A.

    Ese número de Alma Mater recibió la colaboración literaria del poeta Manolo Cuadra Vega, con el artículo titulado: “Gobiernos Divinos contra PUEBLOS HUMANOS”.

    Transcribo el texto expositivo de aquel primer número:

                                                                               EDITORIAL

SURGE “ALMA MATER” en una hora de tremenda crisis para la cultura nacional. Cuando se podría decir que los hierros de la Dictadura han vencido el alma, subyugado la conciencia y trasmitido su orín asqueroso al cerebro de nuestro pueblo.

Y NACE precisamente para afirmar por encima de toda creencia pesimista la existencia de un espíritu libre y fuerte, que domina y gobierna el corazón mismo de la nacionalidad.

VIENE a proclamar que VIVE entre nosotros el espíritu universitario, “y sueña y ama y vibra, y es el hijo del Sol”, como la formidable América Española que oponía el Poeta a la zarpa grotesca del imperialismo rooseveltiano.

VENIMOS a decir una verdad que es en sí misma todo un mensaje de optimismo, de esperanza; que en nuestra Patria EXISTE, una Universidad, improstituible, esencialmente consciente de su gran misión, que avizora y apunta desde la atalaya del pensamiento el fin glorioso de nuestra joven nacionalidad en el concierto de la civilización.

AQUÍ estamos los Universitarios de Managua, al servicio del pueblo. Vamos hacia la Libertad de la Cultura. Queremos merecer cada vez más el glorioso título que poseemos, conquistado al soplo de nuestros ideales, al golpe de nuestros sacrificios. “ALMAE PATRIAE DLECTA SOBOLES”: “Hijos muy amados de la Patria nutricia”.

             Eduardo Pérez Valle

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