sábado, 14 de enero de 2017

Los Ochenta Años de Don Adolfo Calero Orozco UNA VIDA EJEMPLAR AL SERVICIO DE LA CULTURA*. Por Angela Saballos


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Don Adolfo Calero Orozco en sus 80 años
"Rostro amistoso, tez harta de viento y sol"

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Entrevista en el horizonte de un hombre cabal

Por: Ángela Saballos de Matamoros

Ex Director de La Prensa * Autor de Novelas, Artículos y Cuentos * Yo me contaminé con las letras * Una Novela vivencial: “Sangre Santa” * “En una vida larga hay de todo y  tiempo para todos” * “Ya mi presencia no es necesaria”  * “La vejez no es contagiosa”  * Un poeta está siempre enamorado” * “Soy optimista”

Conocía a Calero Orozco hace años y me impresionó desde entonces su caballerosidad de hombre que había vivido otros tiempos en los cuales los días se saboreaban y era de rigor el decir un piropo hermoso al encontrarse frente a una mujer que lo merecía… O que no lo mereciera.

Siempre se le hallaba a la menos agraciada más de alguna virtud que la hiciera resaltar entre las demás.

Calero Orozco, Adolfo Calero Orozco siempre evoca en mí el sinónimo de la Managua a su inicio, cuando toda la gente se conocía y cuando una muerte juvenil era extraordinaria.

Y trascendiendo a través de los días y los meses, emergiendo siempre sonriente y optimista de las incomodidades diarias, Adolfo Calero Orozco ha llegado ya a los ochenta años.

Recuerdo que una vez, en una entrevista anterior que él atesora entre sus recortes de publicaciones, le pregunté cómo veía los años sesenta en los cuales él estaba –y me respondió— que “son como son. A ratos así; a ratos asá”.

         Sin embargo avariento del tiempo agregó que le gustaría “poder hablar con conocimiento de causa, de los años de la octava década”. La razón le sobra a Calero Orozco para querer vivir más de este siglo, al que le lleva un año; su vida ha estado salpicad de deseos cumplidos y  una vasta obra de novelas, cuentos y poemas da fe de la realización que ha tenido como hombre de letras.

         Don Adolfo  ha sido también periodista  y mientras estuvo preso el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, junto con toda LA PRENSA después del asesinato de Anastasio Somoza García, don Adolfo fue director interino de este diario.

         En su gestión, breves días después que asumiera el puesto a petición de doña Margarita Cardenal de Chamorro, don Adolfo fue llamado por el jefe de la censura de entonces, un oficial llamado Rafael Gallardo quien prohibió que saliera más LA PRENSA.

         El incidente se registró a raíz de que este mismo oficial del ejército somocista ordenó que fuera publicada en LA PRENSA una noticia fabricada que ya  había sido obligada a salir en otro diario del país. La nota decía a grandes titulares que León pedía la cabeza de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

         Al negarse don Adolfo a publicar tal especie, respaldado por doña Margarita, fue ordenado por Gallardo de clausurar LA PRENSA.

         Apenas había despedido a todo el personal, cuando dos oficiales que eran los encargados directos de la censura en el propio diario, llegaron a decirle a don Adolfo que por mandato de Anastasio Somoza Debayle LA PRENSA debía salir ese mismo día. En ese momento no logró reunirse al personal necesario, pero al día siguiente salió el periódico. ¡Había triunfado LA PRENSA!

         Hoy esto frente a un Adolfo Calero Orozco resfriado, que se cansa al hablar. Fue a visitar a una hija y demás familiares en New Orleans en el frío mes de diciembre y está aún sufriendo las consecuencias dos meses después. Fuma constantemente. “Veneno este vicio. Ya lo voy  a botar”, dice, pero continúa fumando.

         Me regala dos de sus últimos libros y al dedicármelos, le tiembla el pulso. Conversamos. Le encanta platicar. Se precia de tener numerosos amigos que lo aprecian. Es cierto. Adolfo Calero Orozco empezó a escribir promocionado por el Hermano Paulino del Instituto Pedagógico donde él estudió. “Él me estimulaba”, dice. Y hacía lo hacía con todo joven que veía capaz en las letras.

         Recuerda a sus amigos escritores, poetas, periodistas: Salvador Ruiz Morales,   Juan Ramón Avilés, Hernán Robleto, Gabry Rivas, Ramón Sáenz Morales… Ramonín, como le decían. Era su mejor amigo… “Yo me contaminé con las letras… Recuerdo a los Rothschuh mayores, a Rogerio de la Selva, a Luis Alberto Cabrales”. Está mencionando a gente pesada de esa época, gente que hacía la noticia y la literatura.

         Cree Adolfo Calero Orozco que los maestros clásicos españoles son importantísimos en su formación como escritor. Le pregunto qué opina de los autores actuales latinoamericanos. “Me gustan mucho”, responde, pero añade que su devoción es para Rubén Darío. A éste lo conoció de espaldas, sentado a la puerta de la casa de doña Rosario Murillo. “Ella vivía a dos casas de la nuestra aquí en el barrio San Antonio, en el callejón de la Aurora. Yo veía a un señor grueso, sentado de espaldas, pero en ese tiempo no sabía de su importancia. Si no, me quedo hecho piedra esperando que se diera vuelta o le hablo”, se lamenta don Adolfo.

         Después del Pedagógico, don Adolfo estudió en una universidad norteamericana y ya en Nicaragua entre otras aventuras y logros, ingresó al Ejército del General Emiliano Chamorro y  cada una de estas vivencias se ha reproducido en su vida literaria. “Sangre Santa”, su novela, nació precisamente de su estadía dentro del Ejército.

         “La más afortunada de mis novelas ha sido “Sangre Santa”, pero a juicio de mis amigos lo que más les gusta es “Así es Nicaragua”, que es una selección antológica de cuentos nicaragüenses”, señala Calerozco.

         Hablando sobre lo personal, don Adolfo me responde que en una vida larga como la suya hay de todo y tiempo para todos. 

         “Si hablo de alegrías, el bachillerato es una gran alegría, casarse con la novia que uno quiere tanto es otra alegría, el nacimiento de los hijos es otra”, señala.

         —Hablemos de política, ¿cómo se situaría dentro de las actuales corrientes?

         Bueno, yo soy de familia conservadora. Mi hijo Adolfo es Conservador. Mi padre lo fue. Le diría que tengo ideas normales pero con inclinaciones por la izquierda. Me duele Nicaragua. Esta Nicaragua preñada de amenazas, dolorosa, incierta, le pido a Dios que venga su  Reino de justicia y de paz”, concreta.

         Se levanta, va con paso ágil, a pesar de las chinelas, a buscar un recorte que me quiere enseñar. Me deja sola un momentito en su sala de antiguas sillas blancas de mimbre. Es solícito, como lo son sus hermanas. Ofrecen  un vinito al visitante y mucho encanto antiguo.

         Viven ahora en Altamira D᾽Este después de que el terremoto lo sacó de su casa de Managua donde había vivido 73 años La añora, siente que esa casa es parte suya siempre.

         Hablamos de sus viajes.

         “Me encantan. Así como el avión y el vapor. No temo abordarlos. No tengo miedo. Ni a la muerte, le temo ahora que ya mis hijos son casados y con hijos. Amo a la familia, pero  ya mí presencia no es necesaria”, dice.

Don A. C. O. en Febrero de 1979
 — ¿Quiere Usted morirse entonces?
         No. No es que tenga ganas de morirme, pero considero que ya finalicé una vida completa, una jornada completa. Ya estoy listo.

         — ¿Cómo se siente la llegada de sus 80 años?

         Han llegado tan poco a poco que uno ni cuenta se da. Hablando con Jorge Luis Borges allá en la Argentina, me decía de su ceguera que le llegó tan lentamente que tuvo tiempo de adaptarse. Así uno se va aclimatando a la vejez. Pero hay una ventaja, la vejez no es contagiosa. Eso sí, es un mal incurable.

         La sonrisa salpica constantemente su rostro de indio chorotega, como él describe en su Poema “Brocha Gorda”. Es que estamos recordando una entrevista que le hice hace cinco años. Mucho le gustó porque con sus preguntas y respuestas cortas se nota el carácter del entrevistado.

         Allí me contestó cuando hablamos de su último deseo si le dijeran que al día siguiente se iba a morir: “Sería cerciorarme de que se trata de un pronóstico equivocado”.

         — ¿Qué es lo que más le disgusta en la vida?

         — Pues, consiguientemente, poder mantenerme a gusto con la vida.
         — Si le dijeran que mañana nace de nuevo, ¿qué le gustaría ser?

         ¿Yo? Hijo de los mismos padres que Dios me dio en 1899; dar con la misma mujer que fue mi esposa, caer entre los mismo amigos que nunca me han fallado –y de paso— gozar de un juicio más sólido del que he tenido en esta jornada.

         Como poeta y como hombre de esta Latinoamérica, Calerozco se enamoró sus veces y según por sus respuestas se ha seguido enamorando siempre.

         “Un poeta está siempre enamorado, o no es poeta. La poesía es amor, y el amor es poesía. ¿Qué cuántas veces he estado enamorado? Eso tienen que volver a preguntármelo después que me hayan llevado al cementerio: “Todavía me encienden ilusiones y ensueños y espero todavía mañanas halagüeños”, dice Calero Orozco.

         Añade que la vida es una sucesión de “Ellas”, las mujeres de la vida de un poeta, que siempre están presentes en él.

         Humilde a pesar de sus años de ejercicio en el escribir, don Adolfo siempre da a criticar lo que crea antes de publicarlo. Ahora está preparando “Mas cuentos pinoleros” para su edición.

         Amistoso al colmo, el poeta Calero se ganó un premio al respecto en el Tercer Congreso de la Academia de la Lengua en Bogotá, Colombia.

         “Es que mi hobby es cultivar la amistad. A la edad que tengo no recuerdo haber tenido enemigos, me precio de tener muchos amigos”, comenta don Adolfo. 

Don Adolfo Calero Orozco en 1970
         Y entre su trabajo, su familia y los amigos distribuye las horas del día y de la noche. Señala  haberse vuelto un poco metódico por los años e interesarse sólo por las noticias tanto en radio como en televisión, a pesar de que confiesa haber visto más de alguna telenovela.

         Y así se ve en el retrato que le pintó Alonso Rochi. Adolfo Calero Orozco ha sido el hombre feliz porque es el hombre optimista que busca la alegría y la encuentra. ¡Feliz cumpleaños, maestro!
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* Publicado en La Prensa, domingo 18 de Febrero de 1979. Pág. 2

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