domingo, 31 de agosto de 2014

Remembranzas

CHINANDEGA, LA CIUDAD TABLERO. Por: Gabry Rivas. En: La Prensa, 16 de Diciembre de 1963.

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GABRY RIVAS , ESCULTURA DE EDIT GRON
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Cada vez que penetro a mi ciudad natal de Chinandega, me acuerdo de lo que casi se me había olvidado: de cuando Chinandega tenía una sola entrada por sobre la línea férrea que actualmente casi ha caído en desuso.

Los ciento treinta kilómetros que limitan la distancia entre Managua y Chinandega, se transitan ahora por una carretera pavimentada con muy escasas cosas curiosas en el trayecto: apenas se divisan las entradas hacia aquellos pueblos que antes se alegraban y se ponían en posición de feria a la hora en que pasaba el tren por las estaciones. El tren, naturalmente, sigue pasando por frente a las estaciones del tránsito, desde Los Brasiles en Managua, hasta Chichigalpa y Cosmapa en Chinandega, con la frecuente estación de Banderas en El Trapichón y en Filadelfia, recordando que en la primera hubo una extensa siembra de bananos, mientras que por la prominencia influyente de los fundadores, en Filadelfia la familia Debayle impuso el paro a los trenes de pasajeros para donde viajaban desde León.

Hace ya mucho tiempo que perdimos la costumbre de “tomar el tren” en la estación de Managua para bordear el lago primero y luego los planes de las tierras cultivadas a uno y otro lado del camino.

En la primera parada –antes de que existiera Los Brasiles, el convoy se detenía por largo rato en una propiedad del desaparecido General José Santos Ramírez, que además de ser Director General de Correos y Telégrafos –o por eso mismo—era uno de los más fieles servidores del General José Santos Zelaya. En su propiedad –El Boquerón- existía una hermosa casa de dos pisos que mantenía tendidos los manteles para los tres tiempos de itinerario. Y en tanto que los pasajeros satisfacían su apetito, la máquina “bebía agua” en el tanque monumental que se alimentaba en la corriente de un río miniatura con capacidad para abastecerlo y para llenar el vientre de la máquina conductora.

Los trenes en aquella época eran más rápidos que los de ahora. Había menos carga y más pasajeros; y los demás, los trenes de carga no se mezclaban con los de pasajeros. Podrían ser más modestos los carros, porque no existían y se ignoraban los motores diesel que luego dieron lugar a la presencia de los auto-carriles. Superando a los carros de primera clase, existían los Pullman, generalmente aderezados con banderolas bicolores y con sillones tornadizos y con un restaurante de viandas extraordinarias, especiales para los viajeros de categoría. Nosotros fuimos pasajeros de esos trenes especiales donde el General José Santos Zelaya realizaba sus jiras políticas hacia occidente. No éramos, ni mucho menos, figuras notables en la comitiva presidencial; pero viajábamos a la sombra paternal, porque en aquellos tiempos, el doctor Gabriel Rivas Sansón, nuestro progenitor, ejercía cargos de sobresaliente importancia. Hubo un tiempo en que los carros pullman figuraban en los trenes ordinarios, para todos aquellos que podían pagar un sobreprecio.

Fiestas de frutas y golosinas, como aquellos guapotes de La Paz Centro y de Nagarote, pescados fritos en salsa de tomate y cebollas, sobre el amarillo de una tortilla de maíz;  y sabrosos tistes con un aditamento de repostería acabadita de salir de los hornos de barro. Y cuando la máquina sedienta volvía a tomar aguar en La Paz Vieja, las vendedoras con canastas sobre la cabeza o entre las manos voceaban los exquisitos quesillos enrollados.. Un limosnero o varios mendigos, cantaban tristemente su canción pedigüeña, en tanto que iban pululando por los pasillos guiados por un lazarillo que estiraba la mano para recibir la precaria limosna.

No nos parecía que íbamos a Chinandega hasta que hacíamos una espera larga en la Ciudad de León. Ahí se renovaban los pasajeros, las nuevas caras, porque el tráfico de los corinteños y de los chinandeganos generalmente señalaba una meta más corta. Después Quezalguaque, Posoltega, Chichigalpa, en algo más que el tiempo de una hora para llegar al límite de nuestra jornada.

Nosotros pudimos recoger en nuestro recuerdo histórico, el panorama de la antigua travesía, porque pese a que nunca nos sometimos a las disciplinas de la cultura escolar, fuimos alumnos infantiles con los parientes Callejas Mayorga, de aquel Colegio regentado en Managua por el profesor cubano don José María Izaguirre, que tan buenos recuerdos dejara en Nicaragua.

Chinandega era lo que no es ahora en la fisonomía renovada de sus edificios residenciales urbanos. Casas de taquezales y adobes, con paredes gruesas y patios y traspatios interminables. Pero sigue siendo lo que fuera al nacer, porque ninguna ciudad en el país ostenta una topografía tan simétrica en el trazo de sus calles impecablemente rectas, hasta figurar una meseta como de tablero que no ha podido ser torcida en ninguno de sus rumbos citadinos.

Los habitantes –si las estadísticas y los censos son fieles- no se han proliferado. Los veinte mil actuales vienen desde muy lejos y acusan la existencia de una sola familia que se reproduce entre las mismas ramas que la fundaron. Apenas pueden descubrirse nuevos apellidos: son los Montealegre que fueron injertados con los Lacayo, de Granada; pero en realidad, en Chinandega no hay granadinos, ni leoneses, ni capitalinos. Los apellidos de ahora son antiquísimos y los que parecieran foráneos, llegaron de Europa y se quedaron en Chinandega para ofrecer a las demás poblaciones del país, el fruto de sus nuevas generaciones, como los Mántica, los Palazio, los Alvarado, los Reyes, los Santamaría, los Rivas Novoa, los Rivas Terán.

Si uno se pone a recorrer el largo campo familiar de Chinandega, apenas puede lograr un catastro con los extraños pobladores de las colonias árabes y china, que son numerosos. Algunas órdenes religiosas son chinandeganas ya por la adopción patriarcal de sus instituciones educacionales. Chinandega no se ha prolongado en sus tierras urbanizadas. Apenas puede advertirse una proyección citadina hacia el oriente, donde un Colegio San Luis y un reparto reciente –el de la Garnacha- han elevado los muros de una colonia residencial elegante, semillero que en el futuro está llamado a producir una nueva cosecha exclusivista, sembrada por el esfuerzo capitalista de aquellos laboriosos terratenientes que han dado a Chinandega no lo que antes se llamaba el “granero de Centro América” sino el centro industrial y agrícola de mayor estatura descuajando prejuicios y montañas para cultivar sus tierras con el oro blanco del algodón y el jugo de la caña de azúcar. Del ha nacido la nueva semilla técnica, que reduce riesgos, anula fracasos y multiplica riquezas, es decir, estimula el trabajo.

Chinandega cuenta ahora con todos los elementos básicos que responden en el presente por la expansión y prosperidad de su futuro vial. Con sus algodonales surgen sus propias desmotadoras; con sus cañaverales prosperan su Ingenios  y con sus pastizales, Chinandega está enfocando el progreso expansivo de su ganadería que ha de convertirlo en un emporio agropecuario en las tierras que esperan el proceso científico de su rehabilitación. Dos nuevas industrias –la bananera y la harinera- están iniciando nuevas conquistas internacionales al favor de la cuales se realizará la multiplicación de los panes, en aquella extensión territorial panificadora.

Los dirigentes de la economía chinandegana, ricos propietarios, no distraen su tiempo en la llamada política partidista; una pequeña rama no encuentra rivalidades que se disputen el favor del Gobierno que recibe el tributo del trabajo colectivo sin pueriles exigencias de círculos. Los hijos de Chinandega no son afectos al parasitismo del Presupuesto, que es un sistema rotario que allá carece de afiliados y de afiliados. Los movimientos banderizos pasan casi desapercibidos en Chinandega. Chinandega se preocupa por arar la tierra y abrir caminos; se parece a sus calles simétricas; no tuerce su opinión ni sacrifica su criterio a los vaivenes de la cosa pública: paga sus impuestos sin exigir retribuciones fuera de la ley y cada miembro de su familia constituye un aporte al volumen de la comunidad laboriosa.

Cuando todo el centro de la ciudad que fue mártir, pereció envuelto en las llamas de un incendio político, los hijos de Chinandega no la reconstruyeron por muchos años. Se dedicaron afanosamente a fecundar sus campos con la semilla del trabajo, elevaron el nivel de sus haciendas, apacentaron sus ganados y enriquecieron sus huertas, vivieron prácticamente en el monte, alejados de la ciudad enferma, dedicados a sanear su hacienda. Por eso es que existen hermosas mansiones rurales, residencias confortables que no edifican en la ciudad sino en el campo donde recuperaban de su inclemente exilio. Todos fueron campesinos y labriegos antes de ser millonarios.

En otro sector –sobre la carretera que arranca de Chinandega hacia el puerto de Corinto- arteria vital de desembocadero, los vecinos pudientes de Chinandega barrieron los potreros para edificar un centro de recreo, ahora que ya pueden recrearse.

En uno de los chalets del tránsito, se dieron cita algunos dirigentes para fundar un Comité directivo que se hizo cargo de la construcción del Country Club. En la misma sesión fue suscrito un capital de cien mil córdobas; fue comprado el terreno como de diez manzanas para fijar el propósito sobre la tierra firme. Se trata ahora de escoger a los arquitectos constructores, sobre la base de una edificación con valor de cuatrocientos mil córdobas. Más de diez concursantes serán sometidos al juicio del tribunal calificador. Y las obras estarán construidas durante el año próximo.

La Empresa Nacional de Luz y Fuerza ha declarado, con base en las estadísticas, que Chinandega es la segunda ciudad consumidora de fuerza y energía eléctrica, disputando a Managua el primer lugar. Este dato indica el movimiento industrial sin desperdicios, el superávit del esfuerzo propio en una región sin extranjeros; los extranjeros que llegan a Chinandega están al servicio de los chinandeganos, así en productos defensivos como en equipos humanos, fumigadores, los extranjeros que viven en Chinandega so más que extranjeros, nacionales: han formado respetables hogares que engrandecen la tradición hogareña de aquella sociedad virtuosa y sensitiva. La familia chinandegana tiene ya sus propiedades, sus viviendas. Sobre la carretera Chinandega – Corinto, está prosperando un reparto familiar: la familia Paniagua Rivas, la Montealegre – Gasteazoro, han edificado sus quintas residenciales, así como otros tantos hogares pobladores de aquella zona productiva.

En cuanto a su progreso sentimental y artístico, en Chinandega existen cuatro estaciones de Radio, transmisoras; y al correr del tiempo, un Alcalde, Rodolfo Zelaya Alaniz, pavimentó la Calzada hacia el Cementerio, que por tantos años constituyó un problema para la ciudadanía. Nosotros iniciamos aquella cruzada reparadora que al cabo de muchos años fue coronado por el mejor y más hermoso de los éxitos.

Chinandega es lo que pudiéramos llamar, la Ciudad tablero, por la perfecta cuadratura de sus calles sobre las cuales no existen líneas retorcidas. Vista desde la altura, el panorama que van mostrando las alas del avión, se avizora como un milagro de la topografía, desde el centro hasta las barriadas, el perfil de Chinandega es de una belleza indescriptible. Se levanta desde el occidente hasta escalar la altura de su cordillera en la que sobresalen dos volcanes. Y se divisan las carreteras y los caminos de penetración construidos por el Estado en estrecha colaboración con los vecinos.

 Bajo el ala del progreso que vuela, los dramas del aire han sobrecogido el espíritu de la ciudad estremecida. Trozos de juventud han sido destrozados cruelmente por lo imprevisto. Pero sobre el dolor de los restos humanos y de los escombros, la oración resignada ha contemplado, más allá del espacio, la luz de la Verdad en la paz del Señor. 

En la paz del Señor, donde reposan los despojos de nuestros antepasados.
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domingo, 24 de agosto de 2014

EL BAILE DE LOS DIABLITOS. Por: Enrique Peña Hernández. En: La Prensa, 15 de diciembre de 1957.

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Masaya, que se ha caracterizado en la República, por sus originales manifestaciones de arte, ha conservado a través de muchos años, dentro del orden típico y eminentemente popular, el singularísimo Baile de “Los Diablitos”.

Se desconoce a ciencia cierta cuál haya sido el verdadero origen de estas danzas; pero la versión más generalizada y aceptada es la de los que aseguran que ese baile nació en los últimos años del siglo pasado, época en la que, no habiéndose aún estrenado el gusto artístico de la juventud, se tenía alguna pasión por las obras de autores clásicos; y era muy corriente en las diferentes tertulias, conversar sobre buena literatura, declamar excelentes versos o discutir sobre alguna pieza dramática representada por los compañías teatrales que a la sazón venían con bastante frecuencia a esta ciudad. Así fue como, en la proximidad de la celebración de las fiestas patronales de San Jerónimo, en una memorable tertulia de los jóvenes bulliciosos y alegres de Masaya, se decidió sacar –en vez de la simpleza de los “Torovenados”, que salían buenos por cierto— un conjunto de “máscaras” con más gracejo salero y picardía. Y se atribuye al entonces joven doctor Rosalío Cortés, después prohombre de Masaya, la idea de que el personaje central del conjunto fuese Mefistófeles, con todo el atavío con que representan el protagonista del FAUSTO. Los demás contertulios dieron sus opiniones y sugerencias sobre los otros personajes y tipos de la mascarada; y concertados en el día y la hora, en una clara y  fresca noche de Octubre salieron los alegres disfrazados  portando guitarras y mandolinas, al modo de serenateros; y, como éstos, ejecutaron al pie de las ventanas de las simpáticas muchachas masayenses, románticas piezas, y cantaron galantes coplas y canciones. Magnífico fue el éxito alcanzado; y las buenas familias, regocijadas en extremos por la original ocurrencia, diéronle su apoyo moral y económico al grupo; y  cada año, el lujo de los trajes aumentaba, como la calidad de los versos de las ingeniosas coplas.

Como el personaje principal era el Diablo (Mefistófeles), la gente bautizó el conjunto con el nombre de “LOS DIABLITOS”, que estaba  y está actualmente integrado por los siguientes personajes y caracterizaciones: EL DIABLO MAYOR (con la lujosa indumentaria de Mefistófeles) el Diablo Común (como lo representa la imaginación popular), el LEÓN (con corona de rey), el Tigre, el Macho (vestido de etiqueta), el Oso, la MUERTE QUIRINA y dos o cuatro diablesas. El Diablo Mayor lleva el Juco, y lo ejecuta acompasadamente; el Oso, una pandereta con cintas de colores, que agita rítmicamente; el Macho, un bastón con empuñadura metálica, la Muerte, su Guadaña; el Tigre y las Diablesas, guitarras o mandolinas adornadas con borlas y cintas de colores; y el diablo común, una cadena extendida entre sus manos.

Como el grande entusiasmo del público pasara con el transcurso del tiempo, por algunos años estuvieron sin salir “Los Diablitos”, y cuando nuevos jóvenes entusiastas decidiéronse a sacar el mencionado conjunto, lo hicieron mutilando la intención original de sus artísticos creadores; que consistía en deleitar al público con sus bailes y canciones chistosas, acompañadas de guitarras y mandolinas; rematando el acto con una danza “aballetada”, en la que los personajes saltan unos en pos de otros, describiendo círculos, haciendo gestos y mímicas que movían a risa; conservando solamente la danza final.

Los nueve “Diablitos”, pues, que son los que han tomado arraigada personalidad y carácter en el Folklore masayense necesitaron de acompañamiento musical especial para la ejecución de su baile o “ballet” sui géneris; y así fue, como el prodigioso genio de ALEJANDRO VEGA MATUS, creó la maravillosa música de “Los Diablitos”; música inspiradísima, excitante, impulsiva, nerviosa…; en una palabra, deleitosamente indescriptible. Me atrevo a sostener, que sin esa música el conjunto de “Los Diablitos” hubiese fracasado y muerto en el corazón de Masaya; y que ella lo vio a salvar del olvido y a hacerlo revivir para regocijo y contento de los nicaragüenses.

Debo mencionar aquí el nombre de don Arnoldo Luna Miranda que en los últimos tiempos ha sido alma y nervio del apreciado grupo artístico, en el que desempeña el rol de Diablo Mayor; a quien el autor de este artículo, le rinde las más expresivas gracias, por el suministro de importantes datos sobre dicho conjunto.

Masaya, diez de Diciembre de 1957. 

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sábado, 23 de agosto de 2014

MATÍAS ESTRADA, EL BARBERO DE RUBÉN DARÍO. En Mundo Hispánico, Septiembre de 1967.

EN VALLDEMOSA, CON SU BARBERO. Por: A. F. Molina. En: Mundo Hispánico. No. 234. Septiembre de 1967.


En su segundo viaje a Mallorca, Rubén vivió allí días felices, en los que en parte repuso su salud quebrantada, disfrutó del espectáculo de la naturaleza y del ambiente campesino mallorquín, de la gran riqueza flolklórica de Valldemosa, y trabajó bastante. En aquellos días convivió con la gente  del pueblo e hizo amistad con un joven barbero, que vive aún y que le recuerda con un entusiasmo y con una devoción muy vivos.

Nos trasladamos desde Palma a Valldemosa en busca del barbero de Rubén Darío.

Llegamos a Valldemosa, a ese pueblecito famoso que incluso en el clima, más frío que la generalidad de la isla, tiene algo de pequeño Escorial. Del barbero de Rubén no sabemos ni su nombre; únicamente hemos oído comentar que vive y que recuerda con entusiasmo al poeta. Entramos en el primer bar que encontramos en busca de una pista, y allí preguntamos.

Al hacer la pregunta hay un momento de indecisión, como si no lo hubieran entendido, como si no supieran de qué se trata. Los presentes se hacen una rápida consulta en lengua vernácula y sitúan al personaje en seguida, muy satisfechos de poder demostrar la tradicional amabilidad mallorquina.

--Ah, sí; ustedes pregunta por Matías Estrada, el padre de Matías, del conjunto Los Valldemosa. Si suben la cuesta que llega a la Cartuja, al llegar a la esquina verán una puerta al abrirse da a una escalera. Suben por ella y preguntan. Vive allí.

La casa que buscamos queda muy cerca, y cuando llegamos y explicamos el motivo de nuestra visita, una señora muy amable, hija de Matías Estrada, nos dice:

--Mi padre no sé si podrá contarles algo; se encuentra enfermo y ya no está para nada.

Al momento aparece con Matías Estrada, y en cuanto le vemos nos damos cuenta de que este hombre es uno de esos seres bondadosos que viven un mundo aparte, feliz en él.

Tiene gestos muy vivos y ademanes muy despiertos. Físicamente se conserva muy bien, y hay en él, aún, parte de la agilidad juvenil de aquel joven que afeitaba a Rubén Darío, y es una de las personas que siente hacia su recuerdo una mayor admiración.

--Padre –le dice la hija—, estos señores quieren saludarte.

--¿Cómo están ustedes?

Nos tiende la mano con espontaneidad, con alegría, como un niño que estuviera de fiesta.

--¿Cómo están ustedes? Muy bien, muy bien –sonríe y trata de despedirse amablemente, pero con la precipitación de un niño—. Ustedes me dispensarán... Mucho gusto… Me están esperando para comer.

--Espera, padre. Estos señores quieren hablar contigo.

Aunque es un viejo muy pulcro y muy agradable, él se mira la ropa cuidada y limpia, muy adecuada a su edad y al lugar donde vive.

--Ustedes perdonarán que los salude con esta ropa, pero es la que me pongo para ir al campo.

--Al contrario. Está usted muy bien.

--Yo, saben ustedes, en tiempos, cuando tenía tanto trabajo, no me quedaba  tiempo para nada. Pero ahora me voy  un rato por la mañanas a la finca de mi hijo.

--Padre, estos señores quieren que les digas algo de Rubén Darío.

--¡Ah Rubén Darío!— el rostro  se le ilumina y los ojos se le mueven con vivacidad—. Ya casi no me acuerdo de nada. Ha pasado tanto tiempo, que no me acuerdo de nada. Entonces yo era joven y me decía Rubén Darío:

                   Juventud, divino tesoro,
                   ya te vas para no volver.
                   Cuando quiero llorar no lloro
                   y a veces lloro sin querer.

--Nosotros –sigue diciendo Matías Estrada— éramos fundadores de la Agrupación Folklórica del Parador de Valldemosa. Entonces bailábamos y cantábamos para Rubén… Esto fue antes (debe referirse al primer viaje). Después vino más viejo y también nos hizo versos para la Agrupación (se lanza a recitar versos, que procuramos oír con cuidado por si hubiera la suerte de que alguno fuera inédito; pero no es así).

                   La juventud más hermosa
                   del barrio más distinguido
                   forma parte en Valldemosa
                   de este grupo que da vida
                   a la gente silenciosa.
                  
   Cantan los músicos
                   acompañados compases.
                   El bailarín da su salto
                   y hay pases y contrapases.
                  
   Otra mujer se aficiona,   
                   si algo gallarda, algo fea,
                   y, aunque es algo jamona,
                   muy bien que se zarandea.
                  
    Luego va una adolescente
                   calispigia y ojo brujo,
                   con una cara de inocente
                   de hacer pecar a un cartujo.

Ha dicho los versos muy de prisa, con algunas variantes sobre el original.

--¿Y cómo sabe estos versos de memoria?

--Me los dio Rubén Darío. (Al parecer, Rubén Darío le dio algún manuscrito que después se perdió). También estuvo aquí mucho después su sobrina y me dio un libro suyo, porque Rubén Darío, cuando se marchó, le dijo a ella que cuando visitara Mallorca no dejara de venir a verme a Valldemosa. Voy a enseñarle el libro.

Sale rápidamente.

--Pues han tenido ustedes suerte. Hoy mi padre está hablador. Hace tiempo que no le veía así— nos dice la hija, muy contenta.
Vuelve al instante, tan de prisa como se había ido, y nos enseña el libro.

--Este es el libro de Rubén Darío. Pero no es para ustedes –nos advierte—; lo quiero para mí.

--Desde luego. No se preocupe. No puede estar en mejores manos.
Hojeamos el tomo de Poesías completas de Rubén Darío, editadas por Aguilar en 1945.

--No se crean que a todo el mundo le decía versos Darío. Una vez, en una cena en La Marina, había mucha gente y señoritas muy bien vestidas. Se le pidieron versos a Rubén Darío, pero dos señoritas muy bien vestidas hacían ruido y él se irritó y dijo que no diría versos porque le habían molestado esas señoritas. Yo lo veía todos los días. Para mí era un santo, un santo. Muchas veces, cuando he oído decir cosas de él que no están bien, le he defendido y le he dicho: No sé por qué tenéis que hablar mal de él; no estáis educados. Yo era barbero y estaba empleado en telégrafos. Ahora estoy retirado. Entonces era el único que me quedaba en el pueblo y hablaba más que nadie con Rubén Darío. Los demás, durante el día, se iban a trabajar al campo. Se levantaban temprano y no volvían hasta la noche. Rubén Darío también se levantaba temprano, hacia la seis; se ponía a escribir hasta las nueve. Después salía a dar un paseo. Se colocaba todas las mañanas en una esquina de Valldemosa para aguardar el paso hacia la fuente de una bella muchacha que iba a por agua.  Rubén Darío la admiraba en silencio y nunca le dirigió la palabra.

--¿Cómo se llamaba? ¿Vive?

--Sí; ya lo creo. Es más joven que yo, aunque ya tiene nietos. Se casó en Palma, pero nunca he dicho su nombre, ni lo voy a decir ahora. ¿Quieren ustedes algo más?

Matías Estrada saca otra vez a relucir su prisa.

--Sí; le agradeceríamos que nos acompañase hasta la casa en que vivió Rubén Darío.

--Bueno, sí. Está aquí mismo. Vengan ustedes; está al otro lado de la plaza, en el Palacio del Rey Sancho.

Matías Estrada camina con tanta agilidad, que casi nos cuesta trabajo seguirle. Su simpatía y su popularidad resaltan aún más en la calle, donde todos le saludan con afecto y con alegría. Él camina muy contento  y con una sonrisa muy bondadosa que tiene un punto de ironía.

Llegamos en un instante.

--Aquí es.

--Gracias, muchas gracias.

Nos sonríe de nuevo. Y  ahora, interpretando que su misión está cumplida, dice con un tono que no admite réplica:

--Ahora, señores, me despido de ustedes, porque se está haciendo tarde y me esperan para comer.

Faltan unos minutos para la una. 

lunes, 18 de agosto de 2014

De Nueva York a la Calle de Enmedio

WILLIAM WALKER Y  RICARDA CERDA, LAS HUELLAS DE UN ROMANCE. Por: Pedro Rafael Gutiérrez. En: La Prensa, 13 febrero de 1977.

*Sobreviven dos nietas de Walker
*El abrazo de Jerez-Walker
* Pío Cerda, hijo del filibustero
*La Niña Antonia sin descendencia

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Polvo, piñuelas, chavalos con el ombligo pelado y la barriga llena de parásitos, animan el paisaje que rodea la Calle de Enmedio, a tres kilómetros de Rivas, en un sitio donde se detuvo el tiempo.

Por esa sórdida avenida donde en mejores tiempos se cultivaba cacao con fines de exportación, pasó varias veces el General William Walker en sus repetidas  incursiones a San Jorge, seguido de una bandera ostentosamente nacionalista que llevaba bordada la enseña de “cinco o nada”, símbolo de la unidad centroamericana que él quiso realizar por métodos muy particulares.

En una casita situada sobre ese viejo camino, de la que se filtra un penetrante olor a café, vive la anciana Ana Antonia Castillo, una de las dos nietas sobrevivientes de William Walker, atadas a modestas sillas por los indescifrables lazos de la artritis deformante.

Doña Antonia, más propiamente la Niña Antonia, lleva a sus tristes espaldas un cerro de recuerdos de su padre Pío Cerda, el único hijo del filibustero William Walker. La Niña Antonia es una de  los cinco hijos de Pío Cerda, nietos del que un día fue Presidente de Nicaragua, por métodos tortuosos que en forma alguna han sido abandonados por nuestros políticos.

En lo que se refiere a ella, con 91 años a cuestas, se detuvo la sucesión de William Walker, virgen  y mártir como es, la cara de ese pergamino que imprimen los años, los brazos tatuados por gruesas venas, profundas arrugas como los viejos mapas que llevaba su abuelo metidos en una funda de cuero, para ubicar los sitios de una tierra que si en verdad nunca comprendió, con seguridad amó intensamente.
WILLIAM Y RICARDA

El 18 de abril de 1849, la vida de William Walker sufrió un cambio que significó abandonar proyectos, trazarse una nueva línea de conducta y emprender una de las más pintorescas aventuras de la historia latinoamericana.

Ese día murió en Nueva Orleans Ellen Galt Martin, la novia sordomuda de William Walker, y el hombre se volvió taciturno.

De los labios del joven abogado, médico y periodista se borró la palabra amor y olvidó las caricias. Si es que alguna vez las volvió a intentar, dedicadas varios años después a una joven nicaragüense llamada Ricarda Cerda, cuyos mensajes de amor tuvo que dirigir a Walker con los ojos, las manos, y la entrega de su cuerpo, que debió haber tenido lugar en una noche rivense, enmedio de los sobresaltos provocados por los cañones filibusteros.

La bella joven Cerda, ignoró que ella cabalgaba  con Walker en los lomos de la historia.

De ese romance nació Pío Cerda, único hijo descendiente de Walker, al que resulta controvertido llamar heredero del aventurero de Nashville, calificado por unos de monstruo y por otros como “estrella del norte”.

Walker cometió muchos errores, fue “desestabilizado” por los capitanes de industria norteamericana, expulsado del país y fusilado en Trujillo el 12 de septiembre de 1860, en un pueblo que vive 117 años después, el mismo atraso del día en que frente a un pelotón de fusilamiento el General Walker pronunciaba sus últimas palabras para confesarse católico y legítimo Presidente de Nicaragua.

DON PÍO CERDA Y SU SUCESIÓN

Cuando Walker se fue del país se ignora si Pío estaba ya nacido, o si, por el contrario, iba aún en el vientre la Ricarda, que por cierto se contentó con tener ese único hijo al que le dedicó los mejores cuidados.

Pío creció en el ambiente provinciano de Rivas y San Jorge, y llevaba en la frente el sello de la sangre de Walker y en la cintura un lunar que se consideraba característico de su legítimo ascendiente.

Pío Cerda tuvo cinco hijos, dos de ellos mujeres que aún viven y que son los descendientes más cercanos del inquieto aventurero.

La Niña Ana Antonia Castillo, sin descendencia, vive en la Calle de Enmedio, en un cuarto pobre de piso de tierra, aislada del mundo y sujeta a una inmovilidad de la que no podrá salir jamás.

Sus ojos han perdido todo brillo y es como un montoncito de cenizas apagado, sin más fuego interior que el compromiso de vivir por reflejos.

Cuando la entrevistó el periodista, ella preguntó si eran yanquis los que queríamos fotografiarla y si era posible que le ayudaran a bien morir.

Su mundo es el que se asoma tímidamente por una puerta que da a un patio sin horizonte y su piel seca parece estar a punto de quebrarse.

Por increíble que parezca, la vida sólo asoma por una enorme llaga de erisipela que a ella la tiene sin cuidado.

No tuvo ningún hijo y los parientes más cercanos que la visitan son sobrinos que la cuidad amorosamente.

DOÑA FRANCISCA, LA OTRA NIETA

A varios kilómetros de Rivas, en un caserío igualmente triste, vive doña Francisca Castillo, la otra nieta de Walker, que se casó en su juventud y que una numerosa descendencia.

Ella está igualmente paralítica y uno de sus hijos nos dio que pedía no la visitáramos por su estado de salud.

Es sin embargo muy  parecida a la niña Ana Antonia; muy parecida en su tristeza; muy parecida en sus padecimientos; muy parecida, en fin, a todos los viejitos que parecen hermanos, como se parecen entre sí, los chinos, los monos y los policías.

Doña Francisca tuvo varios hijos y uno de ellos don Pío Castillo, que lleva el nombre del hijo de Walker, atiende a su familia con devoción ejemplar. Es un hombre modesto, dado al trabajo, parco en el hablar, para quien ser descendiente de Walker no significa sino llevar una piedra en el zapato.

En busca de su tía Ana Antonia lo encontramos en la Calle de Enmedio, naufragando en mares de polvo, ignorando que fuese biznieto de Walker, y más aún, que su madre estuviese aún viva, con lo que subía a dos el número de nietos de Walker.

Don Pío Castillo es un hombre grueso, blanco y difícilmente podría señalarse su parentesco con el General Walker.

Ni siquiera imaginándose a Walker gordo, podría establecerse una elación de parentesco entre éste y su descendiente.

Sin embargo, la naturaleza parece dar saltos. Un tataranieto de Walker, descendiente de esta gente, heredó la silueta agresiva del aventurero de Tennesee.

Orlando Bustos Alvarado podría servir de modelo a cualquier pintor que quisiera reproducir la imagen de William Walker.

Es delgado, bajo, de ojos transparentes, de mirada arrogante, de inteligencia muy despierta y lo que es más importante, biznieto de don Pío Cerda, el hijo de William y de Ricarda.

EL ABRAZO IMPOSIBLE

El 29 de enero pasado, a las dos de la tarde, estábamos frente a las puertas de la casa donde vive la Niña Ana Castillo.

Hacía exactamente 120 años que William Walker había marchado de Rivas a San Jorge, pasando frente a esta misma casa, por el mismo camino polvoriento, acaso saludando a la Ricarda y ordenando disparar en su honor una salva de fusilería, mientras ella lo veía partir como algo inalcanzable, mientras acariciaba sus trenzas y recogía del suelo un fino ramo de reseda que se la había caído por la emoción.

120 AÑOS NO ES NADA

A las pocas horas las fuerzas de William Walker habían tenido 80 bajas entre muertos y heridos y emprendían la retirada al cuartel principal.

En esa ocasión y en un día como el que nosotros revivíamos frente a la casa de su nieta, Walker había estado en la mira del General Máximo Jerez, comandante del ejército nicaragüense en ese sector.

Ni la historia sabe si se vieron por entre las trincheras, ni se conocen detalles sobre la reacción de Walker ante la derrota.

El hecho es que 120 años después, exactamente, sin una mínima diferencia de minutos, nosotros habíamos logrado en la Calle de Enmedio, poner frente a frente, el 29 de enero de 1977, a don Pío Castillo y a don Leonardo Jerez, biznietos de William Walker y de Máximo Jerez, respectivamente.


Qué pasó en la mente de estos dos hombres cuando les pedimos que posaran para La Prensa, nunca lo sabremos.

Cuando hacíamos la foto, un carromoto levantaba polvo en la Calle de Enmedio y por la nube de polvo se filtraba el sol.

Nunca podré establecer si la silueta que se dibujaba en el recodo del camino, era la del General Walker o la del doctor Máximo Jerez, porque un apretón de manos de sus biznietos me hizo caer a la realidad de que en la historia nada es imposible.

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“LA CAIMANA”, POR FIN, REVELA SU SECRETO. Por: Filadelfo Alemán. En: La Prensa, 20 de diciembre de 1969. 

El día menos pensado ¡Pum!:


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Tan peligrosos como estar en plena guerra de Viet Nam, las fábricas de pólvora no dan para comer ni muchos menos para vivir. Son una industria a fin de cuentas, pero… ¡Qué industria!

La mayoría de sus dueños que se han metido al negocio, tomaron esa profesión porque sí… ¡Vaya! Porque mi padre también era pirotécnico, dicen.

Como en los comienzos de la artesanía en la Edad Media, padres, madres, hijos y si hay tíos, también, etc., están en el trabajo.

“LA CAIMANA”

Carmen Aguirre Ocampo, la dueña de la fábrica “La Caimana”, es el colmo de empresaria. Su habilidad para construir cohetes, bombas, morteros, triquitraques, etc., data de cuatro generaciones.

Seis explosiones han destruido su fábrica, pero, sin embargo, dice que no es tan peligrosa la chamba como la pintan. Ni mucho menos como la guerra de Viet Nam, exclama. Sólo las manos se ha quemado después de salir de los escombros ahumada hasta las plantas de los pies.

Las fábricas, son una lástima. Se les llama fábricas porque no hay otro nombre que ponerles. Son semitalleres.

Cuentan con elementos sencillos, todos de fácil consecución: carrizos, mecates, papel kraft de bolsas de cemento, alambres, páginas de pasquines, etc.

Otros elementos más vitales son: salitre, azufre y carbón (de “ceibo” o de “guarumo”), los cuales sirven directamente para la fabricación de la pólvora.

Cuando desean que ésta sea de colores, a esos elementos químicos, de fácil consecución en las farmacias y droguerías, les agregan hierro, potasio, aluminio, clorato de bario, etc. Una verdadera química.

La señora Aguirre Ocampo, expresó ayer que cada quien se dedica a un trabajo diferente y así es que los miembros de la familia pirotécnica y los empleados, se distribuyen en un patio y diferentes lugares de la habitación y se dedican a su respectiva especialidad.

¡PUM!

Dicen que esa forma de trabajo disminuye el peligro, pero la verdad es que existe tanto desorden y las medidas de prevención son tan confusas e inseguras que uno a uno podrán volar como en una carga cerrada.

“Cuando uno siente es que ¡PUM”, dijo una vez un pirotécnico entrevistado después de un percance.

En la fábrica hay gente, como la que se ve en una zapatería de viejo caño, o como los de una fábrica de bloques de concreto: sucios, raídos, y los chavalos juegan con la pólvora como jugar con tierra, la andan en las ropas, en la cara, en las manos, en los pies descalzos, en todas partes.

José Manuel Estrada, un pirotécnico cuyo padre también le enseñó el negocio después de cuarenta años de laborar en él, dijo que en realidad no se gana gran cosa. Y es cierto.

No se gana mucho en relación a los peligros. Y, ni aun cuando fuera tan fácil como pintar muñecos a carbón.

DICIEMBRE GRAN MES

Tengo dos hijos varones y una mujer, expresó Estrada.

--Para diciembre es que nos desquitamos, dijo. La Purísima, el 24, el 31, todo mundo compra pólvora.

Estrada fabricaba una estrella cuyo valor al cliente es de cien córdobas. Distribuía uno a uno los cartuchos de pólvora de colores, y utilizaba además de las manos, la boca para hacer nudos con los mecates llenos de cera o de pólvora. El bigote lo tenía contiloso de tanto repetir la operación.

La ganancia neta por la estrella, en cuyo vientre colocaría la Virgen María, era de cincuenta córdobas. Algo es algo.

--Con una libra de pólvora se hacen cinco docenas de bombas de a peso, comentó, mientras un grupo de chavalos del barrio, amigos de sus hijos, contemplaban admirados su habilidad. Un chiquillo hasta llegó a decir que le gustaría aprender.

Confeccionar una libra de pólvora le cuesta alrededor de 16 córdobas y cinco docenas de bombas de a peso son sesenta córdobas.

--Regular ganancia, pero no todo el año, aunque se trabaja diario, expresó.

Siguió diciendo que no es cierto que la bomba que salió retratada en La Prensa fuese de cinco libras.

--Apenas llevaba unas oncitas, dijo. Cinco libras de pólvora nos vuelan a todos y de un camión sólo dejaría la placa, agregó.

PRECAUCIONES

Sobre las medidas de prevención para evitar accidentes, dijo que éstas se limitaban a que cada quien realice su pare y a que la pólvora, antes de ser elaborada, se encuentre húmeda.

A veces fabrican hasta seis libras de pólvora y con la mayor naturalidad… cocinan en casa.

--Pero la pólvora la dejamos lejos, se excusó.

Expresó no haber tenido nunca un accidente.

Ser pirotécnico es pirotécnico. Nada del otro mundo para ellos, aunque algunos guardan celosamente una serie de secretos.

Carmen Aguirre Ocampo, la dueña de “La Caimana”, dio una fórmula de hacer bombas a este redactor que si se dedica a seguirla al pie de la letra hubiese volado con todo y barrio.

--Si yo le cuento todo, es como que me quedara en la calle, dijo.


EL GRAN SECRETO

Para evitar accidente han utilizado un sistema novedoso. “Sólo ellos lo ocupan”, aunque el dárnoslo a conocer nos heló la sangre.

--Es muy fácil, dijo, pero nos ha dado óptimos resultados. Se trata del horóscopo.

--Bueno, a ver díganos, ¿y cómo es eso?

--Pues que cada quien tiene su horóscopo y cuando éste nos señala algo malo, no trabajamos.

--Ah, ¿Sí?

-- Sí.

Por ejemplo, mi signo es Géminis, y cuando me señal mal agüero, doblo carpeta y no trabajo.

Acercándose a este redactor asombrado mostró el horóscopo y dijo:

-- El 13 de febrero del año pasado, mi horóscopo decía lo siguiente:
“Es un día muy propenso para cometer errores, por lo tanto no trabaje en asuntos de importancia. Una conducta errada y sucesos inesperados perturban sus asuntos. Será difícil concentrarse en varias cosas a la vez”.

-- ¿Y no trabajaron, verdad?

-- Claro.

-- Todos tenemos horóscopo, prosiguió. (Horóscopo Internacional, Día por Día). Hilda Rosa Scot, lo tiene. Ella es del signo Tauro; Concepción Aguirre, el de Aries; Saida Carolina Scot, el de Sagitario; y José Dolores Aguirre, el de Libra.

Según expresó lo llevan al pie de la letra. Si Tauro, le indica a Hilda Rosa que ese día es peligros, no trabaja, pero los otros sí. Total, que en el año trabajan menos de doscientos días. ¡Muy buenas vacaciones!

Este redactor y su fotógrafo salimos con recelo, bastante despacio.
A la mente se nos vino esta frase:


-- Esto es la pirotecnia. El día menos pensado… ¡PUM!

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‘La Caimana’, un popular personaje de Campo Bruce. En: La Prensa, 3 de Julio de 2006.

Se llamaba en realidad Petronila del Carmen Aguirre, nacida en el barrio El Infierno, de Managua, cerca de la Plaza del Caimito, donde se construyó el Instituto Ramírez Goyena, destruido por el terremoto de 1972. Ese era su nombre, pero se le identificaba más por el apodo “La Caimana”, en especial en el barrio Campo Bruce.

Resulta que su padre, José Dolores Aguirre, el popular Tata Lolo, dueño de una conocida cantina en la Carretera Norte, en su juventud comenzó trabajando como cochero en la vieja Managua. La gente decía que era muy tapudo y le pusieron “Lolo Caimán”, cuando creció su hija Carmen, le comenzaron a decir “La Caimana”, por ser semejante a la boca con su padre.

Desde niña, Carmen Aguirre se inició en las labores de la pirotecnia, pues su abuelo tenía un taller. Antes de cumplir los veinte años montó su propio negocio, que se hizo conocido con el nombre de “La Caimana”. Pronto sus cohetes, morteros, cargacerradas, toritos encohetados, peinetas, buscapiés, se hicieron famosos en toda Nicaragua, su taller es todavía punto de referencia en el barrio Campo Bruce.

UN SER ESPECIAL

Desde joven, Carmen se vestía con ropa de hombre, cabello corto y adoptando poses masculinas, con acentuado machismo, al extremo de decirse que era “muy enamorado”, solía hacerse acompañar de agraciadas jovencitas. Para las festividades de Santo Domingo organizaba bailes, siempre vestida como hombre bailaba al son de la marimba. Una de sus parejas fue conocida como Blanca Magnolia.

Durante muchos años convivió con Ilda Scott, ahora al frente del taller. Era una guapa jovencita, enfermera del Hospital Bautista, con apenas veintidós años, descendiente de don Chale Scott, un inglés que perforó e instaló el primer pozo artesiano que hubo en Diriamba. Cuando se unió a Carmen fue tremendo escándalo. Convivieron once años, desde 1960 hasta la muerte de Carmen, el 16 de agosto de 1971, a los cuarenta años de edad.

La pareja adoptó a varios niños y niñas, nacidos de humildes mujeres que se los llegaban a dejar, en total dos mujeres y cinco varones, a los cuales les dieron educación a nivel universitario. Uno de ellos es pastor de la Iglesia Pentecostal. Ilda se refiere a ellos con mucho orgullo, cuenta que cuando estaban pequeños acostumbraban a decirles: “mama Carmen y mama Ilda”. Luego de la muerte de Carmen, Ilda adoptó a Ilda Rosa, también profesional, ella procreó una hija, Zaida Catalina, con un conocido comerciante capitalino.

La muerte de Carmen en 1971 fue un tremendo acontecimiento. La calle que pasa frente al taller fue cerrada. Antes de salir el entierro, llegó una humilde familia a quien se le había muerto un niñito, a pedir permiso para que el pequeño ataúd fuera junto con el que contenía los restos de Carmen, para ser sepultados en el Cementerio Oriental. Hasta en su muerte el escándalo rodeó a este curioso personaje, pues la gente que acudió por miles especulaba sobre el contenido del pequeño ataúd.

Pueden haber criterios y comentarios contradictorios sobre la vida y conducta de Carmen Aguirre. En lo que no hay duda es que fue un personaje del barrio Campo Bruce, una persona entregada al trabajo, capaz de educar y dar profesión a varios niños y niñas, artista en el campo de la pirotecnia, mezclando sonidos y colores, todavía el fuerte estallido de un cohete anuncia la presencia de “La Caimana”.

sábado, 16 de agosto de 2014

LOS SELLOS POSTALES DEDICADOS A RUBÉN DARÍO,



Por: Eduardo Pérez-Valle h.

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En 1967, el Gobierno de Nicaragua y la sociedad nicaragüense prepararon diversas actividades dedicadas a conmemorar el Centenario del Nacimiento de Rubén Darío. Durante el período presidencial del doctor René Schick Gutiérrez, la Asamblea Nacional, mediante Decreto Ejecutivo, declaró: “Nicaragua se prepara a honrar a su máximo poeta y a celebrar dignamente el Primer Centenario del Nacimiento de su preclaro y dilecto hijo”, por tal motivo se autoriza “la impresión de una emisión conmemorativa de estampillas denominada Primer Centenario del Nacimiento de Rubén Darío”.[1]

Esa emisión filatélica recorrería el mundo, tal como lo hiciera la fama trascendente del poeta en cada rincón de los Continentes. Era ésta, la primera colección de sellos autorizada por un Gobierno de Nicaragua en cuyo contenido fueron representados diversos temas relacionados a la vida y obra del vate: La casa donde nació Darío; Monumento en Managua; Catedral de León; Alegoría de los Centauros; Alegoría de los Cisnes; Alegoría de la Marcha Triunfal; Alegoría de los Motivos del Lobo; y Alegoría de la Salutación del Optimista.

Aquel tipo de homenaje lo consignó el periodista Luis María Lorente en la Edición Extraordinaria de la prestigiosa revista Mundo Hispánico[2]. Sobre esa colección filatélica escribía el citado especialista: “Entre estas colecciones de tipo temático, pero que son al mismo tiempo monográficas, se está creando una en honor y recuerdo del poeta Rubén Darío (1867-1916). Se da el caso que, en razón de los años de su nacimiento y muerte, unos países han hecho sellos con ocasión del cincuentenario de su fallecimiento, en el año 1966, y otros, en cambio, la efemérides que recuerdan es el centenario de su nacimiento, y por ello los están emitiendo este año”.

El interesante artículo fue ilustrado con una excelente reproducción a colores de los ocho sellos postales de Nicaragua y, de otros países. A continuación agregaba: “Paulatinamente, las distintas administraciones postales de los países hispanoamericanos van poniendo en servicio sellos en homenaje de este singular poeta, el cual definió otro ilustre nicaragüense, don Pablo Antonio Cuadra, con “genio de nuestra genialidad”, y cuya poesía, “que naciera aquí en grito de aviso y profecía, no es más que la síntesis de esa voz silenciosa, pero millonaria, de una Hispanidad que despierta”, la cual es una unidad de todos aquellos que “rezan a Jesucristo y hablan el español, como decía el propio Rubén Darío”.


Sin embargo, en los párrafos de Luis M. Lorente no hay mínimas referencias sobre los artistas creadores de las obras empleadas en lo tirajes. En ese año, la mayoría de países latinoamericanos dedicaron emisiones filatélicas a conmemorar el Centenario de Darío, así lo dispusieron, entre otros, Nicaragua, Paraguay, Chile, Argentina. En 1967 cada país contaba con el concurso de caracterizados artistas filatélicos.

De años atrás provenía, en Centroamérica, las primeras iniciativas dispuestas a fundar la Federación Centroamericana de Asociaciones Filatélicas, esa organización permitía consensuar emisiones filatélicas basadas en intereses comunes. El Centenario del nacimiento de Rubén Darío mantuvo ese tipo de conmemoración regional.

El 25 de febrero de 1963 fue celebrada la Convención Filatélica Centroamericana, en San José, Costa Rica, en donde fueron asumidas las recomendaciones y sugerencias de las Sociedades Filatélica: los representantes fueron: por el Club Filatélico de Costa Rica, el señor Carlos Sáenz; Por la Asociación Filatélica de Costa Rica el señor F. O´Neill G.; en representación de la Asociación Filatélica de Nicaragua, Federico Ahlers; la república de Panamá representada por el señor Carlos A. Patterson; José Corrales Valle por El Salvador; y Luis Guido Herzog, por la Asociación Filatélica de Honduras. Ellos, recomendaron a los Gobiernos centroamericanos la creación de Juntas Asesoras Filatélicas.

Mi padre solía solventar nuestras necesidades, conjuntando trabajos de diversa naturaleza; echaba mano de las capacidades artísticas que heredó de la familia. Si, en efecto, la destreza en el dibujo le era de condición inherente, poseía un extendido conocimiento sobre arte en todas las corrientes. Dicha actividad le significó otras fuentes de ingreso, pero sobre todo, la satisfacción de la ejecución plástica.
Dibujo de E. Pérez-Valle

Durante varios años trabajó frente a la mesa de dibujo, y ella –que está entre nuestros preciados objetos de silente testimonio—  ayudó a concebir y trazar propuestas publicitarias, filatélicas, albúmenes educativos, mapas, planos… Sobre esa mesa recuerdo los representativos bocetos y los trabajos acabados de industrias alimenticias con arraigo de décadas. Entre esos: La “Carreta jalada por la yunta de bueyes” de la compañía de leche “La Perfecta”, fundada por don Armando Llanes; el pequeño "personaje del ártico" que ilustra los empaques de los reconocidos helados marca “Eskimo”, propiedad de la familia Salvo Horvilleur; el logotipo (símbolo) del Volcán Santiago, en Masaya; que puede apreciarse en el muro a la entrada del Parque; ilustró libros de Historia y Geografía de Nicaragua, de la Editorial Hospicio propiedad de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (IPM): creó innumerables logotipos para empresas nacionales y extranjeras.

BOCETO DEL SELLO POSTAL
Elaborado por el Dr. E. Pérez-Valle
Fueron décadas que llegaron a su fin cuando él, rehusó las disposiciones adoptadas en 1963 por la Junta de Directores de la Sociedad Interamericana de Prensa en donde “estipulaban las normas de relaciones entre los periódicos, las Agencias de Publicidad y los Anunciadores”; copia recibida por intermediación del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director del diario La Prensa. Mi padre, el doctor Eduardo Pérez-Valle, era una especie de “publicista ubicuo”, nunca contó con personal en su emblemática empresa Publi-Service, y los trabajos contratados eran atendidos de acuerdo con el tiempo que él disponía.
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La actividad publicitaria la mermó aquel foráneo “Convenio Regulador” del año 63, que no logró mantener el pretendido cauce de negocios entre publicistas, anunciantes y periódicos, y que al cabo de 8 años reapareció con la suscripción de otro Convenio, esa vez, nacional, entre la “Organización Nicaragüense de Agencias de Publicidad (ONAP) y La Prensa, S. A., y sus publicaciones”, suscrito el 1 de septiembre de mil novecientos setenta y uno, entre Vicente Cuadra Chamberlain y Pedro J. Chamorro C.

Pero en estas circunstancias: obligado a mantener el equilibrio de los gastos familiares, Pérez-Valle no abandonó la creación artística, la redirigió hacia el ámbito filatélico que le abría otra alternativa en donde podía exponer su arte. Dicho esto, y al recorrer la historia de la filatelia nicaragüense, me detengo en aquel Centenario (1867 – 1967) para recordar sobre la mesa de dibujo los diseños de esas ocho estampillas “temáticas y monográficas” dedicadas a Rubén Darío.
Han advenido recuerdos en particular relacionados a esa emisión filatélica, no obstante, hacia la mitad del siglo XX., también elaboró primeras emisiones sobre nuestra flora, arqueología, mariposas, frutas, peces, y diversas temáticas conmemorativas, patrias. Acentuaba los motivos artísticos sobre la base de aspectos sobresalientes de nuestro medio ambiente.

Si prescindimos de la anterior síntesis, no sería posible identificar las circunstancias en el origen de esos trabajos dedicados a la filatelia, asimismo,  a los efectos de comprender los alcances del trabajo desempeñado, agregaré la intención manifestada por el Director de la Oficina Filatélica en el año 1967, al comunicarle a Pérez-Valle que “su nombre y dirección fue indicado al Señor Secretario Director de Servicios Generales de la ONU, como uno de nuestros artistas y diseñadores de reconocida reputación que ha diseñado sellos para los servicios postales de nuestro país…”. Y, en otro párrafo agregaba: “Su  nombre será agregado al grupo de artistas permanentes en el mencionado ramo de las Naciones Unidas y recibirá de vez en cuando instrucciones técnicas…”.

Lleno de profundos contrastes en su vida intelectual y artística, los años subsiguientes no encontraron sobre aquella mesa de dibujo y a la orilla del caballete, a los cómplices de esas destrezas y conocimientos,  nunca más volvieron los pinceles, óleos, temperas, tinta china, todo aquello que me cautivó en mi niñez y desde donde miré tomar forma a variadas, sugestivas y coloridas obras de arte, incluida la Primera Emisión Filatélica Conmemorativa dedicada al Centenario de Rubén Darío.



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[1] Dado en Casa Presidencial. - Managua, D. N., a los quince días del mes de Junio de mil novecientos sesenta y seis. – (f) RENE SCHICK, Presidente de la República. - (f) Ramiro Sacasa Guerrero, Ministro de Estado en el Despacho de Hacienda y Crédito Público.
[2] Mundo Hispánico, No. 234. Septiembre 1967. Páginas 46-47.