domingo, 26 de abril de 2015

POR PRIMERA VEZ EN 140 AÑOS, UN AUTÉNTICO ESCUDO DE NICARAGUA. En: La Prensa, 30 de Agosto de 1969.

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Escudo Nacional de Nicaragua, cuyas especificaciones técnicas y el dibujo respectivo, fueron  elaborados por el  Dr. Eduardo Pérez-Valle. "Ley Sobre Características y Uso de los Símbolos Patrios" publicada en La Gaceta, Diario Oficial del viernes 27 de agosto de 1971. Edición No. 194. Año LXXV.
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    El historiador Eduardo Pérez-Valle nos ha dado las siguientes declaraciones:

     He leído con todo interés las diversas publicaciones que han aparecido en LA PRENSA en torno al Escudo de Nicaragua, las cuales revelan cierta inconformidad de estimables personas con la adopción del nuevo dibujo realizado por mí.

     Me parece oportuno ofrecer las siguientes explicaciones:

     1º) Que no se trata de reproducir el escudo que se usaba en tal o cual fecha, sino de interpretar fielmente y con atención a las reglas del arte y de la heráldica, el decreto creador del escudo actual, de 5 de septiembre de 1908, que a su vez copia el de la Asamblea Federal, de 21 de agosto de 1823.

     2º) Ambos decretos citados fijan las características del escudo sólo en sus líneas generales, sin entrar en detalles. Además, son meras descripciones asistemáticas, que dejan casi todo a la interpretación que de ellas quiera hacerse; muy al contrario de lo que hubiera ocurrido de haber sido concebidas y redactadas de acuerdo a las normas unívocas de la heráldica.

     Debido a la vaguedad de las descripciones es que se ha engendrado el desorden de que todos nos asombramos y condolemos. En heráldica no se concibe la existencia de un elemento (superficie, figura o accesorio) del que no estén determinadas la posición, la forma y el colorido. En cambio en los decretos de que hablo, no se dice, por ejemplo, de qué color debe ser el cielo, los volcanes o el mar. De ahí que cualquiera pueda pintar el cielo amarillo, rojo o celeste; los volcanes azules, verdes o grises; el mar verdoso, azulado o crepuscular; y todo sin contravenir los decretos, que nada dicen al respecto.

     Ahora quizás pueda comprenderse que mi preocupación principal haya sido hace avanzar el diseño de nuestro escudo lo más fuera posible hacia la adopción de formas heráldicas, a través de la estilización de las figuras, la simplificación del colorido y  la acentuación de los contrastes para la fácil apreciación de los elementos; miras que considero se han alcanzado en alto grado con el nuevo diseño.


     Ya se había logrado algo en este sentido con un dibujo anterior, también realizado por mí, en circunstancias que luego explicaré; mas el indebido respeto a normas heráldicas inexistentes produjo un fruto entumecido y raquítico, de un estatismo desconsolador, muy inferior al que ahora hemos cosechado.

     3º) Ninguno de los decretos menciona sol. Lo que quiere decir que la única fuente de luz en el escudo es el gorro frigio. Esto explica por qué los volcanes reciben luz, unos de la derecha, otros de la izquierda, según su posición respecto del gorro, que está en el eje.

     4º) Por otra parte, la frase “que los cubra” (a los volcanes) es bien clara para indicar que el arco debe verse de extremo a extremo (de pie a pie), abarcando los cinco volcanes; y no esbozarse apenas, relegado y mínimo, siendo por demás, un elemento de tanto colorido  y valor decorativo. Esa disposición marginal no es más que un recurso fácil para simplificar la labor del dibujante. Hay que dar al arco iris todas su integridad y sacar partido a su belleza y colorido. Así  lo comprendió el desconocido y lejano intérprete del decreto federal, que lo puso cubriendo desde el primero hasta el último volcán.

     5º) Las supuestas leyes heráldicas que en ocasiones se han citado para imponer normas rígidas al diseño del escudo, investigadas, resultan ser un mito:

     a) Lo de que las figuras, el gorro frigio entre ellas, debían estar vueltas hacia la diestra del escudo, “pues de lo contrario significan bastardía”, no reza con las figuras heráldicas propiamente tales, sino con el yelmo o celada (que es un accesorio de las armas, un timbre de caballeros); esta ley no tiene, pues relación con el gorro frigio ni con el Escudo de Nicaragua.

     b) Lo de que no existe perspectiva en heráldica, por lo cual los volcanes deben aparecer todos de igual tamaño, también es falso. Los ejemplos al respecto son abundantes. Para no salirnos de lo hispánico, bástenos comprobar la existencia de perspectiva claras y patentes en las armerías regionales y provinciales españolas.

     Hay perspectivas en los escudos de Ávila, Bilbao, Cádiz, Ciudad Real, La Coruña, Granada, Guadalajara, Málaga y Santander.

     Ahora bien, si la hay, ¿por qué no usarla para imprimir dinamia y realismo al diseño? Así lo hizo el primitivo intérprete del decreto federal, y puso sus volcanes en perspectivas; y así se había hecho siempre entre nosotros, mientras que no se inventó la pretendida ley.

      c) Otra de las supuestas leyes que bien vistas resultan absurdas, ésta de orden simbólico, es la de que el mar debía ser de líneas rectas horizontales, inmóvil (congelado, diríase), para simbolizar “la tranquilidad de las aguas del progreso por las que bogan nuestras repúblicas”. No obstante, toda la heráldica está llena de mares ondulantes; no hay uno solo mar muerto.

     Así, aparecen ondas alternas de azur y de plata en las armas de Alicante, Bilbao, Logroño, Málaga, Orense, Palma de Mallorca, Pontevedra, San Sebastián, Santa Cruz de Tenerife, Santander, Salamanca y Zamora.

     Hay, pues, que devolver al mar sus ondas. Si lo privamos de su elemento más característico, las ondas, el movimiento, la fuerza, deja de er mar, ni siquiera laguna, se convierte en un charco.

     d) Por otra parte, no hay nada que obligue en heráldica a que el horizonte o el límite del mar sea siempre una línea recta. Bellos ejemplos a este respecto hay en las armas de Alicante, Orense y San Sebastián. Pero he dejado la línea recta, y las ondas comienzan debajo de ella.

     6º) En la extensa lista de escudos mal dibujados, raros o desajustados que se publica en LA PRENSA del 26 de agosto, faltan dos, que me parecen  muy importantes: el que apareció en la moneda conmemorativa del Centenario de Rubén, que ni siquiera es un triángulo equilátero, sino isósceles; y el que figura en el papel sellado en uso actualmente en toda la República. Este último fue dibujado por mí, basado en instrucciones muy precisas de respetar un antiguo diseño, pero aplicando la famosa “ley” de la “no perspectiva y eliminando una especie de palo lucio que aparecía sobre el tercer volcán, y en cuya punta estaba ensartado el gorro, como un trofeo; el resultado fue una extraña isla con cinco volcanes idénticos.

     7º) En un folleto editado en 1961 hay varios escudos nacionales y cinco de ciudades coloniales. Los dibujos fueron ejecutados por mí, con instrucciones específicas.

     Los de Nicaragua bajo el imperio de las “leyes” de “no perspectiva”, “no ondulaciones marinas”, etc. Afortunadamente esa publicación no fue sino un esfuerzo, bien intencionado quizás, como indudablemente lo son las preocupaciones del estimado Sr. Pérez Palma, pero, bien mirado, no revestía ningún carácter oficial ni definitivo, como parece considerarlo el distinguido profesor Maltez.

     Ahora bien: si sabemos que las famosas “leyes” heráldicas no existen, ¿cómo seguir acatándolas? Sí podemos mejorar las calidades de nuestro escudo, respetando las leyes creadoras, tan vagas y poco definitorias, mejorémoslas.

                                               E. PÉREZ-VALLE

                                         Managua, 29 de agosto, 1969 



domingo, 5 de abril de 2015

TRECE AÑOS DE INTERVENCIÓN NORTEAMERICANA EN NICARAGUA, 1912 AL 3 DE AGOSTO DE 1925

EL PABELLÓN NACIONAL FLAMEA SOBERANO EN NICARAGUA

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Histórica ceremonia de la izada del PABELLÓN NACIONAL., en el Campo de Marte, horas después de la evacuación de aquel cuartel por los marinos americanos. 
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    Antier, lunes, 3 de agosto de 1925, se embarcó en Corinto, a bordo del crucero “Henderson” el destacamento del Cuerpo de Marinos de los Estados Unidos de América, que durante trece años había permanecido en Nicaragua, y ayer, a las 9 a.m. zarpó de aquel puerto el expresado crucero, volviendo así a entrar la República en pleno goce de su autonomía.

    Si bien es cierto que estos trascendentales hechos habían sido anunciados con alguna anterioridad, produciendo entonces en el patriotismo nicaragüense la alegría de una próxima definitiva redención el desbordante regocijo nacional, al verlos cumplidos, no tuvo más límite que lo de una culta y característica circunspección que, sin estorbar las más correctas explosiones de placer y de entusiasmo, no permitió que ningún incidente desagradable anublara en lo mínimo el brillo de un hecho que hará época en los anales de la Patria.

    Para la historia nacional se consignan los siguientes detalles:

    A las 7 y  45 a.m. del día del 3 el Cuerpo de Marinos abandonó el Campo de Marte ocupado ya por la Guardia Nacional, la cual en perfecto orden, había comenzado poco antes, a hacer el servicio regular.

   La muchedumbre, que desde las primeras horas de la mañana estuvo diseminada desde el mismo Campo de Marte hasta la Estación del Ferrocarril, presenció el desfile de los marinos y su colocación en el tren, con visibles y señaladas muestras de regocijo sin que por eso se oyeran más voces que las de “¡Viva Nicaragua libre!”:

    A las 8: 25 a.m. partió el tren; algunos particulares mantenían en sus manos, izado el Pabellón Nacional; se repitieron los vivas a Nicaragua libre y la multitud se dirigió al Campo de Marte, en donde iba a presenciar los solemnes actos de la colocación de la misma bandera nacional en el lugar en donde, por 13 años, ondeara el pabellón americano, y a presenciar también el juramento de fidelidad a la Patria iban a prestar los miembros de la Guardia Nacional.

   A las 9 a.m. llegó al Campo de Marte el Sr. Presidente de la República, acompañado del exPresidente D. Bartolomé Martínez actual Ministro de Gobernación y factor importante de los actos que se conmemoran; y por el mismo Sr. Presidente, auxiliado de su expresado Ministro, fue izado con toda solemnidad el pabellón nacional a los sonoros acordes del himno de la Patria acompañado de las regocijadas manifestaciones de júbilo en que desbordaba el numeroso público allí congregado.

    Concluidas tan importantes ceremonias los señores Presidente y exPresidente encabezaron una procesión  cívica que del Campo de Marte se dirigió a la Casa Presidencial, en donde se pronunciaron patriótico discursos y el alto Magistrado declaró como fiesta nacional el día 3 de agosto, que comienza a llamarse ya “El día de Nicaragua”, en memoria de los inolvidables sucesos ocurridos en él.

Como una onda de sano patriotismo se difundió por todos los ámbitos de la República la noticia de tan memorables hechos y de todas partes de ella ha recibido el Gobierno las expresivas congratulaciones.

EL HENDERSON
Buque de guerra que llevó lejos de las playas nicaragüenses los marinos acampados en el CAMPO DE MARTE

   Ayer el señor Presidente dirigió a los demás Presidentes de Centro América el siguiente telegrama.

Managua, 4 de Agosto de 1925.
Excelentísimo señor Presidente;
Guatemala, San Salvador, Tegucigalpa, San José C. R.

Señor Presidente:

Hoy se embarcó en el puerto de Corinto el Destacamento Americano acantonado como Ud. bien sabe, en esta Capital, desde 1912.

Me es grato comunicar a Ud. esta noticia, porque bien conozco sus ideas centroamericanistas y el valor que Ud. concede a los hechos históricos de las Repúblicas hermanas.

Con los honores de ordenanza, ayer a las 9 y 30 a.m. fue izado el pabellón de Nicaragua, en el Campo de Marte, ante una concurrencia numerosa, que saludó con entusiasmo patriótico la noble insignia de la soberanía nacional.

Aprovecho esta oportunidad para reiterar una vez más a V.E. las protestas de mi alto aprecio y distinguida consideración.

Muy atento y S. S.

                                          CARLOS SOLÓRZANO

(De la Gaceta) 

ORIGEN DE LAS AGUAS DEL CHARCO VERDE (Leyendas Ometepinas). Por: José María Navas B. Mayo, 1927.


Dedicadas a mis buenos amigos Don Héctor Arcia. Dn. Salomón Juárez y Dn. Salvador Gómez, amistosamente.  J. M. N.
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Hace algunos años di a conocer en las columnas de esta Revista una de las más terroríficas leyendas, que, de boca en boca, circulan entre los nativos de la Isla de Ometepe, sin embargo la historia del célebre Chico Largo, héroe de mi leyenda, quedó incompleta, faltándole interesantísimos episodios que hoy deseo dar a conocer.

Según me cuenta una ancianita octogenaria, simpática amiga mía, que a pesar del terror que Chico Largo le inspira, no vacila nunca en narrarme episodios de su vida, fue la madre de este brujo una repugnante vieja de cabello gris ahumado; rostro arrugado, lo mismo que los brazos y manos; ojos hundidos negros y pequeños; nariz larga y torcida hacia el lado izquierdo, boca descomunal y adornada por un único diente negro siempre asomado por entre los labios en la actitud de un macabro polizonte encargado de dar parte a la sin hueso de lo que sucede en el mundo exterior. El cuerpo delgado y con baúl a cuestas, fue alto en un tiempo, después encorvado  bajo el peso de los años. Sus miradas quemaban como lava de volcán. Esparcía el terror en su derredor. En el pueblo se hacía llamar por el cariñoso nombre de Mamá Bucha, pero este nombre no se lo daban por amor sino por horror.

De carácter irascible, oíasele frecuentemente blasfemar, murmurar y maldecir, por lo que sus vecinas, gentes sencillas y timoratas, concluyeron por abandonar su amistad y hacer el vacío en su contorno.

Cuando estaba ya bastante vieja vino al mundo Chico Largo sin que jamás se haya conocido a su padre. Fue pues Mamá Bucha la encargada de la educación de su hijo. Pero olvidando ella este deber primordial, encauzó mal sus primeros pasos, comunicó malas costumbres a su tierno corazón y estímulo el desarrollo de sus mala pasiones.

De manera que, criado Chico Largo en la soledad en que vivía su madre, y apesarado al ver que los jóvenes y niñas del lugar huían de él como de  un apestado, a causa de sus malas costumbres y de la peor fama que heredara de su madre, dedicó a otros seres el afecto insano de su corazón. Estos seres, objeto de su cariño, fueron los venados del Mogote, vecino cerro a cuyo pie tenía su mísera casucha.

En cambio, a los humanos nunca perdonó el haber rechazado su amistad. Un sentimiento de odio hacia ellos germinó en su corazón. Más profunda era aún su aversión contra la por Lupatchilt, la dulce morena de los ojos bellos y rostro apacible, a quien por su belleza llamaban Capullo de amor, y quien tuvo la desgracia de enamorar su corrompido corazón.

Ella había despreciado su cariño, porque era un cariño insano, hijo de uno corazón corrompido que repugnaba los puros ideales de su alma y echaba por tierra los sueños dorados de su joven fantasía.

Y él, al pie de un guabo, en las faldas del Mogote, evocaba diariamente la tarde en que, por última vez, se había presentado en casa de su amada.

Lupatchilt celebraba sus quince abriles: multitud de jóvenes de su edad, alegres y bulliciosas, sentadas alrededor de inmensas ollas de china, esparcían alegría y encanto a su alrededor.

Las marimbas, guitarras y chirimías, manejadas por diestros tocadores, confundían sus notas melancólicas con los gritos y risas que el gozo arrancaba a todos los presentes.

Al entrar él, a la fiesta se suspendió. Los músicos huyeron despavoridos, y los jóvenes, lanzando estridentes gritos de terror, huyeron a su vez cual bandada de palomas asustadas por el disparo del cazador.

       Sólo Lupatchilt, deseando librarse de una vez de las continuas asechanzas del indio, permaneció en su lugar. Púsose en pie de un salto con la agilidad peculiar a su raza (La sangre de Nicarao, uno de sus ascendientes hervía en sus venas) su rostro denotaba la indignación que la embargaba y sus miradas despedían fuego.

— “Capullo de amor, te traigo mi corazón, dígnate aceptarlo”, le dijo Chico Largo.

— Lo desprecio respondió la joven y ruego a Tamagostad, que pudra tu corazón y que tu cuerpo sea semejante al del caimán si nuevamente te acercas a mí. Y  dejándole con un palmo de narices huyo a su vez temerosa y asustada.

Y Chico Largo se había retirado con el corazón oprimido, ardiendo en ira y en deseos de venganza.

Desde ese día rogaba asiduamente a Quetzalcoalt, su dios favorito, le ayudara en su venganza, prometiéndole sacrificios humanos y ofrendándole flores y frutos del Mogote…

Una tarde, cuando el sol escondía su gran disco de fuego en las azules aguas del Cocibolca, y la luna, en su creciente, tímida primero y fulgurante luego, irradiaba sus plateados rayos sobre el verde follaje: cuando el céfiro mecía blandamente las copas de los árboles, como deseando adormecer las muchas canoras aves posadas en sus ramas, ante los ojos de Chico Largo, dilatados por el asombro, cabalgando en alas de la brisa vespertina apareció Quetzalcoatl.

Largo rato conversó el hombre con el dios.

Se ignora el pacto que firmaron, pero sí, se sabe que cuando Chico Largo quedó solo, una sonrisa de triunfo iluminó su rostro. Se internó en la espesura y encontrando un hermosísimo venado, lo ensilló con hojas secas y en él se dirigió a su casa.

Al aparecer delante de su mare, se quedó ésta estupefacta. Ante sus ojos asombrados tenía un elegante caballero, lujosamente vestido y montado en brioso corcel. Preguntó por Chico Largo y  al contestarle que estaba ausente, se retiró.

Al día siguiente, en su paseo acostumbrado, nuevamente encontró Chico Largo al venado maravilloso y de nuevo se transformó  en caballero apareciendo en esta forma a su madre.

Pronto las visitas se hicieron cotidianas. Mamá Bucha estaba cada vez más intrigada.

Aquel Señor elegante que todos los días detenía su corcel ante su puerta haciéndole invariablemente la misma pregunta y regresando siempre por el mismo lugar en dirección  al Mogote, excitaba grandemente su curiosidad, porque también las brujas son curiosas y no siempre sus filtros les descubren todos los secretos.

Una tarde, después de la visita del caballero, resolvió Mama Bucha esperar a su hijo y narrarle el caso.

Ya muy entrada la noche regresó éste a su casa. Salióle al encuentro Mama Bucha contándole como un apuesto joven diariamente llegaba a buscarla. Imperturbablemente le respondió Chico Largo: Madre, ese elegante joven soy yo.

Incrédula la anciana se echó a reír de su pretensión y su risa hacía danzar macabramente el único diente de su boca. Era un risa soez, tétrica, burlona y escandalosa, que el eco repetía lúgubremente aumentada en el silencio de la noche. Aquella carcajada hizo daño a Chico Largo. Pensó que aquella vieja podría ser un estorbo para sus planes futuros y resolvió deshacerse de ella.

Dominado completamente por sus malas pasiones carecía del respeto y cariño filial, y como consecuencia natural, quien mal la educó fue la primera víctima de sus depravadas costumbres.

Mandó a callar a su madre y como esta no obedeciese prontamente, púsole en la garganta su cuchillo de obsidiana. No la mató sin embargo, la amarró con sólidas ligaduras y transportándola a la falda del Mogote, la aseguró a un grueso Guanacaste… Y allí quedó Mamá Bucha…

Y ahí está aún hoy en día llorando amargamente su falta de energía y voluntad para educar a su hijo. Sus lágrimas son tan abundantes que han concluido por formar un riachuelo que serpenteando graciosamente por entre cañas y bejucales bajó a verter su caudal en un pequeño valle situado al pie del cerro en donde formó la laguna de Charco Verde, cuyas aguas saben de la amargura de Mamá Bucha.   

Capullo de Amor, la dulce morena  de los ojos bellos, la apacible Lupatchilt, desapareció, un día, de casa de sus mayores.

Quetzalcoalt, dios del viento, aliado de Chico Largo, la robó un día en una ráfaga transportándola a la choza del brujo solitario.

Tamagostad no dejó sin castigo el rapto de su amiga la bella Lupatchilt. Crió en el Charco Verde mojarras encantadas de las que, sin saberlo comió Chico Largo, y las que le transformaron en un enorme y coludo lagarto según lo predijo Lupatchilt.

La agradable viejecita que contó esta historia, asegura que todos los Jueves Santos se oyen en Charco Verde los amargos sollozos de Mamá Bucha. A las doce de ese mismo día sale del centro de la laguna un lagarto muy coludo, que nada en contorno de una linda joven que se baña y que dicen ser Lupatchilt, la dulce morena de rostro apacible… la de los bellos ojos… Y Quetzalcoatl, el dios malvado, también llega ese día, y complacido contempla su obra, rizando suavemente la líquida superficie y susurrando muy quedo entre el verde ramaje de los guanacastes… 

Moyogalpa, enero 20 de 1927. 

* Publicado en la revista “Educación”, Número 53. Año IX., Managua, Mayo de 1927. Dirección y Administración del Instituto Pedagógico. Impresa en la Tipografía Hospicio San Juan de Dios, León, Nicaragua, C.A.  36 pp.   

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Nota del Director-Editor del Blogspot: En remotos tiempos, la tradición oral ha tenido en las leyendas de cada país, una manera de esparcir el entretenimiento colectivo; círculos ávidos de escuchar relatos, esparcidos casi siempre con elevadas cargas de sugestión mental; a cada narración un propósito: tienen la particularidad que, en ellas siempre hay algún dato o referencia verdadera relacionada a la historia, geografía, costumbre y hábitos regionales. Por lo general, cada leyenda está asociada o conjugada con lo sobrenatural; algunas, por no decir casi todas, intenta apuntalar el miedo entre niños desobedientes; inducir a la práctica del ritual religioso; pautar costumbres sociales, infundir respeto, temores, advertencias, etcétera. Las leyendas conservan vida y llegan hasta el presente mediante la transmisión de una generación a otra, en ese ejercicio y entretenimiento colectivo, no escapan a las alteraciones del relato primigenio; de boca en boca aparecen variantes de esas leyendas, una veces a favor del género y, en otras, en detrimento de la coherencia, originalidad y, la amenidad. Una de estas leyendas bastante conocidas es de origen Ometepino, a ésta la nombran de diversas maneras, pero todas "las versiones" están relacionadas a una laguneta llamada "Charco Verde" en donde  un individuo al que identifican como "Chico Largo" ejerce el dominio de su alcance maléfico. Hemos traído el presente relato hasta este "mirador" de nuestra historia porque tiene la particularidad de ser, con toda probabilidad, el primer relato que fue escrito sobre "Charco Verde" y "Chico Largo". Don José María Navas B., con esa versión de 1927, antecedió a otros relatores: Pablo Antonio Cuadra, Francisco Pérez Estrada, y a la generación actual de ometepinos que le han hecho "sus agregados" leyendizando más la leyenda. 


viernes, 3 de abril de 2015

FRANCISCO DE ASÍS Y EL LOBO DE GUBBIO. Por: Antonio Bermúdez.*


Exégesis del poema de Darío

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EL SANTO

    Nadie ignora quién fue Francisco, el siete veces Santo de Asís: aquel que tuvo el corazón saturado de un perfume casto, como el ánima de los lises del Eterno Elíseo; aquel a quien Miguel Arcángel, a su triunfal entrada en el cuartel celestial, saludó, cuadrándose militarmente y levantando la espada de relámpago: ¡Salve, mi Capitán!; aquel que, cuando hablaba, parecía verter la miel que beben los ángeles para volverla en cánticos a la Virgen. Aquel a quien Darío, invocó:

                       “El varón que tiene corazón de lis
                           alma de querube, lengua celestial”;

aquel que fue Santo con gracia apolínea, que le vale la predilección de Dios, Sumo Poeta, y lo hace amado de los poetas que son, en la tierra, proscritos dioses.

    Ese Francisco era el genio de la mansedumbre suprahumana que contagiaba, convirtiendo al lobo en cordero y hasta – ¡milagro máximo!— suavizando la natural ferocidad y la viperina perfidia del hombre, en noble gesto de concordia, en fraternal abrazo. El alma de ese varón, prodigioso de santidad, dijérase todo el firmamento trasmutado en misericordia y toda esa misericordia –espiritualizada en esencia divina— enfrascada en el ánfora tosca del humano barro.

    Su mansa tolerancia sobrepasó a la de Jesús: no hubiera echado con violencia de azotes a los mercaderes del templo; ni siquiera se habría indignado de que lo negociaran a él como ruin mercancía Y este señor de la Debilidad es por ella formidable, y su paz vence a la guerra; y, armado del más absoluto desarme, domeña fieras y hasta domestica hombres, y caen a sus pies, más que rendijas reverenciadoras, todas las armas artificiales, naturales y aun sobrenaturales. Avasallándosele desde el infusorio hasta el astro; desde el ser poseído del mal espíritu hasta el Serafín del Señor; tribútanle homenaje fulgurante, acordes, el pensamientos –luz de los cerebros—  y la luz-pensamientos de los cielos: el Aquilón, por acariciar la flor de dulcedumbre de su mano, como águila que se redujera a torcaz, se enternecería blandamente en zalamera brisa, impregnada del más puro perfume de las más cándida azucena.

    Para Francisco hay un cósmico lazo invisible que vincula cuanto es: seres  y cosas: Hermano árbol, hermana yerba, hermana espina, hermana flor, hermana azucena, hermana mandrágora, hermana estrella, hermana tiniebla, Hermano lobo, hermano hombre, hermana serpiente y hermana mujer… Todo fraternizará a través de él, como si él mismo fuera el eslabón imposible, multiplicado, infinitamente, que enlazara todas las inmaculadas y estériles cópulas de hermandad.

    Era Francisco, por dentro, tan radiante y santificante, como una custodia viva. ¡La suprahumana sustancia de un ser era tan ultra pura que parecía de hostias amasadas con aguas del Jordán!        
  
    Uno de sus primeros discípulos compendió en un ramo de preciosísimos eucarísticos, rasgos biográficos, anécdotas y relatos leyéndicos, de este sacrosanto varón. ¡Cuéntame quien ha leído “Las Florecillas del de Asís”, que en la epifanía de la adolescencia, fue un gentil mozo, galanteador y apuesto, de garbo marcial y con la boca como un joyel roto, desgranando a manera de perlas y gemas, madrigales temblantes o de un oriente cándido! ¡Lo imagino, en su bizarría romántica, como un joven Coronel que dueño de la Victoria –su novia heroica— espera la condecoración de besos de los amantes labios!

    Dizque de pronto se operó en él una misteriosa transformación; empezó a embeberse en éxtasis taciturnizándose. Después de prolongada indiferencia a las mujeres, una vez habló a una hermana:

     –  ¡Angélica niña, os amo! Y ella regocija y orgullosa, con entusiasmo estallante:

     –  ¿De veras? ¡Gracias!

     –  ¡Sí, os amo, hermana, porque os parecéis a María, nuestra Celeste Madre!

    Y se quedaba como hipnotizado fijos los ojos en el infinito, como horadando el azulado misterio ávido de la Suprema Verdad.

    Entonces fue que empezaron sus vecinos a decir “como que está loco”, ¡síntoma indudable de que apuntaba, naciente, su genialidad!

    Leyó los Evangelios de Jesucristo, y obsesionado por la sublime doctrina, repartió sus haberes complaciendo al Redentor y empezó a peregrinar y a predicar. El cardo artero quitole hebras de su pobre sayal; el guijarro filoso le arrebató, como soberana limosna, gotas de sangre de su planta, que no osaban ensuciar ni el polvo ni el limo. Por eso, en los riscosos escarpes de la Umbría, se encuentran rubíes de cuerpo escarlata y alma de luz inmortal. Cuando, en el bosque predicaba, los árboles inclinaban sus ramajes, la hierba parecía de esmeraldas sedosas, se inmovilizaba el viento y sin embargo temblaban las hojas como afectadas por un calosfrío sobrenatural. Los pájaros, tan quietos, parecían disecados igual que en los museos; y se echaban, como perros domésticos, los leones.

    Tuvo una vez una encantadora locura lírica. Esa loca ocurrencia fue decir un sermón a los pajarillos. ¡Y lo hizo! ¡Y el resultado maravilloso! ¡Claro! No hubo dificultad. ¡Como él sabía la lengua de las aves, las convocó en su idioma –oro y cristal— de trinos! Bajaron los alados oyentes. El jefe quedose fijo en el aire como petrificado por el índice del Todo poderoso. Dijérase un pájaro de ónix incrustado en inmenso zafiro encendido. Su Secretario se posó en el hombro del Santo, para oírlo mejor, y decirle al oído quién sabe qué secreto de divina verdad y melodía. Los demás, en el césped, formaron círculo de plumajes quedando en el centro el varón gorjeador. ¡Esto era un símbolo del Universo que es infinito círculo de sintética armonía en cuyo centro está Dios!

     Cuando Francisco hubo bajado sobre la perspectiva de magia de su Oración el telón de impalpable Surah del Silencio, volaron los pájaros como enloquecidos, tornando al punto con la ofrenda en los picos; sobre el Santo cayó, revoloteando, un enjambre de pétalos silvestres y de granos de trigo, como jirones de iris, entremezclados de gránulos de oro.

    Y supo escoger: alejado de la sociedad, buscó las llagas. ¡Cuánto mejor son ellas que la gangrena de los corazones! Este Nuestro Señor de las llagas las cultivaba como un horrible jardín de nauseabundas rosas de dolor. Cultivador al revés, su faena era por extirparlas, como el jardinero que cultivara la maleza buena para que ahogara la maleza mala. En los enfermos sembraba cuidados para que floreciera salud. Cuando sobre esas rosas amanecían rocíos de llanto, el Mago de la Caridad los vaporizaba con su solar mirada.

    Por eso cuando el Santo entró al cielo, entre un entusiasmo de campanas de cristal y un himno de flautas de oro, sintióse abrumado por una lluvia de claveles animados, efusivos de aroma como exaltada gratitud; flores de pétalos de juego que no obstante refrescaban cual suspiros de brisa o beso de manantial. Y Dios le dijo: He aquí el florido milagro la metamorfosis de aquellas llagas que curásteis. ¡Es fue el Apóstol de Asís, en los siglos, el más egregio poeta de la Santidad!

EL LOBO

En el abrupto despeñadero el lobo en su apostura arrogante, sobre el zócalo de basalto, parece esculpido en  de a un conjuro de magia, -------animara. Tal es de recio Bello en su bravura zahareña como un verso de poeta indo precolombino, de aquellos indomables que tenían el alma de quetzal. De acero las pezuñas, que suscitan quejidos de chispa en los golpeados pedernales. Sus dientes, firme y fuertes, tienen mayor tersura y blancor que los de la más hermosa mujer. Y como ostenta insolente terquedad de Emperador, su amigo el Sol –Rey de la Luz—  le tiende sobre la piel, de crepa lana oscura, trasparente tisúes de áurea lumbre. ¡Loor al lobo Rey!

    El lobo es feroz, pero franco y leal: Oídlo cuando se dirige al maravilloso domador:
                     
                         “Hermano Francisco, no te acerques mucho,
                            Déjame en el monte, déjame en el risco,
                            Déjame existir en mi libertad…
                            Vete a tu convento, hermano Francisco,
                            Sigue tu camino y tu santidad.”

    El lobo es de carácter irascible por naturaleza; pero así son también los niños consentidos. Los lobos devoran carneros “para se alimentar, pero en las ciudades también diariamente se degüellan indefensas reses. Los hombres se destrozan en carnicerías apocalípticas y los lobos entre sí viven en paz.

    Y si el lobo hambriento ha devorado algún pastor, cuántos lobos han cazado los hombres por sport. Repitamos el verso imperecedero que el poeta pone en la lengua de la bestia:
“Y no era por hambre que iban a cazar."

El paralelo convence de la superioridad de la fiera sobre el que se llama “Rey de la Creación” siendo tan solo esclavo de la maldad.  El lobo es sólo feroz.  El hombre es feroz también y además traicionero y ponzoñoso. Siendo lobo, sabe parapetarse, para morder entre la yerba cómplice, como la víbora, esa mujer fascinadora que viste lujosa piel de colores, fantásticos, como recorte miliunanochesco y –exquisitamente pérfida— guarda el mortal veneno en fina perla blanca terminada en punta. ¡El hombre no deriva del mono darwiniano sino que proviene de un cruzamiento de lobo y serpiente!

    Oigamos al poeta deífico:

                     En el hombre existe mala levadura”

   Si, el hombre nace saturado de malignidad, tiznado de lodo original: lodo por fuera, por dentro lodo, todo él lodo… ¡Y en este monstruo de una sola cabeza –pero peor que las cien de los fabulosos dragones— tuvo el capricho Dios –paradojas divinas— de engarzar el supremo diamante del pensamiento! ¡También el Sol deja caer a veces el rayo más puro y luciente sobre la más negra y mefítica ciénaga! ¿Para qué posterior y excelso destino preparará Dios a la luz, con la purificación del dantesco suplicio de aprisionarla en fango?

    Volvamos al poema:

                    “El alma simple de la bestia es pura.”

    Tal trina el poeta; y yo, con su propio verso de topacio, digo:
                      “¡Bien trinado, ruiseñor!”

    Pues el lobo de Gubbia, el terrible y temido, por milagro del santo fue manso como un galgo. Y este fue el pecado del lobo santificado… Ser inofensivo es provocar la saña de las fieras humanas. Dice el lobo:

                     “¡Un buen día todos me dieron de palos!”

   ¿Qué de extraño? Si en las ciudades el perro más escuálido es el escogido para el suplicio de piedras y azotes por los niños que son los serafines de la Tierra. ¡Cuando matan al inocente animal, una pena les queda: no poder revivirlo… para volverlo a sacrificar!

    No cabe la comparación entre el lobo, así calumniado y el hombre. Por Rubén, no sigamos cometiendo la injustica, muy humana por cierto, de denigrar al lobo comparándolo con el hombre.

    ¡Las fieras no habrían crucificado a Jesús: al contrario, lo habrían unánimemente adorado. Los hombres lo crucificaron; y hoy redimidos por él, cristianizados, si retornara lo volveríamos a crucificar! Como la de Cristo al hombre, la sangre del cordero redime al victimario. Esa sangre es tan noble que pone un prestigio de púrpura en el diente de sarcástica albura, que miente pureza como el reflejo del sol potente lleva una escarlata súplica imperial a la boca con sonrisa de miel de una granada entreabierta. ¡La sangre del cordero es tan buena que –emblema del perdón cristiano— a fuerza de ser pura, purifica la blancura asesina del colmillo!

    Pero el lobo no siempre es enemigo del rebaño, y a veces, como Bolívar montaraz, se inflama en fuego libertario: ascua redentora; y –aliado del ejército pasivo— devora al pastor; y parece rugirle, en arenga vibrante: “Os declaro pueblo independiente, nación libre. Retozaré por esos bosues de Dios, balando himnos de rebelión y tremolando la ensangrentada camisa del pastor como el rojo estandarte de la libertad.”

    Ese es el lobo: franco y leal poeta de la ferocidad.
    
Hermano lobo: desde la eternidad te saludan Francisco el Santo y Rubén el Poeta. Aquel que te amansó con su santidad y éste que con su orfeica música te enternecía, te hacía sentirte paloma.

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*Antonio Bermúdez Cortés - 1889-1964, poeta exquisito, ganador de la Flor Natural, con su poema EL ARTE, en Juegos Florales, que se escenificaron en León entre 1906 y 1914, donde se escogía a un poeta entre los que se presentaban a concurso. Casó con Soledad Balladares Cisne, y tuvieron cuatro hijos. Consúltese: http://apellidosnicas.net/barreto3raparte.pdf.


jueves, 2 de abril de 2015

EL POSTE DE LA CALLE REAL. Por: Juan Ramón Avilés.



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RUBÉN DARÍO, TINTA CHINA Y ACRÍLICO,  VERSIÓN DE EDUARDO PÉREZ-VALLE

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En la Calle Real de León, y en la esquina de la casa solariega donde Rubén Darío pasó su infancia, hay un poste.

¿Qué de extraño tiene ese pedazo de madera sembrado contra la acera? Nada. Como él pueden verse otros, por centenares, en las poblaciones americanas. Y sin embargo, ese poste está por decirlo así, tocado de consagración.

Sobre él era donde el gran poeta se sentaba por las tardes, siendo muy niño, a leer los cuentos de las Mil y Una Noches, libro que junto a la Biblia encontrara en un viejo armario de la tía abuela doña Bernarda. Aun recuerdan los viejos amigos de la casa que, Rubén, poco adicto a los infantiles juegos usuales, no era amigo del trompo ni de la cometa, y en tanto que los chicuelos del barrio se entregaban a la algazara vespertina, él cogía su viejo libro, se sentaba sobre el poste, y se perdía como un niño de cuento en el mundo maravilloso y fastuoso de la Mil y Una Noches del doctor Mardrús. De la mano de Scherezada, el alma encantada del muchachito predestinado, iba internándose en la gran creación mágica, y de allí es de donde salió con una estrella en la mano, regalo de un genio o de una hada cariñosa.

Ya desaparecido el sol cerraba su libro, al mismo tiempo que en el ocaso se cerraba también el libro de grandes cromos iluminados del crepúsculo tropical, y el niño, llena la cabeza de imaginaciones, se quedaba todavía contemplando la última nube dorada de la cual se desprendía, como pálida chispa, el primer lucero de plata.

Sobre ese poste es que se creó el universo fantástico en que el espíritu de Darío giró después y para siempre loco de sueño y de armonía. Allí es donde la deslumbradora mentira de oriente se le metió al cerebro, como el carbunclo luminoso que, según las tradiciones de la vieja California, hace su madriguera en las minas de oro puro.

Allí está el poste aún. Los transeúntes pasan a su lado sin interesarse. Y como fuera algo tan alto, uno de los últimos dueños de la casa le mandó cortar como media vara de altura. Allí está el poste siempre; pero ahora sirve sólo para que los que a la casa llegan a caballo, amarren el ronzal de sus cabalgaduras. Para ello, en la parte superior del trozo de palo histórico, han clavado una peque argolla de hierro.

Tal vez allí donde los potros vulgares esperan que vuelva su dueño, se acerca también, a la hora del alba, el caballo divino, Pegaso, con las alas plegadas, resoplando al viento, en busca del apolíneo jinete que lo hacía galopar por el azul, y que ya no aparece para hendirle, como antes, en los ijares temblorosos, la diamantina espuela.


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ÁRBOLES Y POETAS. Por: Juan Ramón Avilés. Febrero de 1917.


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RUBÉN DARÍO EN HÁBITO DE MONJE CARTUJO. Acuarela del Dr.  Eduardo Pérez-Valle, 1967.

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Fue cuando Rubén Darío, muy cerca ya del supremo punto final, estaba aguardando en León el advenimiento de la Sombra.

Los cartílagos nasales se le dilataban, como en la juventud, sensuales. Mas ya no era el olor a hembra joven y a carne divina el que lo ponía trémulo, sino el perfume helado de la Otra, de la que no se entrega, de la que celebra sus desposorios en el tálamo oscuro… Darío en su lecho, quiso salir a ver la Mañana, para decirla adiós. La mañana: toda armoniosa y fresca, florecida y húmeda, consagrada por el rocío, por la flor y por el ruiseñor. La Mañana, amiga del poeta.

Fue sacado, de la alcoba al corredor interior de la casa en un sillón. El poeta estaba marfilizado por la enfermedad, y su tristeza era la de un Dios hecho hombres. Salió y llegó hasta él la brisa cargada de aromas de la tierra; el viento le llevó el trino de un pájaro cancionero; en el patio las pequeñas yerbas florecían, y en el centro del solar, un gran árbol mecía su ramaje con nidos. El céfiro hacía decir versos a las lenguas de las hojas susurrantes.

Darío se quedó meditativo, y, profundamente, suspiró. Suspiró por la vida, su amada, y oyó el leve paso de la Muerte…

--¡Quién pudiera ser como ese árbol! Yo me muero; él se queda…

Y el árbol, como un poeta, seguía cantando un suave motivo de música matinal, en la lengua del viento y de las hojas.

--¡Quién pudiera ser como ese árbol!...,
Y una lágrima le quedó temblando en las pestañas.

Ahí estuvo un rato de la mañana. Helios subió en su carro encendido. La Vida despertó y hasta el barro de las tejas se cubrió de oro.

Todo vivía, todo se estremecía al mágico influjo del día de fuego. Solo El, se moría.

Poco después volvió, para siempre, a su lecho. Y al decirle adiós a la Mañana y al Sol, el Poeta sin querer lloró.

--Dichoso ese árbol que se queda viviendo… ¡Quién fuera como él!

Ahí está todavía susurrando el árbol verde, renovando sus lenguas sonoras a cada primavera, para cantar mejor, mientas el poeta cayó tronchado por la mano invisible.


En la isla Chío, donde murió Melesígenes, “aun muestran a los visitantes un banco al que da sombra un plátano que por medio de sus tallos se ha ido renovando desde hace tres mil años”. Bajo su sombra es donde cantaba Homero sus últimos cantos.
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