jueves, 26 de febrero de 2015

Los últimos momentos del Poeta Rubén Darío, su muerte y sus funerales en León, Nic. Por: Luis de la Selva G.

CÓMO SE GLORIFICÓ EN NICARAGUA A UN INMORTAL* 

(Luis de la Selva G., Académico de Historia de Santander, Colombia, S. A.)

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El 31 de enero de 1916, el poeta hizo su testamento verbal. Sus bienes consistían en la casa que heredó de su tía abuela doña Bernarda Sarmiento y algunas obras, inéditas que le deja a su hijo Rubén Darío Sánchez, residente en Barcelona.

Instituyó ejecutor de su voluntad al señor don Jorge Mitre, Director de “La Nación”, que se refiere a la publicación de un libro con las últimas correspondencias que Darío escribió desde Europa para el gran diario.

El día 2 de febrero se acentúa la gravedad del poeta. El cuarto que le servía de habitación era una modesta sala, sin cuadros ni adornos, con una mesa atestada de frascos y drogas, un canapé y el catre negro con varillas de bronce, destacándose sobre él, el cuerpo del gran poeta que agoniza.

Una luz viva de gasolina ilumina el recinto. El poeta acostado boca-arriba, apenas mueve los brazos con ademanes lentos o rápidos. Parece como que llama, como que indica algo.

Llega el doctor Lara, examina al enfermo, toma el pulso y la temperatura, y decide aplicarle una inyección. Ni un gesto, ni una queja en aquel organismo exánime.

Pasado unos minutos, se acerca el doctor nuevamente al lecho y  le dice con voz fuerte: “¡Rubén, Rubén”!

El poeta no responde. Apenas hace un breve movimiento con la cabeza. Seguramente la voz humana se escucha con dificultad cuando empieza el genio a pisar los peldaños de la tumba…

A la luz de la mañana del día 3, se ve el cuerpo del poeta envuelto en toda su longitud en blanca sábana. Su cabeza con dirección al norte, descansa sobre varias almohadas de funda blanca, una cabeza hierática bien delineada.

Sobre la almohada y cerca de la cabeza donde ronda la muerte, se ve un menudo Cristo de plata; en el pecho tiene otro de plata quemada de mayor tamaño, obsequio que le hizo el delicado bardo mexicano y su muy querido amigo AMADO NERVO.

Ha sufrido dos o tres paroxismos, cuando se estira y pone tenso el cuerpo. Aumenta la respiración, pero no abre los ojos.
Su esposa reza las oraciones delos agonizantes, y llora.
Se oye el toque de difuntos en una iglesia vecina…

A las primeras horas de la noche, comienza la agonía franca y fatal de Rubén, y cuando daban las nueve, un ronquido seco y persistente, fue síntoma de que la vida del poeta iba a concluir.

Los instantes supremos y angustiosos.

En un ángulo del dormitorio, dos o tres amigos íntimos presenciaban adoloridos el espectáculo.

El Jesuita Félix Pereira sentado a la orilla del lecho del enfermo, prodigaba a Rubén los postreros auxilios de la religión.

Alejandro Torrealba, reloj en mano, estaba atento a indicar la hora en que Darío muriese. Por fin a las 10: 30, exhaló el último aliento. Inmediatamente fue rota la cuerda del reloj marca “Ingersol”, propiedad del poeta, que se conserva actualmente en el museo.

Tan luego se conoció la muerte se le dio conocimiento a la primera autoridad de León, quien ordena se disparen 21 cañonazos en el fortín de Acosasco, vibrando a su vez sonoras, quejumbrosas y tristes todas las campanas de las diversas iglesias de la ciudad, cumplimentándose con el ritual de la Iglesia para reyes y príncipes.

En las calles adyacentes de la casa mortuoria, se notaba un ir y venir de todas clases sociales, principalmente del elemento obrero cuya admiración por Darío fue manifiesta y elocuente. La casa se vio llena de señoras y señoritas. Todos querían ver al poeta que acababa de morir; pero sólo se permitía la entrada a unas pocas personas.

El poeta permaneció en el catre donde falleció hasta las 2 de la madrugada.

El joven dibujante Octavio Torrealba, sacó dos bocetos del poeta, de un parecido admirable cuando Darío agonizaba y otro de tamaño natural cuando ya había expirado, un peluquero hizo la "toilette" al cadáver. (coiffure, n. del. Ed. del Blogspot).

De la casa mortuoria es llevado al edificio de la Municipalidad y de allí a la Universidad.

Para este fin los doctores Luis H. Debayle y Escolástico Lara y dos ayudantes practicaron la autopsia que fue laboriosa. Extrajeron el hígado, el corazón y los pulmones.

El diagnóstico de los médicos se confirmó, había muerto Darío de cirrosis atrófica complicada con una afección intestinal crónica. El hígado presentaba un aspecto color de arcilla blanca su volumen había quedado reducido a un 60% y aparecía fibroso y un tanto duro. No presentaba señales de traumatismo por efecto de la punción que le habían hecho poco antes.

El corazón se encontró de grandes dimensiones y muy engrasado, sus pulmones estaban enteramente buenos, lo mismo que las demás vísceras. El doctor Debayle extrajo personalmente el cerebro, encontrándose profundamente desarrollado el surco longitudinal de Broca, a pesar de haberse practicado a las 24 horas la extracción del cerebro, pesó un kilo ochocientos gramos.

Las últimas palabras del poeta quizá no pueden precisarse con exactitud, pero según las versiones se cuenta que unas horas antes de expirar, se acercó a su lecho el doctor David Argüello y le dijo:
—Rubén, Rubén, ¿me conoces? –Sí – contestó con trabajo—, por la voz. –¿No tienes que ordenar alguna cosa? —Ninguna—.
— Quiero mandarte otros papeles para aniquilar las moscas que te molestan. (El amigo se refería al “tangle foot paper”). –No, no mandes. No sirven. La única que se pegó fue Rosario.

Permaneció insepulto el cadáver hasta el día 13 en que tuvieron lugar los funerales.

En el salón rojo del paraninfo de la Universidad se formó la capilla ardiente. Una interminable y mantenida concurrencia desfilaba frente a los despojos del inmenso Apolonida.

Por la noche se realizaban veladas fúnebres con recitaciones de las mejores poesías del extinto y música apropiada.

La ciudad de León saturaba el alma de eternidad con tanta magnificencia, tanta campaña resonante, tanto luto y tanta gloria. Lo que hizo la ciudad de León es sólo comparable de Homero o de Víctor Hugo.

La catedral era como una montaña de duelo. De las inmensas columnas tendían festones negros, en las puertas el gran cortinaje de luto. En los altares, el duelo sagrado. De las torres descendían hasta el atrio luctuoso atributos. Iban a sonar las ocho de la mañana, cuando el cadáver entraba por la puerta mayor. El arzobispo Pereira con traje violeta salió a recibirlo, llevando en la diestra la bandera de luto de la Iglesia. Hizo descender la bandera sobre el cadáver, y, en medio de un recogimiento profundo, se oyó el toque agudo de los clarines.

En la nave central se levantaba el blanco y severo catafalco  Lo rodeaban cuatro columnas cada una de las cuales, consagrada a una de las repúblicas de Centro América, hermanas en el dolor por la muerte del genio. Sobre cada una de ellas las coronas envidas por las representaciones respectivas; coronas de los presidentes de los congresos, de los ateneos. Y el centro, junto a la cabeza del poeta, una lata columna cuadrangular, trunca; era la de Nicaragua, cuyo pabellón inclinado ante el cadáver tenía un no sé qué de pena augusta, como aquel trapo azul y blanco hubiera tenido un alma maternal. El catafalco propiamente dicho, era una urna funeraria, como un sepulcro medioeval, sostenido sobre cuatro garras de león. Arriba estaba el cuerpo yacente.

Y principió la ceremonia. El arzobispo monseñor, de elevada elocuencia, Pereira y Castellón, vestía traje de púrpura, de larga cauda, cuyo extremo lo llevaba arrollando un acólito. A la cabeza, mitra blanca y capucha. Los canónigos auxiliaban llevando también trajes de luengas caudas. Mientras tanto, los jefes de los guardias –ocho—, constantemente, cuatro militares y cuatro civiles, sin perder un instante, durante siete días, se paseaban solemnemente haciendo un saludo con las espadas al pasar frente al catafalco.

Y al propio tiempo se oficiaba la misa solemne, los otros sacerdotes de la ciudad, decían misa en los demás altares.

Y el ritual se fue desenvolviendo, entre la música de cien profesores; con una sobria suntuosidad, ante más de cuatro mil almas incluyendo los diferentes grupos de representaciones que ocupaban el presbiterio, llenaban las cinco amplias naves de la basílica.

Y después, cuatro responsos ante el cadáver, y otra vez la bandera de la Iglesia, descendió como una bendición suprema sobre el cuerpo yacente del poeta y se dejó oír el agudo y prolongado toque de los clarines.

A las cuatro y media de la tarde, la procesión, de regreso a la Universidad. Al salir el cadáver por la puerta mayor, lo cobijó un palio con los colores nacionales y se detuvo. El público era una compacta muchedumbre.

El arzobispo Pereira subió a la tribuna y pronunció un discurso de verdadera elocuencia; la postura del orador, su voz vibrante, su acento absolutamente claro, y aquellos pensamientos de brillante prestigio, ya poéticos, ya teológicos, dolientes unas veces o glorificante otras; y aquella defensa del genio que en medio de su vida “disipada y disoluta”, tuvo siempre en el corazón la fe como una divina antorcha; y aquel discurso fue como una pira antigua encendida sobre el cadáver del inmortal de una llama sagrada.

Después siguió la procesión. Todas las comisiones separadas en grupos,  y los cuerpos de obreros y  de estudiantes, iban desfilando por el centro de las calles con sus estandartes… Los altos dignatarios del clero, a regular distancia de uno del otro, bajo capuchas blancas caminaban paso a paso, cruzados los brazos, inclinadas las cabezas, con las larga caudas sostenidas por acólitos y pajes.

Veinte mil personas irían en la procesión, que encabezaban tres carrozas simbólicas.

Y al llegar a la Universidad, desde la ventana de una casa, el presbítero y poeta Azarías H. Pallais, leyó un discurso admirable.

Y el cadáver fue llevado a la capilla ardiente.

Allí estaba, amortajado, con un blanco sudario de seda. El rostro descubierto era, con su guirnalda de laureles en la frente, de una exactitud extraordinaria al rostro del Dante Alighieri que todos conocemos. Ante él, como ante algo que ya no era sino un reto al enigma supremo, se sentía uno desconcertado. Era el genio ya sin corazón, ya sin cerebro…

No se puede explicar cómo al sexto día de su inmortalidad se parecía tanto al Dante. Acaso es que el genio no obstante los diferentes aspectos con que de cuando en cuando se presenta a la humanidad, no es más que uno, y el espíritu de Darío, sumado ya en ese instante al del Florentino, recorrían junto al Infierno y el Paraíso.

Era la capilla ardiente custodiada por ocho guardias turnados de hora en hora en actitud hierática, como un sagrario de la inmortalidad. ¡Coronas, coronas…! Y símbolos y el busto de Apolo junto a la cabeza de Darío, y  a sus pies Homero y Hugo, el de “La leyenda de los Siglos”.

En la noche del sábado, la última velada fúnebre. El jardín de Minerva y calles adyacentes estaban repletas. En los corredores, damas, comisiones; ya no cabían más. El doctor Debayle, en nombre de los Ateneos de Costa Rica y Honduras, pronunció un discurso lleno de bellísimas imágenes. El literato Francisco Paniagua Prado en nombre del Ateneo de El Salvador, leyó un bien descrito y pensado discurso. El profesor Felipe Ibarra, maestro de primeras letras del poeta, leyó unos versos sonoros, Juan Ramón Avilés, dio lectura a un corto himno en prosa glorificando al lírico Mesías. El poeta Sáenz Morales, leyó una exquisita oda, y el discurso de clausura lo dijo la palabra robusta de Leonardo Argüello.

Llegó la mañana del domingo final, día 13 de febrero.  Y desfilaron hasta las once las escuelas, los colegios, los obreros, llevando todos, si no una flor: rosa, lirio, margarita… Y el catafalco quedó levantado sobre una colina de pétalos.

Los pintores se disputaban el sitio para tomar bocetos.

Desde las dos de la tarde, todo León y no menos de cinco mil personas más llegadas de las otras ciudades, se encaminó. Aquello era un torrente férvido. El prebendo Pereira arreglaba las comisiones. A las cuatro de la tarde comenzó la procesión.

salir el cadáver, entre siete estampidos de cañón, un encargado del Comité Darío, destapa una cesta enlutada, y de ella vuela una bandada de inmaculadas palomas que revolotean unos instantes y luego elevan hacia los cielos…

Y comienza el desfile; y toda la multitud eleva veinte mil palmas verdes como un Domingo de Ramos.

Y pasa la muchedumbre, y pasa la multitud, y después llega el cortejo. Y pasan estandartes que dicen: La Prensa, Gobierno Argentino, Gobierno de Honduras, Gobierno de Guatemala, Oficina Internacional de Centro América, Gobierno de México, Congreso Nacional, Etc., y pasan diez, veinte, treinta estandartes más.

Y los colegios y las escuelas forman valla en toda la procesión, y pasan los representantes de los Institutos y colegios, los cuerpos médicos y de abogados, las municipalidades de León, Managua, Masaya, Granada, Chinandega, Diriamba y los ateneos, y los jefes políticos, gobernadores departamentales, y los magistrados de la Suprema Corte y el alto clero; y pasan las damas vestidas de negro… Y hay como visión de tiempos griegos; se acerca un grupo de apariciones blancas, con largas túnicas de nieve. Son las canéforas, las vestales, que traen cestos de flores sobre los hombros.

Y  pasa el cadáver, descubierto, sobre andas, de cuya conducción se han hecho cargo diversas sociedades estudiantiles. Ya cubierto de flores, va amortajado, con su corona de laureles va a la inmortalidad, de cara al infinito.

Y pasa la presidencia del duelo; la familia, el presidente del Comité Darío y la municipalidad de León, las comisiones de las cámaras, representantes del Ejecutivo; las Cortes de Apelaciones, los cuerpos diplomáticos y consulares, los representantes de la colectividad española, los clubs sociales, los clubs políticos, las logias masónicas, corporaciones locales y de obreros; pasan la banda de los Supremos Poderes de la República, con el pabellón enlutado. Era aquello como un río humano desbordado que hubiese atravesado por un bosque olímpico y  arrancado las palmas de la gloria y los laureles triunfales para llevarlos a flore en la poderosa corriente de sus aguas.

En la casa del poeta Juan de Dios Vanegas, casa en la cual enseñó la señora Jacoba Tellería las primeras letras a Rubén, allí junto a la casa donde se crió Darío; en el mismo lugar donde un Domingo de Ramos reventó una “granada” con los primeros versos del poeta, allí mismo, al pasar su cadáver, reventó otra “granada” de la cual volaron palomas y cayeron miles de papelillos con estos versos que Rubén escribió a los trece años de edad:

                                               A TI
                                               Yo vi un ave
                                               Que suave
                                               Sus cantares
                                               A la orilla de los mares
                                               Entonó
                                               y voló….
                                               Y a lo lejos,
                                               Los reflejos
                                               De la luna en alta cumbre
                                               Que argentando las espumas
                                               Bañaba de luz sus plumas
                                               De tisú
                                               ¡Y eras… tú!
                                               Y vi un alma
                                               Que sin calma
                                               Sus amores
                                               Cantaba en tristes rumores
                                               Y su ser
                                               Conmover
                                               A las rocas parecía
                                               Murió la azul lejanía
                                               Tendió su vista anhelante.
                                               Suspiró
                                               Y cantando ¡pobre amante!
                                               ¡Prosiguió!
                                               Y era… ¡Yo!
                                                                           Rubén Darío
                                      Diciembre de 1880

Un detalle: hicieron abrir la granada, tirando de los cordecillos de uno y otro lado de la calle, la señora Angélica de Vanegas y don Abraham Tellería, amigos de Rubén en tiempos de la infancia.

Al llegar el cadáver a las gradas de la Catedral, el poeta Santiago Argüello leyó un estupendo y magnífico discurso. Un foco de luz caías sobre el cuerpo yacente de Darío; y  en medio la sombra de la noche –eran ya las siete—, parecía que del poeta muerto brotaba un halo luminoso, o que un astro encendido caía sobre él.

Y  después ya dentro de la Catedral, en el presbiterio, al poner su cadáver en las andas, la gente cogía flores, hojas, pétalos y se los llevaban devotamente. Decían: los llevaremos  a nuestras casas, como las palmas sagradas del Domingo de Ramos, como un recuerdo para nuestros hijos…

Y arriba de los dombos de la Catedral, por los tragaluces y ventanas, la gente, señoritas y  caballeros, se asomaban desde lo alto para verlo la última vez.

Los estudiantes de la Universidad cogieron la corona de laureles de la frente del inmortal y exclamaron: en el salón de recepciones la tendremos como un trofeo dentro de una urna bella.

Y  pasaron dos horas, mientras soldaban el primer ataúd metálico. Y nadie se quería ir.

Y ya cuando iba a descender el cadáver al sepulcro, la banda de los Supremos Poderes, ejecutó la “Marcha Triunfal” del maestro Delgadillo, sobre motivos del canto rubeniano. Resonaron los metales victoriosamente, como una erupción de épica armonía.

Y  a las 9:15 minutos cayó para siempre en el sepulcro. El representante de “La Nación” de Buenos Aires, echó en la fosa la primera palada de tierra.

Y allí quedó el genio a los pies de la estatua de San Pablo, donde duerme Darío su inmortalidad.

Eso es lo que hizo por él esa ciudad de León de Nicaragua, que fue para el poeta, su Roma, su Atenas y su Jerusalén.
                                                         
                                              (Revista Panamericana)


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N. del Director y Editor del Blogspot: 
El recordado periodista leonés Juan Felipe Toruño, emigrado a tierra Cuzcatleca donde fijó su residencia y prosiguió el exitoso camino del periodismo, al frente del Diario Latino, lo reprodujo en sus páginas, en fecha 14 de Febrero de 1976.   Por otra parte, este artículo fue posible transcribirlo y compartirlo, gracias al Archivo Vertical Hemerográfico creado por la persistente vocación y estatura intelectual del recordado Matemático, Profesor Rafael Carrillo Díaz y distinguida familia.  

jueves, 5 de febrero de 2015

RETORNO DE RUBÉN DARÍO A LEÓN Y EL DISCURSO EN LA ACADEMIA DE BELLAS ARTES

Nota Introductoria
Del Redactor-Editor del Blogspot:

Rubén Darío: 18 de Enero de 1867 – 6 de Febrero de 1916
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Rubén Darío con el hábito de monje que vistiera para el famoso retrato de Vázquez Díaz.
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La apoteosis relatada en la revista El Alba, fue el resultado de un pueblo lleno de admiración y cariño. Nicaragua rindió honores al hijo dilecto, de incomparable estatura intelectual y fama mundial. Fue el estallido de júbilo de los ciudadanos leoneses, que ansiaban verlo después de aquella ausencia prolongada, marcada profundamente por catorce años, seis meses y  veintidós días. Nicaragua no lo acogía en su rezago desde abril de 1893. El reencuentro con la Patria y los suyos, aconteció desde el 24 de noviembre de 1907 a febrero de 1908, fechas en las que permaneció primero en Managua y luego, en León. La estadía del Poeta en la ciudad de Managua está recogida en diversos aspectos en el libro “Rubén Darío en Managua”, del historiador Jorge Eduardo Arellano, publicado por la Alcaldía de Managua, 2011. Nosotros, entregamos a nuestros apreciados lectores, las crónicas publicadas en la revista literaria dirigida en León, por el intelectual Antonio Medrano. Esta reproducción íntegra apareció en: El Alba. Segunda Época, Tomo III, No. 5. 15 de Febrero de 1908. León, Nicaragua, América Central. Publicación mensual, dirigida por A. Medrano. Redactores: Manuel Tijerino y Belisario Salinas. Impresa en la Tipografía de J. C. Gurdián & Cía. 

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RUBÉN DARÍO EN LEÓN
                                                                  
                                                                  15 de Dic. 1907.

León, la noble ciudad del pensamiento, preparada está para recibir al más glorioso de sus hijos. El entusiasmo fulgura en todas las miradas, la alegría hacer reventar las rosas de todas las risas, y un solo nombre, el nombre del más alto poeta del verbo hispano en el momento actual, vibra en todos los labios estremeciendo todos los corazones.

   Los diferentes gremios apréstanse para llevar la ofrenda de su cariño al huésped ilustre a quien León entero –y no es menester acudir a las hipérboles— va a recibir con la más cordial de las bienvenidas.

   La plazoleta de la estación y las calles circunvecinas vence plenamente colmadas por una vasta muchedumbre que se arremolina, ondeante y rumorosa, como un mar. Y entre este apiñamiento presas, moviéndose difícilmente, aparecen las carrozas alegóricas, llenas de flores y de adorables capullos de mujer, como en un bello triunfo primaveral, recordando las felices teorías de los tiempos helénicos en que brillaban, a pleno sol, el Amor y la Vida.

   La Academia de Bellas Artes, saluda al ilustre Caballero del verso con un fecundo símbolo representativo de la magnitud de su victoria, “El Triunfo del Arte”, cabalgando éste en el corcel ligero de Apolo.

   Doña Lola de Argüello, en su carroza de artística ornamentación, ha hecho que las Famas, en un gallardo grupo de semidesnudeces paganas, hieran todos los vientos con la exultante voz de sus clarines, pregonando el glorioso nombre del Rimador excelso. Las señoras doña Casimira de Debayle y doña Margarita de Lacayo convidáronse para festejar al Poeta y enviaron un brillante grupo –efebos y canéforas— en el que sobresalía Margarita Debayle. La escuela de la señorita Abigaíl Zapata hizo que el coro de las nueve Musas concurriera a recibir al preferido, quien, en virtud de propios méritos y tras inimaginables esfuerzos, ha plantado su tienda en el Parnaso. Las Escuelas de Derecho y de Medicina simbolizaron sus Ciencias, completando el grupo Minerva –la triunfadora Pallas Athenea— madre de la Sabiduría, bravamente representada en esta vez por la señorita Tula Castillo.

   Al anunciarse el tren en que venía el Poeta, un inmenso grito unánime, un soberano grito, pobló los aires con los temblores del entusiasmo, desbordante hasta convertirse en delirio. Rubén Darío bajó saludado, aclamado, rodeado, aprisionado, acariciado, por aquella inmensa explosión de alegría, poblada como un océano, de rumores, de gritos, de suspiros, de quejas, de soplos, de brisas, de olas, de espumas, de gotas, de matices, de fulgores. Aquella como vasta marea lo arrastraba, lo atraía, lo rechazaba, lo empujaba en distintas direcciones, las unas lo disputaban a las otras olas, como si fuera un náufrago caído, entre los pliegues de la vasta sábana marina.

   Por fin el mar tomó forma de torrente –arrollador torrente— y encauzóse sobre la amplia avenida con dirección a la ciudad. El poeta continúa llevado, sometido a la inercia de la corriente, como la gota que rueda, mezclada a los quintillones de gotas que se arrastran y se empujan, resbalando en el lecho de los ríos.

   Un momento la corriente se detuvo, tras duro esfuerzo; hízose menos vibrante el rumor, uno como a manera de silencio, y del fondo de su carroza, que semejaba una tribuna, donde iba oculta, surgió Julia, hija del doctor Mariano Barreto, a dar la bienvenida al Poeta. Con clara entonación, gallardamente, dijo de la alta gloria suya, de la meritísima labor que ha recogido en premio las proficuas cosechas de laureles y que ha colmado sus trojes con la áurea mies— el rubio grano de la más pura y blanca harina de arte, por todo lo cual, a pesar de los lazos de luto que se prendían en su traje como negras mariposas de dolor, venía a levantar con sus palabras devotas, en una fervorosa adoración a la divina Poesía, el arco triunfal por donde debía entrar el afecto de los suyos, a las caricias de su vieja ciudad querida, el magnífico Emperador cuyos pendones  gloriosos flamean sobre todos los castillos del Ensueño.

  Después, Marina, hija del Poeta Santiago Argüello, recitó dulcemente, como remedando el suave resbalar del vivo esquite sobre el zafiro de los lagos soñolientos, o el rumor de las alas –blancas alas— tendidas como banderas de paz a los aires calmados, el Blasón del magnífico Poeta, donde los plumones de los cisnes muestran la intactez de su blancura, semejando divinas margaritas destacándose sobre el fondo esmeralda de las riberas o inmaculadas hostias sobre la azul patena de los lagos.

   Margarita Debayle recitó los versos A una Novia y que fueron escritos por Darío en el álbum de la que fue después su madre, la entonces señorita Casimira Sacasa, ya prometida del doctor Luis H. Debayle. Su agradable vos puso estremecimiento de ternura en aquellas estrofas que son una gloriosa profecía de amor.

   Y prosiguió el desfile. El torrente suspenso por instantes, recobró el movimiento, como en un súbito deshielo, y se vio una cosa impensada y rara-bella por el símbolo y por la visión. Las calles que recorría el Poeta estaban adornadas con ramas de árboles y con hojas de palmeras nativas. A alguien se le ocurrió arrancar de los festones una de esas hojas, y por ese fenómeno bien sabido de la uniformidad inconsciente en las muchedumbres, viéronse al instante los gallardos abanicos esmeraldinos tremolados triunfalmente por todas las manos, como alegres banderas de esperanza. Representábase por el alborozo de la muchedumbre, y aquella feliz tremolación de rientes follajes, el triunfo del Nazareno bíblico en el legendario Domingo de las palmas.

   Las aceras todas del trayecto colmadas estaban de principales y altas damas y bellísimas mozas que saludaban al paso al Poeta satisfecho.

   De los balcones llovían sobre él flores, frescas flores con todos los matices, flores para el Poeta que en los rosales de su huerto ha hecho reventar las más divinas rosas de poesía, regadas por manos de garridas doncellas, sobre él que ha amado casta e intensamente a la Belleza, consagrándose cenobita de su culto.

   Llegóse por fin a casa de J. Prío, donde se había preparado alojamiento al Poeta. Una parte pequeña de la concurrencia subió acompañándolo, el resto llenó las calles del frente y desbordóse en el parque. El Poeta apareció en el balcón de la esquina y saludó agradecido a la muchedumbre que lo aclamaba.

   Después de algunos minutos de conversación fue invitado a hablar el poeta Santiago Argüello, de rica fantasía y musical palabra, quien en un rapto de inspiración magnífica, improvisó:

                               Este, del arte crisol
                            rey de líricas hazañas,
                            dio luz al verbo español.
                            Ante sus formas extrañas,
                            hay que entonar las pestañas
                            lo mismo que frente al Sol!

                               Y tal su nombre pregona
                            la Fama, de zona a zona,
                            que yo pondría ¡pardiez!
                            las flores de mi corona
                            para alfombra de sus pies!

   Y la multitud se dispersó enseguida lentamente, suavemente, como mueren las hinchadas olas sobre la tendida playa.
   
    En la noche, comió el Poeta, junto con varios íntimos de los viejos recuerdos y los nuevos cariños, en casa del doctor Debayle.

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                                                                   29 de Dic. de 1907

   A las nueve de la noche la Academia de Bellas Artes abría sus puertas a Rubén Darío, nombrado por ella socio honorario. Llegó el Poeta acompañado por la comisión encargada de conducirlo, los acordes de la Banda Marcial lo anunciaron, y los señores académicos, de pie, lo saludaron, orgullosos de tenerlo en su compañía.

   Tras breves momentos, el Recepto leyó su discurso reglamentario, sobrio y bello, rebosante de útil y noble doctrina. Fue contestado por Santiago Argüello, el único socio honorario de la Corporación, hasta entonces. La frase cálida y viva del ya conocido poeta, rindió el justo tributo de admiración y simpatía al que en aquellos momentos iluminaba con los resplandores de su gloria fecunda, la casi despreciada labor –por la indiferencia local— del grupo de soñadores, que Darío ya simbolizó en los albores de sus triunfos literarios en un cuento luminoso: El velo de la Reina Mab.

   Doña Margarita de Alonso con la mágica fuerza evocativa del Arte, hizo que el espíritu de José de la Cruz Mena, acudiera a la fiesta diluido y las tembladoras y lacrimosas armonías de sus rimas.

   Las señoritas Adela Zepeda y Ramona Buitrago interpretaron magistralmente sendos trozos de música extranjera, y la fiesta concluyó, después de la copa ritual del champaña rubio, dejando en el ánimo la impresión honda de una manifestación seria de cultura artística.
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DISCURSO

Pronunciado por D. RUBÉN DARÍO, en el acto de su recepción como Socio Honorario en la Academia de Bellas Artes.
         
               SEÑORES ACADÉMICOS:

   Al llamarme a vuestro seno en calidad de socio honorario, con ese solo calificativo demostráis el honor que me hacéis. Vuestro instituto es una de las más plausibles creaciones que me han llenado de gozo a mi retorno. No es ciertamente un ideal deseable de una república de soñadores, un pueblo de nefelibatas. El arte diríase el lujo de las naciones. El hombre primitivo, cuando ensayó en sus cavernas la reproducción de la figura del mammut, cuando, quizá contemplando a Véspero, intentó algo parecido a una melopea, a un son rítmico, había de seguro cazado ya su reno, inventado el fuego, iniciado la primera época, iniciado la primera época del trabajo humano. Mas el Arte, que existe en toda la naturaleza y que está en el hombre por la virtud de la comprensión, es una necesidad vital de la especie. El revela por medios materiales actividades y misterios espirituales. Es la exteriorización de nuestra música íntima. Todas las artes son a mí entender musicales, según el sentido griego de la palabra. Y todas están impregnadas de esa realidad de las realidades que se llama la ilusión y que Kant aplicaba tan solamente a la pintura o al dibujo. Es así el Arte preciso a los individuos como a los pueblos. No hay tribu o clan, por salvaje que sea, que no tenga su danza, su canto, su tatuaje, sus adornos. El más seco yanqui tendrá su preferido son de banjo; el hombre que más odia a los poetas gozará al rasgueo de un guitarrillo; la nación, la provincia, que más desdén tenga por las cosas artísticas, poseerá sin saberlo el presente divino. Y ya sabéis, señores, que en Beocia, en la tebana y difamada Beocia, hizo Júpiter que naciera Píndaro.

   Señores yo no aconsejaré a la juventud de mi patria que se dedique a las tareas de las Artes. Esas cosas no se aconsejan. Las vocaciones en esto más que en todo son las imponentes. Recordad a Chapelain, el “grotesco aristócrata” que también ha biografiado Gautier. Los padres al nacer el niño, se propusieron dedicarle a poeta. Lo consiguieron y resultó admirable de mediocridad y de extravagancia. Que el que nazca con su brasa en el pecho sufra eternamente la quemadura. Mas que no se crea que llevar esa brasa es voluntario y sobre todo grato. Los escogidos de las Artes son muy pocos. Y la república tiene necesidad de otras energías más abundantes para felicidad positiva de la comunidad, energías florecientes que quizás podrían torce su rumbo engañadas por mirajes halagadores.

   Hay campos para todas las condiciones del espíritu. Vivimos sobre la tierra y de la tierra. Que la mayoría inmensa se dedique, según las particulares aptitudes, a la tarea de cultivar, de engrandecer, de fecundar nuestra tierra. Así se tendrá el pueblo seguro su cotidiano pan. Pero no por eso se olvide de que no sólo de pan vive el pueblo. El bien práctico que a las nacionalidades hacen los poetas, los artistas representativos, lo ha demostrado –no creáis que nuestro Santiago Argüello ni quien estas palabras os dirige— sino el actual presidente de los Estados Unidos, Teodoro Roosevelt; y ya veis que la opinión no es interesada. Todas las naciones positivas filotenon etnos, que decían los antiguos, colocan hoy a sus grandes poetas, a sus grandes artistas, en primera línea. En Francia, a la par de un Berthelot, o un Poincaré, están en la universal estima y respeto y aun con cierto brillo especial que sólo dan las Gracias, un France, un Saint Saens, un Rodin. En Inglaterra Ruyard Kipling se levanta a la gloria y a la riqueza; en Italia impera D᾽Annunzio. El premio Nobel hae en Suecia, cada año, rico a un poeta. Rusia venera ante el Zar a su Tolstoi; Polonia ofrece un castillo a su Sienkiewicz; en Alemania el Kaiser es, él mismo,  un artista, amigo de artistas; y en la Madre Patria, si las aficiones del gentil monarca van hacia los sports, o si gustáis, ─ para complacer a mi amigo Barreto,─ a los deportes, en cambio, la infanta Isabel, tan querida, ama todas las artes y proteje a todos los artistas.

  Que nuestro Centro América es tierra de artistas es innegable, desde los tiempos de incógnitos escultores que labraban la piedra en las ocho torres de que habla el desconocido autor del Isagoge del archivo de Chiapas. En tal obra se dice, según las palabras de Gámez, “que al Oriente del pueblo de Ococingo, entre edificios antiquísimos, se destacaban ocho torres labradas con arte singular, en cuyas paredes se veían esculpidas estatuas y escudos que representaban personajes vestidos con trajes militares, distintos de los aborígenes y muy semejantes a los usados en otros tiempos en el antiguo mundo.” No eran los aborígenes nicaragüenses extraños a la magia del arte, y nuestros indios de hoy rememoran los antiguos areitos o mitotes de que habla el transparente Oviedo.

   La influencia de la sangre española, la belleza un tanto lánguidamente mora de nuestras mujeres, el trópico, estas lunas mágicas que no he visto brillar más prodigiosamente en ninguna parte, despiertan, es indudable, en el alma del pueblo nuestro, el deseo de la exteriorización de sus ímpetus estéticos.

   En el elemento cultivado, con los escasos medios de nuestro ambiente actual, sabemos bien que se han realizado voliciones y esfuerzos dignos de más adelantados centros, sobre todo en el terreno de la literatura y de la música.

   Haya constancia. La Academia de Bellas Artes puede hacer mucho para el porvenir. Puede preparar el terreno para un futuro decisivo. Crezca nuestra labor agrícola, auméntese y mejórese nuestra producción pecuaria, engrandézcanse nuestras industrias y nuestro movimiento comercial, bajo el amparo de un gobierno atento al nacional desarrollo. Y que todo eso sea alabado por las nueve musas nicaragüenses en templo propio.

                                                                  He dicho.


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martes, 3 de febrero de 2015

 “DOS ENCUENTROS ESCULTISTAS”:  OLAVE BADEN POWEL EN NICARAGUA (1965) Y EL AGASAJO AL MANDATARIO DE TURNO (1964).

Por: Eduardo Pérez-Valle h.

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Lady Olave Baden Powell (Internet)
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En atención de las preguntas hechas por amigos de mi vecindad, interesados en “identificar” los derroteros que conducen hasta la actual Asociación de Socuts de Nicaragua, localizada entre nuestras históricas e interesantes calles y avenidas, de Residencial El Dorado, decidimos traer a la memoria dos testimonios fotográficos asociados a la historia de esa organización.

Motiva, por tanto, este artículo, recordar los antecedentes “protocolarios” de nuestros vecinos continuadores del decálogo Badenpowellistas. Nuestra “colindante pero “desapercibida” organización, tiene modestas edificaciones encerradas detrás de dos muros perimetrales, en terreno que alguna vez pagó y perteneció a nuestra comunidad y, luego, fueron donados a ellos, por autoridades del Gobierno de Nicaragua, en el período de doña Violeta Barrios.

Siempre hemos escuchado que en materia de historia nacional, existen muchísimos asuntos sobre los que deseamos indagar y en tal cantidad los temas sobre los que intentamos recibir explicaciones. Entre las reconditeces y cosas extrañas ---con signos de interrogación---  esta vez frente a la "página en blanco" tenemos en la memoria, la combinación del elogiable conjunto de normas y consejos  del movimiento escultista, y por otra, lo concerniente al desempeño organizativo que no escapa y a la vez destaca en todo momento, por los “exclusivos” vínculos y el trato sagaz  ─coyuntural, dirán algunos─ de esa Organización con personas asociadas  a las esferas del poder político y económico de Nicaragua, entre las cuales más de alguna en su niñez o juventud con pañoleta y bordón en mano, gritó a todo pulmón: Siempre Listos!!

Ciertamente para hablar de todo esto, recordemos que no hay ni habrá forma de cuestionar la utilidad de la historia; tanto así, que Wilfredo Kapsoli abunda con agudeza en los réditos de esta ciencia: “…tiene, desde nuestro punto de vista, dos funciones que cumplir; por un lado como ciencia, y por otro como ideología. Como ciencia su papel consiste en desentrañar los misterios del pasado, reconstruir episodios y acontecimientos que, de una u otra manera, tiene importancia para la comprensión de los problemas de un momento determinado y de una realidad concreta. Esto implica que los temas y  los motivos de preocupación se dan a partir de urgencias e inquietudes del presente y que los historiadores buscan en las épocas precedentes, situaciones que logren engarzar la continuidad de los fenómenos que se quieran observar, transformar y legitimar.”

Puestos sobre el tapete los puntos introductorios vamos sobre los dos interesantes hechos asociados a los Scouts de Nicaragua. Esta organización fue establecida en 1907 por el británico Robert Baden Powell. En 1917 tuvo sus primeros miembros en Nicaragua a través de las iniciativas emprendidas por los ciudadanos blufileños, don Joe Harrison (Pastor Moravo) y don Audbrey Campbell, ellos organizaron  la Tropa Número Uno Moravian de Bluefields.

Después de extenderse entre los principales municipios del país, y por la importancia y su carácter inmanente, el Movimiento Scouts de Nicaragua,  próximo a cumplir cien años de labores orientadas a cultivar aprendizajes, costumbres, hábitos, valores y virtudes  entre los niños y jóvenes, logró atraer en el pasado a diversos estamentos sociales. Por supuesto, esa dinámica fue más activa que la actual.

Ahora, no muchos recuerdan o saben que, en Junio de 1959 llegó a Nicaragua la esposa de Sir Baden Powell. Ese acontecimiento estuvo rodeado de animadas actividades de Señoras y jovencitas pertenecientes a la Asociación Scouts de hace más de medio siglo.

Con 76 años de edad, Lady Olave Baden Powell cuyo nombre de soltera era Olave Saint Clair Soames, llegó al país durante el período presidencial del doctor Rene Schick Gutiérrez; junto con a la distinguida visitante arribó un grupo de  Muchachas Guías de la Patrulla Lord Baden Powell

Distinguida con el título y en el cargo de Jefa Guía Mundial, asistió al antiguo Palacio Presidencial en la Loma de Tiscapa, donde fue recibida por Isabel Urcuyo de Somoza, esposa del sucesor dinasta Luis Somoza Debayle. La delegación del más alto nivel pasó por Nicaragua como parte del recorrido por diversos países de Centroamérica y América del Sur.

Entre las notas de prensa publicadas, fue dicho que “…su presencia en nuestros países constituyó una extraordinaria promoción de amistad y de unión y aglutinó a miles de muchachas y señoras pertenecientes al Movimiento Guía, estimulándolas en su trabajo y en sus ideales.” En aquel encuentro con Isabel Urcuyo de Somoza, le acompañaron diez y siete  integrantes de la Asociación Nacional de Guías de Nicaragua que posaron para la impresión del siguiente testimonio fotográfico resguardado en nuestro Archivo Histórico:  

Las señoras que acompañan Lady Olave Baden Powell y a doña Isabelita Urcuyo de Somoza son: Melita de Hainsch, Esperanza Bermúdez de Morales, Celita Valle de Lola-Blen, Esperanza Quezada de Robleto; María Luis Molina de Gertsch; Srita. Anita Mora, Srita. Bárbara Styles acompañante oficial de la Jefa Guía Mundial, Violeta Amador de Bebout quien actuó como traductora oficial de la Sra. Baden Powell durante su visita a Nicaragua; Julieta Matamoros de Morán, Dorita de Rivera Laínez, Carmen de Ettienne, Luz Marina de Castro Silva, Srita. Silvia Argüello Navas. SENTADAS, un grupo de distinguidas Guiadoras: Señoritas, Blanca Luz González, Martha Morán Matamoros, Martha Hernández, Anturina Cardoze, Gladys Fletes, y Olga Latino.

En el otro testimonio gráfico constatamos otra de las diversas relaciones a través de la historia, que posiblemente surgían en el interés de granjear  acercamientos con los ejes del poder gubernamental.


La fotografía fue tomada durante el homenaje ofrecido al Jefe Director G. N., Mayor General Anastasio Somoza Debayle, en casa del señor Roberto Terán h., por la Asociación Nacional del Scoultismo (sic) de Nicaragua. La foto recoge una escena del acto social en que aparece el distinguido homenajeado conversando con sus anfitriones (Foto por Berrío s.).  Novedades, miércoles 11 de Marzo de 1964.

La primera fotografía fue obtenida en la Loma de Tiscapa, la segunda, en casa de otro distinguido ciudadano promotor del Escultismo en Nicaragua, y la actual, del 2015, ojalá pudiera realizarse dentro del Parque situado en la parte opuesta, 20 metros calle de por medio, del edificio de la Sede Nacional Scouts. Decimos esto, porque Lord Robert Baden Powell y Lady Olave Saint Clair Soames estarían complacidos junto a todos los vecinos de contar con una Patrulla Scouts dedicada a la práctica y divulgación de los principios del Escultismo en esa área de esparcimiento público que la Sede Nacional ha tenido frente a ellos por cerca de 25 años.