sábado, 5 de octubre de 2019

CONTESTACIÓN PÚBLICA DE PEDRO JOAQUÍN CHAMORRO A MANUEL URBINA, 30 DE SEPTIEMBRE DE 1884.


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Dr. Adán Cárdenas del Castillo

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Del director-editor del Blogspot:

         Circula el último número de la Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, Segunda Época, Tomo 84, septiembre 2019, 320 pp. Contiene trece secciones, la sexta corresponde a “Textos Rescatados”, en donde el Dr. Jorge Eduardo Arellano, —según explica— con notas y transcripción de él, decidió difundir una carta que el Padre Jesuita, Álvaro Argüello Hurtado resguardó, porque, además de histórica, “constituye un ejemplo máximo de amor conyugal y paternal.” Ese documento fue escrito por el bisabuelo del recordado sacerdote jesuita, don Adán Cárdenas del Castillo (Rivas, 22 de febrero, 1836 – Managua, 12 de julio de 1916. En ella participa al primogénito la infausta noticia sobre el deceso de su madre, María Asunción Hurtado. Concitado por esa emotiva lectura, recordé otra carta, extensa, elaborada por el Dr. Pedro Joaquín Chamorro, en donde en tribuna pública efectuó la defensa de su integridad ciudadana y, también lo hizo a favor del Dr. Adán Cárdenas del Castillo, exPresidente de Nicaragua. Esa carta surgió en respuesta a otra de Don Manuel Urbina, político del terruño granadino. Si bien es un tanto conocida, ahora la devuelvo a la memoria.   

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CONTESTACIÓN PÚBLICA DE PEDRO JOAQUÍN CHAMORRO A MANUEL URBINA, 30 DE SEPTIEMBRE DE 1884

La despedida de Don Manuel Urbina al pueblo nicaragüense, fechada a 9 del mes en curso, me pone en la necesidad de contestarle. En ese escrito, olvidándose de su edad, de su posición y de los sentimientos cristianos de que hace alarde, me infiere sin motivo alguno justificable, graves ofensas, imputándome hechos, móviles y sentimientos, que debo rechazar, en vindicación de mi honor y de la justicia, aun a riesgo de lastimar, a despecho mío, a un hombre que se halla bajo el peso de la desgracia. Suya es, pues, la culpa si en su destierro, en vez de expresiones de simpatía tiene que oír el acento severo de la verdad.

La publicación a que me refiero, escrita en un estilo virulento y desatentado es de todo punto impropia de un hombre que pretende ser representante de los intereses y aspiraciones de un partido político;  las contradicciones en que incurre su autor, las injurias que dirige a mi hermano, a mí y a otros amigos míos  y sobre todo, su irrespetuosidad con el Primer Magistrado de la Nación, a quien llama oscuro tiranuelo, precisamente cuando hallándose bajo la acción gubernativa, se paseaba libremente por las calles de esta ciudad, revelan la exacerbación de sus pasiones y el lamentable extravío de su entendimiento. En semejante situación de ánimo, no es extraño que vea en cada ciudadano honrado que se opine a sus miras, un instrumento de propias y ajenas pasiones, ni que él mismo venga a serlo, de ciertos políticos que para coronar sus ilegítimas aspiraciones, se han propuesto atacar, sin tregua ni descanso, a mí y a algunos de mis mejores amigos, atribuyéndonos defectos y vicios, hasta crímenes, para enervarnos. Esfuerzo inútil, pues ese clamoreo incesante de las malas pasiones, lejos de debilitar los esfuerzos de los defensores del orden para mantener la paz y asegurar las conquistas hechas en el campo de las instituciones, no hacen más que darles nuevo rigor para continuar con más energía la antigua lucha con los demagogos, cualquiera que sea el nombre que tomen y la careta con que se encubran.

El Señor Urbina comienza su publicación, diciendo:

“El Presidente de la República, Doctor Adán Cárdenas, instrumento vil de propias y ajenas pasiones, de la oligarquía reinante de esta ciudad, de dos hombres funestos, Pedro Joaquín Chamorro y Joaquín Zavala, de infausta memoria, acaba de decretar mi extrañamiento de la República, sin otro motivo que, porque encabezando la incontrastable oposición en el terreno de la Constitución y de la ley imploraba triunfante ya en las próximas elecciones de AA.SS.”

En un solo párrafo pone de manifiesto la perturbación de ánimo y el exabrupto elemental del Señor Urbina: en él están compendiados los insultos gratuitos y las injustas apreciaciones de que he hecho mérito al principio, y por eso he de entretenerme a analizar cada una de sus palabras y a pedirle cuenta, a la faz de público, que conoce poco más o menos los hechos de cada uno de sus conceptos.

La oposición del Señor Urbina es esencialmente local de Granada, sin ningunas ramificaciones en los demás pueblos de la República. Suponer esa oposición, es contrastable en el terreno legal y capaz de poner en cuidado al Gobierno, cuando nunca ha contado con un solo voto en los otros pueblos de este Distrito electoral, es una inconcebible aberración, tanto más cuanto que sólo tenía razón de ser por la apatía en que había entrado el partido conservador de esta ciudad, reorganizado ahora con toda su antigua virilidad y los prestigios del gran partido nacional, que se ha hecho acreedor al aprecio público por los altos hechos que ha realizado.

El Señor Urbina habla de oligarquía granadina, suponiendo al Doctor Cárdenas más supeditado por ella y no contento con inferirle esta injuria, todavía quiere hacerle aparecer como dominado por propias y ajenas pasiones al decretar su destierro. El carácter del Doctor Cárdenas y su honradez nunca desmentida le ponen a cubierto contra semejante acusación; pero si esto no fuera bastante, para ciertos hombres que juzgando a los otros por sí mismos, no creen en reputaciones inmaculadas, ahí está la heróica paciencia con que ha sufrido todo género de injurias y calumnias, sin haber perdido su templanza ni aun en momentos de suprema desgracia, en que su penosa situación parecía excitar la saña de sus enemigos.

Oligarquía granadina! Palabra gastada ya por los antiguos demagogos y que estaba reservado a Don Manuel Urbina ponerla de nuevo en boga. ¿Habrá olvidado el Señor Urbina que los demagogos de antaño bautizaron con el odioso nombre de aristócratas y oligarcas a los  hombres que se les enfrentaron para reprimirlos y establecer el orden y la libertad de que disfrutamos, libertad a la que él mismo debe haber salido de esta ciudad de muchas personas, entre las cuales hubo una que, abusando de ella, me echara muera para complacerle? ¿Habrá olvidado que él y algunos de sus mejores amigos de hoy pertenecieron por mucho tiempo a esa pretendida oligarquía, que la gente sensata del país conoce con el nombre de partido conservador?

El Señor Urbina y sus amigos, que sin causa alguna han defeccionado de ese partido, toman el santo y seña de los antiguos demagogos, apellidándose oligarquía, como para dar cierto colorido a su injustificable conducta. Pero la historia de ese partido está demostrando que no merece esa calificación, porque a él debe el país las grandes conquistas que, en el orden político, material e intelectual, ha alcanzado, y sobre todo, la paz y seguridad que piden desde la tumba para sus descendientes: Don Juan Francisco Aguilar, Don Isidro Pérez, Don Leandro Wallope, Don Juan Chavarría (a) Culebra y demás víctimas de La Pelona, lo mismo que Don Pedro Benito Pineda, Don José Miguel Cuadra, Don Camilo Meléndez, Don Diego Cuadra y Don José Anselmo Vado, sacrificados bárbaramente en las cárceles  y calles de León, Granada y Masaya, al furor de las más desenfrenada demagogia.

Refiriéndose el Señor Urbina a Don Joaquín Zavala y a mí, dice: que somos dos hombres funestos, de infausta y lúgubre memoria. Me inclino a creer que el autor de esas palabras no comprende todo su alcance. Nadie, ni el más encarnizado de mis enemigos, me ha lanzado jamás una injuria semejante, tan abiertamente contraria a la verdad. Como particular he observado siempre una conducta irreprensible, en punto a honradez no le cedo la precedencia a nadie. De ella han dado público testimonio enemigos irreconciliables y en épocas de calor político. Como hombre público, durante cercad de 30 años, he tomado parte en la política: mis actos están en conocimiento del país entero y ellos llevan el sello de mis conatos por establecer el imperio de la ley, la paz, la seguridad y la armonía de los ciudadanos. Si en mi vida pública he cometido errores, si no he hecho a mi país todo el bien que he deseado, culpa habrá sido de la deficiencia de mis facultades y de las tenaces oposiciones que he encontrado en mi camino; pero siempre me he puesto a sus servicio con lealtad y desinterés. Las huellas de sangre y lágrimas que marcan mi historia política, son: la sangre de mi pobre hermano Fernando sacrificado en Choluteca en defensa de la inviolabilidad de la Constitución y las lágrimas que aún vierte mi familia por aquella desgracia.

Ya que el Señor Urbina me provoca a entrar en explicaciones sobre mi vida política, bueno es que el público, a cuyo recto criterio apelo, entre conmigo en la discusión de este asunto, para que juzgue del valor intrínseco que tengan las aseveraciones de mi gratuito ofensor. Entremos en materia.

Mi vida pública ha mantenido una rigurosa unidad: desde que abrí los ojos a la razón, hasta hoy que me veo próximo al sepulcro, en el Municipio, en el Congreso, en la próspera como en la adversa fortuna, en el Poder Supremo y fuera de él, siempre he profesado y defendido el mismo credo político, el credo del partido conservador de Nicaragua. La del Señor Urbina tiene períodos muy marcados: el de liberal o desnudo, antes que este partido tomara el nombre de calandraca: el de timbuco, legitimista o conservador, cuando él y su familia se afiliaron al partido a que yo he pertenecido siempre: y el de iglesiero o libero-iglesiero, desde que defeccionó del partido conservador:

Veámos ahora a cual de esos períodos se refiere el Señor Urbina al calificarme de hombre funesto de infausta y lúgubre memoria. No creo que se refiera al primero porque fuera de que entonces aun no figuraba yo en la política, mi familia en unión de otras era perseguida por los demagogos, dándole el odioso nombre de aristócrata. En esa época, en que el crimen esta a la orden del día, esa palabra equivalía a una sentencia de muerte, lanzada contra todas las personas que se oponían a los desmanes de la demagogia, aun cuando por su origen pertenecieran a las clases populares.

Recuérdese sino el caso del pobre Parrilla, que hallándose en la misma prisión con Don Juan Zavala, mi hermano Fruto y otros, designados con el nombre de oligarcas, fue sacado en la tarde con un frívolo pretexto, para que un centinela lo ultimase. Igual suerte habrían corrido el día siguiente, Don Juan Zavala y mi referido hermano, sin la enérgica resistencia que ellos hicieron, y sin la generosa y eficaz intervención del Cabo Sebastián Rugama.

Entremos a analizar el largo período de la vida del Señor Urbina en que estuvo identificado conmigo en ideas y sentimientos políticos y veamos si en él se encuentra esa huella de luto y de sangre de que parece horrorizarse.

Tomaré como punto de partida para esta discusión, la época de la toma de esta ciudad por los filibusteros, de donde propiamente data mi vida pública, por el nombramiento que obtuve de Prefecto de este Departamento, con residencia en Masaya.

El Señor Urbina y sus amigos saben muy bien que en esas luctuosas circunstancias, lejos de ser funesto a mi patria, hice sacrificios de todo género por contribuir a salvarla de la dominación extranjera que conculcaba todos los fueros de los nicaragüenses y ponía en peligro la religión de nuestros mayores. Acusarme por mi conducta en esa época, sería más bien un cargo contra mis gratuitos detractores que debieron haber probado entonces su catolicismo y su amor al pueblo que heroicamente derramaba su sangre por reconquistar el suelo sagrado de la patria. Pero era más cómodo permanecer en la inacción, librarse de las confiscaciones de los bucaneros y reservar para tiempos pacíficos esa indomable energía y ese lujo de amor al pueblo para extraviarlo y lanzarlo contra la autoridad constituida, provocando una guerra cuyos amargos frutos debía recorrer en primer término ese mismo pueblo.

Libre ya el país de la dominación filibustero, y reorganizado el Gobierno nacional, viene un período de mi vida pública en que fui objeto de persecuciones y de juicios desfavorables de parte de mis enemigos políticos. Me refiero al período de la reelección del  General Martínez y a los esfuerzos que, en unión de los miembros más importantes del Partido Conservador, hice por restablecer el imperio de la Constitución conculcada. Los tránsfugas de ese partido recrudecen hoy y prohijan los insultos y calumnias que sólo en aquella época, en medio de la exaltación de las pasiones pudieron inferírseme.

Natural encuentro que los inveterados enemigos del Partido Conservador quieren empañar por cualquier medio las límpidas páginas de su historia, escrita con la sangre del martirio de muchos de sus hombres, ya en los patíbulos, ora en los campos de batalla; o bien en la paz, con las portentosas obras de progreso que ha realizado a costa de desvelos y sacrificios, luchando con la perversidad de unos y la ignorancia de otros, pero me sorprende que hombres que han sido solidarios con ese partido en sus grandes crisis, sin querer renunciar todavía al honroso título de conservadores  y pretendiendo ser legítimos representantes de la pura escuela de los Vegas, Sandoval, Estrada, etc., esgriman sin pudor las enmohecidas armas de sus antiguos opositores.

El Señor Urbina, que con algunos de sus mejores amigos, estaba identificado con nosotros en aquella época, no debe olvidar las exageraciones de que entonces era víctima el Partido Conservador y el sentimiento general que se desarrolló contra el General Martínez, cuando electo contra el tenor expreso de la Constitución, impuso por la fuerza de las bayonetas al General Guzmán, que no contaba con veinticinco partidarios. La política tirante que se desarrolló, como consecuencia natural de aquel hecho, exacerbó en tal manera los ánimos, que todos, aun las personas más pacíficas pedían que se pusiese término a tan violenta situación. Repetidas veces rechazamos los proyectos revolucionarios que los conservadores exaltados de Managua nos proponían, procurando persuadirlos de que era preciso agotar todos los recursos legales para asegurar la inviolabilidad de nuestros derechos. Pero la política ejercida contra el Partido Conservador era cada vez más irritante y cuando este se vio burlado en el más sagrado de sus derechos, cuando, habiendo obtenido un triunfo en los comicios, a despecho de la intervención de la fuerza armada, la Autoridad impedía, con intrigas y violencias, la reunión del Colegio Electoral, se presenta un nuevo plan revolucionario, que fue aceptado después de seria meditación. Tal fue el origen del asalto al cuartel de Managua, proyectado para el 25 de Diciembre de 1866, siendo el primer conato del partido que aquel movimiento se ejecutase sin efusión de sangre. Así fue concebido y preparado, y así se habría llevado a ejecución sin las circunstancias que lo frustraron. Yo tomé parte principal en esa tentativa, y lejos de sentir el menor sonrojo por esa participación, la considero como el cumplimiento de uno de mis deberes para con el país.

Mis enemigos saben muy bien que todas las injurias que se me han lanzado con este motivo son infames calumnias, pera perderme en el concepto público por conveniencia política. Ellos comprenden muy bien que ni yo, ni ninguno de los hombres comprometidos en el movimiento, pertenecientes todos a lo más notables del Partido Conservador y Liberal, éramos capaces de entrar en un plan tenebroso. Si el hecho de ser ese movimiento uno de los más populares de la República es positiva garantía de la elevación del pensamiento que se llevaba en mira, la circunstancia de haber sido encabezado y dirigido por patriotas tan eminentes como Don Fulgencio Vega y el General José Dolores Estrada, deponen altamente contra la maligna suposición de que se haya concebido siquiera la idea de apelar al crimen para realizarlo. Los tiros, pues, que por esto se me dirigen no son contra mi persona; son asestados al gran Partido Conservador; del que éramos la más viva encarnación los que tomamos a cargo el que se realizase una de sus más vehementes aspiraciones. Los que por esto me acusan, se declaran por el mismo hecho fuera del Partido Conservador.

La tentativa de asalto del 25 de Diciembre ha sido juzgada por el país, que me ha hecho la debida justicia, dándome repetidas pruebas de confianza y apoyando con sus simpatías el cambio político que se efectuó a causa de ese movimiento. Este dato fue confirmado más tarde por los mismos contra quienes era dirigida la tentativa revolucionaria, y el del Señor Licenciado Don Jerónimo Pérez, miembro del Gobierno en la época del aquel acontecimiento, y hermano político del Señor General Martínez, encomia en la biografía de este personaje, mi empeño por evitar a todo trance, el derramamiento de sangre en aquellas críticas circunstancias.

Si el Señor Urbina ha querido referirse a esta época para decir que he sido funesto a mi país, ha padecido grave error, y al hacerme esta acusación, lejos de rebajarme más bien me enaltece. En todos los detalles de ese notable acontecimiento político, mi conducta fue la de un verdadero ciudadano: patriótico el pensamiento que inspiró la tentativa; humanos los medios excogitados para su ejecución, y digno mi comportamiento después del fracaso, pues tuve la resignación de cargar casi sólo con la responsabilidad de aquel hecho, sin revelar los nombres de las personas que en él tomaron parte, entre los cuales se encontraban algunas, cuyos descendientes debían tomarlo con arma para herirme, sin comprender que con ella hirieron a su propio padre. Por otra parte, las consecuencias de aquel movimiento fueron fecundas en bienes para el país: él efectuó un cambio radical en nuestro modo de ser político, impidiendo el establecimiento de un Gobierno vitalicio y haciendo que el General Guzmán siguiese en el Poder una conducta contraria al espíritu de los que lo elevaron, y diera por resultado que se estableciesen la alternabilidad en el Poder y el goce de las demás libertades, que son hoy el timbre de Nicaragua.

Mi conducta durante las Administraciones del Señor Guzmán y del Señor Quadra (sic) fue siempre en el sentido de apoyar sus esfuerzos por el afianzamiento y desarrollo de nuestras instituciones, sin que nunca se me haya hecho cargo alguno de haber intentado entorpecer la marcha administrativa, ni de ningún otro acto que pudiera hacerme merecer la calificación de hombre funesto, de infausta y lúgubre memoria.

Por lo que toca al tiempo que tuve a mi cargo la dirección de los destinos del país, si bien es cierto que encontré fuertes oposiciones de parte de la agrupación política a que se ha aliado el Señor Urbina, también lo es que con el apoyo decidido que me prestó la mayoría de la Nación, pude vencerlas, restablecer la paz y cimentar el Gobierno liberal en el sentido genuino de la palabra, que los hombres de orden propendían a implantar desde 1826. Notorio es que entregué la República a mi sucesor en una paz octaviana, cual nunca se había visto durante la vida política de Nicaragua. El partido de oposición más que vencido, parecía convencido; no daba muestras de hostilidad a mi Gobierno, y sus principales hombres se apresuraron a ofrecer su apoyo al nuevo Gobernante. Al descender del Poder recibí las más entusiastas felicitaciones, en términos muy honrosos respeto de la manera en que había administrado los intereses públicos, de parte de varios amigos del Señor Urbina, que le apoyan en el pensamiento de presentarme como un hombre funesto a mi país. Y en efecto, nadie podía censurarme con visos de justicia el que hubiese mejorado la condición del soldado, aumentándole su pré; el haber nivelado la contribución de sangre, haciéndola pesar igualmente entre ricos y pobres, lo que me valió cierta animadversión de parte de algunos amigos del Señor Urbina; pagando la deuda federal; organizando la instrucción pública; establecido el telégrafo, e iniciado el Ferrocarril y otras obras, que son hoy una verdadera esperanza de mejora y engrandecimiento para el país.

He demostrado que desde que fui Prefecto en Masaya en 1855, hasta que descendía del Poder el 1 de Marzo de 1879, no di el menor motivo para que nadie pudiera calificarme de una manera tan dura como lo ha hecho el Señor Urbina. Los conatos para desprestigiarme ante la opinión pública comenzaron a manifestarse desde que volvía a la vida privada, y esa hostilidad se acentuó el 5 de noviembre de 1880 al practicarse las elecciones de A.A.L.L., de esta ciudad. Entonces comenzó contra mí la prédica en todos los tonos, como obedeciendo a una consigna, para aislarme e impedir de este modo que sirviese de obstáculo a la realización de ciertas aspiraciones personales; y es bien sabido que el Señor Urbina llegó perfectamente identificado con el partido conservador hasta el 30 de Mayo de 1881, fecha en que suscribió conmigo y otros amigos la carta dirigida al General Zavala con el objeto de disuadirlo de la expulsión de los Jesuitas.

Ahora bien, si en toda esa larga época hubo hechos reprobados, que dieran lugar a duras calificaciones que hace el Señor Urbina ¿por qué no se separó del partido, declinando toda solidaridad con él, y por qué por el contrario, reconociendo y encomiando las virtudes del partido en general y mis servicios en particular, reprobó de la manera más dura y explícita el aparecimiento en 1880 de ese partido que hoy encabeza?

Entremos ahora en el tercer período de la vida pública del Señor Urbina, que propiamente comienza el 8 de Junio de 1881, día en que se consumó la expulsión de los Padres Jesuitas del territorio de Nicaragua.

¿Pensará el Señor Urbina que él inspiraba al partido conservador todas sus virtudes, y que al separarse de él se las llevó consigo, dejando a los otros sólo los vicios de sus antiguos opositores? Esta sería una pretensión injustificable. La conducta del partido conservador y la mía en aquella emergencia no pudo haber sido más leal; sin embargo, a mis opositores convenía hacerme aparecer como traidor a mis principios y creyeron llegada la oportunidad de realizar el pensamiento de perderme en la opinión pública, aprovechando las preocupaciones populares para coronar sus planes ambiciosos. El Señor Urbina, que poco antes había condenado esa tendencia como injusta y antipatriótica, y que había advertido al Gobierno el peligro de dar a los enemigos del orden, con la expulsión de los Jesuitas, una arma que no dejarían de esgrimir, tomando la Religión por pretesto  (sic), no vaciló en encabezar el partido que había condenado y en esgrimir aquella arma que él mismo había denunciado al Gobierno como de baja ley.

Este brusco camino operado en los principios y conducta, del Señor Urbina está demostrando de la manera más evidente que ha tomado un mal camino, tanto más cuanto que él y unos pocos son los que se han segregado del núcleo del partido conservador, en el cual figuran personas que no han sido envueltas en las acusaciones que se me hacen.

No tengo necesidad de detenerme a demostrar que mi conducta en la cuestión de expulsión de los Padres Jesuitas fue estrechamente ajustada a los principios del partido conservador, principios que sostuve cuando se agitó esa cuestión en la Administración del Señor Quadra y cuando se provocaron explicaciones por parte de la Cámara de Representantes estando yo a la cabeza del Gobierno. La luz pública ha visto ya varios documentos que justifican la franqueza y sinceridad de mis actos y opiniones en ese asunto; y esto me excusa de publicar otros que tengo en mi poder. Bien podía hacer un papel doble un hombre de carácter falso y que procura contemporizar con todo el mundo; pero esto no cabe en personas que, como yo, se han enfrentado siempre con franqueza a sus adversarios. En diversos Congresos se me ha visto combatir sin contemplación ninguna, a mis enemigos políticos y mantener con energía mis opiniones, ya en favor del Gobierno, ya en contra, ó en solicitudes de particular que, en mi concepto, no merecían concederse; y esto lo he hecho aún estando de por medio personas queridas para mí. La pureza de mi conciencia, la lealtad de mi carácter, reconocida por amigos y enemigos  y la seguridad con que descanso en mis largos y nunca desmentidos antecedentes, me han hecho mirar con desprecio esa vocinglería insensata de unos pocos que han pretendido denigrarme. En ella he visto por una parte, el mencionado propósito de algunos por separarme de la escena política para la más fácil realización de sus proyectos; y por otra, la expresión del despecho que produjo en varios el haber resistido las insinuaciones que se me hicieron por persona caracterizada, creyendo que por una bochornosa popularidad podía traficar con mi honor y con el bienestar de los pueblos. ¿Cuántos cerebros débiles habrán sucumbido a esas engañosas insinuaciones? y quizá sea esta la clave de tantos cambios bruscos como hemos visto operarse en estos tiempos.

Nunca he temido los punzantes tiros de la maledicencia, porque sé que los hechos se imponen por sí mismos y que la verdad, tarde o temprano tiene que brillar en todo su esplendor: por eso he guardado silencio durante mucho tiempo; y si hoy entro en algunas explicaciones, es porque ha llegado a mi conocimiento que mis enemigos hacen valer que el desdeñoso silencio con que los hombres de orden contestan a sus injurias y calumnias, es una prueba irrefragable de la verdad de los cargos que fulminan.

He tomado nota de la manifestación del Señor Urbina de ser yo su enemigo personal, no para corresponderle con el mismo sentimiento, sino para ponerme en guardia contra sus ataques.

El Señor Urbina se encuentra ya en las Repúblicas vecinas, en donde, lejos de la atmósfera de las pasiones que han ofuscado su razón, apreciará en su verdadero valor al Gobierno de su país y a los hombres que deprime; y confío en que, volviendo a mejores sentimientos, se arrepentirá de sus injustificables y calumniosos insultos. Mientras tanto, seguiré enfrentándome como siempre al frenesí que ha excitado en algunos, que insinúan de todas maneras la idea de llegar al ruin asesinato, sin que haya amenazas que me arredren: pues antes bien ella me estimulan para combatir, con mayor energía, a los que pretendan trastornar el orden público.

Granada, 30 de Setiembre de 1884


                                    Pedro Joaquín Chamorro

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