martes, 3 de mayo de 2022

RECUERDOS DISECCIONADOS DE AQUELLA MANAGUA ANTERIOR A 1972. Por: Eduardo Pérez-Valle hijo

   

Edificio Carrión 

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         Ahora que mi almacén genético sacó las arrugas y el cabello blanco, sin dejar en duda que el depósito del tiempo tiene sumatorias de años, en este otro round existencial intentaré bajar peldaños de viejos recuerdos.

    No pretendo pasar por encima de muchos interesantes y valiosos testimonios de ilustres ciudadanos que, con voces autorizadas por la época en que nacieron y vivieron en esta ciudad, me rebasan como actores en primera persona, descriptivos y de observación.

    El primer descenso me lleva hacia la Managua de principios de los años 60, cuando me ubicaba desde la generosa altura de un espacioso balcón, en donde mis primeros años de infancia llena de asombro, solía avistar un sector de la famosa Avenida del Centenario colmada de locales de comercio y transeúntes.

    Al edificio esquinero de tres pisos la población solía llamarlo “Edificio de Constantino Pereira”, sin embargo, al transcurrir tres décadas, a esa emblemática obra de ingeniería vertical esquinera, la población empezó a nombrarla como Edificio Carrión, designación que estaba relacionada con don Humberto Carrión.

    En 1933, don Humberto invitó a la inauguración de su Farmacia: —“en el nuevo y elegante local, frente al terreno donde estuviera el Mercado Viejo de Managua.” La nota periodística publicada en La Prensa, agregaba: “Para solemnizar el acto de la inauguración, el Sr. Carrión ofrecerá a sus invitados un concierto radiodifundido, que se verificará de las 7 a las 8 de la noche, hoy 1 de octubre de 1933, al cual asistiremos con el mayor gusto. Al felicitar al Sr. Carrión por la hermosa obra de su casa que viene a ser motivo de ornato y embellecimiento de la capital, le deseamos la mayor prosperidad en sus negocios y que siga gozando del buen nombre que ha dado reputación a su negocio de farmacia. Su acabado y bello edificio frente al Bazar Español. Concierto perifoneado por la Estación Bayer”.

    Ese edificio siempre fue importante referencia para brindar direcciones, cualquiera de los patronímicos –Pereira o Carrión— en primera o segunda época, auxiliaba al que buscaba y al que orientaba. Una parte de aquella enorme construcción estaba sobre la Avenida del Centenario y la otra, al doblar en rumbo Este-Oeste, sobre la Calle Santo Domingo cuyo nombre en el Distrito Nacional era la Calle Sur-América. La 1ª Av. S.E. era la Avenida del Centenario. Empezaba por el Boulevard Somoza que era la línea divisoria de la Colonia Militar No. 1., y las instalaciones de la Academia Militar.

    Aquellos rumbos, norte o sur, eran parte del corazón urbano de la vieja ciudad. Sobre esas aceras ya era normal el bullicio de los comerciantes posesionados desde siempre del espacio público, canastos, cajas, taburetes, bullicio, conjuntados a pocos metros de la esquina suroeste, donde empezaba el Mercado Central y San Miguel.

    Desde 1962 hasta 1971, desde aquel balcón pude divisar un buen trecho de la Avenida del Centenario. Éramos inquilinos del Edificio Carrión, segundo piso, No. 102-C., frente a Najlis. Era de los grandes edificios en la Managua resurgida después del primer trágico terremoto de 1931., estructura de tres pisos que por generosidad de algunos soñadores lo tenían como imponente rascacielos, cuando apenas sobrepasaba algunos treinta metros por encima de los cables del tendido eléctrico.

    Cuando mi padre decidió formar familia, dejó de habitar en una vivienda de la 5ª Calle Sureste, casa No. 816, en donde también tenía su Oficina. Esa calle era identificada como Calle Washington, que conectaba con el Estadio Nacional y que en la siguiente cuadra Sur era paralela con la Calle Colón.

    Veinte años atrás, en la década de los 40, cuando ya estaba en construcción el edificio de Don Constantino Pereira Peralta, autoridades del Distrito Nacional decidieron impedir la construcción de los balcones conforme el diseño presentado y autorizado. El 24 de enero de 1940 el Ministerio del Distrito Nacional obligó a don Constantino a depositar 50 córdobas de multa y suspendió los trabajos, bajo el argumento de haber infringido la normativa, emitida el 23 de agosto de 1929.

    En carta publicada en el diario La Estrella de Nicaragua dirigida a don Hernán Robleto, ministro del Distrito Nacional, don Constantino rebatió lo argüido en su contra: “…los ingenieros que verifican la obra no se han salido en nada de los planos aprobados por la autoridad competente, ni tampoco la línea se ha sacado más de lo que señala la ley, pues lo que Ud., indica como fuera de ella, son los balcones que en este caso se han cerrado algunos y otros son abiertos”. Que lo referente al estilo moderno de los balcones, es cuestión aceptada por el Distrito desde el momento que aprobó los planos que ante de comenzar sus trabajos sometió a la aprobación. En el mismo estilo hay otros edificios construidos en Managua y cuyos trabajos se comenzaron ya estando en vigencia la ley que le quiere aplicar a él. 25 de enero de 1940.

Asomándome desde el balcón del Edificio Carrión. 

    A fin de brindar solución a lo exigido por el Distrito, algunos balcones fueron suprimidos y otros fueron cerrados con malla, el mismo entretejido metálico por el cual, mi hermana y yo, nos asomábamos al exterior. Si aquel diseño hubiese sido alterado, quien aquí evoca, no habría tenido esa trigonométrica complacencia visual a través de los “ángulos de inclinación” hacia la Avenida del Centenario.

Avenida del Centenario

    Aquella zona era importante, parte vertebral del comercio capitalino. También fue el área de la ciudad en donde ocurrieron los primeros incendios de tiendas, provocados por los dueños, que la volátil ocurrencia popular, vocalizada y auxiliada por los 17 músculos de la lengua, empezó a nombrar “Turco-circuitos”.

    Mientras vivimos por casi una década en el Edificio Carrión, las llamas y el humo nos obligaban a cumplir con un protocolo de evacuación creado por mi padre. A la par de cada cama, hijo e hija, siempre manteníamos una lámpara de mano, un radito de batería, una maletita de mano con ropa y lo básico del aseo personal.

    Teníamos que bajar desde el segundo piso a la puerta de salida frente a la calle, era un recorrido rectilíneo de 35 peldaños de concreto, divididos en dos tramos por un ancho descansillo o meseta. En la parte superior había un pequeño giro de dirección para situarse frente a la puerta de acceso superior en donde entrábamos al apartamento. Aquella comunicación vertical era un reto circense, sin pasamanos o algún tipo de asidero lateral. Por ese acceso complicado, alguna vez ingresaron decenas de pequeños armarios de madera repletos de libros y de igual manera salieron cuando nos fuimos a vivir por “El Arbolito”. Todo podía quedar atrás menos la biblioteca.

    Las primeras en alertar de algún indicio incendiario eran las merchantes ubicadas con sus canastos cerca de la puerta de ingreso al segundo piso en donde vivíamos. Ellas siempre estaban atentas a mi partida a la escuelita de párvulos y, dos años después, al Kínder del Instituto Pedagógico de Managua. Esas humildes mujeres nunca dejaron de deshilachar palabras de cariño hacía mí y mi hermana.

    Frente al Edificio Carrión estaba la farmacia del doctor David Ode, en donde vendían la deliciosa y tradicional Horchata, bebida de nuestra predilección, sin olvidar la “Chica Rica”, deliciosísima leche chocolatada que comprábamos en la pequeña pulpería de la 4ª Avenida S.E., enfrente de la casa No. 515, donde residía la familia de mis Padrinos Bautismales, Don Carmen de Jesús Pérez Cano y su señora esposa Doña Anita Herrera de Pérez.

En el centro, rodeado de algunos de mis amigos. Apoyado en el dintel de la ventana, mi papá, el Dr. Eduardo Pérez-Valle. Fotografía tomada sobre la 4a. Avenida, enfrente de la casa donde habitaba la familia de Don Carmen J.  Pérez Cano y doña Ana María Herrera 

    A la par de ellos, estaba la casa No. 519 en donde habitaba la familia del Dr. Santos Jiménez, recordado médico y, Comandante General del Benemérito Cuerpo de Bomberos. El Dr. Jiménez pertenecía a la “membresía de oro en el círculo de amigos”. Cuando había conatos de incendio, el doctor siempre era el primero en llegar a la puerta de nuestro piso de habitación, y con la ayuda de él bajábamos a buscar un sitio seguro. Además, era infaltable tertuliante en los encuentros dominicales de la “Membresía de Oro”, realizados penitencialmente en la espaciosa “Quinta El Guayabo”, sobre el Camino Viejo de Santo Domingo, en donde después del terremoto de 1972, Don Mario Navarro y su Sra. esposa, doña Maruca Herrera decidieron edificar su casa de habitación.

    En el costado Sur del Mercado San Miguel estaba La Casa de La Sedina, propiedad de don José M. Castrillo H. En la planta baja del Edificio Carrión, teníamos de vecinos a la Tienda Los Gemelos, donde vendían artículos para la confección de ropa.

    Era una zona de rótulos publicitarios, frente a nosotros estaba el rótulo de Ludeca. Muchos comerciantes eran de procedencia israelita, árabe o palestina. En el local No. 105., planta baja, operaba la tienda propiedad de don Bacaro Salomon, donde vendían todo tipo de mercancías. Otra de las famosas tiendas fue "El Nene" de los hermanos Henry y Odell Caldera Pallais, ubicada en la Calle Central Este No. 105, en la zona del Mercado Central. Las damas capitalinas solían decir: "Estas mudaditas de mis hijos las compré en "El Nene". 

    El almacén Alhambra de Alí Samara y Cía. Ltda., localizado frente al Costado Norte del Mercado San Miguel. El Jordán de Fahmi Abdel Hamid y Cía. Las tiendas de los señores Julián Frech e Hijos, Cía. Ltda. y, Jorge Abraham Frech & Cía. Ltda., este último, papá de Jorge Abraham Frech mi excompañero de estudios en el Instituto Pedagógico de Managua, tienda que después de medio siglo pervive en el Centro Comercial Managua.

    Don Luis Daboub Leal propietario del “Almacén Daboub”, en la 1ª. Av. S.E. No. 109. La familia Daboub residía en el Paseo Tiscapa.  Masad Damha, en la 2ª. Av. N.E., No. 203-A. Don Víctor Abdalah residía en la 5ª Calle S.E. José Dajer, ciudadano libanés propietario de “Comercial Dajer”, localizada en la 1ª Calle N. E. No. 104, la familia vivía contiguo a la tienda, con el No. 103.  Ese apellido, escrito con “j”, quizás es atribuible a un barbarismo del idioma. Según descienda sobre las gradas de los recuerdos, consignaré la mayor cantidad de aquellos ciudadanos dedicados al comercio.

    Siempre que mi padre, en un lapso de once años, seleccionó dos casas en alquiler para habitarlas, aplicaba a los inmuebles una exhaustiva revisión estructural, aquello era parte de la formación adquirida en la avidez imparable de leer libros técnicos, algunos años de estudios en la Escuela de Ingeniería y, por supuesto, uno de los trabajos del sustento diario como Dibujante Arquitectónico.

    El Edificio Carrión o Edificio de Constantino Pereira fue parte de esa previsión familiar ante cualquier percance sísmico. Así logramos salir indemnes de muchos percances, entre ellos, el fatídico terremoto en diciembre de 1972. Si bien, el año anterior nos habíamos trasladado a otro inmueble alquilado en las cercanías de La Industria o El Arbolito, propiedad de doña Corfilia Quintanilla, mamá del Sacerdote Quintanilla, nuestros íntimos recuerdos por el Edificio Carrión no terminaron aplastados por el fatídico terremoto. El edificio de nuestros primeros años de infancia resistió los embates, no así el incendio generalizado en aquel sector del mercado. Después el Gobierno ordenó demolerlo.

    El segundo inmueble también pasó la prueba; toda la sacudida la pasamos adentro, cubiertos de polvo fino caído desde el cielorraso. Pusimos pies en la acera cuando mi padre decidió abrir la puerta del garaje, y la primera pregunta que le hicimos fue: --Papá, ¿dónde están las casas de enfrente? De ella sólo quedaban promontorios y una que otra pared agrietada o inclinada entre espesa nube de polvo. Gritos y lamentos atravesaban la penumbra. La mayoría de los vecinos permanecieron en la calle hasta el amanecer; en cambio, nosotros, a la voz tranquilizadora de mi Pa / má, en ese día y siguientes, regresamos al interior para lograr conciliar el sueño. En enero de 1973 fuimos a radicarnos en Granada.

LA HORMIGA DE ORO

    Los domingos solíamos bajar de nuestra Atalaya, y agarrados de las manos tomábamos rumbo norte hacia la Catedral Metropolitana, a fin de participar en la misa matutina. Sentados en las gradas de acceso permanecían personas enfermas de tuberculosis que suplicaban limosnas. Una escena deprimente, estremecedora. Aunque por motivos en nada refractarios con las creencias y el ritual católico, jamás tuve frente a mí boca una ostia consagrada; nuestra numerosa familia jamás faltó a la misa dominical; si no era en la Catedral, ocupábamos banca en la Ermita del Perpetuo Socorro, localizada en el otro extremo, rumbo Sur, en las cercanías del Campo de Marte, o íbamos a la Iglesia San Antonio en donde oficiaba el recién ordenado sacerdote diocesano Edgard Parrales Castillo.

    Luego íbamos a la calle más extensa de la ciudad, La Avenida 15 de Septiembre, donde almorzábamos en el restaurante chino de nuestra predilección y por la tarde nos llevaba a La Hormiga de Oro para devorar el delicioso sorbete multicolor en forma de ladrillo. Aquel cuerpo geométrico era elaborado con diversos sabores, y mi papá, siempre en la ocurrente enseñanza lúdica, no perdía momento: -- ¡Qué no se les derrita en el plato! Tomen la cucharita, empiecen por la Testa, le quitan por el Canto y se acabó la Tabla. ¡Apresúrense, acaben porque vienen las Hormigas!

    Esa brújula sorbetera siempre era en taxi, tres pasajeros hacia la Calle Momotombo, del Teatro González cuatro cuadras abajo. Fue la única sorbetería fundada en 1937 que, sin metrónomo, hipnotizaba a través del paladar. El local siempre tenía clientes en busca de “Ladrillos de Sorbete”.

    Cuando finalizaba nuestra ingesta ladrillera, la cavidad bucal estaba por el Polo Norte, y mi padre, siempre atento, con servilleta en mano ayudaba en la limpieza de nuestros labios y barbillas. Siempre nos animaba con sonrisas y la consabida expresión: --¡Ajá, Chacatitos! ¡Entonces! ¿“La Hormiga de Oro? —Yo le respondía con el tradicional eslogan publicitario de aquel local: --¡No tiene rival!

    En 1947, la sorbetería fue adquirida por don Adolfo Muñiz López casado con doña Luisa Otero Bermúdez, dos apellidos matrimoniales que, en 1975, reencontré en mi proximidad vecinal, porque uno de los descendientes de esa distinguida familia managüense era y sigue siendo mi vecino más próximo, me refiero al doctor Noel Muñiz Otero de invariable cordialidad octogenaria, que después de casi medio siglo de vecindad, mantiene estacionado en el garaje de su casa un legendario Jeep Willys de 1960, en buen estado de funcionamiento.

VIOLETA: MI NANA CÓMPLICE EN EL INGRESO AL ELEVADOR NICA-LONDINENSE

    Nuestro enorme núcleo familiar estaba compuesto por un padre y dos niños menores de 5 años. Diez años antes, mi papá le tomó delantera a la presentación estelar de la película: ¡Qué buena madre es mi padre!   

    En once años de habitar en el Segundo Piso del Edificio Carrión, siempre hubo varias paradigmáticas mujeres encargadas de nuestro cuido, — por cierto, nanas primorosas y elegantes, que jamás fueron obligadas a utilizar vestimentas vinculantes al delicado desempeño—, nada indicaba el tipo de trabajo; me llegaban a traer al colegio, lo hacían a pie desde el Edificio Carrión hasta el edificio del Instituto Pedagógico de Managua, ubicado a pocas cuadras de nuestro domicilio.

    Todas tenían nombres sugerentes y premonitorios. Ante la ausencia de nuestra madre biológica, ellas fueron especies de Madres de Acogida: Violeta, mujer de gran estatura con olor a perfume dulzón; en otros tiempos lo fueron: Consuelo, Esperanza y, doña Gloria Domínguez, que, por esos propósitos marcados por el destino impredecible, sin conocer mi aspecto físico en almíbar de cuatro décadas, topamos de frente cuando ella salía de la oficina que ocupaba un Magistrado de la Corte de Apelaciones Circunscripción Managua.

    En ese instante, la secretaria del funcionario me preguntó quién era y cuál era el motivo de mi presencia. Doña Gloria logró escuchar cuando dije mi nombre. Ella era la conserje asignada a los tres magistrados de aquella sala. La señora tomó asiento en el corredor y esperó mi salida. Al verme me preguntó: — “Por favor, disculpe: ¿Su nombre es Eduardo…? –Así es, le dije un tanto sorprendido— ¡Dios míooo! Yo lo conocí desde muy niño, en los Altos del Edificio Carrión, porque yo trabajé en su casa”—. Ella fue parte de esas imparables vivencias, muchas llenas de plena felicidad, otras, rebalsadas de adrenalina.  

    Antes de pertenecer a la honrosa última generación de niños que permanecíamos en aquel redil del Kinder ubicado a la derecha a pocos metros después del portón principal de ingreso al antiguo Instituto Pedagógico de Managua, mi primera ruta escolar era hacia la Escuelita de Infantes de doña María Teresa Paguaga. En 1966, mi padre pagó los cien córdobas y fui matriculado en el “primer curso de verano”. Tenía 4 años de edad, pero eso no me impidió esponjear todo lo que a mi alrededor miraba.

    Después de mi primer curso de verano, en la escuelita de doña María Teresa Paguaga, ingresé al Jardín de Infancia de Nuestra Señora del Carmen, cuyo lema era: “Dios-Patria-Educación”. En el boletín mensual de calificaciones y frente a la pizarra del aula podía leerse el pensamiento: “El cumplimiento del deber es la línea recta que une la Tierra con el Cielo”.

    Antes de iniciar el aprendizaje del día, la maestra, con el dedo índice señalaba hacia arriba y luego hacia abajo mientras ordenaba que repitiéramos en voz alta ese pensamiento. Los dueños del Jardín de Infancia advertían a los padres de familia que ningún alumno podía permanecer en el colegio después de las horas indicadas. Ese fue otro tremendo motivo que me crispaba el cabello y me ponían las pupilas dilatadas, con el dedo índice hacia arriba.

    En primera época estuvo localizado en la 4ª Ave. S.E., o sea, de la Sala Evangélica 2 ½ c. a la montaña, Casa No. 407. Ese trayecto desde mi Atalaya, era de 4 cuadras al Sur sobre la Avenida del Centenario o Avenida Central y luego 3 cuadras hacia el Este, cerca de kilómetro y medio en ida y regreso. Después el asunto escolar quedó entre los muros de los Hermanos Cristianos de San Juan Bautista de La Salle.

MI AMIGO, EL SOLDASO RASO, GUARDIA NACIONAL, QUE NO TENÍA CUENTA DE AHORRO EN EL BANCO DE LONDRES

    El edificio del Banco de Londres y Montreal Limitado., fue otro importante punto, entre muchos, utilizado para brindar direcciones en la zona noreste. Estuvo ubicado enfrente del Salón Cervecero, en ese entonces propiedad de la Cía. Cervecera de Nicaragua, que ocupaba la parte esquinera entre la Avenida Roosevelt y la Calle 15 de Septiembre. Al cruzar de acera por la Avenida, era la esquina opuesta al culto del dios Baco, al esparcimiento comedido, o quizás al grillete en forma de jarra. Ese local estuvo o está, dentro del actual Parque Luis Alfonso Velásquez Flores, en las proximidades de las Canchas de Tenis.

    Al lado de la Avenida Roosevelt, estaba la entrada destinada a los funcionarios del Banco. La Entrada Principal al Edificio estaba sobre la 2a. Calle Suroeste, No. 102, y el costado donde se ubicaba el ascensor estaba en la Avenida Central Sur, No. 208. El personal lo hacía a través del ascensor que, en la parte de afuera, en la acera, estaba custodiado por un soldado de la Guardia Nacional. Por lo general, el turno de vigilancia lo hacía un guardia raso, panzoncito, chaparrón, de tez morena, con rasgos físicos muy distintivos del mestizo. Lo único que jamás logré verle fue el cabello, porque el casco militar de los mismos utilizados en la Segunda Guerra Mundial, le cubría la coronilla, frente y sienes.

    Yo era afortunado cuando el turno de vigilancia le correspondía al chaparrito “Raso G.N.”, ni él ni yo teníamos cuenta de ahorro o motivo alguno para hacer alguna transacción bancaria. Mis centavitos apenas llenaban la mitad de un chanchito de barro con una hendidura; sin embargo, aquellos seis y, luego, siete años de edad, no fueron motivo alguno para hacerme desistir en la visita al Banco.

    El Banco de Londres y el Edificio Carrión tenían sus respectivos ascensores. El del Banco estaba frente al portón del Jardín Central. Donde nunca me pude colar fue en el elevador del Edificio Carrión, porque era para el uso exclusivo de don Constantino Pereira; estaba ubicado en el otro extremo del edificio, al doblar hacia el Oeste. Por cierto, don Constantino Pereira era el representante de “Otis Elevator Company”, fabricante de ascensores para edificios.

    Mi padre elaboró publicidad encargada por la gerencia del Banco de Londres y Montreal Ltda. Por ese motivo tuve algunas oportunidades ocasionales de acompañarlo en el sube y baja. Para mi edad aquello era fascinante, entonces, la obstinación tenía suficiente fuerza de persuasión y movilización sobre mi acompañante que no podía aplicarme ningún encuadramiento. Yo mostraba mi mejor sonrisa y transpiraba primor, Violeta me acicalaba y terminaba llevándome hacia el Banco de Londres.

    Yo cargaba un pequeño maletín con dos correas, donde metía lápices, el cuaderno de dibujo, el libro de lectura, y dos cuadernos de caligrafía. Dentro de ese bulto colegial siempre guardaba la merienda, pero, además, llevaba algunos dulces adicionales y algún sándwich destinado al Guardia Nacional que vigilaba la entrada del ascensor. Me detenía frente a él y de mi mochilita extraía la pequeña vianda para ofrecérsela en sus manos. Curiosa y contrariamente a un rechazo, aquel Guardia raso, estuviese asoleado o remojado, por un instante abandonaba la dependencia castrense y no se mostraba neutro, nunca dejó de extender el brazo y agarrar mis regalos, incluidos lápices y cuadernos para dibujar y colorear.

    Al término de dos semanas, el resultado de todo aquello fue el primer intento de colarme en el ascensor. La falta de negación de aquel soldado, también pudo obedecer a la ruptura mental que en él provocaba la belleza de Violeta, porque esa presencia femenina, estoy seguro le provocaba fragilidad. Aquella línea de fuerza mental me ayudó a realizar la pregunta clave:

—¡Señor Guardia! ¿Puedo entrar al ascensor y usarlo?

 —¡Metete! ¿Ya sabés, apretá el botón rojo para subir y el otro de la flecha hacia abajo, para regresar! ¡Vos mujer, --le dijo a Violeta—subí con él y regresen rápido! ¡Cerca de mí no acepto guanacos! ¡Rápido! ¡Cuidado te chorejean!

    Lo de “chorejear” no lo entendí, pero después mi padre me puso al tanto de esa voz nicaragüense, y asustado me preguntó: ¿Quién te jaló la oreja?

    Lo notable es que ese día todo resultó a pedir de boca. Yo iba y venía en aquel ascensor. Eran mis escapadas con la complicidad de Violeta y, por supuesto, del Guardia Nacional, al que, a mis seis años había reclutado para una buena causa.   

    Después de ocho meses, el buen resultado de todo aquello acabó. Aquella tarde, después de salir del colegio, volví al elevador, cuando iba hacia arriba, la cabina se detuvo, y entró un enorme señor, alto y corpulento, de aspecto extranjero que vestía un elegante saco. Puso cara de sorprendido y me dijo:

— Muchachito, ¿qué haces? — ¿Quién te acompaña? Se inclinó un poco delante de mí y miró la insignia del colegio.

— En aquel fugaz momento lo único que se me ocurrió decirle fue: —Entré y no sé cómo salir. Afuera, en la calle está Violeta.

— No te preocupes ya vamos para allá.

— Al abrirse las puertas, mi amigo, el Guardia, quedó impávido, totalmente “churepo”, boca hundida y barbilla salida. No apartaba la vista sobre aquel importante funcionario del Banco.

— El señor puso su mano sobre mi cabeza y quedó viendo al Guardia, pero de inmediato miró a Violeta y le dijo: —¡Señora, su niño está bien, póngale atención!

    Después de las cumplidas gracias de Violeta, y de la última palabra que aprendí de mi amigo, el Guardita, que fue su exclamación del momento: --- ¡Ahora si dormiré en la Cholpa! Violeta me llevó presurosa hacia el Edificio Carrión.

    Nunca más hice el intento de subirme en aquel ascensor. Perdí un amigo, al que nunca más volví a mirar en ese sitio. Seguro nunca ascendió a Cabo, no obstante, aquella personalidad no lo aproximada al tipo de Guardia que aparentaba leer el periódico sosteniéndolo “patas arriba”, con la parte superior debajo y la inferior encima: “Porque la Guardia lee como quiere”.

AVENIDA DEL CENTENARIO Ó 1a. AVE. S. E.

    La Avenida del Centenario estaba indicada como la 1ª Avenida Noreste y 1ª Avenida Sureste. Desde el Norte, empezaba en la gradería principal de la Catedral Metropolitana o del Costado Este del Palacio Nacional y, a través de 10 cuadras del lado izquierdo y 13 por la derecha, entre pequeñas y grandes, al final conectaba con el “Boulevard Somoza” que separaba la Colonia Militar No. 1., con la “Tribuna Monumental” y resto de terrenos de la Explanada de Tiscapa en donde estaba la Academia Militar G.N., que en la actualidad ocupa la Fuerza Naval del Ejército de Nicaragua y su Club de Natación “Las Barracudas”. En la Penúltima cuadra estaba Instituto Pedagógico La Salle. 

    La “Pista Exterior de Circunvalación” era la calle enfrente al Hospital General El Retiro que son los terrenos en donde está el supermercado Price Smart. Al cruzar al otro extremo de esa vía, calle de por medio y en la propia esquina, ya existía el Parque de Las Madres, próxima a la actual “Rotonda El Güegüense”, y de inmediato, a 100 metros al girar hacia el Oeste, que es, en ruta hacia “La Racachaca”, estaba el edificio del “Reformatorio”, hacia el Norte, pista de por medio del actual Supermercado La Colonia de Plaza España. Toda el área hacia el Sur eran predios vacíos. Aún no existía el “Barrio Maldito” ahora bautizado como “Jonathan González”, a la par del nuevo Hospital Militar. Al girar en la actual Rotonda el Güegüense con rumbo Sur, la ruta era identificada como la “Carretera al Country Club”. En sentido opuesto, en curso hacia el Norte, el edificio más vinculado con nuestro desordenado urbanismo identitario era la “Casa Nazareth”, que en 2022 permanece en el mismo sitio: del actual Canal 2 de Televisión, 1 c. al Norte y una al Este.

    También, a unos 100 metros de la nombrada Pista Exterior de Circunvalación, estaba el antiguo Hospital Militar G.N. Hacia el Norte, en la pronunciada bajada que ahora lleva a la “Rotonda Hugo Chávez” cercana al viejo Hotel Intercontinental; el Hospital Militar colindaba con los Cuarteles de la Guardia Presidencial en donde después fue construida otra Colonia Militar que, por la parte Oeste colindaba con terrenos del actual Residencial Bolonia.

    La Colonia Militar aledaña al Campo de Marte, fue la primera que inauguró Anastasio Somoza García, aproximadamente, un año antes de su muerte. En 1954, para los propósitos habitacionales destinados a Oficiales y Clases de la Guardia Nacional, el gobierno de Somoza García destinó partidas presupuestarias para comprar 254 casas prefabricadas en el extranjero          Después inauguró las casas prefabricadas que circundan la Loma de Tiscapa —que abarca el sector N.E., por donde en la actualidad está la entrada al “Parque Loma de Tiscapa”.

    Otro vecindario de militares fue la Colonia Militar a la orilla del “Boulevard de La Aviación” construido en la década de los 50 y cuyo nombre está asociado a la Oficinas y sobre todo, a una parte de las tenebrosas cárceles de la dictadura somocista, “La Aviación” era el mismo sitio donde después funcionó la “Central de Policía” del régimen somocista y, después, de la revolución sandinista de 1979, fue creado el “Complejo Policial de Patrullas Ajax Delgado”.  

EL HOSPITAL DE ENAJENADOS

    La interconexión vial, a partir de los actuales “Semáforos de Linda Vista” hasta los “Semáforos del 7 Sur”, era conocida como “Carretera Interamericana al Sur”, seguía curso por el “Seminario Católico”; luego estaba el “Poste” que aún indica la distancia alcanzada en aquel transecto, el famoso “Kilómetro 5” en donde a escasos metros estaba la entrada al “Hospital de Alienados”, y por tal motivo la población de Managua, en la mayoría e infaltables discusiones, debates u opiniones en contrario, burlas o descréditos, solía y suele decir: “Ése, escapó del Kilómetro 5”, “Hay que llevarlo al Kilómetro 5”; la señalización siempre ha sido asociada a las enfermedades propias de la locura o el delirio.

LAS PIEDRECITAS

    Al continuar en ascenso hasta el “Poste 7 Sur” ya estaba el “Monumento al Cacique Nicaragua” en la zona de ingreso al famoso “Parque Las Piedrecitas”, sitio que, desde antes de 1925 era conocido como “El Paseo de Las Piedrecitas”.

    El Parque de “Las Piedrecitas” empezó a tomar forma cuando Don Guillermo Lang fue ministro del Distrito Nacional, obras proyectadas a inicios de 1961. La construcción fue parte de “una serie de proyectos en cuyo estudio y diseño intervinieron urbanistas nacionales y extranjeros.” Los planos y la respectiva maqueta del Parque fueron elaborados por el Ingeniero-Arquitecto Edward D. Stone, oriundo de Miami, Estados Unidos de Norteamérica.

    En la calurosa ciudad-aldea de Managua, cuyo centro urbano apenas era de unas cuantas calles y avenidas, “El Paseo de Las Piedrecitas” era apreciado por provocar un placentero clima a causa de su altura, cerca de 300 pies sobre la parte baja o centro de la ciudad, y por estar situado entre la Laguna de Asososca por el Sur, la de Nejapa en el Norte y las estribaciones de Las Sierras al Oeste, lo que favorecía una generosa ventilación.

    A partir de mediados de los años 60, pude comprobar lo de aquel microclima, además del cautivante paisaje hacia la profundidad del cráter volcánico de la Laguna de Nejapa. Sucedía cuando visitábamos a otro entrañable amigo de mi padre, Don Manuel G., Ávalos, otro personaje con “membresía de oro” en el círculo de la amenidad rodeada de música y bailes arrebatados a los discos de acetato, poesía y anécdotas brotadas de bebidas espirituosas.

    La familia Ávalos residía en una magnífica casa que soportó el terremoto de 1972, localizada del “Poste 7 Sur”, 400 metros en ese mismo rumbo, a pocos metros de la “Carretera Interamericana al Sur”, que ahora es conocida como “Carretera Sur Vía Panamericana”. Al final de los años 50 y principios de los 60, Dn. Manuel Ávalos residió en la 6ª Ave. S.O., en las inmediaciones del Instituto Nacional Central Ramírez Goyena y el Colegio Bautista de Varones.  

    Don Manuel C. Ávalos era casado con doña Sama, habitaban cerca de 400 metros más adelante del actual semáforo situado entre la Carretera Sur y la carretera de doble vía donde se puede girar hacia el actual “Memorial Sandino”. En aquel entonces, ese camino unía con el “Camino a Cuajachillo o de la Costa” que descendía hacia Batahola.

    El patio trasero de aquella amplia casa propiedad de la familia Ávalos tiene vista sin igual hacia toda la Laguna de Nejapa. En ese patio, don Manuel instaló dos columpios de madera que pendían de gruesos y extensos mecates amarrados a gruesísimas ramas de un árbol; mientras me balanceaba hacia adelante y alcanzaba la altura máxima, en ese instante podía mirar, la entonces, incomparable vegetación que cubría las laderas de esa maravillosa Laguna Cratérica. 

Continuará...

VENADOS DEPORTISTAS EN LOS PATIOS DEL COLEGIO BAUTISTA

Una notable distinción entre los hijos de mis padrinos de bautismo era la sonrisa de los buenos momentos, heredada de ese extraordinario ciudadano e inseparable amigo de mi padre, Don Carmen de Jesús Pérez Cano.

El rostro de Douglas, el cumiche, siempre permitía descodificar el buen ánimo y la sinceridad. A finales de los años 60, casi todos los hermanos y hermanas Pérez-Herrera, estaban cercanos a la toga y el birrete en el Instituto Pedagógico y, en La Asunción. Los únicos en la rutina de la primaria lasallista, eran Richard y Douglas. Ambos, eran los menores que año con año promediaban no pocos días de fin de semana haciéndome compañía en el “confinamiento” impuesto debido a las fechas conmemorativas de existencia terrenal del algún amigo de mi padre y de mis padrinos. Cuando la noche iba de salida, mi hermana y yo, regresábamos en los brazos de mi padre a los Altos del Edificio Carrión.

Encerrados entre aquellas cuatro paredes, las propuestas de esparcimiento no eran abundantes y atractivas, sin embargo, Douglas osaba poner las suelas hacia diferentes sitios aledaños a la 4ª Avenida Noreste. Esa vez, el rumbo fue hacia el Colegio Bautista, porque aseguraba que en el amplio campo de beisbol y fútbol podríamos mirar varios venados deportistas.

Así fue, pasamos por el pequeño portón peatonal de tubo y malla, y pronto estuvimos a la orilla del murito perimetral de aquel caliente y polvoriento espacio del Colegio Bautista. Ahí estaban los Venados Escolares, dos de ellos con grandes cuernos entre sus orejas, otra acompañante del grupo no tenía cuernos y detrás la acompañaba un cervatillo.

La primera visita no permitió más que un avistamiento y muchas interrogantes. ¡Pero logramos ver a los únicos venados que vivían entre las avenidas y calles de Managua! A nuestra imaginación se agregaron los comentarios de un vigilante de aquel Colegio, que, al mirarnos pegados a la malla, se acercó para infundirnos temor como advertencia: —¿Ya vieron los cachos? —¡Tienen puntas de color rojo por la sangre de los corneados!, dijo—. No entren al campo porque ellos irán detrás de ustedes—.

Un año antes, nuestra primera visita al Colegio Bautista fue con el deseo de jugar béisbol; con mascarilla y peto de receptor, guantes, bate, y pelota, que teníamos disponibles porque Don Carmen de Jesús Pérez Herrera era un entusiasta de ese deporte, trasladado a los hijos.

Aunque no era mi deporte favorito, eso del beisbol me llevó, el 3 de diciembre de 1972, al Estadio Nacional. Estuve detrás del Home Plate del antiguo Estadio Nacional, sentado a la par de mi padre.  Mediante la compra anticipada de boletos, el grupo de amigos reservó 10 asientos para presenciar el inolvidable partido de beisbol entre Nicaragua y Cuba. De otra forma no hubiese sido posible, porque ese Estadio estuvo a reventar.  Ocupé lugar en la primera línea pegada a la malla. Ahí, tomaron sitios varios de aquel “círculo de oro”, los amigos inseparables.  Además de mi padre, en esas ovaciones al lanzador Julio Juárez, entre otros, participaron: Don Rubén Orozco Thomas, Don Julio Chávez, Don Luciano García, Don Mario Navarro, Don Carmen de Jesús Pérez Cano. Fui de los poquísimos niños nicaragüenses que ese día tuvieron el privilegio de presenciar la derrota de Cuba.  

En otra visita no beisbolera al Colegio Bautista, con el mismo propósito de intentar ver de cerca a los venados, reapareció el mismo vigilante mete miedo. El venado macho más grande, ya tenía buena cuerna. No advertí en qué momento el supuesto bien intencionado cuidador, entró al campo abierto. Los venados estaban próximos a esa puerta, y de pronto, las puntas de la cornamenta tomaron puntería sobre las nalgas de aquel lidiador. Cayó de bruces, empolvado, la adrenalina lo levantó y lo puso a correr, con el calzoncillo a la vista. Al mes desaparecieron los venados. Cuando hice el cuento en familia, mi padre me observaba incrédulo, y agregó:  — ¡Esos cuernos eran peligrosos, cualquier estudiante pudo terminar herido o muerto, tampoco creo que hubiera alguna finalidad de preservación de esa especie!

 Lasallistas de Kinder en el antiguo Instituto Pedagógico de Managua, con doña Adilia, nuestra Profesora y Guía. En la última fila, de pie, segundo de izquierda a derecha, Eduardo Pérez-Valle. 1967

EL TUFO DE MI MOCHILA DE CUERO DE TERNERA, CURTIDO

Cuando iniciamos nuestros primeros aprendizajes en el aula de Infantil, entre nosotros aún no asomaban travesuras que quebrantaran las reglas. Cada quien lucía la indumentaria colegial según fuera el entorno familiar cercano, algunos llegaban bien acicalados, hasta con camisa y pantalones almidonados, otros, éramos de los apresurados en el vestir. Como es de esperarse en todo grupo colegial, entre mis treinta compañeros de aula, el “barro del soplo divino creador” tenía todo tipo de rasgos distintivos observables; algunos eran por lo grueso y de poca altura, otros, por lo flaco y estirados en noventa grados, el color de piel y ojos era otro detalle del conjunto, teníamos todo tipo de compañeros que, en años posteriores, esos rasgos los inclinaría o favorecería en la práctica deportiva de su predilección.

Como puede advertirse en la fotografía colegial hecha en 1966, los más chiquitines flanqueaban a nuestra querida maestra, en ese entonces no podíamos imaginar qué tan feos o bonitos seríamos al pasar del tiempo; pero todos llegamos a la secundaria con diferentes rasgos de personalidad, unos más abiertos y empáticos, otros con rasgos más reservados. Una característica externa distintiva en cada alumno, era el bulto o mochila colegial, se suponía contendría libros, cuadernos y lápices, no obstante, algunas tenían parentesco vertical con las loncheras; estaban repletas de comida, algo prohíbido en la normativa. No era extraño que, de sopetón, la profesora Adilia revisara nuestros bultos.

Yo cargaba en hombros una mochilita plástica, liviana, y llevaba mi lonchera de metal donde me acompañaban algunos personajes de Disney. En los detalles del vestir, mi padre era un caso único. En una gaveta de mi guardarropa estaban las corbatas y los lazos con los cuales solía vestir y, dominguear. En la fotografía que ilustra mis asomos en el balcón del Edificio Carrión, aparece la infaltable corbata que terminaba pringada de sorbete.

Sin sospechar que la compra de una mochila nueva me sometería a los olfatos más sensibles del aula escolar, empecé a fachendear con mi nuevo implemento de cuero de ternera curtido. Las lluvias de mayo contrariaron mí complacencia; capote y paraguas no impidieron que mi mochila terminara remojada. Ese día lo puse a secar al sol, al siguiente, partí con la mochila en hombros, y si bien el olor desagradable no pudo coercer mi llegada al pupitre, a los pocos minutos de iniciar la clase, los compañeros más cercanos empezaron la jodarria que llegaba imparable a los ojos y oídos de la maestra Adilia.  

− ¡Guácala! ¡Puaj! ¡Hiedeeee! En pocos minutos, los más alborotistas tuvieron buen coro. En voz alta, alguien identificó la procedencia de aquel resto de “vaca muerta”. − ¡Profesoraaaa! Estamos por vomitar. La mochila de Eduardo…

Doña Adilia carraspeó y avanzó hacia donde estaba sentado. Más de un perfumado apretaba la nariz para acentuar el alboroto. −A ver, mi muchachito, traiga la mochila y llévela al pasillo, pero antes saque el libro y el cuaderno que necesita.

Al siguiente día Violeta le contó a mi padre lo sucedido, y sin darle más importancia de la que en realidad tenía, con el visto bueno de él, llevé mis valiosos recursos de estudio en una bolsa de papel, hasta nueva adquisición.

Después de ese “cuero de ternera curtido” que por años nos movió a risas, el medio vuelto regresaba a ocuparse de los escandalosos de aquel grupo escolar, porque algún asqueroso tufo corporal ameritó severas medidas que no llegaron hasta la técnica canina.   

domingo, 10 de abril de 2022

UN SOLDADO DE FUEGO ENMANUEL MONGALO. Por Guillermo Rothschuh Tablada. El Centroamericano. León, Nicaragua. Martes, 14 de septiembre de 1971. En el 150 Aniversario de la Independencia de Centroamérica.

 

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Ex Director de Extensión Cultural, Ministerio de Educación Nicaragüense.

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Fuego que nace al oriente sobre el Río San Juan: Fuego de Rafaela Herrera.

         Fuego que crece al mediodía sobre el aire del lago: Fuego sagrado del Concepción.

         Fuego que cae al poniente sobre el suelo de Rivas. Fuego de Enmanuel Mongalo.

         Fuego de Liberación, fuego de obstinación, fuego heroico que brilla sobre el agua, sobre el aire, sobre la tierra nuestra de Nicaragua. Primitivo elemento cumpliendo aquí su misión, venciendo con prodigiosa fuerza de luz de exterminio, y gracia a la inspiración humana, los demás elementos naturales.

         Salido de su gran norma básica histórica. Oh trágica Troya –rebasando el mito que nos vino de Esquilo –Oh rebelde Prometeo – llega, se acampa aquí en nuestro ambiente, y especialmente en Rivas, para entre viento y viento, entre viento del lago y viento del mar, a soplo puro, tener este fuego fulgurante de franca eternidad.

         Primero el Río San Juan, después el Concepción, luego la tierra hidalga de Rivas. Fue de relevo para el Maratón de la Libertad, camino de luz, línea estremecida que va de mar a mar, como el sueño del canal; línea encendida que va de Este a Oeste, siguiendo la ruta del Sol –Padre del fuego— para cada día –cumplidamente— caer, y renacer, morir y resurgir en nuestro nacional.

         Y es que sin hace disquisiciones filosóficas o literarias; sin querer aportar, en afán de originalidad, una nueva teoría del fuego, nadie como los rivenses poseen, sin lugar a dudas, la más honda raíz del heroísmo nacional, el más alto principio de soberanía integral.

         A los rivenses los favorece la historia y su continuidad de hazañas siempre vivas. La naturaleza se ha levantado allí, firme ante ellos, para que mañana sus hijos, los hijos de sus hijos –collar de generaciones— en reminiscencias nada paganas, imiten al fuego libertario del volcán Concepción. Decir que el fuego está con ellos es imponer a la juventud de Nicaragua un sello de vivos relieves y que todo estudiante honrado debe ostentar. Decir que el fuego está con ellos es asegurarle un puesto grandioso en nuestra historia patria, un monumento que ningún iconoclasta destruirá.

         Hacen muy bien los rivenses en promover esta cita, en congregar a los niños año con año, por los que mañana en igual cita evoquen o dramaticen (tal vez) vivamente, esta hazaña incomparable.

         Imaginaos en vuestra mente un canal que sita esta ruta luminosa esta línea de fuego: el Río San Juan, el Concepción y la tierra hidalga de Rivas para salir al mar. Imaginaos digo, un canal imaginario simplemente entonces veríais en un acto de violenta soberanía hoy como ayer a este fuego infatigable derretir las esclusas para luego desesperado el mar ahogar nuestra voz. Veríais allá en el Atlántico cómo en llamas las sábanas de Rafaela H errera arropar otra vez los barcos a traición. Veráis cómo empinado el humo del volcán apagará estrellas y pájaros, aviones y gaviotas. Veráis al fin en Rivas y antes de salir al mar a mil escolares de Enmanuel Mongalo y bajo el grito de patria y libertad, encender mil cerillos de explosión.

Imaginaos, un canal pero no un canal nacional ni internacional, sino un canal puramente imaginario y entonces veréis cómo en la tierra abierta iba a cesar de crecer el trigo, cómo ibais a dejar de recoger frutas y cereales, y vuestro ganado, cómo flaco de olvido morir en los hatos desolados.

         Aceptada la rotunda hazaña de Enmanuel Mongalo, cabría preguntarse dónde este endeble maestro de escuela primaria absorbió tantas fuerzas como para figurar al lado de los más aguerridos patricios. Priva en el ánimo de todos los pueblos, y el ejercicio militar lo comprueba, que sólo son capaces de estas grandes determinaciones aquellos hombres que por su naturaleza o fuerza, acometen sin temeridad.

         Pero he aquí que haciendo un estudio consciente del valor, del civismo personal y descartado desde luego al héroe de Carlyle, convendríamos, y estrictamente por veta castellana, que nosotros hijos de peninsulares y fundamentalmente quijotescos, tengamos del valor un concepto más intelectual que biológico, de improvisación inmediata, duro, enteco, pero de grandes realizaciones humanas. León Felipe, sentencia con acierto, y refiriéndose especialmente a Don Quijote, que la justicia se gana no sin la ostentación material, sino con “una lanza rota y con una visera de papel”.

         Salomón de la Selva ratifica magistralmente esta opinión asegurando que Prometeo, mediano de cuerpo, gran estatura por la luz que irradiaba su mano libertaria, por el enorme fulgor que orlaba su figura. Así, en nuestro abono citaríamos también casos, aún fuera de nuestra raza, como el de Abraham Lincoln, cuya oración de Gettysurgh y no sus grandes azañas, nos de la impresión de un hombre entero, seco, quijotesco, como la de Jesús orando de amor en el Monte de los Olivos.

         Enmanuel Mongalo es de esta estirpe. Su valor cívico es esencialmente intelectual, logrado en el aula en contacto con la niñez, (con la ternura, es decir) su estirpe, es sentimental, si queréis como la del Padre Hidalgo, enjuto entre sus hábitos, pálido de tanto pensar; esmirriado como José Martí, desorbitado de tanto meditar.

         Ya podéis imaginar la fuerza material de Enmanuel Mongalo, acostumbrado a repintar guarismos sobre las pizarras; hábil en trenzar sílabas, palabras, oraciones; magistral en señalar intrincados afluentes sobre el mapa: Su fusil, fue el metro para enseñar decimales; su parapeto, la ilustre cátedra, sutil a cualquier golpe; su almohadilla la metralla; la tiza, el proyectil. No practicó nunca la equitación como los generales de abolengo, porque ignoraba la aventura de sobresalir mañana en medio de una plaza pública de Nicaragua.

         Su estirpe, digo, fue clara y sencilla como la de cualquier héroe nacido al amparo de la meditación.

         Por eso, se hace muy bien en celebrar esta gloriosa fecha, en congregar a todos los niños como en ronda familiar, para mostrarles sin pretensiones protocolarias los valores morales de un pueblo que busca ansiosamente su claro destino.

         De esto viven los pueblos, y cuando la historia en su devenir ha regateado estos valores, buscan entonces estos pueblos para asegurar su futuro, una base mística y mítica tal como lo hicieron allá, los antiguos gestores de la Cultura Griega y Romana. De esto viven los pueblos, por esto progresan, y si no fuera así, ¿para que entonces tantas luchas cívicas, para qué tanta sangre fraterna derramada, para qué inmolar tantas vidas, levantar tantos pedestales, destinar tantas celebraciones, tantos desfiles escolares? ¿Por qué entonces la consagración de Máximo Jerez, la admiración a Miguel Larreynaga, la pleitesía a la Rafaela Herrera, Castro, Mongalo, Cabezas, ¿y Estrada? ¿Por qué el aplauso sin fin para Benjamín Zeledón?

         Hombres y mujeres del pueblo de Nicaragua, la figura inmortal de Enmanuel Mongalo, no debe aparecer solamente en las estampillas, como único tributo nacional y que sólo el filatelista admira. Su nombre no debe ser sólo raíz, fuente, --sólida base de fundación de la Escuela de Ciencias de la Educación. Ya es tiempo que levantéis en su honor un monumento que materialice su hazaña conmovedora; un obelisco para que lo identifique el aire nacional; una muralla que sirve de tope para los desesperados de resguardo a los perseguidos. Hacedle un monumento, y no muy elevado, para que los niños de todas las edades y de todas las clases sociales puedan admirarlo, tocarlo acariciarlo. Nosotros, alumnos y profesores del Ramírez Goyena, allá en el Norte –pues hacia el norte pegó su brazo— levantamos un monumento al soldado Andrés Castro. El monumento es mediano, de piedra dura y semidesnudo. Un indio más, un ídolo más sobre el pétreo cordón de América, un guardián más, que, como las estatuas griegas, con sus ojos bien abiertos vigilan nuestros pasos sin hablar.

         Vosotros jóvenes estudiantes para resguardar el sur, para proteger nuestra frontera, para velar nuestra integridad nacional, debéis de levantarle un monumento a Mongalo, y de piedra dura, elemento clásico en la escultura precolombina. Hacedle un monumento y si sospecháis que el canal imaginario puede mañana ser un canal real, --nacional o internacional— hacedle entonces arranques fuertes y profundos para que resista el empuje de las precipitadas aguas que buscan otro mar.

         Ponedle entre la mano una antorcha de vivísima llama para vencer el gran Maratón de la Libertad; para que los niños de Nicaragua en olímpica natación de relevo, saliendo sobre el río San Juan, nadando contra la corriente, partiendo del fuego del fuego de Rafaela Herrera, y pasando por el Concepción, puedan con músculos y ojos fatigados, divisar desde lejos, en la costa de Rivas, la llamarada, que anuncia la entera Libertad, la llamarada que anuncia la Libertad final.  

 

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jueves, 10 de marzo de 2022

Geografía histórica nicaragüense - LOS ANTIGUOS POBLADOS INDÍGENAS DE ABITO, POCOZOL, VOTO, TORI Y SUERRE EN LA COMARCA DEL DESAGUADERO. Por Eduardo Pérez-Valle. La Prensa, 29 de enero de 1961. 2ª. Sección Dominical.

 


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 Poco sabemos de los poblados indígenas ubicados en la comarca del Desagüadero a la llegada de los españoles.

         De los documentos procedentes de los albores coloniales de Nicaragua, ninguno hace mención de ellos, si exceptuamos el que trata del descubrimiento del Desagüadero por Calero y Machuca en 1539, al cual voy a referirme después.

         Aunque estos pueblos no presentaban una mayor importancia en el cuadro general de la Nicaragua indígena de los primeros años de la colonia, no dejaban de tenerla considerados sobre el trasfondo regional del Desagüadero. Y sus habitantes deben haber hecho un papel de primer orden como auxiliares en el mantenimiento del tráfico marítimo de Granada con Tierra Firme, las Antillas y Nueva Granada, a través de la gran vía fluvial.

         La ubicación de estos primeros asientos reviste también otro interés: el arqueológico. Quizás algún día espíritus amantes de esta ciencia de rara fascinación decidan hacer investigaciones sistemáticas en esos lugares para establecer la verdadera identidad de sus antiguos habitantes, su procedencia, sus costumbres; y escribir así un capítulo que al presente deja un amplio hueco en la historia de una de las regiones más importantes de Nicaragua.

         Como digo, hay tan escasas noticias de ellos, que es aventurado hasta opinar sobre la causa de su desaparición. Mas a pesar de ello, esta puede atribuirse directamente a indirectamente al impacto de la “ola blanca” europea sobre su rudimentaria organización.

         Abierta al tráfico comercial la vía del Desagüadero, rota la clausura de aquel selvático escenario, pocas esperanzas de supervivencia quedaban para aquella gente de primitivo existir, que desde entonces tuvo que soportar, no ya las rapaces y criminales incursiones del vecino más fuerte, sino también el trajinar acelerado  a veces devastador de españoles, piratas ingleses, mosquitos y zambos; enemigos mortales unos de otros, pero fraternalmente unidos para tornar inhabitables las paradisíacas márgenes del San Juan.

         Entre los documentos contenidos en el juicio promovido por Rodrigo de Contreras, gobernador de Nicaragua, reclamando contra la capitulación que el rey de España tomó con Diego Gutiérrez en 1540 para la conquista y población  de la provincia de Cartago, está la “Relación de lo que el Magnífico Señor Capitán Alonso Calero ha visto y descubierto hasta hoy día de ésta en el viaje de descubrimiento que va del Desagüadero por el Muy Magnífico Señor Rodrigo de Contreras, Gobernador y Capitán General de estas provincias de Nicaragua por Su Majestad”. Este es el documento que copia Peralta y que transcribe Gámez, aunque no literalmente, como él mismo advierte.

         Según esta Relación, salieron los expedicionarios de las Isletas de Granada el 7 de abril de 1539. A los 24 días de haber salido de su primitivo puerto de las Isletas, entraron las embarcaciones en la boca del Desagüadero.

Mapa de los poblados indígenas elaborado por el Dr. Eduardo Pérez-Valle
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         El segundo día de mañana continuaron la marcha río abajo y descubrieron otras islas “y un río grande que viene de la parte de mediodía y otros esteros pequeños de poca agua”. Estas son las islas Grande y la Chica, y el río es el Medio Queso.

         La 1.  Chica, de 600 metros pegada a la orilla izquierda del río.

         “Viniendo así caminando el río abajo, el agua comenzaba a correr más recio de lo que solía; sería ahora del mediodía que el capitán mandó surgir (que iba adelante con una canoa); y surtos, se fue abajo por ver lo que era, y a una vuelta que hace el río, vido estar unos indios pescando en medio de un raudal. Y vistos, se encubrió lo mejor que pudo y se volvió a la armada”.

         Tomó Calero 10 hombres, en su canoa, ordenando al Veedor Alonso Ramírez que le siguiese en otra con otros 10. Así 22 españoles sorprendieron a 4 indios pescadores, de los que uno pudo escapar hacia el monte, quedando presos los otros tres con sus 2 canoas y el producto de su pesca de aquel día, que ascendía a 300 libras distribuidas en seis hermosos ejemplares de sábalos que causaron la admiración y el gozo de los españoles. Aquel día y el siguiente hubo banquete a base de sábalo en el real, y luego se decidió continuar para fondear cerca del raudal en que pescaban los indios, frente a un río grande que viene de la izquierda y que probablemente desde entonces comenzó a llamarse Río de los Sábalos.

MACHUCA DESCUBRE SU RAUDAL

         Instalado en su nuevo real, Calero envió a su segundo, el Capitán Diego Machuca de Suazo, Desagüadero abajo, en dos canoas con 20 hombres, a explorar los raudales que según el decir de los indios capturados, ascendían a cinco. También envió a Damián Rodríguez con 20 hombres en las otras dos canoas, en busca del pueblo de Abito, de donde eran naturales los tres indios, y que decían estaba hacia el Norte, a orillas o muy cerca del río de los Sábalos. Machuca regresó a los dos días, habiendo reconocido dos raudales, el que los indígenas llamaban la CASA DEL DIABLO, nombre que la crónica empieza a abreviar por “Raudal del Diablo”, el cual los españoles cambiarían más tarde por el de Santa Cruz, correspondiendo en la actualidad al del Raudal del Castillo, el otro raudal, 20 kilómetros abajo, fue el que desde entonces se llamó de Machuca, aun cuando había sido visto la primera vez por Estete y los suyos. El del Castillo había sido descubierto por Rui Díaz hacia 1524, bajo Hernández de Córdoba. En esa incursión se exploró en cano algo más allá, pero no tenemos base para suponer que este reconocimiento se llevase hasta el Machuca o más adelante aún. Damián Rodríguez volvió al río Sábalos sin haber dado con el pueblo de Abito.

CALERO EN POCOZOL

         Entonces Calero “apercibió 40 hombres y al Padre Morales consigo y se metió en cuatro canoas y caminó el río abajo dos días he hizo noche cabe el pueblo que se llama Pocozol; y en amaneciendo dio sobre él, donde en una isla que hace el dicho río (San Juan) y el otro que arriba de Voto viene, se halló un bohío, en el cual se dio; y por ser mucho el ruido que llevaba con las canoas, no se pudo toar más que un indio y algunas indias”.

         Estos informaron cómo su pueblo había sido destruido cosa de un mes antes, por los de otro poblado que estaba río (San Juan) abajo, al cual llamaban Tori, de manera que en los demás bohíos no quedaba sino “el cacique y cuatro viejas”. El poblado de Pocozol estaba constituido por varias chozas diseminadas en las orillas del río de Voto, a lo largo de una media legua, pues Calero para ir a traer al cacique, con el propósito de informarse mejor de las características de la región, tuvo que navegar esa distancia río arriba, lo cual le llevó más de medio día “porvenir el agua muy recia”.

         El cacique de Pocozol informó a Calero que en término de nueve meses había sufrido dos ataques de pueblos enemigos. El primero por los habitantes de Voto, situado hacia el Sur, a cuatro días de piragua y uno más de camino. Los de Voto vinieron en cuatro canoas grandes con mucha gente, mataron gran cantidad de hombres de Pocozol y se llevaron muchas mujeres y adolescentes. El segundo ataque fue por los de Tori, a dos días de San Juan abajo, los cuales llegaron a completar los destrozos causados por los de Voto, matando o llevándose a los que restaban, a excepción del Cacique, las cuatro viejas y alguno que otro indio que logró esconderse a tiempo.

         Luego de narrar las desgracias de su pueblo el cacique de Pocozol, preguntado sobre el río y sus raudales, dijo: “de aquí a Tori no tenéis ningún raudal ni piedras; desde Tori hasta Suerre el agua va muy recio y tenéis piedras; (no obstante) no es tan baja como esta otra que habéis pasado”.  

         Al día siguiente Calero emprendió el regreso al real de los Sábalo. Empleó cuatro días en él, porque hubo de pasar cinco raudales “los cuales son muy trabajosos de subir”. “Trajo la gente muy trabajada y muy llagada, porque era forzoso saltar la gente en los raudales para pasar”.

LA VERDADERA UBICACIÓN DE POCOZOL

         De todo lo expuesto acerca del viaje a Pocozol podemos inferir la situación de este poblado y la de Tori y Voto con alguna exactitud.

         Primero observemos que Calero emplea dos días para ir del río de los Sábalos a Pocozol. Machuca empleó el mismo tiempo para el viaje de ida y vuelta al raudal de su nombre, lo cual suma unos 70 kilómetros. Sólo esto ya nos hace pensar que, contra lo que se ha creído y pudiera creerse, el poblado de Pocozol no estaba junto al río que hoy se llama POCOSOL O POCO SOL, a ocho kilómetros del de los Sábalos. Hay otras referencias en la Relación que corroboran este aserto:

         1º. Habiendo explorado Machuca hasta el raudal de su nombre, o natural, al decidirse Calero a ir él en persona a reconocer río abajo, era que llevase el propósito de sobrepasar lo explorado por Machuca y no ir a perder el tiempo a sólo ocho kilómetros del real, y menos llevando 40 hombres y cura consigo.

          2º. En la confluencia del río que descendía de Voto con el San Juan, asiento del poblado de Pocozol, había por lo menos una isla y en esta un bohío en donde capturaron a un indio y varias indias. En la boca del Pocosol no existe ninguna isla, si en la del San Carlos (500 por 200 metros) entre grandes bancos de arena.

         3º. Para ir en busca del cacique, media legua arriba sobre el río que viene de Voto, Calero empeló más de medio día “por venir el agua muy recia”. Esto es natural que suceda e el río San Carlos (210 metros de anchura), el caudal de cuyas aguas es enorme tanto en verano como en invierno. No así tratándose de humilde Pocosol, que apenas alcanza 30 metros de ancho en la desembocadura y que se desliza dulcemente describiendo amplias volutas en una suave llanura antes de llegar al San Juan.

         4º. El cacique informó que para llegar a Coto hay que navegar cuatro días río arriba y caminar un día más. Esto de navegar cuatro días hacia arriba se puede hacer en un gran río como el San Carlos, que sólo en su parte baja (comprendida en la llanura del mismo nombre), tiene 70 a 80 kilómetros de longitud, todos navegables, pero no en una humilde corriente como el Poco Sol, que apenas alcanza unos 40 kilómetros de curso, que, de ser navegables, se recorrerían en cosa de dos días a lo sumo.

         5º. El cacique informa que de Pocozol a Tori (2 días río abajo) NO HAY RAUDALES, si los hay de Tori a Suerre, y aun piedras; pero el agua no es tan baja como la que han pasado. Esto no podría decirse de ninguna manera estando Pocozol en el actual Poco Sol, ya que apenas estarían empezando a cruzar los raudales, faltando lo peor de ellos.

         6º. El cronista cuenta que Calero y los suyos emplearon cuatro días en volver al real de los Sábalos, pasando cinco raudales que dejaron la ente trabajada y llagada. Estos eran: Machuca, el del Castillo y el Toro. En cuanto a los oros dos, se puede escoger entre el Diamante, Mica, el de las Balas, el Patricia y el Purgatorio, escalonados entre el Castillo y Machuca.

¿DÓNDE ESTABA VOTO?

         Establecida la ubicación de Pocozol es relativamente fácil deducir la de Voto y Tori y aun la de Suerre.

         Oviedo registra un dato importantísimo acerca de la expedición de Estete, al Desaguadero. Es el siguiente:

         Dice Oviedo: “En aquel viaje que éste hizo a Coto, se hubo noticias de otra tercera laguna, y desde ciertas cumbres algunos soldados españoles la vieron muy lejos, tanto, que unos decían que era agua y otros la ponían en duda. Yo me hallé en esa sazón en aquella ciudad de León, y oí a algunos hablar en esto, de los que fueron a aquella entrada, y se afirmaba que era otra laguna el agua que de lejos habían visto más hacia la parte del Norte, y creían que la segunda Gran Laguna iba a vaciar o se desaguaba en la tercera. Esto está ya averiguado, porque el año pasado de 1540 años, vino a esta ciudad de Santo Domingo y desde aquí fue a España, el piloto Pedro Corzo, que es uno de los que se hallaron en el viaje de Voto con Martín Estete, y vido aquella tercera y dudosa laguna, y me dijo que viniendo el de la Nueva Castilla (donde es gobernador el Marqués D. Francisco Pizarro) halló ciertos amigos suyos y conocidos de la provincia de Nicaragua en el puerto de Nombre de Dios, los cuales tenían allí una fusta y un bergantín, que en compañía de un hidalgo llamado Diego Machuca que yo conozco (al cual está encomendado el cacique de Lenderí y aquella tierra del Infierno de Masaya), habíamos hecho en la costa de la Laguna Grande de Granada en cuyo nombre propio en la lengua de los naturales de aquella tierra es Coabolco), y gastaron muchos miles de pesos de oro en la labor de esos navíos y en los proveer; y todo a su propia costa, con determinación de morir o ver el fin de las dichas lagunas. Y por tierra este Capitán Diego Machuca con hasta 200 hombres siguió su camino: y la fusta y bergantín y algunas canoas por el agua hicieron lo mismo: y salieron los de los navíos a esta nuestra mar del Norte, donde parece que las dichas lagunas desaguan. Y como en la boca o puerto donde salieron no conocieron la tierra, para saber a donde estaban subieron la costa de la mar del Norte al oriente y fueron al puerto de Nombre de Dios, donde este piloto los vió y habló y comunicó y comió y bebió con ellos, los que así salieron de las dichas lagunas”.

         Vemos que LO QUE ESTABA YA AVERIGUADO cuando Oviedo escribió lo anterior, era que la Laguna Grande desaguaba e el mar del Norte, y no la existencia de la TERCERA LAGUNA, como a primera vista parece. En otros términos, QUE LA TERCEA LAGUNA, vista a lo lejos por los de Estete, NO ERA OTRA COSA QUE EL MAR DEL NORTE, divisado confusamente en lontananza desde alguna altura considerable. Hay que pensar, pues, que Voto era un pueblo de montaña y no un caserío fluvial o palustre como se ha supuesto. Y que para llegar a él los españoles tuvieron que ascender considerablemente por las laderas de las cordilleras costarricenses, hasta el punto de poder divisar el Atlántico a lo lejos. Pero por otra parte sabemos que allí se llegaba desde el San Juan ascendiendo durante cuatro días por las aguas de un gran afluente y continuando luego a pie durante otro día.  Ahora bien, el único río de la región capaz de llevar tan adentro del territorio costarricense y tan alto en sus montañas, es el San Carlos actual, el que debió ser el RÍO DE VOTO de los indígenas.

         El poblado de Voto, según las luces que arroja el escrito de Oviedo, había que situarlo en las laderas norteñas de la Cordillera Volcánica y la Cordillera Central de Costa Rica, entre los 600 y los 700 metros de altitud en dirección al Cerro de la Concordia; hacia los 1000 y pico de metros en dirección del Volcán Arenal. Desde esas alturas en las regiones señaladas, puede avistarse cuando las condiciones son favorables, la TERCERA LAGUNA, nuestro adorable Mar Caribe, tesoro inagotable de maravillas y leyendas.

Corroborando nuestro supuesto, basado en la valiosa cita de Oviedo, de que la expedición de Estete se dirigió hacia el Sur, hacia la meseta costarricense, en el pleito de Contreras con la corona por los gastos del Desaguadero, aparece el testimonio del Bachiller Francisco Pérez de Guzmán, — quien dice saber que los de Este se volvieron — “porque no pudieron pasar por ser la tierra trabajosa de sierras”.

         Voto estaría, pues, señoreando los hermosos valles del San Carlos y de los Guatusos, y quizás fuese la capital de esta vieja raza de probable ascendencia chontal, que abandonó su antiguo HABITAT junto al río, para ir a refugiarse junto a las montañas a consecuencia de alguna invasión foránea al valle de San Juan, de la cual el cacique de Pocozol traería su descendencia. Bajo este supuesto la animosidad de los de Voto contra los de Pocozol era hasta cierto punto originado en rencores ancestrales, fruto de antiguos agravios.

TORI Y SUERRE

         En cuanto a Tori, la distancia de dos días de Pocozol, por el río, lo coloca e las proximidades del lugar que ahora se denomina Delta, donde el Colorado se separa del San Juan.

         Tratábase de un mísero pueblo de pescadores, en el cual los españoles no pudieron permanecer por mucho tiempo, ante el peligro de perecer de hambre. Sus habitantes, sabedores de la desgracia que se había abatido sobre Pocozol al atacar los de Voto, rapaces y alevosos, decidieron aniquilar al caído, seguros de que no corrían peligro. Hay razones para suponer que Tori estaba situado e la bifurcación del San Juan que da origen al brazo del Colorado. Ellas son:

         1ª – Que el cacique de Pocozol lo situaba a dos días de su pueblo. El Delta dista de Boca San Carlos 65 kilómetros. Si bien Calero empleó dos días en navegar río abajo los 44 kilómetros que había de los Sábalos a Pocozol, es de considerar que las condiciones de ese trozo del San Juan son excepcionalmente difíciles por el número de raudales y obstáculos que contiene. En cambio, del San Carlos al Delta no existen problemas (como el cacique lo expresó y es la realidad) y por consiguiente la navegación puede hacerse más rápida, elevándose la media diaria a 32 kilómetros, en vez de los 22 que hizo Calero en su trayecto.

         2ª – El cacique hablo de una vuelta a las dificultades después de Tori hasta Suerre, pues volvían las piedras y los raudales, aunque en menor proporción que entre Sábalos y Pocozol.

               Entre el San Carlos y el Delta no se presentan estas condiciones en ningún punto, un poco, entre el Delta y San Juan del Norte y mucho en el brazo del Colorado, que se lleva las 4/5 partes del entero caudal del San Juan y que sigue un curso irregular y sinuoso por una llanura sembrada de lo más rocosas de baja altura, sobre todo en la banda sur del río. Cosa parecida ocurre con el brazo llamado Caño Bravo que ofrece un atajo relativamente corto entre dos puntos distantes del Colorado.

         El nombre Caño Bravo no dice fielmente las pésimas condiciones de navegabilidad en esta corriente. El cacique refería, pues, en su última parte, vale decir el Colorado, hacia cuya desembocadura debe haber estado el poblado de Suerre.

         Suerre era provincia y pueblo bastante prósperos, pues yendo hacia allá desde San Juan de la Cruz el Capitán Diego de Castañeda, por orden de Contreras, en 1540, recogió cerca de mil pesos de oro. Según Peralta el Río Suerre es el Pacuare, y la provincia abarca desde ese río hasta el Desaguadero (unos noventa kilómetros de costa).

Managua, Enero de 1961.

E. PÉREZ-VALLE

Nota: Las ideas fundamentales que conforman el presente artículo fueron extraídas de diversos capítulos de mi estudio sobre “El Desaguadero de la Mar Dulce”, publicado el año pasado.    

E.P.V.