miércoles, 1 de noviembre de 2017

CÓMO CONOCÍ A RUBÉN DARÍO. Por: Eudoro Solís*


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EUDORO SOLÍS.  Revista El Gráfico, 1930.

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Conocí a RUBÉN DARÍO en 1916 y en el mismo año lo vi muerto. Los poetas José Olivares y Ramón Sáenz Morales me invitaron para visitar al ilustre enfermo en su residencia de campo. Se anunció Olivares. Eran amigos y éste había colaborado con “Mundial”, la revista de Rubén, en París.

         Momentos después estábamos junto al poeta. Vestía pantalón azul y camisa blanca, de seda. Me impresionó si inmensa palidez y el cansancio en vigilia que empezaba a quemar en sus ojos los últimos carbones de la vida y los primeros de la eternidad. Pensé, al verlo, que aquella carne rota se estaba haciendo el tocado definitivo para la tragedia de su fin.

         A ratos, descansaba en un sillón de junco gris, las manos puestas sobre las piernas, otrora ágiles en los días de gloria. Su silencio grave, su mirada cercana a la muerte, penetraron tan hondo en mi pasada juventud, que ahora –ya hombre— en mi alma se posa aquella sombra pura y su desolada presencia para integrarla al poema y a la llama incesante.

         El rostro del poeta, anegado en la luz tierna del atardecer, desnudaba sus líneas rebeldes, como talladas en la piedra inmortal. La frente que yo vi la última vez ocupaba casi todo el espacio del cráneo. El cabello era de oro otoñal. Tal la visión, anterior a la agonía, del poeta.

         En el árbol del patio, un pájaro tocaba orquesta primaveral. Darío lo escuchaba, atento, sigilando su pasado. El atardecer entraba intenso, colgando gajos lilas en los ojos cerrados del día. Jamás un silencio más lleno de inquietud ha pasado por mi vida. Vi a Rubén más alto bajo el gran arco de la sombra eterna. Oía su paso llegando al umbral de lo desconocido. Estábamos enfrente de un futuro gran dolor. Darío rompió el silencio. Dejó entrever su propia realidad y el viento de la tarde se llevó estas palabras: Dichoso el árbol  y feliz el pájaro que puede cantar así.

         Días después, el seis de Febrero, Darío había muerto en León. El duelo universal rompió todos los silencios  y un pesar conmovido recorrió en tropel enorme los caminos de la tierra, porque el poeta estaba unido al mundo por la gloria mayor que mortal alguno haya conquistado. América lanzó un grito de piedras seculares; se oyó y  se oye todavía el cincel del Continente tallando el mármol en las formas puras de la reverencia y la dignidad humana, para fijar en estremecidos horizontes, la memoria del altísimo poeta que, al entrar en la muerte, en torno y a su paso, la Fama erigió las banderas de todas las patrias y  la mágica lengua de los ruiseñores orquestaron sus claros arpegios.

         Al llegar a León tuve la sensación de entrar en la ciudad olímpica. Voces de vacante en las torres altas del espíritu y la severa Catedral tañendo sus bronces ilustres. Vi llorar a León. Lo vi en torbellino junto a la casa que fue la última residencia de Rubén. Ardía como un santuario en aquella hora de indefinida pesadumbre. Las antorchas quemaban una llama tenue. Debía ver a Rubén en su pose de eternidad. Quería verlo envuelto en el manto de la tiniebla eterna. Ofrecerle mi silencio; mi oración sin palabras. Quería que me dejara su último perfil; su mueca final, el dolor de su muerte. Quería verlo totalmente pálido, sin corazón, sin ojos, crucificado en la Capilla de la Inmortalidad.

         Los pocos minutos que estuvo delante de su materia rota, serán eternos. Salí más solo de aquella casa de su muerte para que la tarde me pusiera en la sangre el color de una lágrima y la música de una plegaria. Eran las seis en punto.

         1941.

*Solís, Eudoro: Grato Pretérito. Talleres Artes Gráficas, Managua, D.N. 1957. Pág. 9-12.

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