domingo, 10 de agosto de 2014

UN CUARTO DE SIGLO DEL TERREMOTO DE MANAGUA: LA MÁS TREMENDA TRAGEDIA DE NUESTRA HISTORIA. En: La Prensa, 25 de Marzo de 1956.

UN CUARTO DE SIGLO DEL TERREMOTO DE MANAGUA: LA MÁS TREMENDA TRAGEDIA DE NUESTRA HISTORIA. En: La Prensa, 25 de Marzo de 1956.

*  Lo que un periodista vió y vivió en aquel espantoso Martes Santo

Por: Alejandro Cuadra M.

El Sábado de Gloria, 31 de Marzo de 1956, se cumplen veinte y cinco años de que Managua fue destruida por un terremoto. Vienen a mi recuerdo aquellas horas vividas de palpitante tragedia y vengo ahora, aprovechando esa oportunidad, a escribir objetivamente lo que vi, oí y viví en aquellos terribles días.

A LAS DIEZ DE LA MAÑANA DEL MARTES SANTO

Ese Martes Santo del año de 1931, me preparaba para ir al mar, invitado por el chico bien de aquella época y actualmente rubicundo lechero Don Rómulo Rosales Cabezas. Salimos junto a la calle y serían como las nueve y media de la mañana, cuando nos separamos con cita para juntarnos a las doce del día en el Club Managua. Me fui por la calle de El Triunfo y me detuve en la casa donde vivía la familia Navas, para saludar a Chabelita, ahora señora de Palazio, y le pregunté por su hermana Maruca, belleza gallarda y quien ostentaba el título de Reina de la Simpatía de Managua.
Maruca se fue para León a pasar la Semana Santa a Poneloya y…


EL MOMENTO SÍSMICO

Fue una sacudida violenta. Algo indescriptible que paralizó mi mente y sólo actué de inmediato en forma subconsciente, obedeciendo al natural instinto de conservación. Se habla, se comenta, y se dice cuando se viven estas explotaciones de tragedia, “yo hice”, “yo pensé”, “yo razoné”, pero todo eso es falso y lo digo y lo sostengo con una experiencia de varios accidentes en mi vida. La razón sufre una paralización y la acción viene a ser irreflexiva e instintiva y nerviosa. Oí decir que antes de la sacudida violenta hubo un temblor previo. Francamente yo no me di cuenta. Cuando mi razón comenzó a funcionar normalmente, yo estaba a media calle y una joven me abrazaba gritando ¡Mamá, Mamá! Como la calle de El Triunfo es de las más viejas de Managua, sus casas, en su gran mayoría estaban construidas de adobes y al venirse al suelo, levantaron tal polvo que se hacía difícil la respiración. Con la angustia de aquella impresión de ahogo me desprendí violentamente de la joven, que después supe que era la Srita. Camila Solórzano, hermana de mi gran amigo y Médico personal Dr. Adán Solórzano. Corrí en busca de aire hasta llegar al Parque Infantil y corriendo a la par mía iba descalzo, Don Julio Bonilla, quien lucía pijama de rayas. Fue allí que tuve la impresión primera de la magnitud del desastre, cuando vi la casa de las Hernández, cuyo frente de piedras se había caído totalmente y daba el aspecto de una casa de muñecas o de una película cómica.

Los pilares de hierro que sostenían los faros de la luz eléctrica estaban caídos y quebrados como que si fueran de madera. La gente corría en una forma alocada y lloraba y gritaba. Con un sentimiento de egoísmo muy natural cada cual sólo pensaba en sí mismo.

AUDACIA DE UN CAPUCHINO

Habrían pasado unos veinte minutos en los que las impresiones sucesivas formaban un rosario de violencia y una confusión de ideas, en una revolución de acciones, y pensamientos que quizá nadie puede precisar, cuando comencé a actuar dentro de una normalidad y a proceder con una lógica consciente. En eso se me apareció un Capuchino, cuyo nombre no pude averiguar, pero que procedía del Convento de San Sebastián, quien con un tono muy enérgico me dijo:

--Vamos a buscar palas y barras para ayudar a desenterrar gente.

Obedecí automáticamente y nos dirigimos al Parque Central donde había una casita bajo la custodia de un cuidador, que era una especie de bodega en la que había lo que necesitábamos.

--Abra y denos barras y palas, ordenó el Capuchino.

El cuidador sólo contestó:

--Tráigame una orden del Presidente del Distrito Nacional.

El Capuchino le dio un violento empujón y de una santa patada abrió la puerta y sacamos las barras y las palas. Ya para ese entonces éramos como seis personas.

EL MERCADO EN LLAMAS

Iba obediente en la escuadra de salvación comandada por el bueno y enérgico Capuchino cuando apareció un carro a gran velocidad manejado por Wicho Rivas Haslan (sic), quien al reconocerme exclamó:

--¡Alejandro, el Mercado está en llamas!

Aquello fue un llamado a mi sentido periodístico. Abandoné mi noble misión de salvamento y corrí hacia el lado de Catedral para dirigirme al Mercado.

EL CORAZÓN DE UN NIÑO Y UNA ABSOLUCIÓN EPISCOPAL

Al llegar frente al Palacio Nacional vi un cuadro macabro. Uno de los adornos del frente principal de la fábrica gubernativa había caído y aplastado un niño. Era una masa sanguinolenta e informe. Vísceras y cerebro estaban a la vista. De rostro no existían señales. El corazón parecía una semilla de mango tirada sobre el pavimento. Tu vértigo y escalofrío.

La Catedral estaba en ese entonces en esqueleto. Teniendo como fondo esa armazón de hierro, sobre unas piedras se destacaba la noble y mansa figura de Monseñor Lezcano, con la mano en alto, como dando la bendición. Monseñor no bendecía, absolvía. La gente corriendo se arrodillaba y recibía aquella absolución y se levantaba y seguía corriendo. Yo también me arrodillé y recibí aquella inusitada absolución episcopal.


FUEGO, DOLOR Y DESESPERACIÓN

Al acercarme a los mercados fue detenido por unos infantes de la Marina norteamericana. No se podía pasar. El incendio se desarrollaba con violencia y furor. El fuego infundía pavor. Se oían gritos de dolor. Llegaba a tal la desesperación  que se imploraba la muerte. Un hijo pedía a gritos a los soldados yanquis que mataran a su madre a tiros antes que muriera quemada. Quería ahorrarle un dolor físico. Un padre enloquecido preguntaba por una hijitas gemelas que estaban, según decía, prensadas en el mercado. Se arrodillaba y suplicaba. De repente se enfurecía y enseñaba el puño al cielo increpando a Dios. Una mujer lloraba por su haber perdido. La Infantería de Marina como fuerza organizada custodiaba. Retrocedí y regresé hacia los Parques. En la esquina donde estaba situado el Hotel Versalles supe que Anselmo Bustos estaba enterrado vivo y que una sobrina suya había caído en una letrina.


EL PUDOR FEMENINO

En la acera, completamente desnudos estaban los cadáveres de dos yanquitas. Nadie hacía caso de ellas. Se decía que habían sido sorprendidas y muertas en el baño. Pasó una mujer desconocida y las contempló por un minuto. Después se quitó el rebozo y religiosamente, casi con una piedad maternal volvió por el pudor de su sexo y las cubrió. Después se fue rezando. Aquello fue un epitafio de ternura para las dos blancas extranjeras desconocidas.

SANTO DIOS, SANTO FUERTE, SANTO INMORTAL

En la esquina donde quedaba “El Tenecillo” estaba una mujer arrodillada con los brazos abiertos y con las manos en cruz. Era un grito el que salía de su boca: “¡Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal!” Observé que la gente pasaba corriendo, escuchaba y seguía corriendo, repitiendo como un eco “¡Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal!”.

AQUELLA NOCHE

Y así, viendo y oyendo recorrí casi toda la ciudad y pasé hasta las horas de la tarde sin poderme cansar. Parecía que la fatiga no existiera. Las impresiones se me sucedían como en un cinematógrafo. El dolor humano se retorcía en mi mente pero era tan abundante y tan grande que casi no me conmovía. La desesperación flameaba como las llamas que iban consumiendo manzana tas manzana. Se transmitían y repetían las noticias dolorosas:

--Murió la Mariíta Huezo, se comentaba con un sabor de lágrimas.

--Nada se sabe de las Stadthagen.

--Quincho Navas las vio por última vez donde Prío.

--¡Adónde habrán quedado las pobrecitas…!

--Hay más de trescientos muertos en la Penitenciaría.

La condición humana es tan pequeña que por grande que sea la emoción, el estómago siempre impone. Los condenados a muerte piden siempre abundante comida. Luis XVI se comió un pollo delante de la asamblea que lo juzgaba y lo destronaba. A mí se imponía el sueño. ¿Dónde voy a dormir esta noche?

Me resolví por el Hospital del Ferrocarril. Pero al pasar por una casa destruida, estaba una invitante hamaca. Tuve un concepto comunista de la vida y reflexionando que las cosas son de quien las necesita, tranquilamente me apropié de ella. Varié de opinión y la colgué entre dos mangos del Parque Central. Las noticias sucedían con tal precipitación que ya dejaban de ser sensacionales. El número de muertos crecía cada vez más. Se presagiaban muchas más desgracias. La tierra seguía temblando. El incendio se crecía con la complicidad de la noche. La fantasía se desbordaba a tal extremo que se decía que Sandino iba a aprovechar la ocasión para atacar a Managua esa misma noche. Pero el sueño “es muy hombre” y con un suave movimiento cadencioso de mi hamaca al frescor de las ramas verdes de los palaos, las ramas verdes de los árboles dormido…

Me despertó sobresaltado Adán Solórzano, quien entonces era estudiante en Granada y venía angustiado a saber de su familia. Protestaba indignado de que yo durmiera a esas horas. Pero él mismo, en cuanto supo que los suyos estaban sanos y salvos, tranquilamente pidió qué comer y comió ente las ruinas y el incendio.

NERÓN Y YO

Rómulo Rosales andaba muy preocupado porque una viejita le había dicho que sus pecados eran los culpables del terremoto. Algo le remordía en la conciencia cuando pensaba en aquel castigo de Dios. Estaba nervioso y notablemente excitado. Cuando el incendio llegó al Palacio Nacional el espectáculo era imponente. El furor llameante, creciendo y alargándose como brazos, daban una impresión de trágica belleza.

--Hombre Rómulo, le dije, ni que pagáramos millones podríamos contemplar un espectáculo semejante.

Nunca se le olvidará la expresión de asombro y el gesto de protesta que se dibujó en el rostro romuliano. No concebía su mente que pudiera haber belleza en las llamas. Y mientras las lenguas de fuego se estremecían como banderas de espanto, la lengua de Rómulo me gritó: “Nerón, Nerón, Nerón”:

Y se separó de mí como de un apestado y con la viejita en el pensamiento y la conciencia asustada se fue mascullando verbos…

EL ALMA DE LOS PERROS

Juan José de Soiza Relly escribió un libro que tituló. “El Alma de los Perros”. Estoy estudiando, dijo, el alma de los perros para poder comprender el alma de los hombres. Fue dentro del incendio que siguió al terremoto que oí el gemido de los perros casi como un grito de un ser con alma humana. Nunca podré olvidar aquellos taladrantes aullidos lúgubres. Alguien había dejado un par de perros encerrados en su casa. Vino el incendio y los perros prisioneros fueron víctimas de las llamas. Primero fueron unos ladridos de alarma. Ladraban al peligro que se avecinaba. Después unos rugidos de cólera. Era el furor de la rabia al sentirse atacados. Por último unos aullidos de dolor, de impotencia, que se fueron quedando en el aire, bajando el tono lentamente, hasta confundirse con un sollozo, hasta parecer un quejido de un agonizante…

CAZANDO VENADOS

Comíamos como podíamos. La sombra de un almendro en el jardín del Hospital del Ferrocarril, nos servía de techo. Cada cual aportaba lo que podía. Yo una vez me aparecí con un vaso de caramelos que me encontré en un estante abandonado. Pero el más eficiente y original fue Adán Talavera que se apareció con un venado.

--Cómo lo obtuviste.

--Lo cacé.

Más tarde averigüé que Adán Talavera, un hombre práctico se había metido a una especie de Museo Zoológico que en ese entonces había y donde se exhibían animales de nuestra fauna y tranquilamente se había apropiado de un venado, como  yo me apropié de mi hamaca.

ALLÍ ESTABA MANAGUA


Laureano Ortega actual Secretario del Director de Aduanas, estaba recién llegado de los Estados Unidos. Su padre, don Pilar Ortega pensó que lo que más le gustaría al recién llegado era un paseo por el lago. Como el lago había secado mucho en esa época, salía la quilla de un barco hundido, donde acostumbraban irse a bañar los muchachos. Como esto era peligroso, se puso un guardia fijo para evitarlo. Se llamaba Ezequiel Cuadra y era el guardia número cuatro. Allí lo encontraron Laureano y su padre cuando iban a embarcarse. Leí un periódico. Vino el terremoto. El agua parecía que hervía, cuenta el paseante. De Managua sólo se divisaba la gran nube de polvo. Con la angustia y aflicción en el alma se regresaron. Cuando se iban acercando a la orilla, don Pilar dijo:

--No debe ser nada grave porque allá está Ezequiel y todavía está leyendo el periódico.

En efecto, allí estaba el guardia número cuatro. Cuando llegaron, lo interrogaron:

--¿Qué ha pasado?

--¡Pues, un temblor, don Pilar y debe haber sido bastante fuertecito; porque allí estaba la casa de la Escuela de Artes y ahora ya no está!

Y continuó leyendo el periódico.

Allí estaba la casa de la Escuela de Artes, allí estaba Managua y ahora ya no está. Eso pensábamos en esos días, cuando el incendio consumía cuarenta manzanas y se hablaba del proyecto de trasladar la Capital a Masaya. 

Pero aquí está Managua, Capital de Nicaragua, surgiendo de cemento donde fuera de barro, airosa y bella entre su lago y sus lagunas. En su cuarto de siglo, Managua ha crecido como ninguna otra ciudad del país y se levanta pujante como nadie lo creyera a las diez de la mañana de aquel Martes Santo 31 de Marzo de 1931. 

viernes, 8 de agosto de 2014

CÓMO VE UN YANQUI LA BATALLA DEL COYOTEPE. Por Pedro Rafael Gutiérrez. 7 de Noviembre de 1976.

Nota del Director-Editor del Blogspot: 

Sobre el trágico y heroico episodio del General y Doctor Benjamín Zeledón, acaecido durante la "Guerra de Mena", en fecha anterior publicamos el artículo de Don Juan Ramón Avilés: "Lo que cuenta el clarín de órdenes del General Benjamín Zeledón". Pueden localizarlo con la etiqueta que lleva el nombre del Héroe Nacional. 

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La otra cara de la Historia

CÓMO VE UN YANQUI LA BATALLA DEL COYOTEPE. Por: Pedro Rafael Gutiérrez. En: La Prensa, 7 de Noviembre de 1976.

* La acción duró 37 minutos
* Muerte de Zeledón: otra versión

Nota de la Prensa: A partir de un reportaje sobre el Tren de los Pueblo, el General Benjamín Zeledón se convirtió en el centro de una polémica, en la que se han expresado muchísimas ideas aparentemente irreconciliables. Los hombres que estuvieron frente a frente en la Guerra de Mena, siguen haciéndolo cuando toman la pluma para referirse a ella. Ahora presentamos, traducido por nuestro colaborador, un capítulo del libro no publicado aún “La Intervención Militar Norteamericana en Nicaragua, 1909 – 1932”, que fue la tesis de grado del doctor Vernon Edgard Megee, de The University of Texas, quien en forma mucho menos apasionada y amparado por una extraordinaria bibliografía, se refiere en el Capítulo III de su obra a “La Batalla del Coyotepe”.

Una poderosa fuerza de insurgentes bajo el mando de Zeledón, continuó manteniendo sus posiciones en Masaya, dominando la ciudad y el ferrocarril. El dos de octubre (1912), Pendleton retiró parte de su fuerza de Granada, saliendo el tren fuera de Masaya al amparo de la oscuridad, mientras era protegido por las posiciones del oeste del Coyotepe. Pendleton ( envió un ultimátum a Zeledón conminándole a retirarse, pero este lo rechazó. Durante las siguientes horas de la madrugada, la única batería de la marina, de tres cañones de tres pulgadas de calibre llevaron a cabo un caprichoso e inefectivo bombardeo a las fuerzas rebeldes acantonadas en la colina. Ningún tiro fue disparado en contestación; ningún soldado se veía apostado en los parapetos. Zeledón estaba evidentemente tranquilo e inmóvil. Entonces Pendleton decidió llevar a cabo una acción más drástica para echarlo.

Moviendo sus tropas secretamente a nuevas posiciones al este y al sur del Coyotepe. Pendleton lanzó un total ataque al amanecer del 4 de Octubre. El Mayor McKelvy, comandó el Primer Batallón de Marinos, fue colocado en el centro para dirigir el ataque. El Tercer Batallón compuesta de tropas mixtas, fue colocado a la derecha y el Batallón Panameño de Buttler, con una compañía de marinos con el apoyo de la artillería, tomaron posiciones a la izquierda, en el flanco sur-este.

El ataque comenzó a las 5 y 30 de la madrugada, sin una previa intervención de artillería, tomando a los rebeldes completamente por sorpresa. La infantería y la marina cargaron contra El Coyotepe en un movimiento de “pinzas” bajo un fuego ardiente” (que pudo no haber sido muy preciso) exagerando el valor de las posiciones rebeldes. Los defensores habían cambiado sus defensas a las fortificaciones de la colina opuesta. La Barranca, con devastador efecto. La batalla había terminado después de 37 minutos. Los rebeldes, totalmente derrotados, huyeron hacia la ciudad de Masaya, llevando consigo sesenta muertos. Cuatro americanos fueron muertos en el combate y catorce resultaron heridos. [1]

El Ejército Nacionalista de Nicaragua, que se había en una forma u otra desmoralizado al tratar de obtener posiciones en el planeado asalto, ahora cargó contra los derrotados rebeldes en las calles y casas de la ciudad. Los marinos, tomando un descanso en la cima del Coyotepe, estaban ahora como espectadores de la matanza que hacían las tropas del gobierno. Después de que el fuego cesó y antes de que el inevitable saqueo y borrachera fuera más lejos, Buttler marchó con su batallón a Masaya para restablecer el orden. Se reportó posteriormente que Zeledón  había sido muerto por uno de sus propios hombres, en un decisivo y final voto de desconfianza. (Otras fuentes afirman que Zeledón abandonó el campo herido, que fue apresado diez millas al sur de Masaya y muerto por una patrulla federal de caballería[2] y otras que murió enfrentado a sus perseguidores en un intercambio de fuego).

FUERZAS ESTABAN EQUILIBRADAS

Los rebeldes en sus fortificaciones tenían alrededor de 800 hombres. Los americanos habían reunido un número aproximadamente igual para el último asalto. El ejército de Zeledón tenía a su favor la ventaja de sus fortificaciones; los marinos estaban mejor armados y  eran más disciplinados. De haber sido capaces los rebeldes de mantener un fuego preciso y  disciplinado, pocos marinos habrían llegado con vida a los parapetos. El experimentado Coronel Pendleton había corrido el riesgo de estimar muy mala la puntería del enemigo; él se jugó la batalla en base a una sorpresa táctica y ganó. El encomendó todo a sus tres batallones sin dejar absolutamente nada de reserva. De haber seguido las estrictas normas académica nunca se hubiera cometido este descuido, pero él no habría ganado la batalla.

Los integrantes del Cuerpo de Marina de 1912, aunque dirigidos por una oficialidad, estaban constituidos por un fuerte núcleo de “soldados tropicales” que habían escenificado diversas escaramuzas en toda el área del Caribe y la Costa de China, desde los días de la Guerra Hispano-Americana. Estos veteranos formaban la columna vertebral del regimiento del día, organizado a la carrera. Ellos sumaban a medio entrenados reclutas, que tenían una lengua cáustica y un coraje y temeridad a toda prueba y rápidamente aprendieron las trampas del oficio. Estos eran en su mayoría los hombres con los que Pendleton tenía que jugarse la suerte.

Los marinos fueron armados a partir de 1906, con un rifle Springfield de repetición y fueron muy aptos en su uso. Pequeños cañones para la artillería y unas primitivas ametralladoras Colt que ellos consideraban como armamento auxiliar, no bastaban cuando las apuestas a su favor estuvieran bajas. Los marinos son antes que nada, un cuerpo de rifleros. Por su demostrada habilidad como tiradores de gran puntería los veteranos fueron armados con viejos rifles de un solo tiro, con los que ellos habían tenido grandes éxitos en sus “guerras de banano”. Su conocimiento sobre las capacidades del enemigo, no fue desestimada a pesar de su inexperiencia en otros aspectos.

La Batalla del Coyotepe, analizada bajo un criterio profesional, puede que sea juzgada como una simple escaramuza, decisiva sin embargo en la primera campaña en Nicaragua. En otro modo de ver las cosas, es notable que en los anales del cuerpo de Marina aparezca esta como la única operación de guerrilla en que simultáneamente un regimiento de marina estuvo bajo fuego. Los marinos tradicionalmente desarrollan un tipo de guerra en pequeños comandos, una patrulla, un pelotón, o una compañía, ocasionalmente un batallón, pero nunca antes del Coyotepe, un regimiento entero había sido requerido para tomar una determinada posición enemiga en un determinado lugar y al mismo tiempo.

EL BALANCE FINAL

El período activo de las operaciones militares en Nicaragua duró cuatro meses. 1.400 infantes y 1.000 marinos fueron necesarios para proteger las operaciones del ferrocarril, y al final empleados para ayudar al gobierno a terminar con la rebelión de Mena. Esta efectiva intervención en los asuntos internos de Nicaragua fue hecha a un elevado costo: siete americanos muertos y veintiocho heridos; ciento veintitrés nicaragüense fueron reportados como muertos por los marinos de Estados Unidos y un número indeterminado de heridos. El Secretario de Marina comentó: “La pérdida de siete marinos muertos es deplorable, pero las operaciones en que cuyas vidas fueron sacrificadas, era necesarias ante la evidente obligación de este gobierno de proteger los más altos intereses de la humanidad”. [3]





[1] Marines in Nicaragua, 14 – 14. How the Marines Took The Coyotepe Hill, Literary  Digest, Nov. 9, 1912. Pgs. 862-864.
[2] Anna I. Powell, Relationes Between the United States and Nicaragua, 1899-1925. Obra no publicada. Tesis de Doctoramiento, Universidad de Texas, pp. 162.
[3] Report of tha Secretary of Navy, 1912. Washington 1912, p. 13.

Metcalf. A History of the United States Marine Corps.
Lowell Thomas Old Gimlet Eye
Metcalf. The United States Marines in Nicaragua
Report of the Mayor Gneral Commandant of the Marine Corps, 1912.
Cox. Nicaragua and tha United States.

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viernes, 1 de agosto de 2014

“¡ESTA, DIJO MENA…!” LA FAMOSA FRASE DE LUIS MENA O LA HEREDAD DE LOS POLÍTICOS TAIMADOS...

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Líderes antizelayistas en 1909, de pie: José María Moncada y Adolfo Díaz; sentados: izq. Luis Mena y Carlos Cuadra Pasos.

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Del Editor del Blogspot: 

A través de esta "Ventana" ahora vamos a poner las miradas en el personaje de la famosa frase “¡Esta, dijo Mena…!”. Con el tiempo esa expresión quedó arraigada en el hablar de los nicaragüenses; pues bien, en el cometido de identificar la historia del personaje y su famosa exclamación, seleccionamos de nuestro Archivo Histórico, tres interesantes artículos periodísticos; en el primero está la historia de esa "Guatusa de Mena", por cierto, de permanente uso; las circunstancias las relata de manera introductoria el recordado periodista Pedro Rafael Gutiérrez, para luego centrar el artículo en la historia de la carta elaborada por el general Luis Mena que remitió a Woodrow Wilson, Presidente de los EE. UU. A continuación, "ensancha la Ventana", otro pionero del periodismo nacional, Juan García Castillo, autor de abundantes y reveladores testimonios de su época, mismos que en algún momento intentaremos reunir para publicarlos como merecido homenaje a su memoria y al periodismo nacional. 

En estos tres artículos, localizamos interesantes detalles sobre la personalidad del general Mena, la forma de actuar, que en estos tiempos están al alcance de la subespecialidad denominada "historia de las mentalidades"; es así que nada puede separarse en el corpus histórico,  la expresión “¡Esta, dijo Mena…!” siempre pertenecerá a la heredad de los políticos taimados... al apetito oculto de los detentadores de poder... Mena fue un "sobreviviente" o un escurridizo de la política criolla.  

Oriundo de Nandaime, era considerado un granadino "periférico", sin la alcurnia, el linaje y el abolengo de la Calle Atravesada. Estos episodios ocurrieron cuando él probablemente tenía entre 46 y 47 años de edad, calculados a partir de la consignación en otros documentos fechados en 1911, por lo cual se estima que nació en 1865.  Quizás su primera relación con  la política provenía del cargo desempeñado por su padre que fue alcalde de Nandaime. Carlos Cuadra Pasos consigna en sus libros, que Mena “tuvo una niñez rústica en Nandaime. Apenas pasó los cursos de primaria en las escuelas públicas". Trabajó en plantaciones de bananeras y a partir de su permanencia en la Costa Atlántica, tomó parte en la Reincorporación (y posterior repartición liberal) de La Mosquitia, la que hemos abordado por separado en otro artículo publicado en este Blogspot. 

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“¡Esta, dijo Mena…!”

WOODROW WILSON LIBERTÓ AL GENERAL LUIS MENA. Por: Pedro Rafael Gutiérrez. En: La Prensa, 28 de Noviembre de 1976.

* Secuestrado por los yanquis
* Metido en un vagón de carga
* Le puso Moncada “El Canelo”
* Una carta decidió su libertad

El General Luis Mena, uno de los más pintorescos revolucionarios nicaragüenses de principios de siglo, luego de haber sido secuestrado por tropas yanquis de ocupación en la ciudad de Granada, recuperó su libertad a los pocos días de la toma de posesión del Presidente Woodrow Wilson, tras varios meses de prisión en manos de los marinos acantonados en Panamá.

Una vigorosa carta fechada en Panamá el 5 de marzo de 1913, ejemplo de valor y patriotismo, fue salvada del olvido por el doctor Andrés Vega Bolaños y rescatada para aquellos que quieran algún día escribir con documentos en la mano, los controversiales episodios de la llamada Guerra de Mena.

Con lenguaje sencillo, el hombre que abandonó a su suerte a la columna que lo seguía, aduciendo las molestias que le causaba el reumatismo, protestaba por la intervención, por el sometimiento al que había sido obligado el país y reclamaba su libertad llamando hasta las propias puertas de la Casa Blanca.

MENA BAUTIZÓ A MONCADA COMO “EL CANELO”

Originario de Nandaime, Mena era un hombre de muchísimos amigos, a extremos que el General Emiliano Chamorro señala que sus éxitos se debía al enorme tren de inteligencia que acompañaba a sus campañas, de parte de simpatizantes en todo el país.

Factor decisivo en el derrocamiento de Zelaya, que puso precio a su cabeza, Mena se había casado con una hija natural del General Montiel, a quien acompañó en muchos combates librados en la ensangrentada tierra nicaragüense.

Mena se jactaba en el retiro que siguió a su prolongado exilio, de haber bautizado al General Moncada con el nombre de “El Canelo” que era precisamente un perro cazador del General Montiel, al que se le atribuían condiciones excepcionales para olfatear la presencia del enemigo.

Mena decidió llamar a Moncada “El Canelo” cuando en varias ocasiones el general liberal mostró una astucia que Mena comparaba con la del sabueso de su suegro.

Luis Mena participó activamente en la revuelta que trajo consigo la dolorosa ocupación yanqui de 1912; y al lograr su libertad en Panamá, se trasladó a Barcelona donde convivió con varios nicaragüenses que estudiaban allá, entre ellos el General Roberto Martínez, extriunviro.

GENERAL ZELAYA: AQUÍ LE TRAIGO MI CABEZA

Pese a haber sido enemigo furibundo de Zelaya, en cuya caída tuvo una preponderante actuación, cuando el dictador vivía en España la amarga rutina del exilado, Luis Mena se presentó en su casa.

Tocó el timbre y mandó a decir al General Zelaya  con un sirviente elegantemente vestido: “Dígale a Zelaya que aquí está Luis Mena. Una vez él puso precio a mi cabeza ofreciendo diez mil dólares. Dígale a su patrón que yo se lo traigo personalmente y que sólo cobrará la mitad de la recompensa”.

Zelaya recibió a Mena y hablaron de la prolongada guerra que culminó con la “desestabilización” de su régimen, cuando se tomó el ajusticiamiento de dos mercenarios yanquis, como pretexto para mandar los “marines” a Nicaragua.

Entre los dos Generales ocurrió el siguiente diálogo:

--¿Cuál es la cabeza que me traes…? –preguntó Zelaya sonriente.

--¡Ésta, dijo Mena! Haciendo un significativo gesto con la mano empuñada.
EL FERROCARRIL MISTERIOSO

Luis Mena había sido capturado por el Coronel Buttler, uno de los pretores que comandaban las fuerzas de ocupación, alrededor del 29 de septiembre de 1912.

Una tijera de lona se acomodó en un vagón de carga del ferrocarril, que cubrieron con hojas de plátano para que el calor no calcinara a Mena, que a regañadientas se introdujo en lo que en realidad era una celda con ruedas de acero.

Con gran sigilo fue llevado a Corinto, en un secuestro que resultó decisivo para el curso que tomaron los acontecimientos.

El misterioso tren pasó velozmente casi sin hacer paradas. Más tarde se supo que Mena había sido llevado a Panamá, donde lo cuidaban veinticuatro horas al día los eficientes guardiamarinos del Hospital Ancon.

LA CARTA ABIERTA AL PRESIDENTE WILSON

El triunfo del candidato demócrata, el profesor universitario Woodrow Wilson abrió las esperanzas y las puertas de la prisión de Luis Mena. El sábado 15 de marzo de 1913, el “Diario de Panamá” publicó la carta del general nicaragüense al presidente Wilson, que motivó su liberación.

“Si es verdad, como he sabido, dice Mena, que usted es un hombre de leyes y de principios, resultará indudablemente cierto el pronóstico general de que bajo su administración, será siempre respetada la justicia y por consiguiente su gobierno hará retorna hacia los Estados Unidos las simpatías universales de que gozaba antes”.

Y continúa diciendo el General Luis Mena: “Quizá sepa usted que yo soy en estos momentos un prisionero del gobierno que usted dignamente preside desde ayer. Pero mi prisión data desde el 29 de septiembre de 1912 y tiene por origen un hecho insólito en la historia del mundo. Ejercía yo el cargo de Ministro de la Guerra del Gobierno de Nicaragua y había sido electo presidente de la República por la Asamblea Nacional, para el período que principió el primero de enero de este año”.

Mena continúa expresando su condena sobre lo que él llama “el siniestro plan” del ministro yanqui G. T. Weitzel, de quien se comentaba en esa época haber recibido doscientos mil dólares por gestionar la intervención para Nicaragua.

Se dice que varios acaudalados conservadores, entre ellos Ernesto Fernández, habían suscrito un pagaré solidariamente con don Adolfo Díaz, para obtener de un banco de Estados Unidos el dinero necesario para pagarle al diplomático.

EL POR QUÉ DE SU GUERRA

En el extraordinario documento, Mena afirma: “Salí por la noche para Masaya con un grupo de amigos y así, obligado por las circunstancias, tuve que sostener un movimiento armado en defensa de mis garantías personales, de las disposiciones de la Asamblea, nulificadas de hecho por el Presidente Díaz y posteriormente con la presencia del ejército de Estados Unidos en tierra nicaragüense. Ese ejército extranjero, desembarcó en el territorio nacional, instaló campamentos de guerra en varios lugares de la república y llegó hasta tomar participación activa en los combates que libraron los patriotas, defensores de la autonomía contra las fuerzas del llamado gobierno de don Adolfo Díaz, desconocido por la Asamblea Nacional de Nicaragua y apoyado abiertamente, a pesar de eso, por el Ministro Weitzel y por los soldados de la Marina Americana”.

CAMBIA GIRO DE LA CONTIENDA

Mena señala a Wilson que “la presencia en Nicaragua de las tropas regulares de los Estados Unidos, hizo cambiar el carácter civil de la contienda, en una jornada nacional en que patriotas de todos los partidos políticos, se aprestaron a combatir en defensa de la soberanía, ultrajada innecesaria e injustamente, con la ocupación militar y violenta del territorio por un ejército de nacionalidad amiga, con el cual Nicaragua estaba en paz”.

En forma dramática, Luis Mena prosigue en su extraordinario documento: “La indignación se trocó en pánico y horror, cuando tras la inmensa carnicería de los últimos combates, los vencedores delirantes se dedicaban al asesinato, al saqueo y al incendio y se vio flotar entre las llamaradas y el humo del desastre, el pabellón de las barras y las estrellas”.

SU CAPTURA Y LA MUERTE DE ZELEDÓN

El reumatismo, evidentemente no le había afectado la mano para escribir su larga carta a Wilson. Mena dice que él sabía “lo desastrosa” que estaba resultando la intervención armada de los americanos  en los combates en que íbamos dominando, y cómo se iba acentuando cada vez el dominio de los extranjeros sobre nuestros pobres pueblos oprimidos y debilitados”.

Mena se rindió y mandó una carta a Zeledón, pero esta fue interceptada y nunca llegó a las manos del defensor del Coyotepe. Dice Mena: “El resultado fue una carnicería en Masaya, que bien pudo evitarse si se hubiese querido avisar al General Zeledón que yo me había separado de la lucha; y tras la derrota de los abnegados patriotas que defendían la plaza, vino el saqueo de la ciudad, el incendio de muchas casas importantes y el asesinato del General Zeledón y de muchos ciudadanos pacíficos no combatientes”.

Luego narra su prisión: “Oficiales norteamericanos me condujeron, enfermo de gravedad, como estaba, al puerto de Corinto y en vez de concederme garantías, como estaba convenido, me embarcaron en un buque de guerra de los Estados Unidos y me trajeron en calidad de preso a la Zona del Canal”, sin explicárseme cómo el anterior presidente de Estados Unidos quiso convertirse en carcelero de un ciudadano que no es subalterno suyo ni tiene otro delito que haber defendido sus derechos y la soberanía nacional de su país”.

A raíz de la carta de la que hemos transcrito algunos párrafos, Luis Mena fue puesto en libertad y alojado en un barco que lo llevó a Barcelona, donde otro exilado, el General Zelaya rumiaba su derrota.

Muchos años después, Mena pedía a Moncada que lo nombrara Cónsul, pero el presidente no firmó nunca el acuerdo.

De regreso a Nicaragua, Mena se dedicó a trabajar la tierra, alejado de toda actividad política.

El hombre que se enfrentó tantas veces a la muerte, murió asesinado en un pleito intrascendente, donde abundaba el licor.

Parecía curado del reumatismo y de la fiebre política. Murió, sin embargo, con las botas puestas. 

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GENERAL LUIS MENA

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DE LA REVOLUCIÓN DE 1909: MENA, EL MILITAR VICTORIOSO. Por Juan García Castillo. En: El Centroamericano. León, 26 de julio de 1967.

El general Luis Mena, trayendo como segundo al general José María Moncada, fue el jefe victorioso que condujo hasta la capital los ejércitos de la revolución que encabezaba por el general Juan José Estrada, estalló en Octubre de 1909.

Su calidad de triunfador le dio posición preeminente entre el nuevo régimen que se inauguraba.

Pero desde el primer momento, entre los jefes revolucionarios que habían firmado el famoso Pacto Dawson, en la legación de Estados Unidos en Managua, que estaba en un edificio de un piso que destruyó el terremoto, al sur de donde hoy funciona la Jefatura Política; desde el primer momento repetimos, comenzaron las intrigas de Estrada, Moncada, Chamorro y Mena, para eliminarse mutuamente.

Un día de tantos, el general Mena, el Doctor Cuadra Pasos  y don Alcibíades Fuentes, fueron a Corinto. Cuando estaban en aquel puerto, el general Mena recibió un mensaje confidencial en que se le informaba que no desembarcara a su regreso en la estación del Ferrocarril, que detuviera el tren en Asososca, donde sus amigos le esperarían con unas bestias listas para que se dirigiera a Granada, donde su hermano Daniel, era jefe de la fortaleza de San Francisco y que contenía abundante material bélico, pues los generales Estrada y Moncada habían dado orden de detenerlo para extrañarlo del país.

Pero Mena, que tenía un valor personal innegable, dijo que llegaría hasta la estación y así lo hizo. Allí fue capturado, pero se logró que en lugar de llevarlo a los cuarteles, le dejaran en la residencia del Cónsul inglés, señor Martin, bajo la garantía de éste, que vivía en la esquina donde hoy están las oficinas de la All American Cables.

La prisión de Mena causó sensación, pero fue más sensacional, cuando al siguiente día se supo que el general Estrada y el general Moncada salían para el destierro y que asumía la presidencia don Adolfo Díaz, después de una conferencia en que estuvo presente el Ministro de Estados Unidos.

El general Mena fue nombrado Ministro de la Guerra del régimen presidido por el señor Díaz y en tal cargo era un Ministro omnipotente. En su escritorio manejaba cientos de miles de córdobas en billetes de distintas denominaciones que repartía ampliamente a sus amigos. Subvencionaba periódicos  si mal no recuerdo, “El Diario de Nicaragua” que dirigían los hermanos Juan Bautista y Gustavo A. Prado, recibía dineros del omnipotente Ministro de la Guerra.

El poder del general Mena iba creciendo y como dominaba la Constituyente, es decir, la mayoría de los representantes eran partidarios suyos, logró que se incluyera en la nueva Carta Fundamental un artículo en que se estipulaba que el poderoso Ministro de Guerra, sería el Presidente de la República al terminar su período el señor Díaz.

Este artículo fue un bombazo para el General Chamorro, para el propio Presidente Díaz y para los dirigentes conservadores adversarios del general Mena. El Presidente Díaz dictó un acuerdo removiendo del Ministerio de la Guerra al poderoso general victorioso de la Revolución.

Mena contestó trasladándose, momentos después del anuncio, al Campo de Marte donde se refugió en una de las garitas y poco después salía para Granada. El liberalismo que aspiraba al retorno del poder vio una ocasión propicia de aliarse al general Mena, alianza a la que se opusieron varios liberales prominentes de entonces, entre ellos don Sofonías Salvatierra. Tras de Mena salieron los grupos de liberales que iban a incorporarse al general nandaimeño que había llegado a Masaya y proclamó su rebelión contra el Gobierno del señor Díaz. Encabezaba esos contingentes el general Benjamín F. Zeledón, saliendo todos por Casa Colorada.

Principió la movilización bélica. Las tropas revolucionarias llegaron a Tipitapa. Un trece de Agosto iniciaron el tremendo bombardeo a Managua y ataques a las posiciones de las tropas conservadoras, cuyo mando asumió el general Chamorro. Se notaba que los jefes liberales tenían la consigna de llegar primero a la capital, pero los jefes menistas también aspiraban a lo mismo y así se vio una carrera desenfrenada de jefes revolucionarios liberales y menistas que querían ser los primeros en posesionarse de la capital. Por el lado occidental atacó el general conservador Thomas que pereció en la lucha, trayendo como segundo a un general Rostrán, liberal, y por oriente los generales liberales. Ya se sabe cual fue el final de esta revolución. El Presidente Díaz solicitó la intervención de tropas de Estados Unidos, para que se “expeditara” el camino para que corrieran los trenes del Ferrocarril del Pacífico, que eran propiedad norteamericana y la revolución fue vencida, pereciendo el general Zeledón y el general Mena, vencido más tarde en la fortaleza de San Francisco, en Granada, fue llevado por las tropas norteamericanas a Corinto, siguiendo hasta Ancón, donde estuvo prisionero por algunos meses, regresando a Nicaragua.

Cuando regresó, fue nombrado Intendente de la Costa Atlántica u otro puesto parecido en esa zona.

Un amigo le preguntó que cómo lo habían nombrado, después de que lo habían desacreditado tanto los conservadores. Mena respondió: “En Nicaragua, nadie desacredita, haga lo que haga”.

Tipo pintoresco, era este general Mena. Cuenta don Francisco Huezo, en un libro suyo, que una vez entrevistó al militar conservador y le preguntó:

--¿Pero cuenta usted con votos para llegar al poder?

Y el general Mena campechanamente contestó:

--Para ser Presidente en Nicaragua, no se necesitan votos, sino que lo sostengan a uno “las cañas huecas” y esas yo las tengo.

--Pero a usted le hacen cargos, según las listas de Tácito, de haber recibido fuertes sumas de dinero por sufrimientos morales.

--Para eso hicimos la revolución, contestó el general Mena. Para llegar a la Presidencia y para tener dinero.

Si son ciertas esas palabras, no lo sé, pero lo que sí sé, es que el general Mena, si tuvo dinero, lo dio a sus amigos. Él murió en una honesta pobreza.

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LOS BILLETES EN EL ESCRITORIO DEL GENERAL MENA Por Juan García Castillo. En: El Centroamericano, 31 de agosto de 1967

Cuando triunfó la revolución de Octubre en 1909, el general Luis Mena era la figura más influyente en el régimen que acababa de inaugurarse.

Como Ministro de la Guerra era omnipotente. Sin residir, ni tener despacho en la Casa Presidencial, sino en la parte nor-oriental del viejo Palacio Nacional, era el verdadero gobernante. Sus órdenes jamás dejaban de cumplirse. Rodeaban al general Mena, un grupo de jóvenes conservadores inteligentes, distinguidos, entre ellos don Alcibíades Fuentes padre.

Como ocurre a los todos poderosos, las solicitudes de dinero que recibía el general Mena eran numerosas  y él era espléndido, manirroto con sus amigos.

La cantidad asignada al presupuesto del Ministerio de la Guerra a su cargo era enorme. Disponía de abundantes fondos y entonces para evitarse el estar firmando recibos para que los pagaran en tesorería general, sacaba fuertes sumas del erario, que manejaba en las gavetas de su escritorio.

El peticionario llegaba hacía su solicitud ante el General Mena. Contestaba éste con su típica voz gangosa, diciendo:

--Bueno hombre, vamos a darte algo. Y abriendo una de esas gavetas, sacaba la suma ofrecida. Había en aquellas gavetas billetes de todas las denominaciones.

Los jefes de la revolución de Octubre tenían sus maneras especiales de repartir el dinero del Estado, desde luego, a sus amigos.

Si el general Mena tenía las blancas, como decía el Maestro Prado, en su escritorio, el General Emiliano Chamorro manejaba dinero en todos los bolsillos de su chaleco, donde se aposentaban las monedas de distintos valores y en los bolsillos de la americana y del pantalón, estaban los billetes, también de distintas denominaciones. 

Conocedor de sus correligionarios, de gran retentiva de las personas que en una u otra forma le habían acompañado en sus luchas bélicas y cívicas, sabía valorar a cada peticionario y  así le echaba mano al dinero de la bolsa del chaleco o de la americana o del pantalón, según la persona.

Mena y Chamorro eran dos hombres totalmente opuestos en carácter y talvez de allí nació el antagonismo que culminó con la caída estruendosa del primero, del escenario político.

Fue famoso en el Managua de 1910 a 1912 el escritorio del General Mena, siempre repleto en todas sus gavetas de córdobas, los ansiados cordobetes, que eran el encanto del Maestro Prado...

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