sábado, 4 de julio de 2020

MURIÓ DE VERDAD VÍCTOR DE LA TRABA. En: El Nuevo Diario, 17 de Diciembre de 1980.


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"VÍKTOR DE LA TRABA"

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Liminar, Por EPV h., director/editor del Blogspot.

Luego de asomarnos en este blogspot desde diversos “miradores de la historia”, hoy, en el séptimo mes del 2020, quiero reabrir otro de los ángulos desde donde pueda divisarse el salero político, la jocosidad, el humor fino, chispeante y culto, de tiempos pretéritos. La mordaz ironía, la picardía y la risa burlona, el talante sin par de ciudadanos incrustados por esa peculiaridad existencial en el monumento de la memoria inmortal. Los que, por ese singular legado,  nunca los podrá atrapar el  mármol frío del olvido.  

Haremos el intento por reencontrar viejos y diversos testimonios sobre Dn. Alfonso Brenes Bermúdez (“Víctor de La Traba”), Dn. Gonzalo Rivas Novoa (“Ge Erre Ene”), Dn. Óscar Pérez Valdivia (“El Venerable Anciano”), Dn. Ramiro "Tipitapa" Cuadra Vega; Dr. Jesús Miguel (Chuno) Blandón, y otros. La única condición para compartir estas entregas consiste en devolverlos al presente con los relatos o testimonios de ciudadanos que fueron contemporáneos de ellos.  

Precisamente, en una entrevista realizada hace cuarenta años al Bachiller Oscar Pérez Valdivia, “El Venerable Anciano”, a través de su conducto testimonial podemos recordar a “Víktor de La Traba”.
    
El “Bachiller Pérez Valdivia” fue todo un personaje del radioperiodismo nicaragüense que, por muchos años estuvo al frente de su programa radial en Radio Corporación, en donde realizaba diversos análisis y comentarios llenos de humor y, en el  momento de llegar al final siempre exclamaba: —¿Se aprueba? ¡Aprobado!— mientras hacía sonar el ¡Cliínnn! de la infaltable campanita del aprobado.

El bachiller Valdivia era muy ocurrente e ingenioso, un día en su programa inventó aquella traslación de prefijos y sufijos entre el nombre del lago Xolotlán, en Nicaragua y el Titicaca, del Perú. Vista la situación de nuestro lago, ---decía Pérez Valdivia—hay que cambiar el sufijo del Titicaca y dárselo al Xolo de Nicaragua, así tendríamos que nuestro lago se llamaría Xolocaca y el otro, Tititlán.  — ¿Se aprueba? ¡Aprobado!—

    Otro notable ciudadano de la contribución periodística a la Memoria Histórica fue Don Emigdio Suárez Sobalvarro. En esta ocasión, publicaremos dos artículos de su autoría sobre Dn. Alfonso Brenes Bermúdez, intitulados: “Anteojos con retrovisores” y “El Museo de Rarezas”.

    Haremos lo mismo sobre el legado de Dn. Gonzalo Rivas Novoa. Intentaremos reunir distintas páginas y, datos sueltos,  publicados en diversos medios impresos. Quizás el último artículo interesante y bien sustanciado, con datos compilados y recopilados,  sea de Aníbal Zúñiga Gutiérrez, que fue publicado en la página de opinión del desaparecido "El Nuevo Diario", en fecha 7 de febrero de 2011. 

Sin necesidad de más líneas introductorias, pasemos a leer, recordar y, disfrutar. 
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MURIÓ DE VERDAD VÍCTOR DE LA TRABA. En: El Nuevo Diario, 17 de Diciembre de 1980.

    El Ministerio del Exterior daba casi como un hecho ayer la muerte del singular personaje nicaragüense, Víctor de la Traba, quien, según informes que tiene la Cancillería fue llegado a traer al hotel donde se encontraba hospedado en Guatemala por dos supuestos agentes secretos y ha sido dado por desaparecido.

    Víctor de la Traba, de unos 50 años, quien había tenido una muerte civil hace mucho, cuando se cambió su nombre original de Alfonso Brenes Bermúdez; ha sido quizás el único hombre en nuestro país que asistió a su propio funeral, hace algunos años, según dijo ayer a EL NUEVO DIARIO el bachiller Óscar Pérez Valdivia.

   Óscar Pérez Valdivia (El Venerable Anciano), quien fue muy amigo del sin par Víctor de la Traba, dijo ayer que éste “se veló solo hace muchos años” (no recuerda la fecha precisa) cuando decidió morir civilmente, y durante su entierro realizado en Masaya, hubo música, un ataúd simbólico y hasta discursos.

LO QUE NO ERA

    Compañero de una pléyade de intelectuales de su época entre ellos el poeta Manolo Cuadra, y el humorista Gonzalo Rivas Novoa (GRN), De la Traba, según el poeta Pérez Valdivia, no era “ni un personaje pintoresco ni un hombre que podía dársele la connotación de hombre inofensivo” que quiso darle hace unos días “un diario que se dice de gran circulación”.

    De la Traba, dijo el Bachiller Pérez Valdivia, era un hombre de espíritu sumamente independiente.

    Una parte de su vida la dedicó a trabajar en Casa Mántica hasta que un día decidió hacerlo por cuenta propia. Don Francisco Mántica, le dijo que no se fuera, que iba a fracasar, si se iba, pero él insistió, siguiendo los designios de su espíritu. Le contestó que no quería tener jefe...

USA SU INGENIO

     Fue cuando De la Traba comenzó a valerse de su ingenio y formó su famosa "Casa de Cobros", con los consiguientes slogans creados por él mismo: “En cuenta dura por cobrar, con De la Traba hay que hablar”; o su oficina de alquileres: “si casa quiere alquilar con De la Traba hay que hablar”. O sus variantes: “De la Traba en sus cobranzas, le da reales no esperanzas”, o “De la Traba, más que Cristo, no le dan pan sino pisto”.

     De la Traba, según el Br. Pérez Valdivia hizo todo tipo de trabajo; desde vender llaveros hasta confeccionar placas para profesionales.

   Era tal su ingenio que una vez vendió una de sus placas a la municipalidad de Choluteca con el soneto de Antenor Sandino Hernández, dedicado a esta ciudad hondureña y el cual De la Traba recitaba con gran elegancia. “Vale decir que la placa la vendió recitando el poema”, dijo Pérez Valdivia.

    La placa aún existe en el parque José Cecilio del Valle de Choluteca.

    En otra ocasión montó una oficina de Secretariado Público en la cual trabajaban los poetas, Manolo Cuadra, GRN y Guillermo Castellón.

    Allí se escribían discursos por encargo, se redactaban cartas de todo tipo, incluso para oficinas públicas o para hombres y mujeres enamoradas. De la Traba sólo preguntaba para qué hora querían el trabajo.

    En la misma oficina tramitaba partidas de nacimiento.

LOS GUACAMAYOS

    Una de sus más grandes ocurrencias fue la creación de los famosos “Guacamayos” en su oficina de cobros. Estos consistían en enviar hombres con trajes confeccionados con pedazos de tela de todo color con una campanilla en la mano a cobrar a clientes que eran duros de pagar.

    Cuando un “guacamayo” llegaba a una casa a golpear la puerta y a sonar la campanilla todo el barrio se daba cuenta de que aquel cliente era “malísima paga” y ante la vergüenza pública tenía que ceder. En esa forma De la Traba logró cobrar cuentas que sus clientes habían creído “muertas”. 

UNA CUENTA DURA

Pero su fama de implacable cobrador tuvo su punto culminante cuando le encargaron cobrar una cuenta a un embajador nicaragüense en Italia que se fue sin pagarle a Casa Mántica.

    De la Traba suplicó a todo el cuerpo diplomático del mundo recordar al escurridísimo deudor la cuenta que había dejado en Nicaragua.

    Le enviaba cartas de cobro a los embajadores acreditados en  Italia con aparente equivocación de nombre, hasta que el diplomático al percatarse de que su caso había tomado sesgo internacional, tuvo que pagar.

    En medio de su ingeniosidad para vivir su vida independiente y sin jefe que lo mandara, De la Traba, vendió cuerdas para adelgazar y una dieta efectiva que consistía en comer un bocado de comida cada dos horas. Así la gente se pasaba comiendo todo el día, pero lograba adelgazar. Vendió también la “dieta de la luna”.

   Pérez Valdivia rechazó enfáticamente el calificativo de “pintoresco”  “que le dio a De la Traba un diario “que se dice de mucha circulación”.

    “Rechazó ese calificativo, dijo el bachiller Pérez Valdivia, porque eso se podría aplicar a un Panchito Argeñal Papi, y a esos locos que ha habido en todas partes como Chupa Miel de Rivas, que vestía estrafalariamente, como la Juana Cisneros de León, el Menocal mentiroso de Granada, o La Pingüina, aquella vieja loca que se peleaba con los jóvenes de Somoto y quien canta Mejía Godoy en una canción.

    Todos esos eran tipos pintorescos. Pero De la Traba no era de esos. Era un tipo muy especial. Era distinguido en el vestir, sin caer en la exageración. Muy distinguido en el hablar, pues tampoco usaba un lenguaje rimbombante como dice ese diario. Era un hombre pulido en el hablar.

    De la Traba también vendió un curso de urbanidad llamado “Pula sus maneras”, y el tenía que ser muy pulido como director de una escuela que fué única en Nicaragua.

    Dicen también que era “inofensivo” y eso pegado a lo de “pintoresco”, da una idea de que era un loco inofensivo, lo cuál no fue porque era un hombre muy juicioso.

     “Incluso, agregó, puedo asegurar que de los libros que yo tengo, es probable que los haya leído más que yo. El se llegaba hasta mi pequeña biblioteca, agarraba el libro que le interesaba, se lo llevaba y me lo devolvía después ya leído, porque era un hombre muy honesto como lo fue siempre en todas sus cosas.

QUERÍA MUCHO A NICARAGUA

    Era un hombre que quería mucho a su patria y se consideraba parte del folklore nicaragüense.

   Cuando venía a Nicaragua me invitaba a recorrer las calles y lugares de Managua, donde había estado una cantina (“Tata Lolo”, “la Chalía”), una casa conocida, una tienda, etc., para recordar todo lo que habíamos vivido en la vieja Managua y a eso él le llamaba “un ejercicio de nostalgia”

    Otro de sus trabajos fue confeccionar un folleto que era una guía de Mangua en donde aparecían “las ventas de amor”, y con un apéndice de todas las cantinas de Managua, con sus direcciones y cualidades.

    Por ejemplo, una decía “de los Dormitorios Públicos una abajo y media al sur al subir la acera. Muy buenas bocas, la dueña es muy amable. Llegan guardias nacionales”.

    Pero una de sus grandes ocurrencias fue la de instalar una oficina de detectives privados.

    Se apuntó varios éxitos al descubrir infidelidades conyugales, pero al mismo tiempo comprobó la inocencia de mujeres que eran acusadas por sus maridos y cuyos casos le eran encomendados a él.

   Compraba catálogos extranjeros de todo tipo para introducir novedades y entre ellas vendió un aparato electrónico para ahuyentar ratones que producía un ruido molesto para esos animalitos que los obligaba a abandonar la casa ---no los mataba—pero se mudaban a la otra casa, y había que comprar en la otra casa otro aparatito y así sucesivamente hasta que los ratones se fueran retirando y retirando.

    Como Víctor de la Traba, no tenía financiamiento de los bancos ni capital de trabajo, le pagaban de contado.

    En resumen era un hombre culto, quien se consideraba budista, al punto que cuando iba a un restaurante pedía un venerable bistec, o una venerable extra de pan.

    Pero en medio de su vida tuvo una mujer de la cual esperaba no separarse nunca y la cual a su vez le había jurado amor eterno. Víctor no vaciló y le llamaba “La Eterna”.

    Era una mujer muy hermosa, blanca, pelo rubio quien le tuvo una hija. Maravillado por el nacimiento de su linda hija y por ver reproducida así a su mujer, De la Traba lleno de una inspiración poética que también lo embargaba le puso a su hija “Ráfaga Diamantina”.

SOBRE SU NOMBRE

     Sobre su cambio de nombre, en realidad no sé por qué razón se puso Víctor De la Traba, solo se que un día decidió cambiárselo, pero como tenía que llenar un trámite legal se fue al Registro Civil de las personas y se inscribió con el nombre que todos lo conoceríamos, dice el bachiller.

    No había problemas, según él, lo hacían muy a menudo todos los artistas de cine.

    Pero lo simpático del caso es que el cambio de su nombre significó también la muerte de Alfonso Brenes Bermúdez, (su nombre original).

    Entonces ese mismo día en Masaya le hicieron una gran vela a la que asistieron Rodolfo Bellorini, Anselmo Sequeira, el poeta Guillermo Castellón, los hermanos Téllez Lacayo, etc.

    La vela fue con música, con un ataúd simbólico y discursos en la calle, de manera que fue un hombre que tuvo la dicha de haber presenciado su propios funeral y eso es bello.

   Víctor De la Traba, al morir en Guatemala tendría unos 50 años. Yo creo que está muerto, pues de otra manera ya hubiera venido a ver a su madre que está muy grave en Masaya y a quien prodigaba mucho cariño  y atenciones.

El deja además de su hija, otro hijo a quien no se por qué razones le puso “Damovles” (Damocles), quien debe tener unos 14 años y a quien vi antes de la guerra en Masaya.

   Las últimas cartas de él aquí las tengo y se las voy a dar a El Nuevo Diario. El escribía dentro de su originalidad las palabras con su sonido fonético. Nicaragua por ejemplo lo escribía “Nikaragua”, los mismos Caballo con “K”. Publicamos aparte la carta y los otros aparecerán en el Nuevo Amanecer Cultural.

Víctor de la Traba

 En Rouste
                           
                18 de agosto d 1980.

           Kerido Ortega:

           Aki estoy jugando ajedres, kasino, tava.

           Aki estoy fumando en mis eternas pipas kurvas 
tejiendo i destejiendo una rara kortina d volutas.

           Aki estoy lansando piropos. Asiendo oviyejos i
comiendo frutas vitaminudas i jugosas.

            Aki estoy en Nikaragua. Aki estoy saludando 
alegremente a toda la fraterna kamaradería d mis sirkulos.

           Estoy en Nikaragua porke Nikaragua es mi piel. 
Porke Nikaragua es mu ueso. Porke Nikaragua es mi karne.

                     Kien a dicho ke me fui?

                                               Siempre,

                 LA DILIGENCIA, 14 KAYE, SONA




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Viktor de la Traba. 1968.
Fotografía tomada de Internet. Del artículo de Dn. Aníbal Zúñiga Gutiérrez. 

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VIDA Y MILAGROS DE VÍKTOR DE LA TRABA, UN NICA DE ANTOLOGÍA Por Aníbal Zúñiga Gutiérrez. En: El Nuevo Diario. 7 de febrero del 2011

Como buen Masaya, fue noble y pródigo en excentricidades.
Colaboración.-

   Mucho antes de aparecer nombres de morosos y fiadores en periódicos de circulación nacional, en campos pagados por instituciones financieras y similares, a años de distancia de los listados de ciudadanas y ciudadanos que amanecen y anochecen en papeles y cartulinas pegadas en las entradas principales de pulperías, peluquerías, ferreterías y barberías de municipios y cabeceras departamentales, existió un solo personaje que recuperaba esas carteras. Se hizo popular como “Víktor de La Traba”, de Masaya, y su agencia de detectives y cobranzas “Lince”.

Veló y enterró su apellido para volver a nacer

   Su primer nombre fue Alfonso Brenes Bermúdez, nacido en la famosa calle del Pochotillo, de Masaya.  Una vez que supo que su progenitor, el doctor  Francisco Alfonso Brenes no lo reconoció como su vástago, enterró civilmente su nombre de pila, con vela singular, asistieron sus grandes amigos, Guillermo Castellón, Francisco Alejo, Rodolfo Bellorinì, Venancio Calvo Díaz, Anselmo Sequeira, hubo  música,  féretro y toda la parafernalia colateral. Inscribió su propia acta de defunción, esperó dos días y a mediados de esa misma semana registró su nuevo certificado de nacimiento con el nombre de Víktor de La Traba.

Sólo aceptaba cobros difíciles

   A mediados de los años 40 trabajó como secretario del doctor René Schick Gutiérrez, quien fungía como asesor legal de Casa Mántica. Una vez graduado por correspondencia de cobrador profesional, instaló su propia oficina de Cobranzas, cerca del Hotel Colón, en la Vieja Managua, con ello inició uno de los episodios mejor logrados en la historia de las recuperaciones de carteras, pues Víktor de La Traba modernizó, dinamizó y elegantizó el cobro. 

   Solamente aceptó cobros difíciles y de gran cuantía, ya agotados por las gestiones de  militares, policías y expertos abogados litigantes de la materia. Para tener el éxito que tuvo, de La Traba utilizó métodos y mecánicas estructuradas de manera tal que siempre lograba obtener el dinero adeudado. Iniciaba con cartas, telegramas, radio-telegramas, telégrafos y visitas personales, seguía con visitas a amigos del círculo íntimo del deudor, hasta emboscar a la persona en lugares públicos, tales como restaurantes, bares y cines.

   Tal metodología se vio alimentada con estrategias de cobro que han sido caracterizadas como únicas, inesperadas y geniales. Constituyó un equipo de trabajo que bautizó con el nombre de Los Guacamayos, pues se vestían con trozos de telas tramadas sin forma y de colores llamativos, y con campanilla en mano, como duendes, se apostaban en las afueras de las casas de los deudores haciendo que el cobro se hiciese público y, como reacción, el ciudadano corría a solventar la obligación para detener el bochorno.

   Como dato, que se asemeja a la creatividad de La Traba, existe desde muchos años atrás en Venezuela un equipo conformado por Abogados de Cobranzas denominados Los Pingüinos que se disfrazan de esos animales al estilo del personaje de Batman. En México, sobre todo en el Estado de Nuevo León, existen Los Chaparros, con iguales características que los venezolanos.

   Uno de los cobros que quedó para la historia es el que efectuó el propio Víktor de La Traba, se sentó en la acera de la residencia de un connotado político de la época por 3  días con sus noches, hasta lograr el pago.

   A su oficina llegaban a requerir de sus servicios, profesionales, diplomáticos, altos funcionarios públicos,  elegantes damas, a todos les hacía firmar contratos, mismos que contenían cláusulas como la del 50 por ciento de lo obtenido eran para él y altos gastos de representación.

Agencia de detectives

   Colateralmente al oficio del cobro, instaló una división de detectivismo  denominado El Lince: Agencia de Detectives. Actuaba bajo estrictos y formales contratos profesionales, sus clientes eran de alto poder adquisitivo, banqueros, señoras que dudaban de la fidelidad de sus cónyuges y políticos briosos de sus mismos correligionarios. Al final entregaba en elegante sobre todos los instrumentos y hechos que resultaban de sus investigaciones, las mismas eran ejecutadas por Víktor y dos allegados. Tuvo resultados asombrosos, como incidir en el cambio de un diplomático de un país sudamericano y la recuperación de un valioso anillo de brillantes de una dama de Granada.

    Hablar de Alfonso Brenes Bermúdez o de Víktor de La Traba, es decir genialidad, creatividad, elegancia y perseverancia. Podemos llenar hojas y hojas de hechos, anécdotas y acontecimientos surgidos de este personaje, y dejo someramente algunas de ellas:

   Se costeó su educación en el Colegio Bautista de Masaya lustrando y vendiendo caramelos de maní, coco y leche-burras. Prestaba revistas, libros y documentos varios, siempre los devolvía a sus propietarios, por ello nunca le faltó ilustrarse. Usaba las uñas largas, como símbolo de poder de atención, al final se quedó con una muy larga y limpia en la mano izquierda.

   Escribía alrededor de 130 palabras por minuto, con los brazos cruzados y con sólo dos dedos en su máquina de escribir. Practicaba la magia entre sus vecinos, amigos íntimos y en eventos públicos, era poeta y profesaba la religión Budista. Comerciante de placas de señalización y productos especiales en El Salvador, Honduras y Guatemala. Nítido en su aseo personal, vestir y palabras. Nunca se casó, tuvo grandes amores.

   Se divorció de las reglas ortográficas del castellano y como consecuencia escribió las palabras que llevaban c con sus legítimos caracteres fonéticos: Nikaragua, Víktor, komer, okupaciones y otras. Vendió la dieta de la Luna, la del Tigre (agua, leche y carne) y boquear cada dos horas, con resultados óptimos.

   Amigo fiel y solidario, Julio César Sandoval, Emigdio Suárez, Manolo Cuadra, Pedro Joaquín Chamorro, Arturo Ortega Calero, Manuel Zurita, Francisco Alejo, María Jesús y Cobán Sánchez, Oscar Abaúnza, Santiago Palacios, Bernardo Sethman Gorn, Rodolfo Bellorinì, Anselmo Sequeira, Alcides Gutiérrez Barreto y muchos otros gozaron de su amistad. Dominó el inglés, italiano, alemán, latín y francés.

El museo de rarezas

   Dentro de sus grandes iniciativas y genialidades, me voy a detener en dos que a mi parecer reflejan su personalidad. A mediados de 1971 fundó el Museo de Rarezas. Tenía entre otras ocurrencias: un sillón verde para sentar Presidentes y uno Azul para sentar precedentes, un Certificado de Defunción del Mar Muerto, sellado y firmado por autoridades pertinentes.

   También tenía un suéter de llama peruana para abrigar esperanzas, una taza blanca con el asa azul al revés, exclusivas para zurdos. Un mediano reloj de pared enjaulado por que el tiempo vuela. Con el terremoto todo se destruyó, pero quienes recuerdan ese lugar, se carcajean de los materiales y colocación de los letreros. Arte Moderno dirán los expertos.

Las cartas del extranjero

   Dedicaba meses a escribir, sin salir a ningún lado, tremendas cartas a amigos, narrando episodios y visitas a lugares maravillosos, describiendo pulgada por pulgada los lugares visitados hasta poner olor a las emociones. Les ponía fechas previstas y lugares distintos del Mundo. ¿Que hacía? Bueno, una vez elaboradas las misivas, se pasaba días en el Aeropuerto Internacional, les preguntaba a los viajeros sus destinos, una vez obtenidas sus respuestas extraía de su bolso cartas fechadas en ese lugar y le solicitaba a dicha persona que las depositara en la oficina postal correspondiente, así llegaron  a los destinatarios correspondencias procedentes de Washington, New York, Chicago, Londres, Egipto, Madrid, Praga, Roma, Tokio, Pekín.

   Al tiempo que calculaba la llegada de esas correspondencias, visitaba al amigo y le ampliaba con muchos detalles los lugares visitados.

   Su muerte es tan misteriosa como fueron sus bromas. Lo hicieron desaparecer en Guatemala los militares de inicios de los años 80, que tenían una estructura de poder de criminales y fobia por los nicaragüenses.

Desaparecido

   Dicen que preguntó a un transeúnte por la dirección tal, pero el pecado fue haberle dicho “Camarada”, como de La Traba acostumbraba llamar a sus interlocutores. Se presume que el susodicho era oreja (informante) de los miembros de seguridad. Lo denunció, lo siguieron, lo citaron en un hospedaje y nunca más volvió a aparecer.

   Como si la vida se burló de él o si él se sigue burlando de la vida, no tuvo  sepelio, no hubo vela con cuerpo presente, no fue enterrado en Masaya, no hay cuerpo, nadie encontró el cadáver, sólo se dejó para la historia una comunicación oficial del Consulado nica de la época donde se afirma la desaparición de Víktor de La Traba. Sus descendientes directos  manifiestan no saber nada del lugar donde fue enterrado ni de su cuerpo sin vida. Por eso, abrigan la esperanza que un anciano con barba blanca pueda tocar la puerta algún día diciendo estoy de regreso, soy Víktor de La Traba.

   Le sobreviven tres hijos, Ráfaga de Diamantina Brenes, de unos 60 años; Luz Eugenia Brenes Castillo y don Damocles Brenes Castillo. Viven fuera del país, excepto Eugenia, quien habita en el barrio La Bolsa, de Masaya, y tiene 5 hijos. El de dos años es llamado Víktor, y según dicen, trae el brillo y genialidad de su abuelo. De La Traba parece pues que ya tiene quien siga sus pasos en la familia.

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jueves, 2 de julio de 2020

ALFONSO CORTÉS AL VIVO (ENSAYO SOBRE SU POESÍA). Por Eduardo Zepeda-Henríquez.



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ALFONSO CORTÉS AL VIVO (ENSAYO SOBRE SU POESÍA). Por Eduardo Zepeda-Henríquez. Novedades, domingo 9 de Febrero de 1969.       



   Hablar de la poesía de Alfonso Cortés, es como hablar del mundo plenamente conquistado por la poesía. Porque la obra de nuestro poeta no es de contemplación, sino de vivisección. Pero su poesía no descarna las cosas; las despoja solamente de su piel y las hace sangre, dejando al descubierto su pura realidad y su tragedia.

   “El tiempo sólo pudo ensangrentar las cosas”, dice el poeta, en un verso de resonancias griegas, en el cual no se canta al “Tiempo”, con mayúscula, sino al tiempo vital y doloroso. Por eso la poesía de Alfonso es tensa de pasión humana, hasta en sus momentos de mayor pureza. Alfonso es siempre un poeta figurativo, por comparación con el mundo de la pintura. De lo contrario, no cabría esperar de él una voz humanamente apasionada. Y la obra alfonsina está muy lejos de aquel juego de ingenio del “concetto” o del “wit”; es obra a pleno sol: de imágenes, de figuras. Negarle imaginación a nuestro poeta, sería desconocer su carácter de primer poeta actual nicaragüense. Si, a veces, su poesía parece oscura –y sólo lo parece—, es porque quien la lee se ha deslumbrado, cegándose con la luz solar de la misma. Todos los poemas de Alfonso se hallan prietos de realidad y concreción, como su propia caligrafía de apretados garabatitos. Que nadie se engañe con esta poesía viva y muscular, queriendo ver hasta en la moda modernista –más de ocasión, que de vocación— de escribir ciertos sustantivos con iniciales mayúsculas, o de cortar los versos después de vocablos átonos.

   Ningún servicio se le hace al poeta Cortés diciendo que es abstracto, ya que la sola poesía es concreción. El ser, objeto propio de la metafísica, en la obra de Alfonso jamás resulta objeto, sino motivo. Porque allí lo abstracto se da únicamente en función de lo concreto. Y así el pitagorismo alfonsino es apenas literario. Cuando nuestro poeta escribió que “Un trozo azul tiene mayor intensidad que todo el cielo”, expresaba una verdad poética y existencial; pero, además, personalísima y afectiva, como que la palabra “intensidad” no tiene el significado intelectualista –físico matemático— de “energía”, sino el de “vehemencia”, que es un grado del sentimiento. Todos los versos de Alfonso tienen huellas digitales. Y no quiero decir que no trascienden, sino que su trascendencia pertenece al orden de lo vital, y es un resonar desde el poeta en persona hasta los confines comunales del hombre –de los hombres—, hasta las más remotas oleadas del tiempo— de los tiempos—.

   Alfonso vive su poesía y su tragedia, como si fuesen una misma cosa Y el poeta, significativa y desgarradoramente, se pregunta:

   “¿Es que yo he de ser siempre un punto alucinado donde resuena el múltiple eco del Universo? (“El poema Cotidiano”). En esa superposición de planos, en que casi se identifican la tragedia pometeica de Alfonso y su creación artística, reside el misterio de su obra. Aquí no hay  metafísica, sino vida: la vida del hombre Alfonso Cortés; el mismo que confiesa más adelante:

   “y he pensado a menudo que la vida es la crítica del Tiempo y el Espacio…”

  Pero del espacio y el tiempo metafísicos, como inmóviles categorías; no del tiempo que corre al ritmo de la sangre, del tiempo que nos desvive, y cuyo hiriente paso hace cantar a nuestro poeta:

  “crucemos en silencio, ante la fuga del tiempo, audaz bajo invisibles látigos…”  (“Tardes de Oro”). Este, y no otro, es el tiempo de Alfonso, el mismo de Quevedo, quien también había cantado: “Bien te veo correr, Tiempo ligero…” Por ello, el misterio alfonsino es poético y humano; nunca teológico. No es un “símbolo de la fe”, sino un símbolo de la vida; un misterio sensible, que se canta; un “secreto a voces”:

   “… y, en vapor misterioso, echa el chorro de tu vida como un enorme canto…” (“Me ha dicho el alma”).

   Acaso lo más acertado que se haya escrito sobre Alfonso sea la siguiente  frase de Thomas Merton: “Puede decirse que Cortés es un hombre de pocas experiencias poéticas básica…” Yo afirmaría algo más –o tal vez menos— que nuestro poeta tiene una sola y dilatada experiencia que es poética a fuerza de ser existencial; su experiencia de hombre-montaña encadenado a un lirio; como en el verso de Rubén. Y no le demos a Alfonso más crédito que el poético y literario cuando habla de “éxtasis” o de “místico”; palabras que cumplen, sobradamente, su función poemática. El “éxtasis” que dice el poeta Cortés, no tiene significación esencial, a diferencia del estado místico; es siempre un “éxtasis” adjetivado por un adjetivo: “éxtasis feliz”, “éxtasis crepuscular”, etc. Porque tomar esas palabras alfonsinas en sentido literal, equivaldría a ver dentro del poema una nomenclatura de la ciencia teológica. La poesía mística expresa síntomas y no diagnósticos. He aquí la diferencia que va de la obra poética de San Juan de la Cruz (“no diré lo que sentí, que me quedé no sabiendo toda sciencia trasdendiendo), a sus comentarios teológicos de los mismo poemas. ¿No es ya un síntoma de temporalidad el hecho de que en el poema más puro de Alfonso, y en sólo doce versos, se cuenten hasta diez formas verbales a saber: “tiene”, “siento”, “vive”, “pasa”, “dando”, “despedaza”, “se derraman”, “siento bullir”, “estando”, “me llaman”; o que más de las tres cuartas partes de los sustantivos usados allí, sean de cosas materiales? Junto a la temporalidad, se da también la realidad espacial, sobre todo en el último verso:

   “que estando aquí, “¡de allá me llaman!”

  Y no se juzgue como “poesía metafísica” el contenido de definiciones conceptuales –nada novedosas—, que son simples devaneos de Alfonso, y que tienen una naturaleza distinta de la poética, como aquello de “…que el infinito es círculo sin centro y el número la forma de lo que es materia.” (“Yo”).

   Se trata de lo que el Poeta nos da por añadidura; pero que, por supuesto, no añade nada a la gran poesía alfonsina.

   Alfonso es, antes de Vallejo, el único poeta puramente existencial de Hispanoamérica, y de aquí su estremecimiento religioso. Existencial, y no “existencialista”; así como su religiosidad no tiene nada de misticismo. Por eso me sorprende que los críticos de la poesía alfonsina hablan de mística, olvidando el carácter radical de Alfonso como radicalmente temporal de la que su objetivo central es el tiempo; a diferencia de la obra desasida y angélica de los místicos españoles. La poesía de Alfonso Cortés es escrita por un hombre, y para sus semejantes; poesía directísima, porque sigue el camino más corto, que es la línea recta de hombre a hombre.

   Es cierto que Dios preside la palabra de nuestro poeta:

   “Y quedarán los enamorados –como despiertos— y dos a dos, la mirada fija en los Sagrados Poros de eterno sudor  bañados,
de la frente arrugada de Dios”. (“Pasos”).

   Pero esta estrofa sólo parece un testimonio de vista de la Divinidad o, más bien, una obra maestra de la imaginería, y nunca la “llama de amor viva” de la unión mística. Hay demasiados detalles en los versos de Alfonso Cortés, para que se pretenda emparentarlos con la absoluta dificultad expresiva de las experiencias del misticismo. Él mismo canta, como delineando su poética personal:

   “y uniré los detalles de forma, luz y acento…”

   Y “Un Detalle” se llama, precisamente, su más celebrado poema. Todo lo cual resulta ajeno a lo inexplicable de la mística, cuyo mejor ejemplo se tiene en este verso de San Juan de la Cruz:

   “un no sé qué que quedan balbuciendo”.

   Entre paréntesis, yo prefiero el título original de “Un Detalle”, al de “Ventana”, porque no creo lícito anticipar la “composición de lugar” del poema así nombrado, que Alfonso quiso dejar en misteriosa sugerencia hasta la segunda estrofa, la cual dice expresamente:

         “muy lejos, desde mi ventana…”

     Pero, además, “Un Detalle” –sin tomar en cuenta su relación con lo pictórico— resulta eufónicamente bello, como que sus vocales (u-e-a-e), que aparecen colocadas en base a una variación de las impares  y a una repetición de las pares, siguen la clave musical de la rima. Y el contenido mismo de esos términos, al referirse a algo circunstanciado, corresponde con exactitud a la posible ocasión del poema alfonsino y a su sentido vivencial.

    Alfonso Cortés, al igual que Rubén Darío, se nutrió en la tradición de la poesía castellana. Pero si, conforme el viejo método de la crítica literaria, fuera preciso buscarle una ascendencia poética en línea directa, ésta no se hallaría en San Juan de la Cruz, sino en Quevedo, es decir, en la poesía española más existencial. La preocupación de Alfonso por el tiempo sólo puede tener parentesco legitimo con la de Don Francisco de Quevedo, el poeta que se defendió de este modo:

    “soy un Fue, y un Será, y un Es cansado”.

    Encandilada, asimismo, por los elementos sensoriales de la poesía de Alfonso, la crítica ha tropezado con insistencia. Se apunta, como típicamente alfosina, una fusión o confusión de los sentidos, en virtud de la cual, por ejemplo, la vista oye: “la visión es sonido”, escribe Alfonso en su poema “La Danza de los Astros”. Pero el mismo cambio de funciones sensoriales aparece como característico en los versos de Quevedo, en cuyo “Soneto desde la Torre de Juan Aband” puede leerse: “y con mis ojos oigo”. Otro barroquismo semejante, supuestamente peculiar de nuestro poeta, es aquello de que, para él, resulta audible hasta el silencio, como en su pitagórica “música en silencio de la luna”. En cambio, no se advierte que el fenómeno es propio de la poesía española clásica y, especialmente, del mismo Quevedo. Suyo es el siguiente endecasílabo: “al músico silencio están despiertos.

   …Y Quevedo, no sólo escucha el “músico silencio” sino también, como la haría Alfonso, el “músico ruido”:

    “Con acorde concento, o con rüidos músicos”

   Se ha señalado igualmente, como nota distintiva en Alfonso Cortés, que, a sus ojos, el tiempo toma cuerpo y casi se personifica:

   “la hora, triste de espacio, yerra”. (“Ángelus”)
“…y se acerca desde la torre una hora…” (“Desde la Orilla”)

   ¿Y no es esto, acaso, lo que le acontece a don Francisco de Quevedo en tantos lugares de su Obra? Él es quien dice: “En fuga irrevocable huye la hora…” (“Soneto desde la Torre”) 

  “y la hora secreta y recatada con silencio se acerca…” (“Arrepentimiento y lágrimas…”).

   El cotejo podría continuar con sólo recorrer toda la escala de los sentidos, en la que Alfonso como Quevedo, alcanza una embriaguez sensorial, que se resume en este verso quevediano, veradero triunfo del olfato:

   “Dadme aquí los olores cuando huelo”.

   Sin embargo, no se lograría con ello nada sustancial, porque se trata de sensaciones figuradas, por las cuales, sin duda, el lenguaje de Quevedo suena a moderno, y el de Alfonso a clásico, pero que, como tales imágenes, no son el mar de fondo de una gran poesía.
        
   Alfonso Cortés es el primer poeta que dejó de ser modernista en Nicaragua; y no por oposición, sino por posición poética personal. Dio sus pasos iniciales de la mano de Rubén Darío; pero muy pronto se encontró a sí mismo. Y a pesar de que Rubén le hizo sombra, al llevarse toda la gloria –dada la creencia de ambos en el tiempo—. Alfonso ha quedado en la poesía de habla castellana como uno de esos desconocidos en la pintura de El Greco, con el alma en los ojos, cargada de preguntas y vaticinios. Porque si, ciertamente, la lírica de Darío resulta más vasta en su dimensión horizontal, en su mayor registro; la de Alfonso Cortés no le cede en la vertical.

   Pero es Alfonso un estupendo versificador, como también lo son, sin excepciones, los otros poetas nicaragüenses verdaderamente grandes, y conviene recordar esto ahora que, entre nosotros, se va perdiendo el domino del instrumento propio de la poesía, no obstante el movimiento de renovación de la estrofa clásica, aún recién iniciado en las dos orillas de nuestra Lengua. En Rubén se hizo carne la armonía; pero me atrevo a declarar que, particularmente, la arquitectura del soneto en Alfonso tiene más perfección que en la obra dariana. Ni en las adiciones de “Azul”, de 1890, ni en “Las Ánforas de Epicuro”, de “Prosas Profanas”, ni en los quince sonetos de “Cantos de Vida y Esperanza” –entre los cuales hay maduros universos como el dedicado a “Phocas el Campesino”— ni allí, digo, se encuentra tanta maestría, como en este bello soneto milagro de composición, que Alfonso tituló “Las Hermanas”,  y cuyo verso último, sorpresivo y paradójico, vale por un poema de crudelísima ternura:

Hada es la luz, Estela la armonía,
y Teresa la gracia. Y en Teresa,
en Estela y en Hada, culmina esa
fiesta de amor que hace perfecto el día.

Una canta. Otra sueña. Otra confía
al tiempo errante su ilusión ilesa,
y en la sonrisa de las tres se expresa
la suprema verdad de la poesía.

Las tres hermanas en felices horas
hilan en ruecas de ilusión sus vidas,
como la encarnación de tres auroras

gemelas, y en sus danzas y en sus juegos,
van hacia la Esperanza, precedidas
por un coro feliz de niños ciegos.

   Sin embargo, Rubén se muestra insuperable en el ancho abanico de metros y estrofas. Baste una sola prueba, en gracia a que pertenece a un ritmo tan difícil, como es la imitación en castellano del hexámetro de la “Salutación del Optimista”, de Rubén Darío:

1                 2                 3                 4                 5
“Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda…”

Y he aquí, en comparación, también el primero de “La Odisea del Istmo”, del poeta Cortés:

1                 2                 3        4                 5
“Hexámetro, déja que ríja tus poténtes cuadrígas…”

   Es natural que, en favor del hexámetro alfonsino, se recurra a licencia de acentuar, asimismo, la partícula gramatical “tus”, con lo cual dicho verso gana en ritmo, a costa de un esfuerzo de pronunciación.

   Pero no he pretendido hacer un estudio de la versificación en Alfonso, que acaso realice en mejor oportunidad: trataba solamente de ejemplificar una leve referencia a la relación que existe, en la poesía de Alfonso Cortés, entre el poder de extensión y el poder de penetración, entre sus condiciones musicales y su capacidad genial para iluminar desde dentro al hombre vivo, al mismo que –anhelante o abatido— tropieza con las cosas.

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martes, 30 de junio de 2020

UNA VISlTA A ALFONSO CORTÉS. Por: Juan Aburto. Novedades Cultural. Domingo 9 de Febrero de 1969.


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La celda de Cortés en el Hospital Psiquiátrico se convirtió durante sus años de reclusión en centro de peregrinaje para estudiantes e intelectuales. 
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La camioneta vuela como obsedida y raspando el paisaje veloz produce una sensación de locura verde. Vamos hacia ALFONSO CORTÉS.

Para llegar hasta Alfonso se atraviesa un paisaje horrendo. Primero, la cinta de la carretera, que hipnotiza; el cadáver azul del lago cercano, un espantoso diente de piedra quemada surgiendo del suelo junto a la carretera, deteniendo todo el sol bútrico de Occidente, los nubarrones indecisos, era ya noviembre, el portal frío y negro del asilo, las primeras caras de extravío.

Se va llegando a Alfonso Cortés. Son: Luis Rocha, Yllescas, Sergio Ramírez, Octavio Robleto  y un amigo. Entramos en fila india, con recogimiento. Alguien nos conduce: allá es, en aquella celda. Solo vemos una ventana a lo lejos. Otra adorable ventana

Aquí se asomó Alfonso Cortés, diremos 100 años más tarde. Allí se asomó Rubén Darío, venimos diciendo desde hace 100 años. Desde aquella torre se asomó Joaquín Pasos, diremos 1000 años después.

Antes de Alfonso Cortés, están: un joven que conozco y ojalá sea visitante. Laboramos un tiempo en aquel lindo manicomio áureo que es el Banco. El joven lee su novela policial, me mira, retorcidos lo ojos, por debajo del libro; me ignora enseguida. Se echa encima del rostro las páginas que lee, mira pensar qué, Dios mío, mira las copas de los árboles azulosos, medita, se distiende en un sillón, con los ojos, vuelve a mirar la luz, vuelve a pensar a pensar qué,  ¡Dios mío! Mira las copas de los árboles azulosos, medita, se distiende en un sillón, con lasitud; mira a lo lejos, mira atentamente el aire, es feliz. Y yo desfallezco de envidia.

Después, otra fase de lo espantoso. Es ahora un niño, escasos diez años. Un niño a quien los padres quizás, abortaron y se deshicieron de él. Es como un ternero maneado, empiyamadito. Y maneado, atado de pies y manos, derribado en el suelo por la tara que lo acorrala por todas partes. Emite uno como “chist, chist” constante, como de chicharra desalada. Se golpea de cabeza, de pies, de manos, tremendamente contra los ladrillos helados; se dijera invadido de pronto por un  “ataque” y que se va a destrozar contra el suelo. Se vuelve repentinamente y muestra la naricita fina, los pómulos núbiles, la miradita remota, anhelante, y el labio espantosamente hendido, con pequeñas granulaciones repelentes. Echa espuma, vomita, juega con su espuma, se revuelca y creo que está contento. Va golpeando el suelo con cada porción de su cuerpo, otra vez, otra vez…

De repente las voces, las grandes voces de mis compañeros hablando con Alfonso Cortés. La voz de Alfonso Cortés desconcierta un poco. Es más bien baja, suavemente aguda y su vida no está a tono con el gran corpachón de Alfonso. No percibo lo que dicen los jóvenes poetas y el poeta loco. Presentaciones insulsas que el gran viejo no oye. ¿Y usted, que tal está, poetá? Alfonso Cortés se retrae y mira atentamente, agazapando en su interior toda su locura esplendente. Hablan. Sabe, poetá, mañana viene Ernesto Cardenal, el poeta, amigo suyo ¿recuerda? Alfonso medita un momento. Ah, sí Cardenal, el poeta, ya sé, sí. Pero dígame, y el otro Cardenal, poeta, el otro, ¿sí el otro? No, no es cardenal, es poeta, digo, o cosa así, el otro, vive en León. ¿Cuál otro? preguntamos ¿el Padre Pallais, poetá? Ah sí, ése, él, el Padre Pallais, vive en León, pero viene aquí a Managua y lo conozco, somos amigos. ¿Saben? Dicen, uno dijo que somos iguales. Tal vez cuando yo use la tonsura o cosa así, verdad? Porque yo no soy igual, yo no soy… Alfonso baja la cabeza anciana, medita un poco y vuelve a nosotros. Yo siempre creí que él era un poeta detestable, siempre lo creí, pero ustedes saben, el respeto religioso, se trataba de un sacerdote o cosa así, así me recomendó mi amigo Félix Pedro López. Yo soy otra cosa, yo soy apóstol de las letras, como San Pablo, como San Andrés; no, como San Andrés, no. San Andrés es el de la pornografía, es pornográfico. Yo soy buen tipo, yo soy hombre regular, sí, yo, pero yo estoy aquí desde el tiempo del doctor Sacasa, preso, yo estoy aquí, y quiero irme para Costa Rica o aunque sea a León. Sí. Yo soy apóstol, como Núñez de Arce, que es apóstol, pero el poeta más grande de España es Quevedo. Sí, muchachos. ¿Cómo te llamas tú? ¿Rocha? Ah, sí, Rocha; ¿no eres Solórzano? Yo maté a Solórzano. Lo maté porque soy apóstol o cosa así, pero eso era política o cosa así; muchas gracias, muchachos, cuando ustedes me dicen eso, es política.

Alfonso Cortés no admite diálogo Le preguntan los visitantes, le repreguntan, pero quizá sus voces son muy tímidas, respetuosas y temerosas, porque saben que ellos están ante Alfonso Cortés, así, loco, sucio y de saco, amable y  amado, verboso de locura, sonrosado, anciano, blanco, apostólico, puro, seguro de sí mismo, saber de su propia altitud en medio de las sombras, dramático, enternecedor y sollozante, pues Alfonso Cortés sabe que habla con poetas y llega hasta las lágrimas cuando “ebrio de azur” nos confiesa algo.

Ahora se ase a los conceptos, formula cuidadosamente la frase que se le derrumba después en el abismo de su mente en derrota. Sin embargo, prepara nuevamente, y la ensaya. Yo maté a un hombre, no, fue a dos hombres o cosa así, a Félix Pedro López, mi amigo, él me dijo que no, que Argüello y al otro. Quisieron sacar pistola y yo sin moverme los maté. Pero soy  hombre regular, casi no hay hombre regular, sólo alguien, buen intelectual, puede llegar a ser hombre regular. Sólo Quevedo. ¿Y Cervantes, poetá? le preguntan. Ah sí, le he estado leyendo, pero es místico, es de iglesia y yo no tengo compromiso con nadie, menos con el clero. Yo soy grande.  ¡Yo me echo con ese hijueputa de Rubén Darío! (Alfonso grita esto y se exalta). La familia Martínez  ya ha dicho que soy más grande que Darío. Se aplaca un tanto, apenado.  – Perdón, existe allá arriba un Jesucristo y yo no debo decir cosa mala, por respeto, pero me echo con ese, me echo, ¡porque soy más grande!

La voz de Alfonso Cortés suena ahora exaltada y profunda, ha adquirido gravedades de tonos que él no usa normalmente. Yo miro la arboleda verdioscura que circunda su celda, en esta hora santa de la tarde,  y noto una bruma blanquecina que se mezcla y destaca entre las cosas, se adentra en el ramaje elevado, persistiendo, lucha entre todo aquello, y me agrada mucho porque es neblina, rara en Managua, este noviembre, y ya voy sintiendo el frío de la helada próxima. Pero no es niebla, es humo blanco de los desechos de ramas secas que queman los otros locos afuera, entre los árboles; así lo avisa la nariz y enseguida lo compruebo.

Varias “salta piñuelas” entre tanto bajan chillando con grititos que suenan como besos rápidos, chupados, de amantes de mal gusto o de padres de familia exagerados. Y hay, rodeando la celda de Alfonso, una tapia enana con tejas, como en un cortijo, y unos rosales pálidos, casi junto a la ventana de Alfonso, que una mujer repelente (¿será enfermera cuerda o enemiga de lo bello?) va arrancando y acomodando violentamente.

Un anciano abrazando tiernamente un bote grande, la mirada fija y perdida, seguro, inevitable, va bajando interminablemente una grada, y subiendo, y retrocediendo y volviendo a bajar, y volviendo a subir, con la mirada pobre y  senil en alto, cansado y decidido y quizá feliz. El poeta Robleto me da un codazo y señalando ingenuamente, pregunta:

    — ¿Y  a ese pobre señor, qué le pasa?
   — Pues que es loco, poetá; estás loco?

La voz de Alfonso Cortés vuelve a subir por encima de todos. Ha estado hablando toda la tarde con nosotros, sin dialogar; no admite diálogo. Como su propia poesía es él, no admite diálogo, ni mensura, ni referencia alguna. Habla y habla. Le piden opiniones que diga lo que piensa sobre ciertos poetas nuestros. Se vuelve a exaltar. ¡A ese hijueputa un billón de veces de Darío Sarmiento, yo lo voy a derribar! Ya me han dicho. Perdonen. Ahí está Cristo Jesús. Es pecado, pero ya van a ver. Estoy escribiendo una comedia social o cosa así y ya van a ver. Después va decir la gente si yo o él. Hay poetas, pero no conductores. Sólo José Martí es más grande que Darío. Núñez de Arce es grande en España, pero respeta a Quevedo, que es el señor, así me dice mi amigo Félix Pedro López, o cosa así. Y  si no, oigan. (Lee un libro que lleva bajo el brazo un presunto elogio de Núñez de Arce para Quevedo y mis amigos me aseguran que no lee nada, recita de memoria algo).

Mis amigos le ofrecen una libreta para que escriba, y lápices. Los rehúsa. Le piden poemas. Pregunta por los que dio otro día y promete dar nuevos cuando vea publicados aquellos. Pide que le ayuden a salir de allí, para ir a fundamentar su literatura aunque sea a León o Costa Rica. Yllescas lo acosa a preguntas, quiere saber, es primera vez que ve al enorme Alfonso Cortés y quiere asombrarse aún más. Alfonso se retrae, alerta, acechante, escamado. Y tú, ¿está enfermo? ¿Yo, poetá?, es la camisa amarilla, tal vez, y la penumbra de la t arde, contesta Edwin. No, tú está enfermo,  yo lo veo, me has atacado toda la tarde, cuatro veces me has atacado. Estás enfermo…

Ramírez insiste en darle la libreta que compramos para él. Es para que escriba, poeta, papel limpio. No, —rehúye Alfonso— aquí tengo papel, pero si insistes, yo podría robártelo, digo, yo podría hurtártelo o cosa así, en mi provecho, pero no quiero. Entonces, dice Yllescas, quisiéramos alzar (sic) la libreta aquí en su cuarto, para la semana próxima que vengamos… Pues yo no soy cofre de ustedes, ¿verdad?, exclama olímpicamente Alfonso, y nos señala la puerta de su celda. Nosotros reímos alegres, reímos mucho y él también. Está contento. Nos alegramos todos. Yo miro los barrotes tristes. Miro la tarde azul. Me aparto. Los oigo ya de lejos a mis amigos.

Un hombre va y viene muy serio, acomodando ropa limpia de locos un buen rato. Lo toco en el brazo: Eh, oiga, aquel joven que está allá, ¿también es enfermo? El hombre me contesta con un silbido, se aleja cantandito y retorciendo los ojos. Un tipejo extraño, con la camisa roja salida y sin calcetines, toda la tarde ha estado jode que jode con un radio que le cuelga del pescuezo. Se acuesta, se levanta, nos escucha un rato, cambia la estación, la vuelve a cambiar, camina, vuelve, se va. Por fin, después de dos horas, se decide —¡es el loquero de Alfonso!— y nos notifica. Les voy a sacar el loco allí afuera, porque aquí es prohibido. Alfonso no le hace caso, se resiste, dice no sé qué cosas confusas acerca de León y la poesía;  y nos recomienda que no seamos abogados; no puede ser hombre de letras ni poeta un abogado, afirma. Nos agregó otras declaraciones de esteta que me recuerdan su verso admonitivo:

          “Soñad, soñad, entre la vida diaria”.

Otro hombrecito, con sombrero absurdo, de bluyín arrollado y de cara empolvada, pretende retirar al anciano que baja y sube. El enfermero. El anciano muge y quiere llorar, pero no habla. Muestra con gestos desolados que en alguna parte hiede mucho por ahí y que no quiere ir. El hombre lo guiña y retuerce los ojos, pide ayuda al tipo del radio; éste se cansa del forcejeo y vuelve a cambiar la estación. Yo miro la tarde que nos reclama urgentemente desde afuera. Hay un muchacho que hace malabarismos obsesionados con un cigarrillo que no fuma nunca; y varios hombres impasibles como estatuas, idos.

La tensión del encuentro que hemos tenido y el paisaje angustiosos nos va ascendiendo y girando como una gran temperatura dentro del cráneo: La tarde, esta tarde, estos locos, los poetas, los amigos, los locos, tapias, voces, rosales pálidos, Alfonso Cortés, humo, voces, la voz de Alfonso Cortés resonando todavía.

Una mujer aniquilada sonríe anhelante a nuestro paso. Quiere decir adiós, alza su brazo y se me prenden sus ojos abismados para siempre.            
                                   JUAN ABURTO



domingo, 28 de junio de 2020

A LOS DIEZ AÑOS DE SALOMÓN MUERE ALFONSO. Por el Lic. Máximo H. Salinas Zepeda. Novedades, miércoles 5 de Febrero de 1969.


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A LOS DIEZ AÑOS DE SALOMÓN MUERE ALFONSO. Por el Lic. Máximo H. Salinas Zepeda. Novedades, miércoles 5 de Febrero de 1969. Año XXXII. No. 10497. 

Febrero, el benjamín de los meses, tiene especial trascendencia para Nicaragua, en 1916, Febrero se nos llevó a Rubén Darío. En 1959, el 5 de Febrero, se nos fue Salomón de la Selva. Y este Febrero de 1969 se nos está llevando a Alfonso Cortés. Entre los grandes que Nicaragua le ha dado al mundo de las letras, sólo Azarías H. Pallais se escapó de Febrero. Como en las cordilleras cada cumbre tiene su individualidad y forma parte, sin embargo, de las sierras; como en la concatenación  de las ideas cada una tiene su propia importancia y contribuye, sin embargo, a la mayor importancia de la frase; como en la Trinidad Divina, el Padre, el Hijo y el Espíritu tienen, cada cual, su identidad personal y, sin embargo constituyen un solo Dios, así, sin pretenciosas y desautorizadas comparaciones, cada uno de ellos en su dimensión propia, no personalísima menos universal, Rubén, Salomón, Azarías y Alfonso, son, en conjunto la contribución de Nicaragua al patrimonio cultural de la humanidad. Por ellos puede decirse que Nicaragua no es un país al que debe medirse por kilómetros cuadrados, sino por la trascendencia del pensamiento de sus hombres. Sólo en la sólida unidad de nuestro reconocimiento hacia las cuatro manifestaciones de una misma grandeza, hallaremos la madurez de un justo orgullo nacional.

Por Alfonso, desaparecido apenas hace dos días, recordaré una oración que Salomón escribiera para Aquiles Aqueo: “…otros, mejor que yo, puedan cantarte ahora –que antes no te cantaron— otros mejor que yo puedan cantarte aunque no vivas y cuando ya no seas sino historia…”. 

Rubén tendrá su torrente anual de panegíricos: de quienes, en recogimiento, veneran su memoria, y de los entusiastas enamorados de ocasión. 

Azarías no es de Febrero y cuando llegue la fecha de su aniversario, recibirá, estoy seguro, el justo tributo que merece la alcurnia de su genialidad poética.

Pero de Salomón poco y pocos nos hemos acordado y no es justo para él ni para Nicaragua ni para las letras, que no nos acordemos.

Pedro Henríquez Ureña, gloria de las letras dominicanas, escribió de Salomón que: “Si es verdad que su obra es extraordinaria más extraordinaria aún es personalidad”. Hoy, al cumplirse diez años de su muerte no voy a recordar los detalles de la obra de Salomón de la Selva. Voy sólo a compartir con mis lectores algunos retazos de su vida. Tal vez así los comprendamos mejor y nos interesemos más por conocerlo.

Desde luego, yo había oído hablar de Salomón de la Selva, pero no lo conocí personalmente sino hasta en 1957. Yo había llegado a México –donde él tenía ya más de veinte años de residir— en gira de negocios, y aunque ya había estado en Yucatán, aquel era mi primer viaje a la capital mexicana. Era mi primera oportunidad para buscar al legendario personajes que, por sí y ante sí, se mantenía exiliado de una patria –Nicaragua— a la que amaba entrañablemente, y había encontrado en otra –México— el calor humano del reconocimiento, de la fortuna y de la fama.

Alguien, en Nicaragua, me había dado su dirección. Era en las calles de Moya de Contreras, en las aristocráticas Lomas de Chapultepec. Un palacete digno de un príncipe que, después lo supe, le había regalado su hermano don Rogelio. A la puerta de la verja del jardín ladraba furiosamente un perro. Una sirvienta de uniforme me respondió el timbre y, sin hacerme pasar, me informó que quien vivía allí era el Ingeniero Salomón de la Selva. Su padre, el Poeta, se había trasladado a la mucho menos aristocrática Avenida Chapultepec, a media cuadra de la triple esquina con Insurgentes y Oaxaca. El mediano Edificio de Apartamentos no era feo, pero estaba muy lejos de ser principesco. El portero –entre conserje y policía— amablemente y sin ladrar me condujo hasta la puerta del primer apartamiento de la planta baja. No me abrió una sirvienta uniformada ni sin uniforme. Me abrió un hombre de mediana estatura, con más que carne que hueso; el cabello sedoso, color de plata limpia, peinada hacia atrás; las cejas pobladas, espesas, las puntas hacia arriba, y del mismo color;  y, debajo de las cejas, los ojos más azules y penetrantes que me habían visto en mi vida. No le pregunté nada porque no lo dudé ni un momento. “Usted es Salomón de la Selva” –le dije— “Yo soy Máximo Salinas Zepeda”. Por una atracción infinitecimal (sic) de tiempo se hicieron más azules los ojos. Luego me abrió los brazos y pronunció el nombre de mi madre, Mercedes, su prima hermana a quien por los veinte años de su exilio semivoluntario, no había visto. Esa noche la pasamos en vela. No paramos de hablar hasta en la madrugada.

Al día siguiente no quiso oír razones. Me hizo acompañar por su hijo Juan y juntos, trasladamos mis maletas del Hotel Regis al pequeño apartamento de la Avenida Chapultepec.

Así empezaron los primeros seis meses de mi asombroso aprendizaje con Salomón de la Selva. En la pequeña sala, amoblada con un sofá y dos viejos sillones estilo provencial (sic) francés, polvorientos y cubiertos de libros, estudió los cálculos ingenieriles y económicos que él había preparado como anteproyecto de la presa Falcón, que se construyera durante la gestión presidencial del Licenciado Miguel Alemán y le diera a México una inmensa extensión de tierras labrantías. El Poeta había expresado sus sueños en números y con habilidad de estadista, los había convertido en realidad. Allí vi la exposición al Pdte. en que se exaltaba la necesidad de un gran centro que fuera refugio y norte para la juventud estudiosa de habla hispana en América, y vi el movimiento de los hilos financieros que habían hecho posible la construcción de la Ciudad Universitaria de México.

Otros sueños del Poeta, esta vez realizados en cemento, belleza artística y continuado esfuerzo colectivo de la superación intelectual y moral.

Allí, en la pequeña sala del Poeta, junto a él, leí con impaciencia y avidez, su obra monumental “Ilustre Familia”, esa maravillosa amalgama de erudición y soltura literaria que fuera exaltada por Jawaharial Nehrú, entonces Primer Ministro de la India y heredero de Ghandi, como la más importante obra política de nuestro siglo. El Poeta en su función más elevada: consejero y gobernantes para bien de los pueblos. 

Allí lo vi recoger los delicados aromas de maravillosos poemas líricos, inéditos, para mandarlos luego, con la mayor modestia, bajo un pseudónimo  gracioso y significativo y con el título de “Versos y Versiones Nobles y Sentimentales, al concurso literario que, en esos días, patrocinaba el gobierno de Venezuela en conmemoración de la muerte de Andrés Eloy Blanco.

El original se perdió con el caso subsiguiente al derrocamiento de Pérez Jiménez y, con él, se han perdido, hasta le fecha, algunos de los sueños más íntimos y delicados del Poeta.

Y allí me contó el último de sus sueños; el que había de convertirse en su gran sinfonía inconclusa: el libro y el monumento. Una obra histórica basada en documentación que había encontrado en el Archivo Secreto del Vaticano, la moderna democracia. Un emperador absolutista que detiene proyectos papales. Un humilde sacerdote, evangelizador de Nicaragua, que es la inspiración del Papa. Y la reivindicación del honor de una bella mujer, hermana del Pontífice. 

Paulo III y la Bula “Veritas ipsa”; Carlos V y de Alemania y I de España; Fray Bernardino de Minaya y Giulia Farnese. Era necesario que Salomón volviera a Europa y escribiera la obra.

Fue así que llevé a su casa a mi buen amigo el entonces Capitán José Agurto, Agregado Militar a la Embajada de Nicaragua (ahora Coronel) y entre ambos, lo convencimos para que hiciera una vista a Nicaragua.

De esa visita nació, por pedimento del Presidente Luis A. Somoza Debayle, su nombramiento de Embajador sin Sede en Europa, el cual le permitió completar las investigaciones necesarias para la gran obra que había ya comenzado bajo el título de “Cartas al Presidente de Nicaragua” cuando lo sorprendió la muerte en el Hotel Montana Tulleries en París, hoy hace diez años, mientras íbamos rumbo a Madrid para recordar a Darío en su aniversario.

Más de un volumen necesitaría para relatar en detalle el año y medio que compartí con Salomón en Europa. La intimidad de anécdotas vividas, en Italia, en Francia, en Alemania, y la intimidad de anécdotas que él me contara. Pero éste, naturalmente tiene que ser un brevísimo perfil con el que sólo me propongo que, cuando llegue el próximo Febrero, no nos volvamos a olvidar de Salomón de la Selva y hagamos de los tres febreristas: Rubén, Salomón y Alfonso, la unidad nacional que, con Azarías, proyecte la dimensión de Nicaragua al mundo, no como cumbre aislada, sino como sierra; no como idea suelta, sino como una frase que, en el transcurso de los siglos, lleve a cuatro voces el mensaje trascendente de una Nicaraguanidad Universal.