sábado, 25 de octubre de 2014

BIBLIÓFILOS, BIBLIÓMANOS, LIBROS, LIBRERÍAS Y BIBLIOTECAS DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX.

BIBLIÓFILOS, BIBLIÓMANOS, LIBROS, LIBRERÍAS Y BIBLIOTECAS DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

Por: Eduardo Pérez-Valle h.


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Muchas historias yacen tras una referencial lápida de cementerio; mensajes sumidos en ese letargo  indescifrable e inseparable del despojo humano.  Bien se dice que, con la desaparición física de cada hombre mueren historias y secretos.

Observando aquel inmenso “hotel de tránsito” de cuerpos inertes, repleto de lápidas con evocaciones, nombres y fechas, no dejamos de pensar que el epitafio dedicado al difunto contiene referencias cortas y mensajes no atrapados en el idioma o el detalle plus ultra; esa inscripción no perceptible donde subyace el hecho no contado o inacabado.

Libros, periódicos y documentos históricos son el otro “más allá” de la muerte. Ellos almacenan a perpetuidad lo que fue dicho, descubierto, imputado, sostenido, inquirido, polemizado, develado, testimoniado, la heredad y sus circunstancias. Los libros son el Alter Ego, atrapan de todo, el pasado científico, histórico… remoto y cercano; a través de ellos acontece la primera “resurrección de los muertos”, sobre todo, en ese espacio vital llamado Biblioteca, Hemeroteca, Archivo, donde permanecen los vasos comunicantes o la única “máquina transportadora del tiempo”, el libro.

Decía en sus últimos días de vida, el ilustre don Marcelino Menéndez y Pelayo, observando las estanterías de su biblioteca repletas de volúmenes: “¡Qué lástima morirme cuando me queda tanto por leer!”. Precisamente ahora, mediante ese “médium” llamado libro nos damos cita con él. ¿Qué sería de nuestro excelso Rubén Darío, sin el libro? ¿Y qué sería del mundo y las letras, sin Darío y sus libros?


Los 132 años de la Biblioteca Nacional (1882), son parte del acontecer educativo y cultural. Asimismo, en esa Historia del “ir y venir” de los libros en Nicaragua, surgen personajes ilustres perpetuados en el recuerdo. Destacan por haber sido caracterizados proveedores de ese alimento llamado saber.

PANCHO PÉREZ, real proveedor de la "Vanguardia" y  de
la "reacción", nuestro caro librero de la Librería
Barata.  Caricatura de Joaquín, Zavala Urtecho.
Asimismo, rodeado de libros vivió don Francisco Pérez Duarte, mi abuelo paterno, conocido popularmente como “Pancho Pérez”, librero e intelectual granadino que a principios del siglo XX abrió su primera librería en Granada y con la posterior apertura de la primera sucursal de “Librería Barata” en la ciudad de Managua, se sumó al acontecer de las Bibliotecas nicaragüenses en los años 1932 y 1933.

En la década de los años diez, al irrumpir el siglo pasado, la ciudad de Granada tenía cita permanente con la cultura nacional y universal en las instalaciones de esa Librería. Recién finalizaba la Primera Guerra Mundial, con las consecuencias de una gran escasez de libros en Nicaragua. Don Francisco Pérez Duarte, aquel personaje a quien los granadinos recuerdan asemejado a la desgarbada figura de don Alonso de Quijano a quien de mucho leer y del poco dormir se le secó el seso, se las ingeniaba para no quedar ni dejar desabastecido al público lector y al estudiantado de Granada; estableció el sistema de canje; entregaba un libro nuevo, a cambio de dos o tres usados. Aquella actividad solventó temporalmente la crisis en materia de libros.

La primera gran biblioteca particular que compró don Pancho Pérez, fue la que vendió  Don Salvador Barberena Díaz, el otrora Director del Instituto Nacional de Oriente, y  fundador del Colegio Particular de Varones.




En aquellos años Don Pancho prestaba o donaba libros a los estudiantes de escasos recursos. Los diarios le publicitaban su preciosa mercancía cultural, y en artículo periodístico de la época fue anunciado el arribo de don Francisco Pérez Duarte y su Librería Barata a la capital. Managua lo recibió en Diciembre de 1932 con los primeros 800 volúmenes, instalándose frente al “Salón Eléctrico”. Fue todo un acontecimiento, la gente estaba maravillada de esa verdadera librería, distante de aquellas que por inexacta definición popular, le dan la acepción a tiendas que venden sacapuntas, lápices y engrapadoras.


Antes del terremoto de 1931, el mercado del libro en la ciudad de Managua lo dominaba la “Librería Matus” localizada en el Costado Sur del Mercado Viejo. La importación de títulos era variado, destacaban los libros de técnicas industriales, mineras, agrícolas, agropecuarias; así lo demuestra uno de los avisos de arribo de títulos y autores:




Manual de Artes y Oficios, por Nemirasto; Historia Universal, por Cantú;  El Hombre de Hierro, por Feval; La Educación de sí mismo, por Durville;  Diccionario de la Lengua, por Barcia; Economía Política, por Gide; Manual de Lechería, por Rossinon; Curtido y Elaboración de Pieles, por Billon;  Cales, Cementos y Morteros, por Soria; Oro, Plata y Platino, por Noguer;  Harinas y Féculas, por Bellgin; Tratado de Fotografía, por Niewenglowski;  Ciencias Naturales, por Caustier.

BIBLIOTECAS DESPUÉS DEL TERREMOTO DE 1931

Los managuas apenas empezaban a recuperarse del demoledor terremoto de marzo de 1931, y la actividad del libro en Nicaragua iba reanimándose. El gremio de periodistas capitalinos fueron los primeros en respaldar la propuesta de don Manuel Monterrey, el fundador de la Biblioteca del Periodista, que inició con 1,000 volúmenes. La ceremonia celebrada el 8 de Mayo de 1932, en el Salón de Actos de la Biblioteca Nacional de Nicaragua,  fue inaugurada por Don Juan Ramón Avilés y Don Sofonías Salvatierra leyó el discurso de clausura preparado por el director de La Prensa, Don Pedro Joaquín Chamorro Zelaya.[1] Treinta y siete periodistas y personajes que suscribieron el Acta de Fundación:

Josefa T. de Aguerri, Juan Ramón Avilés, Fco. Huezo, José Miranda, José María Lanzarías, Gratus Halftermeyer, Manuel Sandoval Pasos, Pedro Joaquín Chamorro, Adolfo Calero Orozco, Rosendo Argüello, Constantino Pereira, Felipe Ibarra, Luis Felipe Hidalgo, Francisco Moreira Gómez, Octavio Rivas Ortiz, Fernando Buitrago Morales, Leonardo Montalván, Sofonías Salvatierra, Carlos A. Castro, Gustavo Mercado, Alfredo. W. Hooker, Salvador Buitrago Díaz, Alberto Aguilar Tablada, Apolonio Palazio, Manuel Rosales, José Manuel Sandino, Manuel Monterrey, Trini Medal, Andrés Vega Bolaños, David García, Perfecto Hidalgo, Rodolfo Torres, Emilio Rothschuh, Heliodoro Cuadra, Rubén Leitón, Rubén Mendieta.

El 2 de octubre de 1933 fue recibida la noticia del Gobierno de España sobre la decisión de fundar bibliotecas en cada una de las capitales de Centroamérica, como obsequio de España a cada Gobierno. El de Nicaragua, por el conducto de Relaciones Exteriores, pidió fuese instalada en la Biblioteca Nacional para ser mejor atendida.


En esa época creció la competencia, aparecieron nuevas librerías; Don Raúl Lacayo S., anunciaba la apertura de “Librería Selecta”, la cual instaló en su casa de habitación, contigua a los talleres del diario La Prensa.

No obstante, en esos años la única librería bien surtida de Managua fue “La Barata” de Don Francisco Pérez Duarte, incluida en el “Registro de Establecimientos de Comercio y Empresas o Negocios Matriculados en Managua, D. N., en el año 1934”. En esa lista aparecen cinco propietarios de librerías: Carlos Heuberger, dueño de la “Librería Alemana”; Horacio Pérez; Herminia Peña viuda de Prado; Raúl Lacayo S., y Francisco Pérez Duarte.



El almacén-“librería” de Carlos Heuberger vendía bolsas de manila, papel, etc. Don Horacio E. Pérez estaba en el contexto de la imprenta y el periodismo, él, era hermano del Bachiller del siglo pasado, Don Carmen Jesús Pérez, director del periódico “La Aurora”, creado en 1883 para informar –principalmente— sobre las actividades del obrerismo en la capital y el interior del país; la familia de Don Carmen de Jesús Pérez fue pionera en la técnica de la Litografía y el Fotograbado, en Nicaragua. Doña Herminia v. de Prado y Don Raúl Lacayo S., era parte de la oferta de artículos de oficina, más que de libros.

ANTEPROYECTO DE LA PRIMERA BIBLIOTECA MUNICIPAL

Algo inusual sucedía con el vertiginoso ascenso de la lectura en Managua, el Distrito Nacional anunciaba en los periódicos nacionales del 20 de agosto de 1933, que don Andrés Largaespada, primer vocal del Comité Ejecutivo del Distrito Nacional, preparaba el anteproyecto  para la creación de la primera Biblioteca Municipal. Seis meses antes del referido anuncio, Don “Pancho Pérez” con la Librería Barata ya ocupaba local en la misma casa donde estaba el Bar Gambrinus en la Avenida del Campo de Marte, después conocida como Avenida Roosevelt, frente al Banco Caley Dagnall y Co., local alquilado al matrimonio de Don Juan Letz y Doña Bernabela de Letz.

Seis meses antes del anuncio sobre la Biblioteca Municipal, Don Francisco Moreira Tijerino, reconocido intelectual de la Managua aldeana, mediante un artículo de opinión publicado en el diario La Noticia del 2 de agosto del 33,  instaba al Gobierno y a la población a unir esfuerzos a fin de fundar la “Biblioteca Rubén Darío”, cuyo objetivo central sería la de reunir toda la obra del Poeta, cuanto se hubiera escrito en el mundo sobre su obra y vida; disponiéndola de manera ordenada para que fuera de utilidad para los nicaragüenses.

Moreira Tijerino exhortaba a la ciudadanía en general, a levantar una suscripción pública de obras escogidas, iniciándola él, con la donación de los primeros treinta volúmenes que ponía a la orden del Distrito Nacional, a la vez que sus servicios profesionales, la idea nunca partió de la línea de salida.

“BIBLIOTECA CENTROAMERICANA”

El 15 de Septiembre de 1940 fue inaugurada la Biblioteca Centroamericana, sugerida y apoyada por el doctor Teodoro Díaz Medrano, Embajador de Guatemala ante el Gobierno de Nicaragua. Propuesta acogida un año antes por los demás Embajadores centroamericanos acreditados en nuestro país: Dr. César Virgilio Miranda representante de El Salvador; Dr. Julián López Pineda representante de Honduras; de Costa Rica, don Vicente Urcuyo Rodríguez; y, en representación de Nicaragua, el Doctor Antonio Barquero, Viceministro de Relaciones Exteriores. Ese 15 de septiembre de 1939 fue levantada el Acta creadora de la Biblioteca Centroamericana, y la redacción estuvo a cargo de Don Salvador Jirón, funcionario de la embajada de Guatemala

Concebida como Biblioteca de “asuntos centroamericanos”, la primera sede fue en la Embajada de El Salvador, donde fueron instalados cinco estantes y 500 libros de diversos autores las cinco repúblicas. En 1967 la biblioteca contabilizaba 10,000 títulos.


El Director y bibliotecario permanente fue Don Gratus Halftermeyer. La afluencia era tal que en un poco más de 30 años de funcionamiento, el personal siempre fue de dos personas, el señor Halftermeyer y la Señora Graciela González, la que fue su Primera Directora.  

Desde la precaria disponibilidad monetaria, Don Gratus publicaba el “Boletín de la Biblioteca Centroamericana”, un poco más de 38 ediciones de forma continua, interrumpida por el terremoto de 1972.

De manera personal emprendió las actividades de búsqueda de lectura especializada a fin de conformar un Fondo Bibliográfico relacionado con la obra de Rubén Darío. Esa fue la primera vez que el Estado de Nicaragua –gracias a Halftermeyer[2]— tenía modesta participación en la formación de un Fondo Especial Dariano, de esa manera y con todo tipo de tropiezos humanos y de la naturaleza, llegamos a la génesis de la Biblioteca Rubendariana, aumentada con la valiosísima biblioteca particular de Don José Jirón Terán, adquirida por el Estado de Nicaragua y que está en resguardo y dispuesta al público en la Biblioteca Nacional en el actual “Palacio de la Cultura”.

BIBLIOTECA DE SENADORES  Y DIPUTADOS

En todo ese vaivén de libros, libreros y librerías, empezaron a surgir otras propuestas con la intención de organizar bibliotecas propiedad de diversos gremios. No faltaron los Diputados y Senadores de la República,  Alejandro Astacio redactó y sometió el anteproyecto de Ley. En Abril de 1933, la iniciativa destinaba quinientos córdobas del Presupuesto General de Gastos de la República para la adquisición anual de libros de carácter jurídico, económico, político-sociales, y en general las que fuesen de interés para es Poder del Estado. Proyectada “exclusivamente para servicios de senadores y diputados y para todas aquellas personas que conforme las leyes tengan acceso a las Cámaras de Diputados y Senadores”.


Lo antes consignado forma parte de los incipientes intentos y los pírricos logros en materia de Bibliotecas y usuarios. Nuestra Biblioteca Nacional fundada durante el período presidencial de Joaquín Javier Zavala y Solís (1879-1883) empezó con 5,000 volúmenes; el primer Director de la Biblioteca fue don Miguel Brocio; y ésta terminó destruida por el terremoto de 1931. Posteriormente fue reorganizada en otro sitio.

Después del terremoto de 1931, la cosa estaba tan animada, que aparecieron las autoridades del Distrito Nacional con un acuerdo –sin precedente—  de organizar la primera biblioteca en la Penitenciaría Nacional; lo que no sucedió.

Las Bibliotecas y las Librerías “hicieron ruido” durante ese época temprana del siglo XX. La “Librería Barata” llegó a importar más de quince mil volúmenes en el año,  provenientes de una comunicación bien establecida con las principales Casas Editoras de España, Francia y la Argentina.

LIBRERÍAS, TÍTULOS Y NOVEDADES EDITORIALES

Esos 15 mil volúmenes era la oferta básica de la Librería Barata. Refería el prestigioso bibliófilo y bibliómano don Francisco Pérez Duarte, que los libros más leídos o la literatura predilecta y con mayor demanda en 1934, eran las obras de Waldo Frank, Luis de Orteyza, Paul Morand y Hugo Wast. Y los libros más vendidos en Nicaragua eran: “Grandezas y Miserias de una Derrota” y “Sin novedad en el frente”.

Si bien esta librería no fue la famosa librería inglesa Foyle en la calle Charing Cross de Londres, en donde se recibían de veinte a treinta mil cartas diarias atendidas por Guillermo Alfredo Foyle, ni don Pancho Pérez tenía en su capital los setenta millones que en 1951, a los 71 años ya poseía el famoso editor Garnier, el “Quijote Pancho Pérez” fue el primer librero de este país en elaborar periódicamente un “Catálogo de Novedades”, con índice selectivo y otro general de los autores nacionales y extranjeros que estaban en el inventario. Experto como sólo él, conocía cada autor y el libro página a página, y con propiedad se trasladaba entre sus amigos y clientes, entregando el catálogo y avisándoles que el vapor llegaría a puerto con los nuevos títulos.

Entre los numerosos títulos de aquella época que ocupan sitio de nuestra biblioteca particular, con el sello de “Librería Barata de Francisco Pérez Duarte”, están: Tres Titanes: Miguel Ángel, Rembrandt, Bethoven, por Emil Ludwing;  Indología por Vasconcelos. Albiñana, Bajo el Cielo Mexicano; Aggard, Cleopatra; Remarque, Sin Novedad en el Frente; Aimé, Crónica del Crimen; Goethe, Fausto; Cervantes, El Quijote; Shakespeare, Dramas; Benito Pérez Galdós, Memorias; Paul Morand, Cerrado de Noche; Thorton Wilder, El Puente de San Luis Rey; Almela Vives, El Ocaso de los Pieles Rojas. Casanova, Mesalina; Guido de Verona, La mujer que inventó el amor; M. L. Barre, Museo Secreto de Nápoles; Martínez Sierra, Carta a las mujeres de España; Jean Martel, Confesiones de Ciemenceau; Eduard Herriot, El Laborismo Británico; A. Kupin, El Burdel; Ravage, Cinco Hombres de Frankfort; Blanco Fombona, Diario de mi vida; Francisco Nilli, Fugado del Infierno Fascista; Carlos Pereyra, La Juventud Legendaria de Bolívar; Fullop Miller, Rasputín; Carl Du Prel, La Magna Ciencia Social; Shakespeare, Obras Completas; Beumelburg, Barrera de Fuego; Michael Vaucaire, Bolívar, El Libertador; Paul Margarite, La Garzona; Marcelino Domingo, La Escuela de la República; M. Carrete, La Duquesa de Abrantes; Condesa de Alnois, La Reina Hortencia; Rubén Sánchez Díaz, Jesús en la Fábrica; Ossendowky, La Última Hora; Del Mar, Alcapone… obras de Hatkinson, Beals, Marden, Elinor Glym, Buchner, Kautsky, Ortega y Gasset, Verdaguer, Giovanni Papini, Berdiaff, Luis Kuhne, Yacoliév, César Falcom. Basta para dar una idea bibliográfica mínima de aquel tiempo de ediciones y lecturas.

ADVENIMIENTO TARDÍO DE NUESTRA HEMEROTECA NACIONAL

Según campea entre nosotros la modorra y la incuria nacional, las cosas básicas relacionadas al progreso advienen más tarde que en cualquier país de nuestro continente; si hemos tejido historia con el asunto de los libros, no dejaremos de mencionar, aunque sea de manera somera, otro importante aspecto relacionado con el acervo histórico y cultural de cualquier país: la Hemeroteca.

Antes de 1971, en nuestro país no existió algo tan esencial como es, la Hemeroteca Nacional, reunida, dispuesta u ordenada con la técnica apropiada. No estaba “en la comprensión” de los gobernantes y gobernados. Es de justicia darle el merecido reconocimiento al recordado intelectual Don Arturo Cerna Salgado, quien desempeñó el cargo de Director de la Biblioteca Nacional de Nicaragua. Este ciudadano empezó en Agosto de 1971, la organización de la Sección Hemerográfica adjunta a la Biblioteca Nacional. De acuerdo con la propuesta de Don Arturo, la institución escogió el nombre de Don Juan Ramón Avilés para la nueva Sección dedicada “exclusivamente a la Guarda y Archivo de todos los Periódicos que se editen en Nicaragua, especialmente los Diarios, Revistas o Semanarios que reflejan las informaciones generales del país, en sus movimientos políticos, económicos y culturales, en que se desenvuelve la vida de Progreso de la Nación en sus distintos órdenes”.[3]


BIBLIÓFILOS Y BIBLIÓMANOS

Esta incursión al pasado también fue entretejida en un ambiente circundado por libreros repletos de libros que están destinados a formar parte de la Primera Biblioteca y Archivo Histórico Público-Comunitario  en la ciudad de Managua. Un proyecto que palpita fuerte y llevo marcado en el entrecejo. Cerca de 28 mil títulos componen este acervo y fortalecen nuestro esfuerzo que rinde merecido tributo a dos ilustres intelectuales y personajes de la Enseñanza, el Profesor  y Matemático José Rafael Carrillo Díaz (1918-1993†) y el Doctor Eduardo Pérez-Valle (1924-1998†).

Ambos fueron propagadores de cultura  y educación. Muchos nicaragüenses recordamos el aquilatado prestigio del insigne educador y matemático Don Rafael Carrillo Díaz, de quien escuché decir a un viejo exalumno: “el hemisferio cerebral del lado derecho le trabajaba con la exactitud fáctica del lado izquierdo, lo mismo le resultaba de fácil discernir y construir la realidad basada en los números como hacerlo a través de los diversos géneros literarios y la cultura en general”. El Profesor Carrillo Díaz poseía esa febril inquietud por la buena lectura y reunió una biblioteca compuesta por algo más de 1.000 títulos, celosamente resguardados por su familia. A principios de este año, nuestro Proyecto tuvo el privilegio de recibirla en donación, y ahora está destinada al Subproyecto  Neuronas Creativas de Nicaragua.    


VEINTIOCHO MIL LIBROS Y UN ARCHIVO HISTÓRICO PARA INICIAR

Este recordatorio histórico-cultural abre nuestra campaña por hacer efectiva la puesta en valor de todo el acervo cultural; ponerlo a disposición de personas e instituciones  interesadas.

Si te animaste a leer este artículo y eres de los que tienen al perro y al libro como inseparables amigos, ya sabes de qué se trata todo esto, por lo tanto, escríbenos para darte mayor información o bien, envíanos tus sugerencias. Los libros en idioma castellano son bien recibidos, escríbenos para indicarte dónde puede remitirlo (s). 



Nuestra patria siempre ha contado con destacados cultores de la educación y la cultura; pléyade de notables que hicieron y hacen esfuerzos personales por cubrir ésta esencial labor de promover la lectura.  Bajo la imperecedera gratitud hacia ellos, esperamos que con el esfuerzo y la contribución de todos, las bibliotecas y los lectores se multipliquen. La peor enfermedad contra la que debemos batallar en cada relevo generacional, y que resulta más terrible y asolador que el mismo ébola, es el virus de la ignorancia y la brutalidad, contra ella sólo existe una vacuna: el libro como supremo maestro y conducto del aprendizaje disciplinado.


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[1] La Noticia, del 10 de Mayo de 1932.
[2] Don Gratus Halftermeyer falleció en Marzo de 1976. Fue autor del libro “Historia de Managua”. donde según  lo definió el doctor Luis Zúñiga Osorio,, “traslada al papel de imprenta, todos los cuadros autóctonos de nuestra capital, la vida de sus principales hombres y de los personajes y pueblos. En la “HISTORIA DE MANAGUA” está reflejado todo lo primitivo, típico y vernáculo que hubo en nuestra Managua, cuando era una pequeña Villa y surgió a la categoría de ciudad y posteriormente elevada a Capital de la República” (La Prensa, 31 de marzo de 1976).

[3] Director de la Biblioteca Nacional ha establecido la Hemeroteca “Juan Ramón Avilés”.” En: El Centroamericano, martes 10 de agosto de 1971. No. 15,790.

viernes, 17 de octubre de 2014

MEDIA VARA NO ES DESPLOME... PESAS Y MEDIDAS DE NUESTRO PUEBLO. Por: Pedro Rafael Gutiérrez.

Media vara no es  desplome

PESAS Y MEDIDAS DE NUESTRO  PUEBLO. Por: Pedro Rafael Gutiérrez. En: La Prensa, 27 de Marzo de 1977.


* Mil y un nombre del Córdoba
* A ojo de buen cubero
* La cuarta: según la mano
* Pesas: para comprar y vender

Mientras algunos de los países más industrializados se debaten por la adopción del sistema métrico decimal, como un intento de solución a la pluralidad de medidas en el mundo de hoy, el nicaragüense hace uso de pintorescas unidades de longitud o superficie cuyos patrones son sus propias manos o el largo de un paso.

Inglaterra parece que va a sufrir un tremendo trauma cuando resuelva adoptar como media el metro, en lista de los ingleses tienen una veneración a la pulgada, comparada únicamente al respeto que le infunde la corona o los informes del Times.

Los norteamericanos se baten con millas en las carreteras y no obstante que su moneda está fraccionada bajo el sistema decimal, la libra y el pie constituyen una costumbre que va a ser difícil desterrar.

El mundo científico habla de micrones, años luz y otras medidas que escapan a la mentalidad popular, mientras el imaginativo nicaragüense considera que “una uña” es una unidad de longitud que basta para nuestras operaciones y las distancias parecen medirse por la expresión “a la vueltecita” que puede significar indistintamente que determinado sitio está cerca o a varias leguas.

Consumidores de desperdicios como somos desde hace siglos, los tarros vacíos se han impuesto como medida para líquidos, y la armoniosa balanza de jícara desafía al tiempo y a las precisas básculas sin resortes.

SEGÚN LA MANO…

Desprovistos de prejuicios, nuestro pueblo parece ignorar el patrón del metro, guardado de todo tipo de inclemencias, en aire acondicionado y en un local a prueba de estirones.

Llevamos en nosotros unidades de medida y la “cuarta” y el “jeme” constituyen referencias muy respetables de longitud, con las que se compra y se vende; unidades de medida que por cierto está determinadas por el largo de los dedos y la habilidad que se tenga de estirarlos.

Preguntas sobre la longitud en pulgadas de un jeme se contestan con otra interrogación, acompañada de un encogimiento de hombros: “Según la mano”, es la respuesta a quien inquiere sobre la exacta longitud de un jeme, comprendido en ese ángulo indescifrable del pulgar y del índice, bajo cuyas arcadas se resuelve la medida de maderas y telas. La fórmula de la longitud de la hipotenusa en función de los catetos no significa absolutamente nada.

LA HAMACA: CURIOSA UNIDAD DE VOLUMEN

El Mercado Oriental bulle de sabor popular. Se vive el folklore hasta en la forma de ofrecer la mercancía y es increíble la cantidad de unidades de peso y medidas que el pueblo ha diseñado, sin ninguna reglamentación oficial, para el efervescente mercadeo de los artículos de consumo popular.

Desde la expresión “una mano” que significa en materia de cítricos cinco naranjas o limones, un “puño” escapa a toda definición y es lo que alcanza en la mano cerrada, usado en la medida de frutas pequeñas como nancites o jocotes.

“La hamaca” es una medida, increíblemente útil, que se emplea para la pesa de tubérculos, en cuya venta las alegres comadres del Oriental y de cualquier mercado popular del país, ponen un sigilo tremendo.

Es un trapo que es una miniatura de una hamaca, cuyas dimensiones son un verdadero secreto que por cierto no pudimos descubrir.

No importa el precio del día, del tamaño de la hamaca ni se estira ni se encoge, cuando yucas o quequisques se miden en una operación rapidísima en la que no intervienen las pulcras balanzas de transistores de los supermercados.

EL MONTÓN… ES UNA TONELADA

Cuando don Pablo Levy escribió su geografía económica nicaragüense tuvo que haber disfrutado con su agudo espíritu de observación, del inagotable tema de las pesas y medidas, que por cierto habían sido sancionadas oficialmente por un largo y enjundioso decreto del 18 de septiembre de 1857.

Muchas medidas, herencia de la colonia y otras introducidas por el fugaz reinado de los filibusteros, estaban arraigadas en el comercio del pueblo, para quien tenía un valor de precisión tomar una pizca de sal o un dedo de ruibarbo para elaborar una receta médica.

Hay una medida igualmente curiosa, con la que se establece la producción en las minas y que es “el montón”, equivalente a una tonelada métrica que no se llama por su nombre propio por razones desconocidas.

El señor Levy en una exhaustiva revisión de los usos y costumbres de los nicaragüenses, dejó abundantes referencias al sistema de pesas y medidas del país, entre ellas “la caballería” que él logró fijar en su época como una superficie de terreno limitada por una lado en 1.136 varas y otro equivalente exactamente a la mitad, que en todo caso tuvo su origen en la cantidad de tierra que se podía arar en un solo día, valiéndose de un caballo como sistema de tracción.

De la enorme cantidad de medidas, recogimos algunas que tienen gran actualidad en las operaciones de intercambio y que viven a espaldas de las Naciones Unidas por introducir en el mundo, el sistema métrico decimal.

LA MANO: medida para frutos. Tres en una y dos en la otra.

EL MOÑO: generalmente de ocho a diez cebollas de tamaño regular.

LA RISTRA: Una docena de ajos, aproximadamente. Se usa también para la venta de ciertas flores.

LA CUARTA: Elástica medida que sirve tanto para longitud como para volumen y que tiene una especial valoración en la medida de guaro.

PIZCA: Probablemente unos cinco gramos de sal, dependiendo como en muchos otros caso, del tamaño del dedo.

LA LATA: Usada para líquidos y sólidos. Equivale a cinco galones y se usa como medida corriente del carbón.

MANOJO: Amplísima unidad para la venta de leña, sujeta como en otros casos al tamaño de la raja.

SACO: Aproximadamente un quintal cuando se trata de papas. El tamaño del saco, puede ser motivo de serias disputas en los animados pasillos de cualquier mercado nicaragüense.

CAJA: Medida para granos, con seis medios de capacidad.

JEME: Medida de longitud limitada por el índice y el dedo gordo.

CUARTA: Medida que abarca desde el dedo gordo hasta el meñique.

BRAZADA: Medida personalísima del esternón hasta la punta de los dedos.

BORDONADA: Dos varas.

DEDO: Desde media, hasta tres cuarto de pulgada. Usada por carpinteros y costureras.

FLETE: Una carretada, supuestamente equivalente a un metro cúbico.

BULTO: Media artificiosa para forrajes.

PAR: Sencillamente dos cuajadas.

CODO: Aproximadamente veinticuatro pulgadas.

SUERTE: Cien surcos de caña de 100 varas de largo cada uno.

MEDIO: Medida popular consistente en un recipiente de madera que tiene 25 centímetros de lado por la mitad de alto. En los cafetales se usan generalmente dos tipos de medio. Uno grande para recibir a los cortadores el café y otro más pequeño para venderlo.

CELEMÍN: Equivalente a dos medios.

FANEGA: Veinticuatro medios.

PIPA: Medida para líquidos equivalente a 48 galones.

ARROBA: El equivalente a ocho arrobas. La carga de sal, por razones desconocidas para nosotros, equivale a diez arrobas.

CARGA DE AGUA: Aproximadamente diez galones.

LA MONEDA, BAUTIZOS MÚLTIPLES

La moneda, como medida de intercambio, recibe una cantidad inmensa de nombres, de las que se conservan a nivel de fósiles algunas expresiones que no tienen hoy el significado de hace años.

El chelín macho, el real con hoyo, las chinas y los chancheros, han sido abandonados por la generación actual, que en una forma u otra identifica al dinero como los chambulines, plata, lana, reales, bollos e incluso centavos.

El córdoba, orgulloso sucedáneo del cacao de nuestros antepasados, cambia de nombres y podría hacerse todo un diccionario con los diferentes apodos que recibe.

Esta parece ser una reacción contra la tontería de muchos, que fijan los precios de determinados servicios en dólares, probablemente bajo la influencia del consumo de gaseosas, la ingestión de hot dog y la pesadilla de nuestros empréstitos.

El Córdoba recibe, entre tantos otros nombres los siguientes nombres familiares: Peso, Maduro, Tuza, Nápiros, Tayules, Persián, Lapa, Vara, Coco, Bola, Yuca, Cáscara, Caña y, desde luego, Bamba, nombre popularizado por don Julio Vivas Benard.

El pueblo usa esta medidas, con absoluta indiferencia hacia quienes establecieron el patrón oro o que protegen como una reliquia, la barra de platino que se conserva en Sévres y que demos considerar como el metro exacto, equivalente a la diezmillonésima parte de un cuadrante del meridiano terrestre.

Frases que no dicen absolutamente nada, cuando un nica decide medirnos las costillas.

FOLKLORE EN NUESTRAS PESAS Y MEDIDAS. Por: Pedro Rafael Gutiérrez. En: La Noticia, 1963.

Rebosando de grasa y buen humor, una alegre vendedora del mercado se presentó en Radio Managua exponiendo que la vida estaba por las nubes, dando como ejemplo el hecho de que el PESO de cebolla estaba carísimo.

Ninguna presuntuosa tabla de equivalencia de pesas y medidas podría registrar la verborrea de la quejosa, salpicada de frases, palabras y giros que no veremos en muchos años registrados en las páginas vírgenes del Diccionario de la Real Academia.

Y mientras en este país se usaba indistintamente el sistema métrico decimal para la compra de cueros  y pieles, un sistema típicamente nicaragüense invitaba a la realización de lo que los intelectualoides llamarían Apuntes para un Ensayo sobre los Pesos y Medidas Nicaragüenses, sin más bibliografía en nuestro caso que la prodigiosa memoria de la voluminosa visitante, que nos expuso que mientras no cogiera agua la nube, no podría volver a los viejos tiempos en que la bolsa de su delantal andaba cargada.

Pocas monedas reciben tantos nombres como nuestro Córdoba, llamado de primera instancia con el segundo apellido del tipo a quien se trató de honrar, como para achacar a su mamá los tambaleos de nuestra economía.

Así, en círculos que visitan muy poco los clubs, pero si las alegres y apretadas calles de nuestros mercados, el pobre córdoba es llamado Peso, Maduro, Tuza, Nápiro, Tayul, Vara, Maracandaca, Lapa y Estaca y en un sentido más genérico, como sinónimo de moneda: Plata, Venga a nos, Chambulines, Pastilla, Chelín Macho, la Vida, Peroles y más modernamente Lana, acusando la influencia de las películas mexicanas de quintos y sextos patios.

Un pueblo como el nuestro, que cuando lo amenaza la quiebra dice no tener ni medio, hace de su sistema de pesas y medidas un chacuatol, cuya especificaciones no han sido recogidas sistemáticamente todavía, aunque la boca de una ilustre representante de Wall Street Oriental o del Bóer, es suficiente aporte a un lenguaje muy nicaragüense, del que se afrentan los académicos y ante el que abren los ojos los profanos en el extraordinario placer de comprar en el mercado pidiendo vendaje.

Una curiosa medida, que abarca tanto el espacio como el tiempo, establece para nuestros campesinos la Tarea, unidad de superficie que generalmente va desde la mañanita hasta que aprieta el sol. Y  parecida es la Fajina, medida con unidades relativas a la Nectárea, la más universal de nuestras medidas, con sus múltiplos y submúltiplos, y la Manzana, la Hectárea, la Caballería, unidades de medidas a Bordonadas, palo que maneja con especial práctica el campesino para medir su trabajo, equivalente a la Brazada, que introdujeron en provincia una unidad para comprar y vender telas.

Una de las medidas más típicamente nicaragüense, resulta el Viaje, Unidad relativa generalmente a la compra de agua, que recuerda el burro y las latas de agua, que también se emplea para el zacate o el huate.

Lata es una nueva expresión, derivada de la costumbre nicaragüense de valorizar los envases vacíos –por falta de una industria de verdad— y que hace que en el mercado sea de gran importancia la venta de cajas vacías, botellas usadas  y latas de conservas convertidas en candiles, pocillos y picheles.

El viaje, reducido al sistema métrico decimal, un sistema sin gracia y sin poesía, equivale aproximadamente a diez galones.

Pero dentro del marcador, en los precios que acostumbre visitar la exuberancia visitante, que nos describió en Radio Managua la economía nacional, con palabras y giros no usados por el Banco Central, en esos pisos sin mármol y linóleo, se usan expresiones genuinamente nicaragüenses en materia de pesas y medidas como la Hamaca, una medida arbitraria usada como unidad de venta de la yuca y el quequisque y que sabe Dios cuánto representa en decímetros cúbicos. Y luego compre guaro, manteca o gas por Cuartas, frijoles por Medio y Cuartillo, Cebollas por Cuarto, naranjas o limones por Mano, leche por Taza, equivalente a 250 centímetros cúbicos, mamones por Piña; Tomates por Caja, sebo y manteca por Lata, jocotes por Puño, plátanos y leña por Flete, ajos y condimentos por Ristra o por Barba, especies verdes por Manojo, Tomates por Plato y Platillo, arroz y frijoles por Fanega, chinge por Cumba y cebollas por Peso.

Sobre esta última palabra, hay una precisa medida, digna del mejor laboratorio de física.


Un peso de cebolla, de acuerdo a la terminología de Mercado son 48 contadas de a cuatro. Medida en que intervienen las manos. Y un Flete, no son sino 10 pesos de cebolla, que así se vende y compra en este país, donde todo se pone por las nubes y en el que la gente languidece, mientras no se componga la cosa y mientras los tachos hagan lo que quieran allá arriba. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

"YO LLEVÉ A SOMOZA A LA PRIMERA CITA CON LA DINORAH SAMPSON". 6 de Agosto de 1980.

ASISTIÓ A LA PRIMERA CITA DE SOMOZA CON LA DINORAH. En: El Nuevo Diario, 6 de Agosto de 1980.

Wálter de Jesús Hernández Navas: "Somoza iba mucho con la Dinorah a Montelimar, al Intercontinental, y, algunas veces, a "Los Ranchos":
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* 8 Años de chofer y nunca pudo hablar con el tirano.

* Tabique de vidrio y en caso de ataque acelerar.

* Las “tertulias” y los amigos que visitaba.

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“La primera vez que Somoza se entrevistó con la Dinorah fue en un chalet viejo que está situado frente al Aeropuerto Las Mercedes. Ese chalet se llamaba “Los Cocos”… Eso fue hace más de diez años y después a ella, no sé por qué, le decían “la Primer Ministro”.

Amplios detalles sobre la intensa vida “social” que tras bambalina llevó en Nicaragua el criminal Anastasio Somoza, fueron ofrecidos ayer en los Tribunales Especiales de Justicia por el reo Wálter de Jesús Hernández Navas, a quien se puede considerar el sirviente de mayor confianza de la dinastía y su familia.

Como chofer personal de la familia Somoza a Hernández Navas le tocó ser la sombra de Carolina, una de las hijas del tirano, lo mismo que desempeñar ese quehacer en amparo de Somoza, con la esposa legítima y también de la escandalosa amante del genocida, Dinorah Sampson.

“Yo fui chofer personal de Somoza desde el tres de abril de 1972 y llegué a ese puesto porque tenía como treinta años de manejar sin haber tenido ningún accidente. En realidad, también llegué a ese cargo porque el chofer anterior, Gilberto Blanco Navarro, sufrió un accidente y ya no podía manejar.

NUNCA HABLÓ CON EL TIRANO

“Las instrucciones que tenía cuando manejaba para Somoza era ante todo permanecer sentado en el vehículo, no fumar ni dirigir la palabra al General. En caso de que el convoy  fuera atacado tenía la orden inmediata de acelerar al máximo”.

“El carro del General estaba provisto de un tabique de vidrio por lo cual era imposible oír lo que platicaba y dirigirle la palabra. Durante tantos años nunca le pude hablar y sólo me limitaba a darle los “buenos días”. El ayudante personal me decía que para hablar con Somoza tenía primero que contar con su permiso”.

“Yo trabajaba como chofer personal del General, día de por medio. Las actividades ordinarias de Somoza eran ir a la oficina que quedaba en el Bunker y la mayor parte de las veces comía en los lugares donde trabajaba porque ya en esos lugares había un cuque que le preparaba los alimentos y todo un equipo cuidaba de su persona”, señaló Hernández.

Haciendo vivos recuerdos de los buenos tiempos del tirano, el reo agregó:

“La actividad social del General era extensa. Pero la Dinorah ocupaba la mayor parte de ella. Sin embargo también visitaba, a veces solo y a veces con ella, a diferentes amigos.

LAS “TERTULIAS” DE SOMOZA

“A veces iba donde Frank Kelly, otras a la casa del gerente de la “Mercedes Benz, Benjamín Elizondo. Por el sector de la Casa Nazaret visitaba al Ministro de Salubridad y también a Edmundo Bernheim. También iba a “Las Colinas”, a casa de Roberto Martínez y otro de apellido “Checa”.

“La velocidad corriente a que debía manejarse el vehículo era de 80 kilómetros. A veces el ayudante me decía de antemano las calles que íbamos a tomar, en otras era la Seguridad la que me daba esas instrucciones.

“La patrulla que acompañaba a Somoza estaba conformado de la siguiente manera: adelante iba una radiopatrulla, después una camioneta de la Seguridad, después el carro de Somoza, luego otra camioneta de la Seguridad también, luego venía el “ciempiés” y más allá otra camioneta en donde iban hombres vestidos de overol”.

CON CHANO AGUERRI

En animada conversación con Chanito Aguerri (Padre) y Orlando Meza Lira, el Secretario de Información y Prensa, General Róger Bermúdez...
Retomando el tema de las amistades que visitaba el tirano, Wálter de Jesús fue señalando los nombres: “El General, además de los que ya he mencionado, visitaba a Chano Aguerri, a un señor de apellido Sánchez y a otro que le decían “El Porro”. Esas dos personas vivían en “Las Colinas”.

“En Jinotepe visitaba al alcalde que vivía del Mercado con rumbo a Santa Teresa  y cuyo nombre era Tomás Guevara. Con la Dinorah iba mucho a Montelimar, allí era donde ella hacía sus fiestas. En Poneloya visitaba la casa de Cuco Sánchez, en Masaya las casas de Cornelio y Orlando Montenegro. En Jinotepe al que le decían “profesor” Francisco Chavarría, en Corinto visitaba a Tommy Thompson, que era el gerente de la Portuaria. En Granada sólo visitaba a Lorenzo Guerrero, en Rivas a Urcuyo Maliaños. En cambio a Argeñal Papi que vivía en León nunca lo visitó.

“A veces, cuando las cosas estaban normales, el general viajaba a Chinandega a ver a la Irma Guerrero y a Piero Coen”.

LOS QUE INTEGRABAN “EL CORTEJO”

Haciendo una descripción del convoy que acompañaba permanentemente a Somoza, el reo señaló algunos nombres.

“Recuerdo que en la radiopatrulla iban Alejandro Gámez y un Larios que eran policías de tráfico. En la camioneta de la Seguridad iban Jorge Grande, Efrel López, Abelardo Coronado, Diómedes, que era raso, Armengol Silva. En otro vehículo de la Seguridad recuerdo a Hernán Lozano y un tal Betancourt.

“Los ayudantes eran Jerónimo Linarte, Victorino Lara, Mauricio Romero Meza. En el “ciempiés” viajaban Antenor Carrasco, que era el jefe del grupo, Inocente Bermúdez, Victorino García, Miguel Areas y otro de apellido Gutiérrez. A los que iban uniformados no los conocía pero eran los “Pumas”.

“También viajaban en el convoy el enfermero que era Raymundo Romero, una muchacha a la que le decían “Señora Cisne” y que era la que atendía a Somoza. También caminaba un radio-operador que era Concepción Saballos, y el médico personal del General que era el doctor Raúl Lagos.

“En los últimos meses llevábamos a Somoza a la Loma, allí tomaba un helicóptero y yo tenía el encargo de quedarme esperando. Durante estos meses siempre lo vi igual, el General conservaba su mismo carácter”.

TERMINA ABJURANDO DE SOMOZA

Cuando el reo comunicó al Tribunal que había tenido un llamado de Carlos Alvarado Hernández, al cual la guardia lo había matado cerca de la “P del H”, ocurrió una cosa inesperada.

Hernández Navas perdió el habla y palideció por la emoción. Hubo que traerle agua para calmar el calamitoso estado emocional en que cayó. Cuando se recobró señaló con palabras entrecortadas que consideraba a la Guardia Nacional como la asesina de su hijo y que también en ese mismo término a Somoza que fue el jefe de esa organización genocida.

La declaración de Hernández Navas coincidió con otra que brindó el reo Diego Manuel Cruz Cortés, quien fue cuidador de una de las hijas de Somoza de nombre Carolina.

“Mi trabajo, cuando era pequeña, era cuidarla desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde. La llevaba al Colegio de La Asunción y después al Teresiano”.

“Después fui chofer de doña Hope y por fin me encargaba de cuidar la urna desde la cual hablaba el General en la concentraciones”.


Como dato adicional el reo señaló que entre los integrantes del “Coro de Ángeles” estaban Guillermo Noguera, que aparentaba ser el jefe del grupo, Adonis Porras, Jerónimo Linarte, Efrel López, Juan Puerto y otros. “El que comandaba a “Los Pumas” era el coronel Vicente Zúñiga y después uno de apellido Salazar”. 

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