domingo, 23 de agosto de 2026

LAS “TOPONIMIAS INDÍGENAS DE NICARAGUA”. Por Eduardo Pérez-Valle. Nuevo Amanecer Cultural, sábado 4 de Julio de 1987.

 

        Lo primero que imaginé cuando vi el titular en El Nuevo Amanecer Cultural del 13 de junio, en la sección sobre “los apasionantes temas del lenguaje” fue que el profesor Fidel Coloma iba a tirar de la oreja a Jaime Incer por el mal uso de la palabra toponimia, que se repite si medida en su diccionario publicado en Costa Rica en 85. Pero nada. Coloma se traga la píldora sin eructar. Y después el también mal emplea la palabrita cuando habla del plural de los apellidos.

         El caso no es de muerte; pero hay que señalarlo para su corrección y para que el vicio no se perennice. El nombre correcto del citado diccionario podrá ser Toponimia indígena de Nicaragua, léase bien, la toponimia, como estudio del origen y significación de los nombres del lugar, es una sola, como lo reconoce la Academia Española desde 1936.

         Ahora bien, si no queremos referirnos a la toponimia por lo que verdaderamente es y estamos citando a las palabras que analiza, digamos topónimos, topónimos indígenas de Nicaragua.

         La cosa parece haber comenzado con Carlos Mántica, El habla nicaragüense (EDUCA, 1973), para quien los nombres geográficos, “las toponimias” – cree él –, nos informan de las características de nuestra geografía. Y luego emplea la palabra millares de veces con ese significado erróneo de nombre geográfico, hasta incluye en su libro un bloque de casi cien páginas de “toponimias náhuatl de Nicaragua”.

         Lo mismo hace Incer, y la palabrita se repite por millares. Se ve que ambos autores no tenían nada claro el significado real el término tan usado, y meten bajo su cobertura ya no sólo nombres de lugar, como exige su propia etimología (gr., topos, lugar, onoma, nombre), sino que también nombres de ríos, lagos, montañas, cerros, volcanes y charcos; todo lo que se encuentra en el ámbito geográfico. Coloma, sin arrugar la cara, se traga como “toponimias” toda esta mezcolanza.

         Pero más negativo aún es dar aliento y rendir aplauso a incursiones placenteras, despreocupadas, por campos de mayor respeto y atención. Es muy pernicioso tirarse por ahí mal hilvanando datos, inventando cosas o pregonando asertos que siquiera fueran infantiles nos regalarían con su natural belleza. Pero no; éstos se espetan como desde un púlpito, con voz grave, , respaldados por nombre de autoridades, de sabios, de gene que habla inglés. Coloma considera interesante el capítulo de “la ruta del oro de Moctezuma”, pues “resume investigaciones y propone hipótesis” sobre dicha ruta, que por territorio chontaleño y a través del San Juan, pasando por la colonia de los Desaguaderos, llegaba hasta Veraguas. Total, dice Coloma, este libro “ilumina profundamente la historia nacional”. Aquí está lo peligroso. Pareciera que queremos resucitar la cultura que se llamaba “de barbería”, fundamentada en la “literatura de revistas viejas que se ponían para entretenimiento de la clientela. Allí se hablaba de cualquier cosa, de lo más complicado y de lo más absurdo, con un tono doctoral y científico, propio del cura más embebido en sus infundios teologales. En este libro de las múltiples “toponimias” el compañero Incer, ahuecando la voz y citando autoridades infalibles o ineludibles, se mete en el camino de los pochtecas, los comerciantes viajeros de los aztecas; a los que acompaña en sus andanzas; sólo que los llevan por caminos inusitados, por lugares inexistentes y en circunstancias extraordinarias.

         Para Incer la ruta hacia Nicaragua, que él llama “la ruta del oro”, tenía naturaleza mixta, en parte terrestre, en parte marítima, contorneando Yucatán, tal como aparece en el pequeño mapa de la página 375. Olvida que, entre la meseta central, la costa Sur del Golfo y la región maya hasta la frontera de Honduras, unos 1,200 kilómetros en línea recta, el tráfico mercantil era intenso; y que esta antigua vía comercial entre selvas de México y Guatemala fue sin duda seguida por Cortés en su expedición a Honduras (1524-25), bien marcada como estaba en un mapa pictográfico sobre lienzo de maguey, con detalles de las costas y los ríos, que Cortés había recibido del propio Moctezuma. De modo que ese obligado viaje marítimo en torno a Yucatán en que Incer embarca a sus amigos pochtecas, resulta inverosímil.

         Pero la idea de que las migraciones hacia Nicaragua, cuarenta o cincuenta años antes del descubrimiento fuesen más que migraciones, expediciones de los pochtecas, llega a través de Mántica, quien supone que estando ya el país dominado por tribus de lengua náhuatl, esto habría traído su apertura al comercio azteca. Aquí resulta conveniente considerar el prestigio de que gozaban entre los aztecas los mercaderes, habitantes desde muy antiguo del pequeño pueblo insular de Tlatelolco, que se dedicaron al tráfico con países lejanos como única posibilidad de subsistencia. Fueron llamados pochtecas y oztomecas por los calpulis de Pochtlan y Oztoman a que pertenecían. Con el tiempo, su profesión, altamente respetada, les proporcionó privilegio de casta que monopolizaba el comercio exterior. Estos mercaderos reales eran también banqueros, íntimamente ligados a los tres gremios de artesanos que existían, de modo que dominaban la vida mercantil. Tal actividad tarde o temprano terminaba en los lugares de expendio. De acuerdo al cómputo de Sahagún una cuarta parte del total de comerciantes existentes ofrecía productos manufacturados: telas de maguey y de algodón, talabartería, jícaras y huacales, objetos de madera, alfarería, cestería, petates, cuchillos de piedra, placas de obsidiana, joyas, instrumentos de cobre y escobas.


         Pero volvamos a Incer, perdido con los pochtecas en la escabrosa “ruta del oro”. Una de las autoridades de base a quienes rinden el charro, por tradición, los sabios nicaragüenses, es Mr. Lothrop. “Una colonia náhuatl – dice Incer –, que Lothrop denominó como Desaguaderos, existía en la desembocadura del Río San Juan”. Lo malo es que el faro luminoso de Lothrop cada vez, y cuando se desenfoca y alumbra hacia los aguacates. En mi librito sobre el descubrimiento del San Juan (El Desaguadero de la Mar Dulce, 1976) dejé establecido que los tales “Desaguaderos” del amigo Lothrop no estaban en el río San Juan, sino en las cabeceras del Punta Gorda, “cerca del Desaguadero”, como lo cita Torquemada, que aunque nunca estuvo en Nicaragua toma la noticia de los escritos de Motolinia: “También se dice que de esta generación de /indios de nicaraguas/ fueron algunos de ellos atravesando y aportaron a la Mar del Norte; y cerca del Desaguadero está un pueblo de ellos, y hablan en lengua mexicana no tan corrupta como esta otra de los pipiles. Y, asimismo dicen que fueron por la costa del Mar del Norte al Nombre de Dios, que no es muy lejos del Desaguadero; y de allí tornaron a atravesar la tierra en busca de la Mar Dulce”. (Monarquía Indiana, lib. 3º, cap. XL). A los que moraban “cerca del Desaguadero” el compañero Lothrop, ayudado por Incer, se los lleva a la propia desembocadura, expuestos al sol, el viento y la lluvia y casi sin qué comer. Cabe recordar aquí otro de estos desfases, mejor dijéramos errores garrafales de míster Lothrop, cual es la ubicación que hace de Tezoatega, la actual ciudad de El Viejo, sede del gran Agateyte, en las inmediaciones de Rivas. Nuestros sabios se quedaron tranquilos frente a esta extravagancia, no se mosquearon, hasta que un aficionado, el suscrito, la sacó a relucir allá por los años cincuenta. Para no cansarnos, dejemos pasar por ahora el singular rebautismo que Mr. Squier, otro yanqui con muchos devotos entre nosotros, hizo de la cordillera de los “Maribios”, típica forma gringa de pronunciar Maribios, que es el nombre corrector. Por más de un siglo se quedó repitiendo en mapas y escuelas “Maribios” y “Marrabios”, esto último para mejorar la plana del portentoso norteamericano. Y para no desperdiciar la ocasión señalemos que en las comentadas “Toponimias de Mr. Incer se menciona hasta la saciedad a los “ulvas” (los “ulwas” de Conzemius), grafía antigua, en documentos del siglo XVII, de la palabra ulúas, que ahora se escribe de acuerdo a su pronunciación de siempre.

    De todo lo que hemos visto y revisado sobre los pochtecas, fácilmente se desprende que la índole misma de estos traficantes los apartaba de la tendencia migratoria y fundacional que así Mántica como Incer pretenden atribuirles. De las verdaderas autoridades sobre el tema es fácil concluir que los pochtecas, como casta privilegiada monopolista del comercio, no andaban tan lejos buscando dónde establecerse, sino dónde comprar y dónde vender, como lo señalaba su destino. Y como ya lo sugiere Mántica, no hay que confundir sus excursiones con migraciones.

         Los pochtecas eran comerciantes integrales, muy activos, eficientes y prestigiosos, no simplemente “los traficantes aztecas encargados de colectar el oro a lo largo del istmo”, como asegura Incer. El oro venía a ser un objeto más de comercio y de tributo, importante, sin duda, como otros tantos objetos de comercio que hemos mencionado. Por ello resulta entretenido, regocijante, si se quiere, pero infantil, andar buscando el oro bajo la huella de los pochtecas, en ríos y montañas, en llanuras y picachos. “Donde no había oro no había pochtecas”, diría Incer. Pero aún se mete el compañero en problemas mayores. “Su deidad protectora –dice— era Yiacatecuhtli, el guía de los comerciantes, Señor del Oro”.

         Yacatecuhtli es el “Señor que Guía”, pero nunca el Señor del Oro, que, en aquellas circunstancias, entre aquellas gentes, hubiese sido una designación limitante, deprimente. No había razón para que el Dios de los mercaderes lo fuese del oro; ni para que a la ruta de los pochtecas, si es que existió, se la quiera nominar de modo semejante. Aunque ya lo hemos esbozado anteriormente, he aquí extraído de Sahagún, lo que eran los pochtecas y su comercio: “Estos mercaderes discurren por toda la tierra tratando, comprando en una parte y vendiendo en otra lo que habían comprado; estos mercaderes discurren por toda la tierra tratando, comprando en una parte y vendiendo en otra lo que habían comprado; estos mercaderes discurren por todas las poblaciones que están ribera de la mar, de la tierra adentro; no dejan cosa que no escudriñan y pasean, en unas partes comprando y en otras vendiendo. No dejan lugar donde no buscan lo que allí se puede comprar, o vender, ni porque la tierra sea muy caliente ni porque sea muy fría, ni porque sea muy áspera no dejan de pasarla, ni de trastornarla, buscando lo que en ella hay precioso o provechoso para comprar o vender. Estos descubren donde hay las plumas preciosas, y las piedras preciosas y el oro y las compran y las llevan a vender donde saben que han de valer mucho; también estos descubren donde hay pellejos de animales exquisitos y preciosos, y los venden a donde valen mucho. Tratan también en vasos preciosos, hechos de diversas maneras y pintados con diversas figuras, según que en diversas tierras se usan, unos con tapaderos hechos de conchas de tortugas y cucharas de lo mismo para revolver el cacao; otros con tapaderos muy pintados de diversos colores, y figuras hechas a manera de una hoja de un árbol, y otros palos preciosos para revolver el cacao. Y para hacer demostración de lo que traían, y dar relación de las tierras por donde habían andado y de las cosas que habían visto, convidaban a todos los mercaderes, en especial a los principales de ellos y a los señores del pueblo, y les hacían gran convite. Estos mercaderes después que venían prósperos de las tierras donde habían andado, como tenían caudal compraban esclavos y esclavas para ofrecerlos a su Dios, en su fiesta, el cual principalmente era Yiacatecutli” … (Historia General, lib. 1º, cap. XIX). Se ve que no había de por medio mucho oro, ni era tan importante como lo fue para los españoles.

         Y, precisamente, fueron los españoles, ambiciosos desocupados, los que crearon la leyenda de Moctezuma y prohijaron sus consecuencias, entre las cuales están los enredos del compañero Incer. En agosto de 1535, siendo Castañeda gobernador interino de la provincia, el escribano de número y concejo de la ciudad de Granada, Francisco Sánchez, se dirige a la , impulsando, según dice, por el mucho deseo y voluntad que tenía de servirle; y entre las cosas que le informa está lo siguiente: “Junto a esta ciudad de Granada, (de que bebemos) está una laguna de agua dulce que boja 130 leguas; sale de ella un Desaguadero que va a la Mar del Norte (que digo muy gran noticia) de mucha gente y muy rica de oro, que de ella se llevó lo Moctezuma y Yucatán; tierra muy poblada y, según los indios dicen, de aquí no muy lejos. Crea V.M., que ha sido uno de los grandes deservicios que se le han podido hacer, no se haber descubierto y poblado un puerto y pueblo en la mar para puerto y camino de esta gobernación y de todo el Perú y Mar del Sur y porque creemos ha de ser la contratación de la Especiería y de todo lo por descubrir”.

         La carta del escribano creó en lo íntimo de la corte una leyenda en torno al Desaguadero  y las riquezas que prometía, pues en septiembre de 36 la reina le contesta agradeciéndole sus informes, y el mismo día se dirige al gobernador de Nicaragua, diciéndole: “Yo soy  informada que junto a la ciudad de Granada, que es en esa tierra, hay una laguna de agua dulce que boja 130 leguas; y  sale de ella u n Desaguadero que va a la Mar del Norte, que es un río muy grande, como el Guadalquivir que pasa por Sevilla; y que desde el dio Desaguadero a la Mar del Norte hay noticia de mucha gente y muy rica de oro, y que desde allí se llevó a Yucatán el oro que tenía Moctezuma. Y porque a nuestro servicio conviene saber el secreto del dicho río, yo vos mando que luego hagáis aderezar los bergantines que os pareciere de gente y bastimentos y otras cosas necesarias, y enviéis con ellos una  persona de recaudo y confianza que descubra la dicha tierra y sepa los secretos de ella”.

        Pero cuando la reina firmaba su cédula, hacía ya seis meses que dos hidalgos vecinos de Granada vagaban por las selvas chontaleñas y atlántica tras el enigma del “Guadalquivir” nicaragüense. ¿Qué fue lo que encontraron? Cuatro indios desperdigados en incipientes comunidades a lo largo del río, subsistiendo al borde del hambre y la desesperación, cual si con el oro de Moctezuma los pochtecas también se hubiesen llevado su felicidad, por la “ruta del oro” de Mr. Incer.

Managua, junio 1987.

         




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