lunes, 16 de enero de 2017

UNA VISITA A FRANCISCA SÁNCHEZ, MUSA CAMPESINA DE RUBÉN DARÍO. Por: Mariano Fiallos Gil. Septiembre de 1962.


──────────Ω Ω Ω Ω Ω ──────────

Francisca Sánchez del Pozo, en su hogar en Madrid, contempla reverente
el retrato de su amado Rubén. -- (Foto archivo. 1961).
──────────Ω Ω Ω Ω Ω ──────────

         El primero de mayo fuimos a visitar a Francisca Sánchez del Pozo, que vive en uno de esos barrios nuevos de Madrid, colonia de San Vicente de Paúl, en Carabanchel Bajo. El gobierno español le ha dado este pisito soleado, frente a una pequeña plaza todavía desprovista de árboles, como homenaje práctico y justo a la compañera de Rubén Darío. Nos acompañaba Concha Castroviejo, clara periodista gallega que escribe crónicas de excelente estilo, en el diario “Informaciones” de Madrid, y don Antonio Oliver Belmás, ilustre literato y muy humano señor del Seminario Archivo Rubén Darío, fundado y cuidado por él, y a quien Francisca tiene en gran estima, pues ha sido su protector, el amigo a quien confió los papeles del poeta, guardados celosamente por ella durante más de cuarenta años en un pueblecito de la sierra, después de defenderlos de polillas y otros bichos, y  de los saqueos y engaños de visitantes que la obligaron a desconfiar de todo el mundo. En su libro “Este otro Rubén Darío”, don Antonio cuenta las incidencias del caso.

         Francisca salió a recibirnos en persona, Pese a su origen campesino, ella impresiona por su dignidad. Desde su vejez iluminada de recuerdos y sufrimientos, nos mira con ojos  húmedos. Llegan dos nicaragüenses a visitarla (mi mujer y yo) y eso es mucho. Y son de León de Nicaragua, la patria chica del poeta. Nos abraza para ahogar sus sollozos de anciana y para mostrarnos su emoción. Pronto se recobra y habla agradeciéndonos la visita.

         --“Oh –dice— todo lo que sea de allá, yo lo adoro. Cuánto quería Rubén a su tierra!”.

         El cronista –genuino nicaragüense— comienza a saludar a la señora. Ella se queda escuchando para retroceder medio siglo. El idioma que el cronista habla tiene las suavidades aborígenes del nahoa en el que las palabras y las sílabas fuetes carecen de la prosodia rígida y militar del castellano. Ella trata de remedar la pronunciación evocadora de los dulces momentos: Nicaragua… y lo hace sin la recia ka o la tajante gua del habla madrileña… sobre todo, esta última sílaba diluida en impresionista de Nicaragua…

Hogar de Francisca Sánchez. De izq. a derecha:
don Antonio Oliver Belmás, doña Rosario de Fiallos Gil, Dr. Mariano
Fiallos Gil, doña Francisca Sánchez del Pozo y la periodista gallega
Concha Castroviejo. 1962. 
         En la pequeña sala comedor que mira a la plaza de esta colonia nos sentamos en torno a la mesa. De las paredes cuelgan retratos del poeta. Ella tiene también un álbum con algunos recuerdos  y de su mente clara de más de ochenta años, comienza a extraer hechos pasados hace mucho tiempo… Pese a que algunos son muy tristes o dolorosos, su voz no refleja amargura. Es una mujer sólida y bella, de firmes convicciones y hablar preciso. Lleva un traje carmelita de tela basta. Es el hábito de la Virgen del Carmen que ella usa desde que el poeta se fue a Barcelona. Esto le da un carácter monacal, severo, pero el hábito no la cohíbe para sonreír, a veces con socarronería.

         Nos muestra la borrosa fotografía en la cual ella está muy elegante. “Ah –dice— este es un traje de barbas de ballena que me ceñía el talle como “una avispa”. Es un retrato de París. Llevaba también un mantón de Manila y fue en un baile de máscaras. Lo recuerdo. Rubén se sentía orgulloso de mi elegancia y presumía de mí, como si fuera una dama a quien él acabara de conquistar esa noche…

         Oh, cómo lo veo. Sus amigos no me conocieron por supuesto… Todos se sorprendieron de verlo con tan bella mujer. Y lo felicitaron: Manuel y Antonio Machado, Francisco Villaespesa, Andrés Eloy Blanco… El único que me conoció fue Antonio Palomero…” Cuando él dijo: “Pero si es Francisca… hasta yo me sentí desilusionada…”

         Y  sonríe dulcemente por aquel engaño pasajero.

         “Rubén no fumaba ni tomaba café” –dice—. “Oh, qué bueno era… Muchos lo han calumniado porque decían que bebía demasiado, pero no es cierto. Era muy laborioso. Escribía de noche para los periódicos y corregía poemas. Lo más que hacía era tomar, de vez en cuando, una copita de coñac Martel de tres estrellas que era su preferido… Era muy casero. Le encantaba la vida hogareña, las cosas sencillas, los recuerdos de su casa de León, de la tía Bernarda a quien mucho amaba”.

         “Mientras Rubén trabajaba yo rezaba el rosario quedamente o tejía… nunca le hablaba hasta tanto él no me hablar o pedía algo… así nos pasábamos largas horas en silencio: yo contemplándolo de reojo y él en su mundo de fantasías, escribiendo, corrigiendo… A veces levantaba los ojos. Y  ¡cómo le gustaba comer en casa! ¡Y era gran cocinero, sabía hacer arroz suelto y su orgullo era voltear la cazuela para demostrar que ni un grano se quedaba pegado en el fondo”.

         “Le encantaba la sopa de tortuga, el pichón asado a la parrilla que yo le hacía. Él me enseñó a cocinarle platos nicaragüenses por los cuales suspiraba: frijoles fritos, plátanos fritos en rebanadas y las tortillas de maíz”.

         “Mi padre era sacristán en Navalsauz, un pueblo pequeñito  y pobre en la sierra de Gredos. De allí, por amistad con un señor que después supe era el primer ministro, creo que Sagasta, nos vinimos a servir en los jardines del Rey. Allí en la Casa de Campo, conocí a Rubén. Al principio no me impresionó. El que me impresionó fue su compañero, un señor de largas barbas que resultó ser don Ramón del Valle Inclán… Rubén me pidió una flor. Yo se la dí con gusto… Me prometió volver… Claro que no le creí, él era un joven caballero muy galán, muy bien vestido y meticuloso, de hablar suave y facciones raras pero muy agradables. ¿Por qué iba a volver si yo era una campesina ignorante… y analfabeta? Pero al día siguiente volvió solo trayendo aquella flor. Allí empezó la cosa y nos seguimos viendo. Me enamoré de él  y me sedujo. ¿Qué iba a hacer? (Por el rostro de Francisca asoma un leve rubor). No nos podíamos casar… él ya estaba casado en Nicaragua…”

         “Pero después aprendí a leer. El mismo me enseñó y don Amado Nervo, su gran amigo. Yo aprendía bastante rápido, y una vez quise adelantar más y le dije a Rubén que me consiguiera un maestro para aprender más ligero aún y así poder ayudarle, copiarle cosas y  escribirle cartas… pero Rubén se enojó. Yo sabía cuándo estaba enojado de verdad… se ponía muy serio con el ceño cerrado… no dijo nada hasta después de largo rato… “Ve Francisca –me dijo— no quiero que aprendás más que para escribirme a mí…” Y allí acabó todo… ¡Ah! una vez don Amado Nervo se puso malo, pero muy malo, y que yo lo cuidé! Se escapó de morir… Rubén decía que era enfermedad de amor. Nunca creí que alguien pudiera morir de amor, como decimos en mi pueblo, pero don Amado se moría. Lo cuidamos mucho. Rubén lo quería como un hermano… y Amado se salvó… dijo Rubén que se había salvado por algo que escribió, “La Amada Inmóvil”… que por allí se había escapado la muerte”.

         ¡Oh… mucha gente venía donde nosotros, aquí en Madrid o en París”.

         “Qué terrible cuando supe la muerte de Rubén… Él me quería mucho, tenía muy buen carácter… Yo lo adoraba, pero el mundo es así… Con sus papeles en un cofre me fui a Navalsauz mi pueblo de treinta vecinos a pasar hambre y desdichas por cuarenta años… a veces no había qué comer y tenía que ir a buscar patatas sobrantes bajo los terrones para masticar algo… De vez en cuando alguna visita… De allí salí una vez para casarme con Villacartín, José Villacartín, que era un buen hombre y muy inteligente. Él supo comportarse muy bien conmigo y trató de proteger mis derechos con los libreros y me dio una hija con quien vivo y tengo nietos que me consuelan… Me casé como en 1921 en la Iglesia de San Marcos, Distrito de la Universidad, con lo cual sentí también que había santificado mi unión con Rubén. Nada tenía registrado en propiedad, ni el testamento, pero él me hizo todo… fue muy comprensivo… pero se me murió y pronto tuve que regresar otra vez a mi pueblo con mis recuerdos…allí me encontró Don Antonio y desde el primer momento que lo vi me di cuenta que era un hombre de bien y le confié mis tesoros… antes ya habían llegado algunos que parecían señores y con engaños me quitaron manuscritos originales, autógrafos, retratos de Rubén y los publicaron en libros y revistas como cosas propias… mientras yo envejecía en el pueblo… pero don Antonio es un santo… qué hubiera hecho yo sin don Antonio?”

         —Nada señora –era mi obligación… ¡ca! Francisca… el mundo le está a Ud. muy agradecida por haber guardado estas cosas… no se impresione que Ud. ha hecho muy bien… (Y don Antonio, comprensivo, sonreía halagado por aquella justa manifestación).

         “Vea –continuó Francisca— lo más conocido de Rubén son sus versos, porque los editores retorciendo los contratos se negaban a publicar la prosa porque los versos son más vendibles… así son… Rubén siempre fue víctima de los libreros que siempre le robaron…”

         Los visitantes se quedaron en silencio el cronista preguntó:

         —Y usted señora, ¿cómo está de salud?

         —“Pues verá, me siento bien, pero tengo aquí, cerca de la oreja esta cosa que no se me cura… me han llevado al hospital y viera… que no quería ir por lo caro que son las operaciones… pero los doctores que me examinaron me dijeron… “pero si ésta es doña Francisca, la compañera de Rubén Darío… trátenla como a una princesa… como a una princesa…”

         Ella se sentía llena de pueril vanidad por este homenaje. Afuera había una ligera garúa de primavera… entró una nieta. Amohinándose saludó a los visitantes… Nos despedimos disimulando alegría. En el fondo estaba la tristeza de ver, por última vez, a la que consoló por largos años a ese genial y extraordinario niño provinciano que siempre fue Rubén Darío, el poeta más humano del modernismo.

         León, Nicaragua

         Septiembre de 1962. 

sábado, 14 de enero de 2017

COSAS QUE NO HE OLVIDADO: J. R. A. y P. J. CH. Z. Por: Adolfo Calero Orozco


─────── Ω Ω Ω ───────

Don Adolfo (muy joven), entrevistando al General Emiliano Chamorro, cuando el caudillo verde era Presidente

─────── Ω 
Ω Ω 
───────

         Seguramente para muchos lectores no habrá sido difícil descifrar las iniciales que encabezan estos renglones; son las de dos periodistas que militaron en campos opuestos pero que gozaron, ambos, de mucho prestigio y excelente reputación como hombres rectilíneos, sinceros en la manifestación de sus convicciones, convencidos de la validez de sus principios. Ambos emprendieron ya, a su hora, el viaje sin retorno. El primero en partir fue el Doctor Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, (1891 – 1952), después le tocó su día a Juan Ramón Avilés  (1886 – 1961).

         Puedo vanagloriarme de haber sido compañero y buen amigo de ambos, quienes también fueron bondadosos y amables jefes míos, en distintas ocasiones: Juan Ramón en LA NOTICIA, el Doctor Chamorro en el Ministerio de la Gobernación y en LA PRENSA.

         Hay privilegios que a uno le llegan graciosamente y los cuales, merecidos o no, dejan al favorecido el derecho de recordarlos con satisfacción. Tratándose de los dos caballeros mencionados, con verdad puedo decir que me considero en el caso apuntado.

         Como tuve amplia oportunidad de conocerlos muy de cerca y de tratarlos con frecuencia, a ambos los estimé y los admiré: a mí correligionario y un tiempo vecino, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, más tarde director de LA PRENSA y al irreductible liberal alguna vez compañero en alegres horas de parranda, Juan Ramón Avilés, director de LA NOTICIA desde su fundación hasta que falleció.

         Explico el adjetivo irreductible que aplico a Juan Ramón con este breve cuentecillo: Cierto día el General Emiliano Chamorro me dijo: —Entiendo que tú eres muy buen amigo de Juan Ramón Avilés. ¿No crees que haya algún modo de moderar a este hombre que nos ataca sin descanso? ¿No crees que le interesaría un viaje al exterior, un cargo diplomático en el extranjero…algo?

Don Juan Ramón Avilés 
─────── Ω Ω Ω ───────

         
—General, francamente, yo creo que a Juan Ramón no le interesaría nada que nosotros le propusiéramos.

         —No siempre las cosas son como uno cree, dijo el general, y agrego: —Quisiera que tú le hablaras a Juan Ramón… No vas a pedirle nada contra sus ideas; vas a ofrecerle un cargo fuera de Nicaragua. Él es un intelectual nicaragüense ¿o no?
         Se comprenderá que tratándose del General Chamorro, a quien  yo deseaba complacer, acepté sus instrucciones, pensando de inmediato cómo sería indicado que yo procediera a cumplirlas sin lastimar a mi amigo querido y respetado. Empecé por visitar a Juan Ramón y hacerlo venir hacia una discreta esquina de la Tipografía Pérez, donde se editaba su diario, “La Noticia”, como si le estuviera llevando a alguna nueva sensacional y que debían hacerlo muy confidencialmente. Luego le dije que empezaba por pedirle permiso para comunicarle algo de parte del Presidente de la República, General Emiliano Chamorro y que exigía su promesa que no se molestaría ni se daría por ofendido, cualquiera que fuera el mensaje. Agregué: —“De otra manera hacé de caso que no nos hemos visto ni hemos hablado por muchos días”. Don Juan Ramón Avilés me contestó que siendo verdaderos amigos, nada que yo le dijera lo irritaría, máxime tratándose de un mensaje de tercera personal. Animado por su expresiones, le solté la razón de Emiliano. Su respuesta, como yo lo esperaba, fue cortés, pero tajante; —“No, nada. Hacé de caso que no me has dicho nada y si querés le das las gracias al General Chamorro, pero en tu nombre, no en el mío”.
-------------Ω-------------
Alguna vez hablé yo con Pedro Joaquín acerca de mi amigo Juan Ramón; alguna vez hablé con Juan Ramón sobre mi amigo Pedro Joaquín. Ninguno de ellos se expresaba en malos términos del otro, ambos reconocían ser adversarios, admitiendo sin esfuerzo la sinceridad de sus respectivas convicciones y la buena fe de sus prédicas, pero… pero, recuerdo que para el Dr. Chamorro “el director de LA NOTICIA era un hombre imposible” y para Juan Ramón, “Pedro Joaquín Chamorro no acepta más puntos de vista que los suyos propios”. Yo que los conocía bien a ambos, podía comprender que entre dos abanderados de ideología tan radicalmente opuestas fácilmente podían pasar los dos por antagonistas recalcitrantes ante puntos de vista opuestos desde sus propios ángulos.

         Y recordando que un día, en casa de Don Dionisio Martínez Sanz, siendo yo secretario del General Chamorro y los doctores Argüello e Irías; son historia muy vieja. Empezamos a maquinarlas el recordado poeta managüense Salvador Ruiz Morales y  yo, charlando  entre copa y copa en el antiguo Club Internacional. Salvador y yo éramos entonces gente muy joven y  creíamos que nada malo y sí algo bueno podía resultar de un encuentro discreto entre prominentes adalidades de nuestros partidos, (Ruiz Morales era liberal), y habiendo sometido la idea de ellos mismos, que no la objetaron, los encuentros se realizaron y si bien no resultó de ellos nada práctico, tanto Chamorro como Argüello e Irías, después de conocerse personalmente, salieron convencidos de que ninguno de ellos “comía gente”.

Dr. Pedro Joaquín Chamorro
         










─────── Ω Ω Ω ───────



Tocante al doctor Chamorro Zelaya admito que mi trato con él no fue nunca tan fraterno e íntimo como con Juan Ramón, pero innumerables veces estuvimos juntos en convivios y recepciones y conversamos en términos siempre amistosos; y cuando él era subsecretario de Gobernación y yo su Oficial Mayor, me distinguió mostrando mucha confianza en mi lealtad y discreción.

         Chamorro Zelaya detestaba la intervención de la Infantería de Marina Norteamericana en Nicaragua y como casi todos los contactos entre “la brigada” y el gobierno se hacían por medio del Ministerio de la Gobernación, prácticamente a diario nos visitaba el oficial de enlace de “los marines” (un Mayor Messersmith primero y un capitán Larsen después), con las mil y una cosas y ocasionales problemas que surgían entre las fuerzas extranjeras y las autoridades del país. Gracias a la confianza que me dispensaban mis jefes y mi conocimiento del inglés, me tocaba a mí entenderme con los oficiales de enlace. Al doctor Chamorro Zelaya se le hacía difícil impedir que le asomara el disgusto que le causaban las mencionadas visitas, si bien siempre trataba de mantenerse cortés y no mostrar señales de fastidio.

         El señor subsecretario de la Gobernación tenía que hilar delgado en las circunstancias prevalecientes; él era ante todo, miembro del Gabinete de un gobierno conservador, además persona culta, criada en ambiente refinado, pero es humano y muy difícil que algunas veces sentimientos de aversión dejen de asomarse en un gesto, en un ademán y hasta en una mirada.

         El capitán Larsen una vez me dijo: “Ese hombre no nos quiere”. Traté de explicar al oficial que el doctor Chamorro estaba siempre muy atareado y que delegaba en mí la atención de sus demandas e indicaciones para ahorrar tiempo. Pero yo sabía que Larsen  estaba en lo cierto: Pedro Joaquín Chamorro Zelaya nunca se tragó la ocupación de Nicaragua por los U.S.M.C.

         No podría asegurarlo, pues de cierto no lo sé, pero todas las indicaciones eran que los yankis a su vez, tampoco se tragaban al doctor Chamorro Zelaya; y tanto fue así que el general Elías R. Beadle, jefe director de la Guardia Nacional, pre-Moncada, un día me dijo que si  yo aceptaba el nombramiento de la Gobernación, él estaba en posición de hacerme nombrar. Confieso que la proposición me halagó, yo no había llegado todavía a los treinta años, me movía en círculos intelectuales políticos y sociales muy aceptables y también pensaba que a mi esposa de poco tiempo todavía, le habría gustado mucho ser mujer de un miembro del Gabinete. Le contesté al general Beadle que la idea me gustaba, pero que antes de darle una respuesta definitiva, debía consultar con mi padre. Así lo hice sin demora, agregando que yo deseaba aceptar.

         Don Domingo Calero Blandino, casi se encrespa: “¿Estás loco? ¿No sabés que los conservadores están al caer? ¿No sabés que el próximo presidente va a ser Moncada y que te sacaría de Gobernación desde antes de recibir el poder?

         Agregó mi padre otras razones y el ejemplo de un conspicuo ingeniero que habiendo sido hasta posible candidato a la presidencia, al perder su puesto en el Gabinete, no hallaba trabajo “digno de un exministro”, y que ahora se andaba “muriendo de hambre”.

         Aunque ganitas de ser el subsecretario más joven del Gabinete no me faltaban, al consultar el caso con mi padre, mi propósito era seguir su consejo, y éste resultó tan definitivo y tajante y además tan bien respaldado que llegué a mi casa sólo a contarle a mi mujer el cuento completo y por teléfono le di el “gracias no” al general Beadle.

         Bueno, querido lector, ya que pudistes llegar hasta estas líneas leyendo mi cuento, por favor, escúchame unos minutos más para contarte como por fin logré sentar a Juan Ramón Avilés y a Pedro Joaquín Chamorro Zelaya en una misma mesita, en el recinto de la dirección del antiguo diario El Comercio, frente a frente y  conmigo en medio y lo que siguió después.

         Era 1929. Mis amables amigos, el doctor Salvador Guerrero Montalván, y don José Benito Ramírez, prominentes miembros de la junta directiva de la Compañía Cervecería Nacional, me llamaron un día a la oficina del primero, para ofrecerme empleo como encargado de la publicidad de la Cervecería Nacional, pues todo estaba alistándose para ofrecer en breve tiempo, el nuevo producto… que todavía no tenía nombre. Claro está que yo acepté el trabajo de inmediato, pues amarraba bien como el cargo que entonces tenía, como cronista y traductor de La Noticia. Más trabajo y más plata para un joven recién casado. ¡Bendito sea Dios!

         Como el mata-tiru-tiru-lá, empezamos a discutir “que nombre le pondremos”. Propuse que pidiéramos al público sugerir nombres, por medio de cupones publicados en los diarios locales ofreciendo premios a los ganadores, esto es a quienes sugirieran el nombre que la Compañía Cervecera aceptara; y propuse que designáramos un tribunal calificador, de fallo inapelable, que escogiera para el producto el nombre que encontrara ganancioso;  y que el tribunal fuera integrado por los señores don Juan Ramón Avilés, doctor Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y…yo. Tanto a don José Benito como al doctor Guerrero Montalván, la idea les pareció luminosa, si yo lograba que Chamorro y Avilés aceptaran formar juntos en el jurado, algo que de primas a primeras a ellos les parecía muy poco probable. “Esa es cosa mía”, pensé o dijo yo, y manos a la obra.

         Para qué referir detalles, argumentos, argucias… Ninguno de mis dos amigos se negó de una vez, pero ambos estuvieron primero muy reticentes. Cada uno pensó que el otro rechazaría la idea de asociarse con él. Recuerdo la primera expresión de Juan Ramón: “¿Con Pedro Joaquín Chamorro? Pero si ese señor no querría verme a mí ni en pinturas”. A su vez, el otro: “Hombre, Calerozco, yo quisiera ayudarte… La cosa es que me fuiste a poner con Juan Ramón Avilés y ese hombre… ¡Qué va a querer estar conmigo!... Pero si Juan Ramón acepta, yo también”.

         Como lógicamente puede suponerse, siguieron mis idas y venidas. Confidencialmente yo diría que los dos, Juan Ramón y el doctor Chamorro, en el fondo, no detestaban la idea de encontrarse. Todo se allanó y se encontraron: —“Juan Ramón, te presento al doctor Pedro Joaquín Chamorro”. –“Doctor, este caballero es don Juan Ramón Avilés”.

         Muy serios y estirados, tomaron sus asientos. El asiento permaneció desocupado por unos diez minutos. Los dos ellos empezaron a conversar… y siguieron conversando primero con alguna sequedad, animadamente después. Yo pensé, “ya estuvo; mis dos buenos amigos han simpatizado”.

         Los resultados del concurso no tuvieron ninguna importancia. Triunfó el nombre Xolotlán para la nueva cerveza.

         Pero lo interesante, lo que me llena de satisfacción, es que mis dos buenos compañeros siguieron cultivando buena amistad, estimándose y respetándose más.

         Años más tarde ocurrió que el doctor Chamorro Zelaya se enfermó gravemente; al saberlo, Juan Ramón y su señora doña Mariíta Tünnermann se interesaron por su salud, llegaron a visitar al enfermo repetidamente y cuando acaeció su lamentablemente fallecimiento, y fuimos a enterrarlo al panteón de Granada, el desfile fúnebre partió desde la casa mortuoria en Managua. Lo encabezaba el féretro, seguían doña Margarita e hijos, e inmediatamente después de la familia doliente, iba el auto en que don Juan Ramón Avilés y doña Mariíta Tünnermann de Avilés acompañaban a la viuda y los hijos del recordado periodista, novelista, historiógrafo, académico, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya.

         Lo que dejo narrado es algo que nos hace pensar con cuánta frecuencia los prejuicios e imaginarias ojerizas mantienen distanciadas a personas que de conocerse mejor se ligarían con relaciones cordiales, nobles, a nivel cultural y varonil, como ocurrió en el caso de don Juan Ramón y el doctor Chamorro Zelaya.

ADOLFO CALERO OROZCO
Managua, D.N., agosto, 1978.


Los Ochenta Años de Don Adolfo Calero Orozco UNA VIDA EJEMPLAR AL SERVICIO DE LA CULTURA*. Por Angela Saballos


──────────Ω Ω Ω Ω Ω ──────────


Don Adolfo Calero Orozco en sus 80 años
"Rostro amistoso, tez harta de viento y sol"

──────────Ω Ω Ω Ω Ω ──────────

Entrevista en el horizonte de un hombre cabal

Por: Ángela Saballos de Matamoros

Ex Director de La Prensa * Autor de Novelas, Artículos y Cuentos * Yo me contaminé con las letras * Una Novela vivencial: “Sangre Santa” * “En una vida larga hay de todo y  tiempo para todos” * “Ya mi presencia no es necesaria”  * “La vejez no es contagiosa”  * Un poeta está siempre enamorado” * “Soy optimista”

Conocía a Calero Orozco hace años y me impresionó desde entonces su caballerosidad de hombre que había vivido otros tiempos en los cuales los días se saboreaban y era de rigor el decir un piropo hermoso al encontrarse frente a una mujer que lo merecía… O que no lo mereciera.

Siempre se le hallaba a la menos agraciada más de alguna virtud que la hiciera resaltar entre las demás.

Calero Orozco, Adolfo Calero Orozco siempre evoca en mí el sinónimo de la Managua a su inicio, cuando toda la gente se conocía y cuando una muerte juvenil era extraordinaria.

Y trascendiendo a través de los días y los meses, emergiendo siempre sonriente y optimista de las incomodidades diarias, Adolfo Calero Orozco ha llegado ya a los ochenta años.

Recuerdo que una vez, en una entrevista anterior que él atesora entre sus recortes de publicaciones, le pregunté cómo veía los años sesenta en los cuales él estaba –y me respondió— que “son como son. A ratos así; a ratos asá”.

         Sin embargo avariento del tiempo agregó que le gustaría “poder hablar con conocimiento de causa, de los años de la octava década”. La razón le sobra a Calero Orozco para querer vivir más de este siglo, al que le lleva un año; su vida ha estado salpicad de deseos cumplidos y  una vasta obra de novelas, cuentos y poemas da fe de la realización que ha tenido como hombre de letras.

         Don Adolfo  ha sido también periodista  y mientras estuvo preso el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, junto con toda LA PRENSA después del asesinato de Anastasio Somoza García, don Adolfo fue director interino de este diario.

         En su gestión, breves días después que asumiera el puesto a petición de doña Margarita Cardenal de Chamorro, don Adolfo fue llamado por el jefe de la censura de entonces, un oficial llamado Rafael Gallardo quien prohibió que saliera más LA PRENSA.

         El incidente se registró a raíz de que este mismo oficial del ejército somocista ordenó que fuera publicada en LA PRENSA una noticia fabricada que ya  había sido obligada a salir en otro diario del país. La nota decía a grandes titulares que León pedía la cabeza de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

         Al negarse don Adolfo a publicar tal especie, respaldado por doña Margarita, fue ordenado por Gallardo de clausurar LA PRENSA.

         Apenas había despedido a todo el personal, cuando dos oficiales que eran los encargados directos de la censura en el propio diario, llegaron a decirle a don Adolfo que por mandato de Anastasio Somoza Debayle LA PRENSA debía salir ese mismo día. En ese momento no logró reunirse al personal necesario, pero al día siguiente salió el periódico. ¡Había triunfado LA PRENSA!

         Hoy esto frente a un Adolfo Calero Orozco resfriado, que se cansa al hablar. Fue a visitar a una hija y demás familiares en New Orleans en el frío mes de diciembre y está aún sufriendo las consecuencias dos meses después. Fuma constantemente. “Veneno este vicio. Ya lo voy  a botar”, dice, pero continúa fumando.

         Me regala dos de sus últimos libros y al dedicármelos, le tiembla el pulso. Conversamos. Le encanta platicar. Se precia de tener numerosos amigos que lo aprecian. Es cierto. Adolfo Calero Orozco empezó a escribir promocionado por el Hermano Paulino del Instituto Pedagógico donde él estudió. “Él me estimulaba”, dice. Y hacía lo hacía con todo joven que veía capaz en las letras.

         Recuerda a sus amigos escritores, poetas, periodistas: Salvador Ruiz Morales,   Juan Ramón Avilés, Hernán Robleto, Gabry Rivas, Ramón Sáenz Morales… Ramonín, como le decían. Era su mejor amigo… “Yo me contaminé con las letras… Recuerdo a los Rothschuh mayores, a Rogerio de la Selva, a Luis Alberto Cabrales”. Está mencionando a gente pesada de esa época, gente que hacía la noticia y la literatura.

         Cree Adolfo Calero Orozco que los maestros clásicos españoles son importantísimos en su formación como escritor. Le pregunto qué opina de los autores actuales latinoamericanos. “Me gustan mucho”, responde, pero añade que su devoción es para Rubén Darío. A éste lo conoció de espaldas, sentado a la puerta de la casa de doña Rosario Murillo. “Ella vivía a dos casas de la nuestra aquí en el barrio San Antonio, en el callejón de la Aurora. Yo veía a un señor grueso, sentado de espaldas, pero en ese tiempo no sabía de su importancia. Si no, me quedo hecho piedra esperando que se diera vuelta o le hablo”, se lamenta don Adolfo.

         Después del Pedagógico, don Adolfo estudió en una universidad norteamericana y ya en Nicaragua entre otras aventuras y logros, ingresó al Ejército del General Emiliano Chamorro y  cada una de estas vivencias se ha reproducido en su vida literaria. “Sangre Santa”, su novela, nació precisamente de su estadía dentro del Ejército.

         “La más afortunada de mis novelas ha sido “Sangre Santa”, pero a juicio de mis amigos lo que más les gusta es “Así es Nicaragua”, que es una selección antológica de cuentos nicaragüenses”, señala Calerozco.

         Hablando sobre lo personal, don Adolfo me responde que en una vida larga como la suya hay de todo y tiempo para todos. 

         “Si hablo de alegrías, el bachillerato es una gran alegría, casarse con la novia que uno quiere tanto es otra alegría, el nacimiento de los hijos es otra”, señala.

         —Hablemos de política, ¿cómo se situaría dentro de las actuales corrientes?

         — Bueno, yo soy de familia conservadora. Mi hijo Adolfo es Conservador. Mi padre lo fue. Le diría que tengo ideas normales pero con inclinaciones por la izquierda. Me duele Nicaragua. Esta Nicaragua preñada de amenazas, dolorosa, incierta, le pido a Dios que venga su  Reino de justicia y de paz”, concreta.

         Se levanta, va con paso ágil, a pesar de las chinelas, a buscar un recorte que me quiere enseñar. Me deja sola un momentito en su sala de antiguas sillas blancas de mimbre. Es solícito, como lo son sus hermanas. Ofrecen  un vinito al visitante y mucho encanto antiguo.

         Viven ahora en Altamira D᾽Este después de que el terremoto lo sacó de su casa de Managua donde había vivido 73 años La añora, siente que esa casa es parte suya siempre.

         Hablamos de sus viajes.

         “Me encantan. Así como el avión y el vapor. No temo abordarlos. No tengo miedo. Ni a la muerte, le temo ahora que ya mis hijos son casados y con hijos. Amo a la familia, pero  ya mí presencia no es necesaria”, dice.

Don A. C. O. en Febrero de 1979
 — ¿Quiere Usted morirse entonces?
         — No. No es que tenga ganas de morirme, pero considero que ya finalicé una vida completa, una jornada completa. Ya estoy listo.

         — ¿Cómo se siente la llegada de sus 80 años?

         — Han llegado tan poco a poco que uno ni cuenta se da. Hablando con Jorge Luis Borges allá en la Argentina, me decía de su ceguera que le llegó tan lentamente que tuvo tiempo de adaptarse. Así uno se va aclimatando a la vejez. Pero hay una ventaja, la vejez no es contagiosa. Eso sí, es un mal incurable.

         La sonrisa salpica constantemente su rostro de indio chorotega, como él describe en su Poema “Brocha Gorda”. Es que estamos recordando una entrevista que le hice hace cinco años. Mucho le gustó porque con sus preguntas y respuestas cortas se nota el carácter del entrevistado.

         Allí me contestó cuando hablamos de su último deseo si le dijeran que al día siguiente se iba a morir: “Sería cerciorarme de que se trata de un pronóstico equivocado”.

         — ¿Qué es lo que más le disgusta en la vida?

         — Pues, consiguientemente, poder mantenerme a gusto con la vida.
         — Si le dijeran que mañana nace de nuevo, ¿qué le gustaría ser?

         — ¿Yo? Hijo de los mismos padres que Dios me dio en 1899; dar con la misma mujer que fue mi esposa, caer entre los mismo amigos que nunca me han fallado –y de paso— gozar de un juicio más sólido del que he tenido en esta jornada.

         Como poeta y como hombre de esta Latinoamérica, Calerozco se enamoró sus veces y según por sus respuestas se ha seguido enamorando siempre.

         “Un poeta está siempre enamorado, o no es poeta. La poesía es amor, y el amor es poesía. ¿Qué cuántas veces he estado enamorado? Eso tienen que volver a preguntármelo después que me hayan llevado al cementerio: “Todavía me encienden ilusiones y ensueños y espero todavía mañanas halagüeños”, dice Calero Orozco.

         Añade que la vida es una sucesión de “Ellas”, las mujeres de la vida de un poeta, que siempre están presentes en él.

         Humilde a pesar de sus años de ejercicio en el escribir, don Adolfo siempre da a criticar lo que crea antes de publicarlo. Ahora está preparando “Mas cuentos pinoleros” para su edición.

         Amistoso al colmo, el poeta Calero se ganó un premio al respecto en el Tercer Congreso de la Academia de la Lengua en Bogotá, Colombia.

         “Es que mi hobby es cultivar la amistad. A la edad que tengo no recuerdo haber tenido enemigos, me precio de tener muchos amigos”, comenta don Adolfo. 

Don Adolfo Calero Orozco en 1970
         Y entre su trabajo, su familia y los amigos distribuye las horas del día y de la noche. Señala  haberse vuelto un poco metódico por los años e interesarse sólo por las noticias tanto en radio como en televisión, a pesar de que confiesa haber visto más de alguna telenovela.

         Y así se ve en el retrato que le pintó Alonso Rochi. Adolfo Calero Orozco ha sido el hombre feliz porque es el hombre optimista que busca la alegría y la encuentra. ¡Feliz cumpleaños, maestro!
-----------------------

* Publicado en La Prensa, domingo 18 de Febrero de 1979. Pág. 2

jueves, 12 de enero de 2017

Repaso de historia...PERFIL DEL DICTADOR LIBERAL: ZELAYA. Por: Teófilo Jiménez Viales*


──────────Ω Ω Ω Ω Ω ──────────

Caricatura de Róger Sánchez - La Prensa, 12 de Enero de 1979

──────────Ω Ω Ω Ω Ω ──────────

         Entre los puntos fuertemente antizelayistas que impuso el ultimátum presentado por el comisionado especial, Dawson, del presidente de EE.UU., Taft, al gobierno de facto de Juan José Estrada, (octubre de 1910), figuran: “a) exclusión del zelayismo en el gobierno de la República; b) abolición de todos los monopolios creados por el gobierno de Zelaya”.

         Reacción drástica y  radical del coloso del norte contra el hombre que en 17 años de poder unipersonal, invadió países vecinos, enfrentó mil y una revoluciones que le fraguaron sus sempiternos adversarios, los conservadores, contra su continuismo impenitente. Últimamente, para mayor pesar suyo, coligado con sus adversarios de sus correligionarios, el general Moncada. Hasta que EE. UU., se cansó de tolerarlo en sus andanzas revolucionarias. Aprovechó el fusilamiento de los yanquis Cannon y Groce para fulminarlo con la famosa nota Knox, ejemplo vivo del coloniaje más rampante, que lo tumbo definitivamente del poder.

         Juan J. Estrada, que había “traicionado al zelayismo para salvar al Partido Liberal, no tuvo más remedio que aceptar tales puntos, desglosando así al hombre del partido. Actitud ejemplarizante que hoy parece imposible a los llamados liberales, que confunden el viciado caudillismo personalista, con la organización política que le da origen, que es permanentemente histórica.

         Este perfil de Zelaya, surge a través de interesantes párrafos externados por el político conservador Cuadra Pasos, en un compendio vulgarizador que fueron publicados por la extinta revista “Semana”. Luego fueron impresos bajo el título “Historia de Medio Siglo” (Editorial Unión).

         Prosa suelta, concisa, penetrante, eminentemente moderna, periodística, sugestiva, la del político y escritor. Se afirma que la historia es el historiador por lo difícil que es ser objetivo en narrar hechos en que se toma parte personalmente (como el tribuno sultaneco). No obstante, se me antojan estos seleccionados trozos, aleccionadores, sugerentes, oportunos,  para la actual situación política que vive nuestra patria. Entresaco pasajes, acoto comentarios. Lo demás queda bajo la responsabilidad intelectual de Cuadra Pasos. En materia de juicios históricos, opiniones, conceptos filosóficos, etc. Aquí va el perfil político de Zelaya, con subtítulos colocados por el suscrito.

PARTIDO ANULADO

         “El rostro de Zelaya en la política nicaragüense era imborrable porque estaba confundido con la huella de uno de los partidos históricos. La sanción (exclusión) contra el zelayismo sin comprender ese vocablo al que se daba sentido peyorativo, comprendía en su significado a todo el Partido Liberal que era una entidad histórica imprescindible, para el equilibrio de la democracia nicaragüense y aún centroamericana”. (Los subrayados son míos).

         Comentario: El vicioso caudillismo, peste en nuestra historia, aboga y anula a los partidos que lo han sustentado en los orígenes de la toma del poder. Como mater nutricia al Partido el dictador lo sofoca en el curso de su ascenso al pináculo hasta mediatizarlo y anularlo bajo su omnímoda voluntad.

         Comentario: Mutatis mutandi la historia se repite. Como dijimos antes en otro perfil (el de Hitler), el poder absoluto acaba por corromper en absoluto al que lo ejerce. Al principio, los dictadores, como afirmó un lugarteniente de Hitler, “son humanos al final inhumanos”.

         Apogeo: “El dictador de Nicaragua estaba en su época de mayor poderío, que es cuando se ciegan los poderosos.

         “Entretanto Zelaya, triunfador y engreído, caminaba sin embargo hacia su ocaso. Don Enrique Guzmán comentando la situación dice: “el molino de la Providencia muele despacio, pero muele siempre”. Mitad broma, mitad blasfemia, el pueblo conservador decía desconsolado: “Dios se ha vuelto zelayista”. (Pág. 30 ob. cit.)

         Comentario: El dicho del castizo escritor nica Enrique Guzmán revela una irónica filosofía acerca de la fugacidad del poder, como el dinero, es inestable. Se lucha, a veces brutalmente para atraparlo, cuando su inesperada pérdida es tan deleznable, como la fina arena que se escurre en los dedos de las manos”.

         Tensión con EE.UU.: “usando (Zelaya), una diplomacia agria contra la Legación Americana, residente en Managua. La cuerda de las relaciones entre los Estados Unidos  y Nicaragua se puso tensa”.

         Comentario: Cuando llegó Taft al poder, hubo alborozo entre los conservadores,  (iba a ser el que derribaría al dictador), creyendo, como ahora, que en Washington, se cambia el rumbo del poder en estas republiquetas de banano y café. Zelaya, envalentonado, desató la represión y se colocó frente a la representación diplomática, en algo parecido como el actual con la Embajada de EE.UU., de septiembre pasado para acá. El paralelismo entre ambos hombres es notable, porque el sistema “común” se inspira en su anterior antecesor, que comenzaba a “tocar a Dios con las manos sucias”.

         Reto: “Zelaya se estaba enredando en los hilos de su política dictatorial. El gobierno de Washington lo miraba cada vez con mayor desconfianza y el hombre fuerte acostumbrado a que todo se le sometiera  y todos se humillaran, quiso contrarrestar la nueva política de los Estados Unidos”… etc. (Pág. 36).

         Comentario: Esta párrafo calza con los actuales momentos políticos. Cambiando el objetivo de Estados Unidos, que era el proyectado canal interoceánico, entonces por la política de respeto por los derechos humanos, ahora, preconizada por Jimmy Carter a su ascenso al poder. Aunque su vigencia en la realidad se convierte cada vez más en barullo propagandístico para consumo interno de cabilderos políticos electores, que en una base de apoyo efectiva para los sojuzgados pueblos latinoamericanos.

         Jaque Mate: “Pero Zelaya estaba ciego por sus buenos éxitos anteriores. El gobierno americano que atisbaba la coyuntura propicia para terminar con el poder de Zelaya, estimó como una grave ofensa para los EE.UU., el fusilamiento de dos ciudadanos americanos (Pág. 38. ob. cit.)

         Comentario: Aunque en 1979 la política yanqui ha cambiado el brutal intervencionismo más descarado para defender sus intereses de vastos alcances imperialistas, todavía Centroamérica es para EE.UU., área sensitiva para que la historia vuelva a enredar el hilo de la madeja. Carter retira a funcionarios de su embajada, cancela préstamos considerados inminenets, si no se adopta un nuevo régimen gubernamental radicalmente distinto al que impera…

 Destierro: “El gobierno americano no bajó el dedo conminador y el general José Santos Zelaya, después de haber hecho nombrar en el Congreso, como sucesor, al doctor José Madriz, tomó el camino del destierro en un barco de guerra que puso a su disposición otro dictador, general Porfirio Díaz, de México.” (Pág. 46. ob. cit.)

Comentario: Todavía el dictador, con un pie en el barco que lo alejaría (hasta su muerte) de su patria, actúa como autoritario exiliado, haciendo nombrar por un Congreso que le es servilmente sumiso al doctor José Madriz, para quien era mucho peso, cargar en sus débiles hombros, tan funesta sucesión.

Zelaya, ante la fuerza mayor de la potencia sojuzgante, que lo derrocó de un manotazo, termina como inexorablemente terminan los dictadores casi siempre: en el destierro, amargo y agobiante. Pero ninguno, en la ambrosía del poder, hasta ahora, ha aprendido la lección. Recordemos pues a don Enrique Guzmán: “el molino de la Providencia muele despacio, pero muele siempre”.

──────────Ω Ω Ω Ω Ω ──────────


* Publicado el 12 de Febrero de 1979,  cuando faltaban escasos 186 días para que el “molino de la providencia”, ─ advertido por don Enrique Guzmán (1843-†1911) ─, le aplicara la primera “muela” al último dinasta de los Somoza, quien partió raudo al exilio un 17 de Julio de 1979; la “segunda muela” y molienda definitiva, lo alcanzó en Paraguay. 

martes, 10 de enero de 2017

LOS TRES MANAGUAS. Por: Leonardo Lacayo Ocampo. 1979

──────────Ω Ω Ω Ω Ω ──────────

Don José Francisco Borgen (Chepe Chico)
 Masaya, 1909 - † Managua , 1982

──────────Ω Ω Ω Ω Ω ──────────

Sobre “Una vida a la orilla de la historia”*

Desfiles de Personajes.  —Los espectáculos del Variedades.  —Las fiestas de don Diego y los paseos de don Carlos.  —La primer calle pavimentada.  —Una frase de don Bartolito.  —El triángulo: Cuadra Pasos, Víquez y Solórzano.  —Triunfo del Dr. Corea en Managua.  —“Ahora la juventud es semilla de martirio, espiga de muerte”.


         Querido Chepe Chico:

         He leído tu libro “Una Vida a la Orilla de la Historia”, el cual me ha hecho recordar gratas épocas, imborrables y que tú has revivido con los magníficos relatos.

         Tú y yo somos de los pocos que aún quedan, que hemos vivido lo que yo llamaría las Tres Managuas.

         El Managua alegre, bullicioso  y a veces con la turbulencia de luchas armadas, pero donde la mayor parte del tiempo transcurría apacible y se rendía culto extraordinario a la amistad.

         El Managua impetuoso que se inició en los años treinta, cuando la ciudad creció desordenadamente. Una Managua impulsiva, congestionada y revolucionaria; y el Managua contemporáneo, caótico, desenfrenado, lleno de alambradas y sacos de arena, recorrida diariamente por más de 300 unidades  móviles llenos de soldados armados con rifles y metralletas, que le dan apariencia de una cárcel gigantesca o de un campo de concentración.

         Tú y yo venimos del Managua de la Número Uno, del edificio de La Mascota, de La Sarracena, del Field de la Momotombo, del Palacete de tu tío Max Borgen, del Managua del Teatro Variedades, del Hotel Lupone, de los frijolitos de La Nicolasa, del tiempo de los Papamones, del Negro Pinock, de Paco Soriano, de la misa de tropa en la vieja Parroquia, de los banqueros del Parque Central, de las retretas y de la calle de los besos, del famoso “retiro” de la Beatriz Cárdenas.

         ¿Quién se atrevería  a rememorar esas épocas con nosotros? Épocas de oro cuando el Conde Escoto era seminarista y José Coronel Urtecho, Príncipe del Colegio Centro América de Granada.

         ¿Te acuerdas de aquel exclusivo restaurante Rendezvous de la gente bien, donde uno se extasiaba con las clásicas interpretaciones del bohemio de las telas en un viejo piano, del insigne Ripley, pinolero con apellido inglés?

         Que interesantes aquellas tertulias de políticos, en la terraza del Hotel Lupone, frente a la Calle del Campo, donde unos soñaban y otros jugaban a las adivinanzas.

         ¿Recuerdas a don Genaro Buono, aquel respetable caballero italiano de modales sobrios, que derretía con mirada de fuego a quien osara llegar al comedor del hotel sin saco y corbata, por muy encopetado que fuera?

         Qué alegre aquella Managua de los años dieces y veintes, calles polvorientas, coches que cobraban diez centavos por carrera, lustradas de dos centavos y tragos de cinco centavos.

         La Managua de las carreras de cintas, de los casinos de baile, de las lunadas en la costa del Lago y comidas de tortas de pepescas, de los topes de toros de Arriba, Centro y Abajo, de las veladas boxísticas de Tex Ramírez, del campeón Enrique Leal, de Kid Thomas, Chaparrón y el Turco del Carmen.

         Y aquella época de la cultura, de diletancia y buenos modales, cuando brillaron los poetas autóctonos Ramonín Sáenz Morales, Salvador Ruiz Morales, Adolfo Calero Orozco, cuando Salomón de la Selva pronunciaba discursos explosivos contra los yankis subido sobre una mesa de refresquería, de la época de los pioneros del periodismo: Chema Castrillo, Juan Ramón Avilés, Gabry Rivas, Hernán Robleto, Andrés Largaespada, “el Indio Armonioso”, Salvador Buitrago Díaz, Juan Bautista Prado, Adolfo Ortega Díaz y otros.

         Fue una época inolvidable del teatro con óperas de la Odierno, la Romo Viñas, Lázaro, zarzuelas como la Ugheti Severeni, bailarinas como Tórtola Valencia y  las ondulosas coupletistas y coristas que sacaban de sus casillas a don Nicho Latero, ayudante de don Diego, que jamás salió de la primera fila del lunetario del Teatro Variedades.

         Y  ya que hablamos de don Diego, ¿te acuerdas cuando se sentaba en la acera de Casa Presidencial, con su familia, en la Casa Blanca, donde ofrecía fiestones? Allí se confundían jóvenes verdes y rojos bailando valses y one-steps.

         ¿Y cuando se escapaba a cualquier hora para ir  a pie a echarse tragos al Club Managua, a una distancia de dos o tres cuadras de su mansión presidencial, sin más compañía que un ayudante?

El poeta español Fernando Quiñones y Francisco Borgen
 Centenario de Rubén Darío, Managua, 1967. 
         Y aquel presidente, don Carlos Solórzano, que se paseaba todas las noches por el Parque Darío, como cualquier hijo de vecino, acompañado de un par de amigos.

         Fue entonces cuando se pavimentó la primera calle de Managua, entre los dos parques. Managua se sigue todavía pavimentando más de medio siglo después.

         Tú y yo vivimos. Chepe Chico, los tiempos de don Bartolito, cuando dijo desde un balcón de la Casa Blanca “La libertad no se conquista con flores”.

         Fuimos testigos de aquel famoso triángulo conservador que se formó para oponerlo a Emiliano: Víquez, Cuadra Pasos y Carlos Solórzano. Don Carlos se sacó la lotería por una equivocación, pues lo confundieron con su hermano Federico y fue Presidente con el respaldo del Partido Liberal y Juan Bautista Sacasa, que completó la fórmula como Vice de la Transacción.

         ¡Que batalla aquella donde debutó Mr. Dodd con su ley electoral! ¡Qué lucha la que dio Emiliano, enfrentándose a todos, aún a los famosos “cirujanos” que podrían ser una caricatura de los que se llaman Escuadrones de la Muerte! Y qué sorpresa la que dio Luis Felipe Corea, liberal disidente, que gano Managua por amplio margen.

         ¿Te acuerdas que allí nació el primer Partido Conservador Zancudo, el que formó don Bartolo?

         Perdona, Chepe Chico, que te hable tanto de esa era, pero me apasiona.

         Era la época cuando en nuestras elucubraciones juveniles veíamos como algo esotérico, como ir a la Luna, llegar al año 1979.

         ¿Bailaste alguna vez con la orquesta de Mr. Thumas, de la Soto Carrión? ¡Como ejecutaba en el teatro aquel muchacho de apellido Otero que triunfó en Estados Unidos! ¡Y cómo triunfó Rafael Huezo, notable flautista, que llegó a ser Gerente del Banco Nacional y Ministro de Hacienda! Pertenecía a una familia de grandes artistas, incluyendo a nuestro “brother” el Negro Huezo. No podemos dejar de mencionar a Tomasito Urroz, con su violín mágico y a Tino del Castillo, virtuosos del violoncelo.

         ¿Y qué me dice de la “Rosa del Paraíso”, de Hernán Robleto, la primera obra teatral de un nica que se presentó en Managua?

         Recuerdo siempre la maravillosa frase de nuestro Rubén: “Juventud, divino tesoro”.

         Ahora veo con horror y tristeza que la juventud es semilla de martirio, espiga de muerte.

         Fraternalmente, Chepe Chico, de nuevo mis más cálidas felicitaciones.

* Publicado en "La Prensa", 12 de Febrero  de 1979.
Del Director-Editor del Blogspto: Hemos respetado el texto original, es decir, sin correcciones de ninguna índole.