domingo, 25 de mayo de 2014

LAS IGLESIAS DE SUTIABA. Por: Dr. Eduardo Pérez-Valle

Arquitectura Mestiza

LAS IGLESIAS DE  SUTIABA. Por: Dr. Eduardo Pérez-Valle




















Existen algunos documentos que concurren a ubicar en el tiempo la erección de las iglesias de Sutiaba, aunque no con la precisión deseable.

El primero en el testamento cerrado del Corregidor de Sutiaba don Diego Rodríguez Menéndez otorgado ante el escribano Joseph de Guzmán el 25 de Enero de 1703, testamento en que “deja legados de dinero en plata a “las dos iglesias de Subtiava”, a las de Telica, Posoltega; Quezalguaque y Nagarote (II, p. 12).

Por el testimonio de los autos hechos por el escribano Joseph de Guzmán a pedimento del capitán don Bartolomé González Fitoria y Valdés, en mayo de 1705, sabemos que las dos iglesias a que hace mención el testamento antes mencionado son la Parroquial y Santiago. A la fecha aquella se construye, permaneciendo aún sin techar las naves; la otra en cambio estaba ya techada, si bien no puede afirmarse que estuviese completamente acabada: en ella el maestro carpintero ensamblador Juan Hernández, alias Juan Telica, trabaja en el retablo par la capilla mayor de la “iglesia nueva” (IX).

Ese mismo año de 1705 la Audiencia de Guatemala en vacante de la presidencia, removía a don Bartolomé González Fitoria  del cargo de Corregidor de Sutiaba que ocupaba interinamente desde 1703. Fue nombrado para sustituirlo el capitán don Manuel de Medrano y Solórzano, cuya administración fue inoperante, cuando no desastrosa. Repuesto en el cargo González Fitoria, por recomendación real, en 1708, según parece, aún no ha sido terminada la Iglesia Parroquial. Existe un testimonio de 1710 que da cuenta de la terminación de la iglesia por el mismo González Fitoria. Este ejemplar funcionario finalizó su mandato hacia 1718, según Molina, de quien tomamos los anteriores datos (IV). Ayón afirma que en 1715 fue nombrado Alcalde Mayor de El Realejo, por acuerdo del 25 de Febrero (I. T.II. p. 289). De paso, debe recordarse que las denominaciones de Alcalde Mayor y Corregidor, según autorizada opinión, “no implicaban diferencia alguna en cuanto a las facultades jurisdiccionales de una y otra autoridad (VII, pp. 267, 268).

Puede creerse que en los cinco u ocho años en que González Fitoria tuvo el oficio después de 1710, debe haberse dedicado con el empeño que le era tan característico al perfeccionamiento de los dos primeros templos de Sutiaba y quizás también a la construcción de algunos otros.

De aquí, por escasez de fuentes, nos vemos precisados a dar un salto en el tiempo, hasta 1751, año en que el obispo Morel de Santa Cruz realiza su Visita Apostólica. Ya están construidas en Sutiaba las seis iglesias conocidas “de tres naves, adobes y teja, con su altar mayor y una moderada decencia” (V. P. 63). Esto quiere decir que cuatro de tales iglesias, San Pedro, Veracruz, San Sebastián y San Andrés, fueron construidas en la primera mitad del siglo XVIII, entre 1710 y 1751. No ha de haber sido pequeña la obra que en relación a estos edificios debió cumplir el señor González Fitoria, primero como Corregidor y más tarde como Gobernador de Nicaragua, cargo para el que fue nombrado hacia 1731 (I. T. II. 239).

En tiempos de Morel, la administración de estas iglesias “corre a cargo de un cura; antes eran dos; desde el año de setecientos se suprimió el otro” (V. p. 68).

De las seis iglesias de Sutiaba sólo quedan en pie la Parroquial  y San Pedro. Las otras sólo han dejado sus ruinas, sus vestigios, que cada día se borran más a causa de la intemperie y el abandono.

Ha resultado fácil, en relación a los templos de Sutiaba, echar toda la culpa de su ruina al bárbaro Malespín “que con sus 4.000 soldados entró por Sutiaba a León destruyendo e incendiando.

Por órdenes de Malespín, dice refiriéndose a la Parroquial, “se destruyó la cúpula incendiando la iglesia y se le hizo otras tantas averías. Cuando estuvo en Sutiava entró por el lado de San Felipe y de ahí siguió por la orilla de la población hasta llegar. Acampó en Sutiava y comenzó su entrada en la ciudad arrasando con todos los edificios y cuanto iba encontrando a su paso. Destruyó totalmente las iglesias de Veracruz, San Andrés, San Sebastián y la de San Pedro (III, p. 14).

Si hemos de tomar en cuenta el testimonio de Ortega Arancibia que vivió en mucho los hechos que narra, la cosa no es tan simple.

“El 26 de noviembre de 1844 –dice Ortega—se cambiaron las primeras descargas de fusilería con el ejército honduro-salvadoreño, que se llamó ejercito protector de la paz, disparando  sus cañones sobre la plaza de León desde la plaza de San Juan, en donde situó su campamento” (VI, p. 60).

“No había cañones krup, ni rifles: los morteros de aquel tiempo mandaban sus bombas sobre la plaza con escaso éxito; los fusiles de chispa, no alcanzando larga distancia, obligaban a los combatientes a pelear más de cerca, y se hacía mucho estrago, en la larga retirada que tenían que hacer hasta San Juan, repelidos vigorosamente por los soldados de la plaza que les hacían muchas bajas.

A los tres días llegaron cuatrocientos indios de Matagalpa armados de flechas.

A los cinco días llegó al campamento de San Juan una compañía de rivenses, con fusiles”… (Id., p. 61).

“El fuerte de la defensa de los sitiados consistía en los recursos que de toda clase recibían por el lado de Subtiava, que estaba bien defendido; los sitiadores celebraron un consejo de guerra, y conforme lo resuelto por dicho consejo, al día siguiente hicieron un movimiento de exploración del campo de Subtiava los Generales Muñoz Guardiola y Quijano, llevando cuatrocientos hombres; y las trincheras de la plaza serían atacadas.

El resultado de la exploración dio a los sitiadores los conocimientos más importantes: los auxilios de víveres, tropa y todos los elementos que venían a la plaza de las poblaciones occidentales les entraban por Subtiava, defendida por una fortificación, de un cuadrilátero dotado de cañones hábilmente manejados por buenos artilleros”… (Id. p. 70).

El Gral. Guardiola, con mirada de experto soldado –dice Ortega—, encontró un punto vulnerable al cuadrilátero de Subtiava. Era en una casa esquinera, de doble puerta dividida por el típico pilar: una puerta estaba dentro de la fortificación, pero la otra daba al campo abierto y por ella entraban y salían.

Ortega detalla el plan de ataque en la siguiente forma:

“La tropa auxiliar que había pedido el Gobierno provisorio granadino llegó de Matagalpa y Segovia, y Malespín en Consejo de Guerra dispuso dar un asalto a la fortaleza de Subtiava, de modo vigoroso, hasta tomarla, para lo cual llevaría doble número de soldados, entre los cuales irían los felipeños como conocedores de la topografía que se había estudiado en la acción anterior, y los mismos jefes, añadiendo a Choto y Bracamonte. Llevarían, además, una compañía de gastadores de Matagalpa con hachones embreados, machetes y todo lo necesario, pues tendrían que hacer un gran rodeo para atacar la fortaleza por el lado Sur. Allí llamarían fuertemente la atención para dar el asalto por el Norte en el punto vulnerable que Guardiola había visto”. (Id. p. 71).

Cabe explicar que Ortega usa las palabras fortificación, fortaleza, baluarte, en sentido lato. La llamada “fortaleza de Subtiava” no era sino un conjunto de manzanas y calles defendidas con trincheras, barricadas y  artillería convenientemente dispuestas para cerrar el paso hacia el centro de la ciudad. Por otra parte, estas manzanas fortificadas no estaban en el pueblo, hoy barrio de Subtiava, sino contiguo a él, pero en León propiamente dicha: su límite occidental era la Calle de la Ronda.

El ataque al cuadro llamado de Subtiava se efectuó a los 65 días del sitio de León. Ortega narra así los pormenores de la acción:

…“El General Guardiola, hondureño, comandando seiscientos hombres, salió en la madrugada del 19 de enero de 1845 del cantón de San Juan, con los generales Belloso, Quijano y Bracamonte, y dando un rodeo llegó a la plaza de Subtiava, y mandó al Gral. Bracamonte que atacase por el lado Sur al cuadrilátero que esta al terminar la calle real de la ciudad y a considerable distancia de la casa cural de Subtiava, que ocupaba el primer jefe de la expedición, cubierto por la Iglesia Parroquial de los fuegos de los cañones de dicha fortaleza, que debía ser embestida con furor, dando tiempo a Quijano a que se lanzase por la parte del lado Norte cuando se le ordenase.

Los fuegos se rompieron nutridos por el sur, y Belloso por el norte hizo funcionar sus cañones contra la artillería del cuadrilátero. Los gastadores, divididos en cuatro partidas, machete en mano, partieron simultáneamente por las calles del pueblo, con los hachones encendidos, poniendo fuego a todas las casas del pueblo, pronto las llamas y el humo se divisaron desde las torres de la Catedral y atónitos los sitiados vieron que los defensores del cuadro Sutiaba lo abandonaban, por acudir a ver si salvaban a sus familias, lanzadas de sus hogares por el fuego abrazador. El General Quijano, aprovechándose del pánico que se apoderó del enemigo, mandó hacer descargas contra los fugitivos que corrían hacia el lugar donde gritaban las mujeres y hacían estruendo terrible las maderas de las casas que caían desplomadas por el incendio. Aquel era el momento del asalto, según el plan convenido, y el General Quijano penetró por el punto vulnerable, la puerta del ángulo noroeste de la fortaleza”… (Id. pp. 72, 73).

Después vino la orgía de Malespín, borracho por la victoria y el alcohol. Pero todo fue contra León, no contra Sutiaba. Ocurrió el saqueo de la ciudad, el asesinato del Padre Crespín y del Gran Mariscal, las exacciones, prisiones, fusilamientos y atropellos por doquier.

Ortega rechaza lo afirmado por Gámez en su Historia de Nicaragua, de que “en la toma de la plaza, la mayor parte de la ciudad fue pasada a cuchillo”. Dice que diez meses después de concluida la guerra fue a reconocer la ciudad y no encontró el cuadro de desolación que haría suponer lo aseverado por Gámez, antes bien “las gentes de comercio en movimiento, llenas de animación y vida; las indias de Subtiaba, por las aceras de las casas, iban y venían con sus cestos en la cabeza llenos de icacos, cangrejos y conchas de mar  y otros mariscos que traen a vender a la ciudad, junto con frutas, verduras y otros productos de sus sementeras” (Id., pp. 78, 79). Las casas quemadas estaban principalmente en la Calle Real y detrás de Catedral, en el sitio donde ahora se levanta el Mercado.
Visitó Sutiaba. “Y aunque ya habían vuelto a hacer algunas casas pajizas, aún se veía el estrago que había hecho el incendio: negros estaban los horcones de las casas y aún había ceniza y carbones” (Id., pp. 79).

De todo lo narrado y descrito por Ortega Arancibia podemos extraer las siguientes conclusiones:

1º- No hay mención específica de que se haya incendiado el templo ni edificio público alguno.

2º- El incendio de Sutiaba, de acuerdo al fin que perseguía, parece haberse cebado primordialmente en las viviendas, para obligar a los indígena defensores del cuadrilátero a abandonarlo y acudir en socorro de sus familias.

3º- A Malespín le corresponde la responsabilidad de haber sido el Primer Jefe del ejército invasor. Además, la decisión de atacar el cuadro de Sutiaba e incendiar este pueblo fue tomada en consejo de guerra de Malespín y sus generales y  edecanes.

4º - Pero los directores inmediatos de la táctica incendiaria, y probablemente sus gestores intelectuales, fueron Guardiola, Muñoz, Quijano, Choto y Bracamonte. Los ejecutores fueron los indios matagalpas que reforzaban a los sitiadores.

5º- Los daños ocasionados a los templos sería lógico ponerlos en cuenta de los sitiados, que no de los sitiadores, quienes podían servirse de ellos para su protección.

En 1849 llegó Squier a nuestro país. Estaba fresco aún el recuerdo de la guerra de Malespín y sus horrores. Pero la Iglesia Parroquial de Sutiaba conservaba intacta la media naranja de su torre. Tal muestra el dibujo que Squier publica en su libro sobre Nicaragua (VIII).

Es innegable que a la llegada de Squier ya había en Sutiaba algunos templos en ruinas. En primer término la llamada “Iglesia de Las Mercedes de Sutiaba” (tal como dice él mismo y repite Levy en sus Notas Geográficas y Económicas), que no es otra que la de San Sebastián, como lo muestra el dibujo que el mismo Squier inserta frente a la página 325 del tomo primero. Además, está la referencia expresa: “Perdidas en los montes aledaños de Sutiaba hay otras ruinas e iglesias abandonadas, vivienda ahora de pájaros y murciélagos”… (VIII. T. I., p. 325). Esta alusión, creemos debe referirse a Santiago, pues Sonerstern, que registró esta iglesia en el Plano de León de su mapa de Nicaragua de 1858 (aunque le da el nombre equivocado de San Pablo), pone a continuación: arruinada. En el mismo plano aparece ubicada Veracruz (con error de una cuadra de distancia); Sonnerstern la llama “Capilla”, nada más; pero lo que ahora nos interesa  es que no hay indicación de que a la fecha estuviese en ruinas, como Santiago.

IGLESIA DE SUTIABA, 2007
En el plano de Sonnerstern no aparecen San Sebastián ni San Andrés, pues caen fuera del recuadro. De San Sebastián ya sabemos por Squier que estaba arruinada en 1849. Y no sería muy aventurado suponer que ya estuviese abandonada en 1837, cuando, dice Squier, fueron a echar ahí los cadáveres de las víctimas del cólera (Ibid).

A San Andrés podrían referirse un dibujo y una fecha: 1857. El dibujo, según referencia de segunda mano que no hemos podido comprobar, ilustra uno delos reportajes que sobre nuestra Guerra Nacional publicaba el periódico norteamericano Harper᾽s Weekly, y es obra de un dibujante filibustero, según se dice. Representa una iglesita de León, delante de la cual un “general” criollo, a caballo, cutacha en mano, arenga a un pelotón de soldados nicaragüenses. El caso es que la iglesita del dibujo no corresponde a ninguna de las conocidas de León. Y si no es pura fantasía, o la ermita de Dolores o San José de aquel tiempo, no puede ser otra que San Andrés de Sutiaba. Ahora bien, San José no aparece aún en el plano de 1858; y Dolores está citada en forma imprecisa, no señalado con una cruz el sitio de su ubicación, como se hace con las demás iglesias. ¿Era acaso tan sólo un proyecto o una construcción precaria, provisional?

Queda, pues, en el terreno de lo hipotético, a la espera de informes concluyentes, el que tal dibujo  del Harper᾽s Weekly, de 1857, corresponda al templo de San Andrés de Sutiaba.

BIBLIOGRAFÍA

I – AYÓN, TOMÁS: Historia de Nicaragua. Escuela Profesional de Artes Gráficas. Madrid, 1956.

II – BUITRAGO MATUS, NICOLÁS: León: la sombra de Pedrarias. Revista Conservadora. Nos. 22 – 45. Managua, Julio 1962 – Junio 1964.

III – La Iglesia de Subtiava, obra de arte hispanoamericano. Revista Conservadora. No. 17. Editorial Alemana Managua, Febrero, 1962.

IV – MOLINA ARGÜELLO, ARGÜELLO: Notas al Testimonio de los autos hechos a pedimento del capitán Don Bartolomé González Fitoria, en Sutiaba el 25 de Mayo de 1705. Revista Conservadora. No. 17. Managua, Febrero, 1962.

V – MOREL DE SANTA CRUZ, PEDRO AGUSTÍN: Visita Apostólica, topográfica, histórica y estadística de todos los pueblos de Nicaragua. Managua, 1909.

VI – ORTEGA ARANCIBIA, FRANCISCO: Historia de Cuarenta Años (1838 – 1878). Madrid, 1957.

VII – JOSÉ MARÍA OTS CAPDEQUÍ: Instituciones (Col. Historia de América y de los Pueblos Americanos). Barcelona, 1959.

VIII – SQUIER, E. G.: Nicaragua: its people scenery, momuments, and the proposed Interoceanic Canal. New York, 1852.

IX – Testimonio de los autos fechos de pedimento de el Capitán Don Bartholomé González Fitoria y Valdés, Justicia Mayor que fue del Partido de Sutiaba, en la Provincia de Nicaragua, sobre ser mantenido en la posesión en que se halla de tal Justicia Mayor y no corra el proveimiento fecho en el Capitán Don Manuel Medrano y Solórzano Pueblo de Subtiava. 25 de Mayo de 1705. (Archivo General de Indias. Legajo: Audiencia de Guatemala 257)”. Revista Conservadora, No. 17. Managua, Febrero, 1962.  

IGLESIA DE SUTIABA, RESTAURADA

miércoles, 21 de mayo de 2014

FIESTA Y CULTURA POPULAR DE NICARAGUA. Por: Dr. Eduardo Pérez-Valle. En: La Chachalaca. Año 1; Vuelo 3; Diciembre 1982.

FIESTA Y  CULTURA POPULAR DE NICARAGUA. Por: Dr. Eduardo Pérez-Valle. En: La Chachalaca. Año 1; Vuelo 3; Diciembre, 1982.

La fiesta popular es en Nicaragua un medio tradicional de reforzar los lazos internos constitutivos del grupo local. El ciclo de festividades que jalonan el año, con su obligatoriedad y la prohibición de trabajar, se superpone una cuadrícula del espacio visible por lugares del culto y celebración. Pues el marco de la generalidad de las fiestas populares lo proporciona el culto a los santos 







Mientras las fiestas se suceden a lo largo del año, iglesias, capillas, nichos, efigies, definen una topografía sagrada: encontramos lo sagrado difuso en todas partes y siempre. Ocasión de la más intensa descarga emocional en un espacio restringido, las fiestas reúnen las generaciones, los sexos. Contribuyen a abonar en el ser de cada quien el sentimiento de ser parte de un todo social, del cuerpo de la población y son cultura popular en acción, a través de variados y eficaces medios: creencias, ritos, cantos, lo mismo que teatro, música, danza, etc.

La fiesta y lo sagrado van de la mano. La fiesta interrumpe el decurso de la existencia cotidiana de la comunidad. En medio de la fiesta, lo sagrado va envuelto como vivencia difusa. La piedad popular (peregrinación, procesión, etc.) constituye un soporte en donde en medio de la fiesta tiene lugar el ingreso a otro espacio: el espacio de lo sagrado, de lo primordial. Existe una respiración escondida que la devoción popular hace circular en la sociedad nicaragüense. Sin ella, la vocación ascética u orgiástica de los intelectuales, la violencia de las pasiones, la dureza de la vida campesina, la realidad cotidiana de la explotación y de la opresión política, habrían sido muy difíciles de resistir y  de dominar. La teología de la liberación aplicada en estos años, en alguna medida, en las comunidades de base de Nicaragua, como teología no desmitologizadora, teología fundamentalista, tiene en cuenta la existencia de esa clase de devoción.


Son dignos de atención los rasgos principales del perfil esencial de estas fiestas en que lo sagrado se involucra siquiera como pretexto:

* Libertad  y desborde: en alas de la alegría y del bullicio, de juegos, risas y música, comida y bebidas se llega al exceso y al libertinaje; y si nos descuidáramos, al desenfreno y la orgía.

* Constituye un ritual público de la magia homeopática (“lo semejante produce lo semejante”). De ahí la comida, la bebida; la danza, que sí es de puro regocijo procura la abundancia de las cosechas, y si lleva tintes guerreros termina siendo una verdadera sesión de entrenamiento bélico; las risas y la incontinencia traerán alegría y fecundidad. Con la forzada presencia del santo homenajeado, siquiera como causa inmediata en cuanto ocurre y se ejecuta, los hechos que bajo otra luz podrían interpretarse como desafíos temerarios, aquí se transforman en ritos propiciatorios para obtener la benevolencia y la protección del santo.

* La igualación social no deja de ser un anhelo, que a veces pareciera que cobra la realidad ante la autoridad y hasta favoritismo divino de que goza el santo de la fiesta. Todos los participantes están igualados por la necesidad urgente de protección y favores; el de baja condición toma importancia ante la perspectiva de ser un escogido; y  el que se considera importante cree efectuar una buena y productiva inversión al revestirse aunque sea temporalmente de humildad, la necesaria para codearse con los pobres y secundarlos en su actitud adulatoria. Aunque está de por medio una gran variedad de impulsos psicológicos, motivos religiosos y circunstancias sociales, el resultado es una definida tendencia igualitaria de jerarquías y castas ante la autoridad del festejado.

* Preocupación por futuro: obtenida  en cierto grado la unidad social bajo la autoridad constituida y generalmente aceptada del santo, resulta insoslayable pensar en los beneficios que puedan derivarse, en el campo particular y los que sean de utilidad general. Se quiere el retorno de tiempos mejores,  o la conquista, de una vez, de lo que hasta el momento no ha sido más que una vana esperanza.
Se vino convirtiendo en política muy recurrida aprovechar las costumbre religiosas de los indios, asimilándolas al cristianismo, cuando las características lo permitían.

No hay nada que extrañar. Esto de la incorporación de creencias y ritos paganos al cristianismo fue practicado por todas partes y en diversas épocas. Tal ocurrió, para traer un ejemplo fácil, con incontables fiestas célticas, y San Agustín, al no poder convertir a los galos, no dudó en incorporar la totalidad de sus fiestas a la liturgia de la iglesia, donde todavía perduran y son celebradas en las mismas fechas.

Los indios, mostrándose muy conformes, guardaban ocultos ídolos y ritos. De aquí que toda celebración (procesión) podía tener un doble significado.

Los indios niquiranos o nicaraguas, pobladores del istmo de Rivas, confesaban no ser naturales de esta tierra, sino procedentes, a través de sus progenitores, de Ticomega y Maguateca, en México.


A preguntas de los frailes contestaban que creían en Tamagastad y Cipaltonal (dios y diosa) como creadores del cielo, la tiera, las estrellas y todo lo demás. Creían en Quiateot, como el dios que envía la lluvia, con truenos y relámpagos; sus padres Omeyateite y Omeyatecígoat, vivían en el cabo del mundo, donde sale el sol.

Para pedir agua iban a un templo o teoba, donde sacrificaban muchachos y muchachas; cortadas las cabezas, echaban sangre a los ídolos de piedra que ahí tenían.

Estos templos tenemos, como vosotros los cristianos las iglesias –decía uno de los caciques--, porque son templos de nuestros dioses; ahí les damos sahumerios y  pedimos que nos den salud cuando estamos enfermos, y agua cuando no llueve. El cacique mayor de todos hace la oración y permanece en esta rogativa un año continuo, sin salir del templo; cuando al fin sale, se hace gran fiesta de comer y de cantar. Luego se busca otro cacique importante que entra y permanece en el templo de la misma manera.














Hace ya mucho tiempo que nuestros dioses no vienen ni les hablan; pero antes lo solían hacer, según nuestros antepasados. En un año tenemos veintiún días de fiesta, para no trabajar en ellos, sino holgar y emborracharse, cantar y  bailar alrededor de la plaza. Nuestros antepasados nos dejaron los ídolos hechos de piedra, y conforme a su modelo hacemos otros que tenemos en nuestras viviendas, para cuando queremos conseguir alguna cosa, rogarles que nos la den, así como la buena salud. Pero estos ídolos de casa no les ofrecemos sacrificios.

Veamos ahora cómo anda las fiestas religiosas en la actual ciudad de Masaya y el pueblo indio Monimbó, que es hoy uno de sus barrios. En la ciudad de Masaya, en la festividad de San Jerónimo (30 de septiembre), salía a las calle el Toro-Venado “de rama”, de carácter foklórico, siquiera sea por lo remoto de su origen.

El despertar era al son de violines de talalate de Güisquiliapa y de guitarras, de gritos estentóreos en honor de San Jerónimo “Doctor”. La noche anterior, en casa de la “promesanta”, se habían prodigado mancarronas (rosquillas), tamales, tibio, chicha y café.

Por la mañana se toca pito y tamborcito, desde temprano, para que todo mundo alistara máscaras y atavíos, originalmente muy pobres y estrafalarios. Las máscaras era de palo o de huacales con olotes como narices; se llevaban leontinas de maíz y sombreros de palma adornados con flores de jalacate, sardinillo o malinche; y en la mano una rama de malinche, guásimo o madero, de donde le vino el nombre de Toro-Venado “de rama” a este Toro-Venado de primitivo.



La figura central del desfile era una muchacha hermosa, llamada María, la que tal vez originalmente fuese una hija del cacique. Tenía que ser acompañada por unos cincuenta disfrazados, para defenderla del ataque de animales dañinos, principalmente el Tigre, que también se suma al desfile y a la danza, llevando una piel de dicho animal a manera de delantal, otra cubriéndole las espaldas, y una tercera a manera de gorro. Se llama Toro-Venado al desfile, a la danza y al grupo. Y  es también un Toro-Venado cada uno de los participantes, a excepción de María y del Tigre.

Los comparsas llevan a San Jerónimo “Doctor” ofrendas como una iguana disecada, un garrobo, una ardilla, un mono, un gato de monte o un mico de palo. Y  los que van disfrazados de mujer pueden ir barrigonas, a pedir a San Jerónimo que el niño nazca sano; o ya con el niño entre los brazos, representado por un muñeco de palo o de trapo, a pedirle al “Doctor” que le cure de alguna enfermedad.














El grupo se encamina al son del pito y del tamborcito hacia la iglesia. La danza es sencilla y a veces se abandona o desfigura ante la monotonía del son, compuesto de cuatro partes poco diferenciadas. Cuando más alegres van los bailantes, por los guacales de chicha ya ingeridos, aparece el Tigre en acción, arremetiendo a cuerazos a la comparsa, al compás de la música, que trata de reflejar sus movimientos. En el alboroto de esas arremetidas del Tigre se repite con insistencia el grito general de “¡Jule, María, que te agarra el Tigre!” En el habla popular nicaragüense, la palabra jule es una invitación a correr, y se usa habitualmente dirigida a perros y otros animales.

Tras la llegada a la iglesia, los Toro-Venados regresan a casa de la dueña o “promesanta”, donde son atendidos a cuerpo de rey con alimentos y bebidas.

El Toro-Venado tradicional fue abandonado como espectáculo hacia 1937. En fecha reciente se ha querido revivir, más con aportes extraños, modernos y grotescamente burlescos, que lo privan de su antiguo valor.

Hablemos ahora de la Fiesta de San Lázaro (Domingo de Lázaro o Procesión de los Perros), que exclusivamente se celebra en Monimbó en la iglesia de la Magdalena y en torno a ella.

La imagen venerada, probablemente de origen colonial, es de un hombre barbado, descalzo con túnica corta y de aspecto enfermizo, la cabeza vendada y con llagas en rodillas y piernas; apoyado en un báculo, a sus pies dos perritos que lamen sus heridas. Es el mismo Lázaro bíblico, que pedía limosna a la puerta del rico Epulón. Es pues un personaje mítico, que nunca tuvo existencia real, a diferencia de Lázaro verdadero, canonizado, el hermano de Marta y María Magdalena, muerto bajo el flagelo de la lepra y resucitado a los tres días por Jesucristo, según el relato evangélico.

Sin duda el culto va dirigido a este Lázaro verdadero, pero se generó una confusión y se pusieron al santo características imaginarias, del Lázaro ficticio.

La fiesta se realiza en dos días, sábado y domingo inmediatamente anteriores al Domingo de Ramos. El Sábado Santo es traído de su camarín a una mesa con manteles y flores, al alcance de promesantes y devotos; todo el día hay disparos de cohetes y repiques de campanas; por la noche hay vela, con música y juegos de pólvora. En la plaza y en el atrio se han instalado ruedas de caballitos y taburetes, ruletas y otros juegos, y chinamos que venden refrescos, licores y fritangas.

Algunos de los promesantes, que ofrecieron repartir chicha gratis, terminan bañándose con los chingastes. A esto el pueblo llama gráficamente “baño de chingastes” o “chicha de sudor” y también se produce en otras fiestas populares religiosas.

En la fiesta de Lázaro también se dan los juegos de Cuepas, los Dulces de Concha y el Desfile de los Perros. En el juego de cuepas se trata de acertar con una pelota de cera a otra pelota igual que el adversario sitúa en el piso del atrio. Los dulces de la Concha proceden de los pueblos de La Concepción y San Juan de la Concepción del departamento de Masaya, y son de excelente artesanía, elaborados de azúcar y limón, con graciosas y delicadas formas de muñecos, animales, frutas, flores, objetos diversos, inmaculadamente blancos, decorados con trazos de anilina roja.

Para el Desfile de los perros, los promesantes llevan a sus perros muy aseados y adornados con flores, cintas y papeles de colores. Se compra a la puerta del templo una candela de cebo, la que se enciende delante del Santo; se deposita la limosna y se reza, hasta que la candela se consume. Es muy atrayente por su colorido este Desfile de los Perros, único en todo el país; como también lo es la fiesta en general, exclusiva del barrio de Monimbó, antiguo pueblo de indígenas, extremadamente pobres y asaz necesitados de auxilios extraordinarios.

En Masaya, en torno a San Jerónimo hay celebraciones religiosas y diversiones populares desde el 20 de septiembre hasta el último domingo de octubre: más o menos 40 días.

El 20 de septiembre por la noche es la “Gran Alborada”, en la plaza del Santo: juegos artificiales y música.

Del 21 al 29 es la novena. Entretanto van llegándolos fiesteros a instalar chinamos con toda clase de juegos y diversiones (ruletas, toros-rabones, etc.), cantinas, comiderías, charlatanes, adivinos y prostitutas. Se instalan ruedas giratorias de caballitos, chinitos (pequeños taburetes), carros chocones, ola giratoria, y la llamada “rueda Chicago”. Esto se extiende de San Jerónimo a otras dos plazas. La de la Asunción y la de Estación ferroviaria.

En esta ocasión hay una “Gran Exposición de Artesanías”, montada por la municipalidad.

Entre las diversiones simultáneas vale mencionar el tope de los toros (29 septiembre) y la lidia o corrida de los mismos a la manera del país, el concurso hípico, las carreras de caballo, el desafío del “palo lucio”, para ver quién es capaz de ascender por él y atrapar el premio colocado en su cúspide; y las “alboradas” a base de juegos artificiales.

En el período de las fiestas, el Santo sale en procesión en dos ocasiones: el 30 de septiembre, día de la fiesta; y el 7 de octubre, día de la “octava”. El 30 el Santo va de su propia iglesia a la de la Asunción, sobre la Calle Real; después de una misa solemne, regresa por donde fue. El 7, en cambio, se desvía por numerosas calles, de toda categoría. En la procesión del 30 también participa la imagen de San Miguel Arcángel, cuyo día fue el 29. El pueblo se reúne, los pasea y les rinde homenaje conjuntamente.

San Jerónimo va sobre gruesas andas de bambú cubiertas por una montaña de flores; San Miguel va adornado con cintas de colores que se enrollan en su espalda flameante.

En el apretujado desfile van numerosos conjuntos de baile con sus respectiva marimbas, guitarras y tambores. A estos grupos se los denomina con el nombre genérico de “bailes”. Los más atrayentes, bien definidos y cultivados son los Bailes de las Inditas. El Toro-Venado “de rama”, en que los Toro-Venados, con disfraces casi uniformes, defendían, blandiendo ramas contundentes, a una aparente reina o princesa que presidía el desfile. Aquí se ostentan los más variados disfraces, muchas veces remedando y haciendo mofa de políticos impopulares. Un personaje imprescindible es la Vieja del Toro-Venado, con máscara negra, arrugada, dientona y mechuda; y en la mano una bulliciosa sonaja.

Otro es el Macho-Ratón, con cabeza de macho en actitud de mordisquear, y cuerpo de ratón, terminado en la cola característica. Los toros-venados que lo rodean tratan de manosearlos, y él se defiende a dentelladas. Todo al son de una música adecuada. El Tigre, que es otro disfraz, con pieles de este animal adelante y atrás, después de muchas vueltas, al fin se encuentra con el Macho-Ratón, y  se arma la pelea. Allí entran los toro-venados a castigarlos y separarlos valiéndose de las ramas de malinche que portan; y también entre la Vieja agitando la sonaja; por fina aparece el Alcalde de Vara, tocando tatil (pito) y tumcún (tamborcito), y establece la paz.

Por otro lado están los promesantes, a veces avanzando arrodillados, sostenidos por manos caritativas, a veces con los ojos arrasados en lágrimas y musitando cosas ininteligibles o profiriendo gritos desaforados a consecuencia del estado histeroide en que se encuentran.













Buena parte de los concurrentes se empeñan en lanzar gritos y consignas, impregnadas del desabrido sabor “político” acostumbrado por años y años: “¡Viva el que todo lo puede! ¡Viva el patrón de este lugar!” Es lo que siempre habían querido escuchar los politiqueros que viven a expensas de la confianza del pueblo. Pero era dudoso que a un verdadero santo le fueran agradables tales adulaciones. Los “políticos” desacreditados, como algunos de los que se han llamado “presidentes de la República” han asistido para dar su brincadita, bailando en honor a San Jerónimo; pero en realidad buscando manipular al pueblo y dejarlo para la explotación mediante la benévola interpretación de aquella bufonada carente de motivación honesta y de sentido real y valedero. 
......................................................................................

lunes, 19 de mayo de 2014

GUSTOS CULINARIOS DEL COMENSAL NICARAGÜENSE, EL PLATO DE BABA... Artículo de Manolo Cuadra Vega. 1955.

BABA. Por: Manolo Cuadra (1907-1957). En: Flecha. Agosto de 1955. año XIV. Edición No. 4358. 

En un diario de Managua, se está discutiendo si el indio viejo, el mondongo, el vigorón o los frijoles, deben servir de común denominador al plato nacional.

El plato nacional es sin duda, el Plato de Baba, porque es el plato del día, el plato del año, y el plato de siempre. En economía, en política, en moral, en deporte, no hacen sino servirnos (y el pueblo lo devora con tanta falta de pudor como sobra de entusiasmo) un plato de Baba.

¿Qué fue el tratado Cañas-Jerez, qué la pseudo incorporación de la Costa, qué el tratado del Canal, la revolución de 1910, la intervención marinera americana, la revolución de Moncada, la cesión isleña de San Andrés, el "Lomazo", el "Fortinazo", luego el otro "Lomazo", el "pacto de los generales", el negocio de la penicilina hace ya muchos años y qué el sonado "EstampilIazo" de estos días? Todo esto es el plato nacional, el Plato de Baba por el cual mostramos tan enternecedora preferencia. Este es nuestro plato histórico, nuestro plato de resistencia. En cuanto al mondongo, sólo se come en ciertas regiones del pacífico y tenemos los habitantes de este litoral tanto derecho de reivindicarlo como plato nacional, en la misma forma que los blufileños su vitaminado y energético rondón. El vigorón, esa culinaria creación granadina -plato por otra parte plebeyo- es ignorado en Las Segovias, donde se le sustituye con éxito por la chanfaina, mezcla de desperdicios y vísceras dudosas, adyacentes a los órganos más innobles del puerco doméstico y omnívoro. Todos estos son platos regionales, de uso limitado dentro de sus particularidades geográficas. Los frijoles son un plato en sí, pues no suponen ningún aderezo cocinero. Ellos se dan a la mesa bajo la misma constante que se dan en Chile o en Bolivia. Es plato continental. Además los frijoles son tan inconstantes como las mujeres. Ahora, por ejemplo, este hemoglobinado cereal, ha perdido todo contacto con las masas populares y, pese a su democrática abundancia, resulta manjar de dioses sobre los manteles de la clase media y apreciable alimento en los comedores de la alta burguesía. Vale once córdobas. Pretender identificar como plato nacional a esos alimentos buenos sólo como curiosidades folklóricas y regodeos gastronómicos es perdedera de tiempo, deporte culinario y bellaquería gastronómica.

Plato nacional debe ser el que exhiba una limpia tradición de fidelidad en la mesa del comensal y una demanda a prueba de dispepsias, como es el Plato de Baba, comido por los nicaragüenses, hace más de un siglo desde que, independizados de España, cogimos nosotros solos la cuchara y las especies para crear un plato digno de nuestro paladar. Así resultó el plato de Baba, regusto del abuelo y golosina del rico, fiel a la mesa y agradable al estómago, regalo de la pituitaria y gelatinadulce de las glandulillas gustatorias.


El mondongo es un plato del pacífico; la chanfaina, Segoviana; el indio viejo tiene una gastro-regionalidad determinada, como la ODECA. Pero lo que todos comen, con tanta sobra de entusiasmo como falta de pudor, diariamente, voluntariamente, sin cansamos jamás, es, sin duda, el de: Baba.

"DE LA ACADEMIA A LA MONTAÑA" / "CONTRA SANDINO EN LOS INFIERNOS". Por: Manolo Cuadra. 1934.

DE LA ACADEMIA A LA MONTAÑA. Por: Manolo Cuadra. En: Nicaragua; Revista Mensual Ilustrada. Vol. I. Núm. 3. Managua, D. N., Noviembre de 1934.

Director: José Francisco Borgen



I
Isidro Larios, comandando una escuadra, pasó trotando ante los espectadores, en un incidente de las maniobras. Pasó otra escuadra y otra más. Luego aquellos muchachos de la Academia, parapetados a 100 yardas del objetivo, se detuvieron brusca, pero limpiamente, en forma clásica, arrojándose a tierra, según se los había enseñado Burwell, director de la Escuela.

¡Qué suave se caía así!

Del punto que ellos iban a atacar, defendido por siete hombres y alguna arma automática, empezaron a asomar botones de humo y detonaciones bastante ahogadas, indicio convencional de que de la otra parte se defendía. Pero las balas falsas no llegaban, ni con mucho, a los primero cadetes de la avanzadilla.

--Más adelante--, calculó el comandante.

Doce kakis emergieron de entre la yerba. Avanzaron, el dedo en el disparador, partiendo el viento con las proas de sus hombros izquierdos y la cabeza embistiente, como invulnerable bajo el metal de los cascos imaginarios.

Oían más claramente los disparos; los fogonazos eran perfectamente visibles. El número 3 de la primera  escuadra dio un salto y quedó fijo boca abajo. Una bala falsa había tocado en el hombro. Pero nadie vió. La carga iba demasiado bien para reparar en detalles. Sólo cuando el hombre de observación de la patrulla hizo una profunda inclinación con sus rodillas, los cadetes comprendieron. Estaban en “la tierra de nadie”, o, como lo observara el otro día Isidro Larios muy filosóficamente, en “la tierra de todos”.

--¡A tierra!—

La voz del oficial era imperiosa. Todos se dispersaron. Una bandera roja, con extraños símbolos de muerte, aparecía ante ellos.

                                                        II
La táctica a seguir, en este caso, no era una novedad ni constituía algo difícil. Lo que tenían que hacer por ambos bandos, era anotar el número de bajas y pasar el reporte a sus comandantes.

Isidro Larios, al intentar un avance a gatas, sintió un golpecito en la columna. El taco respingó sobre su cuerpo; pero él se hizo el desentendido y continuo marrulleramente ganando terreno, porque a él no le agradaba eso de morir de mentira, haciendo perder la prueba a sus camaradas, seguramente. Brennan pasaba en ese preciso momento doblado, y quedó ante él.

--El del lanzabombas está muerto a cuarenta pasos de aquí. Cójalo Ud. y hágase un de las suyas,-- le gritó.

Larios viró su cuerpo. Si él lograba su cometido y sus disparos hacían blanco, ganaría enseguida alguna citación. Los cuarenta pasos se le hicieron kilómetros. ¡No! Estaba seguro que Brennan no había calculado bien. Hasta entonces deslizábase protegido por una leve hinchazón terráquea y ahora había llegado el momento crítico de su avance.

De la otra parte le llegó una granizada.

Imposible continuar así. Tuvo que perder su línea recta, optando por trazar una dilatada curva. Más larga, Isidrito, pero más segura. Pasó al lado de Uriza, el cadete de la última escuadra, que estaba tendido boca arriba, con un tiro en el abdomen. Uriza le guiñó el ojo.

Por segunda vez jugó la marrulla de preguntar a un muerto, dónde estaba el lanzabombas. Se empujó rápidamente, sesgándose un poco. Allí estaba. Cogió el arma. La botella estaba puesta, y la granada debidamente colocada en el depósito.  Pronto el paquetito negro se elevó en el espacio describiendo una linda parábola.

Tuvo un rictus ácido, cuando el impacto se desplomó cerca de algunos compañeros de asalto.

--Barajo—pensó, avergonzándote.
--¡Magnífico, Larios!

El muerto se burlaba del lanzabombas.

Puso otro envoltorio, ganoso del desquite. La bala falsa fue despedida a varios grados más de inclinación y Larios Pudo ver que la había dejado a pocos  pasos del reducto. Enseguida elevóse una detonación, bastante sorda.

El objetivo envolvióse en una nube de humo espeso.

La tercera granada debió de producir su efecto, porque al aclarar el radio de la trinchera, el cadete vio que el trapo rojo había ido al suelo.

Todavía lanzó con el arma dos veces más.

Brennan, el comandante, gritó:

--¡Armar bayonetas!

Ellos obedecieron con precisión admirable.

--Ahora, ¡go on!

De la trinchera resistían muy pobremente. Sólo el gaznate de una pistola expectoraba cansadamente. ¡Bravo! Era lujosa 45 del teniente Boswell. El heroico oficial quería morir.

Y así fue cómo Isidro Larios ganó muchos puntos con un feroz asalto con balas de cartón.
                                                        III

Los relatos que en los círculos de la Academia corrían sobre las terribles pruebas sufridas en el Área Norte, el rigor de las patrullas y el peligro de sus escabrosidades encantadas, no comprometieron el ánimo de Isidro Larios con el temor. Mentiras. Los alistados exageraban con fantaseo puramente tropical, porque comprendían que así tomaban un anticipado desquite de superioridad sobre los futuros oficiales. Pero ahora que estaban en Quilalí, eje de las operaciones peligrosas, a pocas leguas quizá de un campamento desconocido, el cadete chocaba contra la impresión penosa de la realidad. El capitán Biebush habíales hecho conocer, la misma noche de su arribo, el siguiente mensaje:

“65 Jinotega
Estaciones del Quinto Distrito. Área Norte.
Tres oficiales y ocho alistados fueron emboscados y muertos hoy en el punto 332 463 por hombres de Quintero, en número de 150. Saque inmediatamente patrulla combinada de guardias y cadetes, para que éstos tengan la oportunidad de batirse, procediendo a interceptar posibles conexiones con campamento General Sandino. Garantice cadetes. 16418”.

                                                        IV

Muy confusamente, Isidro Larios pudo darse cuenta de lo que estaba pasando; muy confusamente, porque en el cataclismo de la sorpresa, apenas si pensó en que él estaba allí para pelear, controlado por la voluntad del oficial, como un títere trágico.

A la verdad, aquello duró pocos segundos, tan pocos, que en ese tiempo habían interceptado ya al cuerpo principal de la avanzadilla, compuesta totalmente de alistados. Necesariamente, los cadetes tendrían que batirse aislados, --ya se batían—en tanto que los guardias del segundo teniente Joseph Limpton no lograran establecer contacto. Y eso era difícil, porque entre los hombres de Limpton y los muchachos de la Academia se interponía, con sabia tenacidad, la cuña mortífera de una ametralladora enemiga.

Los cadetes quedaron pronto tendidos a lo largo del sendero. Cerca, en el recodo próximo, la avanzadilla respondía vivamente al fuego. A los futuros oficiales se les ofrecía un hueso duro de roer. Inútilmente, Brennan intentó una contraemboscada. Al replegarse notó que le faltaban dos hombres. Otro estaba con la rótula deshecha y pedía agua. El comandante se arriesgó hasta él, chorreándole la cantina.

--Beba, amigo,-- le dijo.

Olvidaba su jerarquía. El peligro, la tragedia cercana lo volvían fraterno.

Limpton, por medio de un hábil truco, logró mandar a uno de sus hombres a unirse a los cadetes. Tenía la certeza de que a doscientas varas de los hombres de Brennan estaba emboscada la Browning de los rebeldes. Urgía la acción del lanzabombas sobre aquel punto, única providencia que permitiría la compactación de las dos guerrillas.

El capitán recorrió a rastras la peque línea de cadetes. Isidro Larios lo vio detenerse junto a él.

--A ciento cuarenta varas de aquí, gritó rectificando el cálculo de Limpton, --está la máquina. Haga por desmontarla. Vaya. Ocúltese detrás de aquella eminencia.

Los días de maniobra en la Academia, cuando él sorteaba un peligro nada más que teórico, pasaron nostálgicamente, --como las pompitas de jabón que elevara de niño,-- por los ojos del cadete. Pero sus veinticuatro años audaces pusieron un tapial sobre el pasado. Siguió al hombre de comunicaciones, copiándolo en todos sus esguinces, que sabían librar el bulto en atrincheramientos increíbles. De la otra parte les tiraron al cruzar un limpio. Fueron segundos arriesgados. Comprendió el cadete que había pasado a un decímetro de la muerte. ¿Llegarían ilesos? Todavía había que tantear otro trecho al descubierto. El otro dejó de arrastrarse y anduvo tan velozmente como pudo, doblándose hacia adelante hasta poner horizontal la superficie del cuerpo. En condiciones normales, tal distancia apenas sería digna de consideración. Pero en las presentes, la dimensión del tiempo adquiría dilatamientos absurdos en ese pequeño espacio, donde la metralla entonaba letanías mortales.

--A la una… A las dos… A las tres… ¡tres!, --gritó él mismo, como para tonificarse.

De un salto cayó al limpio. Silbaron las balas. ¿Cuánto tiempo duraba aquella carrera? Isidro Larios constató por primera vez en su vida, el fenómeno de la paradoja: veía las yerbas, las diferencias, el paisaje todo, pasar a sus flancos, en dirección inversa a la suya; pero la verdad era que él no captaba ese movimiento de avance. Le parecía estar marcando pasos sobre el mismo terreno. Cierta técnica cinematográfica permite ver a un hombre en la intensidad de su carrera, ejecutando un footing que, por vicios de perspectivas, pareciera verificarse en un sólo punto, mientras lo que huye delante de él es el resto del paisaje. Había notado eso una sola vez, cuando en varietés de la M. G. M., se registraron los eventos del gran Nurmi.

Lo embarazaba mucho el arma. El alistado casi llegaba al extremo seguro. Isidro comprendió que estaba a salvo.

--¡Ah, bruto!

¿Por qué se detenía es pobre guardia? Si quería esperarlo, era eso una imprudencia. La dio alcance y de un violento encontronazo con el cuerpo, lo empujó hasta la maleza.

Estaban salvados.

--Venga, ahora somos nosotros.

González giró, pero para caer en los brazo del cadete. De la frene le bajaba un torrente rojo, el académico rompió el paquete de ayuda y vendó la herida. Regó un poco de agua para hacer compresa y puso el resto sobre los labios resecos.

--Gracias, cadete.

Volteó los ojos y respiró fuerte.

Desde el punto indicado por Brennan, era posible, en efecto, aunque no fácil, silencia la ametralladora. Lo más interesante era no dejarse descubrir; pero, al mismo tiempo, el exceso de prudencia podría restar eficiencia a los disparos. Saltó a esa conclusión después de haber puesto tres granadas. Tuvo que subir más. ¡Ahora sí! Desde su posición veía claramente a la vanguardia, disparando tranquilamente, apostados tras los repliegues y a la línea beligerante de los sandinistas que, arrancando en semicírculo desde los muchachos de Limpton, se dilataba, bastante nutrida, hasta cerrar su extremo detrás de los cadetes. En el centro, la Browning imprecando seguía con insolencia.

Fijó la culata de su máquina contra la tierra y  apretó el fatillo. El paquete se resolvió en infinidad de volteretas. Siguió la parábola bajo el sol luminoso de la mañana de agosto.

El tiempo que la granada tardó en volver a tierra, Isidro lo consideró suficiente para ganar dos cursos de sus estudios de derecho.

Sucedió a la explosión un terrible griterío. Cuando la humareda hubo desaparecido, el cadete inspeccionó febrilmente. Tornó a llenar la botella. Esta vez la bomba se llevó a dos hombres de la dotación y hasta la ametralladora sufrió un vuelco, quedando con el trípode hacia arriba, como un bicho maligno.

--Ahora, ¡arriba, guardias! –tronó Limpton.

El choque, sin embargo, aunque animoso hubo de retroceder ante el número.

Cuando también Brennan regresó de un intento por despegar la cuña, miró con dolor a sus cadetes. ¡Aquella ametralladora invulnerable que golpeaba incesante! ¡Aquellos tarros cuyas explosiones empezaban a demoler la tierra cercana! ¿Huir? ¡Jamás! No había alumbrado aún el sol que viera flaquear el valiente corazón de los guardias…

--Habrá que juntarnos, cadetes… --ordenó, aprovechando un momento de relativa calma.

Como puestos de acuerdo, ya los hombres de Limpton iniciaban por cuarta vez un supremo esfuerzo de junción. La ametralladora tuvo que ocultarse bajo el fuego cruzado de ambas guerrillas.

--Esto es el fin, Edward Limpton, -- anunció Brennan estrechando, al encontrarse, la mano del otro oficial.

--Tenemos tres horas de fuego, --contestó su compañero,-- y sí los muchachos no ceden, podremos todavía esperar corsarios.

Y miró ansiosamente al cielo iluminado del trópico. Así evadía, con una suposición agradable, la fúnebre observación de su camarada. Pero cuando estuvo solo, --porque ya Brennan se alejaba—expresó, para sí sólo, su verdadera opinión:

--A lo menos, moriremos juntos.

El oficial se mordió fuertemente los labios. No resistía la sed y cuando, elevando su vozarrón, había gritado pidiendo agua a uno de los cadetes, una voz que venía de la otra parte había contestado burlona:

--Conque, ¿ya tiene sed, mi capitán? Un momento.

Un bulto negro cilíndrico, voló por el aire en su dirección. Adoptó bruscamente la prona y cuando esperaba sentir en su cuerpo los estragos de la metralla, advirtió que el objeto se rompía contras las piedras y le bañaba con un líquido nauseabundo de indudables procedencias renales.

Un coro de carcajadas subrayó la oportunidad del ultraje.

--¡Fuego, cadetes!, --- golpeó su garganta, sibilante.

Del otro lado, la misma voz remedó la orden, aunque aumentada con un apéndice depresivo:

--Fuego cadetes. “Uyuyuy…!

La ametralladora, culta, recomendó su musiquita detestable. Isidro conoció la embestida del minuto supremo. Alistados y cadetes, unidos estrechamente en la gran aventura, armaban tranquilamente bayonetas.
                                                        VI

Isidro Larios, comandando una escuadra trotó ante los espectadores en un incidente de las maniobras. Luego, los muchachos de la Academia, parapetados a cien varas del objetivo…

Así comenzó la historia, que termina, desgraciadamente, de otra manera:

Él se inclinó, dolorosamente pugnando por seguir de pies, hacia el suelo. Algunos pasaron sobre él, maltratándolo, sin fijarse.

--Uno, --contó, viendo caer a Fuentes, el número 16 de su clase. Dos, --siguió mentalmente. Tres.Y así hasta cinco.

--¡Viva la Gu…ardi…a!, intentó gritar.

La visión de una imagen que se inclinaba sobre él, con una guirnalda verde en una mano y el índice de la otra sobre los labios, le detuvo el empuje.

Dobló los párpados, comprensivo.

Y se durmió en el silencio de los héroes.
                                                                 
Manolo Cuadra
Quilalí, Guerra de las Segovias.

(Del libro en preparación, “Contra Sandino, en los infiernos”).