domingo, 6 de julio de 2014

EL NICARAGÜENSE QUE FUE ALCALDE DURANTE OCHENTA AÑOS CONSECUTIVOS

Nota de Redacción del Blogspot:

El título marca la ruta de las ideas... no obstante, a esta “ventana histórica” le agregamos:

Sólo en Nicaragua no sería raro ver pasar un chancho que ladra…

Típica o Atípica democracia, por indígena, por colectiva, por popular...

Para entender, en el tiempo... nuestra psicología colectiva…

“De nuestras absurdas tradiciones…”

¿Grado de perfección o Grado de entronización?

Suceso que debería agregarse al Guinness World Records

ALCALDE POR 80 AÑOS. En: Novedades, 4 de Agosto de 1964.
Masaya, agosto 3.- Sólo la muerte pudo separar a Manuel Jiménez de su cargo de Alcalde del barrio Monimbó, al cual sirvió por el largo período de 80 años consecutivos, en una sucesión de reelecciones y que sin durante ese tiempo llegara a ser derrotado por los demás candidatos que lucharon por llegar a desempeñar las funciones de Alcalde de la localidad. Según informes obtenidos por este Corresponsal, por primera vez, en el barrio Monimbó, se celebrarán elecciones populares para escoger nuevo Alcalde, ya que este cargo estuvo bajo la responsabilidad de Manuel Jiménez, durante los ochenta años que lo acreditaron como el Alcalde más viejo de Nicaragua. (Corresponsal FPT).

 LO QUE ACONTECIÓ DESPUÉS DE QUE LA  “PELONA” LE CANCELARA EL PUESTO

Tradición en Peligro

PLEITO POR ALCALDÍA DE MONIMBÓ. En: La Prensa, 10 de septiembre de 1964.

La tradición indígena de que sea el pueblo quien nombre y escoja sus Alcaldes de Vara, se encuentra amenazada en Monimbó por injerencia de “ladinos”.

En Monimbó han existido siempre dos Alcaldes de Vara: el de Monimbó de arriba y el de Monimbó de abajo.

El Alcalde de Monimbó de abajo, de apellido Jiménez, falleció hace poco. En su lugar, y durante los ritos de sus funerales, se nombró a Emiliano Pascua.

Parece sí, según versión de los propios indígenas, que el Alcalde “ladino” de la ciudad de Masaya, tenía interés en hacer elegir a alguno de su particular preferencia, y ha pretendido desconocer el nombramiento de Emiliano Pascua.

Como consecuencia de lo anterior, el domingo una camioneta Willys, con placa oficial, y tripulada por miembros de la Municipalidad de Masaya, intentó animar una elección a la cual, según testigo presencial de absoluta veracidad, no concurrieron más de cuatro personas todas ellas “parqueadas” cerca del reparto de aguardiente.

En cambio, el Alcalde de Abajo, Raymundo Gaitán, investido de la autoridad de su vara, concurrió a dar posesión de su mandato a Emiliano Pascua, el nuevo alcalde de arriba. Dicho acto estuvo presidido por el propio Alcalde de abajo, quien manifestó que la única escogencia, a satisfacción de los “monimboses” y en presencia de su autoridad, era la de Emiliano Pascua. Agregó que, en consecuencia, la “vela” con todo el ritual folklórico, se verificaría este sábado 12.

Los indios manifestaron asimismo su descontento porque la maniobra de los munícipes tiende, según ellos, a despojarlos de sus cementerios propios y a obligarlos a pagar una serie de tributos por el entierro de sus muertos.


Todo lo anterior fue ratificado en asamblea popular, por los principales de Monimbó el domingo a las doce meridiano. 

ENTRE WALKER Y SQUIER: NUESTRA HISTORIA EN LOS DIBUJOS Y GRABADOS DE MEDIADOS DEL SIGLO XIX. Por: Dr. Eduardo Pérez-Valle

CATEDRAL DE LA MERCED Y EL VOLCÁN EL VIEJO, LEÓN, NICARAGUA

Por: Dr. Eduardo Pérez-Valle

Agradecimiento:

El autor de estas notas quiere agradecer muy sinceramente al infatigable investigador Dr. Alejandro Bolaños Geyer por el inapreciable material documental que puso a su disposición con el espíritu más abierto y la voluntad más espontánea. Sin esa extraordinaria ayuda la elaboración de este modesto trabajo hubiera resultado decididamente imposible. Los grabados utilizados pertenecen al Archivo de Don Felipe Mántica Abaúnza, reproducidos sin retoques.
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Catedral de La Merced y el volcán El Viejo, León, Nicaragua. Dibujo 1853. 
Dibujo tomado del "Illustrated News", del 8 de Octubre de 1853, que también, aparece en "Ballou᾽s Pictorial Drawing Companion" con los siguientes comentarios:

“Las ruinas de palacios y espléndidas casas, según muestra el primer plano de nuestro grabado, rodean la gran Catedral de La Merced. Las edificaciones de la Catedral son las mejores de su tipo comparándolas con cualquiera de los estados de Centroamérica. La vista que se observa desde la Catedral, extendiéndose  hasta las aguas del Pacífico, recompensa al viajero por el trabajo de subir hasta la torre de la Catedral. La cima más sobresaliente de la hilera de colinas que aparece en este grabado es la de El Viejo, una punta volcánica  de 6,000 pies de altura. El viejo pirata Dampier habla de El Viejo en sus viajes como “una montaña extremadamente alta, con fumarolas en el día y llamas por la noche”.

El dibujo reproducido en el grabado fue realizado originalmente, “from nature”, en los años 1849 o 50 por James Mc Donought, que vino acompañando a Squier. Dice este autor, en su libro sobre Nicaragua: “Los mapas, planos, etc., contenidos en este trabajo, son de mi propia mano, mientras que los grabados son principalmente de los dibujos originales de Míster James Mc Donought, quien me acompañó a Centro América en su carácter de artista. Ellos son copias exactas al natural, en las cuales se ha cuidado tanto la fidelidad como el efecto artístico”.

El dibujo fue publicado en la primera edición de Squier, que lleva fecha de 1852. Fue grabado en piedra litográfica por Sarony & Major, de New York, según puede verse al pie de la lámina, incluida frente a la página 264 del tomo I. La impresión se hizo a dos colores, gris rosáceo y negro, sobre papel de mejor calidad, y se le puso el título: “Iglesia de la Merced y volcán de El Viejo”. Ocho años después el dibujo fue publicado nuevamente, en la segunda edición de Squier, esta vez grabado en metal por J. W Orr, de New York, y con variantes notables, pues sólo aparece el motivo central, esto es, la Iglesia, y los volcanes; se han eliminado las ruinas del primer término y las casas y calle de la derecha; y se introducen como novedad unas carretas con toldo, y una procesión del Santísimo bajo palio, que regresa al templo ante un grupo de creyentes que se arrodillan devotamente.

Es de notar que en ninguna de las ediciones de Squier aparece el follaje de la izquierda en el grabado que aquí se presenta. Las ruinas del primer término son mudo testimonio de la barbarie desplegada en la guerra de Malespín, cuyo recuerdo estaba aún vivo y sangrante, durante la cual la ciudad estuvo sitiada por 59 días.

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LA GRAN CATEDRAL EN LA PLAZA CENTRAL, GRANADA, NICARAGUA. Dibujo de 1856

Dibujo tomado del Frank Leslie´s Illustred Newspaper, del 30 de Agosto de 1856.

Una corta descripción que dice en parte: "La vieja arquitectura española de México y Centro América tiene la característica universal de gran fuerza y durabilidad. El templo de los viejos conquistadores españoles debe de haber sido construido, según nuestro escritor, con bases ahora desconocidas, ya que las ruinas que hemos examinado son de cemento duro como sus mismas piedras; así también hemos podido observar que, aún cuando algunas de sus paredes se han rajado y caído, la mezcla ha mantenido su fuerte consistencia.

Esta linda Catedral situada en la plaza principal de la ciudad de Granada, es característica del estilo de construcción Español en nuestro continente, y llama grandemente la atención al americano por su imponente grandeza y novedad de estilo".

En la antigua iglesia mayor, levantada durante el período colonial en el sitio el capitán Hernández de Córdoba, fundador de la ciudad, frente a la plaza mayor. El dibujo parecer ser de Stevens, quien había elaborado un volumen de antigüedades de Centro América y tenía en preparación otro sobre reliquias coloniales. La vista fue realizada desde el centro de la plaza, y alcanza la esquina suroeste del cuartel. En esta iglesia, destaca el comentario, se realizaron las ceremonias relativas a la inauguración de Walker como presidente de Nicaragua. Fue también uno de los últimos refugios filibusteros en la martirizada ciudad de Granada. Así narra Walker el abandono y destrucción de la iglesia parroquial por Henningsen:

“El 27 / de noviembre de 1856 / Henningsen sacó a sus heridos de la iglesia parroquial y la dificultad que hubo para dar principio a esta tarea pone de manifiesto la falta de inclinación de su gente a toda faena que no fuese de pelear. Algunos de los negros de Jamaica que habían estado trabajando en el vapor del lago y que se cogieron por casualidad en la población, se utilizaron en los trabajos de fuerza; los presos de la cárcel tampoco resultaron del todo inútiles. Después de sacar a los heridos, se pusieron algunas libras de pólvora en mal estado debajo de una de las torres de la iglesia y se dio fuego a todas las casas que quedaban en la plaza mayor. Al salir de ésta los americanos, el enemigo trató de acosarlos, pero lo contuvieron unos pocos rifleros desde las torres de la iglesia hasta que Henningsen estuvo listo para retirarse. Una vez todo preparado, los americanos abandonaron la plaza: al emprender la retirada encendieron con un fósforo un reguero de pólvora que iba hasta la mina colocada debajo de la iglesia. El fuego llegó a la pólvora, volando al aire la torre en el momento preciso en que la muchedumbre  enemiga, demasiado impaciente, penetraba en la plaza, por cuya posesión había luchado tanto”.

He aquí la versión que de los mismos hechos nos hace un historiador nicaragüense, el licenciado Pérez:

“El / cuartel / principal fue abandonado, pero en llamas, de la Parroquia salían las columnas de humo del incendio que la devoraba. Entonces el batallón setentrional se precipitó a la plaza, y casi a un tiempo la torre derecha de la iglesia saltó hecha pedazos por una mina de pólvora, con que se calculó causar graves daños a los asaltadores. Por fortuna sólo un caballo murió al golpe de uno de los fragmentos. En este día el Capellán Presbítero don Rafael Villavicencio, se colmó de gloria como sacerdote y como hombre, entrando solo al incendiado templo y volviendo cargado de alhajas preciosas, como el copón, la custodia, un viso o rayo con magníficas piedras, y otras muchas cosas que salvó en repetidos viajes, en medio de los peligros, hasta que el sagrado techo cayó por entero convertido en brasas”.
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CATEDRAL Y CIUDAD DE LEÓN, NICARAGUA. DIBUJO DE 1856

Dibujo tomado del Harper᾽s Weekly, del 16 de Mayo de 1857

El corresponsal escribe que la Catedral de San Pedro, es, talvez, el edificio más grande del continente y costó diez millones de dólares. Otro escritor en el Illustrated Newspaper, del 8 de Octubre de 1853, hace los siguientes comentarios:

“León fue, en el pasado, una de las ciudades mejor construidas en Hispano América. Sus edificios públicos, aún ahora, no han podido ser igualados en ningún otro país de Centro América. La Gran Catedral de San Pedro está considerada como uno de los mejores edificios españoles actualmente existentes en Norte y Sur América. Este edificio tomó 37 años en su construcción habiendo sido terminado en 1743, a un costo estimado de US$5,000.000.00.”.

El artículo que acompaña a este grabado se titula “Ríos y ciudades de Nicaragua”. En él se afirma que León, con una guarnición moderada es casi inexpugnable; y que se había visto con sorpresa que Walker no hubiera permanecido en ella, utilizando la Catedral como fortaleza.

“La Catedral –dice el artículo—, quizás el más grande edificio del continente, fue construida de piedra a un costo de diez millones de dólares”… “A veces su techumbre ha soportado simultáneamente el peso de hasta treinta piezas de artillería”.

¿Por qué Walker no la siguió ocupando? El articulista proporciona una respuesta compleja, a base de cinco puntos:

1) Porque los leoneses son las gentes más belicosas de Nicaragua y las menos dispuestas a someterse.

2) Porque la vecindad de Honduras y El Salvador hubiera facilitado la combinación de los tres poderes contra los filibusteros.

3) Porque la ruta del Tránsito (el San Juan, el Gran Lago y el istmo de Rivas) hubiese permanecido bajo constante amenaza de enemigos internos y externos, y eventualmente se hubiera perdido.

4) La pérdida del Río significaba la muerte de la Falange. Para defenderlo era más estratégico permanecer en Granada.

5) Granada tenía que ser ocupada o destruida, porque de lo contrario se hubiese convertido en una fortaleza enemiga inexpugnable, dominando Rivas y el Tránsito y, con ayuda de Costa Rica, en posesión segura del San Juan.

La verdad histórica respecto a la construcción de la Catedral es que fue realizada en un lapso de 78 años (1747-1825) y en ella intervinieron cinco obispos. 

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LA FORTALEZA DE EL CASTILLO, CERCA DE LOS RAUDALES, NICARAGUA, DIBUJO DE 1856

Tomado del Frank Leslie᾽s Illustrated Newspaper, del 17 de Mayo de 1856.

El artista, Capitán A. J. Morrison, escribió un artículo que incluye los siguientes comentarios:

“Este Castillo es el primer punto importante que el viajero encuentra en su travesía por el Río San Juan y fue construido hace algunos trescientos años para defender las entonces ricas ciudades de Granada y León del ataque de los piratas, que eran en esa época el terror de Centro América y del istmo. El Castillo hoy en día ya no se usa como base miliar y su única importancia actualmente es la der una muestra de la habilidad arquitectónica de aquellos días, durante la dominación española en nuestro continente.

En la parte exterior de El Castillo y al lado derecho del puente levadizo hay un hoy que fue excavado bajo la esquina, por los soldados, con la esperanza de encontrar tesoros enterrados.

Los nativos de este lugar hablan de inmensos tesoros que han sido enterrados por los diferentes Jefes, cada vez que El Castillo estaba por caer en manos enemigas y así salvarlos de los invasores. Existe una leyenda ente los indios que, directamente frene a El Castillo existió una vez una gran ciudad que fue destruida por los españoles que la atacaron por un túnel subterráneo; pero ya no quedan trazas de ella. El paisaje del Río San Juan así como su clima, es agradable al viajero americano. El tiempo más caliente es a medio día, siendo si, menos sofocante de los que llamaríamos un día caliente en Nueva York, y el aire nocturno al contrario, es muy “agradable”.

El verdadero título de este grabado dice así: “Nicaragua. Fortaleza El Castillo, debajo de los rápidos. Detención de los pasajeros del Orizaba”.

Se ven las casas construidas al “estilo norteamericano”, formando extraño contraste con las primitivas chozas de palmas y varas ocupadas por los nicaragüenses. Dos de esas casas sirven de hoteles: La Casa Nacional y la Casa Nicaragua, “limpias y bien ventiladas”, separadas de las casas de los nativos por barricadas bien defendidas, que se extienden entre el cerro y la margen del Río.

El dibujo es obra del artista filibustero capitán A. J. Morrison, quien escribió erróneamente que el Castillo había sido construido promediando el siglo XVI, para defensa de Granada y León contra los bucaneros, y que sostuvo innumerables sitios. En realidad, fue construido en el lapso de 1673 a 76; y los únicos sitios que sostuvo fueron el de 1762 (4 días) y el de 1780, cuando al fin fue presa del enemigo. Morrison da cuenta del fallido intento de los soldados de Raymond, de abrir el suelo de la recámara N. E. (bajo el baluarte de Santa Teresa) usando sus bayonetas y un hacha vieja como herramientas, en busca de un supuesto tesoro oculto bajo el piso hueco. Recoge Morrison “el decir de los nativos” sobre los “inmensos tesoros que en ocasiones fueron escondidos por los distintos comandantes cuando el Castillo estaba por rendirse, para salvarlos de los vencedores”. Agrega que en la recámara que hacía de capilla, aún se conservaban intactas las piletas del agua bendita y un túmulo central, “lugar de enterramiento de los magnates”. Y todavía repite las que él llama “tradiciones corrientes ente los indios”, sobre la existencia de un secreto pasaje sub-acuático entre el Castillo y la ribera opuesta; y de una gran ciudad indígena, en esta misma ribera, destruida por los españoles en tiempos remotos, para efectuar lo cual se valieron del túnel fantástico por debajo del Río.

El dibujo representa la llegada de los pasajero del Orizaba, que acababa de realizar su primer viaje a Nicaragua, saliendo de New York el 8 de abril, transportando 500 pasajeros, y llegando al San Juan el 16 del mismo mes. “Cuando los pasajeros del Orizaba llegaron a El Castillo, supieron que había estallado la guerra entre Costa Rica y Nicaragua y que la ruta estaba cerrada. Tras dos días de espera la Compañía les dio a escoger entre volverse a Nueva York o ir a Granada a esperar allí la reapertura de la ruta. En vista de que si se regresaban tendrían que dejar allí su equipaje, y de que todo indicaba que Walker la reabriría pronto, unos trescientos decidieron proseguir hasta Granada”. Mientras esperaban, muchos perecieron, víctimas del cólera, que de Rivas se había propagado a Granada, o de otras enfermedades. Cuando el 20 de mayo supieron de la llegada del Sierra Nevada a San Juan del Sur, habían muerto 79. Algunos murieron en la travesía del Lago, hacia La Virgen, y otros en el trayecto de La Virgen a San Juan del Sur.

En el grabado el Castillo muestra, de izquierda a derecha, los baluartes exteriores de Santa Ana, Santa Bárbara y Santa Teresa y el baluarte elevado central, o “caballero”, de San Fernando. No se ve el baluarte de Santa Rosa, por quedar detrás. 

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LA CALLE DE MASAYA EN LA CIUDAD DE GRANADA, NICARAGUA. DIBUJO DE 1856.

Tomado del Frak Leslie᾽s Illustrated Newspaper, del 19 de Julio de 1856.

“El tema de este grabado es una escena en el camino que conduce de la costa del lago de Nicaragua a la ciudad, y el cual, después de bordear Granada y pasar por la plaza, desemboca en el camino que va al pueblo indígena de Masaya”.

Esta llamada “calle de Masaya” no es otra que la calle del Lago, que también se llamó de la Calzada, en el trecho comprendido entre Guadalupe (cuyos altos muros y pináculos se ven a la izquierda en primer término) y la playa. En el horizonte se divisa un barco de rueda de paletas, cuya elevada chimenea despide alguna humareda; y regular cantidad de gente procede del barco o va hacia él. Frente al costado de la iglesia, sentados en el petril de la taberna de Max J. Thomand, repleta de barricas, tres parroquianos observan despreocupadamente el movimiento callejero.

“Fue por esta calle –dice el comentario del Leslie᾽s— que el General Walker entró primero a Granada. Había decidido que los americanos deberían entrar a la ciudad por dos puntos diferentes, por dos caminos divergentes, que, sin embargo, concurren en la plaza. Walker, con la mitad de la división americana, entró por la calle de Masaya, mientras que el coronel Skerrit, con el resto, forzó el paso por la calle que desemboca en San Francisco”.

Después del triunfo de La Virgen, Walker esperaba en San Juan del Sur engrosar su falange para dirigirse contra Rivas. Cuando ya contaba con 100 hombres, le dio el nombre de “batallón” y la organizó en tres compañías. Entonces marchó nuevamente a La Virgen, a esperar el vapor del mismo nombre de la Compañía  Accesoria del Tránsito, y tomarlo por sorpresa. En él Walker5 se proponía trasladarse a Granada y apoderarse de ella. Había interceptado correspondencia que indicaba la penuria en que se debatía el gobierno granadino, la casi absoluta indefensión de la ciudad, el desánimo de los habitantes, la desesperanza de los jefes y, por último, el secreto deseo de Corral de hacer la paz. Por otra parte, también tuvo noticia de que en Granada “más de cien demócratas trabajaban en las calles con cadenas y grillos en los pies”.

Realizada la operación del vapor, Walker con su batallón y la fuerza nica al mando del Chelón Valle, se dirigió con el mayor secreto a Granad y desembarcó a las diez de la noche en Tepetape. Avanzó hacia la ciudad confiada por el camino de Los Cocos. “Los primeros tiros del enemigo –escribe Walker— salieron del viejo convento de San Francisco; pero como eran pocos y aislados apenas si  pudieron contener un instante la impetuosa marcha de la Falange. Un grito de la avanzada anunció la toma de la plaza mayor, y los últimos tiros fueron disparados desde la galería de la casa de gobierno, al penetrar Walker en la plaza”. 

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HIPPS POINT: UNIÓN DEL SARAPIQUÍ CON EL RÍO SAN JUAN, NICARAGUA. DIBUJO DE 1856.

Tomado del "Frank Leslie᾽s Illustrated Newspaper", del 21 de Junio de 1856.

El escritor desconocido describe la escena de la siguiente manera:

“Ningún otro lugar en el mundo presenta paisajes tan encantadores como estos ríos Centroamericanos, y en ningún otro lugar el aire de la noche es tan agradable a la constitución humana. El dibujo que mostramos de la unión del Serapiqui con el San Juan nos dá una idea clara sobre la clase de paisaje que nos ofrece esa región; nada podría ser más agradable y suavemente pintoresco”.

Para protegerse de cualquier sorpresa en la línea de comunicación interoceánica, Walker, a la vez que ordenaba a Schlessinger penetrar con su fuerza en la región de Guanacaste y asestar el primer golpe a los costarricenses en su propio territorio, también dispuso que sendas compañías ocupasen El Castillo y la punta de Hipp (La Trinidad), en la desembocadura del Sarapiquí, pues “era preciso defender el Tránsito con mayor tenacidad que todas las demás partes del Estado”, ya que el ejército dependía de esa vía para obtener víveres y soldados.

En este sitio estaban apostadas las fuerzas del capitán John M. Baldwin, treinta hombres, esperando hora tras hora un ataque costarricense por el Sarapiquí; hasta que el 8 de abril emprendieron la remontada del rio en busca del enemigo, al que encontraron dos días después unos 200 0 300 hombres acampados en un recodo, 20 millas arriba.

Los ticos fueron batidos por el “valiente, atrevido y denodado grupo del capitán Baldwin”; y el autor del dibujo y del correspondiente reportaje, que parece no ser otro que el capitán A. J. Morrison (ya conocido) se entusiasma narrando las hazañas heróicas del capitán Baldwin, del teniente primero J. G. Green y del teniente segundo Rakestrow, muerto en el combate. Como resultado del mismo, fue interceptada la correspondencia inglesa y costarricense en tránsito a San José.

He aquí cómo Walker narra lo sucedido en el combate de Sarapiquí: “A la vez que Mora penetró en el departamento Meridional, una columna de 250 costarricenses fue enviada al río Sarapiquí para cortar las comunicaciones de Walker por el río San Juan. El capitán Baldwin, oficial acucioso e inteligente, se hallaba en la punta de Hipp cuando supo que el enemigo estaba abriendo un camino para salir al río. No esperó su llegada, sino que se fue aguas arriba del Sarapiquí y atacó vigorosamente a los costarricenses que venían abriendo el camino y los rechazó, causándoles muchas bajas y poniéndolos en sumo desorden. En cuanto a él, tuvo un muerto, el teniente Rakestraw, y dos heridos. El enemigo dejó más de veinte muertos en el campo. Este combate del Sarapiquí fue el 10 de abril y los costarricenses en derrota no pararon en su fuga hasta San José”.

El historiador costarricense don Ricardo Fernández Guardia hace al respecto la siguiente anotación: “Walker se refiere aquí al combate del Sardinal, en que según el parte firmado el mismo 10 de abril de 1856 en el Muelle de Sarapiquí por el teniente coronel D. Rafael Orozco, tuvo la fuerza costarricense un solo muerto y 10 heridos, uno de los cuales fue el general D. Florentino Alfaro que la mandaba. Los filibusteros se retiraron a la punta Hipp, o La Trinidad y los costarricenses al Muelle de Sarapiquí. El encuentro del Sardinal fue de poca importancia y ambos adversarios se atribuyeron la victoria”.

sábado, 5 de julio de 2014

EL FRESCO "CHARLESTON" Y EL GRIEGO QUE FUNDÓ LA PRIMERA VENTA DE SODA EN GRANADA

UN “ZORBA” CON CALENTURA, REMEMORA LA VIEJA GRANADA. En: Semana, 11 de Octubre de 1970. Pág. 13.

"EL GRECO", CRISTO DEDEMADY
También el parque y la gente del pueblo que en él se paseaban por las tardes y noches parecían contagiarse de aquel aire de distinción, como lo era la música de los conciertos que habían los jueves y domingos con los “Chiminos” de Jalteva, el Maestro Carlos Salvatierra, oír el acordeón que tocaba don Horacio Cordero. Eso era algo sublime.

Y cuánto respeto había en esos tiempos, enfatiza. Esos eran los mejores días también para mi negocio, añade. Vendía hasta cuarenta córdobas diarios. Uno de los refrescos que más gustaba de una glorieta era el “Charleston”, soda combinada con varios colores y que gustaba mucho, recuerdo al Dr. Manuel Ubaú, al Dr. Fausto Robleto, ambos fallecidos, hace muchos años.

Ahora los recuerdos de Cristo, afluyen con mucha facilidad. También las fiestas de los universitarios, cuando elegían a su reina, sus carnavales. Eso era vida para Granada, señala. Cuando esta ciudad tenía su propia universidad, de donde salían los hombres más destacados de Nicaragua.

NACE LA “CIMARRONA”

Pero de nuevo al hablar de su negocio, Cristo refiere que otro refresco que unos lo tomaban como tal, pero que otros buscaban después de la “goma” dice, era la famosa “cimarrona”, compuesta de soda, sal y  azúcar por tres centavos el vaso. Aquí nació la “cimarrona” que ahora usted oye mentar por todo el país.

Sí, tenía varios usos, interviene su esposa doña Magdalena Hernández de Dedemady, que hace rato oía la historia, aunque habiéndola vivido con su marido parecía gustarle más oyéndola contar.

“Son los recuerdos que alimentan al espíritu cuando el árbol de la vida comienza a doblarse”.

¿Y de los alcaldes? Hablemos de ellos, le insinuamos. ¿Quién crees hay podido ser el mejor hasta nuestros días? Sin dudar y en forma rápida aflora en la memoria de Cristo, el nombre de Manuel Urbina, ese que vive en el Palenque.

Fue en su tiempo que se enladrilló el parque, que en aquella época tenía barandas en contornos y puertas de hierro. Así como de un metro y  medio de alto, explica. Era el año de 1933, cuando también se construyó el Kiosko grande para ser ocupado en los conciertos y que ahora está por caerse. Habían jardines que cuidaba un francés que creo recordar se llamaba León.

Pero de los demás alcaldes, ¿qué puedes decir? –Nada, porque es nada lo que han hecho, al menos que valga la pena para una ciudad tan hermosa y con tanta historia. Expresa que ahora todos cobran y cobran y “nada de mejoras”. Cuando llegué aquí, pagaba sólo 6 córdobas al mes, con agua y luz, pero ahora pago hasta la mirada.

De nuevo doña Nenta interrumpe a su marido para añadir que aquellos recuerdos, cuando las familias destacadas de la ciudad y que su mayoría ocupaban las casonas que hoy quedan como único vestigio de una época grande para Granada, es lo mejor que puede comprender  una historia sobre la ciudad.

La vida que lleva este personaje en Granada ahora transcurre aunque un poco tranquila para su salud, de mucha nostalgia y tristeza por no estar en forma continua en aquel kiosquito del parque. Son pocas las veces que se puede observar en dicho lugar.

Vendedor de Lotería también, Cristo ha sido favorecido por la suerte en dos ocasiones, la última con cien mil córdobas, hace dos años, cuando el premio mayor era de 300 mil.

A pesar de ello, no tengo dinero, sólo una familia a quien he podido formar, según mis recursos limitados.

De la lotería dijo había vendido dos premios gordos, el que también le favoreció en lo personal y otro que ganó un hijo de Jorge Lacayo que vive en Nandaime.

“Ya me subió de nuevo la calentura, refunfuña Cristo. Mejor vuelva para platicar más… ¿le parece bachiller?

El “Greco”, Cristo Dedemady, un hombre que se dio al destierro voluntario en nuestro país y del que apenas ha salido unas cinco veces de la ciudad donde se estableció, Granada, hace ya cuarenta largos años. Es el personaje quizá más popular que se conoce en todo el departamento.

“Cristo”,  —como popularmente se le llama—, luce hoy bastante cansado y a la vez enfermo, pero más bien por su continuo trabajo que de los años que tiene de vivir, 67.

Su medio o fuente de trabajo, es algo singular entre los miles de extranjeros que se ha radicado en Nicaragua. Una fuente de soda, la primera que se conoció en el país y desde que llegó a esta ciudad tiene ubicada en el quiosquito del Parque Colón, en la esquina nor-occidental.

Un año antes se había establecido en Managua con su fuente de Soda y Restaurante “Acrópolis”, obligado a emigrar por el terremoto de 1931.

“¿Qué tal bachiller?” es la frase de saludo y que con mucho respeto acostumbra con sus amigos. Casi todo el mundo que lo trata es amigo de Cristo, “Cristo” el del Parque en Granada”.

Nacido en Doria, ciudad del sur de Grecia, Cristo es el menor de seis hermanos habidos en el matrimonio de sus progenitores don Nicolás Dedemady y Vaciliqui Liveropulos, ambos ya fallecidos.

De sus hermanos, solo dos viven: Panayotis y Pinélopes. El resto: Dinóstenes, Pericles y Adriana ya murieron, dice.

Su arribo a tierras nicaragüenses lo hicieron el 14 de marzo de 1930, pero como narró anteriormente, por pérdidas registradas en el negocio a consecuencia de la tragedia en el terremoto en 1931, buscaron nuevos horizontes  en Masaya y Granada, decidiéndose él por esta última ciudad.

EL FRESCO “CHARLESTON”

En las circunstancias que se encontraban, la situación económica no era buena que se diga, y fue motivo para que sus dos parientes y socios a la vez, Deancin y Constantino Liverpulos, decidieran regresar a su patria, Grecia. Cuenta Cristo, que para costear en parte el viaje de sus tíos, solicitó prestado a su “amigo” Hércules Ferrety, italiano que administra el Hotel Alhambra, la suma de 300 córdobas, pagándole en cambio el interés del cinco por ciento.

“Hasta aquí la aventura había sido bastante accidentada, pero las condiciones favorables en la economía al menos en Granada por esa época, me permitieron abrirme paso rápidamente”, agrega.

Acostumbraba a permanecer de pie desde las ocho de la mañana a las 12 de la noche cuando menos, durante casi medio siglo, Cristo Dedemady, no para en un solo lugar mientras platica sobre su vida. Es como si hubiera olvidado esa costumbre tan natural de reposo.

En cambio repentino de expresión, Cristo parece añorar el pasado cuando dice con aire melancólico y casi entrecerrando los ojos “de aquellos tiempos de bachiller cuando la vida era casi regalada, hoy sólo nos queda el recuerdo. La transformación total que ha tenido Granada, es bastante triste”, agrega.

Le pedimos nos cuente algún pasaje que haya podido ser testigo desde su glorieta, aquí en el parque y refiere: “hay bastantes cosas de qué hablar, pero no me gusta porque así he vivido mejor”.

Pero… algo, insistimos. “¡Bueno!, dice, si usted hubiera vivido los tiempos por ejemplo entre los años del 33 al 40. Aquello era muy hermoso. “Cuando, digamos, toda la gente distinguida de Nicaragua estaba en Granada. Cuando a las fiestas del Club Social donde acudían las damas elegantes con sus vestidos largos al estilo carioca que llegaban al ojo del pie y los caballeros muy respetuosos con sombreros de copa y trajes de cola, me hacían sentirme en la tierra que había dejado atrás”.

“Eran ocasiones en que el Club parecía el Paternon de Grecia, donde sólo se da cita lo mejor”, señala Cristo. 

jueves, 3 de julio de 2014

LOS HERMANOS DE SAN JUAN DE DIOS

Por: Eduardo Pérez-Valle 

HOSPITAL SAN JUAN DE DIOS, GRANADA, NICARAGUA.

En día de visita,  y por los corredores se ven grupos de personas que vienen en busca de sus deudos y  amigos enfermos. Viendo pasar la gente, adormecido por las medicinas  y lo pesado del calor, se viene el recuerdo de San Juan de Dios, cuya imagen de bulto miré en la portería, y sus abnegados Hermanos de la Misericordia. Y pensando, pensando, me voy lejos en el tiempo, por los viejos caminos de Nicaragua, así los de agua, como los de polvo y los de fango...

Cuando Pedro Zamuria fue embarcado en Granada en una de las dos piraguas del rey, surtas frente a las Piedras Cagadas, era un mocetón rebosante de salud y energías. Iba de miliciano, al relevo de la guarnición del Castillo, operación que por un complejo de negligencias se había venido retrasando por lapso de casi un año.

A más de las infaltables fiebres palúdicas que torturaban con su dolor de huesos y delirios, e iban aniquilando lentamente, traía un pie infectado, hinchado como un sapo y cruzado de vetas moradas que denunciaban punto de gangrena; aquello era el producto de la mordedura o el piquetazo de quién  sabe qué sabandija oculta en la maleza donde para su desgracia acertó a poner la planta protegida apenas por el caite, sandalia del indio.

Yacía boca arriba, sobre unos sacos vacíos y rollos de mecates amontonados en la cala de la embarcación; permanecía inmóvil, los ojos entreabiertos, casi volteados, la respiración difícil y pequeña; sólo de vez en cuando movía el brazo izquierdo para espantar con el sombrero de palma las grandes moscas tornasoladas que se posaban sobre su pie, y que venían haciéndole compañía desde el propio Castillo.

La piragua del rey, la grande, encallada en la costa en un zanjón excavado para ese fin, y que servía de embarcadero, fue arrojando poco a poco su contenido: marineros, cargadores, soldados, comerciantes (mujeres y hombres), mestizos, mulatos, negros, indios y zambos, con las vestimentas más extravagantes e inesperadas. Casi todos los soldados venían pegados de paludismo, alguno de disentería (que casi todo el viaje lo pasó sentado en la borda del barco, glúteos al aire, amarrado a uno de los dos grandes espigones de popa, pues desfallecía por la enfermedad y podía caer al agua); y alguno con terrible dolencia secreta, de las llamadas venéreas, el cuál se distinguía  por su genio entre amargado y socarrón, y el extremo cuidado que exhibía al sentarse y ponerse en pie; así como porque a veces caminaba a saltitos, evitando lastimar una causa oculta y dolorosa.

Como Pedro Zamuria no podía valerse, no salió del barco hasta que vinieron por él dos reclutas de la guarnición de Granada y lo pusieron en una carreta, rumbo al hospital San Juan de Dios.

Pero el Zamuria tenía muy mala estrella: cuando llegó al hospital, frente a la esquina suroeste de la plaza mayor, había movimiento en el atrio, curiosos en la calle y a las puertas, mujeres viejas y jóvenes, algunas chineando al hijo en el cuadril, otras con él cogido de la mano, inquiriendo por la suerte de hijos y maridos, pobres diablos que quedaban allende del Lago, “sirviendo al rey” en el Río, en la fortaleza. (Más bien esperando la muerte frente al Raudal del Diablo. ¡Qué bien puesto estaba el nombre primitivo!

Cuando arribó la carreta con Zamuria, el hermano Benito, lego de San Juan de Dios, colorado y panzón a más de medio cojo, corrió dando brincos de zanate,  comiéndose un jocote y con un puño de sal en la mano, para avisar que ya en el hospital había sitio para más enfermos.

Estos hermanos de la Misericordia de San Juan de Dios (Fatebenefratelli, se les llama en Roma) eran la Caridad misma, personificada. Habían llegado a Nicaragua en 1650, caminando más de seiscientas leguas, desde México. Los primeros eran seis hermanos que venían a tomar cargo del hospital de Santa Catarina Mártir, de León, fundado en 1624 por el obispo fray Benito Rodríguez de Baltodano, con veinte camas. Es de pensarse que de León extendieron su actividad a Granada, donde probablemente pasaban menos angustias económicas, pues esta ciudad disfrutaba de una mayor riqueza y auge comercial. Pero el caso es que la capacidad estaba colmada, y materialmente faltaba el espacio donde acomodar al desgraciado Zamuria.

Uno de los reclutas de la escolta hubo de dirigirse hacia el antiguo cuartel o fortaleza (levantada inicialmente por el propio fundador de la ciudad, el capitán Hernández de Córdoba), situada al otro lado de la plaza, para recibir órdenes.

En un momento se aparejó el viaje hacia León. Vino a la carreta un enfermero de la fortaleza, que puso sobre el pie veteado y enormemente inflamado unas hojas soasadas, al parecer de higuera, y dio de beber al enfermo una pócima febrífuga. El indio carretero y su guía (que parecía ser su propio hijo), el enfermo y sus dos acompañantes fueron provistos de buenas raciones de tortilla y queso chontaleño reseco, cecina y pescado salados, pinol, dulce de panela y agua en calabazos; y se dio la orden de emprender inmediatamente el viaje.

Sostenida en cuatro palos enclavados en los ángulos de la carreta, se tendió a manera de toldo una chamarra, que protegía al enfermo del sol abrasador.

La carreta partió dando tumbos entre nubes de polvo, en busca del 
camino de Masaya. En este pueblo debían pasar la noche, para continuar con el fresco de la madrugada.

Por Managua, Mateare y el pueblo nuevo de San Nicolás, llegaron a León en término de tres días. Sin pérdida de tiempo, la carreta-ambulancia se encaminó al hospital San Juan de Dios.

Este era por aquellos días, promediando el siglo XVIII, el verdadero reino de la pobreza. Su existencia precaria. La ciudad lo socorría apenas con un real de carne algunos días de la semana. Los religiosos a su cargo tenían que hacer verdaderos milagros para subsistir. La falta de rentas era suplida por el trabajo de los buenos religiosos, que eran llamados de fuera, a efectuar curaciones y administrar medicinas a domicilio, a enfermos esparcidos por toda la ciudad. Con el producto se mantenían a sí mismos y también a cuatro enfermos del hospital, de comida, bebida, ropa y medicinas;  y asimismo a algunos pobres forasteros que llegaban a guarecerse  bajo el bendito techo, a veces por estar de paso y no disponer de otro sitio para descansar, o por carecer definitivamente de albergue, a los que se mantenía “por Dios, como a pobres”.

Las únicas rentas eran de capellanías, que con el pago del capellán por las misas que decía, y la compra de pan, vino y cera para ellas, no dejaban nada al hospital, sino el cuidado de las mismas. Y a veces el pago era en frutos de la tierra que había que convertirse en dinero.

En la iglesita aneja, de adobe y teja, tenían sede las cofradías de Dolores y de Nuestra Señora del Buen Suceso, de extremada pobreza, que de puras limosnas tenían su misa al mes y sacaban el rosario por las calles.

Había en el convento un lugar o celda en que cabían seis camas, el cual servía de enfermería, con su altar, y en él una efigie de madera de San Juan de Dios, de vara y tres cuartas de altura. Las otras habitaciones eran una celda prioral y otras dos para los religiosos compañeros, todo de adobe y tejas, campanario con tres campanitas, cocina y dos patios.

En la enfermería había sólo cuatro camas. Pero cuando era menester se improvisaban camastros y tapescos y se hacía caber a cuantos enfermos se presentasen. Así ocurría cuando pasaba la leva de los soldados para el Castillo, y cuando estallaban epidemias en la ciudad. Había pacientes ambulatorios, que andando llegaban todos los días a curarse las llagas, a quiénes como a pobres no se les podía negar la medicina; pero no había botica, y el prior, recién llegado de Guatemala, tenía que suplirla fabricando él mismo los fármacos que fuesen necesarios, con materias primas que él mismo había aportado y que custodiaba como a un verdadero tesoro.

A este maravilloso centro de salud llegó la carreta de Pedro Zamuria cargada de cansancio. Cansancio de la propia carreta, cuyos ejes gastados hacía dos días no probaban el unto de res que los lubricaba, cansancio de la yunta, que en la marcha forzada no había tenido el descanso ni el pasto necesario; cansancio de los hombres, por el mal dormir, el mal comer y el mal viajar.

Zamuria llegó in extremis. A la puerta del convento salió a recibirlo, bondadoso y solícito, un religioso seco y larguirucho, de mirada profunda y potente nariz encorvada. Más que un fraile físico (médico y cirujano) de gran saber y experiencia, parecía un ave de rapiña maltratada por el destino.

Entre todos llevaron adentro a Pedro Zamuria y lo acomodaron en tapesco nuevo, entre un anciano apopléjico y un indio cuyo brazo izquierdo había sido recientemente cercenado. El primero, con un ojo cerrado y otro abierto, dejaba salir espumarajos por la boca desfigurada; el otro, atado con fuertes coyundas de cuero crudo al marco del tapesco, se retorcía como un condenado, se mordía los labios y profería maldiciones por lo bajo y desgarradores ayes a grito partido. Al fondo de aquel cuarto enfermería, con flores y candeleros, un San Juan de Dios guachapeado en madera miraba con ojos tiesos, inexpresivos, las cañas del techo, y posaba una amenaza desproporcionada sobre la cabeza de un presunto enfermo achumicado a sus pies.

Pedro Zamuria no se movía. Los ojos en blanco, la boca entreabierta, los dientes secos, perlados de sudores el bozo y la frente, era la imagen de la desesperación, que a través de un rictus y un espasmo final podía transformarse en un segundo en la yerta efigie de la muerte.

El hermano Benedicto, prior del convento, que tal era quien lo había recibido, se quedó buen rato mirándolo: envuelto de pies a cabeza en su pobre hábito blanco que le daba un aspecto fantasmal, extrahumano. Los ojos negrísimos despedían rápidas llamaradas de inteligencia mientras permanecían fijos, y él en profunda meditación. Casi se adivinaban las serias interpelaciones que aquel cerebro se hacía a sí mismo; y las graves respuestas que brotaban del saber y la experiencia acumulada por años.

El hermano Benedicto tanteó las pulsaciones,  pero ya no en las muñecas, de donde hacía buen rato se había fugado, sino en el cuello, en las mismas carótidas. Secó la frente con un lienzo y posó en ella la mano para evaluar la calentura. Levantó un párpado para examinar la vascularización del globo del ojo, cuyo cristal había perdido en gran parte su brillo y su motilidad vital; la pupila estaba fija y extremadamente abierta, y una sombra ictérica manchaba el blanco esclerótico, disponiéndose en anillos en torno al iris. El hermano levantó por el bigote el labio superior para mirar a través de los dientes resecos y fríos una lengua de lora encogida y saburral. El examen siguió por el pecho, que mostraba aquella asfixiante respiración diminuta y estertórea. Por fin vino a detenerse en el horrible pie tremendamente inflamado, por cuyos tegumentos de coloración cenicienta y tornasolada ya comenzaban a filtrarse las gotas de un humor viscoso y extraño.

Los ojos de aquel Hermano de la Misericordia cambiaron varias veces de posición en sus órbitas, como examinando las diversas alternativas de un complicado diagnóstico. A cada cambio de dirección en la mirada seguía una larga pausa en la que casi podía auscultarse la intensa labor cerebral en el increíble silencio.

Tras un último vistazo de cerca al pie fenomenal, Benedicto se incorporó, respiró profundamente y con alivio, cual si acabase de hallar la clave anhelada; y musitando: --Poción magnífica reforzada y emplasto milagroso--, se introdujo en dos pasos en su celda.

Por largo rato permaneció el prior preparando sus medicamentos. El ataque sería por ambos frentes, el interno y el externo: aplicaría un emplaste y administraría una poción.

Para preparar la “poción magnífica” tomó cogollos de aguacate, generadores de sudor copioso y conveniente y que hacen expeler por el caño de la orina gran parte de la sangre corrompida. Reforzó estas benéficas propiedades agregando al cocimiento buena copia de carne de jícaro, que también provoca el sudor y expulsa la sangre corrupta trayéndola toda por la orina. Y para coronar dignamente aquella obra , tomó unos cuantos ramitos de aquella hierba prodigiosa, enredadera de los cacaotales, que en Costa Rica llaman “raíz de la estrella” y “alcotán” en las partes de Nueva España y Guatemala, “y se extiende su natural y conocida virtud a sanar a los tocados de aire, de fríos y calenturas, pasmos y otras enfermedades”.

Con tales componentes, de tan poderosos efectos, bien justificado estaba el nombre de “poción magnífica”. Mientras ésta se cocía y tomaba punto, Benedicto procedió a preparar su “emplasto milagroso”. Para ello fue mezclando los ingredientes en una base de unto de res serenado y mantenido durante el día en una tinaja semienterrada a la sombra de un gran árbol de guanábano. Cogió de un frasco unas pulgadas de raspadura de “alcotán”, por aquella su virtud contra la mordedura de la víbora o de otro animal nocivamente ponzoñoso. Después tomó buena cantidad de semilla de aguacate molida, por su naturaleza activa de cáustico, que mundifica las úlceras encanceradas. Tomó un poco de leche de cativo, llamada también “aceite de María”, por aquella su cualidad de deshacer tumores. Extrajo después de una arqueta un envoltorio con polvos muy finos de la hierba de las quebradas frías conocida por todos como “cañutillo”; tomó de ellos en la punta de un cuchillo y lo sumó al vehículo untuoso, por la cualidad de abrir boca en caso de inflamación aguda, por donde evacúen los humores pútridos. Sumó también pinolillo del grano tostado de la cebadilla, por su virtud de destruir larvas en su propio y natural habitáculo; y para poner broche de oro a aquella obra  maestra, tomó Benedicto de una ampolla de cristal de color azul, dos cucharadas de una pasta obtenida con los cogollos más tiernos del espino real, de virtud antiflogística, y la raíz de la misma planta, buena “contra todo veneno y mordedura de bestia ponzoñosa”.

Terminado su trabajo, el hermano esbozó una sonrisa, se sacudió las manos; y mirando hacia arriba, con la misma mirada sin retina que siempre acostumbraba, pareció murmurar que su ciencia ya no podía más y que todo quedaba en las manos de Dios.

Con aire triunfante apareció en la enfermería, ya entrada la noche, en una mano un cuenco con la “poción magnífica”, aun humeante, y en la otra un mortero de cobre conteniendo el “emplasto milagroso”.

Su descarnada figura a la luz bailoteante del candil parecía algo sobrenatural; y su larga sombra desquiciada gesticulando silente desde la pared, insuflaba en el ambiente una ráfaga de inquietud.

De dos trancos llegó al tapesco de Pedro Zamuria. Con su brazo derecho incorporó al enfermo, y susurrando en su oído palabras de esperanza, de incalculable poder, le hizo beber sorbo a sorbo a sorbo la “poción magnífica”.

Después se inclinó sobre el monstruoso pie y fue aplicando sobre la inflamación con una espátula de hueso el “emplasto milagroso”.

Terminado este trabajo, hizo sobre su gran esqueleto la señal de la cruz, de otros dos troncos ganó su celda y cerró la puerta.

Tres semanas más tarde Pedro Zamuria estaba en Granada, aspirando a todo pulmón la fresca brisa del Lago.

De aquella escapada hacia la muerte, sólo recordaba que del profundo lo había rescatado la mano huesuda de Benedicto, Hermano de la Misericordia de San Juan de Dios, que dormía en el suelo como su Santo Fundador sobre una vasija de piedra; y compartía los frijoles y el plátano de su cena con los enfermos más necesitados de alimento.

LLEGA AL PAÍS PRIMERA MUJER ADMINISTRADORA DE EMPRESAS. Por: Clementina Rivas F. En: Extra, semanal. No. 98. Julio 12, 1970.

Dora Quant de Hasbani, es una profesional más que se integra al grupo de mujeres nicaragüenses que creen que el éxito de la mujer no sólo radica en formar un hogar y tener niños, sino también en robustecer sus conocimientos en uno u otro campo, para serle útil a su patria.

Nuestra entrevistada nos explicó, que ella estudió Administración de Empresas, porque siempre le gustaron los negocios y, porque dándose cuenta de la situación económica del país, pensó que con ese tipo de estudios podía ayudar en algo, agregando: “Cuando uno estudia lo hace con la intención de ser más útil a la sociedad y a su patria. Uno tiene un mundo de aspiraciones”.

Como graduada de Texas A. & University, expresó que era la única mujer de Latinoamérica que se preparaba en esa profesión, que estudió en un campo donde predominaba el sexo masculino, pero que a pesar de eso pudo comprender que su profesión podía ser indistintamente ejercitada por personas de uno u otro sexo.

“Aún no tengo conocimiento de cómo se desenvuelve la mujer profesional nicaragüense, ya que apenas tengo tres semanas y media de haber llegado a Nicaragua. No estoy enterada si ya la mujer tiene las mismas perspectivas de trabajo que el hombre. No sé si tienen las mismas libertades de expresar sus opiniones dentro de una empresa, y, si gozan de los mismos sueldos –aunque este punto no es de tan grande importancia aclara—, como el de poder exteriorizar y poner en juego todos sus conocimientos dentro del campo profesional que requiera de su intervención, dijo que consciente de que la mujer puede y tiene que desempeñar su profesión.
DORA QUANT DE HASBANI
Entre otras cosas la Licenciada de Hasbani, nos dijo tener inquietudes por continuar un postgraduado de Economía, o estudiar la carrera de Ingeniería Administrativa, expresando también, que su esposo posee los mismos deseos de continuar nuevos estudios profesionales.

A través del diálogo con nuestra entrevistada, nos enteramos que está casada con el Ingeniero Químico, Luis Celin Hasbani, graduado recientemente en su profesión, pero que ya está aplicando sus conocimientos en la fábrica de Baterías Hasbani, donde está instalando nuevas máquinas, que bajo su dirección y modernos conocimientos, superarán la elaboración química de las actuales baterías.

Cuando le preguntamos a la señora de Hasbani, cuál sería la forma ideal de una mujer profesional, para compartir su tiempo entre el hogar y su trabajo, expresó muy segura “que era compartiendo su tiempo equitativamente entre el hogar y su trabajo”.

--¿Piensa trabajar ya en su profesión o esperar algún tiempo para hacerlo?

--Ya he aplicado varias solicitudes, incluso, me gustaría poner un negocio de Representaciones. También me gustaría dar clases, puesto que siempre he tenido inclinaciones por el asunto de educación pública.

--¿Qué tal era el conglomerado estudiantil de la Universidad donde usted se preparó?

--Estudié en una Universidad muy conservadora. Allí nunca hay movimientos estudiantiles, todos son muy calmos. No son como los del norte de Texas, que son más partícipes. Protestan y se levantan huelgas.

--¿Nos podrías hablar del tipo de enseñanza de que gozó en la Universidad?

--Los estudios de Administración de Empresas son bastante teóricos, aunque sí cada semestre, los estudiantes tienen las puertas abiertas en las industrias y empresas para que se enteren del movimiento práctico de las mismas.  Además para el asunto de trabajos, los dueños de fábricas visitan la Universidad para que apliquen solicitudes los aspirantes a buscar trabajo.

--¿Cómo se desenvuelve la mujer profesional del sur de Texas?

--La mujer está a la par del hombre. Goza de iguales sueldos y desempeña iguales funciones. La mujer casada no tiene obstáculos cuando busca trabajo, y si no trabaja es porque no existen vacantes, y no porque no la consideren igualmente capacitada que el sexo opuesto. En esta particular soy de la opinión que la mujer casada tiene mayor responsabilidad en el trabajo, puesto que ya tiene responsabilidades serias que cumplir en el hogar.

--¿De la moda que nos puede decir?

--Las mujeres texanas son muy conservadoras en el vestir. Aquí es donde he observado el uso de la minifalda.  --¿Qué opina en el particular? –Creo que es favorable para nuestro clima, aunque soy partidaria de ella, pero no en forma exagerada, --¡claro que hablo como mujer casada!--, recalcó.

--¿Existen clanes “hippies” en Texas?

--Allá sólo se ven muchachos vestidos de vaqueros, pantalones estrechos y botas altas. No llevan pelos largos, ni pantalones campanas. Algo más, a pesar de estar cerca de las fronteras, donde el tráfico de drogas es mayor, los muchachos universitarios, no hacen uso de ellas, ni existen grupos de muchachos en las calles que lo hagan. En esa región los hippies no han hallado campo.


A través del amplio diálogo sostenido con la joven señora Hasbani, podemos llevar a nuestros lectores nuevas impresiones, con el ánimo de que tengan concepciones diferentes de la manera de actuar y pensar de otras regiones, las que lógicamente varían de país a país.