domingo, 10 de enero de 2016

DARÍO O EL HERMANO VERSO (1938). Por Emilio Rodríguez Mendoza*

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   No diviso qué de nuevo se puede contar sobre Rubén, si ya se ha dicho todo, cierto o no, justo o injusto, sobre su vida desgarrada, sus versos innovadores y su anecdotario pintoresco…

   Todo; pero tal vez no se ha investigado lo bastante sobre la mixtura de razas que debió haber en el célebre nicaragüense con fisonomía de malayo, manos de marqués  y silueta alta y fina: un complejo físico.

   Plásticamente, tenía mucho del indio del Motobamba pero parece evidente que también tenía una dosis apreciable si no preponderante de sangre europea, y llena, por consiguiente, de ancestralismo, porque, de otro modo no se explica su entrada de sopetón y sin tanteos previos, a lo más delicado y abstruso de la poesía de las postrimerías del siglo pasado: entró a la innovación como a un campo propio, y, en consecuencia, no está suficientemente explicado el misterio racial del indio que aun antes de arribar a París con su levitón, su latín, su Azul… y su alcohol, que irrigaba zonas desconocidas de su espíritu, ya estaba familiarizado con todos los matices del modernismo finisecular.

   Sería de un interés innegable la realización de un estudio documental, es decir, científico, sobre la geanología rubeniana, y me permito señalar el tema, tanto más novedoso cuanto que lo crítico  y lo anecdótico sobre Darío parece agotado. Y tan agotado, que al hacerlo comparecer en esta sala con sus ojos de astrólogo y su sombrero de ocho luces, más de la madrugada a que era tan adicto, tendré que hacer no sé qué malabarismos para no repetir lo que he contado al amor de los recuerdos y de la letra de molde.

    Santiago del Nuevo Extremo ─y menos mal que no le pusieron extremo…─ ha tenido siempre una especie de imán ara la gente de otras tierras. La única manera de pasarlo bien aquí es ser extranjero ─decía don Marcial Martínez Cuadro, anglófilo, locuaz, cultísimo y dotado de una ironía tan certera como personalísima.

   Viene de lejos en la cronología y  la idiosincrasia nacionales esto del imán, y cuando en tierras de Martín Fierro degollando con música de candombe don Juan Manuel de Rosas, aquí llegaba a uña de mula lo más espigado del espíritu y del reformismo de la otra banda: Mitre en busca de historiales sobre San Martín, la Emancipación y la Expedición Libertadora; Sarmiento, maldiciente y genial, y Alberdi con sus Bases constitucionales diseñadas a la sombra provincial de los chirimoyos quillotanos.

   Afluían emigrados de todas las latitudes del continente en sangre: de Colombia, revolucionaria y dialéctica; del Ecuador maravilloso, recién disgregado de la vasta concepción bolivariana; del Perú virreinal; de la Argentina laceada por Facundo; del Uruguay acosado por Oribe…

   El Chile seriecito y austero de la organización, lograda con unos cuantos pesos pero severamente administrados, era una especie de casa de huéspedes del continente convulsionado, y las puertas de cuarterones de entonces vieron pasar una serie de celebridades en futuro hipotético, porque eran muy duros aquellos tiempos. Enraban en silencio a sus cuartuchos enladrillados y con techos de colihues; encendían un velón de sebo y se ponían a escribir versos nostálgicos, libros profundos o artículos furibundos contra los tiranos empenachados y presuntuosos que alardeaban en todas partes del continente en plena ensayología punzó. Sarmiento por su parte, daba puñetazos, clavaba las uñas en el álamo de la mesa en bruto y soltaba terno tras terno sanjuanino contra Rosas; contra Bello clasicista y codificador; contra Lastarria, escritor y pensador, o contra Jotabeche, punzante y nacionalista.

   En cuanto a panorama, Santiago no era lo corriente en los poblados indo barrocos de entonces: balcones volados para ver el paso de las procesiones o de los soldados victoriosos; plazoletas con una fuente o un pilón; rejas con un gajo de palma bendita, más la Cañada, el puente del corregidor Zañartu y una que otra torre con campanas de cobre coquinbano. 

   En 1841 y diez años después, al finalizar la fecunda administración Bulnes, se producen recios encontrones a sable, lanza y fusil de chispa; pero triunfó una y otra vez el centralismo organizador, olvidado, desgraciadamente, de la cultura y el bienestar de la masa, y Chile continuó siendo durante más de medio siglo, la persona de respeto del continente… Se administraba con un rigorismo que habría escarmentado ejemplarmente las habilosidades que empezaron a aparecer con la opulencia de la victoria y el salitrazo, y al amparo de la paz pública, propicia al trabajo y las cosas del espíritu, afluían los perseguidos de todo el continente conflagrado por la anarquía. Llegaban con un equipaje muy sumario; pero llenos de esperanzas y de bríos combativos, y hace más de medio siglo, también llegó Rubén Darío; pero no en calidad de insurrecto ni de rebelde, sino en plan de andanza bohemia. Había llegado hasta él la fama del progreso y la pujanza chilenos y arribaba con la maleta y los bolsillos vacíos; pero con la cabeza llena de sueños. Venía de Centroamérica, tierra eslabonada de volcanes; le asomaban sobre los labios gruesos y ansiosos bigotes mandarinescos que después domaría a cera, y traía unas epístolas de presentación para Lastarria, Barrios Arana, Amunátegui y Vicuña Mackenna, ─ los historiadores consagrados como que ya tenían una obra enorme e imprescindible. Lastarria el leader pipiolo que se enfrentó al peluconismo, era llamado el maestro en algunos de nuestros países. Darío presentó las cartas de recomendación del general Cañas, muy conocido en su casa, y creyó llegar a París al tranquear sobre las piedras bravías del Santiago de aquel entonces: casas de huéspedes del ciclo bestganiano; casonas con zaguán, cochera y mojinete; riacho desmandado y con nombre indígena y uno que otro palacete con columnas y cariátides de yeso que dejaron maravillado al autor de la Canción del oro: el hombre venía rectamente del Momotombo a Santiago…

   Ingresó a La Época, diario de un millonario del cual pudo ser el poeta, el Horacio o el Propercio. Pero en vez de Mecenas se encontró con el señor Mac-Clure, director, que evidentemente le sirvió de modelo simbólico para el célebre cuento en que el poeta toca el organillo bajo la nieve para entretener a su señor, el rey burgués.

   En La Época acampaba una especie de bohemia de guante blanco que cenaba alegremente, es decir, en buena compañía en el viejo restaurante Gage; que en las tardes se trasladaba en victoria arrendada bajo los árboles polvorientos del Parque; que leía libro y diarios franceses y que iba donde a M. Chopis, en los portales en que aun queda uno que otro espejito y cegatón a admirar los primeros bronces Barvedienne llegados a Santiago.

   Rubén ingresaba al país cuando empieza a sonar la plata del salitre y el Chile orgulloso y pobretón iba a pasar o pasaba ya de la estrechez de pellegería (sic) en que creció a lo que te criaste a la riqueza y abundancia que según Plutarco, moralista, corrompió a la misma Esparta después del triunfo sobre Atenas.

   El poeta estaba encantado con la ciudad; pero crucificado sin tregua por la modicidad franciscana de la soldada que en forma de cuentagotas o recibos a caja le suministraba Cartagena, administrador de diario. Pero, a pesar de esa circunstancia molestísima y  acaso para trascordarse momentáneamente de ella, el poeta solía sumergir sus escuálidos recursos en el Santiago tenebroso de los barrios excéntricos… Rodaba y se le creía perdido para siempre; pero, afortunadamente, Ortiz, portero y baquiano, no tardaba en rescatarlo, restituyéndolo, deshecho y arrepentido, a los pies de la Venus de Milo, que presidía con impasibilidad parnasiana los salones de La Época.

   Cursaba el tiempo a que alude en la epístola en que se lamenta de lo amargo de su memoria chilena.

   Tenía entonces veintiún años y le temblaba a las ánimas del purgatorio y al cobrador que lo urgía con la factura de su levitón romántico, eventos en que se encomendaba, tanto a sus devociones de creyente, como al contenido de la calabaza para el ron, importada por él desde las faldas en ebullición del Momotombo y el Ometepe.

   Entre escapatoria y escapatoria, seguida de las afortunadas pesquisas de Ortiz, conserje criollo, se extendía generalmente una corta tregua de abstinencia en que Darío, se devoraba fajo de Le Fígaro, que llegaban a La Época, y los paquetes postales con los libros recién aparecidos de Catulle Mendes, Armand Silvestre, Leconte de Lisle, remitidos a algunos de sus amigos.

   Lo eterno, hecho de belleza y novedad; lo indestructible de su obra innovadora aguijoneada por la necesidad, era escrito, pues, cuando hallándose en pucé, como dicen en el barrio bohemio de París, el poeta se encerraba en plan de cenobita, para lo cual sentía una vocación muy decidida durante las abstinencias interrumpidas no bien lograba ponerle la mano encima a unos cuantos pesos, francos o pesetas.

   Tenía yo doce o trece años cuando lo conocí, y demás está decir que me causaba una curiosidad que seguramente era el fantasma literario que empezaba a entrárseme al cuerpo.

   Sonaba ya orientalmente el nombre del poeta exótico y luego apareció un librito, costeado por Pedro Balmaceda: Abrojos, mezcla de Bécquer, Heine y poquito de Campoamor, en que evidentemente, hay más de una saeta que habrían suscrito muy complacidos el ruiseñor sevillano o el que hizo su nido en la peluca de Voltaire.

   Poco después, Darío absorbió con indecible fruición los pesos, casi a la par, con que el Certamen Varela premió en hora oportunísima para su autor el Canto a las Glorias de Chile, que años después tuve la gratísima sorpresa de ver encaramado en los anaqueles de la calle de Alcalá, tronío de la vida madrileña anterior al Apocalipsis de estos momentos tremendos.

   Como de costumbre volaron en un santiamén los pesos gordos del Certamen, y Darío continuó con la corbata apretada por las penurias y prendida por sus angustias sin fin. Y para mayor desolación, se habían dispersado, siguiendo diversas trayectorias, los amigos de La Época, que habían ilustrado sus páginas con firmas mundiales y el poeta fue a dar a una pensión de patio con naranjo, jaulas, quiltros y una patrona inflexible con los remisos en materia de abonos mensuales. Extendió sobre los ladrillos cuadrados unos ejemplares, como sábanas, de El Ferrocarril: tendía encima un colchón con más relleno de papeles que lana auténtica y colgó en un clavo de gancho el levitón –pieza de resistencia de su indumento de cuatro estaciones— el levitón y su sombrero de ocho luces en que esta vez se reflejó la de la vela colocada en una botella vacía… No estoy seguro, aun cuando vi aquel cuartucho con estos ojos que se ha de comer la tierra, que hubiera mesa y sillas.

   El poeta saturniano se tendió en su lecho –más de abrojos que de rosas; —juntó sobre sus bigotes chinescos sus manos de marqués, como decía modestamente; cerró los ojos, lo que no le costa mucho, y comenzó a evocar a la reina Mab… Plena imaginación, pleno estado subconsciente.

   Parecía un sonámbulo –siempre lo fue; — el Azul…empezó a llenar fastuosamente el tabuco de cuarta cuadra, y si Cervantes no comió cuando terminó el Quijote, Darío, a su vez y distancias guardadas, cenaba tarde, mal y  nunca en los días y las noches ultra-bohemias en que pergeñó el librito augural que iba a ser la Biblia estética de la transformación literaria que empezara con él. Sin las princesas, los faunos, los caramillos y los clavicordios del empalagoso período versallesco, el Azul…  y los Cantos de Vida y Esperanza son lo más perpetuamente hermoso dejado por el poeta de la pieza con las vigas al aire, el papel hecho girones y los ladrillos cuadrados en que correteaban las cucarachas, como en los cuentos de Anderson.

   Llega el momento de preguntar quién, por dado a la quiromancia que hubiere sido, habría predicho en el huésped de la pensión con sopa boba como la de la puerta de convento, el mago de la transformación que empieza con el Azul

   Ese libro fue la revolución literaria, una revolución impregnada de influencias francesas; pero respetuosa del rico instrumento idiomático a que frecuentemente le achacan un supuesto pauperismo léxico los que no lo conocen o no saben manejarlo. En efecto, el innovador de 1888 no dislocó ni atropelló el idioma al transformar la poesía española, remozando sus ritmos y acercándose a Góngora, el desconcertante racionero de una iglesia cordobesa que al reaparecer, permite creer, como dice Cruz Ocampo, que la sensibilidad sigue hoy los mismo caminos de la antigua.

   Al entreabrir la puerta gruñidora tras la cual Darío soñaba su Azul, se habría podido pensar que se trataba de un hombre derribado por la vida. No era así: la realidad hosca y fría era una cosa y otra su espíritu, mezcla de volubilidad  y de fuerza, de desfallecimientos y nuevos ímpetus. El poeta empieza donde acaba el hombre.

   Emperrado e indiferente ante su vía crucis, era frecuente que se quedara  mirando en el vacío, como a la espera de sus frases maravillosas y siempre musicales, aunque prescindiera de la rima.

   Sonaba un organillo callejero, tartamudeando una melodía verdiana, y  sonreía volviendo a la agria realidad… Se abría la puerta que dejaba ver el naranjo nupcial de los patios andaluces, y aparecía una merienda digan de la cárcel sevillana en que entonaron juntos la salve crepuscular, rezada en coro por los presos, Miguel de Cervantes y Mateo Alemán, es decir Don Quijote y Guzmán de Alfarache.

   Algunos meses después de su posada natalinesca, Darío se trasladó al puerto y apareció entre las grúas, los fardos y los braceros del malecón. Le habían dado un empleo para matar el hambre –pesador de Aduanas o algo así,─ lo que afortunadamente, sirvió para que escribiera un cuento a la manera realista cogido en las faenas de la carga de los lanchones con un friso de gaviotas en la borda y  unos brochazos de azarcón en la panza.

   Quiso redactar en un diario porteño,  y le dijeron que desgraciadamente, escribía demasiado bien para Valparaíso… Tiempos en gris mayor— debe haber pensado Darío.

   Se paseaba cogido de la aorta por una angustia indecible y no se hartaba de mirar el mar, negro y a batacazos con los malecones, en invierno. Se agravaban su hiperemotividad, sus obsesiones, sus estados de ansiedad angustiosa.

   El poeta en camino de ser un hombre universal, por más que no fue un creador sino un innovador, era protegido a la sazón por el doctor Galleguillos, y cuando el día tendía un reguero esterlino sobre el mar de la tarde, Darío se echaba cerro arriba, con el ánimo en un hilo, las manos frías, el estómago vacío.

   Quería irse; se hizo una suscripción modestísima, se obtuvo un pasaje de gorra y un día cualquiera se supo que se había marchado con un equipaje de príncipe azul metido en un cajón de vino Panquehue… Yba lleno de recuerdo, fugazmente amables o brutalmente perros.

   En cambio nos dejaba dos hechos gloriosos que nunca sabremos agradecer lo bastante: El Canto Épico y Azul…    

   Y como a quien se muda Dios lo ayuda, lo protegió un Presidente poeta, estadista escritor y teólogo, el señor Núñez, colombiano eminente; visitó de refilón a la España pesimista y abúlica de la Regencia en que aún se entonaban los períodos barrocos de Castelar, los poemas de atuendo romántico de Núñez de Arce y las Doloras con encantos e ingenuidades de aldea de Campoamor.

   Castelar le dijo unas frases con pompa de carro alegórico; doña Emilia Pardo, aún guapa, le dedicó un retrato de condesa, que era de lo que menos tenía; don Benito Pérez Galdós le obsequió con sus novelas realistas y sus Episodios Nacionales, inspirados como técnica, en los de Erckmann Chatrian, y don Juan Varela le reiteró el tonificante espaldarazo que le había anticipado en La Nación de Buenos Aires. 

   Siguió luego a visar facturas consulares en San María del Buen Aire, como dicen la lejana fundación española y Rodríguez Larreta. Ahí tuvo su pena y su revista y no tardó en ser el sacerdote magno de la renovación literaria a que se apresuró a ingresar con sus Montañas de Oro, un mocetón con anteojos, bigote recio y renegrido y unos ímpetus de pampero; aludo al pobre Lugones que no hace mucho dejó una frase desgarradora, puntuada por un tiro suicida.

   Cordillera de por medio, Darío disparó para este lado de la montaña una frase amarga; pero no injusta, porque entre nosotros fue incomprendido: —A veces me figuro que he tenido un mal sueño al pensar en mi permanencia en ese hermoso país. Eso sí que a Chile le agradezco una inmensa cosa: la iniciación en la lucha por la vida— decían esa frase y esa carta.

   Años después volvía encontrarlo en el ancho teatro del mundo, Madrid en este caso, donde llegué por primera vez con un capital de treinta años y un nombramiento de segundo secretario de Legación. Era todavía el Madrid galdosiano con sus Calatravas campaneando tarde y mañana, con las novelas cromáticas de Blasco Ibáñez y con un rey  con una corona más grande que él en su cabeza austríaca y borbónica.

   En la Castellana de Recoletos llameaba un cartel escrito con sangre de toro anunciando La Horda, y en el Alto Aragón voceaba Joaquín Costa, el león de Graus, la necesidad de una política quirúrgica y la urgencia de echarle doble llave a los huesos del Cid y del Paladín de la Quimera.

   La madre España, hoy en sangre de alumbramiento, acababa de perder sus últimas colonias; se le había escapado un hemisferio entre las manos de tanto Austria y tanto Borbón, y  se extendía más y más a la cerrazón de un pesimismo indeclinable. Pero España no podía ni puede morir, porque sin ella el Viejo Mundo quedaría despojado del Castillo cuadrangular que le franquea, avanzando hacia el Atlántico. Anularla o reducirla sería dejar un gran hueco en la historia del mundo y no es aventurado decir que en los primeros años de este siglo ya empezaba a germinar la protesta volcánica en que el pueblo español pediría la cuenta tremenda de los que se hizo el Descubrimiento y la Colonización de América— obra populista de la masa, desprendida del Romancero, que siguió a Descubridores y Conquistadores.

   El país fundador estaba como aturdido y en el Madrid a medio encandilar de entonces sólo fulguraban los claveles de la Imperio coronando el arranque bravío y sensual del baile castizo.

   Teatro afrancesado de Benavente; novelas y dramas de Galdós, don Benito, ídolo nacional; tomos y más tomos de Menéndez Pelayo; primero romances y primeros rezongos de Baroja, fuertemente influenciado por Gorki; sonatas con música de órgano y ruido de armas carlistas de Valle-Inclán; paradojas, ansias y llamarazos espirituales de Unamuno, el rector salmantino.

   De ahí en set cinemático los primeros años hispánicos de este siglo: España sentía un deseo indomable, según Ortega y Gasset, de perpetuarse. Error, si no me equivoco, porque todo organismo vivo despierta y se defiende, según la ley biológica.

   Llameaba Unamuno dando muestras de su tortura espiritual; gruñía Baroja entre la bruma  y la morriña, gratas a la silueta esquiva de Avinareta, y Zuloaga simbolizaba a la España de ese momento abrumador en el picador que vuelve de la corrida horquillando el caballejo de Rocinante y teniendo al fondo un poblacho castellano aparragado alrededor de una torre de catedral y de la colegiata.

   Tal es el momento en que Darío aparece en gloria y majestad intelectual en el Madrid de 1905[1].

   El poeta  ya no era el de la pensión de cuarta cuadra y segundo patio. La gordura, caricaturizando su espigada silueta de otro tiempo, había hecho desaparecer el aspecto de sonámbulo que tenía cuando ayunaba y soñaba en el Azul… de sus aperreados veinte años. En vez del levitón que en Santiago estilizó su figura bohemia, llegaba a la Corte borbónica y austríaca con casaca y  espadín y en vez de chistera, sombrero emplumado y  con escarapela nicaragüense.

   Es el momento-cumbre de su ascensión estética a la gloria auténtica, es decir, a la que puede ir más allá de lo nativo o local.

   Tenía cuarenta y un años[2]  y llegaba con algo perdurable, si no eterno, porque era lo nuevo, más la música de Cantos de Vida y Esperanza.

   Años después, caminaba ante las aguas translúcidas del Mediterráneo. Se sentía enfermo y vagaba con los nervios sensoriales al desnudo. Estaba en la isla en tricromía que escuchó la Marcha Fúnebre de Chopin y que vio a George Sand con sus encajes transparentes y en rol de vampiresa…

   Rubén vagaba entre las rosas que florean la sombra azul de la Cartuja. Juntaba las manos temblando supersticiosamente ante la desgracia  y la muerte y al disparar la mirada en la lejanía dorada del mar-rey, tal vez recordaba la frase cruel de Maurice Barrés, porque no había sido un creador, sino un innovador genial…: Y allá lejos, sólo tierras desconocidas y nada más que repeticiones de nuestra Europa.

   Oraba, y él, que no tenía nada de qué arrepentirse porque no le hizo mal a nadie, sollozaba queriendo ingresar a la orden seráfica en calidad, seguramente, de hermano verso… Lloraba y se horrorizaba ante la idea de la muerte en la isla maravillosa en que bien pudo nacer la Primavera de Botticelli o efectuarse L᾽embarquement pour Cythere.

   Anonadado por el efecto que produjo en su ánimo contristado la conflagración europea de 1914, volvió a morir en su tierra de volcanes.

   Con el mismo, porque no podríamos olvidar que es el autor del poema épico escrito en 1887, y que en 1928 llenaba los anaqueles de la calle de Alcalá con su título epopéyico: Cantos a las Glorias de Chile.

   Darío tiene un busto en París y una glorieta, como la del Fénix de los Ingenios, en Madrid; pero en Santiago del Nuevo Extremo no hay ni una calleja, ni una plazoleta, ni una plancha de lata con su nombre oriental e inmortal.

   Sin embargo, bastarían unos pocos pesos para colocar su cabeza sobre una estela de piedra, a la sombra de las rosas y mirando la cordillera con sus ojos sin pupilas.

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* Publicado en “ARIEL”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1 de octubre de 1938. Serie IX. Número 27. Pág. 723. Director: Froylán Turcios. En: “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1 de abril de 1942. Serie XXXVII. Número 111. Pág. 2743 – 2745.. Director: Froylán Turcios



[1] El año correcto, 1892. Nota de Eduardo Pérez-Valle h.
[2] Acá tenemos una digresión, puesto que, a la fecha señalada por el autor, corresponderían 38 años de edad. Nota de EPV h., director-editor Blogspot. 

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Emilio Rodríguez Mendoza: intelectual chileno (Valparaíso, 1873 - 1960)
Datos obtenidos en Internet: Escritor; incursionó en la novela, ensayo, crónicas y especialmente en el periodismo; se inició como redactor fundador del diario "La Ley", en 1894, con el pseudónimo de "A. de Gery" y en que publicó su primer libro prologado por Rubén Darío. Colaboró en los diarios "La Tarde" y "La Libertad Electoral". En 1903 fue redactor del diario "El Ferrocarril" y profesor de Historia del Arte, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile. En el año 1910 fue redactor del diario "El Mercurio" y publicó una novela, editada en Paris. En 1912 fue secretario de la Legación en Bélgica y Holanda y en 1914, secretario de la Legación en Argentina. Durante el año 1917 fue redactor del diario "La Nación" de Santiago. En el año 1935 fundó y fue el primer redactor del diario "La Hora". Colaboró también, con las revistas "La Lectura" de Madrid, "La Nación" de Buenos Aires y la "Revista de Chile".Usó diferentes pseudónimos, como: Garrick, Juan Jil, Papá Goriot, Fray Candil, Mister Quidam, A. de Gery, L´Aiglon y Don Caprice. Fue miembro correspondiente de la Academia de Historia y Geografía del Brasil; de la de Historia de Colombia; de la Real Academia Española de San Fernando y de la Academia Chilena de la Historia.

lunes, 30 de noviembre de 2015

GÉNESIS DE LA CANCIÓN “COMANDANTE CARLOS FONSECA”.*

Conversación con Carlos Mejía Godoy

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COMANDANTE CARLOS FONSECA, FUNDADOR DEL FSLN
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¿Cómo fue haciéndose ese canto a Carlos vencedor de la muerte…? ¿Cómo fue gestándose ese himno que millones de voces emocionadas repiten hoy con el pensamiento firme entre los ojos del fundador del FSLN, del conductor de este Revolución del pueblo? El Sistema Sandinista de Televisión (SSTV) hizo una entrevista a Carlos Mejía, creador del himno, entrevista que VENTANA reproduce por el interés que representa.

Iván García: Carlos, creo que muchos nicaragüenses, como yo, se te han acercado en algún momento, para preguntarte algo del origen de algunas canciones. Específicamente,  yo deseo saber –en primer lugar— ¿en qué circunstancia surge la idea de crear una canción para el Comandante Fonseca?

Carlos: Nos encontramos en Diciembre de 1978. Acaba de morir mi papá, Carlos Mejía Fajardo: un suceso que me sacudió profundamente, porque Chas Mejía –como le llamaban los que le conocieron— fue una especie de “baqueano” en mi desarrollo como artista. Por eso, su muerte impactó seriamente mi vida emocional. Para suerte mía, en esos días difíciles, el Comandante Tomás Borge me manda a llamar para ponerme una tarea concreta: crear el nuevo Himno del FSLN y  escribir un homenaje a Carlos Fonseca.

No debemos olvidar que en ese momento aún no se ha dado la Unidad Sandinista en forma definitiva, lo que hace más compleja la elaboración de ambas canciones.

Iván: Es curioso, que el Comandante Borge en ese instante le haya dado tanta importancia al HIMNO como el canto dedicado al fundador de nuestra Vanguardia. ¿No te parece?

Carlos: Pienso que no solamente se da el hecho de que tanto Tomás como Carlos hayan sido compañeros de lucha.  Yo pienso que, independientemente del entrañable cariño que les unía, el Comandante Borge pensaba que era un acto fundamental de Justicia rescatar la figura de Carlos Fonseca.  Y es que sucedía un fenómeno: los nuevos mártires iban con sus nombres cubriendo los nombres de los demás. Y por eso era urgente destacar a los primeros luchadores  y colocarlos en el sitio que ellos conquistaron “a punta de corazón y de metralla” como diría Gioconda.

Iván: ¿Qué fue primero, la letra o la música?

MANUSCRITO ORIGINAL DE LA CANCIÓN

Carlos: Bueno… si no tuviera este manuscrito que localicé en unos viejos papeles, no sabría con precisión cómo empezó a nacer este canto. Como podés observar, antes de la primera estrofa está escrito un borrador del estribillo, que originalmente decía:

   Comandante Carlos Fonseca Amador
   de la muerte total vencedor
         
   a la orilla de este “pareado” no aparece apunte alguno de la música, aunque no se descarta la posibilidad de que esa frase  ya llevaba algo de la melodía horizontal. Luego están los versos del cuarteto que –a excepción de la palabra TODA— es exacto al estribillo definitivo. Nótese la “interrogación” señalando el adjetivo, lo que expresa la inconformidad con dicha palabra. La melodía es igualita a la que aún permanece. Debo aclarar que técnicamente está mal escrita, con todos sus defectos, me servía para no olvidar el primer hilo melódico.

Más tarde, están escritas las palabras trasplantadas del manuscrito original del Comandante Borge, que más tarde se convirtió en el libro “CARLOS EL AMANECER  YA NO ES UNA TENTACIÓN”. Los números con los asteriscos van señalando frases guías para vertebrar tanto el contenido como el ritmo temático de la canción.

         1.- Poseídas por el dios de la furia y el demonio de la ternura…

         2.- En ese instante apareció Carlos Fonseca. Llegó hasta nosotros, con sus ojos bruscos, miopes y azules. Contundente, serio, de gestos extensos… (con sus pantalones brincacharcos).

    3.- Carlos se hizo hormiga, martillo, mecanógrafo. SEMPITERNO. Repartió letreros subversivos de pared en pared.

          4.- FINAL. Carlos murió con el corazón desbordando de amor hacia los hombres, con los ojos azules apuntando hacia el futuro. Cuando los afiches polvosos, insepultos, sean referencias, las generaciones libres recordarán a Carlos Fonseca.

MANUSCRITO ORIGINAL DE LA CANCIÓN

Iván: ¿Se puede decir que primero estructuraste las estrofas, partiendo de las frases del Comandante Borge y después musicalizaste dichos versos?

Carlos: Tengo la impresión de que así fue, aunque es factible también que la misma melodía haya ido abriendo el cauce rítmico para armar las estrofas, que no siempre  tienen el mismo número de sílabas. Además fíjate que –de acuerdo a este primer borrador— la canción fue evolucionando. Esto se puede notar sobre todo en la segunda estrofa.

El primer encuentro lo tengo bien claro
ojos bruscos miopes, azules intensos
pantalones blancos, brincacharcos
contudente, serio, de gestos extensos

         Estos cuatro versos fueron grabados en Alemania y por tanto, interpretados del mismo modo en el Festival de la Canción Política (Febrero 1979). Cuando volvemos a México en Marzo, ya ésta estrofa queda corregida así:

     Cuando apareciste llegaste a nosotros
     con tus ojos miopes, azules intensos
  fuiste desde entonces el hermano
terco, indeclinable, sempiterno.

Iván: ¿O sea, que hacer esta obra, te llevó muchos días; meses tal vez?

Carlos: Probablemente sea la canción en la que he invertido más preocupación y  más tiempo. Para que tengás una idea de todo el trabajo de depuración que esta canción sufrió, te relato este pasaje. Al llegar a México, procedente de Alemania, había una estrofa que no me terminaba de gustar; y es la que se refiere a la muerte. Consulté al Poeta Julio Valle y le pasé la letra para que me ayudara a salir del atolladero. No sé si Julio tuvo mucho trabajo en esos días, o simplemente él no quiso tocar las cosas como estaban. Lo cierto es que una mañana, me desperté contento, porque un sueño me estaba dando lo que buscaba: la bala del enemigo (“La bala que me hiera será bala con alma…” Salomón de la Selva) tocaba el corazón de Carlos; y éste, como una bomba de contacto, estallaba derramando su luz sobre la Nicaragua insurrecta.

Iván: Analizando un poco el borrador original, observo que habías titulado a esta canción “ELEGÍA A CARLOS FONSECA” y luego borraste la palabra ELEGÍA. ¿A qué se debió ese cambio?

Carlos: Mirá, hermano. Yo siempre he tenido prudencia en usar palabras muy académicas para titular o subtitular una obra, máxime se trata del asunto literario que no es mi terreno.  Y eso de ELEGÍA me sonaba un poco rimbombante, solemne quizás. Yo me limito a escribir mi canto; luego vendrán los entendidos en las diversas materias  y dirán: esto es etopeya, epopeya o prosopopeya. Por eso, preferí dejar el título a secas: COMANDANTE CARLOS. Con decirte que hasta le quité los apellidos. Es más, en la canción sólo uso el apellido materno: Fonseca.

Iván: Pasamos a una cuestión muy concreta ¿La grabación dónde se llevó a cabo?

Carlos: Las voces son el compendio de grupos y solistas de gran renombre como SANAMPAY, GRUPO VÍCTOR JARA, NACIMIENTO, AMPARO OCHOA, LUPITA PINEDA, HELLY ORSINI, FRANCIS LABORIEL y alguien que se me escapa. Las cuerdas son esa orquesta de cámara de fama continental: CAMERATA PUNTA DE ESTE.

Iván: Estoy pensando en el lanzamiento de “COMANDANTE CARLOS” y el resto de “GUITARRA ARMADA”. ¿Cuáles fueron los mecanismos de divulgación?

Carlos: Bueno, compa, usted ya se puede imaginar la emoción de escuchar en altas horas de la madrugada los partes de guerra de nuestra entonces clandestina RADIO SANDINO. Y  entre el fragor de los combates, nuestras voces gritando: “Comandante Carlos… tayacán vencedor de la muerte…” Algo difícil de escribir.

Al mismo tiempo, los discos y casettes se reprodujeron por millares en muchas partes del mundo.

Iván: Al regresar a Nicaragua, ¿cuál fue tu impresión al poder cantar por fin, con todo nuestro pueblo, “COMANDANTE CARLOS”.

Carlos: Yo siempre, al hacer una canción, me planteo un desafío. Y  es que la canción debe ser una obra estéticamente digna de nuestro pueblo en lo que se refiere a lo cualitativo. Pero, al mismo tiempo no puedo escribir algo para ser asimilado únicamente por intelectuales, eruditos y diletantes. Y allí tenía algunas expectativas, cuando regresé a Nicaragua cuatro meses después del triunfo. Sin embargo todas las dudas se disiparon cuando aquel memorable ocho de noviembre de 1979, ante los restos sagrados de nuestro Comandante en Jefe, aquella PLAZA DE LA REVOLUCIÓN, totalmente llena de sandinistas, se convirtió en un insólito orfeón de hombres, mujeres y niños. Yo pienso que hasta los zanates se subieron a la cumbre de los laureles vecinos, para unir sus trinos a nuestras voces. Hasta entonces, cuando aquel mar de puños rebeldes parecieron tocar la piel del firmamento, cuando nuestra modesta tesitura quedó opacada por el inmenso rugido de las masas. Hasta entonces, sentí que la canción había logrado su objetivo. ¡Una vez más el pueblo tenía la última palabra!


(f) Carlos Mejía Godoy
Managua. 1 de Noviembre 1982
Jornada Ideológica Cmte. Carlos Fonseca
                             Año de la Unidad Frente a la Agresión.-         

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* Entrevista publicada en: Ventana. “Barricada Cultural”. Sábado, 6 de Noviembre de 1982. Pp. 2 – 3

lunes, 23 de noviembre de 2015

CLUB RECREATIVO DE SEÑORITAS DE MANAGUA, 1917.


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SOCIAS DEL PRIMER CLUB DE SEÑORITAS DE LA MANAGUA ALDEANA, 1919. 
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Hace algún tiempo se quejaba el Director de la revista “Los Domingos”, en un muy bien meditado artículo, de la poca vida social que se nota en Managua, y después de poner en evidencia los malos resultados que causan a la cultura y al espíritu esta falta de afición a comunicarse entre sí y este apego a vivir retraídos, sin frecuentar otras amistades que las íntimas de toda la vida, hacía el articulista un llamamiento a la sociabilidad amplia y constante.

Mucho antes, un grupo de señoritas de lo más distinguido de aquí habían observado ya el mal, y deseosas de poner remedio a la apatía en que vivimos, concibieron un pensamiento que hace tanto honor a sus inteligencias como a sus corazones: crear un centro de diversiones que trabajara por la alegría y la socialización de esta ciudad capital. Tal es el origen del Club Recreativo inaugurado el 29 de diciembre de 1917 con un gran baile en casa de don Joaquín Navas.
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ANITA NAVAS
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La Directiva estaba compuesta entonces así:

Anita Navas, Presidenta
Rosita Bernheim, Vicepresidenta
Amelia Argüello, Secretaria
Berta Wheelock, Tesorera
María Rivas  y Fidelia Sevilla, Vocales

Eran socias:

Angelita y Amanda Navas, Margarita Berneheim, Lulú Ortega, María Belli, Margarita y Rosalpina Espinosa, Leticia Argüello, Leonor y Rosa Huete, María J. Sevilla, Margarita Rivas, Alicia Marín y Beatriz Wheelock.

Estas niñas comprendieron que ellas casi no se veían ni comunicaban, que vivían aisladas sin razón ni provecho, y que era necesario acabar de una vez con el retraimiento funesto.

Fundaron su Club, comenzaron a organizar fiestas, bailes, paseos, etc., y hoy el Recreativo ha tomado cuerpo y es casi un poder del estado, un comité al revés de la Revolución Francesa, de alegría y de concordia sociales. Mientras la política y las demás luchas de la vida no hacen otra cosa que desunir voluntades y suscitar antipatías, el Centro fundado por tan simpáticas señoritas está dedicado a la buena labor de borrar recuerdos ingratos y viejas desavenencias entre las familias y a acercar cada vez más a los distintos grupos sociales para que la concordia venga a tomar el puesto ocupado hasta hoy por los recelos y los odios.

El empeño no puede ser mejor.— Managua es una ciudad de pocos esparcimientos. No hay grandes paseos, ni teatros, ni hoteles de lujo, ni ninguna de las atracciones de los centros europeos o de Estados Unidos. Y si agregáramos a esto la división, la guerra sorda, el espíritu del odio, la vida se volvería intolerable. Todo lo que venga por el contrario a unirnos, a desarrollar la armonía y el contento entre los miembros de la colectividad merece calurosa acogida y elogios entusiastas.

Nosotros se los damos a las señoritas del Club Recreativo, y si nuestra opinión pudiera servirles de estímulo para no cejar en el ideal que se han propuesto les diríamos que consideramos su fundación de gran utilidad y beneficio.

Los anales del Club Recreativo podrían escribirse en un abanico o en un carnet de baile, y  sin embargo ocupan buen espacio en la vida social de Managua.

Una amiga nos ha dado los siguientes datos:

En abril de 1917 se les dio un bailecito a las señoritas rivenses Amelia Ruiz y Amelia Zavala.

A la Presidenta señorita Anita Navas se le despidió con una recepción cuando su viaje a Panamá, y a su regreso se le obsequió con un baile en casa de don Heliodoro Solórzano.

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LULÚ ORTEGA DÍAZ
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A la socia señorita Lulú Ortega, con  ocasión de su viaje a Estados Unidos se le despidió con un banquete en casa de don Carlos Wheelock.

El día de Santa Rosa, se dio una de las fiestas más bonitas en honor a las socias señoritas Rosita Bernheim, Rosita Huete y Rosalpina Espinosa.

El 23 de octubre, cumpleaños de las señoritas Angelita y Anita Navas, se les dedicó también una fiesta.

       Últimamente se dio una recepción en homenaje a la distinguida señorita María Esguerra, hija del señor Ministro de Colombia, a quien se nombró socia honoraria del Club.

Fuera de esto, todos los sábados tiene reuniones u organizan paseos al campo.

El Club también se ocupa de hacer algunas caridades, como dar vestidos a los pobres y alistar niñas para la primera comunión.

Al terminar el año se eligió la nueva Directiva, resultando electas:
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Ester Castellón, Presidenta.
Doña María de Zavala, Vicepresidenta.       
Rosalpina Espinosa, Secretaria.
Berta Wheelock, Tesorera.
Señoras, Blanca de Wheelock y Emilia Huete, Vocales.

Han sido nombradas socias honorarias las señoras siguientes:

Amelia de Castellón, Presidenta honoraria; Julia de Chamorro, Anita de Graham, Amalia de Martin, Rosa de Espinosa, Juana de Rivas, Carlota de Belli, Ángela Navas, Mercedes de Sevilla, Clemencia de Díaz, Chepita de Marín.

Y activas las señoritas: Virginia Ramírez Goyena, Esmeralda, Lola y Celina Guerrero.

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domingo, 15 de noviembre de 2015

REUNIÓN DE TÍOS. Por: Juan de Dios Vanegas.


DR. JUAN DE DIOS VANEGAS
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REUNIÓN DE TÍOS. Por: Juan de Dios Vanegas. En: “Caminos”, Revista quincenal de Arte y Comercio. León, Nicaragua, Julio de 1922. Número 8. Año I. Páginas 2 y 3. Director y Redactor: Agenor Argüello. Administrador: A. García Espinosa.

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         Quizás en todas partes exista la costumbre de llamar tío a cualquier viejecito distinguido del pueblo, como signo de popularidad; distinguido por su figura o sus extravagancias u originalidades. Dicen que en España, se llama así a las personas de edad y de respeto.

         Entre nosotros es una de tantas costumbres que van desapareciendo. También hemos tenido originales ridículos, o locos a quienes no se les decía tío, porque tenían otro cognomento más propio: Un capitán Vílchez, de exquisita irregularidad, pequeñito, contrahecho, arrugado como pasa, con cara y cabeza como semilla de marañón chinchina, corto de piernas, ceremonioso y siempre soñando con la investidura sacerdotal. Gran predicador (en armonía con su figura) como signo de vocación eclesiástica. Le veíamos cruzar las amplias naves de la Catedral con una manifestación de dominio en el semblante, mayor que la de los sacristanes viejos y seguido del coro terrible de muchachos ingeniosos y perversos. Vimos un Doctor Monene, que era anunciado desde lejos por la gritería escandalosa de los pilletes. Un Porongo, que avanzaba precedido o seguido del agudo puú, puú, de los granujas callejeros. Un don Gallo, siempre trajeado, con su huacal en la mano, sus señas al aire, yendo y viniendo sobre el atrio de la Catedral y recitando con precipitación frases inconexas, como: una dos tres, corre, cultiva, contempla.

         Pero la especie de tíos es legión. Mucho llegaron a nuestros días infantiles en el retablo de la leyenda, pintados y descritos de tal modo que, andando los días, no podemos decir con clara conciencia si los conocimos o no. ¿Existió Telica? Podemos afirmarlo y aun venerar la relativa inmortalidad de aquel risueño ancianito. ¿Hay alguien que recuerde haber conocido el llano de Telica? Pues en ese llano se encontró ese tío una guayaba tan hermosa que cuando le dio el mordisco gritó una lora adentro. Más de un gallero había ensayado la receta de tío Telica para obtener gallos de mordida terrible. ¿Cómo? Cruzó las gallinas con los gatos y nacieron y emplumaron los pollitos y empezaron cantando quiquirimiau…¿Quién no ha creído sentir de lejos, sobre la cumbre del monte, los imperceptibles pasos del zompopo, sin que pueda la vista distinguir su diminuta figura? En las noches de luna, en los corros de los campesinos, encontráis al discípulo del leyendario fantasista que sabe dar vida a andalujadas estupendas. Iba yo, dice uno, tras un novillo en el campo. Una rama me saca los ojos en la carrera. Caen al suelo, me inclino, los tomo, me los pongo y sigo tras la bestia en fuga, pero ¡bruto! me los puse al revés y en vez de ver el novillo me veía los sesos. Si buscáis la madre de esta anécdota inverosímil, tío Telica la refirió: “Era en los días del asedio del bárbaro Malespín a la ciudad rebelde. Aún no había permitido la entrada por el Cuadro, Bernabé Contreras; y Cabañas en su yegüita baya y Jerardo Barrios (sic) en su tordillo brioso se revolvían invencibles. Hay que enviar un espía al campamento enemigo. ¿Quién va? Tío Telica es el único. Al instante se coloca sobre la boca de un cañón de 24 que estaba en la torre del Calvario. Sale proyectil, se monta y  parte. Mira los cuarteles de Malespín, aquello es un horror de lanzas y bayonetas”. Cobra miedo. En ese momento el enemigo, dispara un cañonazo sobre la ciudad. Los proyectiles se encuentran y el tío ¡zas! trasborda al proyectil enemigo y vuelve a caer entre los suyos a contar la especie.

         Y por ese estilo los acaecidos raros e increíbles que algún día han de formar un libro, para que no se pierdan tantas cosas bellas a fuerza de ser autóctonas.

         Viene en seguida tío Vallellito. – Era este un vejete andarín, pequeñito, hablantín, nervioso, un poco chisgarabís, que vivía en el vecindario, en la calle, y no cumplía en la forma ni el fondo sus deberes matrimoniales. — Su mujer era una Jántipa corpulenta, de paso hombrano (sic) y violento, de ojos encendidos y de imperioso ademán. – En su casa era absoluta, dominadora. Mandaba a todos, y, el primero, a su marido, a quien hacía girar como si fuera un molinillo. Tío Vallellito le guardaba hondo temor, aunque refiriendo y queriendo hacer creer lo contrario. — De pronto suspendía su charla y se iba lijero (sic), murmurando “que fuerte que viene, más fuerte es mi Dios, etc.” Entraba a su casa silencioso. Luego se oía el estruendo: aquella tigra tomaba al tío, le oprimía la cabeza entre los muslos y lo aporreaba sin medida. El viejecito queda apenado. El vecindario había oído los porrazos y había que despistarlo. Salía él sacudiéndose con ambas manos y diciendo en voz alta y con aire satisfecho: “así quieren estas tales”. Y  este tío Vallellito aun tiene imitadores.

         ¿Quién era tío Cartita? Un hombrecito vivaracho; mequetrefe, que siempre andaba entre los músicos teniendo los papeles. ¿Por qué lo llamaban así? Porque siempre iba de prisa, con una carta que había recibido de la mujer más bella de León. Era un hombre feliz. Tenía que huir de las mujeres hermosas, porque lo perseguían, lo asediaban. Dichoso tío con sus sueños sonrosados. Tuvo su segunda edición en un antiguo portero de la Corte, que procuraba vestir correctamente, para corresponder al amor de las encopetadas señoritas. ¡Qué feliz cuando, advirtiendo que la sala estaba sola, se inclinaba para hacer como que recogía un perfumado billete amoroso, el que se guardaba mirando a todos lados, diciendo para sí ¡vean cuán dichoso soy! Iba a dejar los expedientes a casa de los Magistrados y decía, parado frente a una de las puertas de sus preferidas: Quien me ve con tantos papeles, pensará que soy Magistrado, y no soy más que escribiente! ¡Y era portero!

         A veces, por el Mercado, en la calle de Marcoleta, se miraban las curvas de una lluvia de piedras y se escuchaban los remolinos de gritos y algazara. En las interrupciones, percibíase la voz aguda de un chicuelo que decía: ¡tío José vaina de cobre! Ese tío era asediado por las turbas escolares, que hacían de él un blanco para sus travesuras. Él avanzaba con su mirada torva, siniestra, con una piedra en la mano, vestido con un saco de casimir luengo y raído y con una cara de hombre bravo, que pudo haber sido sargento de veteranos. Y ese tío tan perseguido de la chiquillería, es el inevitable en todos los viáticos religiosos, yendo a la cabeza, dando el agudo repique de la terrible campanilla.

         ¿De dónde vino tío Gallito? Un día lo vimos en nuestras calles, con su rostro risueño y achispado, el violín lamentable bajo el brazo y cantando coplas jocosas y algo subidas de color. Improvisaba con su flaco instrumento aires alegres que atraían a los muchachos y aún a los viejos. A la distancia se anunciaba con sus exclamaciones y las notas atropelladas de su violín agudo. Tenía facha singular y mostraba ingenio. En un corro de chuscos se quisieron divertir a su costa. Él se negó y uno de los chuscos le lanzó despechado un “váyase a la m…”. El tío volvió el rostro con ademán atento y, rindiéndole el sombrero, le repuso: “Allá nos vemos, hijo”. Atrevido como él solo con las mujeres, pero para el piropo encendido y el geste revelador; nada de abusos campechanos.

         Nuestro gran pintor Juan Cuadra, lo copió al óleo y fue el cuadro a la H. Asamblea Legislativa, para obtener una pensión en el extranjero. Era de ver al tío Gallito, con su vestido andrajoso, su rostro amable y expresivo, como de vinagre risueño, sus zapatos viejos, su violín, compañero, abogando por el joven pintor en una tela que palpitaba con la elocuencia más animada y convincente. ¿Qué se hizo tío Gallito? Desapareció como vino. Un día dejamos de ver al último de los tíos pintorescos que nos dieron nota singular en los días de nuestra vida sencilla y suave.


         Esta época ya no da esos tíos amables decoradores de los días de abundancia, sombreados de patriarcalidad. – Todos ellos han fundido y cristalizado en un tío temible, que usa tacón de hierro y que espanta a los pueblos, como aquellos espantaban niños. 

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