domingo, 10 de enero de 2016

DARÍO O EL HERMANO VERSO (1938). Por Emilio Rodríguez Mendoza*

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   No diviso qué de nuevo se puede contar sobre Rubén, si ya se ha dicho todo, cierto o no, justo o injusto, sobre su vida desgarrada, sus versos innovadores y su anecdotario pintoresco…

   Todo; pero tal vez no se ha investigado lo bastante sobre la mixtura de razas que debió haber en el célebre nicaragüense con fisonomía de malayo, manos de marqués  y silueta alta y fina: un complejo físico.

   Plásticamente, tenía mucho del indio del Motobamba pero parece evidente que también tenía una dosis apreciable si no preponderante de sangre europea, y llena, por consiguiente, de ancestralismo, porque, de otro modo no se explica su entrada de sopetón y sin tanteos previos, a lo más delicado y abstruso de la poesía de las postrimerías del siglo pasado: entró a la innovación como a un campo propio, y, en consecuencia, no está suficientemente explicado el misterio racial del indio que aun antes de arribar a París con su levitón, su latín, su Azul… y su alcohol, que irrigaba zonas desconocidas de su espíritu, ya estaba familiarizado con todos los matices del modernismo finisecular.

   Sería de un interés innegable la realización de un estudio documental, es decir, científico, sobre la geanología rubeniana, y me permito señalar el tema, tanto más novedoso cuanto que lo crítico  y lo anecdótico sobre Darío parece agotado. Y tan agotado, que al hacerlo comparecer en esta sala con sus ojos de astrólogo y su sombrero de ocho luces, más de la madrugada a que era tan adicto, tendré que hacer no sé qué malabarismos para no repetir lo que he contado al amor de los recuerdos y de la letra de molde.

    Santiago del Nuevo Extremo ─y menos mal que no le pusieron extremo…─ ha tenido siempre una especie de imán ara la gente de otras tierras. La única manera de pasarlo bien aquí es ser extranjero ─decía don Marcial Martínez Cuadro, anglófilo, locuaz, cultísimo y dotado de una ironía tan certera como personalísima.

   Viene de lejos en la cronología y  la idiosincrasia nacionales esto del imán, y cuando en tierras de Martín Fierro degollando con música de candombe don Juan Manuel de Rosas, aquí llegaba a uña de mula lo más espigado del espíritu y del reformismo de la otra banda: Mitre en busca de historiales sobre San Martín, la Emancipación y la Expedición Libertadora; Sarmiento, maldiciente y genial, y Alberdi con sus Bases constitucionales diseñadas a la sombra provincial de los chirimoyos quillotanos.

   Afluían emigrados de todas las latitudes del continente en sangre: de Colombia, revolucionaria y dialéctica; del Ecuador maravilloso, recién disgregado de la vasta concepción bolivariana; del Perú virreinal; de la Argentina laceada por Facundo; del Uruguay acosado por Oribe…

   El Chile seriecito y austero de la organización, lograda con unos cuantos pesos pero severamente administrados, era una especie de casa de huéspedes del continente convulsionado, y las puertas de cuarterones de entonces vieron pasar una serie de celebridades en futuro hipotético, porque eran muy duros aquellos tiempos. Enraban en silencio a sus cuartuchos enladrillados y con techos de colihues; encendían un velón de sebo y se ponían a escribir versos nostálgicos, libros profundos o artículos furibundos contra los tiranos empenachados y presuntuosos que alardeaban en todas partes del continente en plena ensayología punzó. Sarmiento por su parte, daba puñetazos, clavaba las uñas en el álamo de la mesa en bruto y soltaba terno tras terno sanjuanino contra Rosas; contra Bello clasicista y codificador; contra Lastarria, escritor y pensador, o contra Jotabeche, punzante y nacionalista.

   En cuanto a panorama, Santiago no era lo corriente en los poblados indo barrocos de entonces: balcones volados para ver el paso de las procesiones o de los soldados victoriosos; plazoletas con una fuente o un pilón; rejas con un gajo de palma bendita, más la Cañada, el puente del corregidor Zañartu y una que otra torre con campanas de cobre coquinbano. 

   En 1841 y diez años después, al finalizar la fecunda administración Bulnes, se producen recios encontrones a sable, lanza y fusil de chispa; pero triunfó una y otra vez el centralismo organizador, olvidado, desgraciadamente, de la cultura y el bienestar de la masa, y Chile continuó siendo durante más de medio siglo, la persona de respeto del continente… Se administraba con un rigorismo que habría escarmentado ejemplarmente las habilosidades que empezaron a aparecer con la opulencia de la victoria y el salitrazo, y al amparo de la paz pública, propicia al trabajo y las cosas del espíritu, afluían los perseguidos de todo el continente conflagrado por la anarquía. Llegaban con un equipaje muy sumario; pero llenos de esperanzas y de bríos combativos, y hace más de medio siglo, también llegó Rubén Darío; pero no en calidad de insurrecto ni de rebelde, sino en plan de andanza bohemia. Había llegado hasta él la fama del progreso y la pujanza chilenos y arribaba con la maleta y los bolsillos vacíos; pero con la cabeza llena de sueños. Venía de Centroamérica, tierra eslabonada de volcanes; le asomaban sobre los labios gruesos y ansiosos bigotes mandarinescos que después domaría a cera, y traía unas epístolas de presentación para Lastarria, Barrios Arana, Amunátegui y Vicuña Mackenna, ─ los historiadores consagrados como que ya tenían una obra enorme e imprescindible. Lastarria el leader pipiolo que se enfrentó al peluconismo, era llamado el maestro en algunos de nuestros países. Darío presentó las cartas de recomendación del general Cañas, muy conocido en su casa, y creyó llegar a París al tranquear sobre las piedras bravías del Santiago de aquel entonces: casas de huéspedes del ciclo bestganiano; casonas con zaguán, cochera y mojinete; riacho desmandado y con nombre indígena y uno que otro palacete con columnas y cariátides de yeso que dejaron maravillado al autor de la Canción del oro: el hombre venía rectamente del Momotombo a Santiago…

   Ingresó a La Época, diario de un millonario del cual pudo ser el poeta, el Horacio o el Propercio. Pero en vez de Mecenas se encontró con el señor Mac-Clure, director, que evidentemente le sirvió de modelo simbólico para el célebre cuento en que el poeta toca el organillo bajo la nieve para entretener a su señor, el rey burgués.

   En La Época acampaba una especie de bohemia de guante blanco que cenaba alegremente, es decir, en buena compañía en el viejo restaurante Gage; que en las tardes se trasladaba en victoria arrendada bajo los árboles polvorientos del Parque; que leía libro y diarios franceses y que iba donde a M. Chopis, en los portales en que aun queda uno que otro espejito y cegatón a admirar los primeros bronces Barvedienne llegados a Santiago.

   Rubén ingresaba al país cuando empieza a sonar la plata del salitre y el Chile orgulloso y pobretón iba a pasar o pasaba ya de la estrechez de pellegería (sic) en que creció a lo que te criaste a la riqueza y abundancia que según Plutarco, moralista, corrompió a la misma Esparta después del triunfo sobre Atenas.

   El poeta estaba encantado con la ciudad; pero crucificado sin tregua por la modicidad franciscana de la soldada que en forma de cuentagotas o recibos a caja le suministraba Cartagena, administrador de diario. Pero, a pesar de esa circunstancia molestísima y  acaso para trascordarse momentáneamente de ella, el poeta solía sumergir sus escuálidos recursos en el Santiago tenebroso de los barrios excéntricos… Rodaba y se le creía perdido para siempre; pero, afortunadamente, Ortiz, portero y baquiano, no tardaba en rescatarlo, restituyéndolo, deshecho y arrepentido, a los pies de la Venus de Milo, que presidía con impasibilidad parnasiana los salones de La Época.

   Cursaba el tiempo a que alude en la epístola en que se lamenta de lo amargo de su memoria chilena.

   Tenía entonces veintiún años y le temblaba a las ánimas del purgatorio y al cobrador que lo urgía con la factura de su levitón romántico, eventos en que se encomendaba, tanto a sus devociones de creyente, como al contenido de la calabaza para el ron, importada por él desde las faldas en ebullición del Momotombo y el Ometepe.

   Entre escapatoria y escapatoria, seguida de las afortunadas pesquisas de Ortiz, conserje criollo, se extendía generalmente una corta tregua de abstinencia en que Darío, se devoraba fajo de Le Fígaro, que llegaban a La Época, y los paquetes postales con los libros recién aparecidos de Catulle Mendes, Armand Silvestre, Leconte de Lisle, remitidos a algunos de sus amigos.

   Lo eterno, hecho de belleza y novedad; lo indestructible de su obra innovadora aguijoneada por la necesidad, era escrito, pues, cuando hallándose en pucé, como dicen en el barrio bohemio de París, el poeta se encerraba en plan de cenobita, para lo cual sentía una vocación muy decidida durante las abstinencias interrumpidas no bien lograba ponerle la mano encima a unos cuantos pesos, francos o pesetas.

   Tenía yo doce o trece años cuando lo conocí, y demás está decir que me causaba una curiosidad que seguramente era el fantasma literario que empezaba a entrárseme al cuerpo.

   Sonaba ya orientalmente el nombre del poeta exótico y luego apareció un librito, costeado por Pedro Balmaceda: Abrojos, mezcla de Bécquer, Heine y poquito de Campoamor, en que evidentemente, hay más de una saeta que habrían suscrito muy complacidos el ruiseñor sevillano o el que hizo su nido en la peluca de Voltaire.

   Poco después, Darío absorbió con indecible fruición los pesos, casi a la par, con que el Certamen Varela premió en hora oportunísima para su autor el Canto a las Glorias de Chile, que años después tuve la gratísima sorpresa de ver encaramado en los anaqueles de la calle de Alcalá, tronío de la vida madrileña anterior al Apocalipsis de estos momentos tremendos.

   Como de costumbre volaron en un santiamén los pesos gordos del Certamen, y Darío continuó con la corbata apretada por las penurias y prendida por sus angustias sin fin. Y para mayor desolación, se habían dispersado, siguiendo diversas trayectorias, los amigos de La Época, que habían ilustrado sus páginas con firmas mundiales y el poeta fue a dar a una pensión de patio con naranjo, jaulas, quiltros y una patrona inflexible con los remisos en materia de abonos mensuales. Extendió sobre los ladrillos cuadrados unos ejemplares, como sábanas, de El Ferrocarril: tendía encima un colchón con más relleno de papeles que lana auténtica y colgó en un clavo de gancho el levitón –pieza de resistencia de su indumento de cuatro estaciones— el levitón y su sombrero de ocho luces en que esta vez se reflejó la de la vela colocada en una botella vacía… No estoy seguro, aun cuando vi aquel cuartucho con estos ojos que se ha de comer la tierra, que hubiera mesa y sillas.

   El poeta saturniano se tendió en su lecho –más de abrojos que de rosas; —juntó sobre sus bigotes chinescos sus manos de marqués, como decía modestamente; cerró los ojos, lo que no le costa mucho, y comenzó a evocar a la reina Mab… Plena imaginación, pleno estado subconsciente.

   Parecía un sonámbulo –siempre lo fue; — el Azul…empezó a llenar fastuosamente el tabuco de cuarta cuadra, y si Cervantes no comió cuando terminó el Quijote, Darío, a su vez y distancias guardadas, cenaba tarde, mal y  nunca en los días y las noches ultra-bohemias en que pergeñó el librito augural que iba a ser la Biblia estética de la transformación literaria que empezara con él. Sin las princesas, los faunos, los caramillos y los clavicordios del empalagoso período versallesco, el Azul…  y los Cantos de Vida y Esperanza son lo más perpetuamente hermoso dejado por el poeta de la pieza con las vigas al aire, el papel hecho girones y los ladrillos cuadrados en que correteaban las cucarachas, como en los cuentos de Anderson.

   Llega el momento de preguntar quién, por dado a la quiromancia que hubiere sido, habría predicho en el huésped de la pensión con sopa boba como la de la puerta de convento, el mago de la transformación que empieza con el Azul

   Ese libro fue la revolución literaria, una revolución impregnada de influencias francesas; pero respetuosa del rico instrumento idiomático a que frecuentemente le achacan un supuesto pauperismo léxico los que no lo conocen o no saben manejarlo. En efecto, el innovador de 1888 no dislocó ni atropelló el idioma al transformar la poesía española, remozando sus ritmos y acercándose a Góngora, el desconcertante racionero de una iglesia cordobesa que al reaparecer, permite creer, como dice Cruz Ocampo, que la sensibilidad sigue hoy los mismo caminos de la antigua.

   Al entreabrir la puerta gruñidora tras la cual Darío soñaba su Azul, se habría podido pensar que se trataba de un hombre derribado por la vida. No era así: la realidad hosca y fría era una cosa y otra su espíritu, mezcla de volubilidad  y de fuerza, de desfallecimientos y nuevos ímpetus. El poeta empieza donde acaba el hombre.

   Emperrado e indiferente ante su vía crucis, era frecuente que se quedara  mirando en el vacío, como a la espera de sus frases maravillosas y siempre musicales, aunque prescindiera de la rima.

   Sonaba un organillo callejero, tartamudeando una melodía verdiana, y  sonreía volviendo a la agria realidad… Se abría la puerta que dejaba ver el naranjo nupcial de los patios andaluces, y aparecía una merienda digan de la cárcel sevillana en que entonaron juntos la salve crepuscular, rezada en coro por los presos, Miguel de Cervantes y Mateo Alemán, es decir Don Quijote y Guzmán de Alfarache.

   Algunos meses después de su posada natalinesca, Darío se trasladó al puerto y apareció entre las grúas, los fardos y los braceros del malecón. Le habían dado un empleo para matar el hambre –pesador de Aduanas o algo así,─ lo que afortunadamente, sirvió para que escribiera un cuento a la manera realista cogido en las faenas de la carga de los lanchones con un friso de gaviotas en la borda y  unos brochazos de azarcón en la panza.

   Quiso redactar en un diario porteño,  y le dijeron que desgraciadamente, escribía demasiado bien para Valparaíso… Tiempos en gris mayor— debe haber pensado Darío.

   Se paseaba cogido de la aorta por una angustia indecible y no se hartaba de mirar el mar, negro y a batacazos con los malecones, en invierno. Se agravaban su hiperemotividad, sus obsesiones, sus estados de ansiedad angustiosa.

   El poeta en camino de ser un hombre universal, por más que no fue un creador sino un innovador, era protegido a la sazón por el doctor Galleguillos, y cuando el día tendía un reguero esterlino sobre el mar de la tarde, Darío se echaba cerro arriba, con el ánimo en un hilo, las manos frías, el estómago vacío.

   Quería irse; se hizo una suscripción modestísima, se obtuvo un pasaje de gorra y un día cualquiera se supo que se había marchado con un equipaje de príncipe azul metido en un cajón de vino Panquehue… Yba lleno de recuerdo, fugazmente amables o brutalmente perros.

   En cambio nos dejaba dos hechos gloriosos que nunca sabremos agradecer lo bastante: El Canto Épico y Azul…    

   Y como a quien se muda Dios lo ayuda, lo protegió un Presidente poeta, estadista escritor y teólogo, el señor Núñez, colombiano eminente; visitó de refilón a la España pesimista y abúlica de la Regencia en que aún se entonaban los períodos barrocos de Castelar, los poemas de atuendo romántico de Núñez de Arce y las Doloras con encantos e ingenuidades de aldea de Campoamor.

   Castelar le dijo unas frases con pompa de carro alegórico; doña Emilia Pardo, aún guapa, le dedicó un retrato de condesa, que era de lo que menos tenía; don Benito Pérez Galdós le obsequió con sus novelas realistas y sus Episodios Nacionales, inspirados como técnica, en los de Erckmann Chatrian, y don Juan Varela le reiteró el tonificante espaldarazo que le había anticipado en La Nación de Buenos Aires. 

   Siguió luego a visar facturas consulares en San María del Buen Aire, como dicen la lejana fundación española y Rodríguez Larreta. Ahí tuvo su pena y su revista y no tardó en ser el sacerdote magno de la renovación literaria a que se apresuró a ingresar con sus Montañas de Oro, un mocetón con anteojos, bigote recio y renegrido y unos ímpetus de pampero; aludo al pobre Lugones que no hace mucho dejó una frase desgarradora, puntuada por un tiro suicida.

   Cordillera de por medio, Darío disparó para este lado de la montaña una frase amarga; pero no injusta, porque entre nosotros fue incomprendido: —A veces me figuro que he tenido un mal sueño al pensar en mi permanencia en ese hermoso país. Eso sí que a Chile le agradezco una inmensa cosa: la iniciación en la lucha por la vida— decían esa frase y esa carta.

   Años después volvía encontrarlo en el ancho teatro del mundo, Madrid en este caso, donde llegué por primera vez con un capital de treinta años y un nombramiento de segundo secretario de Legación. Era todavía el Madrid galdosiano con sus Calatravas campaneando tarde y mañana, con las novelas cromáticas de Blasco Ibáñez y con un rey  con una corona más grande que él en su cabeza austríaca y borbónica.

   En la Castellana de Recoletos llameaba un cartel escrito con sangre de toro anunciando La Horda, y en el Alto Aragón voceaba Joaquín Costa, el león de Graus, la necesidad de una política quirúrgica y la urgencia de echarle doble llave a los huesos del Cid y del Paladín de la Quimera.

   La madre España, hoy en sangre de alumbramiento, acababa de perder sus últimas colonias; se le había escapado un hemisferio entre las manos de tanto Austria y tanto Borbón, y  se extendía más y más a la cerrazón de un pesimismo indeclinable. Pero España no podía ni puede morir, porque sin ella el Viejo Mundo quedaría despojado del Castillo cuadrangular que le franquea, avanzando hacia el Atlántico. Anularla o reducirla sería dejar un gran hueco en la historia del mundo y no es aventurado decir que en los primeros años de este siglo ya empezaba a germinar la protesta volcánica en que el pueblo español pediría la cuenta tremenda de los que se hizo el Descubrimiento y la Colonización de América— obra populista de la masa, desprendida del Romancero, que siguió a Descubridores y Conquistadores.

   El país fundador estaba como aturdido y en el Madrid a medio encandilar de entonces sólo fulguraban los claveles de la Imperio coronando el arranque bravío y sensual del baile castizo.

   Teatro afrancesado de Benavente; novelas y dramas de Galdós, don Benito, ídolo nacional; tomos y más tomos de Menéndez Pelayo; primero romances y primeros rezongos de Baroja, fuertemente influenciado por Gorki; sonatas con música de órgano y ruido de armas carlistas de Valle-Inclán; paradojas, ansias y llamarazos espirituales de Unamuno, el rector salmantino.

   De ahí en set cinemático los primeros años hispánicos de este siglo: España sentía un deseo indomable, según Ortega y Gasset, de perpetuarse. Error, si no me equivoco, porque todo organismo vivo despierta y se defiende, según la ley biológica.

   Llameaba Unamuno dando muestras de su tortura espiritual; gruñía Baroja entre la bruma  y la morriña, gratas a la silueta esquiva de Avinareta, y Zuloaga simbolizaba a la España de ese momento abrumador en el picador que vuelve de la corrida horquillando el caballejo de Rocinante y teniendo al fondo un poblacho castellano aparragado alrededor de una torre de catedral y de la colegiata.

   Tal es el momento en que Darío aparece en gloria y majestad intelectual en el Madrid de 1905[1].

   El poeta  ya no era el de la pensión de cuarta cuadra y segundo patio. La gordura, caricaturizando su espigada silueta de otro tiempo, había hecho desaparecer el aspecto de sonámbulo que tenía cuando ayunaba y soñaba en el Azul… de sus aperreados veinte años. En vez del levitón que en Santiago estilizó su figura bohemia, llegaba a la Corte borbónica y austríaca con casaca y  espadín y en vez de chistera, sombrero emplumado y  con escarapela nicaragüense.

   Es el momento-cumbre de su ascensión estética a la gloria auténtica, es decir, a la que puede ir más allá de lo nativo o local.

   Tenía cuarenta y un años[2]  y llegaba con algo perdurable, si no eterno, porque era lo nuevo, más la música de Cantos de Vida y Esperanza.

   Años después, caminaba ante las aguas translúcidas del Mediterráneo. Se sentía enfermo y vagaba con los nervios sensoriales al desnudo. Estaba en la isla en tricromía que escuchó la Marcha Fúnebre de Chopin y que vio a George Sand con sus encajes transparentes y en rol de vampiresa…

   Rubén vagaba entre las rosas que florean la sombra azul de la Cartuja. Juntaba las manos temblando supersticiosamente ante la desgracia  y la muerte y al disparar la mirada en la lejanía dorada del mar-rey, tal vez recordaba la frase cruel de Maurice Barrés, porque no había sido un creador, sino un innovador genial…: Y allá lejos, sólo tierras desconocidas y nada más que repeticiones de nuestra Europa.

   Oraba, y él, que no tenía nada de qué arrepentirse porque no le hizo mal a nadie, sollozaba queriendo ingresar a la orden seráfica en calidad, seguramente, de hermano verso… Lloraba y se horrorizaba ante la idea de la muerte en la isla maravillosa en que bien pudo nacer la Primavera de Botticelli o efectuarse L᾽embarquement pour Cythere.

   Anonadado por el efecto que produjo en su ánimo contristado la conflagración europea de 1914, volvió a morir en su tierra de volcanes.

   Con el mismo, porque no podríamos olvidar que es el autor del poema épico escrito en 1887, y que en 1928 llenaba los anaqueles de la calle de Alcalá con su título epopéyico: Cantos a las Glorias de Chile.

   Darío tiene un busto en París y una glorieta, como la del Fénix de los Ingenios, en Madrid; pero en Santiago del Nuevo Extremo no hay ni una calleja, ni una plazoleta, ni una plancha de lata con su nombre oriental e inmortal.

   Sin embargo, bastarían unos pocos pesos para colocar su cabeza sobre una estela de piedra, a la sombra de las rosas y mirando la cordillera con sus ojos sin pupilas.

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* Publicado en “ARIEL”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1 de octubre de 1938. Serie IX. Número 27. Pág. 723. Director: Froylán Turcios. En: “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1 de abril de 1942. Serie XXXVII. Número 111. Pág. 2743 – 2745.. Director: Froylán Turcios



[1] El año correcto, 1892. Nota de Eduardo Pérez-Valle h.
[2] Acá tenemos una digresión, puesto que, a la fecha señalada por el autor, corresponderían 38 años de edad. Nota de EPV h., director-editor Blogspot. 

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Emilio Rodríguez Mendoza: intelectual chileno (Valparaíso, 1873 - 1960)
Datos obtenidos en Internet: Escritor; incursionó en la novela, ensayo, crónicas y especialmente en el periodismo; se inició como redactor fundador del diario "La Ley", en 1894, con el pseudónimo de "A. de Gery" y en que publicó su primer libro prologado por Rubén Darío. Colaboró en los diarios "La Tarde" y "La Libertad Electoral". En 1903 fue redactor del diario "El Ferrocarril" y profesor de Historia del Arte, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile. En el año 1910 fue redactor del diario "El Mercurio" y publicó una novela, editada en Paris. En 1912 fue secretario de la Legación en Bélgica y Holanda y en 1914, secretario de la Legación en Argentina. Durante el año 1917 fue redactor del diario "La Nación" de Santiago. En el año 1935 fundó y fue el primer redactor del diario "La Hora". Colaboró también, con las revistas "La Lectura" de Madrid, "La Nación" de Buenos Aires y la "Revista de Chile".Usó diferentes pseudónimos, como: Garrick, Juan Jil, Papá Goriot, Fray Candil, Mister Quidam, A. de Gery, L´Aiglon y Don Caprice. Fue miembro correspondiente de la Academia de Historia y Geografía del Brasil; de la de Historia de Colombia; de la Real Academia Española de San Fernando y de la Academia Chilena de la Historia.

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