viernes, 5 de febrero de 2016

RUBÉN DARÍO EN NUEVA YORK. Por: Dr. A. Ramón Ruiz*

           
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8 de Febrero de 1964.
Dr. Fernando Centeno Zapata,
Director de PANORAMA,           

Librería Siglo XX
3ª Calle S. O. No. 106.
Managua, D.N. Nicaragua, C.A.

De mi más alta consideración:

   Permítame, compatriota, hacerle llegar por este medio mi sincera felicitación por el singular triunfo que viene Ud. obteniendo por medio de su cada día más interesante e instructiva Revista PANORAMA.

   Interesado como siempre he estado, en nuestra ciudadanía goce del completo acopio de detalles sobre las realidades inalterables relativas a nuestra Historia y sus hombres, cometo hoy la audacia de dictarle estas líneas, al haber notado un lapsus importante en la Cronología de Rubén Darío, aparecida en el Volumen 11, Número 9, fechada esta edición de PANORAMA, el 25 de enero del corriente año:

   No aparece en ella, la fugaz visita que hizo Rubén a la Ciudad de Nueva York; cosa que, para la postrimería, considero de sumo interés. Por ello, con sumo gusto le hago la siguiente narración:

   Era yo un muchacho de unos 12 años. Estudiaba el bachillerato ya, en el Colegio de Loyola en Sevilla, España, en 1914, cuando mis padres resolvieron llevarme a Nueva York, al comienzo del otoño en 1914.

   Una media hermana mía cayó enferma, y un médico nicaragüense fue llamado para atenderla. Era el doctor Aníbal Zelaya.

   El doctor Zelaya me cogió gran afecto, que en mí fue ampliamente reciprocado. Residía él en el “West End Avenue”, y tenía él la costumbre de reunir todos los domingos al mediodía –durante el otoño y el invierno— a un grupo de sus amigos entre los que hice grandes amistades, a pesar de las diferencias en nuestras edades. Ellos, todos era profesionales e intelectuales, y yo, un simple chavalo.

   Un día me dijo el doctor Zelaya: “Voy a necesitar de ti. Tendré que atender a un gran hombre nicaragüense: “No por el hecho de que haya sido nuestro Embajador en España, sino por amistad y por sus grandes valores personales. Se llama Rubén Darío y es un gran escritor  y poeta. ¿Me ayudarás?

   No me di cuenta del valor del individuo a quien tendríamos que atender, pero me sentí “importante” cuando Don Aníbal me pedía lo ayudara. Fuimos pues (creo fue a fines de 1914 o principios de…1915) al muelle a esperar a aquel “distinguido nicaragüense”. Vívidamente recuerdo que, entre otros componían nuestro grupo, el doctor Zelaya, el intelectual José Manuel Bada; los también intelectuales españoles don Federico de Onis y don José Manuel Torres Perona, y, como “carga maletas” el entonces mozalbete que redacta esta líneas.

   Pasadas todas las tramitaciones de aduana, inmigración, sanidad, etc., pude tener el inmenso honor de estrechar la mano del inmortal. Declaro hoy, con toda humildad, que jamás pasó por mi mente que aquel “Don Darío” llegaría a ser y a ocupar el lugar que ocupa hoy en la Literatura castellana.

   Hombre que vestía con elegancia; sombrero alón de fieltro negro; uñas pulidas; mirada profunda, indagatoria siempre. Noté le afectaba el frío, y que no traía bufanda. Con la espontaneidad del niño, le cedí la mía, de lana inglesa, y que, aún cuando vestía sin abrigo, la usó siempre durante su permanencia en Nueva York.

   Yo estaba feliz y contento, cuando aquellos intelectuales de calibre me trataban de igual a igual. Nunca me dí cuenta  de la significancia que en mis recuerdos históricos tendría jamás aquel accidente. Me fascinaba estar en las tertulias donde Don Rubén era siempre la figura central. Allí oía con devoción, las pláticas sobre alta literatura;  y con jovialidad, las anécdotas, los chiles de multifacéticos colores…

   Siempre me causó “Don Rubén” la impresión de ser un hombre profundamente melancólico. Muchas veces se acomodaba en uno de los grandes sillones, y descansando su cabeza sobre la mano, meditaba en silencio, el cual jamás me atreví interrumpir. Le atendí, como un simple mensajero y en ocasiones, hasta como un ayuda de cámara. Le llevaba sus ropas a la lavandería;  y tantas otras cosas.

   El doctor Zelaya por medio de un millonario filósofo y filántropo –que luego supe era Mr. Huntington, fundador, mantenedor y Director del Instituto “Hispanic Society of New York”— había obtenido la presentación de Darío en conferencia que dictaría en el Paraninfo –o auditórium— como en Estados Unidos le llaman— de la Universidad de Columbia.

   Llegó la fecha señalada. El auditórium estaba casi lleno, y, con más de media hora de retraso a la fijada por fin, Darío fue presentado, habiendo sido recibido con atronadora ovación del público puesto de pie; cosa que se repitió al haber terminado la conferencia.

   El doctor Zelaya me dio un sobre grande “con papeles muy importantes” para que se los cuidara con “mucho cuidado”, y que no saliera del camerino de Darío; privándome así de poder oír la conferencia, aunque tuve que observar las instrucciones del Doctor Zelaya por la confianza que en mí depositó. No oí la conferencia, pero sí llegaron hasta mí las cerradas y  entusiastas ovaciones con que el público premiaba al inmortal “Señor Nicaragüense”. Más luego me enteré que, entre otras cosas, en el sobre había un cheque de Mr. Huntington para Rubén Darío.

   Luego fuimos a un restaurante, donde se cenó y libró finos licores, pasando las horas como minutos, al extremo de que cuando regresamos a nuestros hogares ya el Sol alumbraba las calles de Manhattan.

   Una tarde, llevamos a Darío al “down-town” (parte baja) de Nueva York. Allí admiró, entre otros, el entonces edificio más alto del mundo que era el “Woolworth” o Singer, hoy día convertido en un “pigmeo” al lado de los colosos “Empires States”, “Chrysler” y tantos otros. Por la noche asistimos a un convivio íntimo, y al comentar sus impresiones sobre la Ciudad de Nueva York, recuerdo Darío hizo este comentario: “Sabe Dios en qué acabarán estos “gringos” en Nueva York. Nada extrañaría que de aquí a cincuenta años, las calles dejen de ser horizontales para convertirlas en verticales”. Este comentario siempre vivió en mí, cuando he pululado por aquellos lugares entre verdaderos “cañones” constituidos por edificios inmensos de más de 50 pisos en Wall Street, Broadway, etc. De ahí que más tarde, diera a luz aquella frase de “Nueva York”, ciudad de calles verticales”.

   Convendría, mi distinguido doctor Centeno, que PANORAMA pidiese detalles más completos sobre la visita de Darío a Nueva York, en su viaje de regreso a Nicaragua para poder enriquecer la historia. Especialmente, detalles de su conferencia, fecha exacta, etc. en la Universidad de Columbia. Así también de detalles posteriores a las relaciones entre Darío y su benefactor neoyorkino Mr. Huntington,  si a éste caballero, la República ha hecho el reconocimiento a su cooperación al presentar a Darío nada menos que en más alto centro de cultura allá. Y, si por cualquiera de esos motivos de inercia, apatía o desinterés, Mr. Huntington ha sido ignorado, que se le haga saber a nuestro insigne Presidente Schick, en la seguridad de que esta deuda de honor patrio, será cancelada, al otorgársele post-mortem, la Gran Cruz de la Orden Rubén Darío.

   Jamás he sido partidario de conferir honores a individuos por el hecho de ocupar tal o cual cargo; pero, si me mantengo firme en el principio de que esos honores deben conferirse por servicios prestados: Huntington y Zelaya, rindieron servicios merecedores al reconocimiento de la Patria.

   Aprovecho esta feliz oportunidad para ofrecerme a sus órdenes, cual su obsecuente servidor, amigo y compatriota.

    Dr. A. RAMÓN RUIZ 

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*Publicado en “Panorama”. Vol. II. Núm.11. 28 de febrero de 1964. Pp. 29-30. Director: Dr. Fernando Centeno Zapata.


Rubén arribó a los Estados Unidos (Nov. 1914 a Abril de 1916) invitado por el banquero e hispanista Archer M. Huntington, Presidente de la Hispanic Society of America.

martes, 19 de enero de 2016

RUBÉN DARÍO GENEROSO.


Inauguración del Monumento a Rubén Darío. Managua, 24 de Septiembre de 1933

RUBÉN DARÍO GENEROSO. En: “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1 de abril de 1940. Serie XXI. Número 63. Pág. 1595. Director: Froylán Turcios.

                                                    París, 14 de noviembre de 1911.

Sr. D. José Enrique Rodó.
Montevideo.

Mí distinguido amigo:

    Recibí sus amables palabras y su artículo para el Noel de Mundial. Mil gracias, y mi admiración de siempre. Ocupará su trabajo el primer lugar en el número.

    Aunque usted envía un recibo por cien francos, he dicho a la administración que se le giren ciento cincuenta, pues es lo que he presupuesto para las primeras firmas. Hay que comenzar a hacer valer algo nuestra pobre producción castellana. El retrato, excelente. Servirá para una cabeza suya en la serie que he iniciado.

    Aunque poco nos hemos comunicado, sabe que le admira y quiere su aftmo. amigo.


                                                 RUBÉN DARÍO

miércoles, 13 de enero de 2016

ZELAYA FUE UN ADELANTO DEL SOMOCISMO. Por: Dr. Eduardo Pérez-Valle.

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    Es un hecho innegable que las ideas liberales privaban en el ambiente. Sólo cuatro viejos rezagados opinaban aún por las antiguas ideas que inspiraron la Constitución cachureca de 1858. Dice Cuadra Pasos que a fines de siglo el Partido Conservador era cada día menos conservador, los viejos conservadores se afanaban por convencer al pueblo de que ellos eran los verdaderos liberales; y la juventud conservadora reclamaba a tiros de vez en cuando el cumplimiento de la doctrina liberal. Según el decir de Madriz, aunque el presidente Evaristo Carazo no apellidara liberal, de hecho lo fue tanto, que durante su gobierno (1887-1889) nadie fue sacado violentamente de su hogar, ni hubo familia que vistiera luto, ni persona alguna que derramara lágrima por causas políticas; en el logro de lo cual se condensa la raison d´etre  del liberalismo. De modo que éste no fue invención de Zelaya y tampoco su inspiración; como no lo fueron los otros aportes legislativos de la Constitución del 93, como las leyes de Amparo, de Reglamentación del Matrimonio Civil, de Jurado en Materia Civil y de Organización de la Contaduría Mayor; la Ley Orgánica de Tribunales, la de Imprenta, la Electoral, la de Extranjería, la de Secularización de Cementerios, la Reglamentación de Contrabando y Defraudaciones Fiscales, la de Agricultura (proyecto primitivo) y la Orgánica de Tribunales. Todas estas leyes fueron elaboradas por la Asamblea a través de comisiones, sin inspiración de Zelaya, como algunas veces se ha querido afirmar.

     En cuanto a la prisión por deuda, restablecida por Zelaya en 96, fue nuevamente abolida en la Ley Provisional de Garantías decretada por Estrada en 1910, y prohibida en definitiva en el artículo 47 de la Constitución de 21 de diciembre de 1911.

Managua, agosto de 1980


NO HAY PASARELA. Por: José Ortega y Gasset.



NO HAY PASARELA. Por: José Ortega y Gasset. En: “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 15 de junio de 1939. Serie XV. Número 44. Pág. 1144. Director: Froylán Turcios.

…De la conversación ordinaria a la poesía no hay pasarela. Todo tiene que morir antes para renacer luego convertido en metáfora y en reverberación sentimental. Esto vino a enseñarnos Rubén Darío, el indio divino, domesticador de palabras, conductor de corceles líricos. Sus versos han sido una escuela de forja poética. Ha llevado diez años de nuestra historia. Pero ahora es preciso más, que es su capacidad limitada de expresión; salvado el cuerpo del verso, hace falta resucitar a su alma lírica. 

RECUERDOS SOBRE DARÍO Y EL HIMNO AL LIBERTADOR


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Rubén Darío - Nueva York, 1915

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GLORIAS DEL ARTE*

I

    Se hacían preparativos en la capital salvadoreña, para celebrar unos festejos en homenaje al Libertador; y hallándose presente Rubén Darío en dicha ciudad, escribió el Himno a Simón Bolívar.

     El insigne maestro Juan Aberle también se encontraba en aquella República, en donde ejercía su profesión.

   Discípulo éste de eminentes artistas italianos, y  dotado de relevantes  cualidades, descolló como gran compositor y excelente  Director de bandas y orquestas; y en la referida ocasión compuso la música del Himno a Bolívar.

   Y, cosa muy natural, el himno es grandioso.

   No me ha sido posible conseguir en estos tiempos un ejemplar de ese canto admirable; y aunque tuve en mis manos uno, sólo conservo en mi memoria la primera estrofa que dice así:

¡Gloria al Genio! A la faz de la tierra
de su idea corramos en pos,
que en su brazo hay ardores de guerra
y en su frente vislumbres de Dios.

   Y me siento verdaderamente ufano de que en mi patria El Salvador, ese pequeño gran país, según ha sido llamado en justicia, hayan tenido realización sucesos que le dan timbre de honor, y que son signo inequívoco de elevada cultura, como el de que  hablo.

II

   Lo mismo puede decirse del Himno Nacional de El Salvador, cuya letra es del que fue decano de los poetas salvadoreños, Juan J. Cañas, y la música del renombrado maestro Juan Aberle.
  
   Fiesta que revistió gran solemnidad fue la que se celebró en la capital de la República el 15 de septiembre de 1879, aniversario de la independencia.
  
   Hallábanse reunidos en la amplia explanada del palacio nacional, las altas autoridades del Estado, escuelas primarias capitalinas y numeroso público, para escuchar el Himno Nacional, que por vez primera iba a ser ejecutado por los alumnos de las referidas escuelas.
  
    El éxito del mencionado acto fue espléndido, y, para los oyentes, de perdurable recuerdo.
  
   Este himno ha merecido también los mayores elogios de artistas de exquisito gusto; y el genial maestro Enrique Drews, que fue Director de la Banda de los Supremos Poderes de San Salvador,  y de la que formó un cuerpo de primer orden en los países americanos, no escatimó sus juicios favorables, respecto de él; conceptuándolo obra musical de magnífica, hasta con sublimidad en algunas de sus partes.
                                               Dr. FCO. MARTÍNEZ SUÁREZ

San José, Costa Rica, 1938.

* Fue publicada en “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 15 de julio de 1938. Serie VIII. Número 22. Pág. 601. Director: Froylán Turcios.

III

Dos años más tarde, la remembranza del Dr. Martínez Suárez animó a don Mario Briceño-Iragorry, Ministro de Venezuela en la República de El Salvador, quien escribió esta carta a don Froylán Turcios:

CARTA DEL MINISTRO DE VENEZUELA. En: “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1 de agosto de 1940. Serie XXIV. Número 71. Pág. 1786. Director: Froylán Turcios.

                                                    San José, julio 16 de 1940
Señor
don Froylán Turcios.
                                                                                                      Presente.
Mi muy admirado amigo:

   Al recibir el hermoso tomo que hacen los primeros sesenta y cuatro números de la magnífica revista Ariel me di a la grata tarea de deleitarme una vez más con tan bien seleccionada literatura. A la página 601 encontré la apostilla de mi malogrado y buen amigo y colega, Dr. Francisco Martínez Suárez, acerca del eminente Profesor Aberle y del himno al Libertador que compuso en 1883 el gran Darío. Curioso por el relato del Dr. Martínez Suárez, fue especial empeño mío al ir a la bella capital cuscatleca, en el curso del año pasado, el conseguir su letra y música. A mi excelente amigo don Joaquín Leiva debí tan valioso obsequio y, como el Dr. Martínez Suárez apenas recordaba la primera de las estrofas de Darío, le trascribo el Himno completo:

Letra de Rubén Darío
Música de Juan Aberle /  Circa 1883

¡Gloria al Genio! A la faz de la tierra
de su idea corramos en pos,
que en su brazo hay ardores de guerra
y en su frente vislumbres de Dios.

¡Epopeya! No pinta la estrofa
del gran héroe la espléndida talla
que en su airoso corcel de batalla
es su escudo firmeza y verdad.

Y subiendo a la cima del Ande,
asomado al fulgor infinito
coronado de luz lanza un grito
que resuena doquier ¡Libertad!

Soy su afectísimo amigo y admirador,

                                                        Mario Briceño-Iragorry
                                                        Ministro de Venezuela

martes, 12 de enero de 2016

RUBÉN DARÍO* Por: Timoteo Miranda


MANUEL MALDONADO Y RUBÉN DARÍO, Managua,  1908. 

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Capítulo del libro inédito
CULTURA DEL PENSAMIENTO

                        RUBÉN       DARÍO*

Por: Timoteo Miranda
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   Las ideas que dejaré expuestas pueden servir como una norma para explicar con claridad mis observaciones psicológicas, que he venido anotando en el curso de mi vida, especialmente acerca de ciertas personalidades muy distinguidas con quienes tuve ocasión de convivir en algunas épocas de mis pasados años.

   Pero desde luego debo advertir que mis estudios en ese campo tan difícil los voy a concretar solamente a un pequeño grupo escogido entre lo más selecto que vino a ser parte de mucho valor y mérito para mi propio cultivo intelectual.

   Comenzaré con uno de los más gloriosos y conocidos, cuya celebridad llena toda la América Hispana y mucha parte de Europa: me refiero al poeta nicaragüense Rubén Darío.

   Por algún tiempo, todavía muy joven, estuve muy cerca de Dario, que fue por cierto uno de mis mejores amigos en la República de Guatemala, allá por los años de 1890 y 91.

   En aquella época tuve ocasión de penetrar muy hondamente en aquella alma tan sutil, luminosa y cándida como el alma de un niño.

   Era muy difícil conocer su carácter por su modo de ser silencioso, y muchas veces altivo como un gran señor de portentosas riquezas; pero alguna vez con la humildad femenina que llegaba hasta una timidez inexplicable.

   En este tiempo, tanto como yo, gozaba Rubén de aquel divino tesoro de la juventud, como él expresó.

   Lo visitaba todos los días,  y a veces acontecía que lo encontraba triste y abatido como bajo el peso de una tenaz pesadumbre, y entonces lo interrogaba:

   ─ ¿Qué le pasa, Rubén?

   ─ Nada, absolutamente nada sino que no pienso ni siento cosa alguna; estoy como un muerto en su sepulcro.

   ─ Véngase, vamos a la calle; un poco de ejercicio le vendrá bien.

   Y entonces salíamos por las avenidas de Guatemala, Rubén en silencio a pesar de mi continua charla. Solamente cuando yo le llamaba la atención hacia el perfil de una bella mujer, se volvía, miraba con curiosidad y sonreía.

   A veces lo encontraba con la vivacidad de un niño inquieto y travieso, hablando sobre tópicos que cambiaba a cada momento, casi siempre acerca de escritores y poetas.

   Lo visitaba a veces Enrique Gómez Carrillo, todavía tan joven que vestía pantalón corto; pero que iniciaba ya sus prosas en la prensa dando indicios desde luego del que fuera más tarde el famoso y más conocido literato y crítico de las letras hispanas.

   Era Rubén muy sensible y muchas veces llegaba hasta la desesperación, cuando se formulaba aluna crítica contra versos o prosas que había dado a la publicidad.

   Cierto día un escrito colombiano, Samuel Córdova, publicó una crítica sobre algunos versos de Darío, si mal no recuerdo, por algún defecto puramente gramatical. Rubén llegó a mi cuarto desesperado y nervioso porque iba a desafiar a Córdova a singular combate, y según me decía, hasta a matarlo por aquel horroroso crimen.

   Luego le pregunto:

   ─ ¿Y las armas?

   Porque nunca supe que portara alguna arma que pudiera servir para un desafío.

   Noté desde luego que venía algo inspirado por las burbujas del champagne.

   Por complacerlo, y por saber con qué clase de enemigo iba a tener lugar aquel famoso desafío, fui a ver a Córdova.

   ─ Pero hombre ─ me dice sonriendo ─ ¿Cómo cree usted que yo voy a pelear  con Rubén si yo soy uno de sus primero admiradores, y mi crítica no fue otra cosa que una broma para molestarle un poco?

   Pero, de todos modos, el combate se dispuso entre aquellos dos campeones de las letras.

   La plazuela del Teatro Nacional de Guatemala fue el campo escogido. Padrinos: Pedro Pablo Nates, también colombiano y  escritor, por parte de Córdova; y yo mismo por parte de Darío.

   Al encontrarnos los cuatro, padrinos y combatientes, lo primero que hizo Rubén, sin más palabras ni explicaciones, fue abrir los brazos y estrechar a efusiva y fraternalmente a Córdova.

   Eso fue todo y nada más, porque Córdova a su vez, lleno de cariño correspondió del mismo modo a Darío.

   Aquel célebre duelo terminó así con una broma, y además en una opípara cena donde no escasearon exquisitos vinos hasta terminar en la resonante nota de un champagne de la Viuda.

   Traigo este recuerdo como un detalle en mi estudio sobre la personalidad de Rubén Darío.

   Su mentalidad era puramente subjetiva: vivía muy alejado de la vida real  y palpitante. La visión objetiva se le escapaba como acontece a los grandes soñadores, porque apenas tomaba del mundo real lo que venía a la mano para suplir sus necesidades más urgentes.

   Su fama como gran poeta y exquisito escritor le dieron oportunidad hasta para tornarse rico; pero tiraba el dinero a manos llenas como un potentado del oro cuando la suerte le deparaba una fortuna y nunca pensaba que el día siguiente amaneciera sin un céntimo.

   Nunca descendía de su trono subjetivo por atender pequeñeces de la vida real, o atender deberes apremiantes en sus relaciones sociales.

   Su mente estaba siempre iluminada con sueños de oro que le ofrecía su imaginación portentosa y romántica, y su fantasía que volaba por cielos encantados hacía vibrar el clarín sonoro de su inspiración divina.

   Rubén ante todo era sencillamente poeta porque llevaba siempre en su inmenso teclado de consonantes las armonías más delicadas, y diáfanas que aprisionaba bellamente en sus veros incomparables.

   Su genio, al mismo tiempo que llevaba la gracia encantadora de sus versos, hacía el afecto de una dulce melodía que viniera vibrando de un instrumento extraño que se perdía en una noche romántica iluminada por el resplandor de plata de un cielo estrellado.

Seguramente de allí vino aquella frase suya como una confesión ingenua: Mi arpa es un viejo clavicordio pompadour al son del cual danzaban sus gaviotas antiguos abuelos.

   Si fuera posible penetrar en ese mundo tan lleno de misterios al través del tiempo en los precedentes de una mentalidad genial, encontraría que en algunas generaciones, en la línea de sangre de Rubén Darío, tendría como una sorpresa antes que un poeta tan refinado y grandioso, a un portentoso artista de la música en una variedad infinita de notas que llenaron el alma de Beethoven y  Ricardo Wagner.

   Porque su poesía se puede decir que es un caso único entre los más gloriosos poetas del idioma español.

   Es cosa de admirarse cómo la palabra más resistente  dura se tornaba para él en una dulce queja de amor, como si todo el engranaje de nuestro idioma escondiera una melodía como la nota encantada de un bello pensamiento.   

   Y luego ¿de dónde venía su prodigiosa mentalidad?

   Siempre tenemos a la mano como una lógica inductiva la concatenación indefinida de causas y efectos en los fenómenos de la Naturaleza.

   Rubén Darío no es un solitario en la creación sino que vino formando su intelecto como una herencia en el curso de los siglos durante una serie de vidas que se pierden en pasados ignotos.

   Es digno de notarse que el propio poeta, en un estudio admirable que hizo acerca de la personalidad de Paul Verlaine, reconoce, en uno de sus párrafos, las herencias que vienen sucediéndose en vidas anteriores.

   Copio ese párrafo que viene a confirmar mis teorías con el pensar del mismo Rubén:

   Yo confieso que después de hundirme en el agitado golfo de sus libros, después de penetrar en el secreto de esas existencia única, después de ver esa alma llena d cicatrices y de heridas incurables, todo el eco de celeste y profanas músicas, siempre hondamente encantadoras; después de haber contemplado aquella figura imponente en su pena, aquel cráneo soberbio, aquellos ojos obscuros, aquella faz con algo de socrático, de pierrotesco  y de infantil; después de mirar al dios caído, quizás castigado por olímpicos crímenes en otra vida anterior; después de saber la fe su sublime y  el amor furioso y la inmensa poesía que tenían por habitáculo aquel claudicante cuerpo infeliz, sentí nacer en mi corazón un doloroso cariño que junté a la gran admiración por el triste maestro.

   Por más que pienso sobre el origen de la mentalidad de Darío, me encuentro confundido en un mar de tinieblas.

   Mucho sería que tuviera una mirada tan penetrante y  tan llena de luz a para sorprender siquiera un perfil en esa misteriosa historia de pasadas vidas en concordancia con la mentalidad de Rubén, a su paso por el planeta tierra.

   Apenas puedo sorprender en mi registro de cultura ciertas similitudes, en algunos de sus versos, con otros poetas antiguos en las letras españolas.

   Porque, en verdad, esa armonía en sus estrofas no tiene punto de similitud con ningún poeta en el mundo Las palabras se deslizan tan suave y dulcemente que parecen notas que florecen en una lira encantada y misteriosa que solamente su alma sabía sorprender.

    Así, por ejemplo, al terminar una de sus sonaras poesías, dice:

         Y sería mi sueño al nacer de la aurora,
         contemplar en la faz de una niña que llora
         una lágrima llena de amor y de luz.

   Y sus sutiles comparaciones es muy difícil encontrarlas en poeta alguno. Hay que admirar para el caso cómo define la guitarra en uno de sus admirables poemas:
        
         Urna amorosa de voz femenina,
         caja de música de duelo y placer,
         tiene el acento de una alma divina,
         talle y caderas como una mujer.

   Desde luego puede notarse la música del consonante que bien supieron manejar poetas de pasados siglos en la Madre patria, cuando se  inició en España un movimiento literario famoso que vino a ser una especie de revolución contra la plasticidad clásica de la literatura consagrada.
  
    Pero eso no me da, ni tan siquiera, una luciérnaga en las tinieblas en busca de las herencias que enriquecieron su mentalidad subjetiva.
  
   Como pensador el gran poeta nicaragüense no tuvo ninguna importancia, sin dejar por ello de admirar ciertas observaciones profundas adonde penetraba  como un buzo de luz su fantasía creadora.
   Es un fenómeno bien marcado entre los grandes poetas, que no pueden formular un pensamiento filosófico y por consiguiente están sin derecho a sentarse bajo el dosel dorado de los hombres de ciencia.

   Desde luego hay que hacer algunas excepciones entre los más elevados y  luminosos obreros del pensamiento  y la poesía.

   Ahí tenemos a Goethe, cuya mentalidad genial sondeaba los arcanos más recónditos de la Naturaleza.
  
   También tenemos a Víctor Hugo, que fuera a la vez parlamentario, orador y político, resplandeciendo en el campo de las letras y la poesía como un astro de espléndida magnitud.
 
   Fue Víctor Hugo el verdadero genio de la Francia con derecho a sentarse en el Olimpo consagrado para los súper-hombres que han alcanzado la mayor gloria en todos los tiempos de la raza humana.

   Pero como lo dejo dicho, esas son excepciones, muy escasas por cierto, entre las mentalidades de más alta representación en la poesía y en las letras.

   El principio general impera siempre: que la mente subjetiva, por medio de ese factor que hemos denominado la Inspiración, rompe todo equilibrio del mundo objetivo, y sin control de ninguna clase, atropellando la inteligencia y la razón, levanta el vuelo por todos los horizontes en un delirio inconsciente y a la vez fantástico.

   Es por eso que desde aquellos tiempos de la antigua sabiduría griega, en una Apología a los atenienses, dijo Sócrates:

   He llegado a descubrir acerca de los poetas que el objetivo de sus creaciones está colocado fuera de todo principio de sabiduría, y viene a ser obra únicamente de inspiración bajo la influencia del entusiasmo, como las visiones de los Profetas y Adivinos; y aunque los poetas dicen cosas muy bellas, ellos mismos no tienen conciencia de sus propias creaciones.

   También el sabio Platón, en su Ideal República, desterraba a los poetas como ciudadanos imposibles para sujetarse a ningún principio de sabiduría política.

   En los modernos tiempos, aquellas ideas de Sócrates  y Platón, están confirmadas, por Lord Macaulay, que también es autoridad de alto mérito como pensador y literato de fama universal.

   Antes de terminar mi estudio sobre la mentalidad de Rubén Darío, voy a referirme a ciertos fenómenos que tienen lugar entre los más altos intelectuales y literatos de primer orden.

   Me refiero a ciertos venenos embriagantes que desequilibran el temperamento nervioso y afectan el cerebro de modo extraordinario.

   Es de tal manera la influencia de tales venenos y  drogas que han llegado a imponerse en las costumbres de las naciones más adelantadas del globo.

   Entre esos venenos se pueden contar en primera línea: el alcohol con su variedad infinita de licores embriagantes; luego la morfina, el opio y el cáñamo indio, ya generalizado en las naciones occidentales.

   También el tabaco forma parte de tales tóxicos. Pero hay que notar que sus efectos son menos perniciosos que las anteriores drogas.

   Un estudio admirable del tabaco con todos sus efectos y consecuencias ha sido hecho por el famoso pensador y filósofo francés Gustavo Le Bon. Estudia, en todos sus detalles, los efectos dañosos de la nicotina.

    El conde León Tolstoy, asimismo, escribió un estudio acerca del tabaco, siendo de notarse que Tolstoy no deja de reconocer algunas benéficas influencias del tabaco en sus efectos psicológicos.
                 
   El tabaco también se ha impuesto en forma imperativa en las costumbres de su infinita jerarquía con todos los colores del iris.

   Creo que fue Carlyle, el famoso literato escoces, quien dijo: que la civilización no es otra cosa que el vestido.

   La especie humana, en la actual evolución que viene atravesando, busca siempre la dicha para gozar de la vida; y desgraciadamente  la encuentra en el desequilibrio de las más nobles y elevadas facultades intelectuales. Cuando se pierde la razón el hombre desciende al nivel de la bestia, y las mejores energías que sustentan las virtudes más santas quedan ahogadas en los fangos de los vicios despreciables y oprobiosos.

   Algo diré en relación con los efectos del alcohol, especialmente sobre la mentalidad de muchos hombres geniales.

   Entre esos hombres puedo contar, en primera línea, a Rubén, cuyo estudio me preocupa en estos momentos.

   Meditando sobre los efectos del licor en su mentalidad, vengo a sorprender que mis ideas una vez más, quedan confirmadas en relación con la mente subjetiva.

   Es un fenómeno realmente extraño y  misterioso: que muchas de sus mejores producciones intelectuales fueron efectos del licor que sacudía sus nervios y despertaba su imaginación a los más encantadores ensueños, y como de un cordaje exquisito y vibrante dejaba escapar las notas más delicadas, armoniosas  y bellas.

   Se puede decir que substancialmente no era la personalidad de Darío en su más elevado intelecto el que inspiraba los encantos y bellezas de sus más refinadas obras de arte: era más bien una entidad extraña, como un arcángel invisible que descendiera de regiones celestes con una lira en la mano para resonar dulcemente en su copiosa y fecunda imaginación.

   Es indudable que uno de los efectos, inmediatos del alcohol es la inconsciencia y la violenta sacudida dolorosa  mórbida de todo el organismo que despierta las más recónditas fuerzas latentes que se lanzan en acción involuntaria y brutal.

   Es por ello que muchos, la mayor parte que no tienen en su mente el don sagrado de la inspiración, vienen a constituir el caso patológico del alcoholismo  la morfinomanía.

   Tuve ocasión de observar que Darío, en su temperamento normal, estaba siempre inconforme con sus prosas y versos que rimaba bajo el imperio de una costumbre intelectual; pero muchas veces sin llevar aquella nota divina de su genialidad incomparable.

   El demonio de Sócrates que todos reconocen en el antiguo sabio griego, es el mismo que está presente en un momento dado con mandato imperativo en ciertos espíritus selectos.

   ¿De dónde surgen esas entidades tan extrañas en la mentalidad de ciertos hombres geniales?

   Tengo para mí que esa aparición viene de lejanas experiencias que nunca se pierden y que reviven y se hacen sentir repentinamente sin el control de la inteligencia y la razón.

   La peor desgracia para Darío era no sentir en su organismo los efectos de una copa de coñac que lo tornaba inspirado y dichoso.

   En su temperamento normal siempre estaba abatido y triste, y su palabra no correspondía nunca a su pensamiento; en esos momentos el silencio era una de sus armas favoritas.

   En cierta ocasión, con motivo del regreso a Guatemala de Domingo Estrada, famoso y cultísimo literato guatemalteco, un grupo de amigos concurrimos a un paseo de campo cerca de la ciudad. En aquella alegre fiesta estuvimos presentes Rubén, don José Leonard, el inolvidable Salazar; Joaquín Méndez, fino diplomático y también literato de alta cultura intelectual; Rafael Spínola, orador y periodista, y algún otro que se escapa a mi memoria.
  
   Hubo un momento en que Domingo Estrada, con esmerada cortesía, suplicó a Rubén que recitara alguna de sus bellas poesías. El guardó silencio sin contestar una palabra de excusa.

   A nuestro regreso el poeta Palma me dijo:

   ─ ¿Ha visto usted un hombre tan estúpido como este Rubén?

   ─ ¿Estúpido? ─ le replico.

   ─ Sí, verdaderamente estúpido como hombre social. ¡Pero qué talento tan hermoso!

   Siempre recuerdo, ese retruécano del poeta Palma con referencia a Darío.

   Al día siguiente fui a verlo a su cuarto en el Hotel Unión.

  ─ ¿Qué le pasó ayer en el paseo de campo para Domingo Estrada que se quedó sin decir una palabra?

   Y Rubén me contesta:

   ─ ¿Pero qué iba a decir en aquellos momentos si no existía? Me imaginaba solamente que no hay dicha comparable como estar en un sepulcro bajo tierra, sin sentir nada, sin oír nada de las cosas del mundo.

   Viene a mi memoria también un detalle que explica su carácter en sus faenas de prensa.

   Fue director de un diario semi-oficial que llevó el nombre de El Correo de la Tarde.

   Era entonces, Presidente de la República de Guatemala el General Manuel Lisandro Barillas.

   En ese diario trabajamos en su redacción varios centroamericanos: estuvieron allí los escritores salvadoreños Francisco Gavidia, Vicente Acosta y Alberto Masferrer.

   Darío llegaba a él todas las mañanas y se sentaba en su escritorio con un rimero de cuartillas para escribir el editorial o una prosa literaria.

   Llegó un día, el del aniversario del nacimiento del Rey de Italia, Víctor Manuel II, me parece; y con ese motivo había que escribir un editorial.

   Rubén tenía a su cargo esa tarea, y en efecto dio principio a las primeras frases.

   De súbito se quedó silencioso y pensativo con los codos apoyados sobre el escritorio.

   Luego me llama y me dice:

  ─ Siéntese y termine ese editorial.

   ─ Pero, Rubén, ¿cómo cree usted que voy a seguir la lógica de su prosa cuyos primeros párrafos están brillantemente escritos? Continúe usted y termine.

   ─ Yo no puedo más; no sé qué tengo; mi mente está apagada y mis nervios me azotan dolorosamente. Siéntese usted y concluya ese trabajo que es urgente para el diario de hoy.

   Yo lo terminé siguiendo la prosa de Darío hasta donde me fue posible. Porque él salió a la calle inmediatamente.

   Luego regresó sonriente y alegre.

   ─ ¿Terminó? ─ me dice.

   ─ Sí, allí está el artículo. Revise usted y corrija, si es necesario.

   Pasó una mirada sobre mi prosa y luego llamó al impresor y la puso en sus manos.
 
   Rubén había cambiado: dos tragos de coñac le habían devuelto inmediatamente su temperamento de artista magnífico.

   Eso quiere decir que el alcohol, en ciertos organismos, viene a ser como una llama que pone fuego ardiente para despertar todas las facultades creadoras como la imaginación y la fantasía sin el control de la inteligencia y la razón.

   Esa condición de espíritu de Rubén Darío tiene lugar asimismo en la mentalidad de grandes artistas y gloriosos poetas.

   Así está el caso en ese maravilloso genio de los Estados Unidos:
   Edgard Poe, cuya vida fue un tormento eterno aprisionado siempre y tenazmente por las garras implacables del alcoholismo.

   Lo mismo aconteció con ese otro genial talento francés: Paúl Verlaine, acerca de quien dijo el mismo Rubén: Dios mío, aquel hombre nacido para las espinas, para los garfios, y los azotes del mundo, se me pareció como un viviente doble símbolo de la grandeza angélica y de la miseria humana.

   Así por ese orden pueden citarse a tantos poetas y artistas cuyos nombres está resonando bajo el arco triunfal de los inmortales.

   El mismo Lord Byron, con todo y su alcurnia ilustre, no dejó de echarse en los brazos delirantes de los paraísos artificiales, durante el curso de sus aventura dramáticas.

   Y mucho más tendría que decir en referencia con las drogas y venenos entre muchos perínclitos porta-liras que ha conquistado el derecho de sentarse en el Olimpo como los dioses de la humana raza.  

   Pero mi estudio lo he concretad a Rubén Darío, inmenso poeta de América, honor y timbre glorioso de la patria nicaragüense.
 

RUBÉN DARÍO. Capítulo del libro inédito CULTURA DEL PENSAMIENTO del autor Timoteo Miranda.  En: “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1º y 15 de septiembre / 1º octubre / 1942. Serie 41. Números 121-122- 123.  Director: Froylán Turcios. 

lunes, 11 de enero de 2016

VENGANZA PÓSTUMA. Por: Jorge Gustavo Silva

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VERACRUZ, MÉXICO. 1910.

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    Rubén Darío: ─ Nombre ahora inmortalizado, pese a Max Nordau… ¿Quién recuerda, en cambio, ahora, el nombre del Director del diario que, quizás iracundo, despidió por inepto o por inadaptado, a Rubén Darío?

    A la superioridad intelectual compénsala, a veces, en verdad, reparaciones póstumas…

    Y es consolador para ella pensar –como observa la benévola filosofía práctica de Jules Payot— que todo el mundo ignora hoy los nombres de los que influían y mandaban en tiempo de Epicteto, y que es preciso un esfuerzo para averiguar en qué reinado vivió Montaigne…
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*Publicado en la revista “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1 de octubre de 1938. Serie IX. Número 27. Pág. 723. Director: Froylán Turcios.