martes, 12 de enero de 2016

RUBÉN DARÍO* Por: Timoteo Miranda


MANUEL MALDONADO Y RUBÉN DARÍO, Managua,  1908. 

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Capítulo del libro inédito
CULTURA DEL PENSAMIENTO

                                   RUBÉN DARÍO*

Por: Timoteo Miranda
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   Las ideas que dejaré expuestas pueden servir como una norma para explicar con claridad mis observaciones psicológicas, que he venido anotando en el curso de mi vida, especialmente acerca de ciertas personalidades muy distinguidas con quienes tuve ocasión de convivir en algunas épocas de mis pasados años.

   Pero desde luego debo advertir que mis estudios en ese campo tan difícil los voy a concretar solamente a un pequeño grupo escogido entre lo más selecto que vino a ser parte de mucho valor y mérito para mi propio cultivo intelectual.

   Comenzaré con uno de los más gloriosos y conocidos, cuya celebridad llena toda la América Hispana y mucha parte de Europa: me refiero al poeta nicaragüense Rubén Darío.

   Por algúntiempo, todavía muy joven, estuve muy cerca de Dario, que fue por cierto uno de mis mejores amigos en la República de Guatemala, allá por los años de 1890 y 91.

   En aquella época tuve ocasión de penetrar muy hondamente en aquella alma tan sutil, luminosa y cándida como el alma de un niño.

   Era muy difícil conocer su carácter por su modo de ser silencioso, y muchas veces altivo como un gran señor de portentosas riquezas; pero alguna vez con la humildad femenina que llegaba hasta una timidez inexplicable.

   En este tiempo, tanto como yo, gozaba Rubén de aquel divino tesoro de la juventud, como él expresó.

   Lo visitaba todos los días,  y a veces acontecía que lo encontraba triste y abatido como bajo el peso de una tenaz pesadumbre, y entonces lo interrogaba:

   ─ ¿Qué le pasa, Rubén?

   ─ Nada, absolutamente nada sino que no pienso ni siento cosa alguna; estoy como un muerto en su sepulcro.

   ─ Véngase, vamos a la calle; un poco de ejercicio le vendrá bien.

   Y entonces salíamos por las avenidas de Guatemala, Rubén en silencio a pesar de mi continua charla. Solamente cuando yo le llamaba la atención hacia el perfil de una bella mujer, se volvía, miraba con curiosidad y sonreía.

   A veces lo encontraba con la vivacidad de un niño inquieto y travieso, hablando sobre tópicos que cambiaba a cada momento, casi siempre acerca de escritores y poetas.

   Lo visitaba a veces Enrique Gómez Carrillo, todavía tan joven que vestía pantalón corto; pero que iniciaba ya sus prosas en la prensa dando indicios desde luego del que fuera más tarde el famoso y más conocido literato y crítico de las letras hispanas.

   Era Rubén muy sensible y muchas veces llegaba hasta la desesperación, cuando se formulaba aluna crítica contra versos o prosas que había dado a la publicidad.

   Cierto día un escrito colombiano, Samuel Córdova, publicó una crítica sobre algunos versos de Darío, si mal no recuerdo, por algún defecto puramente gramatical. Rubén llegó a mi cuarto desesperado y nervioso porque iba a desafiar a Córdova a singular combate, y según me decía, hasta a matarlo por aquel horroroso crimen.

   Luego le pregunto:

   ─ ¿Y las armas?

   Porque nunca supe que portara alguna arma que pudiera servir para un desafío.

   Noté desde luego que venía algo inspirado por las burbujas del champagne.

   Por complacerlo, y por saber con qué clase de enemigo iba a tener lugar aquel famoso desafío, fui a ver a Córdova.

   ─ Pero hombre ─ me dice sonriendo ─ ¿Cómo cree usted que yo voy a pelear  con Rubén si yo soy uno de sus primero admiradores, y mi crítica no fue otra cosa que una broma para molestarle un poco?

   Pero, de todos modos, el combate se dispuso entre aquellos dos campeones de las letras.

   La plazuela del Teatro Nacional de Guatemala fue el campo escogido. Padrinos: Pedro Pablo Nates, también colombiano y  escritor, por parte de Córdova; y yo mismo por parte de Darío.

   Al encontrarnos los cuatro, padrinos y combatientes, lo primero que hizo Rubén, sin más palabras ni explicaciones, fue abrir los brazos y estrechar a efusiva y fraternalmente a Córdova.

   Eso fue todo y nada más, porque Córdova a su vez, lleno de cariño correspondió del mismo modo a Darío.

   Aquel célebre duelo terminó así con una broma, y además en una opípara cena donde no escasearon exquisitos vinos hasta terminar en la resonante nota de un champagne de la Viuda.

   Traigo este recuerdo como un detalle en mi estudio sobre la personalidad de Rubén Darío.

   Su mentalidad era puramente subjetiva: vivía muy alejado de la vida real  y palpitante. La visión objetiva se le escapaba como acontece a los grandes soñadores, porque apenas tomaba del mundo real lo que venía a la mano para suplir sus necesidades más urgentes.

   Su fama como gran poeta y exquisito escritor le dieron oportunidad hasta para tornarse rico; pero tiraba el dinero a manos llenas como un potentado del oro cuando la suerte le deparaba una fortuna y nunca pensaba que el día siguiente amaneciera sin un céntimo.

   Nunca descendía de su trono subjetivo por atender pequeñeces de la vida real, o atender deberes apremiantes en sus relaciones sociales.

   Su mente estaba siempre iluminada con sueños de oro que le ofrecía su imaginación portentosa y romántica, y su fantasía que volaba por cielos encantados hacía vibrar el clarín sonoro de su inspiración divina.

   Rubén ante todo era sencillamente poeta porque llevaba siempre en su inmenso teclado de consonantes las armonías más delicadas, y diáfanas que aprisionaba bellamente en sus veros incomparables.

   Su genio, al mismo tiempo que llevaba la gracia encantadora de sus versos, hacía el afecto de una dulce melodía que viniera vibrando de un instrumento extraño que se perdía en una noche romántica iluminada por el resplandor de plata de un cielo estrellado.

Seguramente de allí vino aquella frase suya como una confesión ingenua: Mi arpa es un viejo clavicordio pompadour al son del cual danzaban sus gaviotas antiguos abuelos.

   Si fuera posible penetrar en ese mundo tan lleno de misterios al través del tiempo en los precedentes de una mentalidad genial, encontraría que en algunas generaciones, en la línea de sangre de Rubén Darío, tendría como una sorpresa antes que un poeta tan refinado y grandioso, a un portentoso artista de la música en una variedad infinita de notas que llenaron el alma de Beethoven y  Ricardo Wagner.

   Porque su poesía se puede decir que es un caso único entre los más gloriosos poetas del idioma español.

   Es cosa de admirarse cómo la palabra más resistente  dura se tornaba para él en una dulce queja de amor, como si todo el engranaje de nuestro idioma escondiera una melodía como la nota encantada de un bello pensamiento.   

   Y luego ¿de dónde venía su prodigiosa mentalidad?

   Siempre tenemos a la mano como una lógica inductiva la concatenación indefinida de causas y efectos en los fenómenos de la Naturaleza.

   Rubén Darío no es un solitario en la creación sino que vino formando su intelecto como una herencia en el curso de los siglos durante una serie de vidas que se pierden en pasados ignotos.

   Es digno de notarse que el propio poeta, en un estudio admirable que hizo acerca de la personalidad de Paul Verlaine, reconoce, en uno de sus párrafos, las herencias que vienen sucediéndose en vidas anteriores.

   Copio ese párrafo que viene a confirmar mis teorías con el pensar del mismo Rubén:

   Yo confieso que después de hundirme en el agitado golfo de sus libros, después de penetrar en el secreto de esas existencia única, después de ver esa alma llena d cicatrices y de heridas incurables, todo el eco de celeste y profanas músicas, siempre hondamente encantadoras; después de haber contemplado aquella figura imponente en su pena, aquel cráneo soberbio, aquellos ojos obscuros, aquella faz con algo de socrático, de pierrotesco  y de infantil; después de mirar al dios caído, quizás castigado por olímpicos crímenes en otra vida anterior; después de saber la fe su sublime y  el amor furioso y la inmensa poesía que tenían por habitáculo aquel claudicante cuerpo infeliz, sentí nacer en mi corazón un doloroso cariño que junté a la gran admiración por el triste maestro.

   Por más que pienso sobre el origen de la mentalidad de Darío, me encuentro confundido en un mar de tinieblas.

   Mucho sería que tuviera una mirada tan penetrante y  tan llena de luz a para sorprender siquiera un perfil en esa misteriosa historia de pasadas vidas en concordancia con la mentalidad de Rubén, a su paso por el planeta tierra.

   Apenas puedo sorprender en mi registro de cultura ciertas similitudes, en algunos de sus versos, con otros poetas antiguos en las letras españolas.

   Porque, en verdad, esa armonía en sus estrofas no tiene punto de similitud con ningún poeta en el mundo Las palabras se deslizan tan suave y dulcemente que parecen notas que florecen en una lira encantada y misteriosa que solamente su alma sabía sorprender.

    Así, por ejemplo, al terminar una de sus sonaras poesías, dice:

         Y sería mi sueño al nacer de la aurora,
         contemplar en la faz de una niña que llora
         una lágrima llena de amor y de luz.

   Y sus sutiles comparaciones es muy difícil encontrarlas en poeta alguno. Hay que admirar para el caso cómo define la guitarra en uno de sus admirables poemas:
        
         Urna amorosa de voz femenina,
         caja de música de duelo y placer,
         tiene el acento de una alma divina,
         talle y caderas como una mujer.

   Desde luego puede notarse la música del consonante que bien supieron manejar poetas de pasados siglos en la Madre patria, cuando se  inició en España un movimiento literario famoso que vino a ser una especie de revolución contra la plasticidad clásica de la literatura consagrada.
  
    Pero eso no me da, ni tan siquiera, una luciérnaga en las tinieblas en busca de las herencias que enriquecieron su mentalidad subjetiva.
  
   Como pensador el gran poeta nicaragüense no tuvo ninguna importancia, sin dejar por ello de admirar ciertas observaciones profundas adonde penetraba  como un buzo de luz su fantasía creadora.
   Es un fenómeno bien marcado entre los grandes poetas, que no pueden formular un pensamiento filosófico y por consiguiente están sin derecho a sentarse bajo el dosel dorado de los hombres de ciencia.

   Desde luego hay que hacer algunas excepciones entre los más elevados y  luminosos obreros del pensamiento  y la poesía.

   Ahí tenemos a Goethe, cuya mentalidad genial sondeaba los arcanos más recónditos de la Naturaleza.
  
   También tenemos a Víctor Hugo, que fuera a la vez parlamentario, orador y político, resplandeciendo en el campo de las letras y la poesía como un astro de espléndida magnitud.
 
   Fue Víctor Hugo el verdadero genio de la Francia con derecho a sentarse en el Olimpo consagrado para los súper-hombres que han alcanzado la mayor gloria en todos los tiempos de la raza humana.

   Pero como lo dejo dicho, esas son excepciones, muy escasas por cierto, entre las mentalidades de más alta representación en la poesía y en las letras.

   El principio general impera siempre: que la mente subjetiva, por medio de ese factor que hemos denominado la Inspiración, rompe todo equilibrio del mundo objetivo, y sin control de ninguna clase, atropellando la inteligencia y la razón, levanta el vuelo por todos los horizontes en un delirio inconsciente y a la vez fantástico.

   Es por eso que desde aquellos tiempos de la antigua sabiduría griega, en una Apología a los atenienses, dijo Sócrates:

   He llegado a descubrir acerca de los poetas que el objetivo de sus creaciones está colocado fuera de todo principio de sabiduría, y viene a ser obra únicamente de inspiración bajo la influencia del entusiasmo, como las visiones de los Profetas y Adivinos; y aunque los poetas dicen cosas muy bellas, ellos mismos no tienen conciencia de sus propias creaciones.

   También el sabio Platón, en su Ideal República, desterraba a los poetas como ciudadanos imposibles para sujetarse a ningún principio de sabiduría política.

   En los modernos tiempos, aquellas ideas de Sócrates  y Platón, están confirmadas, por Lord Macaulay, que también es autoridad de alto mérito como pensador y literato de fama universal.

   Antes de terminar mi estudio sobre la mentalidad de Rubén Darío, voy a referirme a ciertos fenómenos que tienen lugar entre los más altos intelectuales y literatos de primer orden.

   Me refiero a ciertos venenos embriagantes que desequilibran el temperamento nervioso y afectan el cerebro de modo extraordinario.

   Es de tal manera la influencia de tales venenos y  drogas que han llegado a imponerse en las costumbres de las naciones más adelantadas del globo.

   Entre esos venenos se pueden contar en primera línea: el alcohol con su variedad infinita de licores embriagantes; luego la morfina, el opio y el cáñamo indio, ya generalizado en las naciones occidentales.

   También el tabaco forma parte de tales tóxicos. Pero hay que notar que sus efectos son menos perniciosos que las anteriores drogas.

   Un estudio admirable del tabaco con todos sus efectos y consecuencias ha sido hecho por el famoso pensador y filósofo francés Gustavo Le Bon. Estudia, en todos sus detalles, los efectos dañosos de la nicotina.

    El conde León Tolstoy, asimismo, escribió un estudio acerca del tabaco, siendo de notarse que Tolstoy no deja de reconocer algunas benéficas influencias del tabaco en sus efectos psicológicos.
                 
   El tabaco también se ha impuesto en forma imperativa en las costumbres de su infinita jerarquía con todos los colores del iris.

   Creo que fue Carlyle, el famoso literato escoces, quien dijo: que la civilización no es otra cosa que el vestido.

   La especie humana, en la actual evolución que viene atravesando, busca siempre la dicha para gozar de la vida; y desgraciadamente  la encuentra en el desequilibrio de las más nobles y elevadas facultades intelectuales. Cuando se pierde la razón el hombre desciende al nivel de la bestia, y las mejores energías que sustentan las virtudes más santas quedan ahogadas en los fangos de los vicios despreciables y oprobiosos.

   Algo diré en relación con los efectos del alcohol, especialmente sobre la mentalidad de muchos hombres geniales.

   Entre esos hombres puedo contar, en primera línea, a Rubén, cuyo estudio me preocupa en estos momentos.

   Meditando sobre los efectos del licor en su mentalidad, vengo a sorprender que mis ideas una vez más, quedan confirmadas en relación con la mente subjetiva.

   Es un fenómeno realmente extraño y  misterioso: que muchas de sus mejores producciones intelectuales fueron efectos del licor que sacudía sus nervios y despertaba su imaginación a los más encantadores ensueños, y como de un cordaje exquisito y vibrante dejaba escapar las notas más delicadas, armoniosas  y bellas.

   Se puede decir que substancialmente no era la personalidad de Darío en su más elevado intelecto el que inspiraba los encantos y bellezas de sus más refinadas obras de arte: era más bien una entidad extraña, como un arcángel invisible que descendiera de regiones celestes con una lira en la mano para resonar dulcemente en su copiosa y fecunda imaginación.

   Es indudable que uno de los efectos, inmediatos del alcohol es la inconsciencia y la violenta sacudida dolorosa  mórbida de todo el organismo que despierta las más recónditas fuerzas latentes que se lanzan en acción involuntaria y brutal.

   Es por ello que muchos, la mayor parte que no tienen en su mente el don sagrado de la inspiración, vienen a constituir el caso patológico del alcoholismo  la morfinomanía.

   Tuve ocasión de observar que Darío, en su temperamento normal, estaba siempre inconforme con sus prosas y versos que rimaba bajo el imperio de una costumbre intelectual; pero muchas veces sin llevar aquella nota divina de su genialidad incomparable.

   El demonio de Sócrates que todos reconocen en el antiguo sabio griego, es el mismo que está presente en un momento dado con mandato imperativo en ciertos espíritus selectos.

   ¿De dónde surgen esas entidades tan extrañas en la mentalidad de ciertos hombres geniales?

   Tengo para mí que esa aparición viene de lejanas experiencias que nunca se pierden y que reviven y se hacen sentir repentinamente sin el control de la inteligencia y la razón.

   La peor desgracia para Darío era no sentir en su organismo los efectos de una copa de coñac que lo tornaba inspirado y dichoso.

   En su temperamento normal siempre estaba abatido y triste, y su palabra no correspondía nunca a su pensamiento; en esos momentos el silencio era una de sus armas favoritas.

   En cierta ocasión, con motivo del regreso a Guatemala de Domingo Estrada, famoso y cultísimo literato guatemalteco, un grupo de amigos concurrimos a un paseo de campo cerca de la ciudad. En aquella alegre fiesta estuvimos presentes Rubén, don José Leonard, el inolvidable Salazar; Joaquín Méndez, fino diplomático y también literato de alta cultura intelectual; Rafael Spínola, orador y periodista, y algún otro que se escapa a mi memoria.
  
   Hubo un momento en que Domingo Estrada, con esmerada cortesía, suplicó a Rubén que recitara alguna de sus bellas poesías. El guardó silencio sin contestar una palabra de excusa.

   A nuestro regreso el poeta Palma me dijo:

   ─ ¿Ha visto usted un hombre tan estúpido como este Rubén?

   ─ ¿Estúpido? ─ le replico.

   ─ Sí, verdaderamente estúpido como hombre social. ¡Pero qué talento tan hermoso!

   Siempre recuerdo, ese retruécano del poeta Palma con referencia a Darío.

   Al día siguiente fui a verlo a su cuarto en el Hotel Unión.

  ─ ¿Qué le pasó ayer en el paseo de campo para Domingo Estrada que se quedó sin decir una palabra?

   Y Rubén me contesta:

   ─ ¿Pero qué iba a decir en aquellos momentos si no existía? Me imaginaba solamente que no hay dicha comparable como estar en un sepulcro bajo tierra, sin sentir nada, sin oír nada de las cosas del mundo.

   Viene a mi memoria también un detalle que explica su carácter en sus faenas de prensa.

   Fue director de un diario semi-oficial que llevó el nombre de El Correo de la Tarde.

   Era entonces, Presidente de la República de Guatemala el General Manuel Lisandro Barillas.

   En ese diario trabajamos en su redacción varios centroamericanos: estuvieron allí los escritores salvadoreños Francisco Gavidia, Vicente Acosta y Alberto Masferrer.

   Darío llegaba a él todas las mañanas y se sentaba en su escritorio con un rimero de cuartillas para escribir el editorial o una prosa literaria.

   Llegó un día, el del aniversario del nacimiento del Rey de Italia, Víctor Manuel II, me parece; y con ese motivo había que escribir un editorial.

   Rubén tenía a su cargo esa tarea, y en efecto dio principio a las primeras frases.

   De súbito se quedó silencioso y pensativo con los codos apoyados sobre el escritorio.

   Luego me llama y me dice:

  ─ Siéntese y termine ese editorial.

   ─ Pero, Rubén, ¿cómo cree usted que voy a seguir la lógica de su prosa cuyos primeros párrafos están brillantemente escritos? Continúe usted y termine.

   ─ Yo no puedo más; no sé qué tengo; mi mente está apagada y mis nervios me azotan dolorosamente. Siéntese usted y concluya ese trabajo que es urgente para el diario de hoy.

   Yo lo terminé siguiendo la prosa de Darío hasta donde me fue posible. Porque él salió a la calle inmediatamente.

   Luego regresó sonriente y alegre.

   ─ ¿Terminó? ─ me dice.

   ─ Sí, allí está el artículo. Revise usted y corrija, si es necesario.

   Pasó una mirada sobre mi prosa y luego llamó al impresor y la puso en sus manos.
 
   Rubén había cambiado: dos tragos de coñac le habían devuelto inmediatamente su temperamento de artista magnífico.

   Eso quiere decir que el alcohol, en ciertos organismos, viene a ser como una llama que pone fuego ardiente para despertar todas las facultades creadoras como la imaginación y la fantasía sin el control de la inteligencia y la razón.

   Esa condición de espíritu de Rubén Darío tiene lugar asimismo en la mentalidad de grandes artistas y gloriosos poetas.

   Así está el caso en ese maravilloso genio de los Estados Unidos:
   Edgard Poe, cuya vida fue un tormento eterno aprisionado siempre y tenazmente por las garras implacables del alcoholismo.

   Lo mismo aconteció con ese otro genial talento francés: Paúl Verlaine, acerca de quien dijo el mismo Rubén: Dios mío, aquel hombre nacido para las espinas, para los garfios, y los azotes del mundo, se me pareció como un viviente doble símbolo de la grandeza angélica y de la miseria humana.

   Así por ese orden pueden citarse a tantos poetas y artistas cuyos nombres está resonando bajo el arco triunfal de los inmortales.

   El mismo Lord Byron, con todo y su alcurnia ilustre, no dejó de echarse en los brazos delirantes de los paraísos artificiales, durante el curso de sus aventura dramáticas.

   Y mucho más tendría que decir en referencia con las drogas y venenos entre muchos perínclitos porta-liras que ha conquistado el derecho de sentarse en el Olimpo como los dioses de la humana raza.  

   Pero mi estudio lo he concretad a Rubén Darío, inmenso poeta de América, honor y timbre glorioso de la patria nicaragüense.
 

RUBÉN DARÍO. Capítulo del libro inédito CULTURA DEL PENSAMIENTO del autor Timoteo Miranda.  En: “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1º y 15 de septiembre / 1º octubre / 1942. Serie 41. Números 121-122- 123.  Director: Froylán Turcios. 

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