sábado, 28 de agosto de 2021

RUBÉN DARÍO. FRAGMENTOS I. Por: Alfonso Ayón. Escritos publicados por J. Andrés Urtecho. Managua, 1914.

 

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Dr. Alfonso Ayón López. / León,  Agosto 1858 - Sept. 1944

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No poco he vacilado antes de resolverme a dar a la prensa éste, que no me atrevo a llamar estudio crítico, sino ligero y familiar entretenimiento  literario, acerca del celebrado autor de AZUL, y de PROSAS PROFANAS, del  bardo errante y soñador, que llegado apenas a una edad en que otros precoces ingenios sólo son una halagüeña promesa de gloria para su patria, alcanzó el desarrollo casi completo de su hercúlea pujanza intelectual, y acertó a aprisionar las inspiraciones de su numen, inquieto y arrogante, dentro de formas rítmicas espontáneas, primorosamente combinadas, teñidas de la suave y vaporosa languidez de los cantos germánicos, y que corresponden a una de las más nuevas y características manifestaciones de la poesía lírica española en nuestros días. 

Al hablar de Rubén Darío —lo declaro sin fingida modestia— acobárdame la consideración de que, para juzgarlo con acierto y desde el punto de vista de un criterio elevado y filosófico, quilatando el valor y hermosura de sus obras, poniendo de realce las singulares condiciones de su temperamento artístico y dando a conocer las diversas y aun contradictorias influencias que se han hecho sentir en el desenvolvimiento de sus facultades mentales y en la dirección de sus tendencias estéticas, no basta haber hojeado los insípidos compendios de retórica y métrica, en que se dan instrucciones minuciosas sobre el modo de componer poemas, endechas y madrigales con la menor parte posible de poesía, ni atesorar cierta erudición clásica enteca y de segunda mano, única que nos ha sido dable poseer a los que, salidos ya de las aulas , y sin la preparación metódica indispensable, nos dimos a estudiar de prisa y a cultivar empíricamente las humanidades castellanas. Para apreciar a conciencia la copiosa labor poética de Darío, definir su carácter y determinar su actual importancia en el mundo literario, se requiere no ser extraño al poderoso espíritu de reflexión y análisis que de Alemania han traído a la teoría general del arte las corrientes reformadoras de nuestra época, y de haber observado con atención el novísimo movimiento —ora regular y sosegado, ora indisciplinado y tormentoso— de la literatura, en los veinte últimos años del recién pasado siglo, tanto en aquella nación como en Francia y en España.

Desprovisto de tan útiles y amenos conocimientos, y ya no en tiempo y sazón de adquirirlos, no aspiro a ofrecer a los lectores de este imperfecto trabajo el juicio profundo y detenido de que es merecedor el ilustre escritor nacional que ha pagado a Nicaragua, con un inmenso caudal de honra, la dicha de haber nacido en su suelo. Indicando aquí algunos de los varios y más interesantes aspectos por los cuales puede ser considerado el entendimiento privilegiado de Darío, me propongo solamente atraer al cultivo de un género de crítica interna, de más amplio y libre vuelo, la afición de personas capaces de ejercerlo, y en especial de la bizarra juventud que entre nosotros se dedica a las letras, recelosa de todo dogmatismo de escuela, y rebelde a la tiranía del infecundo y falso clasicismo, que así oscurece y desacredita a sus adeptos, como degrada la augusta majestad del arte.

Si alguien me tachar de extremado en la alabanza, quiero desde ahora hacerle entender que no he tomado la pluma para censurar, sino para admirar: que por irresistible inclinación de mi carácter, soy tan negligente para procurarme fama propia. Como solícito y entusiasta en proclamar la ajena; y que poca o ninguna gracia tiene el mostrarse lince en descubrir lunares contrarios a la nimia corrección del lenguaje, cuando se trata de juzgar las obras de autores que por sistema no se cuidan mucho de ella, o cuyos principios en materia de idioma son notoriamente opuestos a los del rígido censor que las examina. Darío, como todo artista que tiene el convencimiento del propio valer y que confía en la creadora virtud de su genio, no puede resignarse a torturar y hacer efímeras sus grandiosas concepciones, por ajustarlas a la menguada estrechez de la plantilla académica; antes bien, propende a adaptar a la espontaneidad, valentía y vida inmortal del pensamiento, la forma en que ha de contenerlo y perpetuarlo como oriental urna de delicadas esencias, que conserva su olor eternamente.

Y no ha tenido que emplear grandes esfuerzos para no caer en la triste servidumbre a que en mala hora se entregan débilmente otros felices talentos poéticos, favorecidos por el cielo con el don nativo de una inspiración vehemente y robusta, pero en quienes el frío soplo del formalismo retórico apaga el fuego del sentimiento ingenuo y profundo, engendrador de la verdadera poesía. Ambicioso e indómito por naturaleza, ˂˂ despreciador altivo de fáciles triunfos y de trillados caminos, ˃˃ encontró señalado por sus mismos imperiosos instintos de independencia estética, el rumbo definitivo que había de seguir el vuelo de su musa. Si en sus primeros ensayos juveniles le vemos divagar aquí y allá en la elección de asuntos y modelos, como queriendo probar la fuerza de sus alas, no tarda en decidirse por los que mejor se acomodan al recio temple de su ingénita potencia lírica; y si, entrado ya en la madurez de la razón y del gusto y en plena posesión de su estilo, aprende en los clásicos castellanos la dicción fluida y sonora, al mismo tiempo que busca en literaturas extrañas la novedad y el atrevimiento de la idea, es indudable que a todo ello comunica el calor que sale de lo íntimo de su alma e infunde el impulso de vida de su propio varonil aliento…

A un mediano filósofo griego tuviéronle a mal sus amidos, que se hubiese atrevido a discurrir ante ellos acerca de la naturaleza de los dioses. El les respondió:  ˂˂ quizás no podré enseñaros a comprenderlos, pero de seguro no os induciré a profanarlos. ˃˃ Con igual o parecida respuesta podría yo defenderme de quien me reprochara el acometer una empresa tan superior a mis escasos ánimos, como lo es, sin duda la de bosquejar la fisonomía literaria de Darío. No espero que el resultado corresponda a la osadía del intento; no presumo de poder tasar en su altísimo valor las peregrinas dotes de originalidad, lozanía y gentil desembarazo de dicción y de estilo, que distinguen a Darío como escritor en prosa y verso; ni seguir los varios y majestuosos giros de su inteligencia vencedora, admirablemente dispuesta a recoger en sí y reflejar por todas partes las olímpicas irradiaciones del pensamiento moderno; ni encomiar cuanto es debido las brillantes galas de su opulenta fantasía, la abundancia y novedad de sus imágenes, unas veces graciosas y delicadas, otras enérgicas y aun temerarias, siempre ricas de animación y colorido, y con tan firme pincel modeladas, que no parecen producto de la elaboración mental del artista, sino sacudimientos repentinos de su sensibilidad apasionada, suavemente enrojecida en la llama devoradora del deleite y menos propensa a dejarse enseñorear por el influjo de un idealismo cándido y enfermizo, que a recibir las impresiones vivas y seductoras de la naturaleza real.

Si se quiere retratar íntegramente la compleja personalidad intelectual y poética de Rubén Darío, con todas sus luces y sus sombras, con toda la simultánea multiplicidad de fases que presenta, con todo el extraño conjunto de sus cualidades y aptitudes, algunas de las cuales parecen entre sí antagónica, es preciso componer un libro. Ese libro no he de escribirlo yo; más ya que a tanto no llegan mi ambición ni mis fuerzas, cuidaré a lo menos, como el obscuro filósofo ateniense a quien aludí, de no profanar con irreverente desparpajo lo que no alcanzo a dar a conocer en su completa y extraordinaria grandeza: no quiero incurrir en la vulgar injusticia de aplicar a obras como las de Darío el procedimiento de esa crítica bisoja y de mala fe, tan de moda hoy entre algunos festivos escritores españoles, y que consiste en desdeñar el fondo de las más hermosas producciones del ingenio, el elemento esencial que da vida y ser a la poesía, para detenerse con fastidiosa y pueril prolijidad en señalar leves descuidos de elocución o de estilo, o perdonables tropiezos en la parte mecánica de versificación, lanzando con tal motivo sobre los autores los dardos envenenados de maligna zumba y a veces también las más groseras injurias. No: al pasar por delante del poeta, no me empinaré para arrojar mi puñado de escoria sobre su frente soberana.

II

Es ya lugar común en casi todos los trabajos de crítica, personificar en los grandes hay genios de la poesía el conjunto de las ideas, tendencias y preocupaciones generales constituyen el espíritu o carácter distintivo de la época en que han vivido, o por lo menos, el de la escuela o pandilla literaria bajo cuya más directa influencia se han formado. Así, hay quien considere a Dante, menos que como autor de una grandiosa epopeya, como la personificación del arte moderno en su esplendente amanecer, como una especie de humano crisol en quien se funden toda la religión, toda la poesía y toda la ciencia de su siglo. En concepto de ilustres admiradores del egregio cantor de Gama, la orgullosa y noble musa que adornada a la vez con las frescas galas de la inspiración popular y con los arreos artificiosos de pagana erudición, celebró en el poema inmortal de Los Lusíadas las más altas glorias lusitanas, no hizo más que recoger  en un solo y excelso himno de amor patrio, el entusiasmo que arranca a los corazones españoles y portugueses el recuero de las hazañas casi legendarias de aquella heroica raza ibérica que, fiera y audaz en el Salado, generosa y constante en las ardientes regiones de la India,

˂˂ no halló en el mundo quien su frente dome, 

Pues ni a Roma lograrlo fue posible ˃˃*

De Calderón se ha dicho que con él despidió sus últimos reflejos el genio caballeresco, guerrero y supersticioso de la España de la Edad Media. Para algunos, el espiritualismo de Schiller es el lado estético de las doctrinas severamente idealistas de Kant, mientras otros miran en el sereno eclecticismo de Goethe, en su culto instintivo a la plástica desnudez de la materia, en la objetividad un tanto grosera con que concibe los misterios de la naturaleza y de la vida, una eflorescencia prematura del panteísmo científico de Alemania. En la incredulidad aterradora de Leopardi, se ha querido encontrar la vestidura poética de la filosofía cartesiana; en la soberbia satánica de Byron, una imagen de lo que había de ser la anarquía moral e intelectual del siglo XIX, en el estrolúbrico y doliente de Espronceda, la encarnación genuina del romanticismo español; en fin, para con el fogoso autor de Los Castigos y de El Año Terrible, se ha llevado hasta lo ridículo la manía de concentrar en la personalidad aislada de un escritor, la infinita variedad de elementos exteriores, coetáneos o su producción intelectual y artística: no hay imagen incoherente, antítesis descabellada, ni comparación monstruosa, que no se le hayan aplicado al gran poeta francés, tomadas muchas de ellas de su mismo abundante repertorio. Lo que nunca habrá de ponderarse bastante, es el desastroso influjo que en las inteligencias, en las costumbres yen las manifestaciones del gusto, han ejercido sus vagos transportes de sentimentalismo humanitario, la peligrosa y fascinadora indulgencia de su criterio moral, llevada hasta el extremo en dramas y novelas; la amargura intensa y algunas veces feroz de que solía impregnar sus versos cuando lo cegaba el fiero hervir de sus delirios políticos y también, por desgracia, de sus implacables rencores de partido; en una palabra, toda aquella abrasadora vehemencia de su inspiración lírica, con que por espacio de más de medio siglo tuvo ofuscada y electrizada a la Francia y al mundo, y que hoy, mirada desde las cimas serenas de la historia, parece a un tiempo mismo la postrera vislumbre de la Revolución que se aleja y el relampagueo precursor del socialismo brutal de nuestro tiempo.

Esta manera, demasiadamente sintética y menos sólida que ingeniosa, de entender y explicar las peculiaridades condiciones de los más insignes vates, el aspecto en cierto modo universal de algunas de sus obras, y los puntos de afinidad o de mera relación que en general tiene la poesía, en su manifestación histórica, con el medio social en que se desenvuelve y con los demás órdenes de la vida, apenas puede aceptarse como simple recurso retórico. Cuando se le exagera o se le quiere dar una significación enteramente real, es común incurrir en error o en infidelidad al examinar la índole excepcional de un autor y juzgar de su importancia literaria; porque, o bien se le atribuyen como por fuerza caracteres, tendencia o puntos de vista que no le corresponden, pero que parecen avenirse con las circunstancias del tiempo y lugar en que se le considera colocado; o bien se despoja de los que efectivamente le son propios, pero que no encajan dentro de la unidad ideal del tipo preconcebido por la imaginación del crítico. Mirar al poeta, o al artista en general, como manifestación emblemática del espíritu colectivo de su nación o de su raza, como producto casi necesario de alguna de las frecuentes evoluciones que se suceden en la existencia de la especie humana, como cifra o resumen de abstrusos sistemas filosóficos o de intereses políticos que se disputan el predominio en el campo de las más tristes y prosaicas realidades, es empequeñecerlo, bajarlo de la categoría de ser racional a la de símbolo, y arrebatarle la corona de eterno laurel que la fama no concede sino a las grandes creaciones del libre ingenio del hombre, en que va estampado el sello de su actividad viva y consciente.

No se niega por esto, que las revoluciones y mudanzas sociales , los adelantamientos que se alcanzan en el cultivo de las ciencias, la atmósfera, constantemente renovada, de ideas y afecciones, en que se mueve el espíritu, buscando alimento a su insaciada aspiración a lo mejor; en el cúmulo, en fin, de accidentes de todo género que constituyen los diversos estados de civilización de cada pueblo, ejercen influencia en el movimiento y dirección de las artes. Antes, por el contrario, hay que reconocer que todas éstas, y la literatura principalmente, participan de la acción de tales elementos y reciben las veces su impulso. Puede también admitirse sin esfuerzo, que en los antiguos poemas épicos y en la poesía llamada popular, alienta el alma misma del pueblo, de cuyas creencias, costumbres y tradiciones más sencillas y arraigadas sale directamente la materia del canto. Pero pretender que en la cabeza de un solo hombre, aunque se le llame genio, se reúnan y hermanen tantas doctrinas extremas, tantos móviles opuestos, tantos principios contradictorios y circunstancias tan desemejantes, como los que componen cada uno de los diferentes ciclos o edades de la literatura, es empeño desatinado y arbitrario en que entran por mucho las ilusiones del amor propio nacional, el exclusivismo sectario y el ciego espíritu de partido.

Todas esta prolijas reflexiones, que alguien habrá de tener, y  con razón por farragosas y mal traídas a cuento, vienen a servirme como de exordio o explicación preparatoria para decir que, en mi concepto, Darío no personifica, ni condensa, ni encarna, ni simboliza cosa alguna; lo cual, por otra parte, poca falta le hace. Y aunque a primera vista parezca que para dar semejante noticia no valía la pena de que yo insistiese tanto en este punto, exponiéndome a pasar por machacón y fastidioso, todavía encuentro disculpa en las circunstancia de que no faltan críticos apreciables que circunscribiendo voluntariamente la mirada a solo parte más débil y accidental de las obras de nuestro poeta, se empeñan en considerarlo como representante de determinadas y rastreras aficiones de frase, y como afiliado —y aun cabeza de secta— en alguna de las fracciones literarias, más o menos reducidas y no bien definidas y deslindadas aún, que propenden en nuestros días a sustituir toda tendencia, todo impulso verdaderamente estético, con el exquisito primor técnico, o con una sistemática profusión de armonías, lumbres y colores.

El error de los que piensan juzgar en última instancia del mérito de Darío y precisar su filiación poética, con sólo aplicarle desdeñosamente una de las innumerables denominaciones de grupo, que abundan en la moderna jerga literaria francesa, proviene, a mi ver, de que para clasificar las diversas escuelas, tanto en filosofía como en literatura, se acostumbra ahora atender más de lo que fuera razonable a las vagas y remotas semejanzas o diferencias que entre sí presentan los medios puramente externos de ejecución artística, a insignificantes pormenores, coqueterías y artificios de lenguaje, a notas distintivas que en realidad no lo son o que sólo asoman de un modo incompleto y  confuso prescindiéndose casi en absoluto de todo principio superior, de toda idea capital y profunda, al analizar los elementos que entran en cualquiera evolución psicológica, al comparar las inclinaciones y capacidades de los varios ingenios y al ponerlas en relación con la atmósfera intelectual en que se desenvuelven.

No hago más que apuntar muy a la ligera esa diferencia  y superficialidad de miras, que tanto ha venido a estrechar el horizonte de la observación estética, y de que especialmente dan muestra ciertos zoilos de bohemia y cronistas de salones literarios, que han invadido España y en Francia los dominios de la crítica contemporánea. Así queda prevenido el lector de que no seguiré el mismo sistema cuando examine en el curso de este artículo las tendencias y aptitudes poéticas de Darío, a quien tampoco habré de mirar como a jefe de ninguno de los bandos que actualmente se dividen el campo de las letras. A este  propósito recuerdo haber leído la acerba queja de Emilio Zola contra los que ˂˂ han hecho de él una grosera caricatura presentándolo como pontífice y maestro de una nueva escuela˃˃… Me imagino que el poeta nicaragüense no ha de ser menos modesto que el novelista francés; mas si por uno de esos arranques de inofensivo engreimiento, no infrecuentes en los hombres de más firme y serena elevación de espíritu, atravesó por la mente de Darío la idea de ser corifeo o caudillo único de alguna flamante agrupación que blasone de traer al arte nuevos y duraderos ideales y de poder imprimirle una dirección exclusiva, ya debe de haber advertido con mejor acuerdo –que no son los turbados días en que vivimos los más propios al aparecimiento de verdaderos jefes de escuela; que en medio de la febril ansiedad de las inteligencias y  del aturdimiento con que la impaciente actividad humana se da a producir algo nuevo a cada hora, para enmendar en seguida o destruir lo que produce, ningún progreso se afianza, ningún proyecto madura, ninguna verdad fructifica; que el mundo marcha, pero con tal celeridad y confusión, que a los reformadores no les queda tiempo para sucederse unos a otros, sino que se empujan y se atropellan por remplazarse en el puesto, y sus nombres, sus sistemas y enseñanzas tienen acción tan limitada y vida tan efímera, que muchas veces apenas acaban de nacer, cuando ya envejecen y caducan…

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jueves, 26 de agosto de 2021

CÓMO SE LOCALIZABA A LAS PERSONAS EN EL MANAGUA ANTIGUO Por Juan García Castillo. En: El Centroamericano, 1 de septiembre de 1967.

 

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    Los apodos, único medio de identificación.- Los “Machos”; la “Luisa Pintada”; las “Dormilonas”, etc.

    En el Managua de antaño era peculiar el identificar a las personas, no por su nombre y apellido, sino por sus apodos o sobrenombres.

    Si usted preguntaba en aquella época, dónde vivía determinada persona, mencionando su nombre y apellido, nadie le daba cuenta.

    Muchas veces sucedió eso a los forasteros que indagaban a una dirección.

    Y era típico: ¿Sabe usted dónde vive la familia Morales?

    --No, le respondían.

    -- Son unas que les dicen Ratonas.

    E inmediatamente el vecino, a quien se había pedido la dirección, identificaba a la familia o persona.

    Así no era raro oír en aquellos tiempos, las direcciones del domicilio en la siguiente forma:

    --Llega usted a la esquina de las “Dormilonas”, dobla “para abajo” y a la media cuadra en una casa contiguo a las “Cuero de Chancho”, allí es la casa.

    No conozco de dónde vino esa costumbre de llamar con apodo a los residentes de la ciudad aldea. Supongo que el espíritu festivo de los habitantes; talvez la similitud física de ciertas personas con el sobrenombre o sus costumbres.

    Sí, puedo asegurar que de los managuas autóctonos, pocos, muy pocos, no tienen sobrenombres, que se han ido transmitiendo de generación en generación y los últimos retoños o la generación actual de esas familias todavía a veces se les llama con el remoquete de antaño.

    La costumbre de los sobrenombres, transmitido de padres a hijos, perduró mucho tiempo hasta en los colegios.

    Un sobrenombre que se ha extendido a todos lo que llevan el apellido Robleto, no sólo en Managua, sino en Nicaragua, es el de “Macho”.

    Hubo una vez una familia de muchachas simpáticas de cuna humilde, pero alegres, comunicativas, que usaban mucho el colorete, costumbre desconocida en aquellos tiempos, “que se pintaban mucho” y como creen ustedes que fueron bautizadas, “Las Pintadas”. Yo creo que casi todas ellas ya murieron, pero hubo una que se destacó en cuanto a que logró tener una o dos propiedades en el barrio Santo Domingo, donde tuvo también una taberna. Se llamaba la “Luisa Pintada”. Su verdadero nombre y apellido era Luisa Noguera, pero vaya usted a preguntar por ese nombre y ese apellido y nadie le daba cuenta de ella, pero apenas usted decía, la Luisa Pintada, la localizaba inmediatamente.

    Pintorescos son los sobrenombres de los moradores del Managua antiguo, que aún perduran.

    Vamos a mencionar los que recordamos en momentos que estamos escribiendo esta crónica, sin ánimo de molestar a nadie, sino como un dato que muestra las costumbres del Managua de antaño y no sólo del Managua de antaño y no sólo de Managua, sino de toda Nicaragua. 

    He aquí algunos: Las Cabezonas: las Ratonas y las Macho Ratón, las Cuero de Chancho, las Dormilonas, Salvador Chas Chas, las Sebuco, las Chajinas, los Ri-Rha, los Perro Mojado, los Tío Doña, los Chapetones y pare  usted de contar los centenares de apodos que llevaban las humildes familias managüenses, muchos de los cuales todavía no han sido eliminados y se les aplican a los “agraciados”.

    Ni las personas de personalidad extranjera se han escapado del remoquete  tan usual en el Managua antiguo. . Y así vemos como al ciudadano francés, que trajo el “pirulí”, del cual ya me he ocupado en otras crónicas, no se le conoció por otro nombre, que el del Pirulí. Y así el del Cande Suizo y otros más.

    Se podrían llenar páginas con los sobrenombres y los incidentes que dieron motivo a esos apodos, pero quizás heriría la epidermis de muchos como me ha sucedido en otras crónicas, debiendo repetir una vez más que estos relatos no tienen por objeto molestar a nadie. Son simples recuerdos de la vida de la aldea silenciosa, de vida patriarcal, hoy en vías de convertirse en una ciudad alegre, bulliciosa, ruidosa, con sus millares de vehículos motorizados y esa fiebre de trabajo, de actividad para ganarse el sustento de cada día.

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HIPÓTESIS DE E. PÉREZ-VALLE Su teoría sobre la cauda del Cometa Resurrección respaldada por “Science N. Letter” En: La Prensa, 27 de Octubre de 1957.

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En nuestra edición correspondiente al domingo 1 de mayo próximo pasado, publicamos bajo el título “El cometa de la Resurrección” un interesante artículo de E. Pérez-Valle en el que se hablaba en general sobre esos misteriosos pobladores del espacio y se trataba de explicar la doble cola del Arend-Roland, visible por aquel entonces.

Decía Pérez-Valle: “La cola supranumeraria en un caso como el presente, bien podría no ser exclusivamente gaseosa, sino formada por partículas sólidas sobre las cuales se ejercía la atracción solar y no la presión de radiación”.

Y al pie de un dibujo ilustrativo de esta hipótesis suya, decía: “La causa (de la por él llamada CAUSA HELIOTROPICA) podría ser un anillo o cúmulo de meteoritos, que habitualmente acompañan a los cometas, el cual sufriría la atracción del sol, mientras escapa a la presión de radiación. Estando el anillo de perfil, es decir, de canto, se vería como una línea muy fina, tal como aparece en la espléndida foto de LA PRENSA del 30 de Abril”.

Ahora bien, en un número de “Science News Latter”, posterior al artículo de Pérez-Valle, leemos lo siguiente:


“ASTRONOMÍA: SE EXPLICA LA COLA

 DEL COMETA


La extraña cola “heliotrópica” del más brillante cometa visible después del de Halley, el cometa Arend-Roland, consiste en pequeñas partículas vista de canto, dice un astrónomo americano.

El cometa Arend-Roland, señalado la primera vez en Noviembre último por dos astrónomos belgas, fue visto por millones hacia fines de Abril, cuando se mostró brillantemente al N.O. del firmamento. Asombró a muchos por tener dos colas: una convencional, generada a partir del núcleo por la luz solar; y otra, sorprendente, que consistía en un largo y angosto chorro apuntando directamente hacia el sol.

El doctor Fred L. Whipple, Director del Smithsonian Astrophysical Observatory, Cambridge, Mass., dice que no es necesario recurrir a teorías “extraordinarias” para explicar el desarrollo de la cola “heliotrópica” en cerca de 16.000.000 de kilómetros en pocos días y su rápido desvanecimiento. La cola se debió “casi ciertamente a una concentración de residuos separados del cometa por el calor solar y luego esparcidos en cierta área del plano orbital.

Cuando se ven bajo cierto ángulo, dice el doctor Whipple, estos materiales no pueden distinguirse fácilmente. Sin embargo, cuando se miran de canto, como ocurrió al atravesar la Tierra el plano de la órbita del cometa hacia el 21 de Abril, los residuos se ven claramente como una línea de considerable intensidad.

La cauda “heliotrópica” del cometa Arend-Roland evolucionó de una especie de abanico difuso (22 de Abril) a un largo y angosto espigón que alcanzaba varios millones de kilómetros el 21 de Abril. Hacia el 29 el chorro desapareció porque, además de habernos alejado mucho del cometa, lo veíamos desde fuera del plano de su órbita”.


            “Science News Letter”

                    June 29, 57

 

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Nos es grato publicar esta confirmación

 autorizada de una reconocida publicación

 científica a la teoría de nuestro colaborador

 Pérez-Valle, joven de profundos estudios a

 quien, junto con Incer, siempre consultamos los

 problemas de nuestras informaciones

 científicas y cuyos artículos dan a nuestro

 público datos bien fundados y de altísimo

 interés como en este caso que comentamos.

miércoles, 25 de agosto de 2021

JOSÉ DE LA CRUZ MENA . Por: Dr. Manuel Maldonado. León, 15 de Octubre de 1920

 


JOSÉ DE LA CRUZ MENA*


Por Manuel Maldonado




         Señores:

         La esclavitud la siente el hombre en todo tiempo y en toda forma. Desde que nacemos venimos dentro de nuestra cárcel que es la materia. A sus necesidades y miserias, a sus dolores y flaquezas vivimos atados mientras llevamos el cuerpo, el cuerpo que nos abruma, el cuerpo que nos hace infelices y cobardes, que nos hace llorar, porque él es al espíritu lo que el manto cáustico de Deyanira pegado a las carnes desnudas de Hércules.

         Crecemos, y nos encontramos con la familia que tal vez nos ama. Esta es una cadena de seda, así como el hogar es un poste de pórfido; pero, para los que han nacido para servir a los demás, para los que traen al mundo una misión apostólica y llevan en sus pies las sandalias del peregrino, para esos, la cadena resulta pesada y el poste se torna de hierro e insoportable.

         Viene la Sociedad y esta Mesalina nos seduce y nos corrompe. En sus brazos deshojamos nuestras blancas flores, nuestras inocencias primitivas, las alburas morales. En sus deslumbrantes salones en sus pintorescos jardines, a la vista de sus frescos y de sus lagunas donde juegan los sátiros revueltos con las ninfas, donde Leda es violada por el Cisne Olímpico, allí perdemos el pudor y nos convertimos en esclavos del Vicio.

         Viene la edad proyecta y con ella vienen también los ensueños de la gloria mundana, las insensatas ambiciones políticas, la avaricia con su insaciable sed de oro, parecida al tonel de las Danaides, y entonces somos esclavos del aplauso popular que nos embriaga; del patrón que nos compra y nos envilece; del oro que nos becerriza; y cada triunfo lisonjero, cada gratitud que nos obliga, cada hurto feliz, es un eslabón que agregamos a la cadena que vamos arrastrando por la tierra. (Ya en otra ocasión he dicho cosas parecidas, pero no me parece importuno ampliarlas y repetirlas).

         Un día llegamos a ser ricos, ya sea por un antojo de loca fortuna, ya sea porque heredamos un patrimonio deshonesto, porque nos vendemos, porque nos cotizamos en los mercados de la infamia, porque robamos fraudulentamente llenando nuestras arcas a expensas de las hambres ajenas y de los mendrugos de los pobres, ¿y qué ganamos con esa riqueza, si en cambio somos pordioseros del honor que nos falta?

Otro día llegamos a ser potentados y nos llaman altas personalidades, pero en cambio somo menesterosos de la piedad cristiana que nos abandona.

         Otro día se escucha en nuestro derredor un suave abejeo: en la muchedumbre que nos aclama, llamándonos herederos de una corona imperial, caudillos libertadores de un pueblo, yen cambio se oyen en el interior de nuestra conciencia golpes de protesta, aullidos de remordimiento y gritos de desesperación, porque para sostener nuestros privilegios sacrificamos a las masas indefensas, mutilamos  el derecho ageno (sic), escarnecemos la justicia o violamos la libertad.

         Siendo así, yo no quiero ser galeoto; yo no quiero cadenas; no quiero la gloria: no quiero el oro; no quiero la sociedad; no quiero la carne. Quiero la libertad, pero la libertad absoluta. Prefiero ser como Diógenes y decir “¡quítate de allí Alejandro que me haces sombra!” porque en verdad, los triunfos de carnaval, los honores funambulescos del poder, las tentaciones de la materia vil, son demasiados tiranos y crueles; y sus halagos, sus sonrisas y sus mieles, son carlancas doradas, venenos sabrosos y embriagantes y pérfidos cantos de sirena.

         Siendo así, quiero decir a la sensualidad; tu filtro es muy dulce, y hace soñar como el hatchis (sic) indio, ¡ah! pero él me llenará el alma de hastío y el cuerpo de úlceras y de gusanos. Entonces, renuncio a tu copa de ágata rosada y prefiero el cáliz mundificador de la amargura, el cáliz de Getsemaní.

         Quiero también decir al oro: Tú eres demasiado fascinante y tentador; tú pudiste haber hecho a los hombres útiles, generosos y dignos; pero por el contrario, los has hecho estériles, egoístas, voraces, cínicos y hasta ladrones. Con tú sangre roja se nutren las almas débiles y bajas, las alas de todos los mercenarios que infectan toda la superficie del planeta. Con tu ojo fatal de basilisco matas los sueños de la casta virgen y la hundes en la degradación; tú eres el príncipe, tú, el segundo después de tu padre Satanás, que es el emperador de las tinieblas…

         Todo esto piensan y dicen los que tienen el preciso concepto de la vida; todo esto debe de haber pensado más de una vez el pobre artista ciego, quien vivía suspirando por la libertad de su espíritu. Su cuerpo, en aquel estado de podredumbre y de miseria ya no era celda opresora, era más bien una verja de cristal, al través de la cual, contemplaba en sus éxtasis armoniosos y en sus nostalgias celestes el vago azul de la bóveda infinita, el indeciso resplandor de las estrellas y la beatitud inefable de los ángeles.

         Señores:

         Estamos glorificando al más triste quizá de los mortales, al que fue leproso como Job, hambriento como Homero, ciego como Milton.

         Me figuro a José de la Cruz Mena como un árbol fatídico y trágico a donde llegaron a picotearlo pá hacer sus nidos sombríos todos los cuervos el infortunio y del dolor. Sin embargo, el dolo es a veces, el agujero por donde penetra el alma humana, como un rayo de sol, la mirada piadosa del Buen Dios.

         En efecto, Dios, vio más a Job que a Sardanápalo. Diríase que el ojo divino es como ciertos intensos rayos X que transparentan y profundizan, pero deteriorando la materia obscura por donde pasan. Por eso fue e cuerpo de Job una sola llaga, por donde un día el fulgor celeste lo envolvió cual si hubiese sido una fundente sábana de luz.

         Para extraer el alma de las flores, para concentrar su perfume en un alcoholaturo incorruptible, hay que pasar primero por la dolorosa maceración; hay que mezclar la rosa mártir o el lirio fragante con una substancia astringente o corrosiva. Luego surge de la pasta informe, de los pétalos disueltos, el aroma sutil, el último aliento escapado en medio de una agonía silenciosa y resignada.

         Lo mismo pasa con el hombre. Para conocerlo profundamente, para extraer el oro de sus pensamientos, de sus íntimas ternuras o de sus melodías  secretas, hay que martirizarlo; hay que cavar hondo, muy hondo, hay que quebrantar brozas muy duras, hay que macerar carnes y huesos, y enseguida se verá, que la queja tiene la devoción de una plegaria; que el grito resuena como un cántico, que la úlcera brilla como una condecoración celestial, que las lágrimas se tornan fecundas como el rocío de la mañana, y es porque después de una noche de desolación, despunta casi siempre la aurora de la esperanza.

         ¡Pasó ya la hora de las sombras, y vienen ya las claridades redentoras! José de la Cruz Mena, vencido ayer por el hambre, por el dolor y por la lepra, hoy vence él a su vez, a la lepra, a la muerte y al olvido; y digo que vence a la muerte y al olvido puesto que él vive y vivirá familiarmente entre nosotros.

         Tal es así, que su nombre lo pronuncian todos los días las teclas de los pianos cuando la dama gentil arranca de sus fibras ocultas los sentidos Amores de Abraham: su nombre lo musitan las hojas de los árboles en los parques, cuando en las argentadas noches de luna, las orquestas derraman sobre las multitudes las dolientes notas de su valse Ruinas; su nombre lo repercuten las naves de los templos cuando los pulmones del órgano sonoro preludian o entonan su Requien soberano.

         José de la Cruz Mena, libre ya de los anillos constrictores de la lepra, está en vísperas de marmolizarse; quiero decir, que las carnes putrefactas de antes van a ser sustituidas por otras blancas, puras y perdurables, y el inmundo estercolero se ha transformado en montaña sagrada cubierta de palmas rumorosas, de abetos odorantes y de lauros eternos. En la cima de la montaña está la radiosa joven Hebe, que es la compañera de todos los mártires geniales, y en esa noche solemne, la ninfa divina me manda ofrecerle al lírico ciego, como la promesa de una boda ideal, su excelso regazo que equivale a la consagración de la inmortalidad.

         En la lucha de la vida, señores, hay muchas maneras para vencer. Al buey que es el tipo de la ignorancia paciente, se le domina con el yugo. Al potro que es el tipo de la rebeldía brutal, se le somete con el látigo. A las inteligencias mediocres, se les fascina con las lentejuelas del éxito: a las inteligencias vivaces, se las hipnotiza con el brillo sideral de la idea. A las almas viles y corrompidas se las compra con el oro; a las almas egregias y delicadas se las cautiva con la Lira del divino Orfeo, con la flauta del Dios Pan o con el Arpa del Rey David.

         El triunfo definitivo, será, pues, de la Harmonía, porque Harmonía quiere decir, perfección y Belleza. La perfección se aplica al espíritu, o lo que es lo mismo a la esencia de las cosas: la belleza se aplica a la forma, o lo que es lo mismo, al vaso que encierra la esencia.

         La Harmonía, como Dios, está en todo. Está en los pétalos uniformes de un lirio: está en el óvalo de un rostro circasiano: está en las curvas gloriosas de un busto femenino; está en la euritmia de un templo gótico; en el eco de un beso de amor; en el timbre de una voz argentina; en el canto triste de una sirena; en el ruido triunfal de un golpe de alas; en el noble ritmo del corazón humano; en la soberana cadencia del metro; en la sonora campana del idioma; en el trino inimitable de los ruiseñores; en el blando susurrar de las frondas; en el doliente murmurio de los ríos; en el estruendoso caer de las cataratas; en el vibrante diapasón de los océanos, y en la pasmosa tonalidad de los crepúsculos; en fin, cada acento leve o grave, cada forma extraña o nueva, es una nota que sube y que baja en la escala del pentagrama universal, y tan armoniosa resulta la estalactita con sus facetas brillantes hechas de lágrimas cristalizada, —concreción quizá, del dolor de un peñasco que llora su  mudez—, como es armónica la bóveda celeste, con sus millones de mundos formados de espíritus luminosos y perfectos, girando en maravilloso concierto al compás de una batuta que probablemente dirige la mano Diestra del Gran Dios.

 

                            MANUEL MALDONADO


·        Discurso pronunciado por su autor, el doctor Manuel Maldonado, en el Teatro Municipal de esta ciudad, en velada que celebróse en 1915 con la magna objetiva de organizar fondos para la erección del mármol que glorificará la muerte del artista, del pobre artista infortunado, que igual al cisne en duelos que fue el alma de Chopín, desmayaba sus trinos enfermos, saturados de asfódelos mortuorios, que surgían desde el fondo de su alma, como del fondo del sepulcro. Al publicar dicho discurso, es como un justo homenaje de recordación que hacemos, ya que se cubre de olvido su memoria, al cumplir el XIII aniversario de su muerte.

* Publicado en la Revista Arte y Vida. Año I. No. 3. Revista Quincenal de Literatura y Variedades. Director: Antenor Sandino. Administrador: Pedro Rafael Alvarado. León, 15 de octubre de 1920. Editada en los talleres tipográficos de La Prensa.

 

 

 

jueves, 19 de agosto de 2021

LOS PARTIDOS POLÍTICOS DE NICARAGUA. Por: J. Demetrio Cuadra. En: El Gráfico. Managua, D.N. 1 de Enero de 1931.

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Especial Para EL GRÁFICO. Semanario Nacional Ilustrado. Año VI. Managua, D.N. 1º de Enero de 1931. Núm. 228. Editores Propietarios: Ángel M. y Carmen J. Pérez e hijo, Ltd.- - Tel. 4-1.

      Las ideas liberales propaladas por la Revolución Francesa, atravesando los mares y sublevando los ánimos establecieron en Centro América dos marcadas tendencias en el ambiente político, el de los exaltados, llamados Fiebres, y el de los moderados, a quienes sus contrarios apellidaban Serviles, iniciándose consiguientemente dos órdenes en Nicaragua, principalmente en León, en Granada, Masaya y Rivas.

         En León, el 13 de Diciembre de 1811, tumultos populares obligaron a deponer la Gobernación a José Salvador, buen funcionario que se había malquistado con el pueblo, por su adhesion a la alta Sociedad, en su mayor parte aristrocracia de pureza Española.


         En Granada el 11 de Enero de 1812 el pueblo se amotinó, pidiendo autoridades propias. La Capitanía General de Guatemala, después de establecer la tranquilidad por medio del Sargento Mayor Pedro Gutiérrez, desconoció los arreglos hechos por éste, que no pudo dominar a los amotinados con la fuerza, y mandó a seguir proceso a los jefes principales, encarcelando a unos y desterrando a otros. Entre estos estaban Manuel Antonio de la Cerna (sic/ Cerda y Aguilar) y Juan Argüello.


         Contado, se puede decir, que Centro América se separó del coloniaje español sin cruentos sacrificios, y sin tener que certificar su mayoría de edad con sangre de mártires, sino estableciendo su independencia al amparo de la debilidad de España, por la invasion napoleónica que destronó a Fernando VII., poniendo en su lugar al combatido Rey José, hermano de Napoleón; y estimulada por el ejemplo de América del Sur, que imitaba  a la del Norte, independizada de Inglaterra, principalmente por el de Méjico, a quien quiso anexarse bajo el efímero Imperio de Iturbide. El 15 de Septiembre de 1821 en Guatemala las mismas autoridades y funcionarios, junto con las personas notables, proclamaron la Independencia, levantando acta inmortal, que redactó el nicaragüense Miguel Larreynaga y citando para el 1° de Marzo de 1822 al Congreso de Diputados de todas las provincias para que decidieran la forma de Gobierno que debía adoptarse.


         La Municipalidad de Granada la aceptó inmediatamente, y el Coronel Crisanto Sacasa, progenitor de la actual familia Sacasa, que era el Comandante de esa plaza, la hizo jurar militarmente por su guarnición.


         En León el Gobernador González Saravia reunió la Diputación Provincial, para someter a su deliberación si se aceptaba o no la Independencia, y ésta acordó suspender su juicio para mientras se aclaraban los nublados del día, por lo cual fue ridiculizada el acta de esa sesión con el nombre de los nublados. El 11 de Octubre siguiente, informados de la propuesta de Iturbide, resolvió a favor de la Independencia; pero uniéndose a Méjico bajo las bases del plan de Iguala. Aceptado éste por Guatemala, la Municipalidad de Granada, secundada por el Coronel Sacasa, se adhirió también. 


         El 19 de Enero de 1823, el artillero Cleto Ordóñez, oriundo del pueblo de Granada, de carácter astuto y democrático exaltado, se apoderó del cuartel de su ciudad natal, apresó al Coronel Sacasa y persiguió a la alta Sociedad. Esta, en su parte principal, se refugió en Managua, en donde estableció Junta Gubernativa, organizando ejército que puso a las órdenes del Coronel Sacasa, que había logrado fugarse de la cárcel.


         Los hombres principales de León perseguidos por revolucionarios de allá, se habían refugiado en El Viejo, en donde también organizaron Junta Gubernativa, que se pudo de acuerdo con la de Managua, y en seguida levantó ejército comandado por un military peruano, Juan Salas, quien se juntó con Sacasa, teniendo éste la deferencia de aceptarlo como primer Jefe. A su vez, los revolucionarios de León formaron Junta Gubernativa, y se abocaron con los de Granada en donde se instaló otra Junta, dirigida completamente por Ordóñez.


         Después de varios combates y de varios meses de estar sitiado León, por las tropas conjuntas de Salas y Sacasa, habiendo muerto éste durante ese sitio, intervino el Gobierno de Guatemala, y logró conciliar los ánimos, haciendo arreglos, en virtud de los cuales, quedó el Coronel Manuel Arzú, comisionado pacificador, de Jefe Interino, encargado de reunir la Asamblea Constituyente del Estado y verificar elecciones para Jefe y vice Jefe, encargado el primero, y en su falta el segundo, del Poder Ejecutivo, pues habiendo abdicado Iturbide en Méjico, se había instalado la Federación de Centro América. Verificadas las elecciones, salieron electos Cerda y Argüello, respectivamente, transformándose en antagonistas irreconciliables, asentándose en ellos las luchas partidarias, que debían ensangrentar nuestros primeros pasos de pueblo independiente.

 
         De esa manera quedaron establecidos en Nicaragua dos grandes partidos: el Conservador, que aceptaba la democracia, pero con garantías individuales, sometidas a reglas constitutivas, y el Democrático, proclamando el Gobierno del pueblo y para el pueblo, olvidando que la Libertad termina donde comienzan los derechos de terceros. No sería posible en las estrechas márgenes de este artículo, seguir las evoluciones de esos dos partidos durante los primeros pasos de nuestro Gobierno propio, desde que Pedro Benito Pineda, representante encargado del mando Supremo, y su Ministro Miguel de la Cuadra, fueron asesinados en la cárcel de León, y desde que subió Cerna al patíbulo, en Rivas, hasta que se juntaron los dos partidos en concordia patriótica para combatir a William Walker. Durante ese tiempo, circunstancias locales, centralizaron esos dos partidos, el uno en Granda y el otro en León, que fueron las dos principales ciudades que mantuvieron la vida social y comercial de Nicaragua, despertándose así en ellos inveteradas rivalidades.


         Granada, en rigor, era puerto al Atlántico, porque entonces en el río San Juan del Norte y en el Gran Lago podían navegar las embarcaciones que surcaban ese Océano, concentrando en esta Ciudad el comercio del país, mejor dicho, los almacenes que proveían a las otras poblaciones, creándose con la comunidad de intereses, relaciones políticas que le daban influencia decisiva a los hombres principales de Granada. Entonces, como ahora, navegaba en el Atlántico el progreso del mundo. Pero también navegaban piratas, y las calles de Granada, trazadas por esto torcidas y angostas, permanentemente cubiertas con trincheras, eran frecuente campo de reñidos combates, defendiendo los granadinos sus riquezas y aun sus bellezas femeninas.


         León era la cabecera de la Provincia, residencia de las autoridades superiores, civiles y eclesiásticas y refugio de la aristocracia. Se radicó al principio en donde ahora se llama León Viejo, buscando quedar resguardada de las avalanchas piráticas. La erupción del Momotombo la destruyó y se trasladaron los principales habitantes al León actual, escogiéndose ese lugar por sus fértiles planicies, propias para la agricultura, que ha sido el sostén de ese pueblo, adquiriendo así, como trabajador, como huertero, absoluta independencia de la alta clase.


         Todas esas circunstancias diferenciales entre esas dos ciudades rivales, fijaron la fisonomía característica de sus poblaciones, que permitieron y dirigieron las tendencias políticas de cada una de ellas. Mientras el comercio por el Atlántico, arteria de la civilización mundial, sosteniendo la importancia granadina, León, centro único universitario del país, era el foco de la instrucción teniendo que ir a ella el nicaragüense que quería adquirir educación sobresaliente.


         Es pues consecuencia natural de todas esas circunstancias diferenciales, sobre todo las de las relaciones de la clase principal de las ciudades con sus respectivos pueblos, clase media y baja, que el Conservatismo se haya establecido en Granada y el partido Democrático en León. Ya hemos visto a las dos clases superiores de las dos ciudades refugiarse una en Managua y la otra en El Viejo, huyendo ambas de las exaltaciones de sus respectivos pueblos y unirse para formar el partido conservador. Pero en Granada, la gente principal, en su mayor parte descendientes de aquellos que defendieron de los piratas sus mujeres y sus riquezas, identificada desde entonces con los dos pueblos, que vivían, unos asalariados por ella y otros sirviendo de artesanos sus necesidades o lujos, los domino pronto, haciéndose respetar y querer, aun de la marina numerosa entonces, acostumbrada a luchar con la embravecidas olas del Gran Lago, y a obedecer al capitán y al piloto, principalmente durante las tempestades a la hora del peligro.


         En León la gente principal, los olanchanos, como se han llamado por tener grandes haciendas en Olancho, departamento de Honduras, han sido impotentes para dominar al pueblo, al huertero, que los estima por sus virtudes sociales pero que no los respeta porque no les debe nada. Además, la Universidad de León, facilitó a hijos inteligentes de ese pueblo la instrucción, sobresaliendo de esa manera caudillos ilustrados, pero empapados en las doctrinas del siglo XVIII, que siguen propalando, sin fijarse que ya son, axiomas de la civilización o sistemas desacreditados por sus excesos.


         Naturalmente, el partido Democrático, se concentró en el pueblo de León, teniendo como bandera principal la hegemonía de esa Ciudad. Granada, identificadas sus gerarquías (sic) sociales, y en simpática relación con los olanchanos, tuvo el espíritu del conservatismo, manteniendo de esa manera la supremacía política en el país desde 1856, en que se estableció el período de los 30 años, después de la hecatombe de la guerra nacional, durante la cual los dos partidos se unieron, pero no se confundieron. 

      
         Expulsado el filibusterismo yanqui, de arreglos posteriores, durante los cuales el General Jerez, jefe democrático se elevó a la altura del patriotismo, nació el Gobierno binario, manteniéndose la unión en ese Gobierno por medio de representantes de cada partido, siendo el mismo Jerez el del Democrático y el General Martínez, el del Conservador. Organizando nuevamente el país, una Asamblea Constituyente, electa en comicios libres, proclamó la Constitución del 58, básico documento histórico, de redacción original, sin copias serviles de principios inadecuados a nuestra cultura y costumbres, que estableció, al contrario, sistemas educativos de esas costumbres. Esa Asamblea eligió casi por unanimidad al General Martínez, para servir el primer período constitucional del Supremo Mandatario, quedando establecido en el Poder el régimen Conservdor.


        En 1870, el partido Democrático luchó ese poder en comicios libres, proclamando al Lcdo. Don Buenaventura Selva para Presidente de la República en contra de don Pedro J. Chamorro, proclamado por el partido Conservador, que triunfó; y convencido de que en Nicaragua solo la evolución es escala del Poder, se dedicó con maquiavelismo inteligente a fomentar divisiones en el otro partido, ya apoyando al Gobierno o ya a las oposiciones levantadas en la molicie natural a todo poderío prolongado. Así surgieron, Progresistas e Iglesianos en Granada, Ballestas y Piches en Managua, Pelones en Rivas, etc., que iban a los comicios casi siempre apoyados por el occidentalismo, para desconfundirse (sic) con él, y así llegó al 93, o mejor dicho a La Cuesta, de donde nació la Dictadura Zelaya, la cual atrajo a la mayor parte de los elementos de esos círculos, que unidos a su alrededor con el antiguo partido Democrático, han formado el moderno Partido Liberal.


         En realidad, desde que regresaron en 1886 esos elementos conservadores del destierro, después que la bala de Chalchuapa puso fin a la vida del dictador guatemalteco Barrios, a cuyo servicio estuvieron unidos con caudillos occidentales, frustradas sus últimas intentonas revolucionarias en Satoca, resolvieron en su mayor parte sugestionados con los sistemas liberales guatemaltecos. La Presidencia de Carazo; conservador, los mantuvo seccionados en círculos. La de Sacasa, hizo levantarse al viejo localismo leonés. Con la injustificable y funesta revolución del 28 de Abril, Santos Zelaya, principal propagandista, junto con Julio César, de Masaya, ya difunto entonces, don J. Dolores Gámez de Rivas, del liberalismo, tuvo ocasión de tomar cuerpo de jefe, y hacer la contra-revolución (sic), halagando con el desquite al occidentalismo, pero sometiéndolo, sobre todo después del 96, en que el leonesismo intentó recobrar sus viejos ideales localistas.


         Es pues, el Liberal, un partido nuevo, propiamente hablando, un ingerto (sic) de ramas frondosas conservadoras en el antiguo tronco democrático. Por eso el liberal oriental no es un tránsfuga. El partido Conservador desmembrado, pero siempre fuerte, acaba de poner más de 25,000 votos en comicios incompletos de distritos; es el mismo que estableció en Managua en 1824, mejor dicho, el mismo que defendió en 1854 la legitimidad del Gobierno de uno de sus hombres, Frutos Chamorro, por lo cual tomó entonces el nombre de Legitimista. En vigor los dos partidos giran ahora, como el Republicano y el Democrático de los Estados Unidos, casi bajo los mismos principios, distinguiéndose únicamente por cuestiones del régimen, pues ni el Liberal pude ser ateo Radicalista, aunque lo lleven al él exaltados como Altamirano en tiempos de Zelaya, ni el Conservador el místico cachurequismo que ambas están sostenidas por el obrerismo, elemento católico, de sus respectivas localidades que, en el mundo moderno, en que  ya no hay jerarquías, es el nervio de las nacionalidades.

         Además, la hegemonía de León o la de Granada, ya no pueden ser programa principal de esos dos partidos. El progreso, levantando a las otras ciudades, y sobre todo a Managua, que es ahora domicilio de leoneses, granadinos y de otras localidades, y como capital, el centro nacional, le ha dado nuevas orientaciones a la política, que obligarán a los partidos históricos a buscar causas patrióticas que defender, de acuerdo con nuestra nacionalidad.


         Quiera el cielo que esas cuestiones no sean funestos personalismos, que bullen en la sangre del nicaragüense, como atavismos heredados de los cacicazgos indios.

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