jueves, 2 de julio de 2020

ALFONSO CORTÉS AL VIVO (ENSAYO SOBRE SU POESÍA). Por Eduardo Zepeda-Henríquez.



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ALFONSO CORTÉS AL VIVO (ENSAYO SOBRE SU POESÍA). Por Eduardo Zepeda-Henríquez. Novedades, domingo 9 de Febrero de 1969.       



   Hablar de la poesía de Alfonso Cortés, es como hablar del mundo plenamente conquistado por la poesía. Porque la obra de nuestro poeta no es de contemplación, sino de vivisección. Pero su poesía no descarna las cosas; las despoja solamente de su piel y las hace sangre, dejando al descubierto su pura realidad y su tragedia.

   “El tiempo sólo pudo ensangrentar las cosas”, dice el poeta, en un verso de resonancias griegas, en el cual no se canta al “Tiempo”, con mayúscula, sino al tiempo vital y doloroso. Por eso la poesía de Alfonso es tensa de pasión humana, hasta en sus momentos de mayor pureza. Alfonso es siempre un poeta figurativo, por comparación con el mundo de la pintura. De lo contrario, no cabría esperar de él una voz humanamente apasionada. Y la obra alfonsina está muy lejos de aquel juego de ingenio del “concetto” o del “wit”; es obra a pleno sol: de imágenes, de figuras. Negarle imaginación a nuestro poeta, sería desconocer su carácter de primer poeta actual nicaragüense. Si, a veces, su poesía parece oscura –y sólo lo parece—, es porque quien la lee se ha deslumbrado, cegándose con la luz solar de la misma. Todos los poemas de Alfonso se hallan prietos de realidad y concreción, como su propia caligrafía de apretados garabatitos. Que nadie se engañe con esta poesía viva y muscular, queriendo ver hasta en la moda modernista –más de ocasión, que de vocación— de escribir ciertos sustantivos con iniciales mayúsculas, o de cortar los versos después de vocablos átonos.

   Ningún servicio se le hace al poeta Cortés diciendo que es abstracto, ya que la sola poesía es concreción. El ser, objeto propio de la metafísica, en la obra de Alfonso jamás resulta objeto, sino motivo. Porque allí lo abstracto se da únicamente en función de lo concreto. Y así el pitagorismo alfonsino es apenas literario. Cuando nuestro poeta escribió que “Un trozo azul tiene mayor intensidad que todo el cielo”, expresaba una verdad poética y existencial; pero, además, personalísima y afectiva, como que la palabra “intensidad” no tiene el significado intelectualista –físico matemático— de “energía”, sino el de “vehemencia”, que es un grado del sentimiento. Todos los versos de Alfonso tienen huellas digitales. Y no quiero decir que no trascienden, sino que su trascendencia pertenece al orden de lo vital, y es un resonar desde el poeta en persona hasta los confines comunales del hombre –de los hombres—, hasta las más remotas oleadas del tiempo— de los tiempos—.

   Alfonso vive su poesía y su tragedia, como si fuesen una misma cosa Y el poeta, significativa y desgarradoramente, se pregunta:

   “¿Es que yo he de ser siempre un punto alucinado donde resuena el múltiple eco del Universo? (“El poema Cotidiano”). En esa superposición de planos, en que casi se identifican la tragedia pometeica de Alfonso y su creación artística, reside el misterio de su obra. Aquí no hay  metafísica, sino vida: la vida del hombre Alfonso Cortés; el mismo que confiesa más adelante:

   “y he pensado a menudo que la vida es la crítica del Tiempo y el Espacio…”

  Pero del espacio y el tiempo metafísicos, como inmóviles categorías; no del tiempo que corre al ritmo de la sangre, del tiempo que nos desvive, y cuyo hiriente paso hace cantar a nuestro poeta:

  “crucemos en silencio, ante la fuga del tiempo, audaz bajo invisibles látigos…”  (“Tardes de Oro”). Este, y no otro, es el tiempo de Alfonso, el mismo de Quevedo, quien también había cantado: “Bien te veo correr, Tiempo ligero…” Por ello, el misterio alfonsino es poético y humano; nunca teológico. No es un “símbolo de la fe”, sino un símbolo de la vida; un misterio sensible, que se canta; un “secreto a voces”:

   “… y, en vapor misterioso, echa el chorro de tu vida como un enorme canto…” (“Me ha dicho el alma”).

   Acaso lo más acertado que se haya escrito sobre Alfonso sea la siguiente  frase de Thomas Merton: “Puede decirse que Cortés es un hombre de pocas experiencias poéticas básica…” Yo afirmaría algo más –o tal vez menos— que nuestro poeta tiene una sola y dilatada experiencia que es poética a fuerza de ser existencial; su experiencia de hombre-montaña encadenado a un lirio; como en el verso de Rubén. Y no le demos a Alfonso más crédito que el poético y literario cuando habla de “éxtasis” o de “místico”; palabras que cumplen, sobradamente, su función poemática. El “éxtasis” que dice el poeta Cortés, no tiene significación esencial, a diferencia del estado místico; es siempre un “éxtasis” adjetivado por un adjetivo: “éxtasis feliz”, “éxtasis crepuscular”, etc. Porque tomar esas palabras alfonsinas en sentido literal, equivaldría a ver dentro del poema una nomenclatura de la ciencia teológica. La poesía mística expresa síntomas y no diagnósticos. He aquí la diferencia que va de la obra poética de San Juan de la Cruz (“no diré lo que sentí, que me quedé no sabiendo toda sciencia trasdendiendo), a sus comentarios teológicos de los mismo poemas. ¿No es ya un síntoma de temporalidad el hecho de que en el poema más puro de Alfonso, y en sólo doce versos, se cuenten hasta diez formas verbales a saber: “tiene”, “siento”, “vive”, “pasa”, “dando”, “despedaza”, “se derraman”, “siento bullir”, “estando”, “me llaman”; o que más de las tres cuartas partes de los sustantivos usados allí, sean de cosas materiales? Junto a la temporalidad, se da también la realidad espacial, sobre todo en el último verso:

   “que estando aquí, “¡de allá me llaman!”

  Y no se juzgue como “poesía metafísica” el contenido de definiciones conceptuales –nada novedosas—, que son simples devaneos de Alfonso, y que tienen una naturaleza distinta de la poética, como aquello de “…que el infinito es círculo sin centro y el número la forma de lo que es materia.” (“Yo”).

   Se trata de lo que el Poeta nos da por añadidura; pero que, por supuesto, no añade nada a la gran poesía alfonsina.

   Alfonso es, antes de Vallejo, el único poeta puramente existencial de Hispanoamérica, y de aquí su estremecimiento religioso. Existencial, y no “existencialista”; así como su religiosidad no tiene nada de misticismo. Por eso me sorprende que los críticos de la poesía alfonsina hablan de mística, olvidando el carácter radical de Alfonso como radicalmente temporal de la que su objetivo central es el tiempo; a diferencia de la obra desasida y angélica de los místicos españoles. La poesía de Alfonso Cortés es escrita por un hombre, y para sus semejantes; poesía directísima, porque sigue el camino más corto, que es la línea recta de hombre a hombre.

   Es cierto que Dios preside la palabra de nuestro poeta:

   “Y quedarán los enamorados –como despiertos— y dos a dos, la mirada fija en los Sagrados Poros de eterno sudor  bañados,
de la frente arrugada de Dios”. (“Pasos”).

   Pero esta estrofa sólo parece un testimonio de vista de la Divinidad o, más bien, una obra maestra de la imaginería, y nunca la “llama de amor viva” de la unión mística. Hay demasiados detalles en los versos de Alfonso Cortés, para que se pretenda emparentarlos con la absoluta dificultad expresiva de las experiencias del misticismo. Él mismo canta, como delineando su poética personal:

   “y uniré los detalles de forma, luz y acento…”

   Y “Un Detalle” se llama, precisamente, su más celebrado poema. Todo lo cual resulta ajeno a lo inexplicable de la mística, cuyo mejor ejemplo se tiene en este verso de San Juan de la Cruz:

   “un no sé qué que quedan balbuciendo”.

   Entre paréntesis, yo prefiero el título original de “Un Detalle”, al de “Ventana”, porque no creo lícito anticipar la “composición de lugar” del poema así nombrado, que Alfonso quiso dejar en misteriosa sugerencia hasta la segunda estrofa, la cual dice expresamente:

         “muy lejos, desde mi ventana…”

     Pero, además, “Un Detalle” –sin tomar en cuenta su relación con lo pictórico— resulta eufónicamente bello, como que sus vocales (u-e-a-e), que aparecen colocadas en base a una variación de las impares  y a una repetición de las pares, siguen la clave musical de la rima. Y el contenido mismo de esos términos, al referirse a algo circunstanciado, corresponde con exactitud a la posible ocasión del poema alfonsino y a su sentido vivencial.

    Alfonso Cortés, al igual que Rubén Darío, se nutrió en la tradición de la poesía castellana. Pero si, conforme el viejo método de la crítica literaria, fuera preciso buscarle una ascendencia poética en línea directa, ésta no se hallaría en San Juan de la Cruz, sino en Quevedo, es decir, en la poesía española más existencial. La preocupación de Alfonso por el tiempo sólo puede tener parentesco legitimo con la de Don Francisco de Quevedo, el poeta que se defendió de este modo:

    “soy un Fue, y un Será, y un Es cansado”.

    Encandilada, asimismo, por los elementos sensoriales de la poesía de Alfonso, la crítica ha tropezado con insistencia. Se apunta, como típicamente alfosina, una fusión o confusión de los sentidos, en virtud de la cual, por ejemplo, la vista oye: “la visión es sonido”, escribe Alfonso en su poema “La Danza de los Astros”. Pero el mismo cambio de funciones sensoriales aparece como característico en los versos de Quevedo, en cuyo “Soneto desde la Torre de Juan Aband” puede leerse: “y con mis ojos oigo”. Otro barroquismo semejante, supuestamente peculiar de nuestro poeta, es aquello de que, para él, resulta audible hasta el silencio, como en su pitagórica “música en silencio de la luna”. En cambio, no se advierte que el fenómeno es propio de la poesía española clásica y, especialmente, del mismo Quevedo. Suyo es el siguiente endecasílabo: “al músico silencio están despiertos.

   …Y Quevedo, no sólo escucha el “músico silencio” sino también, como la haría Alfonso, el “músico ruido”:

    “Con acorde concento, o con rüidos músicos”

   Se ha señalado igualmente, como nota distintiva en Alfonso Cortés, que, a sus ojos, el tiempo toma cuerpo y casi se personifica:

   “la hora, triste de espacio, yerra”. (“Ángelus”)
“…y se acerca desde la torre una hora…” (“Desde la Orilla”)

   ¿Y no es esto, acaso, lo que le acontece a don Francisco de Quevedo en tantos lugares de su Obra? Él es quien dice: “En fuga irrevocable huye la hora…” (“Soneto desde la Torre”) 

  “y la hora secreta y recatada con silencio se acerca…” (“Arrepentimiento y lágrimas…”).

   El cotejo podría continuar con sólo recorrer toda la escala de los sentidos, en la que Alfonso como Quevedo, alcanza una embriaguez sensorial, que se resume en este verso quevediano, veradero triunfo del olfato:

   “Dadme aquí los olores cuando huelo”.

   Sin embargo, no se lograría con ello nada sustancial, porque se trata de sensaciones figuradas, por las cuales, sin duda, el lenguaje de Quevedo suena a moderno, y el de Alfonso a clásico, pero que, como tales imágenes, no son el mar de fondo de una gran poesía.
        
   Alfonso Cortés es el primer poeta que dejó de ser modernista en Nicaragua; y no por oposición, sino por posición poética personal. Dio sus pasos iniciales de la mano de Rubén Darío; pero muy pronto se encontró a sí mismo. Y a pesar de que Rubén le hizo sombra, al llevarse toda la gloria –dada la creencia de ambos en el tiempo—. Alfonso ha quedado en la poesía de habla castellana como uno de esos desconocidos en la pintura de El Greco, con el alma en los ojos, cargada de preguntas y vaticinios. Porque si, ciertamente, la lírica de Darío resulta más vasta en su dimensión horizontal, en su mayor registro; la de Alfonso Cortés no le cede en la vertical.

   Pero es Alfonso un estupendo versificador, como también lo son, sin excepciones, los otros poetas nicaragüenses verdaderamente grandes, y conviene recordar esto ahora que, entre nosotros, se va perdiendo el domino del instrumento propio de la poesía, no obstante el movimiento de renovación de la estrofa clásica, aún recién iniciado en las dos orillas de nuestra Lengua. En Rubén se hizo carne la armonía; pero me atrevo a declarar que, particularmente, la arquitectura del soneto en Alfonso tiene más perfección que en la obra dariana. Ni en las adiciones de “Azul”, de 1890, ni en “Las Ánforas de Epicuro”, de “Prosas Profanas”, ni en los quince sonetos de “Cantos de Vida y Esperanza” –entre los cuales hay maduros universos como el dedicado a “Phocas el Campesino”— ni allí, digo, se encuentra tanta maestría, como en este bello soneto milagro de composición, que Alfonso tituló “Las Hermanas”,  y cuyo verso último, sorpresivo y paradójico, vale por un poema de crudelísima ternura:

Hada es la luz, Estela la armonía,
y Teresa la gracia. Y en Teresa,
en Estela y en Hada, culmina esa
fiesta de amor que hace perfecto el día.

Una canta. Otra sueña. Otra confía
al tiempo errante su ilusión ilesa,
y en la sonrisa de las tres se expresa
la suprema verdad de la poesía.

Las tres hermanas en felices horas
hilan en ruecas de ilusión sus vidas,
como la encarnación de tres auroras

gemelas, y en sus danzas y en sus juegos,
van hacia la Esperanza, precedidas
por un coro feliz de niños ciegos.

   Sin embargo, Rubén se muestra insuperable en el ancho abanico de metros y estrofas. Baste una sola prueba, en gracia a que pertenece a un ritmo tan difícil, como es la imitación en castellano del hexámetro de la “Salutación del Optimista”, de Rubén Darío:

1                 2                 3                 4                 5
“Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda…”

Y he aquí, en comparación, también el primero de “La Odisea del Istmo”, del poeta Cortés:

1                 2                 3        4                 5
“Hexámetro, déja que ríja tus poténtes cuadrígas…”

   Es natural que, en favor del hexámetro alfonsino, se recurra a licencia de acentuar, asimismo, la partícula gramatical “tus”, con lo cual dicho verso gana en ritmo, a costa de un esfuerzo de pronunciación.

   Pero no he pretendido hacer un estudio de la versificación en Alfonso, que acaso realice en mejor oportunidad: trataba solamente de ejemplificar una leve referencia a la relación que existe, en la poesía de Alfonso Cortés, entre el poder de extensión y el poder de penetración, entre sus condiciones musicales y su capacidad genial para iluminar desde dentro al hombre vivo, al mismo que –anhelante o abatido— tropieza con las cosas.

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martes, 30 de junio de 2020

UNA VISlTA A ALFONSO CORTÉS. Por: Juan Aburto. Novedades Cultural. Domingo 9 de Febrero de 1969.


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La celda de Cortés en el Hospital Psiquiátrico se convirtió durante sus años de reclusión en centro de peregrinaje para estudiantes e intelectuales. 
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La camioneta vuela como obsedida y raspando el paisaje veloz produce una sensación de locura verde. Vamos hacia ALFONSO CORTÉS.

Para llegar hasta Alfonso se atraviesa un paisaje horrendo. Primero, la cinta de la carretera, que hipnotiza; el cadáver azul del lago cercano, un espantoso diente de piedra quemada surgiendo del suelo junto a la carretera, deteniendo todo el sol bútrico de Occidente, los nubarrones indecisos, era ya noviembre, el portal frío y negro del asilo, las primeras caras de extravío.

Se va llegando a Alfonso Cortés. Son: Luis Rocha, Yllescas, Sergio Ramírez, Octavio Robleto  y un amigo. Entramos en fila india, con recogimiento. Alguien nos conduce: allá es, en aquella celda. Solo vemos una ventana a lo lejos. Otra adorable ventana

Aquí se asomó Alfonso Cortés, diremos 100 años más tarde. Allí se asomó Rubén Darío, venimos diciendo desde hace 100 años. Desde aquella torre se asomó Joaquín Pasos, diremos 1000 años después.

Antes de Alfonso Cortés, están: un joven que conozco y ojalá sea visitante. Laboramos un tiempo en aquel lindo manicomio áureo que es el Banco. El joven lee su novela policial, me mira, retorcidos lo ojos, por debajo del libro; me ignora enseguida. Se echa encima del rostro las páginas que lee, mira pensar qué, Dios mío, mira las copas de los árboles azulosos, medita, se distiende en un sillón, con los ojos, vuelve a mirar la luz, vuelve a pensar a pensar qué,  ¡Dios mío! Mira las copas de los árboles azulosos, medita, se distiende en un sillón, con lasitud; mira a lo lejos, mira atentamente el aire, es feliz. Y yo desfallezco de envidia.

Después, otra fase de lo espantoso. Es ahora un niño, escasos diez años. Un niño a quien los padres quizás, abortaron y se deshicieron de él. Es como un ternero maneado, empiyamadito. Y maneado, atado de pies y manos, derribado en el suelo por la tara que lo acorrala por todas partes. Emite uno como “chist, chist” constante, como de chicharra desalada. Se golpea de cabeza, de pies, de manos, tremendamente contra los ladrillos helados; se dijera invadido de pronto por un  “ataque” y que se va a destrozar contra el suelo. Se vuelve repentinamente y muestra la naricita fina, los pómulos núbiles, la miradita remota, anhelante, y el labio espantosamente hendido, con pequeñas granulaciones repelentes. Echa espuma, vomita, juega con su espuma, se revuelca y creo que está contento. Va golpeando el suelo con cada porción de su cuerpo, otra vez, otra vez…

De repente las voces, las grandes voces de mis compañeros hablando con Alfonso Cortés. La voz de Alfonso Cortés desconcierta un poco. Es más bien baja, suavemente aguda y su vida no está a tono con el gran corpachón de Alfonso. No percibo lo que dicen los jóvenes poetas y el poeta loco. Presentaciones insulsas que el gran viejo no oye. ¿Y usted, que tal está, poetá? Alfonso Cortés se retrae y mira atentamente, agazapando en su interior toda su locura esplendente. Hablan. Sabe, poetá, mañana viene Ernesto Cardenal, el poeta, amigo suyo ¿recuerda? Alfonso medita un momento. Ah, sí Cardenal, el poeta, ya sé, sí. Pero dígame, y el otro Cardenal, poeta, el otro, ¿sí el otro? No, no es cardenal, es poeta, digo, o cosa así, el otro, vive en León. ¿Cuál otro? preguntamos ¿el Padre Pallais, poetá? Ah sí, ése, él, el Padre Pallais, vive en León, pero viene aquí a Managua y lo conozco, somos amigos. ¿Saben? Dicen, uno dijo que somos iguales. Tal vez cuando yo use la tonsura o cosa así, verdad? Porque yo no soy igual, yo no soy… Alfonso baja la cabeza anciana, medita un poco y vuelve a nosotros. Yo siempre creí que él era un poeta detestable, siempre lo creí, pero ustedes saben, el respeto religioso, se trataba de un sacerdote o cosa así, así me recomendó mi amigo Félix Pedro López. Yo soy otra cosa, yo soy apóstol de las letras, como San Pablo, como San Andrés; no, como San Andrés, no. San Andrés es el de la pornografía, es pornográfico. Yo soy buen tipo, yo soy hombre regular, sí, yo, pero yo estoy aquí desde el tiempo del doctor Sacasa, preso, yo estoy aquí, y quiero irme para Costa Rica o aunque sea a León. Sí. Yo soy apóstol, como Núñez de Arce, que es apóstol, pero el poeta más grande de España es Quevedo. Sí, muchachos. ¿Cómo te llamas tú? ¿Rocha? Ah, sí, Rocha; ¿no eres Solórzano? Yo maté a Solórzano. Lo maté porque soy apóstol o cosa así, pero eso era política o cosa así; muchas gracias, muchachos, cuando ustedes me dicen eso, es política.

Alfonso Cortés no admite diálogo Le preguntan los visitantes, le repreguntan, pero quizá sus voces son muy tímidas, respetuosas y temerosas, porque saben que ellos están ante Alfonso Cortés, así, loco, sucio y de saco, amable y  amado, verboso de locura, sonrosado, anciano, blanco, apostólico, puro, seguro de sí mismo, saber de su propia altitud en medio de las sombras, dramático, enternecedor y sollozante, pues Alfonso Cortés sabe que habla con poetas y llega hasta las lágrimas cuando “ebrio de azur” nos confiesa algo.

Ahora se ase a los conceptos, formula cuidadosamente la frase que se le derrumba después en el abismo de su mente en derrota. Sin embargo, prepara nuevamente, y la ensaya. Yo maté a un hombre, no, fue a dos hombres o cosa así, a Félix Pedro López, mi amigo, él me dijo que no, que Argüello y al otro. Quisieron sacar pistola y yo sin moverme los maté. Pero soy  hombre regular, casi no hay hombre regular, sólo alguien, buen intelectual, puede llegar a ser hombre regular. Sólo Quevedo. ¿Y Cervantes, poetá? le preguntan. Ah sí, le he estado leyendo, pero es místico, es de iglesia y yo no tengo compromiso con nadie, menos con el clero. Yo soy grande.  ¡Yo me echo con ese hijueputa de Rubén Darío! (Alfonso grita esto y se exalta). La familia Martínez  ya ha dicho que soy más grande que Darío. Se aplaca un tanto, apenado.  – Perdón, existe allá arriba un Jesucristo y yo no debo decir cosa mala, por respeto, pero me echo con ese, me echo, ¡porque soy más grande!

La voz de Alfonso Cortés suena ahora exaltada y profunda, ha adquirido gravedades de tonos que él no usa normalmente. Yo miro la arboleda verdioscura que circunda su celda, en esta hora santa de la tarde,  y noto una bruma blanquecina que se mezcla y destaca entre las cosas, se adentra en el ramaje elevado, persistiendo, lucha entre todo aquello, y me agrada mucho porque es neblina, rara en Managua, este noviembre, y ya voy sintiendo el frío de la helada próxima. Pero no es niebla, es humo blanco de los desechos de ramas secas que queman los otros locos afuera, entre los árboles; así lo avisa la nariz y enseguida lo compruebo.

Varias “salta piñuelas” entre tanto bajan chillando con grititos que suenan como besos rápidos, chupados, de amantes de mal gusto o de padres de familia exagerados. Y hay, rodeando la celda de Alfonso, una tapia enana con tejas, como en un cortijo, y unos rosales pálidos, casi junto a la ventana de Alfonso, que una mujer repelente (¿será enfermera cuerda o enemiga de lo bello?) va arrancando y acomodando violentamente.

Un anciano abrazando tiernamente un bote grande, la mirada fija y perdida, seguro, inevitable, va bajando interminablemente una grada, y subiendo, y retrocediendo y volviendo a bajar, y volviendo a subir, con la mirada pobre y  senil en alto, cansado y decidido y quizá feliz. El poeta Robleto me da un codazo y señalando ingenuamente, pregunta:

    — ¿Y  a ese pobre señor, qué le pasa?
   — Pues que es loco, poetá; estás loco?

La voz de Alfonso Cortés vuelve a subir por encima de todos. Ha estado hablando toda la tarde con nosotros, sin dialogar; no admite diálogo. Como su propia poesía es él, no admite diálogo, ni mensura, ni referencia alguna. Habla y habla. Le piden opiniones que diga lo que piensa sobre ciertos poetas nuestros. Se vuelve a exaltar. ¡A ese hijueputa un billón de veces de Darío Sarmiento, yo lo voy a derribar! Ya me han dicho. Perdonen. Ahí está Cristo Jesús. Es pecado, pero ya van a ver. Estoy escribiendo una comedia social o cosa así y ya van a ver. Después va decir la gente si yo o él. Hay poetas, pero no conductores. Sólo José Martí es más grande que Darío. Núñez de Arce es grande en España, pero respeta a Quevedo, que es el señor, así me dice mi amigo Félix Pedro López, o cosa así. Y  si no, oigan. (Lee un libro que lleva bajo el brazo un presunto elogio de Núñez de Arce para Quevedo y mis amigos me aseguran que no lee nada, recita de memoria algo).

Mis amigos le ofrecen una libreta para que escriba, y lápices. Los rehúsa. Le piden poemas. Pregunta por los que dio otro día y promete dar nuevos cuando vea publicados aquellos. Pide que le ayuden a salir de allí, para ir a fundamentar su literatura aunque sea a León o Costa Rica. Yllescas lo acosa a preguntas, quiere saber, es primera vez que ve al enorme Alfonso Cortés y quiere asombrarse aún más. Alfonso se retrae, alerta, acechante, escamado. Y tú, ¿está enfermo? ¿Yo, poetá?, es la camisa amarilla, tal vez, y la penumbra de la t arde, contesta Edwin. No, tú está enfermo,  yo lo veo, me has atacado toda la tarde, cuatro veces me has atacado. Estás enfermo…

Ramírez insiste en darle la libreta que compramos para él. Es para que escriba, poeta, papel limpio. No, —rehúye Alfonso— aquí tengo papel, pero si insistes, yo podría robártelo, digo, yo podría hurtártelo o cosa así, en mi provecho, pero no quiero. Entonces, dice Yllescas, quisiéramos alzar (sic) la libreta aquí en su cuarto, para la semana próxima que vengamos… Pues yo no soy cofre de ustedes, ¿verdad?, exclama olímpicamente Alfonso, y nos señala la puerta de su celda. Nosotros reímos alegres, reímos mucho y él también. Está contento. Nos alegramos todos. Yo miro los barrotes tristes. Miro la tarde azul. Me aparto. Los oigo ya de lejos a mis amigos.

Un hombre va y viene muy serio, acomodando ropa limpia de locos un buen rato. Lo toco en el brazo: Eh, oiga, aquel joven que está allá, ¿también es enfermo? El hombre me contesta con un silbido, se aleja cantandito y retorciendo los ojos. Un tipejo extraño, con la camisa roja salida y sin calcetines, toda la tarde ha estado jode que jode con un radio que le cuelga del pescuezo. Se acuesta, se levanta, nos escucha un rato, cambia la estación, la vuelve a cambiar, camina, vuelve, se va. Por fin, después de dos horas, se decide —¡es el loquero de Alfonso!— y nos notifica. Les voy a sacar el loco allí afuera, porque aquí es prohibido. Alfonso no le hace caso, se resiste, dice no sé qué cosas confusas acerca de León y la poesía;  y nos recomienda que no seamos abogados; no puede ser hombre de letras ni poeta un abogado, afirma. Nos agregó otras declaraciones de esteta que me recuerdan su verso admonitivo:

          “Soñad, soñad, entre la vida diaria”.

Otro hombrecito, con sombrero absurdo, de bluyín arrollado y de cara empolvada, pretende retirar al anciano que baja y sube. El enfermero. El anciano muge y quiere llorar, pero no habla. Muestra con gestos desolados que en alguna parte hiede mucho por ahí y que no quiere ir. El hombre lo guiña y retuerce los ojos, pide ayuda al tipo del radio; éste se cansa del forcejeo y vuelve a cambiar la estación. Yo miro la tarde que nos reclama urgentemente desde afuera. Hay un muchacho que hace malabarismos obsesionados con un cigarrillo que no fuma nunca; y varios hombres impasibles como estatuas, idos.

La tensión del encuentro que hemos tenido y el paisaje angustiosos nos va ascendiendo y girando como una gran temperatura dentro del cráneo: La tarde, esta tarde, estos locos, los poetas, los amigos, los locos, tapias, voces, rosales pálidos, Alfonso Cortés, humo, voces, la voz de Alfonso Cortés resonando todavía.

Una mujer aniquilada sonríe anhelante a nuestro paso. Quiere decir adiós, alza su brazo y se me prenden sus ojos abismados para siempre.            
                                   JUAN ABURTO



domingo, 28 de junio de 2020

A LOS DIEZ AÑOS DE SALOMÓN MUERE ALFONSO. Por el Lic. Máximo H. Salinas Zepeda. Novedades, miércoles 5 de Febrero de 1969.


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A LOS DIEZ AÑOS DE SALOMÓN MUERE ALFONSO. Por el Lic. Máximo H. Salinas Zepeda. Novedades, miércoles 5 de Febrero de 1969. Año XXXII. No. 10497. 

Febrero, el benjamín de los meses, tiene especial trascendencia para Nicaragua, en 1916, Febrero se nos llevó a Rubén Darío. En 1959, el 5 de Febrero, se nos fue Salomón de la Selva. Y este Febrero de 1969 se nos está llevando a Alfonso Cortés. Entre los grandes que Nicaragua le ha dado al mundo de las letras, sólo Azarías H. Pallais se escapó de Febrero. Como en las cordilleras cada cumbre tiene su individualidad y forma parte, sin embargo, de las sierras; como en la concatenación  de las ideas cada una tiene su propia importancia y contribuye, sin embargo, a la mayor importancia de la frase; como en la Trinidad Divina, el Padre, el Hijo y el Espíritu tienen, cada cual, su identidad personal y, sin embargo constituyen un solo Dios, así, sin pretenciosas y desautorizadas comparaciones, cada uno de ellos en su dimensión propia, no personalísima menos universal, Rubén, Salomón, Azarías y Alfonso, son, en conjunto la contribución de Nicaragua al patrimonio cultural de la humanidad. Por ellos puede decirse que Nicaragua no es un país al que debe medirse por kilómetros cuadrados, sino por la trascendencia del pensamiento de sus hombres. Sólo en la sólida unidad de nuestro reconocimiento hacia las cuatro manifestaciones de una misma grandeza, hallaremos la madurez de un justo orgullo nacional.

Por Alfonso, desaparecido apenas hace dos días, recordaré una oración que Salomón escribiera para Aquiles Aqueo: “…otros, mejor que yo, puedan cantarte ahora –que antes no te cantaron— otros mejor que yo puedan cantarte aunque no vivas y cuando ya no seas sino historia…”. 

Rubén tendrá su torrente anual de panegíricos: de quienes, en recogimiento, veneran su memoria, y de los entusiastas enamorados de ocasión. 

Azarías no es de Febrero y cuando llegue la fecha de su aniversario, recibirá, estoy seguro, el justo tributo que merece la alcurnia de su genialidad poética.

Pero de Salomón poco y pocos nos hemos acordado y no es justo para él ni para Nicaragua ni para las letras, que no nos acordemos.

Pedro Henríquez Ureña, gloria de las letras dominicanas, escribió de Salomón que: “Si es verdad que su obra es extraordinaria más extraordinaria aún es personalidad”. Hoy, al cumplirse diez años de su muerte no voy a recordar los detalles de la obra de Salomón de la Selva. Voy sólo a compartir con mis lectores algunos retazos de su vida. Tal vez así los comprendamos mejor y nos interesemos más por conocerlo.

Desde luego, yo había oído hablar de Salomón de la Selva, pero no lo conocí personalmente sino hasta en 1957. Yo había llegado a México –donde él tenía ya más de veinte años de residir— en gira de negocios, y aunque ya había estado en Yucatán, aquel era mi primer viaje a la capital mexicana. Era mi primera oportunidad para buscar al legendario personajes que, por sí y ante sí, se mantenía exiliado de una patria –Nicaragua— a la que amaba entrañablemente, y había encontrado en otra –México— el calor humano del reconocimiento, de la fortuna y de la fama.

Alguien, en Nicaragua, me había dado su dirección. Era en las calles de Moya de Contreras, en las aristocráticas Lomas de Chapultepec. Un palacete digno de un príncipe que, después lo supe, le había regalado su hermano don Rogelio. A la puerta de la verja del jardín ladraba furiosamente un perro. Una sirvienta de uniforme me respondió el timbre y, sin hacerme pasar, me informó que quien vivía allí era el Ingeniero Salomón de la Selva. Su padre, el Poeta, se había trasladado a la mucho menos aristocrática Avenida Chapultepec, a media cuadra de la triple esquina con Insurgentes y Oaxaca. El mediano Edificio de Apartamentos no era feo, pero estaba muy lejos de ser principesco. El portero –entre conserje y policía— amablemente y sin ladrar me condujo hasta la puerta del primer apartamiento de la planta baja. No me abrió una sirvienta uniformada ni sin uniforme. Me abrió un hombre de mediana estatura, con más que carne que hueso; el cabello sedoso, color de plata limpia, peinada hacia atrás; las cejas pobladas, espesas, las puntas hacia arriba, y del mismo color;  y, debajo de las cejas, los ojos más azules y penetrantes que me habían visto en mi vida. No le pregunté nada porque no lo dudé ni un momento. “Usted es Salomón de la Selva” –le dije— “Yo soy Máximo Salinas Zepeda”. Por una atracción infinitecimal (sic) de tiempo se hicieron más azules los ojos. Luego me abrió los brazos y pronunció el nombre de mi madre, Mercedes, su prima hermana a quien por los veinte años de su exilio semivoluntario, no había visto. Esa noche la pasamos en vela. No paramos de hablar hasta en la madrugada.

Al día siguiente no quiso oír razones. Me hizo acompañar por su hijo Juan y juntos, trasladamos mis maletas del Hotel Regis al pequeño apartamento de la Avenida Chapultepec.

Así empezaron los primeros seis meses de mi asombroso aprendizaje con Salomón de la Selva. En la pequeña sala, amoblada con un sofá y dos viejos sillones estilo provencial (sic) francés, polvorientos y cubiertos de libros, estudió los cálculos ingenieriles y económicos que él había preparado como anteproyecto de la presa Falcón, que se construyera durante la gestión presidencial del Licenciado Miguel Alemán y le diera a México una inmensa extensión de tierras labrantías. El Poeta había expresado sus sueños en números y con habilidad de estadista, los había convertido en realidad. Allí vi la exposición al Pdte. en que se exaltaba la necesidad de un gran centro que fuera refugio y norte para la juventud estudiosa de habla hispana en América, y vi el movimiento de los hilos financieros que habían hecho posible la construcción de la Ciudad Universitaria de México.

Otros sueños del Poeta, esta vez realizados en cemento, belleza artística y continuado esfuerzo colectivo de la superación intelectual y moral.

Allí, en la pequeña sala del Poeta, junto a él, leí con impaciencia y avidez, su obra monumental “Ilustre Familia”, esa maravillosa amalgama de erudición y soltura literaria que fuera exaltada por Jawaharial Nehrú, entonces Primer Ministro de la India y heredero de Ghandi, como la más importante obra política de nuestro siglo. El Poeta en su función más elevada: consejero y gobernantes para bien de los pueblos. 

Allí lo vi recoger los delicados aromas de maravillosos poemas líricos, inéditos, para mandarlos luego, con la mayor modestia, bajo un pseudónimo  gracioso y significativo y con el título de “Versos y Versiones Nobles y Sentimentales, al concurso literario que, en esos días, patrocinaba el gobierno de Venezuela en conmemoración de la muerte de Andrés Eloy Blanco.

El original se perdió con el caso subsiguiente al derrocamiento de Pérez Jiménez y, con él, se han perdido, hasta le fecha, algunos de los sueños más íntimos y delicados del Poeta.

Y allí me contó el último de sus sueños; el que había de convertirse en su gran sinfonía inconclusa: el libro y el monumento. Una obra histórica basada en documentación que había encontrado en el Archivo Secreto del Vaticano, la moderna democracia. Un emperador absolutista que detiene proyectos papales. Un humilde sacerdote, evangelizador de Nicaragua, que es la inspiración del Papa. Y la reivindicación del honor de una bella mujer, hermana del Pontífice. 

Paulo III y la Bula “Veritas ipsa”; Carlos V y de Alemania y I de España; Fray Bernardino de Minaya y Giulia Farnese. Era necesario que Salomón volviera a Europa y escribiera la obra.

Fue así que llevé a su casa a mi buen amigo el entonces Capitán José Agurto, Agregado Militar a la Embajada de Nicaragua (ahora Coronel) y entre ambos, lo convencimos para que hiciera una vista a Nicaragua.

De esa visita nació, por pedimento del Presidente Luis A. Somoza Debayle, su nombramiento de Embajador sin Sede en Europa, el cual le permitió completar las investigaciones necesarias para la gran obra que había ya comenzado bajo el título de “Cartas al Presidente de Nicaragua” cuando lo sorprendió la muerte en el Hotel Montana Tulleries en París, hoy hace diez años, mientras íbamos rumbo a Madrid para recordar a Darío en su aniversario.

Más de un volumen necesitaría para relatar en detalle el año y medio que compartí con Salomón en Europa. La intimidad de anécdotas vividas, en Italia, en Francia, en Alemania, y la intimidad de anécdotas que él me contara. Pero éste, naturalmente tiene que ser un brevísimo perfil con el que sólo me propongo que, cuando llegue el próximo Febrero, no nos volvamos a olvidar de Salomón de la Selva y hagamos de los tres febreristas: Rubén, Salomón y Alfonso, la unidad nacional que, con Azarías, proyecte la dimensión de Nicaragua al mundo, no como cumbre aislada, sino como sierra; no como idea suelta, sino como una frase que, en el transcurso de los siglos, lleve a cuatro voces el mensaje trascendente de una Nicaraguanidad Universal.

YO SECUESTRÉ A ALFONSO. Por: Guillermo Obando Reyes. En: Novedades, viernes 7 de Febrero de 1969.


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Caricatura de A. Cortés Por Leo Gurdián. En Extra. 5-2-69.

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YO SECUESTRÉ A ALFONSO. Por Guillermo Obando Reyes. 

Fui a León, precario de dinero y entusiasmo; iba a comenzar mi carrera de leyes. Todavía la vieja ciudad anidaba por ratos al Padre Pallais, y cobijaba siempre a Fiallos Gil, Juan de Dios Vanegas, Cornelio Soza, al otro Vanegas, Alí, y al más arrimado a mis tristezas, Antenor Sandino Hernández, que aún vive desgraciadamente lleno de alcohol y ruidos extraños.

Para entonces, el Parque Jerez, estaba sembrado de altos almendros, en donde a veces un zanate se espantaba cuando al Comando de la Guardia llegaba en carreta un asesinado. Llegué, no recuerdo por qué, a casa de María Luisa, “hermana perfumada de las estrellas castas”, yo conocía al hermano “orate” que a fuerza de tiempo, espacio y sufrimiento quizo descifrar las normas y gestos de las cosas.

La buena María Luisa, enseñaba la fraternidad y admiración hacia Alfonso y con mística conventual recogía los sucios papelitos que con letra supermínima (sic) estaban alborotados de poesía, ella agrandando sus ojos con una lupa también descifraba armonía.

Vine a Managua y fui a ver al poeta, lo encontré en su prisión, en el Manicomio; donde vivía era impersonal, una cama, una silla, una leva deshilachada y el pobre Alfonso con una corbata desgarbada. Por la indolencia de los loqueros, pude llegar a su cuarto, y  le dije que era amigo de María Luisa, y él contestó: —Estoy aquí porque Juan Bautista Sacasa me tiene preso. ¿Y Ud. conoció a Rubén Darío?— No, sólo al García Sarmiento. 

Sus ojos pequeños y terriblemente azules, casi chisporroteaban, me dijo que lo llevara a León; imprudentemente obedecí al poeta y sigilosamente lo saqué del Manicomio, eran como las tres de la tarde, en Abril, la ciudad sofocaba sólo daba aires de alquitrán; lo invité a tomar un tiste en casa de mi hermana Emelina, y él agitado me decía: “Lléveme al Malinche, donde la Ramona, quiero un trago de guaro”. Comprendí que el poeta quería huir, y él adivinó mi preocupación. Mansamente regresó a su prisión.

Por la noche, a cincuenta metros de la casa en donde se tomó el tiste Alfonso, un incendio devoró media manzana de comercio en el mercado San Miguel. Creo que fue en el año sesenta y uno de este siglo.

ALFONSO, EL HEREDERO. Por Constantino Láscaris. En: La Prensa, 23 de Febrero de 1969.





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ALFONSO CORTÉS. "Cuando, en el túmo de la Tierra, sientan los seres su soledad, dará una tregua eterna la guerra del Ruido; hundirá en la antigüedad sus pasos el Hombre y la Mujer, surcarán la arruga de la frente de Dios...". De su poema PASOS, tomado de la edición de la Librería Cardenal. 

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Un artículo sobre Alfonso en “La Nación” de C. Rica. 


ALFONSO, EL HEREDERO. Por Constantino Láscaris. En: La Prensa, 23 de Febrero de 1969.

La muerte de un poeta es ocasión para repensarlo. En el caso de Alfonso Cortés, no hace falta descubrirlo. Es, aparte Rubén, el poeta nicaragüense de mayor talla, lo cual es mucho afirmar.

Alfonso Cortés nació en León en 1893. Publicó media docena de libros de poesía y muchas poesías sueltas. Sobre él se ha escrito mucho. La afirmación de los críticos habitual es la de que se trata de un gran poeta, pero con una producción muy desigual en calidad. Y todos los críticos aluden a su tragedia vital; la locura. Los años que pasó incluso encadenado, los tratamientos psiquiátricos, etc. Según los gustos, se habla de él con condolencia, cierta lástima caritativa, o se lo compara con Holderlin: los genios están por encima de las coordenadas del hombre corriente. 

Lo que yo quiero destacar ahora de Alfonso Cortés es que se trata del único poeta nicaragüense “no comprometido”. Desde Rubén, el gran poeta del compromiso político radical, hasta los más jóvenes como Ernesto Cardenal o Ernesto Mejía, toda la poesía nicaragüense es tremante tema de posición política. Lo que para los griegos fue la “teoría”, para los nicaragüenses es la poesía. Y ahí, Alfonso Cortés es la excepción. No hace ni dice queja política.

Entre los eternos temas del poeta universal, Alfonso Cortés cantó todos, menos el político:

Nada hicieron los viejos
pensadores y nada
harán nunca los nuevos
que tendrá el porvenir,
la palabra absoluta
permanece callada,
sólo sabe la vida que es preciso morir…

Por estilo, Cortés es modernista. Con esto pretendo decir, no que siguiera una escuela, sino que versificaba bien. Esa eufonía que tiene el castellano bien medido, Cortés la logra cuando quiere, pues tiene mucho de vertsolari. 

Para Dios no hay Oriente,
ni Adelante ni Arriba
y por causas que sólo puede
saber la Muerte,
lo que se mueve, en el 
infinito se halla inerte.

En realidad, era un hombre sensitivo, con los ojos abiertos a las cosas y el pecho lleno de palabra; armoniosas para contar lo que veía. La ventana de su cuarto, el buey, un monumento, una mujer. Pero siempre con una preocupación cósmica: el mundo, la creación, la protesta de los hombres ante el dolor y un enorme negarse Cortés a echarle la culpa a Dios, por nada. 

Quizá su formulación más ceñida sea “El policírculo”, o “teoría de lo infinito”. Al menos, son tres tercetos que, por su dificultad, consagran a un escritor: 

Yo vi un círculo. Y era un agitado
círculo que en sí mismo se movía
como el primer presente del pasado…
Y en el círculo aquel se repetía
una acción circular a la manera
que se repita diariamente el día?
Y cual columna vertebral la hilera
formada, fue tomando poco a poco
la dirección del punto en que partiera. 
Aquel hombre alto, de frente redonda y ojos hundidos, amante de la conversación, enfermo del cuerpo y de la mente, era realmente un rapsoda. 

miércoles, 24 de junio de 2020

PERSONALES DETALLES EN LA VIDA DE ALFONSO CORTÉS. Por Juan Felipe Toruño. 13 de Julio de 1969.


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"Yo tuve un órgano de Berbería / y manubrié sus acentos lejanos / viendo, con ojos de can, que moría/ un día azul, tras los robles ancianos". 

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PERSONALES DETALLES EN LA VIDA DE ALFONSO CORTÉS

En: El Centroamericano. León, Nicaragua, domingo 13 de Julio de 1969.

“Aquí en nuestro amado León éramos cinco fraternos en el grupo soñador: Mariano se ha convertido en un práctico señor, Toruño sigue triunfando, Carlos Marín ya murió”. (De “El Abrazo”, por Joaquín Sacasa, para Alfonso Cortés).

         Otro más en el desfile de los que integramos el movimiento innovador ─de la poesía─ que en León, Nicaragua se afianza en el 1920, precediendo a la Vanguardia que aparecer aglutinándose en el Taller San Lucas, Granada, 1927.

         ¡Alfonso Cortés!

         Estaba acumulando mayores agonías desde que se le trastornó la mente en un febrero de 1927, hasta morir físicamente el 3 de febrero de este año, 1969.

         ¡Alfonso Cortés! Hermano mayor. Hermano en el Arte, en el empuje para llegar al dominio de nuevos contenidos poéticos. Hermano en nuestra bulliciosa y gloriosa bohemia que principia en las tertulias vespertinas del “El Eco Nacional” y se afirma en la revista “Darío”, que fundé en 1º de septiembre, 1919 – primer homenaje con su apellido, a Rubén Darío, escapado éste a la eternidad en 6 de febrero, 1916. Hermano en nuestras irrespetuosas actitudes a los manejadores de la “cosa pública” y ante cierto clero; burlones delos políticos engolados, al designar nosotros candidatos presidenciales, a un buen hombre de negocios que se llamó Félix Pedro López y a un general, valiente pero medio ignaro, Vicente Lobo; activos revolucionarios fracasados en el intento para –en 1922— tratar de deponer al presidente Diego Manuel Chamorro. Hermano, sobre todo, en la franqueza y sinceridad de nuestros afectos.

         Hombre mentalmente superior, Alfonso: hasta –como Teófilo Gautier—en su musculatura para triunfos  en los Juegos Sagrados de la Helade cantados por Píndaro. Pero si fuerte y hercúleo físicamente, débil ante las durezas de la vida y tímido ante el femenino sexo. Nunca le conocimos visibles amoríos  y noviazgos menos. Huraño y callado; más cuando hablaba su pronunciación –que siempre fue igual— era con frases atropelladas entrecortadas, reticencia natural. Su mirada penetrante, fija en los ojos celeste-verdosos. Frente amplísima, algo manchada; nariz recta. El labio inferior un poco saliente. Alto porte y sereno. Al caminar, dejaba en oblicuo el pie derecho. Desaliñado el traje, gustando “poses” con ademanes de gran señor, que lo era; y poocas veces dejaba de fumar los apagosos (camananceros) “chilcagres”.

         En nuestros paseos al campo, saltaba sobre un potro, y corría cual centauro persiguiendo distancias. Sus gritos fortísimos se prolongaban sacudiendo los montes. En lucha con los novillos los doblegaba. Nadaba como un delfín. Le agradaba la guitarra y con ella repetía la canción que comienza, aire de danza en mayor: “Dicen que no se siente, la despedida, dile al que te lo dije, que se despida; que se despida ingrata,” etc. Al recitar, prefería, de Rubén Darío, “Eco y yo”:

                            Eco divino y desnudo
                            como diamante en el agua
                            mi rima éstos versos fragua
                            y necesita tu ayuda,
                            pues sólo peligros teme,
                                                                  eme…”

De Whitman:
                            ¡“Oh, Capitán! Mi Capitán”
                            Terminó nuestro espantoso viaje”

De Emilio Carrere:

                            “Pasábamos tristemente
                            las calles llenas de luna
                            y el hambre bailaba una
                            sarabanda en nuestra mente.
                            Al verla triste y dolia
                            yo la besaba en la boca;
                            ¡Alma mía, risa loca!
                            ¿por qué aborreces la vida?

                            Y un espíritu burlón

                            que entre las sombras había,
                            al escuchar mi canción,
                            se reían… se reía…” etc.

Y de él, su “Ritornelo”, que concluye:

                            “Quedaré para siempre, esta tarde divina
                            viendo temblar, desnuda, tras las hojas, la luna”.

         ¡Amigo, hermano! –Ya estás en los ámbitos del éter y de lo oculto en los que penetraste para resumirlos en tu poesía, integrándola con esos elementos que sólo sienten y ven y oyen los poetas, como tú. Ya saturas con tu espíritu el Enigma, formando parte de él. Y a –como Roerdenlin, Moresas o Nietzche, Epifanio, Mejía, de Colombia, y Napoleón Lara, salvadoreño— con tu muerte física, abandonaste la trepidación dislocada de tu mente. Eres nota en la música que oías y palpabas, y que venía a “lamer la epidermis de seda de las flores”.

         De los 21 que fuimos, estando en éstos también una poetisa que nació a las letras en el número 33, páginas 6 y 7 de la revista “Darío”—21 de Julio, 1921— y que fue descubierta por el hoy doctor José Trinidad Sacasa, alto lírico y caballero de las letras. Esa poetisa fue María Selva, que firmó con el pseudónimo Aura Rostand. Pues de esos 21 quedamos sólo: Mariano Barreto Portocarrero, Joaquín  Sacasa, León Aguilera –que vive en Guatemala— Antenor Sandino, Federicho Shennegans y yo.

         ¡Alfonso Cortés! Inerme para enfrentarse a la vida. Y la vida lo maltrataba, lo hería. Inepto para otra labor que no fuera poesía y con la poesía no se vive, menos en nuestros países incomprensivos en los que el dolo, la intriga y el servilismo, son aptos para regodearse en los festines gubernamentales o para sinecuras.

         No podía liberarse de las fuerzas que lanzaban a infiernos báquicos. Le fallaba la voluntad Hacía impulsos, levantábase y caía. Salió rumbo a México, a un congreso de periodistas para el que invitó el senador Rafael Martínez, pero ese congreso no se efectuó. Y  él, que iba eufórico, pleno de propósitos, cálculos, ilusiones y esperanzas, hubo de quedarse en Guatemala, junto con su compañero Mariano Barreto Portocarrero, que llevaban representación del “Eco Nacional” y de la revista “Darío”. Allí Alfonso dirigió temporalmente “El Unionista” y Mariano Barreto “El Perú”, órgano del consulado peruano.

         Cuando en 15 de septiembre, 1921, toma parte en los Juegos Florales centroamericanos de Quezaltenango, obtiene el primer premio con ODISEA DEL ITSMO; le dedica al Licenciado Adrián Recinos, al editarse. El Licenciado Recinos lo estimulaba. Decir lo demás, sobra. y sale de Guatemala de regreso, a fines de junio, llamado por su familia, por la grave enfermedad de su madre. Y el hombre que, con voluntad y esfuerzo –porque estaba equipado con talentos superiores—  no pudo vivir como decía en su poema “Inquietud”: “sólo en el horizonte puede estar nuestra casa”. ¡No pudo! Lo arrastró la corriente cruel de un sino adverso sin que tuviera fuerzas volitivas para oponérsele. Y, aquí, como en su “Fuga de Otoño”, por el recuerdo, se me sale el alma, situándose allá, en ese allá juvenil; y desde él, veo lo que siento en estos momentos, recordando y apreciando su situación.

         ¡Que dios egoísta, envidioso y fatal le taladraba su voluntad, su ánimo, sus propósitos, sus ilusiones? Sí como él proclamara en Guatemala, al dedicarle a Mariano Barreto Portocarrero el poema, citado ya:

“Vela azul es nuestra alma y el corazón es viento que empuja nuestros ímpetus mucho más que a los otros”.

¿Por qué, cumplido su deber para con su madre, esa alma y  ese corazón que eran vela y viento, no lo impulsaron en busca de los horizontes entrevistos? ¡Ah! Si alto, fuerte y potente corporalmente, débil, completamente débil para la lucha cotidiana; para anular los NO que están escritos para el ser humano en cada calle y  en cada camino de la vida, transformándolos en SI.

         Jamás censuramos a Alfonso. Lo admirábamos con afecto fraternal y teníamos esperanzas en que se elevaría sobre los obstáculos que a cada paso se colocan en nuestras senda; pero se le clavó la maldita conminación de Kratos, a que viviera saturado de perennes amarguras, por las que no protestaba, achacándolo a la muere, como lo dice en su “Carta a Modesto Salmerón”, amigo y compañero de aula, así:

         “Dios dispones en nosotros movimientos y  juegos; nos alaza la vida, nos conduce la suerte, nos levanta la gloria, y nos mata la muerte”.

         Me refiere a época anterior a su desquiciamiento mental.

         Cuando deliberábamos los dos sobre autores y letras, al mencionar a los franceses, el amante de Mallarmé y Prudhon, entre otros y yo de Banville Laforque y de Francis James, del que había traducido algo y que le enseñé, abría más los ojos al considerar mis conocimientos rudimentarios de tal idioma como el latín, por lo que un día, con el seudónimo Carlos Bostón, publicó en “El Eco Nacional” y que yo republiqué en el número 13 de “Darío” –marzo, 1920—, un artículo acerca de mi labor diciendo entre otros conceptos: “He de decir poca cosa de su obra realizada, aún es muy joven y es un talento en pie, valga decir… no tiene embotadores prejuicios.

         Si Juan Felipe no desespera, yo le auguro un porvenir brillantísimo; su personalidad es ya atrayente y sugestiva cuando uno trata de literatos y en todo caso, debemos creer que seres así nos prueban lo que puede realizar una energía sedienta de belleza y activa para laborar”.

         En 1918, intentó publicar una colección de sus poemas con el título MÚSICAS DE LA VIDA y hasta trazó el esquema. Lo alentaban varios amigos que le ofrecieron contribución económica, entre ellos Pedro Cardenal, don Alfonso Saravia y algunos parientes. Escribió el preámbulo “Avant Propos”, inserto en el tomo POESÍAS, que le editó su padre don Salvador Cortés; mas sus intentos quedáronse en eso y MÚSICA DE LA VIDA, no se publicó. Le llegó el “desaliento” y los originales quedaron entre múltiples papeles hasta que su padre –dicho ya— hizo, con algunos recortes e inéditos, que le editaran en la Imprenta Nacional, 1931.

         Imparcial como soy , reconozco que, a pesar de lo que se ha hecho con la producción de Alfonso, aunque sea para el debate –que éste es importante para cualquier libro— debe comprenderse y apreciar la admiración que para el poeta y su poesía, encienden las generaciones de Vanguardia y post-Vanguardia. Sí, para no errar, antes de hacer afirmaciones, es de rigor que se conozca la trayectoria del Aeda, desde sus comienzos, sin mistificaciones y sin equívocos voluntarios o involuntarios.

         En 1924, yo estando ya en San Salvador, llegué a Nicaragua. Lo vi, tres años antes de su enfermedad, magullado, pálido en su penosa  frustración. ¡Cuánta grandeza sometida a los pungentes contrastes entre su voluntad y su cuerpo! Creía él que le faltaba suerte y que por el ambiente no avanzaba. Le insinué viaje para acá, que aquí sería diferente. Yo, estaba entonces en condiciones de encontrarle algún lugar donde podría salvarse e ir después a países que él soñara. A mi insinuación se quedó viéndome con sus grandes ojos fulgurantes. Agustín Sánchez Salinas ofreció ayudarlo para el viaje. Estaba presente Federico Shennegans, que tal vez se acordará de ello y Agenor Argüello que, a la postre, él se vino para El Salvador.

         Son cosas estas de evocación de lo que fue vivo, bullente en nuestras inquietudes y afiebradas bohemias en la amada ciudad. Y lo escribo porque al evocar eso, me duele  y pienso que sí, por una parte, se hundió su mente en abismos; por otra, lo salvó. Sí. Lo salvó de esa corriente más arrasadora y túrbida, causando amarguras a los suyos y destruyéndose él en lo que era personalmente. y si su familia, su padre y hermanas, tal demencia les laceraba en lo más profundo del ser, ¿qué hubiera sido si hubiese continuado como iba en ese otro derrumbe? Quizá, por su lamentable estado mental, se hizo lo que Alfonso no podría hacer ni lo hubiese hecho en aquella otra situación. Y por ello el reconocimiento, la admiración y lo que se efectuó en honores y veneración, porque así es lo humano.

         Repito mi honda lamentación por lo que le ocurrió, al no poder enfrentarse a la vida sin realizar lo que él soñó.

(Alfonso en el Paraninfo de la UNAN hace dos años)... "Por eso mis palabras son silencio hablado..."

         La última vez que nos abrazamos fue el día viernes 20 de enero de 1967, durante el almuerzo en el simposio de la Universidad en la Semana Centenaria de Darío. Estaba yo frente a una mesa, junto con el doctor Nicolás Buitrago Matus. Este me dice: “Viene Alfonso”; torné a ver y él se acercaba, lento, callado, con los brazos hacia adelante. Fui hacia él, nos abrazamos. Cambiamos unas cuantas cariñosas frases, preguntándome si regresaba a El Salvador.

         “Ya no fumo –terminó— me hace mal.

         Ahora, a más de un mes de su nacimiento en lo eterno, evoco nuestros años de juventud, en la lucha constante por la vida y en nuestra bohemia, en la que repetidas veces hacíamos días de las noches leonesas, solemnes, silenciosas y  únicas.

         Hermanos en la promoción, estamos quedando solos. ¿A quién corresponderá cumplir con los mandatos de la Suprema Ley? Que ya Alfonso cayó.

                   “como un punto, negro y vago,
                   en la onda tímida del lago
                   para siempre jamás”.

San Salvador 10 de abril, 1969.