lunes, 11 de enero de 2016

UNA DISCUSIÓN SOBRE RUBÉN DARÍO. Por: Armand Groussac*


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  Iba en una mañana de abril Felipe Ramos para la redacción del diario en que trabajaba, en Sucre, Bolivia, rebosando salud y optimismo, cuando vio a Santiago Baroja bajo un árbol, en un parque.

   Enderezó hacia él sus pasos, deseando gozar un rato de su charla ingeniosa y malévola, salpicada de chiles cáusticos, eléboros y ácidos corrosivos. Como ningún otro de los que Barola llamaba irónicamente sus amigos admiraba a Felipe sus frases felices, sus categóricos in promptus, sus dictámenes cínicos, sus horrendos sarcasmos, su egoísta filosofía epicúrea llevada al extremo límite del ateísmo y del desprecio por los cánones más nobles. Había nacido con la aptitud de servirse de su talento en dosis sintéticas para condensar en una cuantas palabras su atroz epigrama o un dicterio procaz. Don exclusivo de su manera de producirse al hablar en instantes propicios.

   Oriundo de una de las Antillas, conocía muy bien las cinco pequeñas repúblicas de Centro América, de las que relataba interesantes sucesos acaecidos hacía muchos lustros.

   Tratábale con la mayor cordialidad, distinguiéndole más de lo que debía esperar de su carácter inconsecuente y agresivo.

   Por eso le produjo gran sorpresa que en seguida de iniciar su conversación se expresara con verdadera grosería sobre asuntos y personas que no ignoraba que le eran caros.

   Entre otras cosas de este género dijo lo siguiente:

   ─ Con asombro leí anoche en un periódico europeo la noticia de que va a levantarse en Roma una estatua a Rubén Darío. ¡Hombre! Este es el colmo de la mentecatez. ¡Erigirle un monumento, en la gloriosa ciudad de los Césares, a un cabronazo como Darío, el borracho más hediondo que han producido aquellos miserables paisecitos de Centro América!

   Felipe se echó a reír y él continuó:

   ─ Rubén Darío, que sólo escribió babosadas, disparates incoherentes sin pies ni cabeza, para solaz de los que habitan manicomios, merece, no una estatua sino un baldón de ignominia por su asquerosa vida de bohemio sin ápice de vergüenza. Yo lo recuerdo con una escoba en la mano, barriendo las calles de San Salvador, con un policía detrás, todo tembloroso y mugriento. En esa actitud deberían reproducir en todo su repugnante figura para colocarla en un sitio adecuado a la magnitud de su valía: una letrina o una cloaca.

   Ramos, con las manos en los oídos, se levantó despidiéndose:

   ─ Me voy, señor de las diatribas sangrientas. Mire ese cielo tan azul, vea qué luz, qué aire y dígame si debemos renunciar al goce de tales maravillas para amargarnos en una ingrata discusión, que nada bueno ha de producir y que pudiera llevarnos a un final desastroso. Vine a buscarlo creyendo que iba a pasar una hora amena en su compañía y veo que he llegado en uno de sus peores momentos.

   ─ Déjese de carajadas y de tópicos poéticos. Me…en ese firmamento que ustedes los soñadores llaman de zafiro, y en la luz y en el aire por seductores que le parezcan. No rehúya replicar lo que digo sobre el homenaje que intentan hacer a ese marrano que en mala hora sepultaron en la catedral de León, después de que unos cuantos carniceros con título le destazaron a su gusto arrancándole el corazón y el cerebro. Y no me amenace con finales desastrosos para los dos. Pudiera ser así para usted, no para mí, téngalo por seguro.

   Su acento volvióse más ronco e incisivo.

   Tenía Felipe en aquella hora natural el ánimo tan plácido, tan dispuesto a verlo todo por su lado sonriente que no sintió  aún ninguna peligrosa conmoción interior.

     ─ Adió, amigo, que mejore su hígado, que cambie de humor y no se altere por lo que hizo el pobre Rubén, el pobre y glorioso Rubén. Déjelo en paz en su tumba.

Y caminó dos pasos hacia la calle. Pero el venenoso viejo se interpuso y tomándole bruscamente de un brazo, exclamó:

   ─ No se corra, no rehúya la discusión. Defienda a su ilustre camarada. De lo contrario creeré que tiene miedo de mis palabras.
   Y miraba con una perversa sonrisa, al grupo de curiosos atraído por sus voces y  descompuestos ademanes.

    Una oleada caliente le subió a Felipe a la cara, como si hubiera recibido un bofetón, y, mirándole con dureza, exclamó:

   ─ Sea,  ya que usted así lo exige y ojalá de ello no se arrepienta. Pues bien: óigame. Todo lo que ha dicho de Darío me hace el efecto de una serie de rebuznos. ¿Quién es usted para difamarlo? Rubén merece que en todas las metrópolis del mundo se le inmortalice en los mármoles y  bronces porque es el supremo poeta del habla castellana en todos los siglos.

   Habíase detenido con los puños crispados y  a punto de perder su equilibrio moral cuando su contendor avanzó hacia él Le vio purpúreo y con los ojos moviéndose vertiginosamente en sus órbitas.

   ─ Ya veo ─ silbó iracundo ─ que usted es tan loco o más que los que endiosan a ese poetastro pinolero. Pues sepa que, a pesar de sus dogmáticos juicios, que sólo hilaridad me producen, yo valgo más que todos los Rubenes Daríos habidos y por haber y que todos sus necios admiradores. ¿Comprende? ¿O quiere que se lo repita?

   Y sus dedos, vibrantes de cólera, se aferraron a los hombros de Felipe, intentando sacudirle. Con un fuerte ímpetu se desasió éste de aquella presión, y cogiéndole súbitamente por el cuello, le dio tres puñetazos en la cara, zarandeándole como un pelele. Cuando empezó a gritar, pidiendo socorro, le soltó, retirándose de aquel sitio, apenando por su violencia.

Diciembre de 1941. 

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* Publicado en “ARIEL”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 15 de enero de 1942. Serie XXXVI. Número 27. Pág. 106. Director: Froylán Turcios.

RUBÉN DARÍO, CORONEL DEL EJÉRCITO. Por: Octavio Rivas Ortiz.

RUBÉN DARÍO, CORONEL DEL EJÉRCITO. Por: Octavio Rivas Ortiz. En: “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 15 de diciembre de 1939. Serie XIX. Número 56. Pág. 1418. Director: Froylán Turcios.

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RUBÉN DARÍO  VESTIDO CON EL HÁBITO DE CARTUJO
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     ¡Parecerá una paradoja! El alto vate quedó inscrito en el escalafón militar del año de 1892.

     Por aquellos tiempos nuestro aeda vivía vida insegura de aflicciones económicas, de ambulantes bohemias y de ensueños sin guía.

     Los hombres del partido privado del Presidente Roberto Sacasa, apodados Los piches, se apiadaron de la situación de pobreza de Rubén. En casa del general Hipólito Saballos –uno de los piches—, dieron en juntarse el Dr. Bengoechea, Francisco Huezo, Jesús Hernández Somoza y otros.

     Vino a la tertulia el caso triste del poeta. Cada quien opinó sobre la mejor forma de ayudarle. Pero acertó uno de los concurrentes, el que sugirió se le hiciera Coronel del Ejército para que percibiera un sueldo apreciable con qué enfrentarse a la existencia. En uno de los números de la Gaceta Oficial del mes de marzo de ese año del 92 aparece el acuerdo munificente. Desde esa fecha gozó Darío, si no de los honores, al menos de la dotación económica de ese grado. Después fueron su escapada de Nicaragua, sus libros, su Gloria. El Coronel quedó en su tierra como una anécdota de sus primeros días.



HA MUERTO EL PAPÁ DE MARGARITA. Por: Orosmán Rivas*.


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DR. LUIS H. DEBAYLE

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    En León de Nicaragua acaba de morir Luis H. Debayle. Este nombre queda unido por siempre a la historia íntima del mágico Rubén. Fueron amigos desde la temprana juventud y cuando para morir el poeta regresó a Nicaragua –como esas aves que después de hacer círculos concéntricos en la lejanía regresan suavemente al mido— Debayle quiso salvarlo de la terrible cirrosis hepática, haciéndole una punción.

                   Margarita, está linda la mar,
                   y el viento
                   lleva esencia sutil de azahar.

    ¿Quién qué es romántico y que ha leído a Rubén y verificado los paisajes que pinta en su maravilloso libro El viaje a Nicaragua, no sabe quien es Margarita Debayle? Ese poema, una de las más lindas miniaturas que han surgido en el aire límpido de nuestro idioma, fue escrito por el gran Rubén en una de las islas nicaragüenses que él llevaba siempre en el alma, en sus atardeceres mediterráneos o en sus mañanas lúgubres de París, adonde quiera que fuese con sus perlas y cisnes. El poeta había regresado a Nicaragua, después de larga ausencia, y su regreso fue como el de Sigfrido, con la espada victoriosa. Todos los jardines de aquel trópico se desbordaron para recibirle y todas las almas tejieron algo así como una alfombra para que pasara como el hijo pródigo que, después de rodar tierras, retornaba con las más envidiables pedrerías. Entre los antiguos amigos que volvió a oprimir en sus brazos estaba Luis H. Debayle, quien le acompañó a pasar unas vacaciones únicas en uno de aquellos parajes de fábula, que el volcán engrandece con su pureza milenaria en el fondo de tardes de amaranto y los pájaros –garzas o palomas— desfilan en largos silencios de blancura.

    Una de las más finas, nobles y puras almas que me haya sido dado conocer en mi vida, escribió Rubén sobre su gran amigo. Y en verdad que fue exacto en el elogio, porque Debayle no sólo fue un médico enamorado de la cirugía, sino que gustaba refugiarse en la atmósfera luminosa de los poemas para olvidar los problemas de Hipócrates. Era un caballero irreprochable, un camarada generoso. Enorgullecíase de tener entre sus antepasados al aeronauta Montgolfier y gustaba de interrumpir una consulta de paciente para recitar, en la tertulia que había dejado segundos antes, un poema de Verlaine o un fragmento de Hugo.

    Una vez dijo:

    —En 1880 Darío y  yo teníamos 15 años. Yo lo adiviné; fui de los pocos que le entendieron. Y cierta vez un doctor –como abundan muchos en mi país— me preguntó por qué estaba ciego de admiración hacia un muchacho tan callado y extraño como Rubén. Rodaron los años y se realizó mi augurio.

    Rodaron, sí; y los dos amigos volvieron a encontrarse en su querida, dulce, suave ciudad de León, y se hicieron un racimo de recuerdos. Debayle era entonces uno de los amigos del Presidente Zelaya, y es posible, ¿por qué no?, que haya influido en el ánimo de éste para que como el mejor regalo que Nicaragua podía hacer a su glorioso hijo pródigo, se le nombrase Ministro en Madrid.

    En la isla del Cardón se efectuaron las más bella vacaciones de aquel que –según la feliz expresión de Azarías Pallais— era uno de los siete príncipes de la luz. 1908 ardía en todo su esplendor solar. Y los dos amigos escribieron unas hojas volantes en las cuales, por lírico pasatiempo, dejaron cantares cuyo texto es poco conocido en Hispanoamérica:

    Decía Rubén:

                                   ¿Para qué tanto pensar
                               si en esta cosa tan pura
                               saboreamos la amargura,
                               la amargura de la mar?

                                   Los cabellos son de oro
                               y la faz de rosa té.
                               Ella le dijo: te adoro,
                               y él: jamás te olvidaré.

                                 No me repitas que existe
                              el remedio del amar.
                              La princesa estaba triste,
                              no se pudo consolar.
   
Y Debayle respondía:

                                 De la tristeza las brumas
                              brotan de mi hondo pensar
                              como brotan las espumas
                              de las ondas del mar.

                                 En su eterno movimiento
                              mueve la onda las arenas
                              y el mar de mi pensamiento
                              moviendo vive mis penas.

                                 Beber néctar, beber rosa,
                              beber elíxir de vida,
                              es ver tu pupila hermosa,
                              besar tu boca encendida.

    Ya no hay princesa qué cantar. En los labios de la divina Eulalia acabó la sonrisa y en el estanque sideral los cisnes heráldicos se han dormido para siempre. Otro es nuestro mundo poético; pero los dos amigos en la isla de los largos crepúsculos tropicales vagan como fantasmas de una ilusión, que, a través de la conturbadora época en que vivimos, sigue siendo más que un símbolo: el de la perfecta amistad más allá de la muerte.

México, abril de 1938.
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* Artículo publicado en ARIEL. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 15 de mayo de 1938. Serie VI. Número 18. Pág. 498. Director: Froylán Turcios.


DESVENTURADO PERCANCE. Por: Juan M. Mendoza.


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Fotografía publicada en el Diario Latino

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   Yendo Rubén Darío una tarde con el poeta Santiago Argüello de paseo por las calles de Madrid, en un coche de segunda clase, a lo mejor se encontraron, de manos a boca, con el gran político Sagasta. ¡Qué susto el de Darío! Revolviéndose de pena hizo lo posible por ocultarse, en el mismo coche, de las miradas de Sagasta. Pálido y demacrado del susto, Darío exclamaba: 

   ─ ¡Cómo es posible que Sagasta me haya visto en este destartalado vehículo!

    I no se cansaba de lamentar que, yendo en aquel pobre coche, hubiese cambiado un saludo con el director de la política española. Inútiles fueron las insinuaciones de Argüello por calmarlo. Darío temblaba, sudaba, renegaba de aquel inesperado percance.
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DESVENTURADO PERCANCE fue publicado en “ARIEL”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1 de agosto de 1940. Serie XXIV. Número 71. Pág. 1787. Director: Froylán Turcios.




domingo, 10 de enero de 2016

ENRIQUETA. Por: Rubén Darío.


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1 – Está agonizando la pobre niña, no lejos de mí. Ayer, no más, la he visto en el Colegio de Sión: morena entre las blancas, humilde entre las orgullosas, pequeña entre las opulentas. Pero tenía suavidad natural, inteligencia vivaz y una de las buenas religiosas me habló con amor y sentimiento de aquella tierna esperanza.

 Está agonizando. La fiebre la quema y la martiriza, y, en tanto que le emblanquece el rostro, le pone las manos convulsas. Vengo de verla. ¡Qué dolor da al alma ese cuerpecito que padece! Cuerpo de doce años, que acaba de recibir el primer halago de la pubertad; alma de doce años que acaba de sentir dos cosas divinamente incomparables: la ilusión y la fe.

2 – En medio del paraíso del ensueño la sorprendió el pálido espíritu del sepulcro. ¿Se la lleva Dios porque la prefiere? El verso pagano y la creencia católica se juntan en mi mente. ¡La muerte es tan terrible cuando llega delante del sagrado candor de la florida juventud! La edad de doce años la conoce Céfiro, la conoce Psiquis. Es la edad en que florece el primer botón del limonero. La paloma que vuela por primera vez es hermana de la niña que cumple doce años.

3 – ¡La niña se muere! La madre está llorando. Dice:

-¡Ay mi hijita!-

  I se le desgarra el corazón. No puedo poner artificiosas frases en este capítulo. No puedo hacer prosa que no me salga de lo hondo del corazón. Lo que escribo ahora es lo que miro y lo que siento. Sufro con la desgraciada mujer que ve a su niña lívida y agonizante; sufro con los que la ven morir; sufro por ese capricho de la muerte, que corta una flor nueva para echarla al negro río que no se sabe adónde va.

4 –Pero todo poeta –si no la tiene, debe robarla— posee la fe sublime y admirable. Y yo, el último de todos, pongo, cuando muere esta inocente, en su tumba, las flores de la Esperanza, que brotaron por primera vez en el paraje donde se plantó la Cruz de Cristo.

                                                 RUBÉN DARÍO

Costa Rica

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De Eduardo Pérez-Valle h., director-editor del Blogspot:

ENRIQUETA[1]  Relato colmado de un Darío atribulado y consternado ante el drama humano;  fue reproducido en la Revista “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas cuyo director fue Froylán Turcios. San José de Costa Rica, 15 de noviembre de 1939. Serie XVIII. Número 54. Pág. 1373. 

En Internet puede leerse la siguiente nota (.pág. 17) que pertenece al texto completo de la conferencia “Los Primeros Secretos de Rubén”, dictada por Don Gustavo A. Montalván Ramírez como parte la conmemoraciones promovidas por la Cancillería de Nicaragua en el mes de Junio de 2005, en el Salón de las Banderas de la Academia “José de la Marcoleta”. 

En las notas al pie de la página 17, el conferencista indicaba: “Esta versión aparece en antología de Rubén Darío. Cuentos. Colección Austral, No.880. ESPASA CALPE, S.A. Madrid. Quinta Edición 1978. (Pp. 158). Por la fecha se anticipa a la edición Rubén Darío. Cuentos. Editorial Oveja Negra. Bogotá, Colombia. 1985. (Pp.162). Ambas no tienen Introducción ni Notas; son similares en el contenido con la misma cantidad de cuentos y los mismos titulares. En este cuento de ENRIQUETA, se diferencia en el subtítulo que Colección Austral escribe (página obscura) en P.58, y Editorial Oveja Negra, escribe (página oscura) en P. 57. Rubén Darío. Cuentos completos. Ernesto Mejía Sánchez. No incluye este mini cuento, en las dos ediciones de 1994 y 2000.”

No obstante, debemos indicar que la “versión anterior, del área centroamericana”, a las referidas por el escritor Montalván Ramírez[2], corresponde a la revista “Ariel”, del año 1939.[3]. Por otra parte, al caso viene decir que, no siempre han publicado las editoriales y escritores, con apego estricto a lo creado por Darío; en algunas ocasiones los errores ocurren en el levantado de los textos; pero, hago referencia de este detalle porque el artículo de Rubén Darío que aparece en la publicación de Internet, correspondiente a Montalván Ramírez, deja conocer –en las versiones de las editoriales: Oveja Negra y, Austral,  la ausencia de algunos puntos y comas, y, una que otra palabra en la construcción gramatical primigenia. El texto que tengo el agrado de entregar a los lectores, está titulado “ENRIQUETA”, sin más título, ni otras faltas, y como hemos dicho, primero apareció en la Revista Ariel, cuyo representante Distribuidor (Agente) en Nicaragua fue, durante algunos años, don Ricardo Duarte Carrión (Pérez Díez) hijo del reconocido intelectual don Arturo Duarte Carrión.

NOTAS: 



[1] Este regio párrafo forma parte del cuento “Enriqueta (Página Oscura)”, que no tiene referencia de publicación ni fecha del manuscrito, pero sí sabemos que es la narración de una pobre niña agonizante, vista por Darío en su visita al Colegio de Nuestra Señora de Sión. El cuento “Enriqueta (Página Oscura)” es muy corto y no está registrado en casi todas las obras darianas ni mucho menos en las colecciones de cuentos de Rubén Darío en Nicaragua. (Párrafo extraído de la alocución de Dn. Gustavo. A. Montalván Ramírez).-
[2] Gustavo A. Montalván Ramírez, periodista y escritor nicaragüense, calificado por el Dr. Norman Caldera como “uno de los más distinguidos investigadores modernos sobre la infancia de Rubén Darío”.

RUBÉN DARÍO Y EL LEÓN. Por: Raúl Larra.


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Rubén Darío, de 45 años. 

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    En cierta ocasión encontráronse Piquet, Darío y Payró con Eduardo L. Holmberg, amigo de todos ellos y que dirigía por entonces el Jardín Zoológico. Ante una invitación del mismo le acompañaron hasta los pagos, donde la más heterogénea fauna comenzaba a ensayar sus voces en un endiablado coro, denunciador del hambre de las bestias.

    Paseando por el Jardín, Holmberg se detuvo ante la jaula de un crinudo león que descansaba su aparente domesticidad, semi-adormilado. Acarició Holmberg la melena empenachada del animal, e invitó a Rubén a que lo imitara, respondiendo de su mansedumbre. Animóse Darío ante el ejemplo y extendió la mano, repasando suavemente la soberbia cabeza del león. Dioses y  bestias hicieron pacto –podría decir el poeta recordando su verso.

    Holmberg, espíritu bromista y socarrón, enrollaba entretanto un pelo del animal para acabar dando un formidable tirón.

    La bestia lanzó un potente rugido, cuyo desplazamiento de air echó para atrás a Piquet y a Payró, mientras Darío salvaba de un salto limpio la cerca de seguridad, poniendo considerable distancia entre las rejas y su persona.

    Holmberg reía… I pasado el susto comentó:

    ─ ¡Nunca creí que Darío tuviera tanta agilidad!

Fragmento de Payró y La Bohemia literaria.—

Nosotros, Buenos Aires, marzo de 1938. 

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*Publicado en “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 15 de junio de 1938. Serie VII. Número 20. Director: Froylán Turcios.

EL FUNDADOR*. Por: Hernán Robleto


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RUBÉN DARÍO

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    La abuelita se desalentaba ya. Hubo momentos en que se mesara los blancos cabellos, desesperada. Las tías iban de casa en casa, preguntando:

    ─ Es Rubencito. ¿No han visto a Rubencito?

    En la briosa mula salió el tío Sarmiento en busca del niño.

    Las vecinas comentaban en la plaza.

    ─ Se ha perdido el cabezón. Hace tres días no aparece…

    ─ ¿Quién? ¿El que toca el órgano?

    Apenas tenía siete años. Ya le habían crecido las alas en los tobillos y la andanza era como un bíblico imperativo.

    El tío dio con él en lo más enmarañado del potrero… Y como la montaña besaba al pueblo…

    Detuvo la mula, sin hacer ruido, porque le obligaba a abrir los ojos, desmesuradamente, el hecho en que no quería creer. Pegado a la ubre rosada de una vaca, el niño sorbía la leche blanca que se hacía espuma en los labios sedientos.

    Sangre de toro tropical, potente y dulce como su lira, tomaba la fuerza del bucólico episodio para igualar a Rómulo y Remo en la fundación que ha extendido su imperio en los horizontes que no soñara el romano.

    El reino de Rubén Darío ha oído la música nueva, la trompeta nueva que trajo la gama en su sonido y en su color: rumores de selvas americanas, pasajes versallescos, cantos a la Raza, chocar de flechas nativas en lo alto, curvas armoniosas sorprendidas en las mujeres desnudas en los bosques griegos y  en los heráldicos cuellos de los cisnes…

    Lecha milagrosa de aquella mansa vaca nicaragüense, que indudablemente tenía el poder para alimentar a un Hércules. ¡Leche de la vaca nicaragüense!

    Esto pasó en Metapa de hace poco, en el pueblo de Chocoyos, de antaño, en la Ciudad Darío de hoy, allá en un amado rincón de cuyo nombre quiero siempre acordarme…

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*Artículo publicado en la revista “ARIEL". Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1 de noviembre de 1938. Serie X. Número 29. Página 772. Director: Froylán Turcios. 

RUBÉN DARÍO EN HONDURAS. Por: Medardo Mejía*.15 de noviembre de 1938.

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RUBÉN DARÍO. León, Nicaragua, 1899.

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    Yo creo que habéis oído hablar del Reverendo Padre Juan José Sahagún de la Santísima Trinidad Reyes. Nació en la risueña Villa de San Miguel de Tegucigalpa y Heredia. Se instruyó en letras divinas y humanas en la vieja ciudad de León y en la noble ciudad de Guatemala. Dióse en cuerpo y alma al altar. Compuso misas, música sagrada, villancicos a la Virgen María, pastorelas para divertimiento de los jóvenes. Fundó con otros tegucigalpenses, la Sociedad del Genio Emprendedor y del Buen Gusto, que más tarde llegó a ser la Universidad Central de Honduras. Dijo del General Cabañas en un verso inmortal que, laurel de vencedor llevaba aún vencido. Se burló del General Morazán en décimas que todavía recuerdan los separatistas. En tiempos de escasez regaló el maíz de la casa contra la voluntad de su hermana, sosteniendo que Dios daba ciento por uno. Casi llegó a ser obispo. Y por fin un día, sin cansarse de hacer el bien, de rendir culto a su verdad y de hacer loas a la belleza, entregó su alma al Señor. Pero el Padre Reyes, como acertadamente expresa Marcelino Menéndez y Pelayo, fue en el siglo diecinueve un sobreviviente del siglo trece. Inspiróse en los sagrados comienzos castellanos. Su espíritu se halló muy cerca de Gonzalo de Berceo, el inolvidable Arcipreste y  el Marqués de Santillana. Y renunció a todo lo demás, en cuenta el siglo de oro, el Padre Granada, Fray Luis de León, Santa Teresa, Lope, Calderón y el inmenso Manco de Lepanto. Como del Padre Reyes me interesa el poeta, diré someramente que su concepción artística respondió justamente al estado cultural de Honduras en la mitad del siglo décimo nono. El feudalismo estaba crudo. Y él en arte era un reflejo del feudalismo. Los campesinos leen y representan las pastorelas con el mayor gusto. Pero los hombres mejor informados no pueden menos que sonreír. Sin pretensiones de ningún género si a mí se me pidiera opinión, diría a mis paisanos: ¡Por Dios, ya no hablemos del Padre Reyes!

    La revolución del 71 en Guatemala repercutió en Honduras. Gracia a ella llegaron al poder Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa, ambos racionalistas y ambos románticos. La corte republicana tuvo su poeta en el cubano José Joaquín Palma. El cisne de Bayamo demostró que sabía improvisar en fiestas patrióticas, bailes, banquetes, paseos a Valle de los Ángeles, en fin, la mar. Y  claro, tuvo imitadores. Manuel Molina Vijil, Carlos Alberto Uclés, Rómulo Durón y tantos otros que escribieron versos, imitaron a Palma en sus décimas apretadas de caballeros vestidos de hierro, princesas encantadas, castillos solitarios y todo eso que es feudalismo de un nuevo tipo y que todavía tiene admiradores en los rezagados.

    Cantó Rubén Darío en Nicaragua, y las letras hondureñas se tornaron hermosas. Apareció José Antonio Domínguez escribiendo audazmente el Himno a la Materia y fugándose de la vida a la manera de Silva. Froylán Turcios cultivó el simbolismo  y dio a conocer por medio de sus revistas admirables las literaturas extranjeras. Juan Ramón Molina aspiró a la nitidez que alcanzó  Guillermo Valencia. Luis Andrés Zúñiga escribió versos que tiene puntos de contacto, por la sutil melancolía y el poder evocador, con los líricos portugueses. Rafael Heliodoro Valle ha dado una poesía que es un vivo sentimiento idealizado de la infancia y  de la tierra natal, de la que recoge  y amplía sus leyendas. Alfonso Guillén Zelaya es el poeta del modernismo panteísta; en su poesía tiene la religión de la tierra y el culto de las aguas, a la manera de los grandes poetas primitivos. Hay más espíritus cultivadores del arte y creadores de belleza. Pero aquí sólo quiero referirme a los mayores.

     En otras ramas, Paulino Valladares siempre tuvo a la vista la prosa de Los Raros. Salatiel Rosales, el escritor más documentado de Honduras. Céleo Dávila y Abel García Cálix. Joaquín Bonilla y Alejandro Cabrera Reyes Julián López Pineda y Guillermo Bustillo Reina. Gregorio A. Velásquez y Federico Peck Fernández. Y paro de contar.

    No ha sido una imitación servil la de los hondureños. El vate de Cantos de Vida y Esperanza no hizo más que señalar los horizontes, los vastos horizontes. Hoy, como el maestro está en su santo sepulcro en León, y no hay un guía que tenga igual o parecida audacia, las letras hondureñas están de capa caída. Barba Jacob ha influenciado un poquillo. Pablo Neruda, otro poquillo. Vicente Huidobro, otro. Federico García Lorca, otro. Pero hasta allí. Porque hay que convenir que en nuestros tiempos todo lirismo tiene que resultar fallido ante el dramatismo del mundo.

     De lo anterior sacamos la conclusión de que Darío fue el propulsor de las letras hondureñas en el período del llamado modernismo. La conclusión la podemos generalizar a toda Centro América. Pero hoy, como no hay maestro, no hay letras. Y  aquí viene el objeto preciso de estas líneas. Como no hay maestro hay que seguir estudiando a Darío en sus acuerdos y discrepancias con nuestros tiempos. Hay que buscar la ruta, a causa de él. O por lo menos que siquiera no se apague la devoción por el arte  y la belleza. Dicen que los niños griegos aprendían a leer en la Ilíada. Si yo pudiera haría que los niños centroamericanos recitaran todas las mañanas versos de Cantos de Vida y Esperanza. A fin de mantener, cierto tono lírico, cierto entusiasmo y cierta fe en los corazones que heredarán nuestras miserias, y también, si las tenemos, nuestras grandezas.
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* Medardo Mejía. Poeta, gran escritor hondureño, [[periodista] y académico. En sus obras manifiesta los problemas sociales que se vivieron en su país, y además ver la gran valentía por luchar contra todos aquellos que querían hacer daño a las personas humildes. Ha sido uno de los escritores más polifacético y prolífico dentro de las letras hondureñas. Ensayista e historiador, trabajó con muy buen suceso géneros como la poesía, el cuento y el teatro, además, no sólo se formó en el periodismo, sino que lo ejerció con gran acierto. Influido por la filosofía marxista, su interpretación histórica estética está basada en el Materialismo Histórico y dialéctico. Fundó la Revista Ariel, (1964-1976), retomando la labor de difusión iniciada por Froilán Turcios Canelas. (Datos biográficos tomados de Internet).
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Publicado en la revista “ARIEL”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 15 de noviembre de 1938. Serie X. Número 30. Director: Froylán Turcios.


RUBÉN DARÍO EN LAS MEMORIAS DE FROYLAN TURCIOS*


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CIV

     ¡Cuántos ilustres personajes conocí en las siete semanas de mi permanencia en Río de Janeiro! Manuel Montoro, Walker Martínez, el Presidente Rodríguez Alves, el barón de Río Branco, Guillermo Valencia, Decoud, Graca Aranha, Francisco de la Barra, Manuel Gondra, Fabio Luz, Samuel Blixen, el conde Prozor, Melián Lafinur, Gonzalo de Quesada y treinta más. Pero, entre todos, Rubén Darío. Este, y Rafael Uribe Uribe, concentraron mi máximo interés. En ellos encontré los dos selectos tipos de humanidad más antagónicos. Uribe, todo médula y acción, poseedor de los más excelsos dones morales: austero, franco, abnegado, valeroso, audaz, persuasivo, simpático, dominante, sin un vicio: rarísimo ejemplar del ideal del caballero perfecto. Orador de trascendental ideología, prosista diáfano y sintético, causeur fluido y admirable, afectaba una despectiva incomprensión por las exquisiteces verbales de algunos célebres poetas, por las rimas que no contuvieran un potente hálito emotivo, un fecundo ritmo creador. Varón sencillo, de apostura elegante y marcial, tendiendo siempre a la claridad y a la línea recta, de airoso paso, de amplios y justos ademanes, blanco, fino aristocrático. Rubén, pasivo, nulo ante cualquier actividad que no se relacionara con la pluma, calificando de salvajes a los valientes y desentendiéndose de las proezas cívicas o heroicas, medroso, egoísta, dipsómano, difícil de palabra, feo, de movimientos indecisos y tardos, maestro imponderable en el dominio de las celestes músicas, la más brillante cumbre de la poesía castellana de todos los tiempos.

     El gran colombiano mostrábase indiferente ante la obra prodigiosa de Darío, a quien no perdonaba su pose ególatra, ni su sempiterna sed de los brebajes malditos.

     ─ Este magno poeta desearía que el mar fuera de coñac para ahogarse en sus ondas.

     El mejor discurso –el único de oceánica profundidad que se pronunció en aquella asamblea de las Américas fue el de Uribe Uribe, fértil en esenciales ideas, como para ser grabado en la eternidad de los bronces. Rubén apenas lo escuchó, sumergido en sus continuas abstracciones. I si acaso habló de él o de su autor en alguna de sus bellas crónicas para La Nación de Buenos Aires fue por incidencia o por no contrariar la corriente de elogios con que se recibió en el Brasil aquella extraordinaria pieza oratoria.

CVII

     En el suntuoso salón de sesiones de la Conferencia, en el Palacio Monroe, los secretarios ocupábamos la segunda fila de butacas. Una mañana, mientras reinaba el silencio interrumpido apenas por el acento monótono de un viejo tribuno atrayendo el sueño de los concurrentes, noté que Rubén me hacía una señal con la diestra, llamándome. Acudí al punto y con amargado rostro me dijo en voz baja:

     ─ Estoy en una situación peligrosísima de la que Ud. puede librarme. Mi vecino de la izquierda es un señor Becú, que me odia a muerte por un tonto asunto de carácter literario en que yo intervine por petición suya. No me dirige la palabra y en cambio me lanza cada dos minutos con los ojos provocaciones iracundas, alternándolas con sonrisas equívocas. ¿No podría usted pedirle un cambio de sitio? Pues de continuar yo así estaría expuesto a un atropello o quizá a cosa más grave.

     Abordé en seguida a Becú que, con el pensamiento a mil leguas del ilustre vate, sumergíase plácidamente en la lectura un grueso volumen. Le expuse mi deseo de estar cerca del maestro, accediendo en el acto y con la mayor cultura a mi demanda. Un momento después, recogidas las llaves de los respectivos escritorios, quedé instalado junto a él. Cuando al finalizar la sesión bajábamos la marmórea escalinata exterior, Darío, rebosando gratitud, y con el acento que empleaba en los instantes solemnes, murmuró abrazándome:

     ─ Me ha salvado usted la vida.

     Con gran esfuerzo pude retener la risa.

     De este modo, viéndole y conversando con él dos veces por día, en la mañana en el Palacio Monroe y en la tarde en su estancia del Hotel Vista Alegre, estudié, analicé, al artífice supremo de nuestro idioma, que apasionó mi adolescencia. Pareció encariñarse conmigo, pues cuando yo no acudía a la hora de costumbre me llamaba por teléfono y hasta fue en una ocasión en automóvil a buscarme. Sus simpatías o afectos no traspasaban cierto límite estrecho y convencional. El no daba de su persona sino partículas  insignificantes. De aquí que no contara con un verdadero y fraterno amigo en el sentido absoluto del término. Se le admiraba, pero seguramente no llegó a inspirar, en los que le conocieron, profundas afecciones. Cuantos ponderan su excepcional cariño por el maestro o compañero falsean la verdad a sabiendas de su error. Rubén se adoraba con exceso a sí mismo para conceder a nadie, por elevado que estuviera en su concepto, un átomo de su ser. I sabido es que quien no da o siembra, ni recibe ni recoge. En Río y en París le traté con relativa confianza. Intimidad no tuvo con ninguno. Le conocí hasta donde era posible bucear en su piélago recóndito, casi siempre amurallado por su orgullo. Teniendo plena conciencia de su valer, exagerábalo hasta la hipérbole cuando se enfadaba o sufría perturbaciones alcohólicas. Asombrábase de la impetuosidad de mi juventud, de mi audaz manera de expresarme y de actuar, de mis atrevidas opiniones que, en su fuero interno, consideraba probablemente irrespetuosas.

     Hablábale una vez de mi propósito de editar dos elegantes volúmenes con sus mejores prosas y poesías. Una íntegra selección presentada por mi mayor aptitud estética.

     ─ La tarea sería muy difícil— exclamó— por la uniforme calidad de mi obra.

     ─ Yo no la juzgo así –le repliqué— y hasta considero que no hay dos páginas suyas de igual mérito. En esos dos tomos exprimiría hasta lo imposible todos sus libros; los exprimiría  hasta extraerles la esencia sobrenatural, el oro auténtico y magnífico, el radium fulgurante. I, obtenida esa finalidad, nadie habrá hecho tanto por su gloria como yo.

     ─ ¿I cuántas páginas contendrían esos dos volúmenes?

     ─ En octavo trescientas el de prosas y ciento cincuenta el de versos.

     ─ ¿I con el resto haría un auto de fe?

     ─ No. Con él pudieran formarse veinte renombres. Pero el supremo en las letras españolas se condensaría en metal eterno en esos dos libros únicos y  definitivos.

     Le mostré la nómina de los textos escogidos. Entusiasmado, manifestó su resolución de facultarme ampliamente y por escrito para realizar en cualquier tiempo mi proyecto, reconociendo de antemano, por la demostración de mi aptitud, que en esas cuatrocientas cincuenta páginas quedaría el resumen de lo mejor y más elevado de su cerebro y de su espíritu. Al día siguiente me entregó aquella nota, que algunas semanas después publiqué en El Liberal de Madrid. Luego me pidió mi álbum de viajes para dedicarme su recuerdo. Como no lo tenía, compré uno. En una primera página tituló sus bellos versos[1]. Aun guardo ese libro lleno de firmas ilustres.

CVIII

     Por ese tiempo sintió Darío un verdecer de ilusiones por la seductora Greta Prozor, hija del conde Prozor, el insuperable traductor de Ibsen. Ponderaba a cada instante el ingenio del padre, sus frases de gran señor, su prestancia caballeresca, para después exaltar, hasta el último límite de la admiración, a la esbelta doncella, dedicando a sus floridos quince años los más puros y amorosos madrigales. 

     Invitados por él a una comida en sus estancias Guillermo Valencia, Samuel Blixen, Molina y yo, al sentarnos a la mesa vimos que ocupaba un sillón a su izquierda un individuo de impecable indumento, alto, sonrosado y hermoso, de ojos azules y larga barba de oro. Ninguno le conocía, y Juan Ramón, intrigado por tan gallarda figura, le examinaba con respeto, sonriéndole cordial.

     Hubo un minuto en que el anfitrión se sintió indispuesto y pidió permiso a sus amigos para retirarse a su dormitorio por algunos instantes. Al levantarse hizo lo mismo el desconocido, en cuyo brazo se apoyó Rubén al salir.

     Reapareció el poeta sin su acompañante. Continuó el ágape, gratamente amenizado por la exquisita erudición de Valencia y las paradójicas anécdotas de Blixen, sabio en máximas letras y en sexuales experiencias.

     En un silencio sólo alterado por el cambio de platos, Molina, solícito, interrogó al maestro:

     ─ ¿I el conde no volverá?

     ─ ¿Qué conde? ─  preguntó a su vez Darío, con gesto de sorpresa.

     ─El conde Prozor, que salió con usted.

     Rubén rompió a reír. I con un tono de regocijada ironía y el movimiento característico de su mano derecha, exclamó sentencioso:

     ─ Cuidado con incurrir en el delito de las imposibles confusiones. El hombre a quien usted se refiere es mi criado Sedano. [2]

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 Notas:

[1] Vi, en la edición de hace varios años de una parte de sus poesías, esos versos escritos espontáneamente en mi álbum, sin expresar a quien fueron dedicados. Ignoro si tal supresión fue hecha por Darío o por su editor. Nunca me interesé en averiguarlo.
[2]  Julio Sedano, de México, quien por seguir a Darío al Brasil en 1906, abandonó en París a su bella mujer y a su hijo. Semejábase tanto a los retratos del emperador Maximiliano que burlones amigos le convencieron de que fue su padre el desventurado archiduque. A hacer más posible  el caso contribuía la fecha de su nacimiento. Como –según Armand Praviel— aseguróse que el príncipe austríaco era hijo adulterino del duque de Reischslad, y, por tanto, nieto de Napoleón. Sedano debió suponerse tataranieto del Capitán del Siglo. No sólo en su aspecto físico, sino también en su trágico fin, existió aquella semejanza. Envuelto en un proceso de espionaje, Sedano fue fusilado en París en 1917. 

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* Este artículo pertenece al libro “MEMORIAS de FROYLAN TURCIOS”, capítulos CIV – CV – CVI.,  y fue publicado por entregas, en la Revista “Ariel”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1 de diciembre de 1939. Serie XIX. Número 55. Pág. 1389. Director: Froylán Turcios

¡POBRE, POBRECITO RUBÉN DARÍO! Por: Eduardo Avilés Ramírez.

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    Hoy he tenido una de las emociones literarias de mi vida más profundas y turbadoras.

     Era el mediodía. Caían sobre el Sena y sobre los quais, sobre los árboles y sobre las casas, plumitas ligeras de nieve. Hacia un frío de lobos. Las plumitas se acumulaban sobre las aceras y  sobre os abrigos de los transeúntes, en las ramas esqueléticas y negaras de los árboles. Iba yo con un amigo sobre el quai de Conto, echando vistazos lentos sobre los libros y sobre las estampas del mercado de Libros Viejos de París, esa vasta  almoneda de venerables ediciones, rastro de la literatura de la poesía y de la ciencia de la inmensa capital científica, poética y literaria del mundo. A nuestra izquierda se alzaba, con un manto de nieve sobre sus hombros duros, la casa en que nació Anatole France. A nuestra derecha, el Sena arrastraba anchas placas de hielo bajo un leve tul de neblina azulina. 

     ¿Qué mano misteriosa nos detuvo, de pronto, frente a un cajón de libros viejos? ¿Por qué miré yo los títulos de los libros que contenía? Lo cierto es que mis ojos se clavaron sobre una venerable edición de un libro en español titulado Opiniones. Rubén Darío estaba allí, clavadito en la picota gloriosa del rastro librero de París. Naturalmente, lo compré sin siquiera abrirlo: dos francos y 25 céntimos. Mi amigo y  yo nos fuimos a un café de la acera del frente, cubiertos de nieve hasta parecernos a esos curiosos soldados de Finlandia que nos comunica el reportaje gráfico de la guerra ruso-finlandesa. Nos quitamos el uniforme finlandés, nos sentamos en una mesita, pedimos dos aperitivos, y yo abrí el libro de Darío, con mano ligeramente emocionada.

     Me quedé de una pieza, como dicen en España. ¡No quería creer lo que veían mis ojos! – El volumen estaba dedicado por la propia mano de Rubén Darío… ¡a Remy de Gourmont Textualmente reza así esa histórica dedicatoria: 

                    A mi ilustre amigo                                                        
                      Remy de Gourmont,
                      con la admiración y afecto de  

                                                                 Rubén Darío
París, 1906.

     Comenzamos a hojear el volumen. Viejas, viejísimas prosas que resbalaban a trechos espaciados en la memoria y que estaban allí intactas, casi virginales. De pronto llegamos a la página 49. Es un capítulo que se titula: Libros Viejos a Orillas del Sena.

     ─ ¡Qué casualidad! ─ le digo a mi amigo ─ ¡y yo que acabo de comprar este libro viejo a orillas del Sena! Vamos a ver lo que dice…

     Lo que dice es triste. Se queja, el pobre gran hombre, de que los libros vengan a parar, la hojita de la dedicatoria arrancada, a esta vasta almoneda, a este indescriptible panteón de las glorias. Dirigiéndose a sus colegas de América, les dice en un párrafo: “Los que enviáis libros a estos literatos y poetas, a estos queridos maestros, no sabéis que irremisiblemente vais a parar al montón del libros usados de los muelles parisienses. He comprado, entre otras obras de amigos míos, un tomo dirigido a Jean Richepin por un joven hispanoamericano, tomo de estudios sobre autores de Francia, en los cuales estudios hay uno dedicado al susodicho maestro, ditirámbico, ultrapindárico. La dedicatoria, lo más respetuosamente escrita, y dentro del libro, en la parte dedicada a Richepin, una carta sentida y humilde. Pues bien, Richepin ni se dio cuenta del libro, ni le importó un ardite la dedicatoria, ni tocó la carta, y por treinta céntimos hice el rescate…”


     Me quedé frío, con el volumen de Opiniones en la mano. No fue sino hasta después de haber leído este terrible párrafo que me di cuenta de que estaba desflorando, hoja por hoja, el libro de Darío. ¡Remy de Gourmont no lo había leído! ¿Es que siquiera se dio cuenta de la dedicatoria? ¿Y de que el libro contenía un ensayo sobre el mismo Gourmont?

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*Este artículo fue publicado en la revista “ARIEL”. Quincenario antológico de Letras, Artes, Ciencias y Misceláneas. San José de Costa Rica, 1 de mayo de 1940. Serie XXII. Número 65. Pág.1631. Director: Froylán Turcios.