miércoles, 23 de julio de 2014

LO QUE CUENTA EL CLARÍN DE ÓRDENES DE BENJAMÍN F. ZELEDÓN. Por: Juan Ramón Avilés. En: Los Domingos, Suplemento Ilustrado de "La Noticia"

LO QUE CUENTA EL  CLARÍN DE ÓRDENES DE BENJAMÍN F. ZELEDÓN. Por Juan Ramón Avilés. En: Los Domingos, Suplemento Ilustrado de “La Noticia”. Año VIII. No. 375. Páginas 1-2.
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    Yo, yo, yo, fui el clarín de órdenes del doctor Zeledón –dice el viejo soldado a quienes quieren oírlo—sobre todo los sábados, cuando se enchispa. “¡Yo fui el clarín de órdenes del doctor Zeledón!” repite, y se cuadra militarmente, y parece que su camisa rota se cubre de charrateras…

    ¡El clarín! Hijo del cañón, flor de bronce, boca que pronuncia al ejército la orden breve y brava del guerrero. ¡Clarín! Aguda onomatopeya que llena de voces y de ecos los campos del lauro, entre cadáveres y banderas… Así se comprende la vanidad del viejo soldado que por entre los girones (sic) de la camisa desgarrada por la pobreza, exhibe el tatuaje de las cicatrices de cuarenta combates y cinco balazos…

    --¿Y de dónde eres?

    -- Nací en Rivas, el día de San Pantaleón, de 1863 y me llamo Pantaleón Álvarez. Fui discípulo de Máximo Jerez; él y su hijo Ramón me dieron clase en el Colegio, que por cierto, quedaba frente a la casa de las niñas Cárdenas, que fue en la que yo me crié, o, mejor dicho, me criaron.

    -- ¿Y hasta qué grado llegaste, Pantaleón?—Le pregunto, refiriéndome a su aprendizaje en el Colegio.

    Mi grado era de Capitán cuando el Presidente Zelaya; pero el doctor Zeledón me ascendió a Sargento Mayor,-- contesta en su orgullo de soldado.

    Luego me narra: --Llegue a Managua con el Dr. Adán Cárdenas, en cuya casa vivía en Rivas, cuando Cárdenas vino a tomar posesión de la Presidencia. “Pero no porque fuera conservador yo, sino porque quería rodar fortuna, conocer mundo. Rivas ya me tenía fastidiado.

CÓMO SE HIZO “CLARÍN”

    --¿Qué cómo me hice “clarín”? Pues verá usted, me reclutaron el año del 83. Yo estaba sentado en una banca, en el cuartel, y el General Talavera le ordenó a Luciano Herrera alias “Pelón”, que escogiera unos cuantos muchachos para la banda de guerra. ¿No se acuerda del Pelón? Fue el que mató a la Estalisnada Lera, hermana de la Chabela Lero, un 8 de diciembre por cierto…

    En la guerra con Justo Rufino Barrios, me despacharon con las tropas que iban a El Salvador a ayudar a Zaldívar. La tropa la componían 100 managuas, 100 leoneses y 100 chinandeganos. Gervasio Manzanares, Tata Bacho tuvo la culpa, porque echó un viva a Nicaragua y los salvadoreños abrieron fuego. ¡Seis horas de combate por un grito! Hasta que se dieron cuenta que estábamos matándonos sin motivo. Yo era el clarín. Creo que fue un 15 de junio, en la batalla de la Iglesia de Santo Domingo.

    Salido del ejército, me hice albañil, y así estuve, entre cal y arena, hasta que en la guerra del 94 con Honduras volvía a coger el clarín. Luego pasé a la Costa Atlántica, con las tropas que llevó el doctor Madriz cuando Rigoberto Cabezas estaba reincorporando la Mosquitia. Yo iba de clarín de órdenes del General Portocarrero. El otro clarín era El Gorgojo, Alejandro Hernández, a quien más tarde otro clarín, Pedro Reyes, El Pajarito, mató aquí en la costa del Lago de Managua: le hundió un puñal y para metérselo más le daba con el tacón del zapato… Pero al Pajarito también lo mataron de un balazo en la batalla de Namasigüe...

LA REVOLUCIÓN DE 1912

    --¿Y cómo conociste al General Zeledón?

    --¡Ah! Al doctor Zeledón? Pues verá usted. El 23 de mayo de 1912, Daniel Mena, jefe de la fortaleza de San Francisco, en Granada, huelió la Guerra y le pidió al General Bartolomé Víquez, Comandante de Managua, que le recogiera a todos los “clarines” y se los mandara. Yo trabajaba como capataz de los jardineros en el Parque de Managua. Me “vendió” Ricardo Masís, --uno a quien yo le enseñe a “clarín”, --y me reclutaron junto con Hipólito Díaz y otros que sabían tocar atención, enviándonos a Granada. El 29 de julio a medio día estalló la revolución. Daniel Mena me llamó y me dijo: ¡Clarín! ¡Súbase al campanario y toque orden!... (Pantaleón se interrumpe y me dice: --Oiga jefe, deme diez centavo para un reconfortante. He hablado mucho, y como tengo que contarle mucho para que escriba un libro, quiero refrescarme la garganta. Cinco minutos después Pantaleón regresa y continúa:)

    --…Encaramado en la torre, toqué atención y vi venir a los granadinos con divisas mitad verde, mitad rojas. La Banda tocó generala. Y todo el mundo fue a las armas. Cuando bajé, Daniel Mena me dijo: --¡Clarín! Le queda reconocido su grado de Capitán en la orden del día. Pero usted no se irá hasta que yo salga de aquí. Quedará como jefe de los clarines.

    Había unos cuarenta “clarines”. Yo me entendía en escoger al que iba con cada compañía. Cada compañía se compone de cien hombres con cuatro sargentos, cuatro cabos primeros, un brigada, un capitán y un mayor; cuatro compañías forman un batallón, con un general de brigada, y varios batallones un regimiento que manda un general de División.

DE NANDAIME A MANAGUA

    --Un día llegó el General Adán Espinosa a la fortaleza, y fui despachado con él a Nandaime, a atacar al General Masís, pero cuando llegamos ya Masís se había ido. Sólo el alcalde estaba enterrando muertos y curando vivos. Nos volvimos a Granada, y de paso se nos llevó a la estación, donde ya estaba un tren esperándonos para marchar a Managua, a reforzar al doctor Zeledón que estaba bombardeando a Managua. Llegamos casi a la Quinta Nina el 11 de agosto. No pudimos entrar a la Capital, y el 14 fuimos a fortificarnos a Masaya…

    --Pero bien, --¿cómo te conoció el General Zeledón?

    --Pues cuando estábamos atacando Managua, el doctor Zeledón le preguntó al General Espinoza: --¿Este es su clarín, General?

    --Sí, él es.

    --¡Pues me lo va a dejar a mí!

    Y desde ese momento yo fui el clarín del doctor Zeledón, hasta su muerte.

    Llegados a Masaya, el doctor con su estado mayor ocupó la casa del Cabildo. Los generales eran Tomás A. Vargas, José María y Horacio Zelaya y Claudio Saravia. También el Coronel Porfirio Pérez. Un día, cuando nos atacaban del lado de las alturas de Catarina, el doctor Zeledón estuvo a punto de morir. Haría cinco segundos que se había levantado de un sitio cuando cayó en propio lugar una granada; pero el único herido fue Eligio Almendares. El doctor dispuso inmediatamente trasladarse al Bautisterio del templo parroquial, en el piso bajo de la torre. ¡Los malditos tenían una gran puntería! Esa misma noche se oyó un cañonazo aislado y ¡zas! Pegó en la torre. Debajo estábamos nosotros.

    Poco después comenzó el sitio a Masaya. Nos quitó la Laguna el enemigo para cogernos por sed, pero la recuperamos a punta de bala, y Zeledón recogió todas las pipas para hacer provisión de agua.

    La batalla seguía. Se peleaba por donde quiera. Los americanos ayudaban al enemigo. Pero el General Zeledón, ¡era hombre, muy hombre! (Y aquí Pantaleón suelta una interjección viril de campamento).
UN EPISODIO

    El 30 de septiembre llegó de parlamentario el suegro del doctor, que también es doctor, Gerónimo Ramírez, con un hijo suyo, Federico. Llegados al Bautisterio, el doctor les quitó las vendas. Querían que se rindiera. Que Emiliano Chamorro no quería más derramamiento de sangre. El doctor Zeledón llevó a su suegro hasta la ventana, y le dijo, señalándole El Coyotepe, --Asómese. Todo aquello que ve usted allá, son cañones. Yo los voy a pasar por ahí, para que los vea. Esos cañones contestan por mí.

    --Pero recuerda a Estercita, tu esposa, recuerda a tus tierno hijos: --dijo don Gerónimo.

    --No tengo esposa ni hijos en este momento. Sólo quiero tener patria. Diga que Benjamín Zeledón no se rinde; que no entrego Masaya; que vengan a tomarla como hombres…

    Y los desvendó, para que regresaran al campamento enemigo.

    Eso era el doctor Zeledón. Aquel sí que era un hombre… ¡Y yo era su clarín!
EL 4 DE OCTUBRE

    Comenzaba a amanecer el 4 de octubre, cuando el doctor me despertó. –Pantaleón. Salga a ver si hay novedad.

    Salí. Todo estaba tranquilo. Los soldados estaban jugando a los dados.

    Regresé: --- ¡No hay novedad General!

    Un rato después, a las 5, le dije: --- Oiga General, ¡un balazo por el lado de La Barranca!

    Se nutrió el tiroteo por ese lado. Y luego en toda la línea de fuego. A las seis de la mañana vimos que flotaba en la altura del Coyotepe el pabellón de los yankes.

   El doctor montó a caballo, con sus valientes ayudantes, Debelberto Solórzano y el hermano de éste. Yo monté también mi caballo y fuimos a El Calvario, donde estaba el general Murillo. Se estaba peleando ahí. Después fuimos al lado de La Barranca, donde estaba el general Juan R. Núñez; todavía peleaban, pero ya estaban casi deshechos. Fuimos a recorrer el resto de la línea, y por el lado de Monimbó hallamos al general Agustín Bodán, apenas con 5 soldados defendiendo como tigres una trinchera. Lo atacaban desde Monimbó y Magdalena. Seguimos recorriendo la línea y llegamos al retén de El Coyol. Todo aquello era insostenible. Rompimos ahí el aparato telefónico…

    El doctor pasó llevándose al general Emiliano Antonio Vega, con sus ayudantes, y por todos formamos un grupo como de quince o veinte entre ellos el coronel Francisco Tapia, Pablito Saballos, Humberto Barahona, Papaché, Chon-Chinga, y Emilio Gutiérrez, ayudante del doctor. Todos a caballo, nos lanzamos a la línea enemiga por El Coyol. Llevábamos una máquina Maxim que manejaba el Coronel Félix Pacheco. Nos encontramos con una caballería del General Arsenio Cruz y trabamos combate. Les matamos unos tantos y se corrieron. De nosotros salió herido el General Vega. Lo dejamos ahí, en poder de unas mujeres que salieron a socorrerlo. Humberto Barahona y yo intentamos salvar las alforjas de dinero del general Vega; pero era mejor salvar la vida, pues se aproximaba otra caballería.

    --¡Toque a degüello! Me decía el doctor.

    --Estoy muy cansado, General. Voy a tocar mal y van a creer que tengo miedo, ¡y yo no tengo miedo!

    Seguimos adelante. Al llegar a la línea férrea, vimos venir a una mujer con unos motetes. Nos preguntó: --Para dónde van. “Para Jinotepe, le contestamos. “No vayan, porque ya se lo tomó el Gobierno”.
EL ADIÓS

    Pero el Doctor siguió adelante con su Estado Mayor; yo con otros dos me quedé, y le propuse que nos escondiésemos en una montañita. Y dije adiós a mi clarín, echándolo en un maizal, y nos quitamos las divisas. Al poco rato nos alcanzó una caballería. Una hilacha roja que había quedado en mi sombrero, nos denunció. Fuimos avanzados, llevándonos a Catarina, donde estaba de Jefe el General Fernando Elizondo, y de segundo un cubano, el general Molé. Nos metieron a la cárcel. El General Elizondo me reconoció, y en la tarde mandó ponerme en libertad; pero yo le dije que no me marcharía sin mis compañeros. También los mandó poner en libertad; pero yo temía que nos asesinaran, y nos quedamos ahí. Entraban indias con motetones de cosas robadas.

    El Doctor Zeledón cuando salimos de Masaya, estaba en la creencia de que el General Portocarrero aun estaba fuerte en Jinotepe… Creía que haya íbamos a continuar la resistencia y que triunfaría…

¡MUERTO!

    Serían como las 5 del 4 de octubre, cuando oí que llegaba la caballería exploradora y uno de los montados dijo al general Elizondo: --¡General, traemos a Zeledón muerto, y herido a Manuel Antonio de la Vega!  --Y todos sentimos como un escalofrío.

    Se acercó despacio una carreta, en la cual había dos cuerpos tendidos. –No, no es Zeledón decían unos –Sí, es él--, exclamaban otros. Yo fui a verlo. Sí: era el doctor ¿cómo me iba a equivocar? El traje que llevaba era el que le había regalado la esposa del Jefe Político de Masaya, doña Ciprianita Noguera. ¡Tenía el cadáver dos balazos: uno en el estómago, y otro de refilón en la frente!... Al General Vega le había dado un balazo en el cerebro. Vivió como quince días más aún y murió en Managua…

    El cadáver del doctor fue bajado, y lo tendieron sobre una chamarra en el corredor de la casa de la Alcaldía. Pasó la noche. Hacía frío. A veces me daban ganas como de llorar, pero los hombres no lloran por los hombres, ¡y el doctor Zeledón era hombre, muy hombre!

    Ya estaba amaneciendo, cuando oí una discusión --- ¡Yo voy a cobar hoyos para es bandido! –decía un soldado con una macana en la mano.

    Acercándome al General Molé, le pregunté: --¿Qué pasa General?

    --Que no quieren ir a cavar el hoyo para tu jefe.

    --Yo voy a abrirlo con estos otros dos, le dije, señalándole a mis dos compañeros.

    Eran como las cinco y media de la mañana. Cojimos (sic) las cobas y las patas, y nos encaminamos al cementerio. Abrimos la sepultura. Cuando estuvo lista, fue el entierro del doctor. Lo enterramos, recuerdo bien, bajo una garuita (sic) una lluvia fina. Aquello era triste y grande. El hombre valiente, el que me había hecho Sargento Mayor el 16 de setiembre (sic), en premio de la gran batalla que dimos el 15, en Masaya, iba a desaparecer para siempre.

    Más o menos eran las nueve de la mañana. Los funerales fueron de héroe, con honores de General. El cañón se reventó y por eso la salva fue de un cañonazo, pero 400 soldados hicieron descarga tras descarga, cuando el cadáver del doctor era bajado al sepulcro… ¡Pa… pá… pá!..  ¡Pá… pá… pá! Y gastaron todo el parque que les quedaba. Y decían ¡Viva Zeledón! ¡Viva Zeledón! Créalo usted que le echaban vivas. Parecía que hubiese sido el jefe de ellos. Pero es que Zeledón, al enterrarlo, vivía más que antes, más que cuando estaba vivo.

    Y cuando oí el toque de los clarines, sentí no tener el mío, para hacerlo sonar fuerte, fuerte, mejor tocado que los otros. (Pantaleón se interrumpe de nuevo, y me dice: Oiga, Jefe. Me estoy impresionando. Déme otros diez centavos para ir a reconfortarme. Se va, y minutos después vuelve:)

    …Sí, yo lo enterré. Yo abrí la fosa. Yo eché la tierra sobre su ataúd. Yo, que fui su clarín. El me había ascendido a Sargento Mayor el 16 de setiembre…
El DESPOJO FINAL

    --¿Y sabe a quien le quedaron las “cosas” del doctor? ¿No lo sabe? Pues le quedaron a uno a quien le decían o le dicen El Gato, de la cantina “Waterloo” de aquí de Managua. A ese Gato le quedaron los dos anillos del doctor, uno con una piedra de azabache y otro con un diamante solitario, lo mismo que su revólver. Y le querían arrancar hasta los dientes de oro. Unos bárbaros, al caer herido de muerte el doctor, intentaron arrancarle el oro en que tenía calzado unos dientes, y alzaron las culatas para darle en la boca, pero el jefe se opuso: --“!El cadáver es sagrado!” Y logró contenerlos.

    Y como en ese momento entra don Pablo Saballos a la oficina de redacción en que escribo, Pantaleón me dice en voz baja: --Ahí donde usted lo ve, este Pablito es valiente. El fue uno de los que salieron rompiendo línea de Masaya, cuando el doctor Zeledón me decía: --¡Pantaleón, toque a degüello!

    Y el viejo soldado se va, repitiendo: --Yo fui discípulo de Máximo Jerez… Yo fui el clarín de órdenes del doctor Zeledón… ¡Yo sé muchas cosas, muchas, para que escriba un libro! ¡Otro día se las voy a venir a contar!

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