lunes, 9 de junio de 2014

A 35 años  del  asesinato de  Bill Stewart ...

ENCUENTRO CON LA IDENTIDAD  DEL VICTIMARIO

Por: Eduardo Pérez-Valle hijo

* El periodista de 37 años, era reportero de la ABC News

*Somoza Debayle no pudo hablar porque comprometía la identidad de…

*El tiempo se encargó de poner al homicida frente a los ojos de la Historia

BILL STEWART (Internet)
Estos hechos deben el haber visto la luz a la insistencia de  amigos que me pidieron darle forma y  publicarlas, y al vivo deseo de hacer justicia y honrar la memoria de miles de jóvenes nicaragüenses que murieron asesinados como el periodista mártir, Bill Stewart. Ese pasado debe contarse para que jamás regrese…

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Nunca he dejado las cosas o resoluciones definitivas a la intuición, siempre he preferido ponerles el peso de la prueba y del razonamiento lógico, aunque admita que para algo ha de servir el viejo refranero popular. Así pensé y así sucedió la primera vez en que miré el rostro de aquel individuo marcado por rastros duros, corpulento, poseía una mirada intensa, cargada sobre una enorme testa cuadrangular poblada por cabello de corte bajo y crespo. El interlocutor era un sexagenario “encubierto” por la aplicación evidente de tinte.

En aquella apariencia física había algo que en el primer momento no lograba asociar. Hablamos sin que nuestras miradas descendieran, puesto que, nuestras estaturas casi coincidían por encima de los 6 pies. Era de caminar pausado y erguido, siempre avanzaba con paso marcial. Lo conocí a  finales del año 1992, en el mismo sitio donde lo habían confinado en 1980, tras ser sentenciado a purgar 30 años de prisión por haber pertenecido a la Guardia Nacional de Nicaragua.

Desde la primera vez, hubo algo en aquel semblante cuyo conjunto de caracteres me sugerían rasgos fenotípicos y genotípicos muy distintivos, o sea, rasgos tanto físicos como conductuales, fácilmente asociables a cierto personaje de la dinastía somocista, o bien para ajustarlo al hablar popular del nicaragüense, “éste era cagado al pariente”. Este guardia había sido indultado en el año 1989; por algo más de 8 años aprendió a fabricar mampuestos y otros productos de arcilla en la antigua Cerámica Chiltepe, que fue ocupada por el Sistema Penitenciario Nacional como parte de la “reeducación de internos”.

Era adusto y de hablar pausado, pero no por ello, conmigo no perdía sus ganas de charlar un rato. Durante esos años y después de aparecer en la lista de los indultos publicados en La Gaceta, Diario Oficial, No 65, del 7 de abril de 1989, el indultado número 1423, prefirió quedarse a vivir en las inmediaciones de aquella fábrica localizada en la Península de Chiltepe, cercana a la Laguna de Jiloá, donde ya tenía nuevos familiares, una mujer, una hija, y varios entenados que también laboraban en esa industria.

Aquel sitio, un encuadrado de dudosos trabajadores cargados con inciertos antecedentes, aunque nadie tenía la osadía de manifestarse auténtico criminal, ya sabíamos que la relación contractual estaría marcada por esos detalles relevantes que diario, de forma precavida, auscultábamos con la mirada y el oído.

Real y verdaderamente, en ese lugar aprendimos que era necesario estar preparados a recibir sorpresas desagradables, y aterradoras. La variedad de historias atrapadas en el silencio de aquellos hombres no era simplemente una limitada y anónima serie estadística.

Los puestos laborales estaban determinados por las fronteras de la experiencia y por la edad. Había un grupo de hombres que sobrepasaban los 50 años, y el resto eran adultos jóvenes, para ese tiempo el personal  en buena parte había dejado de estar conformado por exG.N., quienes una vez recibido el indulto se marcharon para jamás volver, esa situación disgregó “secretos atrapados”..

Aunque el grupo empezó a escindirse, “el Kaibil” como solían apodarlo los trabajadores de esa empresa, continuó con sus labores tal como si estuviera bajo un régimen de estricto cumplimiento militar, y las administraciones aseguraban que en veinte años de ningún modo agregó alguna inasistencia, pero ese tiempo no fue lo suficiente para completar los antecedentes de aquel sombrío e inescrutable sujeto. Tenía costumbres castrenses.   

Él tenía identificada mi procedencia, sabía que ambos pertenecíamos a bandos opuestos y en esa historia ya estaba claro, a grandes rasgos, de mi pasado militar dentro de la Revolución Popular Sandinista; quizás eso ponía la cosa un tanto más refractaria. Por otra parte, en aquella amalgama de Empresa privada y “colectivo obrero”, algunos operarios lo llamaban “Kaibil”, mientras otros, los más jóvenes e imprudentes, hacían comentarios sarcásticos, al repetir retazos de rumores relegándolo a la retaguardia militar de la G.N., con sombrero y cuchara de cocinero.

Ninguno de los indicios obtenidos lo acercaba a la cocina, todo apuntaba al Guardia de raciones frías abiertas en el terreno del desafío militar. Acomodé mi horario en aquellos menesteres fabriles y durante un tiempo varié mis labores de consultor independiente; iba en pos de verificar varios indicios que imponían un abordaje hábil y  directo. El tema me fatigaba, pero no tenía más alternativa, que encontrar la historia en esas conversaciones repulsivas.

La vigilancia de aquella empresa era alternada con el apoyo de miembros de la Asamblea de Cogestión Obrera, ese día le correspondió turno al “Kaibil”, a quien le fue entregada la escopeta Remington de corredera calibre 12, previa advertencia de un desperfecto mecánico que el Jefe de Taller –que se decía experimentado en armas— no había podido solucionar. Esa noche decidí presentarme con el pretexto de supervisar, y la noche se vino encima, mientras el “Kaibil” con evidente destreza desarmaba el arma y luego de ir al taller volvió con ella reparada.

FABIO ALBERTO  SALGADO RODRÍGUEZ
Ahí lo escuché preciarse. En ese instante decidí seguir su estado de ánimo e interpelé:

— ¿Vamos, eso que hiciste exige de conocimiento previo?

— “Estos dicen haber sido militares y ya ves, ni siquiera pueden desarmar esta escopeta”, me dijo.

— ¡Vamos, no vengas con generalidades, que por allí escuché decir que también eres buen cocinero!

Con voz pausada y grave prosiguió:

— “Todo exG.N., tiene la obligación de cumplir cualquier misión, toda tarea relacionada con la rutina diaria del campamento o del acantonamiento. Ese cuento mal echado surge porque yo fui, durante algún tiempo, jefe de las bodegas de avituallamiento. Ahí despachaba todos los pedidos de la tropa. ¿El que no me conoció es porque no estuvo ahí? ¿Si estuvo en la Guardia, saben que Fabio Alberto Salgado Rodríguez, mejor dicho, “Somoza” fue miembro del Primer Batallón Blindado y después fui miembro del Batallón de Combate General Somoza, fundado el 1º de diciembre de 1956”.

— ¡Sí, desde luego! Murmuré, sin tener idea hasta dónde me permitiría llegar con mis preguntas.

Yo, no aguardaba precisamente una confidencia importante, capital y decisiva, pero la plática fue internándose…

Entre los datos confiados, en ese agitado día, supe que “El Kaibil”, bautizado como Fabio Alberto Salgado Rodríguez, fue parte de los 160 soldados de Nicaragua enviados a combatir en la República Dominicana junto a las tropas interventoras norteamericanas pertenecientes a la primera Brigada de la 82ª División Aerotransportada que aplastó el levantamiento armado popular del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y el Movimiento Revolucionario 14 de Junio,  surgido en apoyo de Juan Bosch.  

Llegué a convencerme que ese hombre –el dizque cocinero— era testigo “ciego y mudo” de interioridades insospechadas e inimaginables. Así, en febril relato me dio algunos detalles de su participación en Río Blanco y Waswala, antes y durante las maniobras de contrainsurgencia de la operación CONDECA, Águila VI, que agrupó en 1976 a miles de soldados enviados por las dictaduras de El Salvador y Guatemala.

DOS NIETOS “OCULTOS” EN LA DINASTÍA SOMOCISTA

Este  asunto ya no era sólo de mera filiación militar, la historia completa surgía del verdadero apellido, el “disfrazado” origen genético,  conservado bajo otro nombre consignado en la cédula de identidad ciudadana emitida por el Consejo Supremo Electoral de Nicaragua. Entonces, en esa misma captación, debía ampliar y desembrollar el parentesco, además del derrotero a través del “Somoza” sustituido por el “Salgado Rodríguez”.

Aquellas conversaciones me dejaron muchas veces pensativo. A partir de entonces comencé a buscar otros datos, conclusiones claras. Decidí continuar y requerí explicaciones:

— ¿Por qué los Guardias te decían “Somoza”?

— “Soy nieto del General Anastasio Somoza García”, sobrino de Luis y de Anastasio Somoza Debayle, porque mi padre fue Papa Chepe”.

— ¿Eres hijo de José Rodríguez Somoza?

— “¡Sí! y él también fue el padre de Reinaldo Salgado Rodríguez, ya fallecido, quien alcanzó el grado de Tnte. G. N., y lo mataron durante los combates contra Germán Pomares en Jinotega. Sólo me quedó otra hermana que vive en los Estados Unidos, ella se llama Yolanda Mercedes Medina Salgado, casada con un señor de apellido Wong, que fue dueño de un supermercado por donde inicia la carretera a Masaya.  


FABIO ALBERTO SALGADO RODRÍGUEZ
JOSÉ RODRÍGUEZ SOMOZA (AL CENTRO). Es evidente el parecido físico con FABIO A. SALGADO RODRÍGUEZ 
— ¿Pero tiene otros hermanos por parte de padre?

— “Es cierto, pero esa gente jamás mantuvo relaciones con nosotros. A “Papa Chepe” esos le salieron “virecos, eran cuatro hijos: José, Julio, Miguel y Leonel Rodríguez Abrego”.

— ¿Cómo fue tu niñez y la de tus hermanos?

“Todos crecimos distantes de “Mama Julia”, doña Julia García de Somoza, que habitaba en la hacienda El Porvenir, en San Marcos, Carazo. Nuestra madre fue una humilde trabajadora, primero allá en Carazo, y después en la Hacienda Santa Feliciana cercana a Tiscapa, en toda esa extensión, ahí donde fue el restaurante Los Gauchos. “Papa Chepe” nunca nos reconoció como hijos legítimos, pero su esposa, doña Leonor Abrego nos conoció,  sabía de nuestra existencia. Todo sucedió igual a la relación escondida de mi abuelo con mi abuela llamada Claudia Rodríguez Sánchez, ella hacía quehaceres en la hacienda El Porvenir, y de esa relación nació mi padre, José Rodríguez Somoza”.

— ¿Por qué ingresaste a la Guardia Nacional?

— “Yo trabajaba en la hacienda Santa Feliciana, y después decidí incorporarme a la vida militar, en donde nunca tuve ningún privilegio y empecé como soldado raso”.

— ¿Fuiste procesado en los Tribunales Populares Antisomocistas?

— “¡Ya ves…! Me condenaron a 30 años de prisión, pero jamás supieron quién era yo, en realidad. Con el indulto de la Violeta quedé libre”.

— ¿Puede decirme la circunstancias de tu traslado a esta fábrica, para trabajar como reo al servicio del Sistema Penitenciario Nacional?

— “No me vas a creer, pero esto se le debo a una mujer casada con un coyol del FSLN, ella llegó a la Cárcel Modelo y me miró entre los presos, nos conocíamos desde antes, se me acercó y me dijo que ella me ayudaría a salir, después me trasladaron a la Chiltepe, y aquí estoy contando la historia”.

— ¿Quién es esa mujer?

— “Esta viva  y tiene un buen puesto, mejor dejémoslo ahí”.

— ¿Dónde están tus familiares, tu anterior esposa e hijos?

— “Tengo varias hijas, ellas nacieron en León, que por cierto prefiero no ir mucho por esos lado, ahí dejé algunos enemigos… Una trabaja como profesora en la UNAN. Ellas ya están casadas y tienen familia. Con ellas me veo, cuando puedo”.

EL ASESINATO DE BILL STEWART EN UNA CONFESIÓN ESCUETA PERO CLARA

Todo empezó durante otro breve intercambio con aquel guardia, entre nosotros hubo opiniones encendidas, opuestas, relacionadas con el desarrollo de la guerra en los barrios orientales de Managua. A Fabio Alberto Salgado Rodríguez y al suscrito nos separaban muchas cosas, convicciones y valores diametralmente opuestos, pero también, en aquellos recuerdos, en donde a mí me interesaba oír, desentrañar, también estuvimos separados por el cauce que atraviesa el barrio Riguero y corre paralelo a la pista de Residencial El Dorado, el reparto en donde, en la primera cuadra queda mi casa. De un lado la guerrilla, del otro, la Guardia somocista. Ya había escuchado que él –durante la insurrección final, había operado en esa zona, y, ¡repentinamente! a mi interlocutor lo “traicionó” el pasado, o derivó en la psicología del criminal… aunque este sujeto no era el Raskólnikov de Crimen y Castigo con “el alma torturada y una conciencia llagada en carne viva”.

EL ATAÚD DE BILL STEWART  EN EL AEROPUERTO DE MANAGUA
Siempre esperé darle al papel en blanco los elementos probatorios de aquel hallazgo fortuito, sin embargo, al no obtener avance, los primeros indicios quedaron entre mis anotaciones sueltas, guardados mientras configuraba con certeza, las partes esenciales de esta especie de silencioso juicio en etapas. Obtuve mis primeros elementos de convicción alrededor de este tenebroso suceso cuando una y otra vez repasé la filmación que estremeció las conciencias de miles de personas alrededor del planeta, aquel asesinato fue otro acto de horror, capaz de hacer sobresaltar hasta el último músculo del rostro, compungir el alma y el corazón ante la crueldad y la impiedad humana, demostrada. Asociado a ese testimonio fílmico, en mi cabeza martillaban las palabras del exG.N., en aquella controversia, Fabio Alberto Salgado Rodríguez: había dicho frente a mi cámara de filmar “… yo le volvería a dar a ese gringo en el Riguero…”.

En el habla de este sujeto era usual escuchar la expresión “darle agua”, la empleaba cuando polemizaba con algún contradictor  –del ámbito de trabajo— lo increíble es que lo tomaban como algo irrelevante, propio de un bromista, sin embargo, ese era el lenguaje acostumbrado por los Guardias durante la perpetración de muchos asesinatos atroces.

Miles de televidentes de diversos países quedaron atónitos ante uno de los dos crímenes perpetrados en las calles del populoso barrio Riguero en la mañana del día 20 de junio de 1979. La filmación mostraba al hombre indefenso, puesto de rodillas y después acostado boca abajo sobre el pavimento, dispuesto así por aquel Guardia Nacional al servicio de la dictadura somocista, que a continuación le asestó varios disparos de fusil, causándole la muerte inmediata.

Cursaban los días que conducirían al triunfo militar del 19 de Julio, la revolución triunfante que marcó el feliz momento en que fue  derrocada la dictadura precedida por Anastasio Somoza Debayle. La persona asesinada por aquel Guardia Nacional que actuó en compañía y complicidad de otros miembros de esa patrulla militar, fue el periodista Bill Stewart, de 37 años, quien trabajaba para la ABC News con sede en los Estados Unidos de Norteamérica; minutos antes, esos mismos guardias habían ultimado al traductor de Stewart, un  joven nicaragüense, de 27 años, cuyo nombre era Juan Francisco Espinoza Castro.

El asesinato de Bill Stewart está incluido en el irreprimible comportamiento criminal de la Guardia Nacional engendrada y mantenida bajo los dictados del sistema de gobierno somocista. Los crímenes perpetrados no pueden ser objeto de simples explicaciones de la conducta humana aislada, es imprescindible juntar diversidad de hechos e interpretarlos desde la sociología y la psicología, elaborarlos a partir de los diversos componentes y antecedentes de la sociedad nicaragüense.

La orientación de la delincuencia tiene, según de dónde ella provenga, las justificaciones más asombrosas, tanto así por ilógicas, como por la irracionalidad  o puerilidad mostrada por los hechores o por aquellos adyacentes del contexto criminal, con interés de sostenerlas. Así hemos conocido la fría impasibilidad donde el discurso justifica brutalidades y  barbaries. Del crimen de Bill Stewart, la familia Somoza ha esgrimido:

"Puede ser cierto de que a ciertos oficiales de la Guardia Nacional se les pasó la mano, cometieron excesos, no cabe duda. Lo de Bill Stewart, el periodista norteamericano, fue horrible, lo vimos en la televisión, eso fue lo que no toleraron los Estados Unidos. No obstante, no todos saben que aquel oficial de la GN ya había estado más de dos semanas en combate, perdió los estribos e hizo una barbaridad, eso no es correcto, pero hay que ver los dos lados del cuento."[1]

Ahí, en las diversas versiones de la familia Somoza siempre estuvo la complicidad, el oxígeno del monstruo draconiano. La columna vertebral o el aparato de sostén del somocismo siempre fue el asesinato, selectivo y serial. Eso quedó demostrado otra vez, cuando los  camarógrafos Jim Céfalo y Jack Clark lograron grabar la muerte de Stewart, ya no estábamos ante la conocida “ley fuga”, del prisionero muerto al “intentar” escaparse, esa vez el asesino y la víctima quedaron en el testimonio fílmico.

SOMOZA, MENTIROSO Y CONTUMAZ, PROTEGIÓ AL SOBRINO

Reinaldo y Fabio, de apellidos Rodríguez Salgado, paradójicamente, los “Somoza ocultos”, fueron los únicos de la dinastía que estuvieron en un frente de batalla en contra de las fuerzas populares del Frente Sandinista de Liberación Nacional. El primero murió en combate, y el otro, con la propia mano criminal de un Somoza terminó de ponerle la lápida a la tenebrosa dictadura que su familia amamantó.

Ahora, repasemos con la ayuda de un artículo periodístico, elaborado treinta años después a partir de diversas fuentes, lo que rodeó e implicó el asesinato de Bill Stewart:

“El gobierno de Anastasio Somoza informó que a Bill Stewart y Juan Francisco Espinoza los había matado un francotirador sandinocomunista. En ese momento Somoza no sabía que existía la grabación en la que se aprecia al guardia golpeando y disparándole a Stewart. La grabación, transmitida después desde la habitación 307 del Hotel Intercontinental, le dio la vuelta al mundo y era repetida constantemente por la televisión estadounidense”.

“Un día después de los asesinatos, la asociación de periodistas extranjeros, encabezados por un periodista del periódico Washington Post, leyó un documento de protesta a Somoza durante una conferencia que brindaba el mandatario”.

“El rostro de Somoza estaba desencajado. Le habían descubierto la mentira con la que quería deslindar responsabilidad en los asesinatos e incriminar a los sandinistas. Los Estados Unidos rompieron relaciones con Nicaragua inmediatamente”.

ANASTASIO SOMOZA DEBAYLE
“En una conferencia de prensa, Anastasio Somoza Debayle informó dos días después de los asesinatos que el guardia que mató a Bill Stewart y a Juan Francisco Espinoza se llamaba Pedro González y que murió en un combate en las afueras de Managua, en un enfrentamiento con tropas sandinistas”.

“Otras versiones periodísticas informaron después que el guardia era de apellido Álvarez y que había llorado el día en que el nuevo gobierno sandinista lo enjuició, pero personas que conformaron el Poder Judicial en los primeros años de la revolución sandinista dijeron no recordar si se había enjuiciado o no al asesino de Bill Stewart”.

“El periodista Nicolás López Maltez considera que los guardias que mataron a Stewart y a Juan Francisco, si es que eran diferentes personas, aún es un secreto, porque no cree en la versión de que murió en combate contra los sandinistas”.

“El capitán Justiniano Pérez, segundo jefe de la EEBI, indicó en una entrevista que le hizo el periodista Fabián Medina que los guardias que habían actuado en contra de Stewart y Juan Francisco lo habían hecho por un estrés tremendo y sin que nadie se los ordenara”.

“Fue la acción de un solo sargento”, dijo Pérez, quien agregó que el guardia fue relevado y después de la guerra no supo qué pasó con él y que también desconoce si fue sancionado o no”.


Extracto de la crónica: "Imágenes de la ejecución de un reportero", elaborada por Félix Pacheco

“La crónica resulta horripilante. En primicia…

"De la patrulla de seis o siete, se adelanta un guardia, del que sólo se ha sabido que se apellidaba Álvarez y que lloró con amargura ante un tribunal sandinista. El guardia echa el alto. De los tres periodistas (Bill, Cefalo y Clark) que viajan con el intérprete y el conductor en una furgoneta por la Pista Portezuelo y acaban de desviarse para tomar la avenida de los Mártires del 1º de Mayo, dos se guarecen entre los matorrales y desenfundan las cámaras, a la vez que se adelanta Bill como responsable del equipo. Enseña su acreditación de prensa y trata de decir que no habla español y que es periodista gringo".

"El guardia encañona a Bill y le grita: “Ponte de rodilla, hijueputa, ponte de rodillas”. Bill, que lleva pantalón blanco, camisola de manga corta a cuadros, de cuello desabrochado y raya marcada al lado izquierdo del pelo –muy negro, sin canas-, se arrodilla con los brazos en cruz, pide clemencia y suplica: “No (hablo) español, no español, yo periodista”. El militar ordena a Bill que se tumbe: “¡Acostate, hijueputa!” Bill se tumba boca abajo.

EL  CAMARÓGRAFO DE STEWART JUNTO AL ATAÚD 
El guardia avanza y sacude al periodista una tremenda patada en el costado derecho con la bota de la pierna derecha, retrocediendo a continuación unos pasos, mientras Bill se retuerce de dolor en el suelo y suelta las primeras lágrimas.

El reportero levanta la cabeza, con mirada derrotada y suplicante, a la vez que repite: “No español, yo periodista, yo periodista”.

El guardia, que sostiene el arma con ambas manos, la deja de pronto en la izquierda sólo, avanza de nuevo hacia Bill y, sin piedad, acciona con la derecha el subfusil apuntando a la nuca de aquel cuerpo tendido en el suelo y que de repente salta sobre los adoquines, casi simultáneamente con el disparo".

UNA ESTRATAGEMA FALLIDA

La escena de la ejecución de Bill ha durado 42 segundos, tan largos y espantosos como los 42 años que llevaba la dinastía de Somoza masacrando a Nicaragua.

A continuación y a sangre fría, los guardias matan al intérprete, el nicaragüense Juan Espinosa Castro.

Los mismos guardias urden la estratagema de eliminar testigos. Su idea era matar también al conductor de la furgoneta, Pablo Tiffer, y a los otros dos periodistas, arrojando después los cadáveres a una cuneta de zonas frecuentadas por el FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional), para echar la culpa a los guerrilleros antisomocistas.

En su intento de salvar el pellejo, Tiffer convence a los guardias de que él dirá que los autores del asesinato fueron efectivamente los sandinistas. Los guardias caen en la trampa de Tiffer, el cual, con ayuda de los otros dos reporteros, recoge el cadáver de Bill y lo lleva al hotel Intercontinental, junto con el material filmado.

El invento de la patrulla no cuajó y la Guardia Nacional difundió el siguiente comunicado: “En el día de hoy, cuando viajaban en su coche `Mazda´, en cumplimiento de su trabajo, perdieron la vida al aproximarse a una barrera de la Guardia Nacional, en el barrio Reguero, en el sector oriental, el periodista norteamericano Bill Stewart, de la `ABC News´, y el ciudadano nicaragüense Juan Francisco Espinosa Castro, que le servía de intérprete.”





[1] Las últimas horas del poder. Artículo publicado en: Semanario 7 Días, Edición 303 del 12 al 19 de julio del 2001.  Entrevista a los hermanos Luis Ramón Sevilla Somoza y Alejandro Sevilla Somoza. 

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