martes, 17 de junio de 2014

Doña Margarita  Debayle de Pallais, recuerda, como si fuera ahora, los días en que ella inspiró el poema del famoso Rubén Darío. En: Bohemia, 25 de Junio de 1965.


Es cierto que sólo las personas de gran sensibilidad, son capaces de disfrutar con el tiempo de los gratos recuerdos. Si en alguien puede tener plena aplicación este pensamiento es en Margarita Debayle viuda de Pallais la musa infantil de Rubén Darío.

La Margarita de hoy, honorable matrona a quien sus hijos y  nietecitos rodean con animada algarabía en demanda de una caricia tierna y espontánea, dista mucho de ser la Margarita de ojos dulces y soñadores con cuyos dorados bucles jugueteaba el viento de la playa, cuando un día el poeta le preguntó “Margarita ¿quieres que te cuente un cuento?” Sin embargo ambas poseen algo que las confunde e identifica, que las pone fuera de la acción transformadora del tiempo, y ayer como hoy, hace palpitar con igual emoción las gratas impresiones. Ese algo es el mismo aliento que inspiró a Rubén, un día en la playa, junto al rumor de las olas en una tarde otoñal.

Las almas nobles y delicadas se buscan y se juntan, Margarita era una niña, y Rubén, el poeta laureado que retornaba al solar patrio en busca de sosiego y redención. Aquella tarde, cuando Darío y la niña se encontraron en la playa, él le hizo un cuento a la manera de los poetas: “Margarita está linda la mar, y el viento trae esencia sutil de azahar…”

Margarita Debayle vive hoy, vivirá siempre, rodeada de muchos recuerdos del gran vate nicaragüense. Con verdadera devoción conserva sus cartas, fotos y versos manuscritos. Ama con ternura cada objeto, y cuando habla de Rubén, lo hace con mística y sentimental inspiración. Parece como si escuchara todavía en su boca: “Este era un rey que tenía un palacio de diamantes… y una gentil princesita, tan bonita Margarita, tan bonita como tu…”

La vida de los hombres, como el curso de los ríos, nunca retorna a sus cauces originales; pero a veces es posible revivir los recuerdos que el tiempo se ha llevado para siempre. Esto es lo que Margarita Debayle hace cada vez que evoca el nombre de Darío. Lo revive en su recuerdo, y en su palabra entusiasmada, parece haber un aleteo, el mismo quizás, que escuchaba el poeta cuando bajaban hasta su lado los ángeles de la inspiración.

--“Me pienso en otros sitios a ratos, los sitios en que de niña contemplé de cerca al poeta insigne. Yo no fui nunca capaz de imaginar entonces la significación del encuentro, la importancia de ser Margarita, la musa de Rubén Darío”, dice la viuda de Pallais, mientras acaricia material autógrafo de Darío.

Doña Margarita Debayle, viuda de Pallais, es una dama con fortuna poética. Ni un solo gran inspirado de su tierra ha dejado de consagrarle versos, Fernando Buitrago Morales en junio 11 de 1920 le decía: “Margarita, me han dicho que el estanque, profundo y apacible de tus ojos, forma espejos muy hondos”.

Alberto Ordóñez Argüello también le dijo: “Ay Margarita Debayle, dulce madam de Pallais, vengo de la mar y estaba oscura de la guerra cruel. No era la mar de tu cuento, linda mar que vio Rubén”.

El hombre que a fine del siglo pasado deslizó una emoción nueva en la poesía de habla castellana tenía en el notable médico Luis H. Debayle, a uno de sus mejores amigos. Doña Margarita, la heredera legítima de los papeles de su padre, tiene con orgullo las cartas y tarjetas cruzadas entre su padre y Darío.

Era el año de 1908. Ya Rubén había dejado de ser, hacía mucho tiempo, el poeta niño. “Azul” lo había lanzado a la fama en Chile. Luego vendrían Buenos Aires, Nueva York y París. Ocho años antes de que muriera en la ciudad de León, dejó en el álbum de la pequeña Margarita su poema famoso: “Margarita, está linda la mar”.


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