martes, 6 de mayo de 2014

EL MITO DE RAMÓN MONTOYA: LA VERDAD SOBRE EL HÉROE NIÑO. Por Juan García Castillo.



Nota de Eduardo Pérez-Valle h., Editor del Blogspot: Sobre la historia de Ramón Montoya, en esta época, reciente, varias personas han elaborado artículos periodísticos con la reunión de viejas historias. Entre los viejos testimoniantes, no tomados en cuenta, está Juan García Castillo, periodista de antaño, cronista de la Managua-Aldeana, donde nació a principios del siglo XX. Esta entrega, otra "ventana hacia el pasado", la inicia García Castillo con un artículo donde él, como contemporáneo, escribe algunos valiosos recuerdos sobre Ramón Montoya; luego, insertamos varias noticias relacionadas, y al final, como ejemplo de una "versión del presente", reproducimos el artículo periodístico de un político, de oficio. De esta forma creemos que la lectura deja en libertad el criterio del lector. 

Desde que abrimos la ventana para asomarnos hacia el sitio donde cierto relato sitúa a "Montoyita", el artículo de don Juan García Castillo ha provocado diferentes opiniones. Hablar de "hechos", en plural, impone sumar relatos de aquel contexto. A lo que leyeron el artículo "El Mito...", los invito a leer los artículos que al final del mismo hemos agregado. Todos, interesantes. Así, amortizamos la cuenta pendiente con los apreciados lectores. 

A la historia del "Héroe Niño", en el contexto de la Batalla de Namasigüe, es justo agregar, la escueta noticia sobre una dama, quizás la única con nombre propio, que por la conducta  propia de aquellos tiempos, con arraigo hasta el presente, no fue objeto de mayores indagaciones históricas, aunque su participación la haya merecido grado militar, nos referimos a la Sra, Capitana Gabriela Arteaga. Veremos si a partir de ahora, habrá otros aportes sobre ella y quizás. sobre otras mujeres.  

Dos relatos provienen del recordado profesor, escritor y periodista, Mario Fulvio Espinosa, hasta ahora el único testimonio sobre otra mujer partícipe en la Batalla de Namasigüe.  Según lo relatado por don Mario Fulvio Espinosa, esa mujer obtuvo el grado de Coronela y, en los años 30, padeció serios problemas mentales, deambulaba en las calles de Managua. La población la apodaba "La Tala" y su verdadero nombre era Carmela. 

El otro aporte del mismo autor lo tituló: "El Sargento Nacho Pastrán y el "Careador" Toribio Tapudo, que fue publicado hace 21 años. Los dos artículos han sido agregados. 

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EL MITO DE  RAMÓN  MONTOYA:  LA VERDAD SOBRE  EL HÉROE NIÑO. Por Juan  García Castillo. En: El Centroamericano. León, 21 de junio de 1967.

Un día de estos que pasé por la Avenida del Ejército, vi la estatua del Soldado Nicaragüense, que no es otra que la efigie en bronce que se erigió una vez en nuestro Parque Central al “héroe niño” de la batalla de Namasigüe, Ramón Montoya.

Recordé el mito de su heroísmo, forjado por un prominente y talentoso liberal nicaragüense, que en el año de la guerra con Honduras, 1907, era Canciller de la República y uno de los consejeros a quien más oía el Presidente Zelaya. Me refiero a don José Dolores Gámez.

Yo conocía a Ramón Montoya. Vivía en una casa de tablas frente a la que habitaban mis padres –después esa casa la compró mi progenitor—en el barrio del Nisperal, sobre la avenida cuarta noroeste, o sea en la calle en que vivió por mucho tiempo el Doctor Apolonio Berríos.

Bajo de estatura, ojos azules, cojeando de un pie, regordete, descalzo, ya que sus padres eran pobres. Su progenitor se llamaba Francisco Montoya, no recuerdo el nombre de su madre, pero si tenía a una o dos hermanas simpáticas, atractivas, en plena juventud.

Estalló la guerra con Honduras. La banda de altos poderes, alegraba las calles de la capital, ejecutando paso-dobles y música marcial, que enardecían los corazones de los habitantes, sobre todo de los jóvenes. Fue tal el entusiasmo que despertaron los aires bélicos, las proclamas guerreras, que un grupo de jóvenes, liberales y no liberales, formaron un batallón que se llamó “La Mancha Brava”, pero Montoya no figuró en ese batallón.

Él formaba parte de un grupo de muchachos pobres que a cada salida de tropas, seguía a éstas hasta la estación del Ferrocarril. Un día, él y otros más tomaron el convoy y ya en Chinandega pidieron ser enganchados como soldados.

La familia de Montoya, sus hermanas, mejor dicho, trataron de que el muchacho fuera devuelto, pero pasaron varios días, sin que pudieran ver al Canciller don José Dolores Gámez, quien según dicen, no puedo asegurarlo, se prendó de los encantos femeninos de una de las jóvenes y allí principió el mito del héroe niño.

En la mencionada batalla de Namasigüe, que duró siete días con sus noches, los ejército aliados de Honduras y El Salvador, fueron derrotados por el ejército nicaragüense, que usó por primera vez las famosas ametralladoras, que sembraron el terror entre el enemigo. Hubo muchos muertos, entre ellos, según el parte oficial, Ramón Montoya.

Don José Dolores Gámez, tenía influencia en “El Comercio”, el único diario que se publicaba entonces, de la propiedad de don José María Castrillo; como que el señor Gámez había ayudado económicamente en los primeros tiempos a “El Comercio” y le seguía ayudando, en ese diario fue donde nació el mito del héroe niño Ramón Montoya, insinuado por el señor Gámez.

Había necesidad de crear un héroe y don José Dolores, consagró al humilde muchacho del barrio del Nisperal, como la figura cimera de aquella sangrienta batalla.

No puedo afirma cuáles fueron los ocultos designios del talentoso Canciller Gámez, al crear ese mito del héroe niño, ya que en toda Nicaragua y en Managua, en particular, se sabía que Montoya, murió combatiendo con muchos centenares de compatriotas, pero sin realizar acción alguna que mereciera la consagración de héroe.

Don José Dolores Gámez, cuya influencia en el régimen del General Zelaya, en aquel entonces era enorme, no se conformó con proclamar héroe al humilde muchacho del bario del Nisperal, sino que logró que el Estado costeara la traída de una estatua de bronce, en que el consagrado con el rifle en la mano, señalaba hacia delante, en la misma posición en que hoy se le ve en la Avenida del Ejército, pero como el Soldado Nicaragüense.

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EN LA AVENIDA DEL EJÉRCITO EL SOLDADO Y HÉROE NICARAGÜENSE, JUAN RAMÓN MONTOYA, SEÑALA CON EL ÍNDICE EL CAMINO DEL DEBER. Publicado en: El Centroamericano. León, Nicaragua. 14 de Septiembre de 1971. 

    Todos conocemos o hemos oído hablar de la Estatua de Montoya, pero muy pocos sabemos quién era y cuál fue la acción de este joven soldado liberal, a saber: 

    El 20 de Marzo de 1907, después de tres días de batalla en Namasigüe (Población hondureña) Ramón Montoya, casi un niño, ante la admiración de sus compañeros, disparaba a las 11 de la mañana su rifle Mauser contra las tropas que habían invadido el territorio nacional.

    El Mayor Castillo, el Jefe del Cuerpo de Rifleros estaba con “Montoyita” en la línea de fuego. En uno de los momentos que la batalla pareció suspenderse, el Mayor Castillo le pasó al niño de 13 años, Montoya, un rifle “tercerola” Kropachet con 92 cartuchos para que lo usara en vez del pesado Mauser. El rifle que tenía “Montoyita” seguía disparando valientemente desde su posición y en una de las fuertes embestidas del adversario fue alcanzado por dos balazos que le penetraron, uno en el muslo izquierdo y otro en el tórax, provocándole la muerte casi instantáneamente.

    A las 4 y media de la tarde se suspendió la batalla, el soldado niño fue recogido por sus compañeros y sepultado a las seis de la tarde frente a la pequeña iglesia de Namasigüe. 

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DON JOSÉ DOLORES GÁMEZ MANDÓ A COLOCAR LA ESTATUA AL SOLDADO RAMÓN MONTOYA. En: La Noticia, 1934.

El notable hombre público, Don José Dolores Gámez, por medio de una suscripción nacional, encabezado por él mismo, mandó a colocar en el Parque Central de esta ciudad, una estatua de bronce al soldado Ramón Montoya, de 16 años de edad, quien envuelto en los pliegues del pabellón bicolor, cayó de cara al cielo en los campos de Namasigüe, república de Honduras, en el año de 1907.

El monumento de aquel imberbe militar se destacaba elegantemente en el extremo del Parque; pero no se sabe de orden de quien fue mandado a retirar el pedestal, la figura del héroe-niño, quien en tan corta edad había puesto en el alto el valor y el patriotismo del ejército nicaragüense.

Nota: La inauguración de la Avenida del Ejército fue el 1 de febrero de 1946. Monumento del soldado nicaragüense.

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LA ESTATUA DE MONTOYA.  Por Alfonso Valle Candia. En: La Noticia, 11 de Noviembre de 1933. Pág. 3.

En El Centroamericano de León, en su edición del 5 de agosto de 1924, pocos días después del inaudito atentado que empleados conservadores cometieron entregando el Bronce de Montoya.

Se alzaba en el Parque Central de Managua como el símbolo del heroísmo, llevado hasta el sacrificio. Aquella estatua no pertenecía a un partido, sino a un pueblo; personificaba la abnegación, el valor, la audacia temeraria, el patriotismo sublime de que es capaz el humilde soldado nuestro, el anónimo, en el momento en que su corazón le impone el debe de inmolarse en aras de un ideal, del que apenas tiene vaga idea, pero que su instinto le hace comprender con intuición maravillosa.

Montoya no es un héroe nacional, es el heroísmo nacional. No fue un soldado nicaragüense, sino el soldado nicaragüense. Es el soldado desconocido. En Namasigüe, Montoya no pensó en la divisa roja; en medio del huracán de metralla, de pólvora, y de plomo que barría la colina, pedestal de su gloria, sus ojos no vieron más que la enseña blanca y azul, emblema de la patria amenazada por ejércitos enemigos que traían por delante la destrucción y la ruina del lugar común.

La figura de Montoya fundida en bronce, irguiéndose amenazadora y bravía, era una lección perenne de patriotismo; aquel niño por cuya alma pasó el aliento épico de San Jacinto, era un estímulo para las infantiles generaciones; y el pueblo se veía glorificado en aquel soldado humilde y valeroso salido de la muchedumbre anónima y heroica.

No puede ser un insulto para pueblos ni parcialidades sectarias, aquella estatua que conmemoraba un hecho que nadie podrá borrar en nuestro anales.

Pero, como un grito de la conciencia se alzaba frente a los que abrieron las puertas al extranjero; y el brazo de Montoya señalando el camino de la Victoria, parecía más bien el brazo acusador de la Patria señalando a los traidores.

Aquella estatua tenía que ser derribada, como si de tal modo, pudiera borrarse en la memoria de víctimas y verdugos el recuerdo del crimen consumado.

La estatua fue echada abajo, so pretexto de confraternidad centroamericana.

La ofensa no fue sólo para un partido, fue para el pueblo, para la Patria que no tenía siquiera el derecho de protestar.

Ahora que rodando por el suelo de un lado a otro, escarnecido, sucio, mutilado, como el recuerdo de nuestras viejas glorias, como los andrajos de la olvidada dignidad nacional, el bronce de Montoya ha sido enviado a Granada, no por el Presidente Martínez, sino por los secuaces que a su lado le mienten fidelidad, para ser fundido en una campana, como simple material de bronce.

¡Oh, las ironías del Destino!
¡Oh, la justicia del Acaso!

Montoya, el soldado desconocido, el hijo anónimo del pueblo, la personificación más alta del patriotismo convertido en campana, fundido bronce heroico desde lo alto de una torre granadina, día por día dará al aire sus notas vibrantes y sonoras como el clamor del alma de la patria, y sonará en el oído de los malos hijos como el siniestro rumor de las cadenas que forjaron manos parricidas.

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EL PRESIDENTE DEL D.N. ACOGE CON INTERÉS LA INICIATIVA DE LA PRENSA DE COLOCAR LA ESTATUA DEL MAESTRO GABRIEL MORALES EN UNA PLAZA PÚBLICA.

Sept. 30 de 1933

S.A.- Presente
Muy Señor Mío:

He leído en su periódico un artículo en que aboga por la traslación de la estatua del Maestro Gabriel a una plaza pública y debo manifestarle que tan hermosa iniciativa ha despertado en mí el más vivo interés. Los comentarios hechos por Ud. Alrededor de este asunto son todo un argumento y nada hay que agregar, más que intentar la obra.

Con respecto a la estatua de Montoya, que me ocupado solamente de recuperarla hasta la vez. Cuando se escoja el sitio para colocarla, bien puede estar muda, sin alusiones sobranceras y consagrada únicamente a perpetuar el valor del soldado nicaragüense.

Sin más, quedo de Ud. atento y servidor.

Rafael Villavicencio R.

Presidente del C.E. del D. Nac.

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EL ASUNTO DE LA ESTATUA DEL HÉROE – NIÑO. En: La Prensa, domingo 1 de Octubre de 1933. Edición 2102. Pág. 1.

Todo se arreglará armoniosamente

Conversando con un estimable abogado sobre la ocurrencia del Presidente del Distrito Nacional, Sr. Villavicencio, que pretende recuperar la estatua de Montoya, actualmente en poder de don José Cuadra, en Granada, nos dijo lo siguiente:

“No tiene ninguna acción legítima el Distrito de Managua para despojar al Sr. Cuadra de esa estatua, aun cuando realmente resultare que pertenecía a dicho Municipio. La estatua es un objeto mueble, del cual es poseedor de buena fue el Señor Cuadra, puesto que lo adquirió por compra que hizo al Sr. Obispo de Granada. Las cosas muebles son del que las posee de buen fe, mientras ellas no hayan salido del poder de su dueño por hurto o robo o pérdida. Cualquier reclamo que tenga que hacer al respecto el Distrito Nacional, no puede dirigirse contra el Sr. Cuadra.

El Distrito devolverá su dinero al señor Obispo


Podemos informar que el Presidente del Comité del Distrito Nacional señor Villavicencio, ha dispuesto devolver a Monseñor Reyes y Valladares, Obispo de Granada, la cantidad de dinero que él dio por la Estatua del Héroe Niño para a su vez devolvérselo al comprador de ella don José Cuadra, y que las cosas queden en el estado en que antes se hallaban… De esta manera el asunto queda terminado armoniosamente.

De cómo la Estatua de Montoya escapó de ser fundida para servir de campanas de la Catedral de Granada.  Por Enrique Guzmán Bermúdez. En: El Centroamericano, de León: de 21 de Noviembre de 1967. reproducido de El Monitor de Granada. “Como se recordará el presidente don Diego Manuel Chamorro, mandó retirar del Parque Central de Managua la estatua de Montoya...


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SOLDADO RAMÓN MONTOYA ACEVEDO “EL SOLDADO NIÑO”. Por Wilfredo Navarro Moreira. En: Bolsa de Noticias, 23 de marzo de 2011.

    Ramón Montoya Acevedo, originario de León, de humilde familia nació en el año de 1893, precisamente en el año que triunfó la Revolución Liberal liderada por el general José Santos Zelaya. Su padre fue don Francisco Montoya y su madre Francisca Acevedo, quienes se trasladaron a Managua al barrio El Nisperal, donde Ramón vivió su niñez y se integró voluntariamente a los 14 años al servicio militar en el Ejército de Nicaragua y participó en la guerra por la defensa de la patria contra la agresión de Honduras y El Salvador en 1907, iniciada desde el 9 de enero con el ataque a las fuerzas militares nicaragüenses ubicadas en Los Calpules, Chinandega.

    El joven Montoya se destacó en la conocida Batalla de Namasigüe en Honduras del 17 al 23 de marzo 1907, que fue la batalla decisiva de la guerra que desarrolló Nicaragua ante la agresión extranjera. El mando de las tropas nicaragüenses organizadas en el Ejército del Sur estaba a cargo del general Nicasio Vásquez, de Niquinohomo, quien combatió contra las fuerzas honduro-salvadoreñas que contaban con aproximadamente cinco mil hombres. La correlación de fuerzas era desventajosa para los patriotas nacionales ya que lograron reunir solamente 1400 soldados, los que quedaron en Namasigüe subordinados a los generales Roberto González y Rodolfo Portocarrero, sin embargo lucharon hasta que los generales Aurelio Estrada y Nicasio Vásquez llegaron a Namasigüe con refuerzos y pertrechos militares. Con esto se les obligó a retirarse causándoles una gran cantidad de bajas.

    Asimismo, el 23 de marzo de 1907 se realizaron las acciones combativas que hicieron huir a los militares hondureños y salvadoreños. En estos combates se destacaron por su valentía el doctor Benjamín Francisco Zeledón Rodríguez, auditor de guerra, y el humilde soldado niño Ramón Montoya, quien murió heroicamente cuando recibió un balazo en la cabeza mientras alentaba a sus compañeros a salir de las trincheras para la ofensiva final contra el enemigo que iba en desbandada y se convirtió en el más elevado ejemplo y símbolo del patriotismo de la juventud nicaragüense.

    Después de la victoria del Ejército de Nicaragua sobre los ejércitos de Honduras y El Salvador el gobierno del general José Santos Zelaya le rindió honores a todos sus jefes, oficiales y tropas, incluido especialmente el merecido reconocimiento a los caídos en combate representados por el heroísmo del soldado Ramón Montoya, a quien se le erigió un monumento que fue instalado en el Parque Central de Managua, en noviembre de 1908 e inaugurado el primero de enero de 1909 por el historiador y ministro José Dolores Gámez, quien en su discurso exclamó: “Ramón Montoya, personificación de nuestro pueblo, vivid eternamente en nuestros corazones, mientras el mármol y el bronce recuerda a los siglos las leyendas de vuestra grandeza y heroísmo. Ramón Montoya “el soldado niño” es ese ser, apenas púber, que deja en el hogar el cartapacio de la escuela, para colocarse el salveque del soldado y empuñar con entusiasmo delirante el rifle vengador”.

    En la estatua de bronce, Ramón aparece con un sombrero de palma, echado hacia atrás de la cabeza, con el ala levantada. La cantimplora en la cintura, descalzo, tiene el brazo derecho extendido y en el izquierdo lleva una corona de laureles. Carga una chamarra o colcha, un salbeque con tiros, la camisa desabrochada y arremangada, el pantalón chingo.

    Frente a la base del monumento está la figura que representa a la República, cubierta con el gorro frigio de la libertad, el brazo derecho sobre el escudo de armas de Nicaragua, en la mano izquierda tiene una corona de laurel, toda una simbología del liberalismo.

    El monumento fue inaugurado en el Parque Central de Managua, el 1 de enero de 1909, el discurso central estuvo a cargo de José Dolores Gámez. Derrocado el Partido Liberal, los conservadores aprobaron una ley el 7 de febrero de 1912 que prohibió una serie de monumentos, entre ellos el de Montoya que fue retirado y llevado a una caballeriza que había en el Palacio Nacional destruido en el terremoto de 1931.

    El general Emiliano Chamorro Vargas, Presidente de la República, le regaló la estatua al Obispo de Granada para que hiciera una campana. Don José Cuadra, conocido ciudadano granadino, convenció al Obispo para que se la vendiera por 250.00 dólares.

    En 1945, cuando se construyó la Avenida del Ejército, el Ministro del Distrito Nacional, general Andrés Murillo, mandó a poner la estatua en el sitio donde se encuentra actualmente. El gerente del ferrocarril, don Manuel Guerrero, trasladó un cañón, supuestamente usado en la defensa de la fortaleza en el río San Juan por Rafaela Herrera.

    Por algunos años, la batalla de Namasigüe, fue una de las mayores celebraciones del Partido Liberal que a la caída de José Santos Zelaya en 1909, fue quedando en el olvido, igual que el nombre de sus principales participantes. Hoy se cumplen 104 años de la Batalla, e irónicamente, el más joven y humilde de los combatientes, Ramón Montoya, sin conocer la mayoría de personas su historia, es un punto de referencia con el monumento hecho en su memoria, y lo que es más grave todavía, los restos mortales del General en Jefe de esa Batalla, Aurelio Estrada Morales, yacen olvidados entre el monte del cementerio de Nejapa, en Managua. Para el terremoto de 1972, un Ministro de Somoza se robó la estatua con el cañón y el propio Somoza lo obligó a devolverla a su lugar en la avenida del ejército.

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EL SARGENTO NACHO PASTRÁN Y EL "CAREADOR" TORIBIO TAPUDO. Por: Mario Fulvio Espinosa. 18 de marzo de 2001. 

    En las numerosas guerras fratricidas del siglo pasado, Toribio Garmendia era el asimilado cachureco que desde las trincheras, con su poderosa voz, gritaba improperios al enemigo.

    En las numerosas guerras fratricidas del siglo pasado, Toribio Garmendia era el asimilado cachureco que desde las trincheras, con su poderosa voz, gritaba improperios al enemigo.

    “¡Nacho Pastrán, acordate de Toribio Tapudo que juró arrancarte las botas con todo y patas...!

    Aquel era el grito que salía poderoso de la garganta de Mateo Antonio Zeledón, amigo entrañable y cómplice en las numerosas zanganadas juveniles cometidas por Sancho y el que esto escribe, allá por los años cuarenta en la finca “El Socorro” propiedad de don Francisco Huezo, en ese tiempo gerente del Banco Nacional.

    Para ir a dicha estancia existía un camino que con rumbo sur salía por el lado de la ermita de la Ascensión, continuaba por la orilla oriental de la Laguna Tiscapa y se adentraba en lo que es hoy la carretera a Masaya hasta llegar a otras estancias, entre ellas la hacienda San Juan, la última que conocí por ese rumbo.

    Todavía hará unos quince años quedaban algunas ruinas de la finca El Socorro, sobre todo una alameda de mangos que conducía hacia la casa de madera machihembrada del patrón. Hoy en esa zona quedan los Pollos Camperos, Residencial Altamira y lugares como La Vicky, el parque sucio, el Polideportivo España y otros que antes eran posesiones del señor Huezo y de su esposa, doña Clementina Maltez de Huezo.

Mateo el Mandador

    Mateo era el lechero de la finca. Su trabajo principal consistía en conducir el carretón halado por el “Careto” y venir a entregar las pichingas de leche a diferentes casas de Managua. Por la tarde, a eso de las cuatro, hacía otro viaje a la ciudad para recoger los recipientes vacíos y llevarlos de regreso, labor que concluía cuando “Careto” entraba al galope en la hacienda, a eso de las seis o siete de la tarde.

    Tanto Sancho como yo madrugábamos para esperar a Mateo a la salida de la hacienda. Allí nos montábamos en el carretón para acudir al Colegio “Rubén Darío” donde estudiábamos, y por la tarde lo esperábamos para no tener que regresar “a pincel” a El Socorro, lugar donde vivimos durante tres felices años.

    El camino era ancho y arenoso. Estaba bordeado de hermosos árboles de pochote, roble, eucalipto, elequeme, acetuno, madroño, guácimo o tapaculo, genízaros y tamarindos. Pero casi a medio camino se levantaba un gigantesco ceibo de aproximadamente setenta metros de alto cuyas raíces, sobresaliendo casi cinco metros desde el terreno, formaban raros huecos y repliegues donde perfectamente podían refugiarse cinco personas.

    Cuando por la tarde regresábamos en el carretón, al pasar por el formidable ceibo, Mateo emitía su declamado y estentóreo grito:

    “¡Nacho Pastrán, acordate de Toribio Tapudo, que juró arrancarte las botas con todo y patas!”

    Nosotros pensábamos que era un “vacilón” de aquel mozo, recio, moreno -muy parecido al Diriangén de Edith Gron-, alegre y dicharachero. Pero, con los días nos intrigó aquello y le pedimos nos explicara qué origen tenía su exclamación y fue así que conocimos la trágica historia del “careador” Toribio Tapudo que nos contó Mateo una tarde al compás del trote carretonero del brioso “Careto”.

Toribio Garmendia “El Careador”

    “Pues resulta dijo- que allá en Las Cuchillas, cerca de la hacienda El Encanto, conocí a Toribio Garmendia. Éramos vecinos, nuestras finquitas colindaban, de manera que hicimos entrañable amistad.

    Cuando lo conocí tendría 55 años, era un indio grande, recio, arrecho al machete y al trabajo de la tierra. Se había rejuntado desde hacía muchos años con la Martha Cienfuegos, la que le había dado dos niñas que a la sazón tendrían cinco y siete años.

    Lo particular de Toribio era su tremenda voz. Si la subía del tono natural, se escuchaba a distancia. Por las tardes, antes de ir a dormir, se sentaba en un taburete a la puerta de su rancho a cantar acompañándose de una mandolina y su voz melodiosa bajaba como la bruma por las cañadas de Las Sierras y se escuchaba a larga distancia.

    Precisamente por tener semejante vozarrón, Toribio era un veterano sobreviviente de aquellas sangrientas guerras de la Revolución de Zelaya y de las muchas que siguieron después que el General fue depuesto por la Nota Knox de los gringos.

    Toribio, un “conservador de nacimiento”, había nacido en Chontales y participado en numerosos combates al lado del general Emiliano Chamorro, en uno de los cuales recibió un rozón de bala en la frente, que le dejó una especie de surco colorado sobre la ceja izquierda. Hombré, me decía, yo soy a prueba de balas y sólo me podrán matar a traición. Y tenía justa razón, pues siempre desempeñó en los combates el papel de “careador”, que se endosaba al soldado raso que tenía más galillo, y cuya misión era insultar de colina a colina al enemigo, para lo cual, además de tener voz de trueno, debía saber los peores epítetos para enchilar al enemigo y dar coraje a los compañeros combatientes.

    “Aquí hay güevos, maricones hijos de las once mil p……. Salgan de ese escondrijo... Vamos a hacer que nos laman los coj.... Comem….., cochones”, era lo que entre otros insultos gritaba Toribio a los liberales.

    Como “careador”, Toribio tenía que dar muestra de valentía suicida, pues para expeler sus exabruptos tenía que subirse a algún árbol o a cualquier promontorio del lugar donde estaban atrincherados los cachurecos, de manera que ofrecía un blanco franco a los liberales, que durante todas las guerras le dispararon a granel, pero nunca lograron abatirlo.

    Por ese vozarrón, y no porque fuera trompudo, le endilgaron el mote de “Tapudo”. Toribio Tapudo va, Toribio Tapudo viene, así se quedó y ese fue el único estímulo que recibió aquel invicto veterano de cien batallas.

    Era Toribio un hombre que verdaderamente amaba a su patria, y cuando la guerra de Zelaya contra Honduras peleó como fiera bajo las órdenes de un general liberal, dejando a un lado su amado conservatismo.

    Me contaba Toribio que en la Batalla de Namasigüe los liberales habían colocado como “careador” y vigía a un humilde soldado originario de Somoto, de nombre Ramón Montoya. No se sabía desde qué lugar iban a atacar los hondureños, y a pesar de que Montoyita tenía 48 horas de estar en una incómoda posición, encaramado en un árbol, pudo divisar los movimientos de los catrachos y señalar el preciso lugar por donde atacarían.

    “Allá viene el enemigo”, gritó Montoya antes de caer muerto de un balazo en pleno pecho. Las tropas nicaragüenses advertidas repelieron el ataque e infligieron una severa derrota a los hondureños. La acción del raso Ramón Montoya fue perennizada en una estatua de bronce donde aparece descalzo, con su rifle, sombrero de paja y cantimplora, señalando con el índice hacia un lugar ignoto.

    Esa estatua, colocada sobre un sencillo pedestal, recibió el pomposo nombre de “Monumento al soldado desconocido”, y fue colocada en el Parque Central viendo hacia el norte y últimamente fue puesta al extremo sur de la Avenida del Ejército, donde todavía se conserva.

    Yo te aseguro -me decía Toribio-, que, si el “careador” hubiera sido yo, la tal estatua no existiría pues a mí las balas me respetaban, y enfatizaba en que solamente podrían asesinarlo a traición.

El Sargento Nacho Pastrán

    Cuando Somoza el viejo asesinó a Sandino y le dio un golpe de Estado a su propio pariente Juan Bautista Sacasa, ya Toribio Garmendia se había retirado a vivir tranquilo en su finquita.

    Y estaría allí todavía de no ser la ambición geófaga de Somoza, que a través del tristemente célebre sargento Manuel Ignacio Pastrán, comenzó a apoderarse de las tierras de los humildes campesinos cachurecos que vivían en Las Sierras y otras comarcas más allá del límite sur de Managua.

    Una tarde de abril, Pastrán con cinco guardias nacionales, se presentó a la casita de Toribio haciéndole cargos de abigeato. Toribio proclamó a grito pelado su inocencia, pero el sargento ordenó que lo amarraran de las manos, y poniéndole una soga en la garganta, lo traía amarrado a la grupa de su macho, sin escuchar los lamentos y llantos de la Martha Cienfuegos y sus dos muchachitas que le pedían de rodillas que liberara a su papacito.

    Con Toribio casi a rastras, Pastrán y sus secuaces vinieron por este camino y dicen que fue el propio sargento, quien molesto por los reclamos del “careador”, le dio un balazo en la espalda. La cosa es que al día siguiente al amanecer encontraron el cadáver de mi amigo metido entre las raíces de ese ceibo. Había sido torturado horriblemente y recibido en la nuca otro tiro de gracia. También dicen que unos campesinos escucharon a Toribio decir que sabía que Pastrán lo iba a matar, pero que él juraba que aún ya muerto le iba a arrancar con todo y botas las patas al sargento.

    Por eso es que al pasar por ese ceibo, Mateo el Mandador siempre gritó así: ¡Nacho Pastrán, acordate de Toribio Tapudo, que juró arrancarte las botas con todo y patas!”.

Cómo conocimos al Sargento Pastrán

    Cuando en 1946 Sancho y el que esto escribe nos trasladamos a vivir a Managua, nos tocó conocer al famoso Sargento de la Guardia Nacional Manuel Ignacio Pastrán.

    Fue una tarde que nos fuimos a cazar garrobos con tiradora allá por el Camino de Bolas. Eran casi las tres de la tarde cuando vimos venir una rara caravana que bajaba de Las Cuchillas.

    Adelante, montado en un macho ceniciento, venía un militar que lucía un sombrero de marine y botas de media caña. Era de mediana estatura, más bajo que alto, cara aceitunada de rasgos severos y tendría tal vez unos 55 años.

    Detrás del macho caminaba un hombre de aspecto campesino, sin camisa y descalzo. Le habían atado con mecates de cabuya ambas muñecas y desde la albarda del militar era halado con una soga que a manera de horca le aprisionaba la garganta.

    Cinco guardias armados con carabinas caminaban custodiando al preso, dos en los flancos y uno a la retaguardia. Aquel grotesco grupo “humano” caminaba sin prisa y por el polvo que se apreciaba en sus uniformes y en la vestimenta del prisionero se podía asegurar que habían realizado una pesada jornada.

    Aquel jinete era el Sargento Manuel Ignacio Pastrán, militar de cañada al servicio de Somoza y el perseguidor más implacable que tuvieron en esa época los abigeos, contrabandistas, destiladores clandestinos y malhechores de la zona del Pacífico.

    Sus procedimientos eran expeditos. Él era la ley en la región, con licencia para torturar y matar. Pastrán, según dicen, fue el que a base de violentos desalojos de fincas dejó en la miseria a muchos campesinos conservadores e hizo descomunal terrateniente al dictador Somoza, que de inmediato se apropiaba de las propiedades que quedaban “improductivas y en el abandono”.

    Para usurpar fincas el sargento acudía al fácil expediente de acusar de abigeos o cualquier otro cargo a los campesinos, y llevarlos amarrados al Hormiguero. Muchos de estos desgraciados desaparecían sin que se investigara mucho de sus paraderos.

    Vivía el Sargento Pastrán en las cercanías del Cine Victoria y a media cuadra de la casa del presbítero Pedro K. Siero, donde lo vimos en distintas ocasiones.

    No recuerdo en qué año murió, pero sí sé que la amenaza que le lanzó Toribio Tapudo de alguna manera se cumplió.

    Al hacerse más viejo, Manuel Ignacio Pastrán fue abatido por la diabetes. Se le pudrió una canilla que tuvieron que cortársela y después, por el mismo motivo le cercenaron la otra.

    Todavía está en mi memoria el vozarrón del lechero Mateo:

    “¡Nacho Pastrán, acordate de Toribio Tapudo, que juró arrancarte las botas con todo y patas!”

Papel del Careador

    Los insultos del “careador” tenían como objetivo hacer perder la concentración a los soldados enemigos.

    Posiblemente el famoso Ramón Montoya o “Montoyita” fue el “careador” de la batalla de Namasigüe.

Cosas de los nicaragüenses: a Montoya se le hizo un monumento, pero a Toribio Garmendia no le hicieron nada.

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GABRIELA ARTEAGA MILITAR QUE PELEÓ EN NAMASIGÜE.  En: La Noticia, 1 de abril de 1956.

    Falleció la señora capitana Gabriela Arteaga quien peleó en la Batalla de Namasigüe. A los 77 años, quien vivía frente a la empresa de transporte Santa Fe. Contrajo matrimonio con don Isidro Díaz, fallecido 14 años atrás. Única hija, Esterlina Paz de Blanco.

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"LA TALA" FUE CORONELA. Por: Mario Fulvio Espinosa.* 4 de marzo de 2014.


    Allá por los años treinta, los enfermos mentales andaban al garete por las polvosas calles de Managua. Sería exagerado decir que todos; solo los pobres eran viandantes, los ricos de la ciudad encadenaban sus locos en el fondo del solar; uno para que no anduvieran llenando de vergüenza la heráldica familiar y dos, para que convivieran con los mejores amigos del hombre, los perros.

    Los orates de la gleba eran libres. Sus parientes, sin recursos para alimentarlos, les daban la calle y la colectividad tenía que convivir con ellos y sufrir sus excesos violentos, puesto que no existía un lugar donde darles alimento y tratamiento psiquiátrico.

    Los mataperros del barrio se encargaban de apedrear a locos y locas, ellos respondían como podían a esos ataques. El que esto escribe vio cómo un “lajazo” rebotó en la frente del loquito Santirillo, un viejecito que tenía una mano chiquita y temblorosa, por lo cual también le decían “Santirillo, Manito de Punche”.

    La sangre brotó a borbotones de la frente del ancianito que calló sentado en media calle. Temblando su cuerpo como varita de mimbre, lloraba a lágrima viva desde sus ojitos de santito, como diciendo: ¿por qué? ¿Qué daño les he hecho?

    Pero quiero contarles algo sobre La Tala, que fue por ese tiempo el terror de los barrios Campo Bruce, El Calvario y La Mecatera. Cuando la conocí era una mujer como de cincuenta y cinco años. Su cabellera negra, lacia y sucia, caída sobre la cara, daba un marco gris y siniestro al rostro renegrido, remarcado por una profunda cicatriz en plena frente, eso hacía más negrasy hondas las cuencas desde cuyo fondo miraban sus ojillos de gavilán, siempre en busca de una presa.

    Algunos decían que se llamaba Carmela y que, con el grado de coronela, había participado en la batalla de Namasigüe donde vio caer a sus dos hijos, tragedia que le alteró la razón. Lloraba y reía al mismo tiempo, era tierna y furiosa por etapas. Su corazón de madre quedó en un caos que contribuyó a hacerlo más insondable la soledad y el menosprecio de la sociedad.

    Vivía en un rincón del solar de la familia Ramírez, más acá de Sábana Grande, donde le daba algún bocado. Desde ahí comenzaba sus correrías por las calles, arrastrando una rama de tigüilote, amenazando a los caminantes e invadiendo ventas y hogares en los que destruía lo que encontraba.

    De ella guardo una tierna experiencia de amor.

    En 1937 mi madre vivía en una casa esquinera, ubicada una cuadra abajo del límite oeste del Aeropuerto Xolotlán. Yo tenía cuatro años y estaba jugando con mi carrito de plomo en la acera. De repente, vi que a la distancia sur venía La Tala arrastrando su rama. La perdí de vista porque se metió a la venta de don José Areas donde, en medio de risas grotescas y chillidos entusiastas comenzó a lanzar a la calle los frascos de confites y otros chunches que tenía el señor en su estante. A don José y a su esposa, no les quedó otra que gritar para ver si se marchaba la loca.

    Vi aquello desde la perspectiva indiferente de espectador infantil, más ensimismado en el juego con mi carrito. Después de su vandálica hazaña, La Tala salió de la venta y entre risotadas siguió su camino en dirección a donde yo estaba.

    Inocente la vi acercarse y detenerse a casi metro y medio de mi persona. Vi que me miraba con una mueca retorcida, que pretendía ser de agrado desde su oscuro y macilento rostro.

    Mi madre hasta ese momento se dio cuenta del peligro, y salió temblorosa de horror. Acertó a tomarme de la mano y me dijo: “Hijito entrá, que ya está listo tu fresco”.

    Qué sentimientos maternos de ternura pasaron en aquel momento por el enfermo cerebro de La Tala, lo ignoro, sólo queda hacer deducciones de su trágica vida en la guerra.

    Con su sonrisa desdentada, la loca le dijo a mi madre:

   “El niño, el niño, yo no he querido asustarlo. Arrurú niños lindos… El niño… El niño… El niño”.

   Recogió la rama y prosiguió su camino en busca de nuevas aventuras.

*Catedrático de periodismo.


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