martes, 6 de mayo de 2014

EL MITO DE RAMÓN MONTOYA: LA VERDAD SOBRE EL HÉROE NIÑO. Por Juan García Castillo.

INTRODUCCIÓN ACLARATORIA: 
Nota de Eduardo Pérez-Valle h., Editor del Blogspot: Sobre la historia de Ramón Montoya, en esta época, reciente, varias personas han elaborado artículos periodísticos con la reunión de viejas historias. Entre los viejos testimoniantes, no tomados en cuenta, está Juan García Castillo, periodista de antaño, cronista de la Managua-Aldeana, donde nació a principios del siglo XX. Esta entrega, otra "ventana hacia el pasado", la inicia García Castillo con un artículo donde él, como contemporáneo, escribe algunos valiosos recuerdos sobre Ramón Montoya; luego, insertamos varias noticias relacionadas, y al final, como ejemplo de una "versión del presente", reproducimos el artículo periodístico de un político, de oficio. De esta forma creemos que la lectura deja en libertad el criterio del lector. 

EL MITO DE  RAMÓN  MONTOYA:  LA VERDAD SOBRE  EL HÉROE NIÑO. Por Juan  García Castillo. En: El Centroamericano. León, 21 de junio de 1967.

Un día de estos que pasé por la Avenida del Ejército, vi la estatua del Soldado Nicaragüense, que no es otra que la efigie en bronce que se erigió una vez en nuestro Parque Central al “héroe niño” de la batalla de Namasigüe, Ramón Montoya.

Recordé el mito de su heroísmo, forjado por un prominente y talentoso liberal nicaragüense, que en el año de la guerra con Honduras, 1907, era Canciller de la República y uno de los consejeros a quien más oía el Presidente Zelaya. Me refiero a don José Dolores Gámez.

Yo conocía a Ramón Montoya. Vivía en una casa de tablas frente a la que habitaban mis padres –después esa casa la compró mi progenitor—en el barrio del Nisperal, sobre la avenida cuarta noroeste, o sea en la calle en que vivió por mucho tiempo el Doctor Apolonio Berríos.

Bajo de estatura, ojos azules, cojeando de un pie, regordete, descalzo, ya que sus padres eran pobres. Su progenitor se llamaba Francisco Montoya, no recuerdo el nombre de su madre, pero si tenía a una o dos hermanas simpáticas, atractivas, en plena juventud.

Estalló la guerra con Honduras. La banda de altos poderes, alegraba las calles de la capital, ejecutando paso-dobles y música marcial, que enardecían los corazones de los habitantes, sobre todo de los jóvenes. Fue tal el entusiasmo que despertaron los aires bélicos, las proclamas guerreras, que un grupo de jóvenes, liberales y no liberales, formaron un batallón que se llamó “La Mancha Brava”, pero Montoya no figuró en ese batallón.

Él formaba parte de un grupo de muchachos pobres que a cada salida de tropas, seguía a éstas hasta la estación del Ferrocarril. Un día, él y otros más tomaron el convoy y ya en Chinandega pidieron ser enganchados como soldados.

La familia de Montoya, sus hermanas, mejor dicho, trataron de que el muchacho fuera devuelto, pero pasaron varios días, sin que pudieran ver al Canciller don José Dolores Gámez, quien según dicen, no puedo asegurarlo, se prendó de los encantos femeninos de una de las jóvenes y allí principió el mito del héroe niño.

En la mencionada batalla de Namasigüe, que duró siete días con sus noches, los ejército aliados de Honduras y El Salvador, fueron derrotados por el ejército nicaragüense, que usó por primera vez las famosas ametralladoras, que sembraron el terror entre el enemigo. Hubo muchos muertos, entre ellos, según el parte oficial, Ramón Montoya.

Don José Dolores Gámez, tenía influencia en “El Comercio”, el único diario que se publicaba entonces, de la propiedad de don José María Castrillo; como que el señor Gámez había ayudado económicamente en los primeros tiempos a “El Comercio” y le seguía ayudando, en ese diario fue donde nació el mito del héroe niño Ramón Montoya, insinuado por el señor Gámez.

Había necesidad de crear un héroe y don José Dolores, consagró al humilde muchacho del barrio del Nisperal, como la figura cimera de aquella sangrienta batalla.

No puedo afirma cuáles fueron los ocultos designios del talentoso Canciller Gámez, al crear ese mito del héroe niño, ya que en toda Nicaragua y en Managua, en particular, se sabía que Montoya, murió combatiendo con muchos centenares de compatriotas, pero sin realizar acción alguna que mereciera la consagración de héroe.

Don José Dolores Gámez, cuya influencia en el régimen del General Zelaya, en aquel entonces era enorme, no se conformó con proclamar héroe al humilde muchacho del bario del Nisperal, sino que logró que el Estado costeara la traída de una estatua de bronce, en que el consagrado con el rifle en la mano, señalaba hacia delante, en la misma posición en que hoy se le ve en la Avenida del Ejército, pero como el Soldado Nicaragüense.

DON JOSÉ DOLORES GÁMEZ MANDÓ A COLOCAR LA ESTATUA AL SOLDADO RAMÓN MONTOYA. En: La Noticia, 1934.

El notable hombre público, Don José Dolores Gámez, por medio de una suscripción nacional, encabezado por él mismo, mandó a colocar en el Parque Central de esta ciudad, una estatua de bronce al soldado Ramón Montoya, de 16 años de edad, quien envuelto en los pliegues del pabellón bicolor, cayó de cara al cielo en los campos de Namasigüe, república de Honduras, en el año de 1907.

El monumento de aquel imberbe militar se destacaba elegantemente en el extremo del Parque; pero no se sabe de orden de quien fue mandado a retirar el pedestal, la figura del héroe-niño, quien en tan corta edad había puesto en el alto el valor y el patriotismo del ejército nicaragüense.

Nota: La inauguración de la Avenida del Ejército fue el 1 de febrero de 1946. Monumento del soldado nicaragüense.

LA ESTATUA DE MONTOYA.  Por Alfonso Valle Candia. En: La Noticia, 11 de Noviembre de 1933. Pág. 3.

En El Centroamericano de León, en su edición del 5 de agosto de 1924, pocos días después del inaudito atentado que empleados conservadores cometieron entregando el Bronce de Montoya.

Se alzaba en el Parque Central de Managua como el símbolo del heroísmo, llevado hasta el sacrificio. Aquella estatua no pertenecía a un partido, sino a un pueblo; personificaba la abnegación, el valor, la audacia temeraria, el patriotismo sublime de que es capaz el humilde soldado nuestro, el anónimo, en el momento en que su corazón le impone el debe de inmolarse en aras de un ideal, del que apenas tiene vaga idea, pero que su instinto le hace comprender con intuición maravillosa.

Montoya no es un héroe nacional, es el heroísmo nacional. No fue un soldado nicaragüense, sino el soldado nicaragüense. Es el soldado desconocido. En Namasigüe, Montoya no pensó en la divisa roja; en medio del huracán de metralla, de pólvora, y de plomo que barría la colina, pedestal de su gloria, sus ojos no vieron más que la enseña blanca y azul, emblema de la patria amenazada por ejércitos enemigos que traían por delante la destrucción y la ruina del lugar común.

La figura de Montoya fundida en bronce, irguiéndose amenazadora y bravía, era una lección perenne de patriotismo; aquel niño por cuya alma pasó el aliento épico de San Jacinto, era un estímulo para las infantiles generaciones; y el pueblo se veía glorificado en aquel soldado humilde y valeroso salido de la muchedumbre anónima y heroica.

No puede ser un insulto para pueblos ni parcialidades sectarias, aquella estatua que conmemoraba un hecho que nadie podrá borrar en nuestro anales.

Pero, como un grito de la conciencia se alzaba frente a los que abrieron las puertas al extranjero; y el brazo de Montoya señalando el camino de la Victoria, parecía más bien el brazo acusador de la Patria señalando a los traidores.

Aquella estatua tenía que ser derribada, como si de tal modo, pudiera borrarse en la memoria de víctimas y verdugos el recuerdo del crimen consumado.

La estatua fue echada abajo, so pretexto de confraternidad centroamericana.

La ofensa no fue sólo para un partido, fue para el pueblo, para la Patria que no tenía siquiera el derecho de protestar.

Ahora que rodando por el suelo de un lado a otro, escarnecido, sucio, mutilado, como el recuerdo de nuestras viejas glorias, como los andrajos de la olvidada dignidad nacional, el bronce de Montoya ha sido enviado a Granada, no por el Presidente Martínez, sino por los secuaces que a su lado le mienten fidelidad, para ser fundido en una campana, como simple material de bronce.

¡Oh, las ironías del Destino!
¡Oh, la justicia del Acaso!

Montoya, el soldado desconocido, el hijo anónimo del pueblo, la personificación más alta del patriotismo convertido en campana, fundido bronce heroico desde lo alto de una torre granadina, día por día dará al aire sus notas vibrantes y sonoras como el clamor del alma de la patria, y sonará en el oído de los malos hijos como el siniestro rumor de las cadenas que forjaron manos parricidas.


EL PRESIDENTE DEL D.N. ACOGE CON INTERÉS LA INICIATIVA DE LA PRENSA DE COLOCAR LA ESTATUA DEL MAESTRO GABRIEL MORALES EN UNA PLAZA PÚBLICA.

Sept. 30 de 1933

S.A.- Presente
Muy Señor Mío:

He leído en su periódico un artículo en que aboga por la traslación de la estatua del Maestro Gabriel a una plaza pública y debo manifestarle que tan hermosa iniciativa ha despertado en mí el más vivo interés. Los comentarios hechos por Ud. Alrededor de este asunto son todo un argumento y nada hay que agregar, más que intentar la obra.

Con respecto a la estatua de Montoya, que me ocupado solamente de recuperarla hasta la vez. Cuando se escoja el sitio para colocarla, bien puede estar muda, sin alusiones sobranceras y consagrada únicamente a perpetuar el valor del soldado nicaragüense.

Sin más, quedo de Ud. atento y servidor.

Rafael Villavicencio R.

Presidente del C.E. del D. Nac.


EL ASUNTO DE LA ESTATUA DEL HÉROE – NIÑO. En: La Prensa, domingo 1 de Octubre de 1933. Edición 2102. Pág. 1.

Todo se arreglará armoniosamente

Conversando con un estimable abogado sobre la ocurrencia del Presidente del Distrito Nacional, Sr. Villavicencio, que pretende recuperar la estatua de Montoya, actualmente en poder de don José Cuadra, en Granada, nos dijo lo siguiente:

“No tiene ninguna acción legítima el Distrito de Managua para despojar al Sr. Cuadra de esa estatua, aun cuando realmente resultare que pertenecía a dicho Municipio. La estatua es un objeto mueble, del cual es poseedor de buena fue el Señor Cuadra, puesto que lo adquirió por compra que hizo al Sr. Obispo de Granada. Las cosas muebles son del que las posee de buen fe, mientras ellas no hayan salido del poder de su dueño por hurto o robo o pérdida. Cualquier reclamo que tenga que hacer al respecto el Distrito Nacional, no puede dirigirse contra el Sr. Cuadra.

El Distrito devolverá su dinero al señor Obispo


Podemos informar que el Presidente del Comité del Distrito Nacional señor Villavicencio, ha dispuesto devolver a Monseñor Reyes y Valladares, Obispo de Granada, la cantidad de dinero que él dio por la Estatua del Héroe Niño para a su vez devolvérselo al comprador de ella don José Cuadra, y que las cosas queden en el estado en que antes se hallaban… De esta manera el asunto queda terminado armoniosamente.

De cómo la Estatua de Montoya escapó de ser fundida para servir de campanas de la Catedral de Granada.  Por Enrique Guzmán Bermúdez. En: El Centroamericano, de León: de 21 de Noviembre de 1967. reproducido de El Monitor de Granada. “Como se recordará el presidente don Diego Manuel Chamorro, mandó retirar del Parque Central de Managua la estatua de Montoya...


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SOLDADO RAMÓN MONTOYA ACEVEDO “EL SOLDADO NIÑO”. Por Wilfredo Navarro Moreira. En: Bolsa de Noticias, 23 de marzo de 2011.

    Ramón Montoya Acevedo, originario de León, de humilde familia nació en el año de 1893, precisamente en el año que triunfó la Revolución Liberal liderada por el general José Santos Zelaya. Su padre fue don Francisco Montoya y su madre Francisca Acevedo, quienes se trasladaron a Managua al barrio El Nisperal, donde Ramón vivió su niñez y se integró voluntariamente a los 14 años al servicio militar en el Ejército de Nicaragua y participó en la guerra por la defensa de la patria contra la agresión de Honduras y El Salvador en 1907, iniciada desde el 9 de enero con el ataque a las fuerzas militares nicaragüenses ubicadas en Los Calpules, Chinandega.

    El joven Montoya se destacó en la conocida Batalla de Namasigüe en Honduras del 17 al 23 de marzo 1907, que fue la batalla decisiva de la guerra que desarrolló Nicaragua ante la agresión extranjera. El mando de las tropas nicaragüenses organizadas en el Ejército del Sur estaba a cargo del general Nicasio Vásquez, de Niquinohomo, quien combatió contra las fuerzas honduro-salvadoreñas que contaban con aproximadamente cinco mil hombres. La correlación de fuerzas era desventajosa para los patriotas nacionales ya que lograron reunir solamente 1400 soldados, los que quedaron en Namasigüe subordinados a los generales Roberto González y Rodolfo Portocarrero, sin embargo lucharon hasta que los generales Aurelio Estrada y Nicasio Vásquez llegaron a Namasigüe con refuerzos y pertrechos militares. Con esto se les obligó a retirarse causándoles una gran cantidad de bajas.

    Asimismo, el 23 de marzo de 1907 se realizaron las acciones combativas que hicieron huir a los militares hondureños y salvadoreños. En estos combates se destacaron por su valentía el doctor Benjamín Francisco Zeledón Rodríguez, auditor de guerra, y el humilde soldado niño Ramón Montoya, quien murió heroicamente cuando recibió un balazo en la cabeza mientras alentaba a sus compañeros a salir de las trincheras para la ofensiva final contra el enemigo que iba en desbandada y se convirtió en el más elevado ejemplo y símbolo del patriotismo de la juventud nicaragüense.

    Después de la victoria del Ejército de Nicaragua sobre los ejércitos de Honduras y El Salvador el gobierno del general José Santos Zelaya le rindió honores a todos sus jefes, oficiales y tropas, incluido especialmente el merecido reconocimiento a los caídos en combate representados por el heroísmo del soldado Ramón Montoya, a quien se le erigió un monumento que fue instalado en el Parque Central de Managua, en noviembre de 1908 e inaugurado el primero de enero de 1909 por el historiador y ministro José Dolores Gámez, quien en su discurso exclamó: “Ramón Montoya, personificación de nuestro pueblo, vivid eternamente en nuestros corazones, mientras el mármol y el bronce recuerda a los siglos las leyendas de vuestra grandeza y heroísmo. Ramón Montoya “el soldado niño” es ese ser, apenas púber, que deja en el hogar el cartapacio de la escuela, para colocarse el salveque del soldado y empuñar con entusiasmo delirante el rifle vengador”.

    En la estatua de bronce, Ramón aparece con un sombrero de palma, echado hacia atrás de la cabeza, con el ala levantada. La cantimplora en la cintura, descalzo, tiene el brazo derecho extendido y en el izquierdo lleva una corona de laureles. Carga una chamarra o colcha, un salbeque con tiros, la camisa desabrochada y arremangada, el pantalón chingo.

    Frente a la base del monumento está la figura que representa a la República, cubierta con el gorro frigio de la libertad, el brazo derecho sobre el escudo de armas de Nicaragua, en la mano izquierda tiene una corona de laurel, toda una simbología del liberalismo.

    El monumento fue inaugurado en el Parque Central de Managua, el 1 de enero de 1909, el discurso central estuvo a cargo de José Dolores Gámez. Derrocado el Partido Liberal, los conservadores aprobaron una ley el 7 de febrero de 1912 que prohibió una serie de monumentos, entre ellos el de Montoya que fue retirado y llevado a una caballeriza que había en el Palacio Nacional destruido en el terremoto de 1931.

    El general Emiliano Chamorro Vargas, Presidente de la República, le regaló la estatua al Obispo de Granada para que hiciera una campana. Don José Cuadra, conocido ciudadano granadino, convenció al Obispo para que se la vendiera por 250.00 dólares.

    En 1945, cuando se construyó la Avenida del Ejército, el Ministro del Distrito Nacional, general Andrés Murillo, mandó a poner la estatua en el sitio donde se encuentra actualmente. El gerente del ferrocarril, don Manuel Guerrero, trasladó un cañón, supuestamente usado en la defensa de la fortaleza en el río San Juan por Rafaela Herrera.

    Por algunos años, la batalla de Namasigüe, fue una de las mayores celebraciones del Partido Liberal que a la caída de José Santos Zelaya en 1909, fue quedando en el olvido, igual que el nombre de sus principales participantes. Hoy se cumplen 104 años de la Batalla, e irónicamente, el más joven y humilde de los combatientes, Ramón Montoya, sin conocer la mayoría de personas su historia, es un punto de referencia con el monumento hecho en su memoria, y lo que es más grave todavía, los restos mortales del General en Jefe de esa Batalla, Aurelio Estrada Morales, yacen olvidados entre el monte del cementerio de Nejapa, en Managua. Para el terremoto de 1972, un Ministro de Somoza se robó la estatua con el cañón y el propio Somoza lo obligó a devolverla a su lugar en la avenida del ejército.