martes, 28 de enero de 2014

CASAS DE LA PÓLVORA, EN LAS CIUDADES DE LÉON Y GRANADA. Por: Dr. Eduardo Pérez-Valle. 1962.

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                        LAS CASAS DE LA PÓLVORA EN
 GRANADA Y LEÓN

Al Sur de León y a corta distancia del pequeño cementerio del Guacimal, a la vera del camino y en terrenos propiedad del Sr. Oscar Icaza se encuentra la Casa de la Pólvora.

No sé si el hecho de estar edificada esta reliquia colonial en predios de la familia Icaza guarde alguna relación con el de hallarse esta familia emparentada con el Intendente don José Salvador, que gobernó la Provincia de 1793 a 1811, y al cual se atribuye, tampoco se sin con razón o sin ella, la construcción del referido Almacén de Pólvora.


Estos edificios solían construirse durante la colonia, invariablemente en las afueras de las ciudades, pero al mismo tiempo en lugares próximos, a salvo de inundaciones y humedades, de fácil acceso desde la ciudad y que prestasen alguna facilidad para su defensa.

En Nicaragua queda memoria de dos casas o almacenes de pólvora, anejos a sus principales ciudades coloniales, a saber, el de León, que subsiste deteriorándose rápidamente, y el de Granada, que se alzaba al occidente de la ciudad, junto al Arroyo de la Aduana, más o menos en el mismo lugar donde ahora están los Cuarteles de la Pólvora, que aún se conserva en el interior de las murallas de la fortaleza actual, construidas posteriormente.

Pío Bolaños  en su Monografía de Granada dice que esta Casa de la Pólvora databa del siglo XVIII y que aun se conservaba en su primitivo estado a principios del siglo XX. Pero la descripción que hace de un caserón de paredes de adobe cuyos cuartos no estaban enladrillados y por lo mismo sus condiciones higiénicas era deplorables, no corresponde muy exactamente ni a la índole ni a las trazas usuales de un almacén de pólvora. Recordemos que estas casas no estaban por ningún punto destinadas a vivienda; se buscaba únicamente un sitio seguro, cubierto, seco y fuera de la ciudad donde mantener unas cuántos barriles de que consistía la provisión de pólvora de la ciudad para su defensa. El guarda o los guardas vivían en otra casa situada prudentemente a alguna distancia del almacén. No cabe, pues, quejarse de “sus cuartos” (que nunca era más de uno), tan insalubres porque “no estaban enladrillados” (ya veremos después como eran los pisos de estas construcciones). La descripción que hace don Pío de la Casa de la Pólvora de Granada, más bien se refiere a algún estado primitivo de la actual “fortaleza”, construcción posterior levantada en el mismo sitio que aquella, aunque con fines diversos.

En 1812 se desarrolló una ligera escaramuza por la posesión de la Casa de la Pólvora entre los granadinos y las avanzadas de las tropas gubernamentales enviadas a someter a la ciudad sublevada. En relación a estos hechos se habla del “punto de la Casa de la Pólvora”. Así, pues, los del gobierno, desamparado el lugar por los granadinos, que no tenían mayor interés en retenerlo, pasaron a ocupar Jalteva.


Probablemente a raíz de la Independencia hay a sido abandonada la sana costumbre de mantener las reservas de pólvora apartadas de las ciudades, en un lugar ad hoc. Por eso fue posible que una tremenda explosión destruyera totalmente en 1896 el viejo Cuartel Principal de Granada, situado frente a la plaza y a la iglesia parroquial, con gran pérdida de vidas humanas. Todas las existencias de pólvora se guardaban en él. La antigua Casa de la Pólvora había pasado a ser un cuartel secundario. El nombre de Cuartel Principal que llevaba el edificio destruido, nos habla de al menos un cuartel secundario coexistente. Se trataba del actual Cuartel de la Pólvora, que había venido a ocupar el sitio del antiguo almacén. El mismo Pío Bolaños narra cómo todas las tarde un pelotón de soldados de La Pólvora iba a través de la Calle Real hasta el Cuartel Principal a efectuar ceremoniosamente “la traída del santo y seña” escritos en un papelito.

He aquí, extraída de un interesante escrito del Dr. Carlos Molina Argüello, publicado en Revista Conservadora  No. 43, una relación cronológica de hechos referentes a la construcción de la Casa de la Pólvora de Granada:

1743            El Capitán General de Guatemala Don Pedro de Rivera nombra al                    Ingeniero Luis Díez Navarro visitador de los presidios del Reino.

1744            Plan inglés para atacar el Castillo de la Inmaculada e invadir Nicaragua, adueñándose de la ruta interoceánica y del comercio. Este plan fue denunciado a la Corte española por el Conde de Fuenteclara, Virrey de Nueva España.

1745            En enero está Díez Navarro en Granada. Pasa a visitar el Castillo de la Inmaculada.

Nombramiento del Coronel Juan de Vera y del Brigadier Alonso Fernández de Heredia para gobernador de Honduras y Nicaragua, respectivamente.

Heredia se instala en Granada con dos compañías de infantes llegados de La Habana y nuevos pertrechos para el arsenal.

Se ensancha la Sala de Armas de Granada y se construye un dique para guarecer los barcos del rey.

Diez Navarro planifica la Casa de la Pólvora y señala el sitio adecuado para su construcción.

El 18 de noviembre llegan a Granada las noticias de la muerte del gobernador de Costa Rica Don Juan Gemmir y Lleonart, de haberse perdido el fuerte de Matina, y estar anunciada por el enemigo su intención de subir a Cartago.

El 22 de noviembre Fernández de Heredia nombra a Díe z Navarro gobernador de las armas de Costa Rica.

El 23 del mismo mes sale Díez Navarro de Granada hacia su destino. (Permanece en Costa Rica como gobernador interino hasta 1750).

1748       El 15 de enero Fernández de Heredia manda a poner en ejecución la fábrica de la Casa Almacén de Pólvora, en “extramuros” de la ciudad de Granada, a la salida del pueblo de Jalteva.

El 16 del mismo mes el tesorero interino Don Francisco Olaechea cita para efectuar el reconocimiento del sitio al primer alcalde ordinario y teniente de gobernador Don José Lacayo de Briones;  a los maestros albañiles Juan Gutiérrez y Simón Cantillano; a los maestros carpinteros Pedro Ruiz y Diego Martín González; y a los maestros herreros José de la Cruz Orozco y Juan Manuel Navarrete.

El día 17 en la vista de ojos se escoge un paraje entre la Calle Real y un barranco profundo que podía servir de foso, “el mismo que reconoció el ingeniero Don Luis Díez Navarro para dicho efecto”. Cada uno por su parte, los maestros artesanos proceden a efectuar la correspondiente “regulación de gastos” (presupuesto), así de mano de obra  como de materiales.

El día 18 el tesorero Olaechea manda dar principio a las obras.

El 20 se limpia el terreno y se adquieren materiales.

A principios de diciembre la obra  está casi terminada. Sólo falta blanquearla y terminar el pretil del muro exterior.


1749       El 16 de enero se convoca a las últimas pagas. La obra  está oficialmente concluida.

La casa tenía 15 varas de largo por 8 y tercia de ancho, incluidas las paredes, de cuatro tercias de grueso, cuya mitad interna era de adobes y la mitad externa de piedra.

Los cimientos de piedra, tenían vara y media de profundidad y cinco tercias de grosor, y estaban peraltados una vara sobre el terreno. La altura de las paredes era de cinco varas.

El techo era entablado sobre alfajías; y sobre las tablas, encañado, para recibir las tejas, asentadas con cal. No se cubrió con bóveda porque no había obreros capacitados para hacerla; y Díez Navarro, que hubiera podido dirigirla, tuvo que salir precipitadamente para Costa Rica.

El piso enladrillado y encima entablado, para librar de la humedad lo almacenado.

En torno a la casa, por sus cuatros costados, y a cinco varas de distancia, se construyó un muro de adobes de una vara de grosor, embardado de teja y protegido con pretil de cal y canto en el lado que daba al camino y en los dos que daban al arroyo.


En la casa y en el muro exterior se pusieron sólidas puertas con cerrojo. Y fuera del recinto, sobre la puerta exterior, se construyó un portal para la guardia. Aquí se puso, tallado, pintado y dorado un escudo con las Armas Reales; y sobre la puerta interior se colocó un cuadro de Santa Bárbara, de dos tercias de alto pr media vara de ancho; ambas obras ejecutadas por el tallista y pintor Matías Montiel.

El costo de la fábrica del Almacén de Pólvora alcanzó un total de 3.212 pesos, 5 reales y  17 maravedíes.

El obispo Morel (1752) se refiere a la Casa de la Pólvora de Granada en los siguientes términos:

“Existen en ella / en la Sala de Armas de la ciudad / seis piezas grandes de artillería de fierro, falconetes, pedreros y provisiones de guerra, a la reserva de la pólvora, que está extramuros en un almacén entablada y cubierto de teja a la entrada occidental de la ciudad”.

Un siglo más tarde Squier nos brinda la siguiente estampa:

“Saliendo de Jalteva desembocamos en un anco camino que conduce a León, y pronto llegamos a un macizo y cuadrado edificio: el Almacén. Le ciñe una alta muralla con torreones almenados para los mosquetes y sus respectivas dotaciones de soldados. Un cañón miraba hoscamente desde el portón de entrada; en torno a él se arremolinaba una compañía de lanceros recién llegada de una expedición”...

Llama la atención lo de los “torreones almenados”, que no están incluidos en el plano primitivo ni en la descripción de Morel. ¿Quiere esto decir que ya a mediados del siglo pasado La Pólvora había sido transformada en lo que es hoy? Pío Bolaños dice que no; y de lo que afirma se deduce que la transformación debióse haber efectuado a principios de siglo. Hemos visto una fotografía que data de 1913, en la que aparece La Pólvora en su figura actual.

Por otra parte, las murallas y torreones que vemos ahora más tienen trazas de construcciones modernas que de fortificación colonial. Son producto de otro criterio que el colonial, emparentadas con las obras de un Mauricio Frary o de un Teodoro Hocke, autores del Acosasco y del Coyotepe.

LA CASA DE LA PÓLVORA DE LEÓN


Toda la arquitectura de este edificio colonial respira sencillez y denota economía. Sin llegar a la extrema pobreza de otras construcciones del mismo género levantadas en otros lugares del Continente, como la de Guayaquil (1776), que no era sino un tablado a tres metros del suelo, con paredes embarradas y techo de tejas, esta Casa de la Pólvora de León, tampoco ofrece la grandiosidad ni la perfección de otros almacenes de período colonial, como el de San Juan de Puerto Rico, con sus 62 varas de extensión; o el de Manila (1781), con capacidad para 2,000 quintales; o el de Cuzco (1798), que tenía anexo un expendio de pólvora para el trabajo de las minas. De la capacidad de estos almacenes y de sus dimensiones, comparadas con el de León, puede deducirse que éste podía guardar unos 100 a 150 quintales de pólvora en barriles.

A no muy grande distancia de los almacenes solía construirse la “sala y cuerpo de guardia” para el alojamiento de los soldados destinados a la custodia. Y la Casa de la Pólvora de León no debe haber carecido del suyo. El de Cuzco era una construcción grande, compuesta de 5 piezas, corral y cocina, construido a diez varas de la muralla exterior del almacén. En cambio el Cuerpo de Guardia del almacén de Puerto Cabello (1758) era una casita de 4 x 7 metros adosada al exterior de la cerca, junto a la puerta. Algo semejante debe haber sido el de León, y su construcción era sin duda pobre y deleznable, pues no quedan vestigios. Por otra parte, el hecho de no haber sido construida la casa en el centro del recinto amurallado, sino corrida hacia el Oeste y hacia el Norte, sugiere que tal vez se haya usado el ángulo S.E. (contra la prudencia y las normas usuales) para construir el Cuerpo de Guardia. Refuerza esta presunción la presencia de un pozo junto a la muralla oriental del recinto.

En los almacenes de planta rectangular, que eran los más usuales, solía abrirse una ventana de iluminación al fondo, probablemente protegida con vidrios y rejillas metálicas. Esta ventana no falta en León, sólo que no se abre en el fondo, sino en la pared occidental, como ya dije, quizás buscando el lado menos azotado por las lluvias, pues aquí la ventana en referencia debe haber servido también para ventilación y es casi seguro que careciera de vidrios. Induce a pensar en esto el hecho de que aquí no existan los respiraderos típicos de esta clase de construcciones. En el citado almacén de San Juan de Puerto Rico había 18 de estos respiraderos, el de Manila contaba con 6, el de Cuzco con 10, el de Puerto Cabello con 8, el de Nueva Orleáns también con 8. Eran aberturas verticales de aproximadamente una vara de alto y unas cuatro pulgadas de ancho. Pero en el espesor del muro se ensanchaban para dar cabida a un tabique aislado, sostenido sólo por sus extremos, de manera que impedía el paso de la luz y del agua, pero dejaba circular el aire. Este sistema falta completamente en León, por lo que puede creerse que la ventilación estaba también encomendada a la única ventana que existe.

La disposición del piso es más ortodoxa. Entre las cuatro paredes del edificio hay en el suelo una excavación o foso de algo más de un metro en relación con el nivel del piso exterior. Adosadas a los muros Este y Oeste hay dos vigas maestras de cal y canto de unos 80 centímetros de espesor. Sobre ellas descansaba un sistema transversal de recias vigas de madera, en las que a su vez se apoyaban otras viguetas de dirección Norte-Sur, las que recibían los tablones del entarimado que constituía el piso del almacén. Sobre él descansaban los barriles de pólvora, aislados así de la humedad exterior y del suelo, que les era tan nociva. Para hacer aun más efectivo este aislamiento a veces (como en Cuzco) se forraban de tablas las paredes hasta una altura conveniente. Este revestimiento no tocaba los muros para evitar la humedad que podía subir por ellos. Es muy dudoso que tal refinamiento se haya llegado a practicar en León; y asimismo aquel otro de cerrar las entradas y la ventana con puertas doblez, para mayor seguridad.

No obstante, la Casa de la Pólvora de León es una reliquia colonial única en su género, así en Nicaragua como en el resto de Centroamérica, según tengo entendido.

NADIE ATENDIÓ EL LLAMADO

Por razones de elemental cultura, por compromiso inexcusable con el pasado y con las generaciones futuras, debiera prestársele un poco de cuidado, y proceder, si no a su reconstrucción, al menos a su conservación, creando así un verdadero centro de interés para propios y extraños, para niños y mayores.

La Municipalidad de León, la Junta Nacional de Turismo y el Ministerio de Educación bien podrían gastar unos cuan tos córdobas, ya no digamos al mes, pero siquiera al año, para destruir la maleza y ordenar las elementales reparaciones que sean necesarias. Ahora la limpieza sólo se hace de vez en cuando por iniciativa del Sr. Icaza propietario del terreno, quien a su vez tiene el cuidado de indagar sobre las intenciones de las personas que se aproximan al lugar, al menos cuando acierta a pasar por el camino y hay gente en el predio. No obstante se nota en el suelo de la casa, en el ángulo N.E., señales de excavación no muy vieja, emprendida quizá por algún ignorante a la búsqueda de tesoros imaginarios (los españoles no vinieron a enterrar tesoros, sino a cargar con ellos). Estos intentos podrían ocasionar el desplome de los muros y la ruina total del edificio, el cuál ya ha sido cogido en las tenazas implacables de los matapalos y sólo espera el momento fatal de su total desaparecimiento, como una mosca indefensa entre las patas de una araña. Valdría la pena estudiar la forma de desarraigar y eliminar los matapalos sin provocar el derrumbe de la construcción. Pero esta ya son cosas de la AGENDA de los leoneses y de los organismos gubernamentales.

1962.-