martes, 14 de enero de 2014

PRIMEROS CANTOS DE  RUBÉN DARÍO. Por: Juan de Dios Vanegas. En: La Patria. Publicación Quincenal de Literatura, Ciencias y Artes. León, 1º de febrero de 1919. Núm. 17. Año XXV. Tomo VIII. Director: Félix Quiñónez. 
                                      
Al Doctor Felipe Gustavo Cortés

         Este artículo fue escrito en 1912, antes que muriera el poeta.
Magnífico es el espectáculo del Amazonas, entrando vencedor en el Atlántico. El hervoroso océano corta sus altivas ondas y  abe un inmenso paso al formidable río, tendiéndole, a uno y otro lado, las sábanas de espuma en señal de vasallaje. Y aprendemos que el agua dulce y transparente de un río se impone, como un canto dominador, sobre las pesadas y amarga olas de uno de los reyes que ciñen voluptuosamente la redonda tierra.

Nada será tan bello como la entrada de este río impetuoso al armonioso mar, pero también ha de producir un íntimo placer buscar su fuente en las montañas del Perú; ver al pie de los Andes el manantial cristalino que desciende sonoro presagiando la voz de Polifemo con que un día irá a las lejanas riberas a pedir el ancho espacio que le corresponde por sepulcro.

El estro poético de Rubén Darío aun no naufraga con triunfales resonancia en el acerbo mar que ahoga y recoge las corrientes de la vida. Aún crece más cada día con las afluencias de las corrientes extrañas, que al llegar a su maravilloso cauce pierden sus primitivos colores y se unifican con los iris propios de aquel soberano dominador, y olvidan su lenguaje nativo para sólo hablar con el acento del melodioso poder que los absorbe. La fuerza invencible de Darío aún no se gasta con el ya largo trayecto recorrido. Este gigante de la Poesía es hermano de Anteo. Se duerme en el seno de la madre Naturaleza, para levantarse mayor que el día pasado.

Aquí entre nosotros está los Andes donde nace. Aquí salta bullente el manantial de su vida y su poesía, y vamos a recorrer la selva orgullos al abrigo de una fronda primitiva, para mirarnos en sus claras linfas, humedecer nuestros labios con sus rocíos y verlo andar entre las piedras formando los primeros rumores atrayentes.

Hay multitud de arroyuelos en las proximidades, algunos ya profundos y sonoros, con gentiles cascadas resonantes, ondas irisadas, márgenes espumosas y rauda fugas entre alfombras de silvestres flores. No obstante, los acentos del nuevo y brillante recién nacido tienen mucho de extraño y extraordinario, y se imponen a los oídos entre el concierto de musicales ruidos que brotan y ascienden como anhelos alados hacia el país evanescente del ensueño. Dejad que corra a la par de ellos; presto acallarán sus voces para escuchar ellos mismos el tierno compañero que desenvuelve un misterio seductor entre el rodar encantado de su curso.

Nació Darío el 18 de enero de 1867. Tiempos obscuros aquellos, con escasa comunicación a los países civilizados, instrucción rudimentaria y poco o  ningún ambiente literario. Escuelas de primeras letras, públicas o en determinadas casa particulares, con maestros severos, de férula feroz y látigo mordiente. Colegios de segunda enseñanza, incompletos o efímeros, con algunos profesores extranjeros para Ciencias. Periódicos políticos, algunos; literarios, ninguno; hasta que varios jóvenes de más edad que él, fundaron El Ensayo, al amparo mecénico de la imprenta de don Justo Hernández, de grata recordación. Veladas lírico-literarias, de noche en noche, para cualquier conmemoración relativa. Así andaban todos los escritores y poetas de aquel entonces, leyendo en la improvisada tribuna y publicando en seguida sus sencillos y sinceros pensares. El siglo de oro español era la norma, y para merecer un elogio era preciso sugerir al lector a uno de aquellos maestros, con el estilo, la manera o la fuerza de los que se llamaba inspiración.

José Joaquín Palma llegó de la antillana perla, con notas distintas que cautivaron, y se desarrolló su escuela en que la décima transparente y temblorosa como cristal movible, era el vaso en que todos, vertían sus lirismos amorosos o patrióticos.

Entre esa juventud se alzó Darío. Humilde y tímido al principio, buscó seudónimo, como todos anagramatizando su nombre misterioso. Bruno Erdía o Bernardo I. U., ponía al pie de sus primeras poesías, pero ellas lo denunciaron al aplauso, las miradas descubrieron al niño soñador y las palabras le animaron al vuelo descubierto. Como en todos los iniciales tanteos, tenía que empezar imitando; más dentro del remedio había un reflejo distinto, que anunciaba un astro de luz propia, condensando poderoso el divino diamante de las almas.

Sus primeros versos circularon manuscritos entre los asiduos concurrentes a la tertulia de su casa, presidida por doña Bernarda Sarmiento, gran mujer de mucho talento, de apellido, simbólico, por el milagroso racimo de uvas que aparecía en su hogar, para producir un mágico vino que ha embriagado a varias generaciones en España y América. Entre esas poesías, tal vez la primera impresa, es la que en un Domingo de Ramos, en la agitada procesión de palmas, cayó como lluvia de mariposas sobre la rubia cabeza del Dulce Galileo, al estallar la granada de papel dorado, en sorpresa sencilla y encantadora.

Ya antes había improvisado mucho, porque el fuer de Darío, era la improvisación, en sus primeros años, cuando lo exquisito no se había apoderado de su numen. Todos los vecinos conocían su poder y gustaban de ponerlo en función. A la edad de ocho años, en casa de las niñas Ulloas, donde fabricaban dulces, le obsequiaban con ellos, con tal que les hiciese versos a los dulces, y él, atraído por la golosina artística, —una paloma, un caballito, un pez— derramaba el chorro cristalino y armonioso de su infantil poesía.

En junio de 1880, una parvada de jóvenes fundó El Ensayo, pequeña revista literaria de ocho páginas, para tener un ave que llevara entre sus alas tanto ensueño y anhelo desesperados de morir sin atravesar la luz del día y de la vida, vestido con el manto revelador de las palabras. Darío, que ya se incorporaba entre ellos, por familiaridad mental, aunque de menos edad, hizo que le publicaran una composición titulada Desengaño, la que salió en la última página.
                                               “Amanecía. La lumbre
                                               Melancólica de sol,
                                               Doraba con su arrebol
                                               De la colina la cumbre.”

Y sigue una pintoresca descripción de la Naturaleza, alegre a la aurora y triste a la fuga de la luz, para acompañarla con la primera pasión que sentía como un tierno batir de alas dentro del corazón:
                                              
“Así el amor de un poeta
                                               Nació bello, seductor,
                                               Y daba la vida y color
                                               A su fantasía inquieta;
                                               Más acabó la ilusión
                                               De su volcánico amor,
                                               Y la musa del dolor
                                               Se posó en su corazón”

El amor pudo haber sido imaginativo, pero notad en la estrofa aquel verso que dice “A su fantasía inquieta,” y veréis en él la clave de su vida, la fuerza de su imaginación, y sobre todo, el anhelo de volar, de soñar, de no tener reposo    en la facultad creadora.

La revista siguió saliendo y en ella los versos de Bruno Erdía, que van ganando las primeras páginas. Nuevo amor adolescente, de doce años, ocultos poderes que se manifiestan para jugar con el vocablo y con la música, para retorcer el ritmo sin romperlo y darle movimiento desconocido a la frase.

                                               “Es tanto lo que te adoro,
                                               Lo que yo te adoro es tanto,
                                               Que te nombro cuando canto,
                                               Que te nombro cuando lloro.”

Como era natural, su pensamiento quería saber y aspiraba a decir lo que es un poeta, lo que busca, su misión de luz y de armonía. Hizo y publicó en el mismo Ensayo una composición llamada El Poeta, en alejandrinos de Zorrilla o de Lozano, pero con poesía de Darío. Ya en esas estrofas muestra el conocimiento que tiene del desprecio con que es visto el soñador nefelibata y la conciencia que tiene de su grandeza y porvenir, y termina así:

         “El mundo a carcajadas se burla del poeta
         Y le apellida loco, demente, soñador,
         Y por el mundo vaga cantando solitario
         Sin sueños en la mente, sin goces en el alma,
         Llorando entre el recuerdo de su perdido amor.

                            “Prosigue triste poeta cantando tus pesare,
                            Con tu celeste numen se siempre, siempre fiel,
                            Prosigue por el mundo llorando tus dolencias
                            Hasta mirar tu nombre tan alto como el cielo,
                            Hasta mirar tu frente ceñida de laurel.”

Y Darío ha sido fiel a su estro como ninguno y ha visto su nombre tan alto en la realidad como en la infancia lo vio en sueños.

Tenía trece años y medio en setiembre de 1880, y ya hacía brotar asombros con su pluma. Escribió en ese mes y publicó un lied del más transparente sentimentalismo, saturado del romanticismo de la época, (él ha dicho en Los Pinos: románticos somos ¿quién que es no es romántico?) pero con una forma absolutamente nueva:
                            “Yo vi un ave
                            Que suave
                            Sus cantares
                            A la orilla de los mares
                            Entonó
                            Y voló
                            Y a lo lejos
                            Los reflejos
                            De la luna en alta cumbre,
                            Que argentando las espumas
                            Bañaba de luz sus plumas
                            De tisú.
                            Y eras… tú.
                            “Y vi un alma
                            Que sin calma
                            Sus amores
                            Cantaba en tristes rumores,
                            Y su ser
                            Conmover
                            A las rocas parecía.
                            Miró la azul lejanía,
                            Tendió la vista anhelante,
                            Suspiró,
                            Y cantando ¡pobre amante!
                            Prosiguió,
                            Y era… yo.”

¿No es este el programa o símbolo de lo que ha sido su vida?

Román Mayorga Rivas ya figuraba con representación del poeta, y Darío encontró en él un hermano mayor en el consejo y en el ejemplo. Rubén escribió en esa misma época una oda a la Naturaleza, y la publicó “dedicada al dulce vate Román Mayorga.” Como Lamartine a Byron; como Musset a Lamartine. En estos versos ya aparece “y canta la cigarra entre los juncos de la verde parra y cual celeste oda, la sonrosada aurora anuncia la mañana.”


Luego viene la Ley Escrita, aquella que tentó y dominó tanto la acerba crítica como los sonoros elogios de Ricardo Contreras.