martes, 14 de enero de 2014


RUBÉN DARÍO.* Por: Alfonso Ayón. En: La Patria. Publicación Quincenal de Literatura, Ciencias y Artes. León, 31 de Diciembre de 1907. Números 8 y 9. Año XIV. Tomo VI.

I

No poco he vacilado antes de resolverme a dar a la prense éste, que no me atrevo a llamar estudio crítico, sino ligero y familiar entretenimiento literario, acerca del celebrado autor de Azul y de Prosas Profanas, del bardo errante  y soñador, que, llegado apenas a una edad en que otros precoces ingnenios sólo son una halagüeña promesa de gloria para su patria, alcanzó el desarrollo casi completo de su hercúlea pujanza intelectual, y acertó a aprisionar las inspiraciones de su numen, inquieto y arrogante, dentro de forma rítmicas espontáneas, primorosamente combinadas, teñidas de la suave y vaporosa languidez de los cantos germánicos, y que corresponden a una de las más nuevas características manifestaciones de la poesía lírica española en nuestros días.

Al hablar de Rubén Darío—lo declaro sin fingida modestia—acobárdame la consideración de que, para juzgarlo con acierto y desde el punto de vista de un criterio elevado y filosófico, quilatando el valor y hermosura de sus obras, poniendo de realce las singulares condiciones de su temperamento artístico y  dando a conocer las diversas y aun contrarias influencias que se han hecho sentir en el desenvolvimiento de sus facultades mentales y en la dirección de sus tendencias estéticas, no basta haber hojeado los insípidos compendios de retórica  y de métrica, en que se dan instrucciones minuciosas sobre el modo de componer poemas, endechas y madrigales con la menor parte posible de poesía, i atesorar cierta erudición clásica, enteca y de segunda mano, única que nos ha sido dable poseer a los que, salidos ya de las aulas, y sin la preparación metódica indispensable, nos dimos a estudiar de prisa y a cultivar empíricamente las humanidades castellanas. Para apreciar a conciencia la copiosa labor poética de Darío, definir su carácter y determinar su actual importancia en el mundo literario, se requiere no ser extraño al poderoso espíritu de reflexión y análisis que de Alemania han traído a la teoría  general del arte las corrientes reformadoras de nuestra época, y haber observado con atención el novísimo movimiento—ora regular y sosegado, ora indisciplinado y tormentoso—de la literatura, en los veinte últimos años del recién pasado siglo, tanto en aquella nación como en Francia y en España.

Desprovisto  de tan útiles y amenos conocimientos, y ya no en tiempo y sazón de adquirirlos, no aspiro a ofrecer a los lectores de este imperfecto trabajo el juicio profundo y detenido de que es merecedor el ilustre escritor nacional que ha pagado a Nicaragua, con un inmenso caudal de honra, la dicha de haber nacido en su suelo. Indicando aquí algunos de los varios y más interesantes aspectos por los cuales puede ser considerado el entendimiento privilegiado de Darío, me propongo solamente atraer el cultivo de un género de crítica interna, de más amplio y libre vuelo, la afición de personas capaces de ejercerlo, y en especial de la bizarra juventud que entre nosotros se dedica a las letras, recelosa de todo dogmatismo de escuela y rebelde a la tiranía del infecundo y falso clasicismo, que así oscurece y desacredita a sus adeptos, como degrada la augusta majestad del arte.

Si alguien me tachare de extremado en la alabanza, quiero desde ahora hacerle entender que no he tomado la pluma para censurar, sino para admirar: que por irresistible inclinación de mi carácter, soy tan negligente para procurarme fama propia, como solícito y entusiasta en proclamar la ajena; y que poca o ninguna gracia tiene el mostrarse lince en descubrir lunares contrarios a la nimia corrección del lenguaje, cuando se trata de juzgar las obras de autores que por sistema no se cuidan mucho de ella, o cuyos principios en materia de idioma son notoriamente opuestos a los del rígido censor que las examina. Darío, como todo artista que tiene el convencimiento del propio valer  y que confía en la creadora virtud de su genio, no puede resignarse a torturar y hacer efímeras sus grandiosas concepciones, por ajustarlas a la menguada estrechez de la plantilla académica; antes bien propende a adaptar a la espontaneidad, valentía y vida inmortal del pensamiento, la forma que ha de contenerlo y perpetuarlo, como oriental urna de delicadas esencias, que conserva su olor eternamente.

Y no se ha tenido que emplear grandes esfuerzos para no caer en la triste servidumbre a que en mala hora se entregan débilmente otros felices talentos poéticos, favorecidos por el cielo con el don nativo de una inspiración vehemente y robusta, pero en quienes el frío soplo del formalismo retórico apaga el fuego del sentimiento ingenuo y profundo, engendrador de la verdadera poesía. Ambicioso e indómito por naturaleza, despreciador altivo de fáciles triunfos y de trillados caminos, encontró señalado por sus mismos imperiosos instintos de independencia estética, el rumbo definitivo que había de seguir el vuelo de su musa. Si en sus primeros ensayos juveniles le vemos divagar aquí y allá en la elección de asuntos y modelos, como queriendo probar la fuerza de sus alas, no tarda en decidirse por los que mejor se acomodan al recio temple de su ingénita potencia lírica; y si, entrado ya en la madurez de la razón y del gusto y en la plena posesión de su estilo, aprende en los clásicos castellanos la dicción fluida y sonora, al mismo tiempo que busca en literaturas extrañas, la novedad y el atrevimiento de la idea, es indudable que a todo ello comunica el calor que sale de lo íntimo de su alma e infunde el impulso de vida de su propio varonil aliento…

A un mediano filósofo griego tuviéronle a mal sus amigos, que se hubiese atrevido a discurrir ante ellos acerca de la naturaleza de los dioses. Él les respondió: “quizás no podré enseñaros a comprenderlos, pero de seguro no os induciré a profanarlos”. Con igual o parecida respuesta podría yo defenderme de quien me reprochara el acometer una empresa tan superior a mis escasos ánimos, como lo es, sin duda, la de bosquejar la fisonomía literaria de Darío. No espero que el resultado corresponda a la osadía del intento; no presumo de poder tasar en su altísimo valor las peregrina dotes de originalidad, lozanía y  gentil desembarazo de dicción y de estilo, que distinguen a Darío como escritor en prosa y en verso;  ni seguir los varios y  majestuosos giros de su inteligencia vencedora, admirablemente dispuesta a recoger en sí y  reflejar por todas partes las olímpicas irradiaciones del pensamiento  moderno; ni encomiar cuanto es debido las brillantes galas de su opulenta fantasía, la abundancia y novedad de sus imágenes, unas veces graciosas y delicadas, otras enérgicas y aun temerarias, siempre ricas de animación y colorido, y  con tan firme pincel modeladas, que no parecen producto de la elaboración mental del artista, sin sacudimientos repentinos de su sensibilidad apasionada, suavemente enrojecida en la llama devoradora del deleite y menos propensa a dejarse enseñorear por el influjo de un idealismo cándido y enfermizo, que a recibir las impresiones vivas y  seductoras de la naturaleza real.

Si se quiere retratar íntegramente la compleja personalidad intelectual y poética de Rubén Darío, con todas sus luces y sus sombras, con toda la simultánea multiplicidad de fases que presenta, con todo el extraño conjunto de sus cualidades y aptitudes, algunas de las cuales parecen entre sí antagónicas, es preciso componer un libro. Ese libro no he de escribirlo yo; mas ya que a tanto no llegan mi ambición ni mis fuerzas, cuidaré a los menos, como el obscuro filósofo ateniense a quien aludí, de no profanar con irreverente desparpajo lo que no alcano a dar a conocer en su completa y extraordinaria grandeza; no quiero incurrir en la vulgar injusticia de aplicar a obras como las de Darío el procedimiento de esa crítica bisoja y de mala fe, tan de moda hoy entre algunos festivos escritores españoles, y que consiste en desdeñar el fondo de las más hermosas producciones del ingenio, el elemento esencial que da vida y ser a la poesía, para detenerse, con fastidiosa y pueril prolijidad, en señalar leves descuidos de elocución o de estilo, o perdonables tropiezos en la parte mecánica de la versificación, lanzando con tal motivo sobre los autores, los dardos envenenados de maligna zuma,  y a veces también las más groseras injurias. No: al pasar por delante del poeta, no me empinaré para arrojar mi puñado de escoria sobre su frente soberana.

II

Es ya lugar común en casi todos los trabajo de crítica, personificar en los grandes genisos de la poesía el conjunto de las ideas, tendencias y preocupaciones generales que constituyen el espíritu o carácter distintivo de la época en que han vivido, o por lo menos, el de la escuela o pandilla literaria bajo cual más directa influencia se han formado. Así, hay quien considere a Dante, menos que como autor en su esplendente amanecer, como una especie de humano crisol en quien se funden toda la religión, toda la poesía y toda la ciencia de su siglo. En concepto de ilustres admiradores del egregio cantor de Gama, la orgullosa y  noble musa que, adornada a la vez con las frescas galas de la inspiración popular y con los arreos artificiosos de pagana erudición, celebró en el poema inmortal de Las Lusíadas las más altas glorias lusitanas, no hizo más que recoger en un solo y excelso himno de amor patrio, el entusiasmo que arranca a los corazones españoles  y portugueses el recuerdo de las hazañas casi legendarias (sic) de aquella heroica raza ibérica que, fiera y audaz en el Salado, generosa y constante en las ardientes regiones de la India,

                            “no halló en el mundo quien su frente dome
                            Pues ni a Roma lograrlo fue posible.” [1]

De Calderón se ha dicho que con él despidió sus últimos reflejos el genio caballeresco, guerrero y supersticioso de la España de la Edad Media. Para algunos, el espiritualismo reflexivo de Schiller es el lado estético de las doctrinas severamente idealistas de Kant; mientras otros miran en el sereno eclecticismo de Goethe, en su culto instintivo a la plástica desnudez  de la materia, en la objetividad un tanto grosera con que concibe los misterios de la naturaleza y de la vida, una eflorescencia prematura del panteísmo científico de Alemania. En la incredulidad aterradora de Leopardi, se ha querido encontrar la vestidura poética de la filosofía cartesiana; en la soberbia satánica de Byron, una imagen de los que había de ser la anarquía moral e intelectual del siglo XIX; en el estro lúbrico y doliente de Espronceda, la encarnación genuina del romanticismo español; en fin, para con el fogoso autor de Los Castigos y de El Año Terrible se ha llevado hasta lo ridículo  la manía de concentrar, en la personalidad aislada de un escritor, la infinita variedad de elementos exteriores, coetáneos a su producción intelectual y artística: no hay imagen incoherente, antítesis descabellada, ni comparación monstruosa, que no se le hayan aplicado al gran poeta francés, tomadas muchas de ellas de su mismo abundante repertorio. Lo que nunca habrá de ponderarse bastante, es el desastroso influjo que en las inteligencias, en las costumbres y en las manifestaciones el gusto, han ejercido sus vagos transportes de sentimentalismo humanitario, la peligrosa y fascinadora indulgencia de su criterio moral, llevada hasta el extremo en dramas y novelas; la amargura intensa y algunas veces feroz, de que solía impregnar sus versos cuando lo cegaba el fiero hervir de sus delirios polípticos y también, por desgracia, de sus implacables rencores de partido; en una palabra, toda aquella abrasadora vehemencia de su inspiración lírica, con que por espacio de más de medio siglo tuvo ofuscada y electrizada a Francia y al mundo, y que hoy, mirada desde las cimas serenas de la historia, parece a un tiempo mismo la postrera vislumbre de la Revolución que se aleja y el relampagueo precursor del socialismo brutal de nuestro tiempo.

Esta manera, demasiadamente sintética y menos sólida que ingeniosa de entender y explicar las peculiares condiciones de los más insignes vates, el aspecto en cierto modo universal de algunas de sus obras, y los puntos de afinidad o de mera relación que en general tiene la poesía en su manifestación histórica, con el medio social en que se desenvuelve y con los demás órdenes de la vida, apenas puede aceptarse como simple recurso retórico. Cuando se le exagero o se le quiere dar una significación enteramente real, es común incurrir en error o en infidelidad al examinar la índole excepcional de un autor y juzgar de su importancia literaria; porque, o bien se le atribuyen como por fuerza de caracteres, tendencias o puntos de vista que no le corresponden, pero que parecen avenirse con las circunstancia del tiempo y lugar en que se le considera colocado; o bien se le despoja de los que efectivamente son propios, pero que no encajan dentro de la unidad ideal del tipo preconcebido por la imaginación del crítico. Mirar al poeta, o al artista en general, como manifestación emblemática del espíritu colectivo de su nación o de su raza, como producto casi necesario de alguna de las frecuentes evoluciones que se suceden en la existencia de la especie humana, como cifra o resumen de abstrusos sistemas filosóficos o de intereses políticos que se disputan  el predominio en el campo de las más tristes y prosaicas realidades, es empequeñecerlo, bajarlo de categoría de ser racional a la de símbolo, y arrebatarle la corona de eterno laurel que la fama no concede sino a las grandes creaciones del libre ingenio del hombre, en que va estampado el sello de su actividad viva y consciente.

No se niega por esto, que las revoluciones y mudanzas sociales, los adelantamientos que se alcanzan en el cultivo de las ciencias, la atmósfera, constantemente renovada, de ideas y afecciones, en que se mueve el espíritu, buscando alimento a su insaciada e insaciable aspiración a lo mejor; el cúmulo, en fin, de accidentes de todo género que constituyen los diversos estados de civilización de cada pueblo, ejercen influencia en el movimiento y  dirección de las artes. Antes por el contrario, hay que reconocer que todas éstas, y la literatura principalmente, participan de la acción de tales elementos y reciben a las veces su impulso. Puede también admitirse sin esfuerzo, que en los antiguos poemas, épicos y  en la poesía llamada popular, alienta el alma misma del pueblo, de cuy as creencias, costumbres y tradiciones más sencillas y arraigadas sale directamente la materia  del canto. Pero pretender que en la cabeza de un solo hombre, aunque se le llame genio, se reúnan y hermanen tantas doctrinas extremas, tantos móviles opuestos, tantos principios contradictorios y circunstancias tan desemejantes como los que componen cada uno de los diferentes ciclos o edades de la literatura, es empeño desatinado y arbitrario en que entran por mucho las ilusiones del amor propio nacional, el exclusivismo sectario y el ciego espíritu de partido.

Todas estas prolijas reflexiones, que alguien habrá de tener, y con razón, por farragosas y mal traídas a cuento, vienen a servirme como de exordio o explicación preparatoria para decir que, en mi concepto, Darío no personifica, ni condensa, ni encarna, ni simboliza cosa alguna; lo cual, por otra parte, poca falta le hace. Y aunque a primera vista parezca que para dar semejante noticia no valía la pena de que yo insistiese tanto en este punto, exponiéndome a pasar por machacón y fastidioso, todavía encuentro disculpa en la circunstancia de que no faltan críticos apreciables que circunscribiendo voluntariamente la mirada a solo la parte más débil y accidental de las obras de nuestro poeta, se empeñan en considerarlo como representante de determinadas y rastreras aficiones de frase, y como afiliado—y aún cabeza de secta—en alguna de las fracciones literarias, más o menos reducidas  y no bien definidas y deslindadas aún, que propenden en nuestros días a sustituir toda tendencia, todo impuso verdaderamente estético, con el exquisito primor técnico o con una sistemática profusión de armonías, lumbres  y colores.

El error de los que piensan poder juzgar en última instancia del mérito de Darío y precisar su filiación poética, con solo aplicarle desdeñosamente una de las innumerables denominaciones de grupo, que abundan en la moderna jerga literaria francesa, proviene, a mi ver, de que para clasificar las diversas escuelas, tanto en filosofía como en literatura, se acostumbra ahora atender más de lo que fuera razonable, a las vagas y remotas semejanzas o diferencias que entre sí presentan los medios puramente externos de ejecución artística, a insignificantes pormenores, coqueterías y artificios del lenguaje, a notas distintivas que en realidad no lo son o que sólo asoman de un modo incompleto y confuso, prescindiéndose casi en absoluto de todo principio superior, de toda idea capital y  profunda, al analizar los elementos que entran en cualquier evolución psicológica, al comparar en relación con la atmósfera intelectual en que se desenvuelven.

No hago más que apuntar muy a la ligera esa deficiencia y superficialidad  de miras, que tanto ha venido a estrechar el horizonte de la observación estética, y de que especialmente dan muestras ciertos zoilos de bohemia y cronistas de salones literarios, que han invadido en España y en Francia los dominios de la crítica contemporánea. Así queda prevenido el lector de que no seguiré el mismo sistema cuando examine en el curso de este artículo las tendencias y aptitudes de Darío, a quien tampoco habré  de mirar como a jefe de ninguno de los bandos  que actualmente se dividen el campo de las letras.  A este propósito  recuerdo haber leído la acerba queja de Emilio Zola contra los que “han hecho de él una grosera caricatura, presentándolo como pontífice y maestro de una nueva escuela”… Me imagino que el poeta nicaragüense no ha de ser menos modesto que el novelista francés; más si por uno de esos arranques de inofensivo engreimiento, no infrecuentes en los hombres de más firme y serena elevación de espíritu, atravesó por la mente de Darío la idea de  ser corifeo o caudillo único de alguna flamante agrupación que blasone de traer al arte nuevos y duraderos ideales y  de poder imprimirle una dirección exclusiva, a debe de haber advertido con mejor acuerdo—y aun convencido de ellos por la observación cotidiana—que no son los turbados días en que vivimos los más propicios al aparecimiento de verdaderos jefes de escuela: que en medio de la febril ansiedad de las inteligencias y del aturdimiento con que la impaciente actividad humana se da a producir alguno nuevo a cada hora, para enmendar en seguida o destruir lo que produce, ningún progreso se afianza, ningún proyecto madura, ninguna verdad fructifica: que el mundo marcha,  pero con tal celeridad  y confusión, que a los reformadores no les queda tiempo para sucederse unos a otros, sino que se empujan y se atropellan por reemplazarse en el puesto, y sus nombres, sus sistemas y  enseñanzas tienen acción tan limitada y vida tan efímera, que muchas veces apenas acaban de nacer, cuando ya envejecen y caducan…

*Este fragmento fue publicado en 1902; y motivos de salud han hecho que su autor no haya podido reformarlo y publicar completo el trabajo en la presente edición, como lo deseaba.





[1] Camoens, Los Lusíadas, canto III