martes, 14 de enero de 2014

LA VELADA A DARÍO. Por: Juan de Dios Vanegas. En: La Patria. Publicación Quincenal de Literatura, Ciencias y Artes. León, 31 de diciembre de 1907. Número 8 y 9. Año XIV. Tomo VI. 

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Fue una noche de brillantes galas para nuestro teatro. Adornado con profusión de flores, iluminado flatuosamente, ostentaba, sobre la policromía de las flores y el vibrante resplandor de la luz, la blanca y luminosa hermosura de nuestras mujeres. Pues nuestras mujeres, que bajo este trópico perennemente encendido en la gloria solar, tiene la triple gracia del perfume, el color y la luz, mostraban esa noche como un esfuerzo primaveral del espíritu sobre la encantadora fa. Había que oír a Rubén Darío, y había que darle el patrio homenaje a su genio triunfal.

La música ponía una como espuma de amor sobre la agitación tumultuosa de las almas.

El desfile escénico empezó: El doctor Salomón de la Selva, encargado de leer el acta en que nuestro Municipio ha mandado colocar el retrato de Darío entre la de grandes figuras centroamericanas que, como en los alejandrinos del Hernani, pueden ser saludados en su salón, pronunció un corto y fuerte discurso. La mente comprensiva de Selva tallo un diamante y puso todas sus faces bajo la gloria de Darío, para que su luz reventara en la piedra con reflejos irisados.

Luego, era el instante solemne de abrir la velada, acto que pesaba sobre los hombros de fortaleza del eminente Debayle. ¿El Sabio? ¿El orador? No. El poeta. Trajo un hermoso collar de perlas de ensueño y lo desgranó musical y tiernamente a los pies de Darío. Era una admirable sorpresa que nos asió el alma con prodigioso encanto. Debayle, que es el hermano de la lejana infancia de Darío, quiso hablar a éste, como una delicada reminiscencia de aquellos juveniles años, en las décimas sonoras que ambos escribían en aquella edad de ilusión. Y la poesía es brillante y tierna; y sobre estos dos arcos pasa y extiende sus alas muchas vece el cóndor de lo sublime. Se notó que desde en la primera estrofa cautivó el alma de Darío, y éste, al concluir, entre el humo invisible y atronador de los enloquecedores aplausos, se irguió, abrió sus brazos  y entre ellos estrechó a Debayle, en conmoción visible. Conjunción de soles.

Y llegó el instante anhelado: Darío leyó su discurso. En una odisea, contada en períodos de cariñosa sencillez a sus hermanos de León. Lo emotivo descubrió su corriente sobre las gloriosas cerebraciones, y bajo la suave música de la palabra del Poeta, el auditorio estuvo encantado. León realizaba su ensueño, y en ese momento se olvidaba de todas sus glorias, para contemplar solamente esa inmensa gloria presente, cristalizada en un hombre que es representativo de lo más alto que persigue la humanidad: El Arte. Al concluir, todo el entusiasmo contenido se desbordó resonante y estupendo.

Después, sobre la calma aérea llegó la música melodiosa que despierta bajo las milagrosas manos de doña Margarita de Alonso, y en seguida, el canto de ave de nuestras selvas, de Pepa Gil, se desgranó sobre las notas, como gotas de rocío que cayeran sobre las alas de álbicas palomas al roce de la fronda.

Apareció en la escena don Francisco Paniagua Prado, y dijo su discurso maravilloso, de tesis brillante, con la entonación de un orador potente. Culminó la fiesta. El público lo interrumpía a cada paso con el aleteo alentador de los aplausos; y él, tras el rumor que besa la frente altiva y pensadora, desenvolvía sus ideas para ser interrumpido de nuevo. La audacia y novedad de esas ideas, la manera de vestirlas y el paso triunfante de ellas, bajo una cabellera de imágenes y sobre una barca-góndola del más aristocrático estilo, dieron la nota suprema en esa noche de los entusiasmos.

El Poeta Santiago Argüello leyó, con la música de su palabra y la armonía que se desprende de sus versos, su gran composición Luz y Sombra. Sobre la emoción vibradora de la fiesta, pasaba, en las límpidas estrofas, la emoción íntima, profunda y dolorida del alma del poeta. El público abarcó las dos faces fulgentes, y fue dando los saludos de su admiración al vuelo deslumbrante de la intensa poesía.

Antonio Medrano leyó admirablemente una poesía de Darío, un canto sentido y dulce, a trechos épico, a su amado León: El retorno a la Patria. Hay que leer esos versos y releerlos, impregnarse del zumo de ternura que de ellos brota, para gozarlos. Es la caricia rítmica del Rey del Ritmo a su madre, a la tierra de su infancia y su adolescencia; a la tierra en que su lírico Pegaso asentó sus cascos de plata y ascendió con el poeta, caballero diestro, quien “llevaba una estrella en la mano.”

Quizás mañana alguno de nuestros portaliras, asumiendo la representación de esta tierra natal, conteste al Poeta ese real y embriagador saludo.

Pasó la fiesta, en una noche inolvidable, al más grande de los poetas modernos que hablan español, al que con D᾽Annunzio, Eugenio de Castro y Jean Moreas, guían soberanamente a la raza latina hacia los Propíleos del Arte moderno. 

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