viernes, 24 de enero de 2014

EN EL MANAGUA DE 1907: CUATRO ESTUDIANTES TOMAN SOPA DE FRIJOLES CON RUBÉN DARÍO. Por Juan García Castillo. En: El Centroamericano. 20 de junio de 1967

EN EL MANAGUA DE 1907: CUATRO ESTUDIANTES TOMAN SOPA DE FRIJOLES CON RUBÉN DARÍO. Por Juan García Castillo. En: El Centroamericano. 20 de junio de 1967.

** La especialidad de la cantina
** Restaurante de la Mercedes Parada

Creo haberme referido en una de estas crónicas a un establecimiento de cantina y restaurante que hubo en esta capital en la primera década del siglo nuevo. Era el de la Mercedes Martínez Parada. Estaba instalado en la misma casa, donde después fue la funeraria de Chano Jirón, frente a “La Panchota”, en el barrio San Antonio.

Cerca de allí, unas cuadras al occidente, está la casa que perteneció a don Félix Pedro Zelaya R., una de las residencias más elegantes de antaño. En ella hospedó, como se sabe, en 1907, Rubén Darío, en su glorioso retorno a la patria. Ocupaba las dos últimas piezas en el lado oriental.

En esos días, una noche, andaban “parrandeando” cuatro jóvenes managüenses, todos estudiantes de los últimos años de bachillerato en el inolvidable Instituto Nacional Central. Eran: Juan Estrada Mayorga, Terencio García, Francisco Guerrero y  Gustavo M. Uriarte.

Un poco “encalichados”, llegaron a eso de las diez de la noche donde la Parada. Era necesario rematar la jornada con una magnífica sopa de frijoles, una de las especialidades de la casa. Había que ver aquella sopa con cuatro huevos dentro y rociada con “polvito de queso”. Si a esto se le añadían varios aguacates chinandeganos, la cosa era de chuparse el dedo.

Como aperitivo, Estrada Mayorga y compañeros, pidieron unas copas de aguardiente, en cuyo bordes, el clásico cordón, contribuía a poner de manifiesto la buena calidad del licor.

La charla tomaba matices más animados después de cada copa apurada. De pronto, alguien pronunció un nombre: Rubén Darío.

A la mención se asoció la cercanía de la residencia del poeta y todos al unísono dijeron: “Vamos a invitarlo para que venga a tomarse una sopa de frijoles con nosotros”.

Y salieron hacia el Occidente, no sin antes decir a la dueña del establecimiento, “vaya alistando otro servicio, que vamos a traer a Rubén Darío para que comparta con nosotros el pan y el vino de esta noche”.

La dueña de la cantina no creyó. Se trataba de unos pobres estudiantes que ya con sus traguitos querían lo imposible.

Pero Estrada Mayorga, García Guerrero y Uriarte, salieron jubilosos, hacia la residencia de Rubén. Llegaron al gran zaguán de la casa, situado en el lado norte, al final. Había una iluminación a giorno.

--Queremos ver al Poeta, dijeron los visitantes.
--En aquella pieza está, contestó un adormilado portero.

Eran las once de la noche y posiblemente la familia Zelaya dormía profundamente. En aquellos tiempos, los managuas se acostaban a las nueve, a las diez a más tardar. Había que mañanear.

Darío estaba escribiendo en una mesa. Vestía de blanco, con una blusa, como las guayaberas de hoy, pero con el cuello alto y totalmente cerrado.

Entusiasmados los invitantes, se fueron al grano: “Poeta, queremos que nos acompañe a tomar una sopa de frijoles, allí nomás, donde la Mercedes Parada, con unos aguacates chinandeganos que son ricos”.

Darío, devoto de lo bohemio y de lo raro, aunque taciturno, tomando el magnífico sombrero de jipijapa, se lo puso y dijo: --Vamos--.

Fue una gran sorpresa para la Mercedes Parada, ver que los muchachos llegaban con Rubén. Ella creía que la indicación que le habían hecho era “cosas de picados”. Presurosa, la dueña procedió a instalar una mesa, con los mejores manteles y vajilla, lo que usaba para los grandes banquetes. Hasta ordenó que cortaran varias rosas para ponerlas en los floreros.

¡No cabía de gozo la Mercedes Parada! Que Rubén llegara a su establecimiento y supiera de su sopa de frijoles. Eso pasaría a la historia.

Al oído se lo decían los anfitriones, quienes como iniciación del obsequio, ordenaron un litro de aguardiente puro. Unos aguacates incitantes con su pulpa, invitaba a comerlos. Rubén sonreía, plácido, pero no decía palabra. Uno de los obsequiantes comenzó diciendo: “Recuerdas que querías ser Margarita Gautier”. El poeta sólo oía.

Le pidieron varias veces que recitara, pero se excusó. El estaba en lo que estaba: gustando de aquella sopa de frijoles, con huevos y polvito de queso y aquellos aguacates. Goloso, consumía la fruta, a quien años más tarde, el sabio doctor Modesto Barrios, calificara como la “fruta calumniada”.

Las horas pasaron. Se oyeron los primeros cantos de los gallos. Era la madrugada. Los anfitriones fueron a dejar al poeta hasta su casa, todos ellos parlanchines, recitando versos. Rubén, melancólico siempre, muy pocas palabras dijo.

Los cuatro estudiantes estaban tan contentos que no recordaron volver donde la Mercedes Parada a pagar. Dicen que llegaron al siguiente día. Pero cuentan personas que frecuentaban esa cantina, que la dueña no quiso aceptar pago alguno.

--No, dijo, es obsequio mío, al gran poeta.


Y así fue como cuatro estudiantes de secundaria una noche tomaron sopa de frijoles con aguacate con Rubén Darío, en el año de 1907, en el Managua aldeano.