sábado, 25 de enero de 2014

TRADICIONES  NICARAGÜENSES. Por: José Dolores Gámez. En: La Patria, Publicación quincenal: Letras, Ciencias y Artes. Año XXI., León, 31 de mayo de 1916. Tomo VIII.. 

El también… come maíz como nosotros

UNA CAPITAL DE CIRCUNSTANCIAS

En la política administrativa de España para con sus colonias, entró siempre dándole un color medieval, el conocido principio maquiavélico de “dividir para mandar”. Era éste el fuerte político más saliente de aquella gran nación, y lo aplicaba siempre con maternal solicitud colonizadora, en todas las ocasiones de la vida pública indo-latina, aun cuando sólo se tratase de congregaciones frailunas, donde las peloteras fueron el pan cotidiano del convento.

La antigua provincia de León, que al romper su crisálida colonial apareció convertida en Estado soberano de Nicaragua, no tuvo ni tenía por qué ser exentada de aquella ley general de buen gobierno español; y fue así como una mitad de la referida provincia, con la ciudad de León a la cabeza, vivió constantemente a la greña con la otra mitad, que era a su vez llevada de las narices por la muy noble ciudad de Granada, toco de la aristocracia de panela de aquel entonces; mientras de la cuerda tiraban por lo bajo las autoridades coloniales y mucho reverendos de cerquillo y sandalia, que a la sombra del mongil (sic) capucho atizaban la hoguera con divino modo. Aquel zipizape regional dio por resultado que, al convertirse la provincia nicaragüense en estado libre, las dos rivales de antaño se disputasen ogaño, y a sangre y fuego, el honor de ser la capital de la incipiente nación; honor que correspondía a León por derecho de primogenitura  y por ser asiento de la silla episcopal; pero que lo quería para sí Granada por razones de constantes, sonantes y de retintín, íntimas y familiares de doña Blanca de Castilla, la famosa consorte europea del campante Pisto americano, que en todo tiempo ha sido poderoso don señor de este mundo de jolgorio.

Hubo, pues, con tal motivo, pelotera y media para muchos años y para toda la ex provincia de jolgorio. Aquel andar siempre a la greña de las dos prepotentes ciudades nicas, trajo también sañudos odios y fieras degollinas que recordaron por su intensidad los tradicionales de la vieja Italia; siendo cosa de verse y admirarse, según el popular decir, como aquellos dos pueblos hermanos y gemelos, que comulgaban en una misma parroquia, coincidían casi con exactitud matemática en apreciarse recíprocamente mal y en tener uno de otro el peor anticristiano concepto; diciéndose en León cosas tan feas y zocas de los granadinos, como en Granada de los leoneses, y resultando, según aquel sentir apasionado de unos y otros, que todos los hijos de la común tierruca traían consigo, desde el vientre de sus madres, el atavismo de los vicios y los crímenes, los desarrollaban con la edad, se encenegaban en ellos y los legaban a sus descendientes. – Esto, por supuesto, no era verdad, ni tenía tampoco para qué decirse; pero lo creían a puño cerrado los leoneses de los granadinos, y éstos y sus hijos de los leoneses, sin que hubiese modo de que rebajasen un ápice, ni menos de apearlos del lomo de aquel burro patizambo; desde luego que creían firmemente, con aquella fe del carbonero tan recomendada por el Evangelio  y la cual, como es bien sabido, cuando impera en el corazón del hombre, petrifica el cráneo y hace salir de estampida a la razón, temerosa  de ser linchada a estilo yanquilandés.

Pasaron después algunos años, vinieron en seguida otros y  en uno de éstos le cayó el número premiado de la lotería política, al infeliz villorio de Managua que se alzaba risueño sobre las playas del agitado Xolotlán, en el propio lugar que en siglos anteriores existió la célebre Imabite de los nagrandanos, número premiado, decimos porque sin pedirlo, ni tampoco merecerlo, fue de improviso elevado al rango de capital ad litem, por acuerdo supremo del patriarcal y púdico gobierno de don Laureano Pineda, honradísimo licurgo de allende el río Gil González, que diz que puso una pica en Flandes al solucionar de este modo, con salomónico estilo, las diferencias políticos-regionales de León y Granada. Estas poderosas señoras se encontraron, mal de su grado y de la noche a la mañana, con que casi a igual distancia de sus respectivas poblaciones surgía ya la codiciada capital; pero tan sietemesina y cicatera, que en vez de aguijarles la envidia, les provocó a risa. Convenían ambas, sin embargo, en que los tiempos habían cambiado mucho y que no debían andar muy lejos el Anticristo, puesto que el porrrazo les llegaba de donde menos lo esperaban, de mano de aquel don Laureano inmaculado y con tantas jaculatorias, de quien hasta se decía que manaba agua bendita como la peña de la Virgen de Lourdes. Pero fue lo cierto del caso que, a pesar de ser chingo, el bueno de don Laureano, coleó, y su colazo resultó tan bien dado, como que León y Granada no volvieron a decir “esta boca es mía” en materia de capitolio,  y dejaron de pensar en el alto y lucrativo honor que antes codiciaron y que entonces consideraban deslustrado y poco apetitoso, por el hecho solo de haber sido discernido a una cenicienta como Managua.

Transcurrido varios meses de aquel ruidoso suceso, y en uno de los días del mes de septiembre de 1853, amaneció de gala la humildísima capital del entonces Estado Soberano de Nicaragua. Decíase en corros y plazas que aquella novedad era motivada por la próxima llegada de cierto gamonal extranjero, de talla política colosal en el servicio diplomático del país, y que, tanto el gobierno como el pueblo se preparaban para recibirlo en aquel día con republicana pompa.

Managua contaba un año próximamente de ser la ciudad capital de Nicaragua sin que, a pesar de su deslumbrante título, hubiese dejado de ser tampoco la cenicienta de marras, especie de bebé capitalino o de algo que iba a la vanguardia de la peoría de las poblaciones noveles de la América Central, así por su ardiente clima y otros adefesios naturales, como por su carencia, en más de las tres cuartas partes de la ciudad de edificios entejados: tenía además calles barrancosas y polvorientas, chozas que no estaban alineadas, atmósfera que no olía a rosas y ni azucenas y, por añadidura, una población compuesta en su casi totalidad, de zambos desgarbados y gañanes mostrencos: era también la bendita ciudad un criadero permanente de cerdos, cabros, perros y aves de corral, que recorrían la vía pública en amigable consorcio, haciéndose el amor, cada especie por su lado, en lo más limpio y visible, dejando señalado su paso con materias poco urbanas, nada aromáticas y de ningún atractivo para los transeúntes. Esto sin contar con que el alumbrado vecinal, cuando no había luna, se hacía para las calles por rústicas velas de sebo, de las de a doce por un real, encerradas en linternas de pellejillo de res y colgadas a las puertas exteriores durante las dos primeras horas de la noche.

La novel capital no estaba empero, tan dejada de la mano de Dios que digamos, pues tenía la llamada Casa de Gobierno o Palacio Nacional más tarde, edificio de tapanco con corredor sobre la plaza mayor; la de la Soberana Asamblea, que se hallaba al frente, calle de por medio, y una que otra casuca de tejas sobre horcones que se destacaban entre las chozas primitivas como el sol entre las nubes.

En cambio, la sociedad nicaragüense o managüeña, había mejorado sensiblemente durante los pocos meses que llevaba de ser Director Supremo del Estado el señor general don Fruto Chamorro. Don Fruto, en singular, como diz que (sic) se firmaba y era llamado el bueno del señor (y no Frutos en plural como lo pretenden su empingorotados descendientes y los nietos de sus admiradores y compartidarios), fue un chapín de apellido Pérez, primo hermano uterino de cierto famoso Sixto del propio nombre de familia nacido y criado no sabemos si en el Guarda Viejo o en la Parroquia Antigua de la Nueva Guatemala, en condiciones bastante humildes; pero que no impidieron, sin embargo, que al llegar más tarde a Nicaragua dejase de ser Pérez para llamarse Chamorro e introducir mejoras en todo cuanto le rodeaba, como que provenía de donde la gente era más leída y bien educada. Fue así como en los días de su apogeo y  buena fortuna que le salieron al encuentro, por que (sic) en tierra de ciegos un tuerto es rey, mantuvo el salón de recibo del Ejecutivo y la oficina de su despacho con algo de más decencia y limpieza que sus antecesores; llevando su amor al ornato hasta colocar monumentales escaños de madera, pintados de verde esmeralda, a lo largo de los corredores interiores, a guisa de regios sofás, para que gozase de ellos el público cortesano, en falta de antesala; y aunque es pública voz y fama que aquel gobernante, de leyenda tarasconense, no se separó nunca de la tradicional chaqueta de la plebe de su nativo pueblo, ni de los zapatos orejones clavados de cuero tapeteado, llamados polainas, que usaban los provinciales de Nicaragua, es lo cierto que en los grandes días cambiaba de chaqueta por el frac, sin mudarse el calzado ni menos el sombrero de pita de grandes alas que usaba a diario.

Y ya que hablamos de la Administración gubernativa de Su Excelencia el señor don Fruto, diremos, que para no perder la costumbre de politiquear un poco, que ella formó época memorable en los anales de la tierra de los lagos, inauguró la dinastía Chamorro que marcó nuevos rumbos a la nave del Estado, y fue para Nicaragua algo así como la casa de Trastamara para el reino de Castilla, por cuanto levantó a los hijos bastardos sobre los legítimos, y a las personas forasteras sobre los vecinos del lugar, sirviendo además de tronco genealógico a una tribu de pretendientes a la sangre azul en suelo republicano. Chamorro I es hasta hoy objeto de discusión histórica en el pedazo de tierra centroamericana en que se hizo gente, y no es de este lugar traer a cuento las apreciaciones encontradas que de su alta personalidad política hacen, como si dijéramos, los moros y cristianos del pinolero suelo, porque si hemos tocado con ella, no ha sido más que por mera incidencia, o sea por pura carambola.

Suele ser el mes de septiembre en los países tropicales, el mes de la lluvia constante y de los torrenciales aguaceros; más en la fecha de que venimos haciendo referencia, no sólo no hubo lluvia, sino que el día estuvo alumbrado por un sol que brillaba como en el verano y tan ardiente que podía levantar ampollas en la cabeza de cualquier calvo que descuidase el sombrero. Las calles de la capital estaban, sin embargo, barridas y bien lavadas por las corrientes diluviales que descendían de las dos sierras inmediatas, teniendo solamente de incorrectas en aquella ocasión, los numerosos baches formados por las mismas corrientes, y las basuras de diferentes clases en ellas estancadas y las cuales, cuando no eran arrastradas al lago de Xolotlán por las aguas del invierno, solían ser recogidas en principios del verano, amontonadas en las boca-calles y quemadas con lujo de humo por los presidiarios, mientras los zopilotes, a diario, se encargaban patriótica y permanentemente, del resto de la policía local, en lo tocante a las materias animales y sustancias excrementosas tiradas a la calle por todo hijo de buen vecino, sin distinción de clase ni sexo.

En el memorable día de nuestra relación amaneció el presidio barriendo la calle real o de la entrada, la cual regó después baldeándola con agua del lago y adornó con numerosos tallos de plátano amarrados a estacas sembradas a trecho en uno y otro lado de la calle y envueltas en su parte baja con pacayales, que les daban  el aspecto de matones, en cuyo centro se elevaba el tallo. Además, en todas las puertas exteriores de las casas y chozas del tránsito se veían desplegados a modo de banderas y estandartes, algunos liensos (sic) de uso doméstico y de colores vivos, que mecía el viento. La ciudad estaba en carácter  y lucía su extraordinaria gala.
UN TOPE CAJONERO

Muchos de nuestros lectores quizá no sepan lo que es un tope en tierra nicaragüense, porque esa palabra muy castiza y legítima en diferentes acepciones del idioma castellano, en el sentido de obstáculo o tropiezo, se aplica por allá al encuentro o recibimiento al aire libre, por lo regular bullicioso, que varios individuos o una multitud hacen a alguna persona, corporación, imagen o cosa que llega y que se cree necesario festejar. 

Descuella entre los topes populares el que se hace a los toros cuando son llevados por primera vez al toril, el de algunas imágenes que salen en procesión de las afueras del pueblo y el de las autoridades y los empleados y  vecinos cuando llega algún elevado funcionario. Suele en Nicaragua, como en los demás países de la América española, hablarse incorrectamente el idioma de Castilla, desfigurándolo o usando de provincialismo sui generis, y si bien parece ser cierto que en aquella ex colonia centroamericana en que fueron descubiertos el pinol y el tiste por el famoso cronista Oviedo y Valdés, no han tomado aún carta de naturaleza la loza ni la premiación chapinas, ni fungen allá los empleados, ni son fuertísimos como en la antigua capitanía general, en cambio hay un seleque y un tilinte, un amigo y un motete que dejan turulato al más pintado.

Para el solemne recibimiento del diplomático anunciado en Managua, que había salido muy temprano de Masaya, caballero en briosa mula, hubo que organizar un tope de jinetes, previamente invitados por el señor jefe político para ir hasta una legua fuera del lugar a recibirlo oficialmente sobre el camino real.  El disparo de una pieza de artillería fue la señal convenida para reunirse en la extensa plaza principal, de donde salió en seguida el tope a todo escape, lanzando alegres vociferaciones hasta llegar a un punto del camino de Masaya en que la carretera se bifurcaba. Se hizo allí alto debajo de un árbol frondoso, desmontáronse los jinetes, ataron sus caballerías a los troncos inmediatos  y después con bulliciosa algazara, sacaron a relucir los cachos que portaban.

En aquellos buenos tiempos, aun entre los mismos del coloniaje español, eran muy escasas las limetas, (el envase de vidrio de entonces),  y además muy grandes e incómodas para ser llevadas en el bolsillo o colgadas de un tahalí o cuerda en esa forma. Por tal motivo y para conciliar la necesidad con la buena apariencia, fue inventado el cacho, que servía con ventaja en lugar de la limeta y se prestaba más para ser llevado colgante del hombro y hasta de la cintura, lleno de la aromática cususa o agua de las verdes matas del viajero colonial.

El cacho no era otra cosa que la conocida vasija americana de cuerno, bien pulida y barnizada exteriormente, con boquilla, asidero y extremidades de plata, la cual llevaba tapado su fondo o parte ancha, y abierto el otro extremo por donde se llenaba. Se la consideraba un adminículo indispensable a todo individuo de la nobleza lugareña, que existía entonces en algunos pueblos y la cual se distinguía de sus coterráneos por el olor de su piel.

Hablar de nobleza en Nicaragua, que es tierra de guanasía según el sentir chapín, parecerá cosa de broma, cuando historiadores tan respetables como el Maestro Montúfar, niegan su existencia hasta en Guatemala; pero en realidad de verdad, ni el citado maestro ni los demás del oficio, que tal cosa han sostenido, se han tomado el trabajo de hojear la Recopilación DE INDIAS, en cuya ley 6ª y libro IV se dispone: “que para honrar las personas, hijos y descendientes legítimos de los que se obligaren a hacer la población, y la hubieren acabado y cumplido su asiento, se les declare hijosdalgo de solar conocido, para que en aquella población y otras cualesquiera partes de las Indias sean tenido por tales hidalgos y por personas nobles de linaje, concediéndoles todas las honras y preeminencias que debían haber y gozaban todos los hijosdalgo y caballeros de Castilla, según fuero, leyes  y costumbres de España”. Tuvimos pues, los centroamericanos, nuestros nobles legitimados por la ley española, y con más humos y tufos que los legítimos de la Península, a los que los pirujos apodaron nobles de panela, para mejor distinguirlos. Pero en Nicaragua, en donde las ideas de emancipación y libertad llegaron a hacer odioso todo cuanto olía a nobleza y distinciones de casta, hubo que arrinconar los linajudos blasones después de 1821; sin que esto obstaculizase más tarde, a muchos morenitos, hijos o descendientes de antiguos siervos para sacudirles el polvo y adornarse con ellos a estilo de carnaval y a la sombra de gobiernos conservadores, fanáticos coleccionistas de todo andrajo colonial.

El uso del cacho en 1853 se había generalizado tanto como que lo llevaban hasta los arrieros en lugar de calabaza, lleno como siempre del ardiente líquido, al que en la prosa plebeya se llamaba guaro en vez de cususa. Se empinaba corrientemente el cacho cada media hora, y servía para contar las leguas del camino llamadas leguas de cacho en el lenguaje vulgar, que resultaban muy largas.

Al correr del tiempo un núcleo de ancianos y gente poderosa del partido tradicionalista ultramontano, ó sea conservador pinolerísimo de la lacustre tierra, fue llamado también cacho en 1878, por un periódico de Granada; nombre que gustó mucho a los agraciados y que tardó poco en hacerse extensivo a toda la agrupación conservadora. Ignoramos sí para tan pencona designación se tomó o no en cuenta el antiguo adminículo de la nobleza caballeril, a cuyos miembros llamaban desde tiempo inmemorial los cachudos, no porque sus costillas hubiesen cometido la ingratitud de quemarles las piernas, que ya eso sería otro cantar, sino por los hatos bien repletos de ganado vacuno en que basaban su fiera altivez.

Volvamos empero a nuestra interrumpida narración.

Los caballeros del tope no tuvieron que aguardar mucho tiempo debajo del árbol de parada, porque a poco se vio llegar a otro grupo de montados, que se acercaba por el lado opuesto del camino, y que fue recibido con entusiastas aclamaciones al Excelentísimo señor Ministro diplomático de Nicaragua en las cortes extranjeras, ilustre caballero español don José de Marcoleta, que era justamente el gamonal esperado.
Don José de Marcoleta fue un hidalgo español pur sang, que prestó servicios importantes a Nicaragua ante las cortes de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos de América, durante la famosa cuestión inglesa, o sea durante aquel período terrible para Nicaragua y Honduras, cuando la garra del leopardo inglés se posó sobre la costa atlántica de ambos estados con el cínico pretexto de asegurar el trono mosquito a una monarquía salvaje y de su invención. A esos títulos agregaba el señor de Marcoleta los de su sangre azul española y la fama de su nombre.

Tendría el distinguido huésped, cosa de cuarenta a cuarenta y cinco años de edad; era un si es no es enjuto de carnes, blanco, pelinegro, de rostro entre largo y ovalado, barba rapada a estilo de torero, ojos vivos de mirada intensa y con más ventolera en la cabeza que la pudo haber tenido el celebérrimo Preste Juan de las Indias. Don José, cual misionero entre caribes, alargó desde a caballo, su diestra enguantada, con marcado aire de protección, a todos los presentes a estilo de real besamanos para los nicas de entonces, como los de ahora, que entendían poco de ceremonias y etiquetas cortesanas, se la estrecharon a usanza nacional de confianza, haciendo un lío a modo de sándwich con la mano del Ministro y las dos que la oprimían con cariñoso entusiasmo. Seguidamente se dio la orden de continuar la marcha y todos juntos, después de haber acariciado los cachos, se encaminaron hacia Managua.

En la entrada de la novel capital esperaban, en grupocompacto (sic), el Director Supremo del Estado, sus Ministros, los miembros del Ayuntamiento, el señor cura y vicario de la parroquia managüense y otros cuantos empleados y vecinos de ínfulas y campanillas. Fue de nuevo recibido el señor Marcoleta con las ruidosas aclamaciones de uso y  costumbre, al mismo tiempo era saludado de la plaza por los estampidos del cañón y el repiqueteo de las campanas, mientras la tropa veterana, formada a lo largo del camino, presentaba las armas y tocaba diana con sus clarines y tambores, y los vecinos atronaban el aire con bombas pirotécnicas y cohetes voladores. El pueblo, en el entretanto, vestido de gala con su traje dominguero, se agolpaba en las bocacalles del tránsito, ansioso de ver el tope, en el que, así que pasaba, se ponía a retaguardia, aumentando el grupo y gritando y riendo a más y mejor.

Tal fue como se recibió en la capital del Estado a nuestro primer Ministro y muy castellano diplomático ante las cortes de Europa en la infancia de nuestra vida independiente.

EL BANQUETE

Tanto por l᾽honore come per il piacere según el decir de un súbdito macarrónico establecido en Granada, se hallaron todos los nicaragüenses,  y en especial los vecinos de Managua, empeñados en agasajar del mejor modo posible al excelentísimo señor y huésped, del que se mostraban prendadísimos, no tanto por los servicios que había prestado al país, como por tratarse de un noble español legítimo, sin pringue de panela, hecho y derecho, pinto y parado, de la más pura hidalguía de Castilla y de León, cosa no vista ni en los tiempos de la colonia, y de la cual teníamos apenas una idea vaga por la tradición de nuestros mayores en edad, saber y gobierno. – Hasta allí todo iba bien; pero cuando se trató de poner en práctica los deseos populares, se tropezó con dificultades mayúsculas.

Pensar, como quería el Ministro de Relaciones Exteriores, en dar una gran recepción oficial. ¿Cómo, de qué manera, tratándose de un pueblo en que no se conocía la sociedad de buen tono?
¿En un suntuoso baile en la Casa de Gobierno, como pedía la juventud masculina? –Ni para imaginarlo siquiera, desde luego que sin campanas no es posible repicar.

¿Por qué no pensar en un te-champán a estilo anglo-francés, como se estila en el día? dirán los lectores. –Porque en aquel tiempo nadie tenía noticia de eso y, además, estaba reputado el té, como droga medicinal específica para sudar calenturas y aflojar el catarro, y champán no se conocía ni de nombre. –La hora presente de servir un té era la misma pretérita en que se servía la siesta con sabroso tibio de pinol, maduro hornado y cuajada fresca de leche, que de seguro no habría sido del gusto del diplomático español.

Hubo, pues, que optar por lo único posible en aquellas circunstancias, por una comilona del tiempo de Mari-Castaña, a la que se le dio el nombre de banquete, y fue servida con ostentosa decoración ornamental en el salón de un altillo correspondiente a la modesta casa que hasta hace pocos años existió en la calle de San Miguel, (hoy de Martínez), en el lugar en que se levanta actualmente la hermosa Escuela Normal de Señoritas. –Circularon invitaciones, manuscritas unas y verbales otras, al elemento oficial, a uno que otro personaje político, para las cuatro de la tarde del día señalado, y a esa hora principió el festín con todo el rigor de la etiqueta gomosa y  estirada del tiempo de la colonia española.

Una comisión de honor pasó a llevar al obsequiado, que estuvo puntual, así como también los invitados, presentándose todos trajeados diplomáticamente al estilo de la época, o sea, vistiendo de frac negro de cuello alto doblado sobre la nuca, solapas anchas y mangas estrechas; camisa blanca de cuello parado a la altura de las orejas, sobre el cual daba tres vueltas una ancha corbata negra terminada en lazo; chaleco blanco de raso labrado con botones dorados; calzones negros y apretados, y sobre la cabeza, monumental chistera del tiempo de la redentoras Cortes de Cádiz.

No era la cocina nicaragüense cosa que valga la pena de recordarse, y ni aquella ocasión ni en otras anteriores pudo alcanzar el honor de que se anunciaran sus platos por medio de lista. Por lo tanto, de aquella comida sin menú sólo queda un recuerdo, que es justamente el que pasamos a referir.

Costumbre abolenga y de muy buen tono fue en nuestros tiempos pretéritos, la de narrar cuentos y leyendas anecdóticas a la hora de las sobremesa, o sea de los postres, en sustitución de los empalagosos brindis  y espiches de la época moderna. Aquellas narraciones era lo que más halagaba a la concurrencia, y también lo más apetitoso y saboreado en tales reuniones, y no sin motivo, porque los que las hacían, que encontraban un campo abonado para lucir su ingenio y manejar con galanura la sátira, las condimentaban con sal y pimienta y despertaban el entusiasmo y la hilaridad en su auditorio.

Tanto los convidados al banquete del señor Marcoleta como la muchedumbre que atisbaba en las puertas, parecían hechos todo orejas, listos para no perder ni una palabra del sabroso cuento chapetón con que se solazaban de antemano.

Desde el comienzo de la comida se mantuvieron fijas sobre el señor de Marcoleta las miradas de los comensales, observando atentamente cómo se servía los manjares y se manejaba en aquella ocasión en que se trataba de diplomacia y alta etiqueta poco conocidas de todos los presentes. Si don José tomaba la cuchara con la mano derecha y la llevaba de punta a la boca, todos empuñaban la suya con la misma mano y la apuntaban en igual dirección, si agarraba el tenedor, se llevaba el vaso a los labios, se limpiaba con la servilleta o bajaba la cabeza, la concurrencia repetía fiel y automáticamente cuanto le veía hacer. Marcoleta, a quien no le faltaba perspicacia, se dio buena cuenta de lo que pasaba a su derredor; pero lo encontró natural, dado el alto concepto que tenía de sí mismo y el pobrísimo que se había formado de toda la gente centroamericana.

Por fin llegó la hora de los ansiados postres. El excelentísimo señor Ministro Marcoleta continuaba aun engullendo pausada y calladamente, pareciendo como que vagaba su mente  por entre viejos recuerdos; pero la impaciencia general era mucha por oírlo, y se encargó de bajarlo de las elevadas regiones en que mentalmente se hallaba uno de los comensales que ocupaba lugar inmediato al de los personajes gubernativos, el cual se hacía notar por su desatino en el vestido, como que tenía abrochado el primer botón del frac, con el ojal que estaba más abajo, la bragueta en deshabillé haciendo calle a la camisa y el nudo de la corbata en viaje de circunvalación, vis á vis con la oreja derecha. Aquel hombre, sin embargo, gozaba de merecida fama como estadista eminente y también como talentoso, chispeante y decidor: llamábase don Pedro Zeledón, era licenciado in utroque juris y una notabilidad centroamericana en aquel entonces.
“Excelentísimo señor de Marcoleta, dijo él con voz sonora: esta reunión que os admira y aplaude, está pendiente de vuestros labios, ansiosa de escuchar algún hermoso cuento con que no dudo tendréis la bondad de regalarla”.

Marcoleta dio casi un brinco en su silla al escuchar semejante invitación, para la cual no estaba prevenido: tosió, como él acostumbraba hacerlo, con una tos afectada, hueca, hueca al principio, floja y ruidosa después, y la cual terminaba a modo de fuerte resoplido con acompañamiento al graznido del pavo cuando se esponja y zapatea cómicamente; tosió, repetimos, de esa manera, dándose golpes acompasados sobre los nudillos de la mano izquierda con los dedos de la derecha, haciéndolo castañetear, y luego, con aire despreciativo, dijo mal humorado: --“Yo no cuento cuentos”.

Los oyentes quedaron helados con aquella badajada del diplomático español: miráronse unos a otros, deplorando la pérdida de una ilusión por largo tiempo acariciada y de haber pecado quizá de incorrectos, precisamente cuando creían estar tocando la meta de la pulcritud.

Don Pedro Zeledón no era hombre que se mamaba el dedo en ninguna circunstancia, y en él estaban cifradas las esperanzas de aquel público abatido. Apreció la situación en todo lo que de favorable tenía para el que tratase de salvarla, y procuró lucirse a costa del diplomático ensimismado, cuya plancha debía ser estregada.

--“Señores, volvió a decir don Pedro concierta cómica gravedad. Ya que el Excelentísimo señor Ministro no cuenta cuentos, ni hay tampoco quien quiera hacerlo, me tomaré yo la libertad de acudir a mi repertorio para referirles un cuentecito alegre, de cuya autenticidad me hago responsable.”
¡Bravo, don Pedro, bravo! Gritaron todos en coro, palmoteando alegremente.

EL CUENTO ANUNCIADO

Don Pedro Zeledón se irguió, dando a su fisonomía cierto aire caricaturesco, a sus ojos un brillo satánico y a su boca una sonrisa volteriana. En seguida tosió imitando a Marcoleta, castañeteó los dedos de su diestra sobre los nudillos del puño izquierdo y luego, en tono jovial, dio principio a su relato.

“A poca distancia, dijo, de una gran población, cuyo nombre no hace falta, existía una chácara en la cual había sentado sus reales un feliz matrimonio que logró hacer fortuna con el modesto negocio de crianza y reproducción de gallinas. La mujer, gerente y administradora de los bienes de la sociedad conyugal en aquella empresa, había logrado obtener a fuerza de paciencia el aumento de sus gallinas, cuyos huevos realizaba en grandes cantidades y con buena ganancia en el mercado vecino. Su corral fue famoso en muchas leguas a la redonda, y de todas partes llegaba la gente a visitarlo, haciéndose lenguas del orden y la limpieza que en él reinaban.

“Lleno estaba el fondo del arca en que la dichosa pareja colocaba sus ahorros, y la felicidad, tan coquetona siempre con todo el que atesora, les sonreía bonachonamente en el hogar. Habían llegado los cónyuges, sin sentirlo, a su apogeo y se consideraban ricos y dichosos, cosas ambas difíciles de conseguirse en la vida.

“Un día de tantos (y aquí el narrador tosió nuevamente (marcoleteándose), se les presentó un hombre del campo, proponiéndoles en venta un hermoso chompipe negro, de moco muy rojo, (Marcoleta tenía la punta de la nariz colorada),  de deslumbrante apariencia.

--“¡Qué chompipe tan hermoso! Exclamó la mujer. –Mira lindito mío, cosita preciosa, negrito de mi corazón, añadió, dirigiéndose al marido: esto sí que es ganga, quedémonos con él

--“No, corazón mío, repuso el interpelado; nuestro negocio es otro y no podemos meternos con chompipes, que comen mucho y resultan costando más de lo que producen.

--Sí, chinito encantador, volvió a decir la esposa: ahora no se trata de un negocio, sino de ornato, y necesitamos del chompipe para adorno y realce del corral, lo único en que puede servir: deja que lo compre, y ya verás cómo va a lucirse entre las gallinas.

--“Haz lo que te parezca mejor, viejecita, replicó sonriéndose el marido, y que Dios te bendiga con tu chompipe.

--“No hay para que decir que el pavo fue comprado en seguida y aventado al interior del famoso corral, en el que, a pesar de la violencia con que fue lanzado, logró caer de pie y con honesta apariencia. Acto continuo se irguió con altivez, tendió su cola en forma de abanico desplegado, se esponjó erizando el plumaje, y rojo de indignación al contemplarse entre tanta gente menuda, pateó colérico el suelo, y tosiendo desdeñosamente, mejor graznando, se paseó de un lado a otro del corral, mirando con el rabo del ojo y por sobre el hombro a tanta avecilla despreciable. El gallo y las gallinas a la vez, presas de un terror pánico, se acurrucaron calladitamente debajo de los madero del corral, resollando apenas y con los ojos saltados de espanto.

--“¿Qué monstruo será éste que nos han metido?  --se preguntaba por lo bajo el gallo.

--“¡Nos va a devorar!—Clamaban gemebundas las gallinas.

--“¡Silencio señoras, o no respondo de nada!—decía con voz apagada el gallo. ¡Silencio todo el mundo y ojo al Cristo, que es de plata!

Pasaron así algunos minutos: el gallo y las gallinas acurrucados siempre; el chompipe de pie, ufano y soberbio en el centro de corral y graznando como gran señor. (Aquí don Pedro tosió por tercera vez, imitando al diplomático español y castañeteando con los dedos).

“De pronto sonaron las ocho en un reloj vecino. Era ésa la hora en que se llevaba el desayuno al gallinero, y la encargada de servirlo se presentó en seguida y arrojó desde la puerta numerosos puñados de maíz, que tapizaron el suelo. El chompipe, que recibió parte de aquella granizada sobre sus espaldas, corrió presuroso a guarecerse en un rincón, en el que permaneció hasta que se hubo alejado el peligro. Vuelto a su anterior centro y colmado de gozo con la vista del maíz regado, se puso a engullir con voraz apetito.

“El gallo, que continuaba en acecho, salió en seguida de su escondite, dio cuatro pasos al frente, batió sus alas con energía, tomó una actitud arrogante, y luego con toda la fuerza de sus pulmones vociferó valiente:

--¡Ká…ká…racá! ¡Viva la flor!...

¡Ká…ká…racá! ¡Salid todas sin miedo!

--¡El también… come maíz como nosotros!

--¡Ká…ká… racá, … ká… ká …ká.. racá; vénganse todos ya!

No esperaron más las gallinas, y saliendo alegremente en pelotón, rodearon sin ningún temor al chompipe, se codearon con él, y, disputándole los granos uno a uno, los enguyeron (sic) vertiginosamente hasta agotarlos. El pobre chompipe se quedó a medio desayuno, mejor dicho, a la luna de Valencia, la cual le hizo palidecer y hasta llegar a la lividez en fuerza de la impresión desagradable que recibió; pero luego, recordando su estirpe linajuda y su sangre pura, enrojeció nuevamente, y con el moco erecto y dando pataditas de gran señor, erizó el plumaje, desplegó la cola y tornó a graznar con énfasis como quien tose afectadamente para salir de apuros”.

Sonoros aplausos acogieron el cuento intencionado del licenciado Zeledón; y se dijo en aquel tiempo, que el Excelentísimo don José de Marcoleta no tosió más en Nicaragua, ni volvió a castañetear con los dedos, ni menos se atrevió más a decir, delante de gente bellaca, que él no contaba cuentos.

Y tradición es la presente, que referirnos a verdad sabida y buena fe guardada, y con un mil por ciento más de detalles de nuestra cosecha, a como nos la contó el finado ex presidente de Nicaragua don Roberto Sacasa, que decía haberla habido de su anciano padre, y que hoy damos a luz venteada y con un poquito más de talla adicional.

E se non e vero e bene trabato. (sic)


Guatemala, octubre de 1915