miércoles, 22 de enero de 2014

EL CASO DEL CRONISTA FERNÁNDEZ DE OVIEDO * (Los puntos sobre las íes). Por: Dr. Eduardo Pérez-Valle

A propósito de la estatua que en uno de los patios del Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica  rinde homenaje al Capitán (De espada y conquista) Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés. El 22 de marzo de 2012, el sociólogo Martín Saballos Ramírez escribió un artículo sobre Oviedo y Valdés, y por ese medio conocimos que algunos miembros asociados al INCH., en Asamblea o reunión de la asociación celebrada para aquellas fechas, solicitaron que la estatua de Oviedo ocupara mejor sitio que el actual rincón, trasero, que ocupa en esa Sede; situación atribuida al trasladado momentáneo por la remodelación a la que fueron sometidas las instalaciones. La enorme estatua del Conquistador sigue en pie dentro del INCH., y quizás, en algún momento, solapados impulsos quieran darle paso a la infortunada petición.  Hemos valorado traer, de nuevo este tema,, colocarlo en la palestra pública, porque el principal  "rincón" que debe ocupar Oviedo y Valdés, está en la "construcción" de los hechos innegables, de donde no escapa; propios de los horrendos crímenes de la Historia humana.  Conozcamos esos apuntalamientos opuestos:

DON CHALO ESTÁ ARRINCONADO En: La Prensa,  martes 20 de marzo 2012

Por: Martín Saballos Ramírez

“Don Chalo está arrinconado, ¿quién lo desarrinconará?, quien lo desarrinconare, buen desarrinconador será”. Con esta retahíla me estoy refiriendo a quien, por un tiempo, fue vecino de León, el muy ilustre cronista real Gonzalo Fernández de Oviedo y no es que me la doy de confianzudo, pero si el señor fue vecino de una ciudad nicaragüense, pues Chalo será, ya que así en mi barrio todos llamamos al vecino Gonzalo.

Este don Gonzalo Fernández, Oviedo, como acostumbran llamarlo los historiadores, aparte de ser uno de los primeros vecinos asentados en León, creo que puede considerarse el precursor de los naturalistas en Nicaragua, ya que despuntó en describir con espíritu científico nuestros frutos, árboles y animales, difundir en dibujos maravillas geológicas de Nicaragua, como los volcanes (célebres sus dibujos del Masaya y del Momotombo), precursor también de los antropólogos y sociólogos al detallar y dejar testimonio gráfico de las apariencias físicas, vestuarios, hábitos, creencias y organización social de los habitantes del territorio nacional, así como de la arquitectura de sus viviendas. “Observó con ojo omnipresente y agudo, y escuchó con oído siempre atento, hechos y dichos. De ahí la gran calidad de su testimonio”, expresa de don Chalo el doctor Eduardo Pérez Valle.

Cierto que vino a estas tierras en busca de fama y fortuna, natural aspiración humana, y que siendo buen hijo de su siglo lo hizo como conquistador. No dejaba el hombre de tener agallas, ya que cuando sus intereses chocaron fue capaz de enfrentarse al mismísimo Pedrarias; hay que decir que ambos no dejaron de respetarse, al reconocerse como personas de influencias en la Corte de España. Oviedo estuvo al servicio del Rey, al igual que Fray Bartolomé de las Casas, que en esa época no podía concebirse otra forma de ser. También fue imperialista y guerreó en la conquista de territorios, tanto en Europa como en América. ¿Pero había algún pueblo en el siglo XVI que no se considerara con derecho a hacerlo? Conquistaban y esclavizaban todos: europeos, árabes, hindúes y chinos, así como los aztecas y los incas. Nicarao, Diriangén y Agateyte también.

Señalo esto porque pienso que su dimensión de conquistador, algo inherente a su época, no le disminuyen sus innegables cualidades como cronista y naturalista, méritos que lo califican suficiente para ocupar un lugar señero en la cultura nacional. Entiendo que en reconocimiento a ello fue que la adusta escultura representándolo estuvo colocada presidiendo el ingreso al antiguo edificio sede del Instituto de Cultura Hispánica en Managua (INCH). Resulta que al remodelar el edificio, la escultura fue removida y arrinconada al mero fondo del patio. En las dos últimas asambleas generales de miembros asociados del INCH, muchos debatieron y pidieron reubicarlo en un sitio destacado, acorde a los méritos de don Chalo. Como asociado al INCH me sumo al clamor.

Las juntas directivas del INCH en los períodos señalados han realizado una excelente labor de promoción cultural, tanto en su sede de Managua como en las filiales departamentales, lo que es reconocido por los asociados, por las instituciones cooperantes, los medios de comunicación y también el Estado nicaragüense, al asignarle una modesta partida presupuestaria. Méritos ganados.

Resulta que en una de las últimas actividades de presentación de un libro, un joven trabajador de una empresa patrocinante, seguro que al ver la escultura a la par de las mesas del servicio colocó en su brazo extendido un cartel publicitario de embutidos. Quizá este sería el último pendón que don Chalo, autor del heráldico Libro del Blasón, escrito en León, habría imaginado que luciría.

¿Quién desarrinconará a don Chalo?

El autor es sociólogo

EL CASO DEL CRONISTA FERNÁNDEZ DE OVIEDO *
(Los puntos sobre las íes). 

Por: Dr. Eduardo Pérez-Valle. 

Hemos estado oyendo con insistencia una retahíla de alabanzas concebidas al azar y repetidas al tanteo, para el notable cronista de los primeros años de la Colonia, el capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, autor de la Historia General y Natural de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, donde dedica muchas páginas a Nicaragua.

Todo estaría bien, si a Oviedo solo se lo citara como cronista notable. Desde este punto de vista su obra es de un valor incalculable. Lo malo está en los piropos. Si es arriesgado tributar alabanzas a gente de la actualidad, de la que conocemos y tratamos diariamente, ¿cómo no puede serlo el referirlas a personas de aquellos siglos tan oscuros, en que toda la humanidad se debatía en las tinieblas, aunque se pretendiese lo contrario? El propio padre Las Casas, tan amante de los indios, sufrió un tremendo descalabro al aceptar para los negros la esclavitud que no quería para los indios. Es que los negros son más fuertes y resistentes –decía--, lo que equivalía a considerar que habían sido señalados por la Naturaleza, por Dios, para sufrir aquel horrible destino.

Pero retomando el hilo de nuestro asunto, ¿qué pasa con Oviedo?

En 1513 Oviedo es nombrado veedor de Castilla del Oro. Viene también como teniente de las diversas escribanías detentadas por el Secretario del Consejo de Indias, Lope Conchillos, a saber: la de minas; del crimen y juzgado; y el oficio del hierro de los esclavos.

Forma parte de la expedición de Pedrarias, que sale de la Península y llega al Darién en 1514. Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico, es privado de toda autoridad en Santa María la Antigua del Darién, y sometido a un doble proceso de que resulta su decapitación en la plaza de Acta.

Oviedo despliega gran actividad y en corto tiempo logra buenas ganancias. En 10 meses se herraron más de 2.000 esclavos, por cada uno de los cuales el veedor cobraba un tomín de oro.

Oviedo vuelve al Darién en 1519, confirmado en el cargo de veedor y con nombramiento de regidor perpetuo de Santa María. Después se le encarga el cobro de los bienes de Vasco Núñez, que se calculaban en 100.000 pesos.

Pero se han concretado dos bandos de intereses contrarios, y las pasiones hierven solapadamente, bajo una aparente concordia. Oviedo es víctima de un atentado en que poco deja la vida en la punta de un cuchillo, por lo que hubo de abandonar furtivamente tierra firme y marcharse a España.

Allá le nombran gobernador de Cartagena.

Oviedo vuelve a América en compañía del nuevo gobernador de Castilla del Oro, Pedro de los Ríos, en agosto de 1526. En Panamá no encuentran a Pedrarias, quien desde enero había marchado a Nicaragua, al castigo de su teniente Francisco Hernández, quien dizque se había alzado con la provincia. No fue sino hasta en enero del siguiente año que Pedrarias se sometió al juez de residencia Salmerón: y Oviedo pudo presentar sus demandas, que ascendían a cerca de 8.000 pesos. Pero Salmerón no lo acuerpó, como esperaba, y hubo de acordarse con Pedrarias por mucha menor cantidad. Este fracaso económico cortó sus alas en relación a la empresa de colonización de Cartagena. Renunció a lo gobernación y partió a Nicaragua, donde su pariente López de Salcedo, con derecho o sin él, ejercía de gobernador.

A finales de 1527 llega Fernández de Oviedo a Nicaragua. El Cabildo de León, previo examen de los títulos presentados había reconocido a Diego López de Salcedo, como gobernador, frente a la pretensión de Pedro de los Ríos, aquel ambicioso gobernador de Castilla del Oro, que había hecho reconocer en Granada.

Salcedo había ingresado a Nicaragua trayendo en cadenas a veintidós caciques de Honduras y trescientos indios portadores de impedimenta y mercancías que había adquirido en La Española y se proponía vender en el país. Como uno de sus primeros actos de gobierno, mañosamente emprendió la reforma del repartimiento de indios, con propósito de favorecer largamente a más de cien hidalgos de su compañía, en menoscabo de los amigos de Pedrarias. Con los cambios efectuados se perdieron las cementeras y se suspendió la explotación de las minas.

Cuando Oviedo llegó a Nicaragua, se puso de inmediato al servicio del gobernador, su pariente político, pues era casado con una prima hermana de su mujer.

Oviedo no pierde tiempo para ejercitar el comercio. Vende a la iglesia de León, por 222 pesos de oro, varios objetos para el culto. Adquirió tan buena casa, que después pudo venderla en 250 pesos. Debió servir de maravilla a Diego López en la venta de las mercaderías que había traído para negociar. Entretanto había obtenido en el nuevo repartimiento de indios la encomienda del cacique Momotombo, ubicado a menos de un cuarto de legua de León.

Durante el año y medio que permaneció en Nicaragua, el capitán Oviedo y Valdés se desempeñó ampliamente como comerciante, político, escribano, contador, consejero; y sobre todo como insoslayable inquisidor acerca de la flora, la fauna y la naturaleza toda del país, así como de las gentes que lo habitaban, indios y españoles, cristianos y gentiles; observó con ojo omnipresente  y agudo, y escuchó con oído siempre atento, hechos y dichos. De ahí la gran calidad de su testimonio. Por su fidelidad para con su deudo López de Salcedo, sufrió en la fortaleza de León, la prisión decretada por Estete. Pero quizás su ejecutoria más notable sea su actuación, altanera y desafiante, vis a vis del poder omnímodo y artero de Pedrarias, escudado sin duda en su condición de “persona de mucha confianza y criado de su Majestad”, que el mismo Arias Dávila reconocía.

Exasperada por la violencia conquistadora, a la segunda llegada de Pedrarias gran parte de la población indígena se hallaba en pie de guerra en Nicaragua. Una gran mayoría se había acogido a las montañas, abandonado las labores de las minas y la agricultura. En consecuencia, no había más oro ni qué comer, a partir de 1528. Pero quedaban los indios, para echarles mano y venderlos como esclavos. El gran mercado era Panamá, de donde se distribuían en las islas y  el Perú, examinados como tales “y justamente herrados en la cara con el hierro real”, ha de puntualizar hipócritamente Pedrarias, mientras pretende que se haga una excepción de las prohibiciones vigentes del comercio de esclavos, con miras a que “los pobladores destas partes se remedien y la dicha Panamá asimismo”.

En el inicuo negocio entra Oviedo, de la mano de Pedrarias. Se le había cedido por Salcedo la plaza del cacique Momotombo en repartimiento. No hay noticia de que Pedrarias le haya confirmado la encomienda, pero tampoco de que se la haya quitado. Se puede afirmar que en general a Oviedo no le fue tan mal con Pedrarias en Nicaragua.

Lo cierto es que, vendida su casa de León al mismo Pedrarias, que la adquiere para alojamiento del esperado licenciado Castañeda se traslada al puerto de la Posesión. Allí permanece durante quince días o más, esperando “tiempos” para ir a Panamá, en compañía de dos pilotos (muy probablemente Bartolomé Ruiz y Juan Cabezas).

Cuando por fin embarca en el navío Santiago, cuyo maestre era Juan Cabezas o Juan de Grado (“hidalgo asturiano, buen piloto”), lleva consigo “setenta e tantas personas registradas y con licencia”, de su propiedad y del padre Lorenzo Martín, canónigo, viejo amigo, para el mercado en Panamá. En el navío van también más de cien indios libres o esclavos que se sacan sin registrar, y españoles que se fugan, algunos de ellos deudores.

Cabezas intentó varias veces hacerse a la mar, pero lo vientos contrarios lo impidieron. En una de las recaladas las autoridades quisieron detenerlo, pero en vano. Y Oviedo, cansado de tanto esperar los “tiempos” que nunca llegaban, decidió abandonar Nicaragua por la vía de Nicoya. Los setenta y tantos esclavos quedaron hacinados en el navío, a cargo del canónigo. Oviedo se traslada a León, donde el 22 de julio rinde testimonio en la información que sobre el caso del Santiago levanta el licenciado Castañeda (que por fin ha llegado). En el se muestra preocupado por el inexacto juicio del maestre, quien decía que entre Oviedo y el padre Martín llevaban “tantas personas como todo el restante del navío”, y a él le parecía que eran muchos más que los que se iban a registrar.

El 7 de agosto, en los llanos de Nicoya, después de la sierra de Orosí, encuentra un encimar de bellotas. Por la noche va a dormir junto al río de los Murciélagos, que corre entre barrancas cerradas de arboleda. Los veinte indios de Nicaragua que por amistad le llevan la ropa, con gran alegría comen sapos y alacranes asados. Se encuentran a legua y media del río grande llamado Marinia.

Por fin aparece el navío que lo llevará a Panamá, el de Juan Cabezas, siempre asaltado por vientos contrarios. Llegan en él el padre Martín (con los esclavos, ¡Claro está!); y el hidalgo Sancho de Tudela (también con los suyos, a excepción de treinta “personas” que tuvo que dejar en tierra por falta de espacio en la embarcación). Esta vez aunque fuese en aquel mal navío, más bien una carabela rasa, descubierta al sol y a las lluvias, y padeciendo persistentes cuartanas, pudo Fernández de Oviedo reintegrarse a Panamá.

Vemos pues, que Oviedo como humano y como casi todos los españoles de aquella época, deja mucho que desear al distinguirse notoriamente como tratante habilidoso de toda clase de mercancía, incluidos los infelices indios; como tal, fue un detractor acérrimo del padre Las Casas y de su postura en defensa de los naturales.

En una ocasión vino de España una estatua de Oviedo, para ser erigida en sitio público, en buen lugar de Managua, pera que el pueblo reconociera a aquel grande hombre y le rindiera homenaje. Pero yo me acordé de su exagerada actividad mercantilista y de aquellas “setenta e tantas personas” llevadas en cadenas de Nicaragua, hacinadas en el fondo de un navío, para ser vendidas como animales en Panamá ¡Cómo! –pensé de inmediato— ¡Este mamarracho tendrá su monumento, para que el pueblo de Nicaragua le brinde sus respetos! ¿Cómo va a ser posible? Me puse al habla con las personas conectadas, les expliqué la situación y les expuse mi opinión y se acabó el monumento.

Ahora por la TV y la Lotería me he dado cuenta de que Oviedo anda en el Santiago. No sé si lo acompaña algún letrero de esos exagerados, llenos de patrañas y boberías, que tanto se acostumbran. Por eso me sentí obligado a publicar esta colaboración, para poner los puntos sobre las íes, en nombre de aquellas “setenta e tantas personas” y que el capitán Fernández de Oviedo y Valdés, me perdone, sobre todo si a él, con el paso de los siglos, ya le perdonaron su espeluznante barbaridad, tan bien cimentada en su salvajismo cristiano.

* En: El Nuevo Diario, jueves 21 de Octubre de 1982.