martes, 14 de enero de 2014

DISCURSO DE RUBÉN DARÍO LEÍDO EN EL TEATRO MUNICIPAL DE LEÓN, EL 22 DE DICIEMBRE DE 1907


DISCURSO Y COMPOSICIÓN POÉTICA DE RUBÉN DARÍO.* En: La Patria. Publicación Quincenal de Literatura, Ciencias, Artes. León, 31 de Diciembre de 1907 y 15 de Enero de 1908. Núm. 8 y 9. Año XIV. Tomo VI. Director: Félix Quiñónez.
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Leído por Rubén Darío, en el Teatro Municipal, la noche del 22 de Diciembre de 1907

Señoras, Señores:

Un querido amigo mío, Rector de la Universidad de Salamanca. D. Miguel de Unamuno, escribíame recientemente, con motivo del retorno a mi Patria, palabras hermosas que hablaban del griego Ulises y de la maravillosa Odisea. Nada más propio de aquel hombre ilustre, y de esta vuelta a mis lares, que la generosidad de mis coterráneos, la elevación del nivel intelectual y una simpatía palpitante y orgullosa, se han convertido en una apoteosis, si apenas merecida por los sufrimientos de la ausencia y por ese perfume del corazón de la tierra nuestra, que no han podido hacer desaparecer ni la distancia ni el tiempo.

Podría con satisfacción justa decir que como Ulises, he visto saltar el perro en el dintel de mi casa, y que mi Penélope es esta Patria que, si teje y desteje la tela de su porvenir, es solamente en espera del instante en que pueda bordar en ella una palabra de engrandecimiento, un ensalmo que será pronunciado para que las puertas de un futuro glorioso den paso al triunfo nacional y definitivo.

Tiene la ciudad de Bremen, como divisa, un decir latino que el prestigioso D᾽Annunzio ha repetido en uno de sus poemas armoniosos y cósmicos: Navigare necesse est, vivere non est necesse.

Yo he navegado y he vivido; ha sido Talasa amable conmigo tanto como Demeter, y si la cosecha de angustias ha sido copiosa, no puedo negar que me ha sido dado contribuir al progreso de nuestra raza y a la elevación del culto del Arte en una generación dos veces continental. Benditas sean las tribulaciones antiguas, si ellas han ayudado a ese resultado y bendito sea el convencimiento que siempre me animó de que “necesario es navegar”, y aumentando el decir latino, “necesario es vivir.” Volvió Ulises cargado de experiencia; y la que traigo viene acompañada de un gran caudal de esperanza. Yo quiero decir ante todo a mis compatriotas, que después de permanecer por largo tiempo en naciones extranjeras, y estudiar sus costumbres, y medir sus vidas, y pesar sus progresos, y apreciar sus civilizaciones, tengo la convicción segura de que no estamos entre los últimos en el coro de naciones que mantendrán el alma latina, con sus prestigios y su alto valor, en próximas y decisivas agitaciones mundiales. Viví en Chile, combatiente y práctico, que ha sabido también afianzarse en obras de paz; viví en la República Argentina, cuyos progresos asombran al mundo, tierra que fue para mí maternal y que renovaba, por su bandera blanca y azul, una nostálgica ilusión patriótica; viví en España, la Patria madre; viví en Francia, la Patria universal; y nada era para mí, ni más orgulloso, ni más grato, que el nombre de un compatriota repetido por la fama científica, por la autorización histórica o por el renombre literario, y cuando alguna vez desgraciadamente, sabía el mundo de lamentables disenciones (sic), yo no podía evitar las palpitaciones de mi corazón ante las victorias nuestras que comentaba Europa.

Aun siente España desaparición de un grande hombre suyo, que se llamó Ángel Gavinet, ese andaluz eminente que, de boreales regiones, envió tanta luz a la tierra maternal. Y cuenta este granadino, hoy glorificado, la historia de un hombre de Matagalpa que, después de recorrer tórridas Áfricas y Asias lejanas, fue a morir en un hospital belga, y le llamó para confiarle los últimos pensamientos de su vida. No sé cómo se llamaba aquel hombre de Matagalpa; pero sé que ese ignorado compatriota, en su modestia representativa, había visto como yo quizás, en las constelaciones que contemplan sus ojos de viajero, las clásicas palabras: Navigare necesse est, vivere non est necesse.

Si acaso el país ha quedado retardo en este vasto concierto del progreso hispano-americano, por razones étnicas y geográficas que serán allanadas, por motivos que son explicados por nuestras condiciones especiales, nuestros antecedentes históricos y por la falta de esa transfusión inmigratoria que en otras naciones ha realizado prodigios, tenemos práctica y vitalmente demostrado, que un impulso a tiempo y una aplicación de generosa y alta energías, mantenidas según las exigencias del organismo nacional, pueden ante la revisación de valores universales, demostrar que, aparte de población o de influjo comercial, se es alguien en el mundo.

Señalaré, siquiera sea ligeramente, algunos de los nombres de aquellos que contribuyen al engrandecimiento nacional, por la obra paciente de la evolución civilizadora.

Ningún orgullo igual al mío, cuando en círculos científicos escuchaba el elogio de este discípulo-amigo de Pean, de este continuador de Pasteur, de este alumno querido de Richelot, de esta noble y amada gloria nuestra, que lleva por nombre Luis H. Debayle, y que León tiene la suerte de guardar y Nicaragua que comprender y valorar, para el día no lejano en que los niños saluden la frente de mármol bajo el cielo azul…
Y con qué singular placer contemplo en directivas funciones de Gobierno a quien, fraternal en mi infancia y por siempre, tenía junto con mi cariño y mi respeto por meditativo, silencioso y ponderado; por su talento fuerte, su carácter hidalgo y su delicadeza espiritual, el respeto y cariño de todos nuestros compañeros: he nombrado a Francisco Castro.

Nadie como yo podrá apreciar la labor de un Mariano Barreto, cuyo elogio he oído hacer a egregios profesores: el sabio rector salmantino, de quien os hablaba antes, y hombres de la más vasta erudición filológica del mundo hispano. Un Darmesteter, un Dozy y un Remy de Gourmont, grande y querido amigo mío, a quien me complazco en recordar ahora como siempre, son los que hacen de las lenguas, los instrumentos con que se hechiza y se civiliza a la Tierra.

Y no solamente son el médico eminente y el cultivador distinguido del idioma: que en pos de estos vienen con la piqueta de la investigación en la mano, los cavadores de siglos, los exhumadores de las generaciones pretéritas, los que han sabido concretar, dejando un provechoso residuo de experiencia y de espíritu de años, el alma de la patria, para que las generaciones posteriores aprendan a amarla y a engrandecerla.
José Dolores Gámez, uno de los más eficaces, de los más concienzudos y de los más brillantes investigadores de nuestra vida pasada; y Alfonso Ayón –continuador de la obra vigorosa de su ilustre padre, que ha mantenido la gloria de su apellido y el prestigio de la fama paternal—y permitidme que en esto momentos, vea como si existiese, la figura de aquel anciano que fue un ídolo de su generación, y de cuyos labios algo alcancé a aprender en momentos en que las iniciaciones de mi pensamiento comenzaban, no sin prematuras y duras luchas.

Voy a hablar con singular agrado de Santiago Argüello, cuya personalidad se me asemeja en América a la de Salvador Rueda en España; el mismo talento iniciativo, los mismos fuego y sol que encienden en Andalucía idénticas llamas que en Nicaragua, quizá superencendiendo en el nicaragüense imaginación y verbo, que se compensan en el andaluz con la divina mora fantasía, que ha sido tan fecunda para España en obras magistrales. Vibra Santiago, en verso y en prosa, de tal manera; habla su alma, penetrando en las almas de todos de tal modo, que creo no haberme equivocado el día en que le proclamé admirable entre los primeros. Ha tenido él la ventaja de no tener que lamentar como yo la ausencia de la patria. Barrés tiene razón al proclamar y sostener su sentimiento exclusivamente nacionalista.

Existe un florecimiento que toda la juventud, tanto de la cara, grande y querida madre España, como de toda nuestra América, me atribuye. Voy por la primera vez a decir la verdad de esta circunstancia.

Yo vine en un momento en que era precisa mi intervención en el porvenir del pensamiento español en América. Yo soy un instrumento del Supremo Destino; y bien pudo nacer en Madrid, Corte de los Alfonsos; en Buenos Aires, tierra de Mitre; en Bogotá o en Caracas, el que nació en la humilde Metapa nicaragüense.
Brillante es la impresión que tengo yo, que cortejé durante largo tiempo a la musa cosmpolita, al ver en mi tierra, fuertes talentos, fuertes caracteres y encantadoras liras.

Quiero junta dos impresiones que parecen completamente distintas, y que han hecho en mi espíritu dos huellas reales proras: es la primera, el haber desembarcado en Corinto, dulce puerto por siempre, de una manera europea; y es la segunda, mi visita a los elementos de guerra, que el Jefe de Estado tuvo a bien mostrarme en una de las tardes más felices de mi vida.

Vi, primeramente, que en las artes de la paz y en las ventajas de la civilización, no quedamos atrasados entre los pueblos nuestros, y vi que en las industrias y ciencias de la guerra, ni se nos tomaría por sorpresa, ni se nos ganaría por previsión.

Quizás se esperaría de mí un discurso florido de retórica y encantado de poesía. Yo sé lo que debo literariamente a la tierra de mi infancia y a la ciudad de mi juventud: no creáis que en mis agitaciones de París, que en mis noches de Madrid, que en mis tardes de Roma, que en mis crepúsculos de Palma de Mallorca, no he tenido pensares como estos: un sonar de viejas campanas de nuestra Catedral; por la iniciación de flores extrañas, un renacer de aquellos días purísimos en que, en la calle real, mejor que en los cuentos orientales, se formaban alfombras de pétalos y de perfumes en la espera de un señor del Triunfo que siempre venía, como en la Biblia, en su borrica amable y precedido de verdes palmas.

Como alejado y como extraño a vuestras disenciones (sic) políticas, no me creo ni siquiera con el derecho de nombrarlas. Yo he luchado y he vivido, no por los gobiernos, sino por la Patria, y si algún ejemplo quiero yo dar a la juventud de esta tierra ardiente y fecunda, es el del hombre que desinteresadamente se consagró a un ideal de arte, lo menos posiblemente positivo, y después de ser aclamado en países prácticos, volvió a su hogar, entre aires triunfales; y yo, que dije una vez, que no podría cantar a un Presidente de la República en el idioma en el que cantaría a Halagaabal, me complazco en proclamar ahora la virtualidad de la obra del hombre que ha transformado la antigua Nicaragua, dándonos el orgullo de nuestra inmediata suficiencia, y casi la seguridad de nuestro inmediato porvenir.

León, con sus torres, con sus campanas, con sus tradiciones; León, ciudad noble y universitaria, ha estado siempre en mi memoria, fija y eficaz: desde el olor de las yerbas chafadas en mis paseos de muchacho; desde la visión del papayo que empolla al aire libre sus huevos de ámbar y de oro; desde los pompones del aromo que, una vez en Palma de Mallorca, me trajeron reminiscencias infantiles; desde los ecos de las olas que, en el maravilloso Mediterráneo, repetían voces del Playón o rumores de Poneloya, siempre tuve, en tierra o en mar, la idea de la Patria; y ya fuese en la áspera África, o en la divina Nápoles, o en París ilustre, se levantó siempre de mí un pensamiento o un suspiro hacia la vieja Catedral, hacia la vieja ciudad, hacia mis viejos amigos; y es un hecho, que casi fisiológicamente se explicaría, de cómo en el fondo de mi cerebro resonaba el son de las viejas torres, y se escuchaba el acento de las antiguas palabras.
Deseo, al partir, decir a mis amigos, de antes, a mis compañeros de ahora y de mañana, a los que me honran llamándose discípulos, y en quienes veo yo la facultad vital de la patria, lo siguiente: -Bien va aquel que sigue una Ilusión, cualquiera que sea esa Ilusión; bien va el práctico que en su ilusión bancaria cree ser mañana feliz; bien va aquel a quien su ilusión política coloca en plausibles ambiciones y en sueños de puestos proficuos, y aquel que tiene, por fatal peregrinación, que buscar entre las estrellas su provecho de nefelibata, bien va, si lleva de la mano a su conciencia, y si su corazón está con él.

En Oviedo, en Gomara (sic), en los historiadores de Indias, supe de nuestra tierra antigu y de sus encantos originales; pero deseo que la juventud de mi país se compenetre de la idea fundamental de que, por pequeño que sea el pedazo de tierra en que a uno le toca nacer, él puede dar un Homero, si es en Grecia,; un Tell, si es en Suiza; y que, así como las individualidades, tienen las naciones su representación y personalidad que da trascendencia a las leyes de su destino y al punto en que, por decisión de Dios, están colocados en el plano, casi inimaginable, del progreso universal. Profunda complacencia tengo cuando veo a la actual generación, que representa el espíritu de nuestra tierra, brillar tanto por cantidad como por intensidad, en el ejército intelectual del Continente. Materia prima tenemos muchísima, y por algo Víctor Hugo escogió al Momotombo, entre todos los Volcanes de América, para hacerle decir los maravillosos alejandrinos de su Leyenda de los Siglos.

Yo he sido acogido en diferentes naciones, como si fuese hijo propio de ellas. Yo guardo en mi gratitud los nombres de Chile, de Costa Rica, del Salvador, de Guatemala y de Colombia, sobre todo de esa generosa, grande y aun actualmente eficaz República Argentina, que ha sido para mí adoptiva y singular patria. Y dejadme que en estos momentos pronuncie el nombre de Mitre, cuya gloria vasta conocéis, pero de quien seguramente no sabéis la protección vital que, desde hace veinte años, me sostiene en América y Europa. Al nombre de Mitre habrá que agregar, en vuestra memoria y en vuestra gratitud, como ya está agregado en las mías, el nombre del ilustre general Zelaya.

Recientemente en los Estados Unidos han enviado a la República Argentina a hombre como el profesor Rowe, de la Universidad de Pensilvania, a observar las maneras de pensar y de obrar que, en ese eminente foco latino, animan las más fecundas y poderosas energías hispanoamericanas. Y los yankis visitantes han ido a decir, asombrados, cuál es la casi mágica labor que ha hecho del Río de la Plata el hogar del mundo y un refugio de libertad y trabajo.

Nuestro café, nuestro cacao, nuestra caña de azúcar, nuestro caucho de la costa norte, solicitan la atención europea; pero no con el interés que se tendría si una investigación fecunda nos ayudase para dar salida, por ejemplo, a esa industria del hule, que en estos momentos se levanta con preponderancia natural, gracias al impuso automovolista. No tenía en el Brasil, por ocasiones literarias, tiempo de examinar la cuestión cafetalera que, para ventaja de Colombia, estudió tan bien  y tan eficazmente, ese criterio y ese valor moral, que se encarnan en Rafael Uribe y Uribe; pero sabía que nuestros progresos agrícola, gracias a la elevada dirección de un Jefe único, habían aumentado,  supe después por experiencia propia, lo que pueden realizar voluntades bien diligentes y tierras bien nutridas.

Voy a concluir, señores con la contemplación de las velas de Ulises, con la miel en la lengua, como si recitase un verso griego. He querido que este discurso quedase en la ciudad universitaria y amada, en la ciudad de tantos adorados viejos cuyas testas eminentes nos están haciendo falta en jardines y  paseos. Pues yo soy tan egoísta, y  tan ciudadano, que querría ver, por ejemplo, representada la imprenta en aquella venerable y blanca cabeza del anciano Justo Hernández, para quien, desde hace largo tiempo he soñado el busto conmemorativo.

El azul era para mi vida un color simbólico. Tengo el placer de decir que no me quieren más los estudiantes de Nicaragua que los estudiantes de Buenos Aires, de La Habana, o de Madrid. Andaluces, vasco o gallegos, los fundadores de nuestra Familia, nos trajeron una esencia de Arte y un amor de idealismo. Dios eterno y único haga que lo que es un hecho en Literatura, pueda realizarse para Centro América en Política, por ley histórica y por necesidad de nuestra civilización.

                                                                 HE DICHO